Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Las llamadas que no sé hacer
miércoles, 14 de diciembre de 2011
Algo en mi cabeza
miércoles, 7 de diciembre de 2011
El más platónico de mis amores
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Conversaciones con un loco
Los doctores que he visitado no me han diagnosticado ningún daño patológico. No me han recetado ningún tipo de fármaco para el estómago, hígado o cualquier otro órgano que por la vida descuidada que acarreo pueda llevarme al fin de mis días. El primero, al que fui por un malestar producto de una mala noche, (que no fue tan mala, porque me reí mucho) me indicó que debería consumir ansiolíticos, unas pastillas amigables según me comentó; todo porque al final de la cita médica, y preguntándome él si tengo algo más para contarle, le dije que escuchaba voces femeninas repitiendo mi nombre infatigablemente, llamándome con premura justo antes de dormir. Aquel doctor joven, de comportamiento amanerado y aires de príncipe de las medicinas, atinó a escribir en su prescripción médica, que debía consumir unos caramelitos para la ansiedad, que debía ingerir unos medicamentos que controlen mi organismo, que sólo me iban a dar un poco de sueño y que después todo iba a estar bien, que todo iba a ser felicidad en un mundo mágico y nuevo. Mis polainas con aquel doctor de mirada arrogante y de manos delicadas e impecables que puede decirme que necesito de fármacos que calmen una ansiedad inexistente, mi mundo no será uno de felicidad extrema pero sonrío de vez en cuando y siempre y cuando tome coca –cola y Wilson esté a mi lado, todo va a estar bien. La segunda fue doctora, contratada por el Banco en que trabajo para uno exámenes de rutina. Entré normal, y le conversé de mis planes y mis ganas de tener una nena; le conté también que este sueño podía quedarse en eso, en sueño, porque creo que mi lapicito no pinta, que mis soldaditos no disparan, en buen castellano, que soy infértil, estéril, que no tengo la facultad de procrear en unos espermas que de por sí deben tener flojera de existir. La doctora me recomendó que visitara a su esposo, que él era un Urólogo de aquellos y que podría ayudarme a cumplir el sueño de tener una nena. Fue una conversación breve y amena que luego recaló en sus comentarios médicos que recomendaban que hiciera ejercicios, que consumiera nueces y que visitara al psiquiatra. Doctorcita metiche, yo decido a quién visito y a quién no, y déjeme decirle que tampoco visitaré a su esposo, quien debe tener las manos frías y nadie que tenga las manos frías tocará al pequeño principito, nadie. Recuerdo también haber visitado a un Doctor de avanzada edad el cual no se enteró que ya inventaron la anestesia y me realizó una intervención improvisada con una aguja esterilizada con un poco de alcohol, dándome como receta para unos granitos sospechosos el hecho de inscribirme en clases de música y que sonría más; a los meses me metí en clases de piano y a la fecha no hay resultados, ¡doctor del carajo! Wilson dice que está loco. Los sombreros que tengo me conversan, me ayudan a escribir o a tocar el piano con mayor soltura. Me dicen que los saque a pasear, que los utilice con frecuencia, y aunque siento envidia entre ellos, se alegran cuando les traigo un compañero nuevo; bueno, eso me ha contado Wilson, quien ha estado espiando en secreto y agazapado. He recibido comentarios desagradables sobre el hecho de haber bautizado a mi lavadora como Dora y haberle otorgado el reconocimiento de llamarla mi mejor amiga. Creo que todos son una sarta de envidiosos y lamento que ellos no tengan la dicha de tener una compañera tan leal y hacendosa como Dora, que por nada del mundo dejará de ser mi confidente. Él único que defiende mi posición y