- Señora, me voy – le dije una mañana cualquiera. Ella me miró, abrió levemente los ojos y me dijo “ok”. Le expliqué brevemente que era por un tema de comodidad y que deseo comprarme un carro, por ende deseo una casa con cochera. – Ok- me respondió. Le comenté también que estaba preocupado por el tema de la mudanza, por movilizar mis cosas (que no son las pocas que traje) y el tema de contratar un vehículo que traslade todo. – Dile a tus amiguitas que te ayuden pues, no tienes pocas – me respondió y sonrió con una gracia que a mi no me dio gracia. – Ok – le respondí. Ahí entendí que ya era hora de salir de mi guarida, de cambiar algunas cosas, porque todo cambio es bueno, creo.
Ahora estoy en el carro de Danilo (uno de mis más entrañables amigos en Arequipa), escuchando una canción del “Tri” (¡de México cabrones!) en camino a recoger las llaves del nuevo depa, el cual compartiré con un amigo de Tacna y su primo. Mientras el calor golpea, el tráfico agobia y la voz de Alex Lora retumba en mis oídos, pienso en los buenos momentos que pasé en aquel pedazo de casa que hice mía: ya no habrá graditas escuetas llenas de polvo y tierra que nunca supe limpiar. Ya no habrá un techo bajito, cementerio de las neuronas de mis amigos que se golpearon mil veces. Ya no habrá la necesidad de abrir la ventana (que era enorme) a media noche para que la señal de internet capte mejor. Ya no más reparos en meter a gente a mi casa en puntillas de pie para que la loca de la hija de la dueña no me esté tocando la puerta pidiéndome que en menos de quince minutos saque a todo el mundo incluyéndome. Ya no más tocadas de piano por la madrugadas. Ya no tanto remordimiento por no dejar dormir a la chica de abajo, quien seguro es la que más se alegra con mi partida. Ya no más tanta soledad. Salir de la primera casa donde viví solo no resultó tan dramático como creí. Bruno me llama, interrumpe mis remembranzas, dice que se apunta, que también irá a colaborar con el traslado de las cosas. Bruno es el que más visitó mi casa anterior, con él tomé litros de vino escuchando música corta venas y recordando algunos momentos. Comenzamos a eso de las dos (Bruno, Danilo y yo también hicimos el trabajo de mudanza cuando llegué a la casa que ahora dejo) Ellos hacen todo, cargan todo, agarran mis sábanas y frazadas y cual paisana meten todo y hacen un nudo, tengo mil bultos. Luego lo toman y lo arrojan por la ventana, sin mirar a dónde cae. Cuentan: uno… dos… y antes del tres las cosas están en el primer piso. Ruco, el pequeño perro de la casa se pasea entre mis cosas, temo que los muchachos lo envuelvan también entre mis pertenencia y lo arrojen. Ruco sin embargo, es al único habitante de esa casa que extrañaré. A ese perrito de bigotes lo he mal alimentado varias veces, y por esa muestra desinteresada de amistad, generé en él un cariño interesado que lo trae siempre a mi puerta. Es una lluvia de objetos la que cae desde mi balcón. Contratamos un camioncito que quiere cobrarme una barbaridad. He negociado con el chofer rebajando algunos soles, prometiéndole que no cargará nada, me siento orgulloso de saber negociar. Dicho y hecho, aquel hombre se para al lado de su camioncito y ve como sudamos la gota gorda cargando cuanto objeto es arrojado por mi ventana; Danilo y Bruno me dicen con la mirada que soy un burro y que nunca más me dejarán tranzar con nadie. El hombre no se inmuta, al contrario; sólo se impacienta porque nos demoramos mucho, porque llegamos gateando hasta su vehículo. Está todo, subo al camión y también me siento un bulto. El depa está algo lejos, en una zona totalmente diferente a la que dejo. Ya le he entregado las llaves a la dueña, que ha sabido despedirme con