Tomo asiento y veo mi cara fijamente en el espejo. Me pregunto que puedo hacer conmigo mismo. La señorita que corta mis cabellos no me ha preguntado si el peinado es para hombre o para mujer, sólo cómo lo quiero. - Respetable - le respondo. Ella me mira y vuelve a hacer la pregunta. – Córtelo como Ud. crea conveniente, yo no tengo buen gusto y sé que al final (como siempre), voy a estar disconforme. Ella me corta sin usar las tijeras, usa un peine con navaja y degrafila mis cabellos díscolos. Habla con confianza y aunque es algo fea, tiene carisma; habla de los personajes de sus novelas, se ríe sola y está atenta a cualquier movimiento o acción que pueda ocurrir. Parece loca, y si fuera así no es bueno que tenga esa navaja. De rato en rato masajea mi cuero cabelludo (que cada vez es más visible) y me despeina con avidez. Yo cierro mis ojitos y me entrego a ese momento tan placentero, adorando que jueguen con mi cabeza, con mis cabellos; aunque ella no lo sepa. Me paro, me veo al espejo, sé que estoy igual de detestable que al principio, sólo que ahora estoy relajado. Tengo la firmeza de que yo me corto mejor las axilas que ella mi cabello. Por La noche me baño, me hago un lavado facial con un jabón especial que ya debe de estar vencido. Con las pinzas me arranco con furia los cuatro vellitos que se posan en mis mejillas intentando formar una barba. No sé cuan varonil sea, ni cuan delicado con mi persona; sólo sé que si fuera homosexual, sería uno poco agraciado.
Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
lunes, 2 de junio de 2008
Cuestión de estética
martes, 20 de mayo de 2008
Todas Putas
jueves, 1 de mayo de 2008
Amantes ocasionales
martes, 8 de abril de 2008
Como un insecto
martes, 1 de abril de 2008
Los días que pasan
martes, 18 de marzo de 2008
Uno menos
Sábado ocho de la mañana: Obdulia llama desesperada a Lucho, su hijo, contándole que su hermano Edward aún no regresa de comprar sus zapatos para la boda que se realizará en menos de cinco horas, no aparece. Lucho se preocupa, se ríe y piensa que sus hermano es muy exigente e indeciso para comprar un par de zapatos.
Sábado diez y media de la mañana: Ubican a Edward, esta totalmente borracho luego de una despedida de soltero sorpresa. Lo rescatan de la casa de su amigo.
Sábado once de la mañana: Edward es llevado a casa de su hermana Luz junto con su madre para alistarlo para la ceremonia: bañarlo, acicalarlo y cambiarlo. Edward se viste a cuestas, reniega porque el pantalón le queda ancho, deja en claro que así no se casa. Su madre lo observa y le dice: - ¡Sácate mi pantalón y ponte el tuyo! –
Sábado cuatro de la tarde: Adolfo recibe una llamada, una voz enrarecida nos invita a la reunión familiar. La boda de Edward es una sorpresa, nadie sabía nada.
Sábado cinco de la tarde: Adolfo y yo llegamos a la fiesta. Edward nos saluda efusivamente y yo me siento un ridículo con mi camisa rosada (agradeciéndole a Adolfo el que me haya impedido usar las zapatillas rojas) El novio está en evidente estado etílico. Lo abrazo, lo felicito y le pregunto: - ¿qué se siente estar casado?- Él me contesta: - Ahora no siento nada, mañana te cuento –
Sábado cinco y media de la tarde: Ponen una marinera para que Edward se luzca; él la sabe bailar. Dentro de sus posibilidades agita el pañuelo blanco e intenta sincronizar un par de pasos con conato. Edward está perdido, baila la marinera por inercia. Le ponen un vals, uno bonito; Edward sigue bailando marinera.
Sábado seis de la tarde: Un Pisco Sour estremece mi sosiego, calienta algo dentro de mí. Todos bailan. Las cervezas se hacen presentes una tras otra; Edward se mantiene en pie.
Sábado nueve de la noche: Van ocho cajas de cerveza y me siento feliz, alegre. Edward es un beodo carismático. En una esquina de la fiesta están cuatro señoras que destapan procazmente las cervezas, una tras otra y sin usar destapador; lo hacen de una manera ingeniosa y particular, con un estilo propio de barrio. Una de ellas baila como poseída, saltando con una energía desmesurada proporcionada por la cerveza, es la versión femenina de “Chapulín el Dulce”.
Sábado diez y media de la noche: Mi primo Adolfo se ríe conmigo de cualquier estupidez; Carlos, otro de mis primos, siempre está a mi derecha para recibir la cerveza; el alcohol nos controla y estamos contentos por eso. Conversamos con los invitados muchas cosas que no me acuerdo.
Sábado once y media de la noche: Adolfo y yo nos retiramos de la fiesta. No sé cómo salimos, cómo llegamos a casa. Un recuerdo deslucido recrea una imagen de Adolfo y yo entrando abrazados y contentísimos a casa, riéndonos del mundo; somos tan felices cuando estamos ebrios. Pienso rápidamente en Edward, espero que mañana se acuerde de algo, de que se ha casado y me diga que se siente.