Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
Veo el reloj y avanza sin compasión. Voy a llegar tarde otra vez a mi trabajo y como estoy seguro de eso no me apresuro. Tomo la misma combi de siempre y me siento atrás, bien atrás para que ninguna señora de edad me obligue con la mirada a darle mi asiento. Pienso en tantas cosas en el bus, siempre sentado al lado de la ventana; lacónico, meditabundo, casi melancólico. Pienso en las personas que ya no veo, que descansan de mi presencia. Pienso en el futuro incierto que me aqueja, que me asusta. Pienso en el amor, ilusionado pienso en el amor. Pienso en el porqué de las cosas: ¿por qué estoy aquí?, ¿por qué no hice tal o cuál cosa?, ¿por qué no se han bañado estos sujetos? En la combi invento mil historias: soy un gran jugador de fútbol y le doy un par de mundiales a mi selección; soy un cantante exitoso; un escritor bohemio; un galán, un galanazo que se levanta a todas las chicas sin conocerlas, con una mirada, un guiño de ojos que practico distraído mientras la combi está parada en una esquina por el semáforo y el policía me mira asombrado, y yo tonto, aún distraído, sigo guiñándole el ojo. Termino de pensar y el carro está lleno, full, con gente ya colgando de la puerta y yo asfixiándome por el calor y los olores. Ya hay un par de señoras que me miran con cara de desagrado y yo me hago el loco. La calle está cerrada, hay una manifestación y el chofer decide cambiar de ruta; va hacia la derecha, sube unas cuadras y se arrepiente regresando por el mismo camino mientras los pasajeros le dicen que eso debió hacer desde el principio. Llega a la avenida de donde vinimos y nos topamos con la turba de manifestantes. Después de dar cinco vueltas al mismo óvalo decide retomar el camino dejado, por lo que los pasajeros no dejan de recordarle a su madre. Pienso en que ser chofer es jodido, más en Arequipa donde hay bastante arequipeño. El tráfico es terrible. Sube una señora de edad y le cedo el asiento en contra de mi voluntad, por educación, mérito de mi madre. Voy parado, mi cintura doblada en dos, mi cabeza golpeándose con el techo de la combi mil veces, con la cara cerca del sobaco de un cholo criminal enemigo del desodorante. No veo donde estoy, el olor me ha mareado, el calor sofocado y después de tantos golpes no recuerdo a donde iba. El cobrador me mira de reojo, de una manera no muy disimulada; logro reconocerlo, he jugado algunos partidos de fulbito con él por mi barrio (que no es mío obviamente). Pienso que quizá y no me cobra el pasaje. Lo hace y no me da vuelto, me recuerda que le adeudo una apuesta por el último pardito que jugamos, donde por supuesto, salí huyendo después del gol final. Me da sueño, estoy quedándome dormido y los respingos sorpresivos, los golpes intransigentes me despiertan. Siento una mano extraña en mis nalgas, una mano amiga y cariñosa que descansa en mis posaderas, volteo y veo a una señora que no sabe donde ponerla mientras pide disculpas sin moverla. El chofer está en otra, cantando a viva voz todas las cumbias, perdido en alguna pollada pasada, alucinando como yo miles de cosas. Escucho variedad de conversaciones: sobre el dólar, sobre la última convocatoria de la selección, que la plata no alcanza. Suben un par de chicas con empandas de carne, rellenas al extremo de cebolla y yo no aguanto más, grito: -¡baja!- inmediatamente. Luego de salir de aquella lata de sardinas tomo aire profundamente pensando en la descabellada idea de regresar a pie.