palabras afortunadas y agradeciéndome el tiempo que pasé en su casa. Al momento de devolverle las tres llaves que me acompañaron estos últimos años recuerdo el capitulo final de “Friends” y entiendo que yo también estoy terminando una serie de varias temporadas. Llegamos a mi nueva morada y ahora, después de bajar las cosas del tercer piso, hay que subir todo a un cuarto nivel. Danilo, que ahora me odia, le pide al maestro que nos ayude a subir el colchón, a lo que el maestro responde “yo no he nacido para subir colchones”; se sube al camioncito aquel y se larga. Me odian, cargamos todo como bestias y terminamos muertos, sin sentir las piernas, con los brazos adormecidos, con el estómago vacío. Armamos todos, acomodamos algunas cosas. El nuevo departamento les ha gustado, prometen hacer fiestones muy pronto, grabar una película porno en la tina de baño que tengo, venir a visitarme pronto. Yo les agradezco con el corazón, y les prometo que abriremos una empresa de mudanzas. Los cambios que he tenido, por cosas del destino, siempre me han favorecido, espero esta vez no sea la excepción. Tomamos una cervecita negra, brindamos porque sea así. Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
miércoles, 26 de octubre de 2011
La danza de la mudanza
- Señora, me voy – le dije una mañana cualquiera. Ella me miró, abrió levemente los ojos y me dijo “ok”. Le expliqué brevemente que era por un tema de comodidad y que deseo comprarme un carro, por ende deseo una casa con cochera. – Ok- me respondió. Le comenté también que estaba preocupado por el tema de la mudanza, por movilizar mis cosas (que no son las pocas que traje) y el tema de contratar un vehículo que traslade todo. – Dile a tus amiguitas que te ayuden pues, no tienes pocas – me respondió y sonrió con una gracia que a mi no me dio gracia. – Ok – le respondí. Ahí entendí que ya era hora de salir de mi guarida, de cambiar algunas cosas, porque todo cambio es bueno, creo.
Ahora estoy en el carro de Danilo (uno de mis más entrañables amigos en Arequipa), escuchando una canción del “Tri” (¡de México cabrones!) en camino a recoger las llaves del nuevo depa, el cual compartiré con un amigo de Tacna y su primo. Mientras el calor golpea, el tráfico agobia y la voz de Alex Lora retumba en mis oídos, pienso en los buenos momentos que pasé en aquel pedazo de casa que hice mía: ya no habrá graditas escuetas llenas de polvo y tierra que nunca supe limpiar. Ya no habrá un techo bajito, cementerio de las neuronas de mis amigos que se golpearon mil veces. Ya no habrá la necesidad de abrir la ventana (que era enorme) a media noche para que la señal de internet capte mejor. Ya no más reparos en meter a gente a mi casa en puntillas de pie para que la loca de la hija de la dueña no me esté tocando la puerta pidiéndome que en menos de quince minutos saque a todo el mundo incluyéndome. Ya no más tocadas de piano por la madrugadas. Ya no tanto remordimiento por no dejar dormir a la chica de abajo, quien seguro es la que más se alegra con mi partida. Ya no más tanta soledad. Salir de la primera casa donde viví solo no resultó tan dramático como creí. Bruno me llama, interrumpe mis remembranzas, dice que se apunta, que también irá a colaborar con el traslado de las cosas. Bruno es el que más visitó mi casa anterior, con él tomé litros de vino escuchando música corta venas y recordando algunos momentos. Comenzamos a eso de las dos (Bruno, Danilo y yo también hicimos el trabajo de mudanza cuando llegué a la casa que ahora dejo) Ellos hacen todo, cargan todo, agarran mis sábanas y frazadas y cual paisana meten todo y hacen un nudo, tengo mil bultos. Luego lo toman y lo arrojan por la ventana, sin mirar a dónde