reconoce mi vigoroso estado mental es Wilson, quien sabe no sólo escuchar sino también conversarme en los momentos justos con las palabras exactas y los comentarios precisos. Gracias a Wilson me siento tranquilo y hago caso omiso a cualquier tipo de comentario mal intencionado que pretenda hacerme tambalear y teñir de un color gris mis días. No todos tienen la habilidad de la conversación, y no es mi culpa que yo pueda conversar con los doctores amigablemente aunque ellos a mi espalda suscriban en sus apuntes médicos que necesito ayuda de estupefacientes que por supuesto, todavía no he consumido. No es mi culpa que a pesar de hacerles caso e inscribirme en clases de piano tenga tan malos resultados para aquel salpullido sospechoso y otro no menor para tocar el piano. No es mi culpa que tenga un gusto y cariño cuantioso por los sombreros los cuales a pesar de sus rencillas, saben agradecérmelo en conjunto. No es mi culpa que Dora sea tan encantadora y eficaz. Por último, no tengo que lamentar mi suerte ni desperdiciar amistades como la de Wilson, un amigo fiel, incansable en las artes de la buena fe, e indudablemente, un buen amigo mío. Siempre he dicho que el que no tiene un poco de loco, indudablemente, no tiene nada de sano. Por tanto, estoy bien sano, he dicho… martes, 8 de noviembre de 2011
Lavando la ropa sucia
miércoles, 26 de octubre de 2011
La danza de la mudanza
- Señora, me voy – le dije una mañana cualquiera. Ella me miró, abrió levemente los ojos y me dijo “ok”. Le expliqué brevemente que era por un tema de comodidad y que deseo comprarme un carro, por ende deseo una casa con cochera. – Ok- me respondió. Le comenté también que estaba preocupado por el tema de la mudanza, por movilizar mis cosas (que no son las pocas que traje) y el tema de contratar un vehículo que traslade todo. – Dile a tus amiguitas que te ayuden pues, no tienes pocas – me respondió y sonrió con una gracia que a mi no me dio gracia. – Ok – le respondí. Ahí entendí que ya era hora de salir de mi guarida, de cambiar algunas cosas, porque todo cambio es bueno, creo.
Ahora estoy en el carro de Danilo (uno de mis más entrañables amigos en Arequipa), escuchando una canción del “Tri” (¡de México cabrones!) en camino a recoger las llaves del nuevo depa, el cual compartiré con un amigo de Tacna y su primo. Mientras el calor golpea, el tráfico agobia y la voz de Alex Lora retumba en mis oídos, pienso en los buenos momentos que pasé en aquel pedazo de casa que hice mía: ya no habrá graditas escuetas llenas de polvo y tierra que nunca supe limpiar. Ya no habrá un techo bajito, cementerio de las neuronas de mis amigos que se golpearon mil veces. Ya no habrá la necesidad de abrir la ventana (que era enorme) a media noche para que la señal de internet capte mejor. Ya no más reparos en meter a gente a mi casa en puntillas de pie para que la loca de la hija de la dueña no me esté tocando la puerta pidiéndome que en menos de quince minutos saque a todo el mundo incluyéndome. Ya no más tocadas de piano por la madrugadas. Ya no tanto remordimiento por no dejar dormir a la chica de abajo, quien seguro es la que más se alegra con mi partida. Ya no más tanta soledad. Salir de la primera casa donde viví solo no resultó tan dramático como creí. Bruno me llama, interrumpe mis remembranzas, dice que se apunta, que también irá a colaborar con el traslado de las cosas. Bruno es el que más visitó mi casa anterior, con él tomé litros de vino escuchando música corta venas y recordando algunos momentos. Comenzamos a eso de las dos (Bruno, Danilo y yo también hicimos el trabajo de mudanza cuando llegué a la casa que ahora dejo) Ellos hacen todo, cargan todo, agarran mis sábanas y frazadas y cual paisana meten todo y hacen un nudo, tengo mil bultos. Luego