No sé si ver la película, a ella que está lindísima o al impertérrito recipiente de palomitas que en un acto de mezquindad invertida me atreví a comprar. Hace buen tiempo que no salía con nadie, hace tiempono iba al cine, nunca me gustaron las palomitas. Tenía tremendas ganas de ver aquella película cursi, novelesca que sólo se disfruta a plenitud con la compañía adecuada (no con un amigo que parezca tu pareja). Ella es una loca guapa, que sin temores se desenvuelve por el mundo con una naturalidad única, metiéndose donde no debe, actuando sin tapujos, con un brillo pícaro en los ojos. No hablamos mucho porque la película amerita un silencio medianamente intransigente. Pedí el embasemás grandede palomitas de maíz para engreírla, para tratar de sorprender, para sentir que estaba a la altura de la circunstancia. Ella se sorprende un poco prometiendo acabarlo sí o sí, cosa que nunca cumplimos. Empiezo a atisbar de vez en cuando, la miraba de reojo en la sala de cine, ahora con su cabello recogido, a media cola, cayendo de una manera coqueta, con unos lentecitos hechos para ella, tan parecida a una secretaria moderna con la cual cualquier jefe estaría dispuesto a escaparse. Miraba la película (que no supero mis expectativas) con ternura, porque hay algo dentro mío que me obliga a querer y ser querido, un sentimiento de amor reprimido que aflora en circunstancias como ésta. La veo calladita, sonriendo y adivinando un posible final. Como y como las palomitas que nunca se acaban, como por inercia y siento que ya no puedo, pero sigo comiendo. Ella come delicada, sin apuros,ya olvidando su promesa de terminar todo. Nunca había comido tantas palomitas en mi vida. Mi boquita me quemaba por la sal y mi estomago reñía a muerte por mi obstinación de seguir comiendo. Ya no podía, paraba de comer y ella traviesa me miraba y decía con la dulzura que la caracteriza: - come Leíto, tenemos que acabar-. Yo sonreía como un tonto metiéndome un puñado de palomitas a mi boquita quemada. Veo el recipiente y no disminuye nada y la película no se acaba y pienso que ni viendo cinco películas de larga duración terminamos. Concluyó la peli y nosotros esperamos que la gente se pare y retire. No sabemos que hacer con todas las palomitas. Ella vuelve a mirarme, se ríe y coge un puñado de palomitas y las tira haciendo una lluvia de maíz, yo me lamento por ser tan pavo y no tener el coraje que ella tiene y hacer lo mismo mientras observo encantado. Vuelve a repetir l a travesura, se mata de risa y decide concluir. Aún quedan muchas palomitas que llevo a casa. Ella me habla de sí, asombrándome mucho más, no sólo es linda, también muy inteligente. Me recuerda al tontuelo cursi que fui alguna vez, y es que es muy fácil enamorarse cuando hay chicas como ella. La dejo en su casa, le doy el besito respetuoso que se merece en la mejilla y me siento un niñito chúcaro y tímido. Regreso a casa con mi boquita quemada por la sal, ilusionado con su mirada, encantado por la noche, con un principio de intoxicación y la esperanza de volver a verla.
Sospechosamente el lugar donde recientemente me he pensionado, luego de pagar por adelantado (intentando no morir de hambre por negligencia mía, mal gastando el dinero como suelo hacer con frecuencia), ha cerrado luego del único consumo que hice, luego de haber cancelado el dinero (que no es mucho). Paso por la noche, raudo en el auto, veo el local iluminado por una miserable bola de espejos, gente bailando, tomando; aquel lugar al cual creo no regresaré se ha transformado en un antro, en una discoteca de mala muerte, e indirectamente me siento socio de ese establecimiento que seguramente es clandestino. Prometo no regresar, por lo menos no de día, lo haré de noche para consumir mi adelanto y reclamar las ganancias que merezco por aportar mi capital. Compro algunos víveresy embutidos para la casa que consumo presuroso porque todos vencen en unos días. Mis labios paran resecos, inmovilizados; haciendo las veces de ventrílocuo me comunico con la gente que me mira con extrañeza, intento sonreír y me veo aún más ridículo. Me he cortado nuevamente el cabello, no con la chica que sabe hacerlo generalmente, su local para también cerrado (quizá y sea también una discoteca); tengo que acudira la peluquería donde fui hace mucho, prometiendo regresar pronto; me cortan el cabello de la manera más chúcara posible, horrible, siento que es una especie de venganza por no haber regresado en la premura prometida; me paro, indignado, doy una mirada de descontento y agradezco prometiendo regresar pronto. Los domingos siguen siendo tremendamente aburridos, lo único bueno que traen consigo es que no tengo que bañarme y puedo apestar todo lo que me dé la gana, haciendo uso de la libertad que tanto me emociona. Voy a trabajar con sueño, a pesar de que tengo la mañana completa para dormir.Ser el nuevo en el trabajo no es bueno: tengo que aprender mucho, gano poco y hago de todo, como comprar en la tienda, pasarles material y cualquier cosa que les facilite el trabajo y les de flojera hacer. Los fines de semana salgo aturdido, desganado, pusilánime; visito discotecas donde no soy socio indirectamente y hay chicas regias, lindas y sobre todo con buen gusto, porque no quieren bailar conmigo. Voy al cine y veo Batman, La Momia, y otras pancartas pero no veo ninguna película porque lassalas están llenas. Mi celular no funciona, lo cargo ocho horas y la batería me dura sólo una. Tomo vitaminaspara mantenerme activo, lúcido, despierto pero no hacen efecto, por el contrario paro bostezando todo el día. Consumo un jugo cítrico al cual me he vuelto adicto y debe de estar matándome lentamente, por más que aumento la dosis, la vida aún gana la partida.