cae. Cuentan: uno… dos… y antes del tres las cosas están en el primer piso. Ruco, el pequeño perro de la casa se pasea entre mis cosas, temo que los muchachos lo envuelvan también entre mis pertenencia y lo arrojen. Ruco sin embargo, es al único habitante de esa casa que extrañaré. A ese perrito de bigotes lo he mal alimentado varias veces, y por esa muestra desinteresada de amistad, generé en él un cariño interesado que lo trae siempre a mi puerta. Es una lluvia de objetos la que cae desde mi balcón. Contratamos un camioncito que quiere cobrarme una barbaridad. He negociado con el chofer rebajando algunos soles, prometiéndole que no cargará nada, me siento orgulloso de saber negociar. Dicho y hecho, aquel hombre se para al lado de su camioncito y ve como sudamos la gota gorda cargando cuanto objeto es arrojado por mi ventana; Danilo y Bruno me dicen con la mirada que soy un burro y que nunca más me dejarán tranzar con nadie. El hombre no se inmuta, al contrario; sólo se impacienta porque nos demoramos mucho, porque llegamos gateando hasta su vehículo. Está todo, subo al camión y también me siento un bulto. El depa está algo lejos, en una zona totalmente diferente a la que dejo. Ya le he entregado las llaves a la dueña, que ha sabido despedirme con palabras afortunadas y agradeciéndome el tiempo que pasé en su casa. Al momento de devolverle las tres llaves que me acompañaron estos últimos años recuerdo el capitulo final de “Friends” y entiendo que yo también estoy terminando una serie de varias temporadas. Llegamos a mi nueva morada y ahora, después de bajar las cosas del tercer piso, hay que subir todo a un cuarto nivel. Danilo, que ahora me odia, le pide al maestro que nos ayude a subir el colchón, a lo que el maestro responde “yo no he nacido para subir colchones”; se sube al camioncito aquel y se larga. Me odian, cargamos todo como bestias y terminamos muertos, sin sentir las piernas, con los brazos adormecidos, con el estómago vacío. Armamos todos, acomodamos algunas cosas. El nuevo departamento les ha gustado, prometen hacer fiestones muy pronto, grabar una película porno en la tina de baño que tengo, venir a visitarme pronto. Yo les agradezco con el corazón, y les prometo que abriremos una empresa de mudanzas. Los cambios que he tenido, por cosas del destino, siempre me han favorecido, espero esta vez no sea la excepción. Tomamos una cervecita negra, brindamos porque sea así. martes, 11 de octubre de 2011
La Denuncia
martes, 4 de octubre de 2011
Por favor no te mueras
La llaman y ella va. No sabe quién la espera, no sabe lo que padece ni lo que tendrá que soportar, no sabe bien cómo la van a recibir pero sabe que tiene que ir y que será otra noche de desvelo. Ella trabaja cuidando niños por las noches o ancianos que poco a poco se están despidiendo de esta vida. Ha cuidado hace poco a una abuelita que lloraba en silencio en su cama, que desvariaba de rato en rato, que ya no alcanzaba a ir al baño y que esperaba inconscientemente la hora de partir. Ella cuenta que era una viejita coqueta, que de rato en rato bailaba sentadita con una gracia de niña traviesa. Cuando reía no mostraba la dentadura completa, pero si una alegría que conmueve, que emociona. Estuvo a su lado casi dos meses, y la acompañaba por las noches. La vio llorar, cantar, reír, quejarse; la vio amanecer, acostarse y comer alguna que otra cosa. Antes de morir la anciana la llamó, la invitó a verla; porque la extrañaba, porque ya no necesitaban que la cuiden porque estaba muy malita; entonces, como presintiendo el final, pidió que la trajeran, quería verla y agradecerle la paciencia, el cariño: - Te quiero mucho hijita – le dijo pocos días antes de que falleciera.