lo toman y lo arrojan por la ventana, sin mirar a dónde cae. Cuentan: uno… dos… y antes del tres las cosas están en el primer piso. Ruco, el pequeño perro de la casa se pasea entre mis cosas, temo que los muchachos lo envuelvan también entre mis pertenencia y lo arrojen. Ruco sin embargo, es al único habitante de esa casa que extrañaré. A ese perrito de bigotes lo he mal alimentado varias veces, y por esa muestra desinteresada de amistad, generé en él un cariño interesado que lo trae siempre a mi puerta. Es una lluvia de objetos la que cae desde mi balcón. Contratamos un camioncito que quiere cobrarme una barbaridad. He negociado con el chofer rebajando algunos soles, prometiéndole que no cargará nada, me siento orgulloso de saber negociar. Dicho y hecho, aquel hombre se para al lado de su camioncito y ve como sudamos la gota gorda cargando cuanto objeto es arrojado por mi ventana; Danilo y Bruno me dicen con la mirada que soy un burro y que nunca más me dejarán tranzar con nadie. El hombre no se inmuta, al contrario; sólo se impacienta porque nos demoramos mucho, porque llegamos gateando hasta su vehículo. Está todo, subo al camión y también me siento un bulto. El depa está algo lejos, en una zona totalmente diferente a la que dejo. Ya le he entregado las llaves a la dueña, que ha sabido despedirme con palabras afortunadas y agradeciéndome el tiempo que pasé en su casa. Al momento de devolverle las tres llaves que me acompañaron estos últimos años recuerdo el capitulo final de “Friends” y entiendo que yo también estoy terminando una serie de varias temporadas. Llegamos a mi nueva morada y ahora, después de bajar las cosas del tercer piso, hay que subir todo a un cuarto nivel. Danilo, que ahora me odia, le pide al maestro que nos ayude a subir el colchón, a lo que el maestro responde “yo no he nacido para subir colchones”; se sube al camioncito aquel y se larga. Me odian, cargamos todo como bestias y terminamos muertos, sin sentir las piernas, con los brazos adormecidos, con el estómago vacío. Armamos todos, acomodamos algunas cosas. El nuevo departamento les ha gustado, prometen hacer fiestones muy pronto, grabar una película porno en la tina de baño que tengo, venir a visitarme pronto. Yo les agradezco con el corazón, y les prometo que abriremos una empresa de mudanzas. Los cambios que he tenido, por cosas del destino, siempre me han favorecido, espero esta vez no sea la excepción. Tomamos una cervecita negra, brindamos porque sea así. martes, 11 de octubre de 2011
La Denuncia
martes, 4 de octubre de 2011
Por favor no te mueras
La llaman y ella va. No sabe quién la espera, no sabe lo que padece ni lo que tendrá que soportar, no sabe bien cómo la van a recibir pero sabe que tiene que ir y que será otra noche de desvelo. Ella trabaja cuidando niños por las noches o ancianos que poco a poco se están despidiendo de esta vida. Ha cuidado hace poco a una abuelita que lloraba en silencio en su cama, que desvariaba de rato en rato, que ya no alcanzaba a ir al baño y que esperaba inconscientemente la hora de partir. Ella cuenta que era una viejita coqueta, que de rato en rato bailaba sentadita con una gracia de niña traviesa. Cuando reía no mostraba la dentadura completa, pero si una alegría que conmueve, que emociona. Estuvo a su lado casi dos meses, y la acompañaba por las noches. La vio llorar, cantar, reír, quejarse; la vio amanecer, acostarse y comer alguna que otra cosa. Antes de morir la anciana la llamó, la invitó a verla; porque la extrañaba, porque ya no necesitaban que la cuiden porque estaba muy malita; entonces, como presintiendo el final, pidió que la trajeran, quería verla y agradecerle la paciencia, el cariño: - Te quiero mucho hijita – le dijo pocos días antes de que falleciera.