Mi pobre celular reventaba. Me despierto a las ocho de la mañana y ya tenía trece llamadas perdidas y un sinfín de mensajes. Pienso que debe de haber un error, quizá una emergencia pero no, todos comienzan con un simple feliz cumple. Recuerdo que es mi cumpleaños, que me queda menos tiempo sobre este planeta al cual protejo poco, pero no recuerdo conocer tanta gente. Me llaman recientes conocidos y me preguntan que voy a hacer por la noche; yo respondo: nada. Me llaman viejas amistadesy me preguntan cómo es para la noche; y yo respondo: nada. Me llaman familiares y me aconsejan de que no salga, no tome, tenga cuidado; y yo respondo: no pienso hacer nada.Nunca he celebrado un cumpleaños, y creo que nunca lo haré. La gente me felicita y manda sus cariños y yo no entiendo el porqué. Seguro tenían la certeza de que no vivía un año más, que mi cuerpecito endeble, esmirriado, no aguantaba doce meses más y llamana felicitarme por mi acto de sobrevivencia impensada. Mis cumpleaños me hacen pensar que mi tiempo se agota y aún no he hecho nada productivoy que está más cerca el fin de mis días que un logro. Mucha gente que no veo hace tiempo, de la cual muchas veces ya ni me acuerdo, me saluda y yo me siento miserable porque no me acuerdo ni de mi santo, mucho menos de el de ellos. Mucha gente que creo querer y debía saludarme no lo hace y los quiero un poquito más porque se parecen a mí. Mi madre y familiares de Tacna, con los cuales siempre he pasado mi onomástico, me llaman y me entra una pizca de nostalgia que se acaba cuando corto el celular. Los gatos de mi primo se suben a mi cama y se engríen conmigo, maullando, ronroneando, como saludándome también antes de hacerse pis en mi manta polar. Me estoy haciendo más viejo y no me doy cuenta, no acumulo experiencia y me da más sueño. Espero que mi próximo cumpleaños pase desapercibido y nadie me recuerde mi desgracia.
Cara de hombre serio, de bulldog, grandote y rechonchito; esa fue la primera impresión que Yusef (compañero de capacitación y a la postre, un buen amigo) me dejó el primer día. Me tocó también (como cosa del destino) compartir grupo con él, donde ya contándome sobre la diabetes psicológica que padece, me sorprendía diariamente con la seis (como mínimo) Inca Kolas que se tomaba una tras otra, compartiéndola con todos con una alegría desbordante. Entre Yusef y la Inca Kola existe un amor intrínseco, inquietante, sibilino. Yusef dependía más de aquel líquido rubicundo y efervescente que del aire mismo. No sólo tenía un nombre raro, también poseía un par de apellidos elocuentes, el segundo, ilustre. Yusef pertenecía directamente a la familia Inca kola, siendo nieto del fundador de aquella bebida. Compraba miles de Inca Kolas teniendo en su armario un millón más. Yusef se inyectaba insulina, la cual le bajaba el azúcar de la sangre de una manera chúcara y desmesurada. Él no se hace problemas y la estabiliza con un par de Inca Kolas, y termina no sólo repuesto sino que también feliz. A Yusef no le funciona el celular, el cual posee un valor sentimental; aquel valor sentimental no basta, Yusef lo arroja al mar de Barranco sin complicaciones y se compra uno mucho más caro y bonito, y con dos días, con mucho más valor sentimental que el anterior. No hay hombre más mujer que Yusef, un cabro formidable que coquetea con todos los varones del grupo, incluyéndome. Lo hace de una manera agradable, mandando besitos, guiñando el ojo, arrugando su naricita y luego, descarado, se echa a reír sabiendo que le sale regio aquel jueguito afeminado. Parece misógino cuando juega al mariconcito. Yusef se hizo de una enamorada en plena capacitación, a la cual engreía no sólo con besos y abrazos, también lo hacía pagándole en secreto y con desprendimiento cualquier cuota efímera que se presentara. Yo mataría por estar con él. Yusef tiene un gran sentido del humor, mucho vello en pecho y una Nana a la que quiere mucho. A Yusef le resbalan las cosas, se ríe de todo. Yusef se ha hecho una “Y” de Yusef (que casualidad) en el pecho, afeitando sus vellos en un momento de arrebato. Yusef confía en su Nana, la cual le recomienda agua de manzanilla en forma de gotitas para los ojos; Yusef se las hecha confiado, baila todos los ritmos posibles, lagrimeando a muerte y musitando con gracia: “Vieja chuchasu…”. Yusef, en contra de su voluntad, se ha cortado el cabello por exigencia del banco, parece un niño viejo, con aquel corte semihongo que lo hace ver chistosísimo; ya no es un bulldog, ahora es un pastor ovejero. Yusef me dio tres piquitos frente a toda la capacitación, todos previamente planeados para armar un escándalo, tres piquitos que nunca voy a olvidar. Yusef comparte Inca Kola y también su gracia, jugando bromas a todos los chicos por la noche cuando estos se quedan dormidos. Juega bien fútbol, vóley, sobre todo póker, donde es más sínico que nunca. Yusef es una gran persona, que deja de serlo si te ve tomando Coca Cola.