La niña de la enfermedad terrible la mira con desconfianza, no sabe que hace esa señora sentada cerca a su cama, no sabe para qué va todas las noches a su cuarto, no sabe exactamente qué tiene y porque ha dejado de ir al colegio. Esa señora la trata con cariño, como una madre trata a su pequeño hijo. Le cuenta sus cosas, le confiesa que le hace recordar a una sobrina linda que tiene. La señora por las noches no duerme, la pequeña niña escucha haciéndose la dormida, como esta señora desconocida reza incansablemente, reza muy pegadito a ella, reza con denuedo e intentado no despertarla. La niña se cansa mucho, come poco y por las noches la despierta una tos que la hace saltar sintiendo que se ahoga. La niña no distingue los días de la noche, y sólo sale a hospitales. Cada vez que abre los ojos encuentra a la señora desconocida que reza mucho cerca de ella. A veces la ve hablando con su mamá, a veces la ve rezando con los ojos cerrados, a veces la ve durmiéndose con la biblia cerca. Cuando no la ve se asusta, se siente sola. La niña no distingue los minutos de las horas, pero si distingue la silueta de aquella señora desconocida que ahora se ha vuelto su compañera eterna, su amiga incondicional. La niña no distingue las fuerzas de las ganas, la luz de la oscuridad. La niña débil, de aspecto asustado no sabe qué pasa, sólo escucha a la señora que la acompaña sollozando, rezando entreverada, despidiéndose con cariño. La niña que no distingue nada, se ha cansado, siente menos fuerzas que otros días y decide dormir en paz.
Ella se despierta tarde, se ha quedado dormida. La costumbre de levantarse a las seis de la mañana se ha perdido. Sabe que tiene que trasnochar otra vez, que tiene que velar el sueño de un viejito de ojos claros que le hace acordar a su papá. No tiene mucha hambre, y aunque ha bajado de peso, se siente fuerte. Todo se lo debe a su fe, todo lo que pasa se lo agradece a Dios. Ya es una mujer de edad y aunque se ve algo demacrada aún goza de una fuerza misteriosa que la conmueve, que la convence en ser una buena persona. Sólo espera que sea las ocho de la noche para empezar a alistarse, para abrigarse todo lo que pueda y partir a visitar a su nuevo amigo que está pronto a despedirse. Ha dejado sus papeles religiosos a la mano, cerca de su rosario de rosas que ha sido supuestamente bendecido por Juan Pablo II. Ella se encariña demasiado con las personas que ha conocido en situaciones incómodas, le hubiera gustado llevarse un mejor recuerdo de ellos, de haberlos disfrutado antes de verlos tan venidos a menos. Ha escuchado las historias de familiares: de hijos, hermanos, esposas y esposos que cuentan anécdotas que en principio le roban una sonrisa. Toca la puerta, le abren y la hacen pasar con cariño, como si fuera una más de la familia. Aquel viejo que le hace recordar a su papá sigue en el mismo sitio, casi en la misma posición. Él está durmiendo, duerme todo el día. Ella se sienta en un sillón que le han acomodado al lado de la cama, se tapa con la manta polar que ha sido su compañera noche tras noches los últimos meses. Le hace cariño en los pocos cabellos que le quedan. Lo mira con cariño, le hace recordar a su papá; le gustaría no encariñarse tanto, sabe cual es el final de las cosas, sabe que nunca saldrá victoriosa. Lo mira y recuerda cuando su papá convalecía. – Por favor no te mueras, no te mueras todavía – le dice cuando escucha algunos quejidos de aquel abuelito. – ¡Todavía no me muero carajo! – dice el viejo abriendo sus grandes ojos claros. – Deja de joder mujer que me haces recordar a la difunta de mi mujer y ahí si me da miedo la muerte – repite medio dormido. – Descanse, descanse – ella le repite, como arrullándolo de alguna manera. Se acomoda en su mueble y empieza a rezar, su fe la mantiene viva, y espera que alcance para mantener vivos a aquellos que en sus últimos días, se han vuelto parte de su familia.
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