La niña de la enfermedad terrible la mira con desconfianza, no sabe que hace esa señora sentada cerca a su cama, no sabe para qué va todas las noches a su cuarto, no sabe exactamente qué tiene y porque ha dejado de ir al colegio. Esa señora la trata con cariño, como una madre trata a su pequeño hijo. Le cuenta sus cosas, le confiesa que le hace recordar a una sobrina linda que tiene. La señora por las noches no duerme, la pequeña niña escucha haciéndose la dormida, como esta señora desconocida reza incansablemente, reza muy pegadito a ella, reza con denuedo e intentado no despertarla. La niña se cansa mucho, come poco y por las noches la despierta una tos que la hace saltar sintiendo que se ahoga. La niña no distingue los días de la noche, y sólo sale a hospitales. Cada vez que abre los ojos encuentra a la señora desconocida que reza mucho cerca de ella. A veces la ve hablando con su mamá, a veces la ve rezando con los ojos cerrados, a veces la ve durmiéndose con la biblia cerca. Cuando no la ve se asusta, se siente sola. La niña no distingue los minutos de las horas, pero si distingue la silueta de aquella señora desconocida que ahora se ha vuelto su compañera eterna, su amiga incondicional. La niña no distingue las fuerzas de las ganas, la luz de la oscuridad. La niña débil, de aspecto asustado no sabe qué pasa, sólo escucha a la señora que la acompaña sollozando, rezando entreverada, despidiéndose con cariño. La niña que no distingue nada, se ha cansado, siente menos fuerzas que otros días y decide dormir en paz.
Ella se despierta tarde, se ha quedado dormida. La costumbre de levantarse a las seis de la mañana se ha perdido. Sabe que tiene que trasnochar otra vez, que tiene que velar el sueño de un viejito de ojos claros que le hace acordar a su papá. No tiene mucha hambre, y aunque ha bajado de peso, se siente fuerte. Todo se lo debe a su fe, todo lo que pasa se lo agradece a Dios. Ya es una mujer de edad y aunque se ve algo demacrada aún goza de una fuerza misteriosa que la conmueve, que la convence en ser una buena persona. Sólo espera que sea las ocho de la noche para empezar a alistarse, para abrigarse todo lo que pueda y partir a visitar a su nuevo amigo que está pronto a despedirse. Ha dejado sus papeles religiosos a la mano, cerca de su rosario de rosas que ha sido supuestamente bendecido por Juan Pablo II. Ella se encariña demasiado con las personas que ha conocido en situaciones incómodas, le hubiera gustado llevarse un mejor recuerdo de ellos, de haberlos disfrutado antes de verlos tan venidos a menos. Ha escuchado las historias de familiares: de hijos, hermanos, esposas y esposos que cuentan anécdotas que en principio le roban una sonrisa. Toca la puerta, le abren y la hacen pasar con cariño, como si fuera una más de la familia. Aquel viejo que le hace recordar a su papá sigue en el mismo sitio, casi en la misma posición. Él está durmiendo, duerme todo el día. Ella se sienta en un sillón que le han acomodado al lado de la cama, se tapa con la manta polar que ha sido su compañera noche tras noches los últimos meses. Le hace cariño en los pocos cabellos que le quedan. Lo mira con cariño, le hace recordar a su papá; le gustaría no encariñarse tanto, sabe cual es el final de las cosas, sabe que nunca saldrá victoriosa. Lo mira y recuerda cuando su papá convalecía. – Por favor no te mueras, no te mueras todavía – le dice cuando escucha algunos quejidos de aquel abuelito. – ¡Todavía no me muero carajo! – dice el viejo abriendo sus grandes ojos claros. – Deja de joder mujer que me haces recordar a la difunta de mi mujer y ahí si me da miedo la muerte – repite medio dormido. – Descanse, descanse – ella le repite, como arrullándolo de alguna manera. Se acomoda en su mueble y empieza a rezar, su fe la mantiene viva, y espera que alcance para mantener vivos a aquellos que en sus últimos días, se han vuelto parte de su familia. martes, 27 de septiembre de 2011
Volver
miércoles, 21 de septiembre de 2011
La Ola
martes, 13 de septiembre de 2011
Cuarto de siglo