No pretendo ser padre. Aquella idea me somete a un miedo profundo, pues viene con un cargo de“responsabilidad”, la palabra que menos me gusta. Soy un tipo que apenas puede con su vida para intentar si quiera encaminar otra. El problema de tener un hijo es que no viene solo, viene con una madre que confunde un momento cálido, apasionado, afectivo, con un amor irreal y por demás innecesario. Una madre que puede ser aun más preocupante que el futuro ser en camino; pues ella ya sabe hablar, reclamar, gritar e insultar; ya aprendió a caminar, corretear, acosar, perseguir entre otras cosas peligrosas. La madre a su vez viene con una suegra que pensará que su hija es una santa y que yo, azuzando la incrédula virginidad de su hija, soy el lobo feroz. También me hago acreedor de un suegro que vive puliendo algunas armas de fuego, buscando el momento justo para darles usanza y ser feliz. Posiblemente dentro de este terrible combo se incluyan unos cuñados busca pleitos, tías chismosas, criticonas y primas detestables. No quiero ser padre porque pierdo la libertad de la cual tanto me lisonjeo. Pierdo horas de sueño, tranquilidad y dinero. No quiero ser padre porque nopretendo serlo. Ponerle un nombre que no le va a gustar. Obligarlo a hacer actividades que yo tampoco haría. Prohibirle diversiones que yo no me perdería. Aprisionarlo tambiéna él, o peor aún, a ella. Exponerlo a la familia de su madre, a la mía, a mí. No quiero tener una mujer y ocho hijos, quiero ocho mujeres y nada más. Quiero vivir solo y tranquilo, con dinero suficiente para vivir en sosiego y sin privaciones. Quiero escribir muchos libros, que ellos sean mis hijos, y si me aburro de ellos, los regalo. Quiero estar en paz con mi conciencia y no ser esclavo de nadie. Por lo tanto, la amistad con el condón es obligatoria.P.D: Dedicado a mis hijos, los cuales nunca tendré.
El ruido de una trompeta estruendosa me levanta a las 5 de la mañana de un respingo apresurado e inconciente. Corro a las duchas, un acto de responsabilidad que no deja de asustarme me obliga a hacerlo. Los charapas se gritan cosas de una ducha a otra, me encuentro en mi bóxer negro reunido con gente de todo el Perú semidesnudo y mi cuerpo esmirriado me avergüenza. Saco, corbata, zapatos; soy un guerrero elegante, guapachoso y somnoliento que camina fingiendo un andar firme, garbo, gallardo. Desayuno tranquilo, sin tocar el jugo de papaya que me somete en la mayoría de las veces a cagar desmesuradamente. Subo al bus, intento estudiar, intento dormir, intento creer que estoy en esta capacitación, y no puedo hacer nada. Las horas de sueño perdidas (que son muchísimas), las recupero en clases donde duermo rico, a la vista de todo el mundo, sin un ápice de vergüenza. Gasto mi dinero sin medidas en una cafetería que te roba legalmente por sus altos precios y el monopolio que ejerce. Bajo los cuatro pisos (siempre con sueño) y regreso a mi carpeta, a sumirme al sueño que tanto anhelo. Soy un puto, lo dicen todos, una “polilla” (no sé que significa). Yusef me manda besos, siempre con su Inca Kola bajo su silla. Claudia duerme apoyada a la columna. El profesor no deja de hablar, con un aire al chato barraza, a Mario Poggy, y yo me cago de sueño. Los chicos me mandan besos que yo correspondo cariñoso, las chicas me recuerdan lo puto que soy y las reglas impuestas en el internado me esclavizan y no me dejan mostrarles lo puto que puedo llegar a ser. No puedo entrar al baño por mi temor escénico, por la fidelidad de mi culo engreído al inodoro de casa. No cago, no duermo nada (en las noches) tengo clases diez horas cronológicas al día y no me siento tan mal, sólo algo temeroso. Fumo como loco los cigarros del gordito, los fumo rico todos por que no son míos y porque disfruto la carraspera que provoca en mi garganta. Todos en pijama nos sentamos bajo el cielo de Lima la fea, en medio de la humedad que moja mis nalgas traspasando mi bóxer y sonrío, siempre sonrío, me caigo jugando voley, todos se ríen de mi torpeza y yo me sobo por que me duele, pero también río con la carita roja por la vergüenza. Coqueteo con ellos, con ellas, con todos y todos coquetean conmigo, pero sin la pasión con que yo lo hago. Me dicen gringo, rubio, “polilla”, Topo Giggio, Candy y soy feliz. Trato de dormir, sentado en el inodoro que coquetea con mi culito, convenciéndolo de que no hay diferencia.