“Se dice que sólo hay una cosa que nadie deja de hacer, entre vivos y muertos, entre seres y cosas, todos y todo, aunque queramos evitarlo, envejecemos.” Llevo veinticinco años respirando, comiendo, cagando y durmiendo. Llevo veinticinco años despertando por las mañana, jodiendo por las tardes y durmiendo por las noches. De los veinticinco años llevo veinticuatro hablando cojudeces, veinticuatro caminando sin saber a dónde, veinticuatro con la flojera de transportarme por mí mismo. Llevo diecinueve años a la sombra de mi mami, quince jugando fútbol y cuatro viviendo solo. De los veinticinco unos veinte enamorándome de todo el mundo e intentando besarlas a todas. Llevo escribiendo quince y publicando cuatro. De mis veinticinco años llevaré unos cinco con enamorada, quince enamorado y veinte sin amor. De los veinticinco años que acabo de cumplir cuatro los he pasado sin mamá y sin papá, veinticinco. He recibido presentes en todos mis santos, no siempre he soplado velas, y sólo hice una fiesta. He vivido bien, he reído mucho, he llorado con ganas, me han querido, me han perdonado, he respirado el aire agradeciendo cada suspiro. La vida me ha puesto en diversos lugares y con diversas situaciones, pero en cada pedacito de tierra, en cada espacio donde me he ubicado, me he rodeado de gente maravillosa que ha sabido ganarse no sólo mi cariño sino también en muchos casos mi gratitud y admiración. En un salón de clases, en una cancha de fútbol, en alguna oficina de trabajo, en alguna fiestita díscola, en la calle; todo lo que he visto y aprendido me ha emocionado. Estos últimos veinticinco años han sido cojonudos y no me arrepiento de nada que me acuerde. Soy feliz a mi modo y a mi modo moriré a los veintisiete. He cumplido veinticinco con ausencias irremplazables pero rodeado también de gente que no tiene el por qué acompañarme. La he pasado con un payaso que ha repartido mi tequila, el whisky y encima me ha cobrado. He realizado mi primera fiesta a la que no ha ido poca gente y en donde puse globos y piñata. No es fácil entender que ya has vivido un cuarto de siglo y que se te acaba el tiempo en la tierra y que te haces más viejo y que se te reducen las oportunidades; no es fácil comprender que se te está empezando a caer el cabello, tus células se debilitan, la piel se te arruga y eres más propenso a una enfermedad; no es sencillo aceptar que cumples veinticinco años y aún no has hecho nada por lo que te sientas orgulloso y por lo que te recuerden lo años que vengas (que no será muchos). Cumplir veinticinco años es difícil cuando no has disfrutado los anteriores. Yo los he disfrutado pero creo no haberlos aprovechado muy bien; lo bueno de la reflexión es que aún tengo oportunidad de cambiar algunas cosas aunque no tenga fuerzas y aunque entienda que no siempre se cambia para bien. Igual soy feliz de haber nacido en este tiempo, bajo estas circunstancias y haber disfrutado de lo que me tocó vivir. Estos último veinticinco años creo haber recibido más abrazos que golpes, más besos que insultos, más felicitaciones que envidias (de esto dudo un poco), más bendiciones que castigos. Vivir tanto tiempo amerita un momento de reflexión, de sentarme a pensar a dónde voy y lo que implicará las decisiones que tome de aquí en adelante en la vida de otras personas. Si muero en los próximos días como tengo calculado manifiesto con sinceridad que he sido feliz y que agradezco a los que me han facilitado este estado. Viviendo estos últimos veinticinco años he entendido que si en mi juventud he sido supuestamente vigoroso no quiero imaginar lo que me espera con más años a cuestas. Con este cuarto de siglo que llevo sobre mis hombros estoy inmensamente agradecido con la vida y mantengo mi promesa de buscar la felicidad sin dañar a nadie. Estos últimos veinticinco años han parecido cincuenta y con los años que me quedan por vivir, demostraré, cuánto los quiero.lunes, 5 de septiembre de 2011
Whisky con manzana
lunes, 22 de agosto de 2011
Creo que me odian
miércoles, 17 de agosto de 2011
La marcas que quedan
miércoles, 3 de agosto de 2011
Mis últimas semanas
miércoles, 27 de julio de 2011
La verdad de las cosas
lunes, 18 de julio de 2011
Nunca jamás
martes, 28 de junio de 2011
Los restos de su amor: Tarde
martes, 21 de junio de 2011
Los restos del amor
lunes, 13 de junio de 2011
Encanto francés
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