martes, 24 de agosto de 2010

Tengo besos y abrazos

Recuerdo cuando con Rebeca (aquel fantasma dulce que me persigue) andábamos de la mano por las calles taciturnas de Tacna; con dieciséis o diecisiete años a cuestas, bromeando de todo, despreocupados de la vida, enamorados (presiento). Cuando me desesperaba por verla los fines de semana, esto si sus padres le permitían salir a la casa de su amiga, lugar de encuentro estratégico. Recuerdo los poemas que le escribía, que le mandaba con mi pequeña sobrina al colegio (ella, mi sobrina, siempre tan tierna y servicial), las miles de cartas que intercambiábamos, los besos más profundos que recuerdo, su sentido del humor tan dulce. Recuerdo la agonía que me acompañaba de lunes a viernes, casi mortal, que se disipaba por poco al extremo de inexistente cuando la veía asomarse y verme con esos ojitos verdes con los que aún sueño. Han pasado años desde entonces y todavía hay rezagos de todo ese sentimiento inmaculado que Rebeca, mi primer amor, me inspiró durante dos años. Sofía asomó una noche de verano, rebelde y alocada, arrasó conmigo y mis prospectos como un huracán. Ella con su infinito amor por mí me conquistó irremediablemente. Sus locuras me hicieron reír y llorar de verdad y me demostró lo difícil y divertido que es la convivencia, porque paraba con ella casi todo el día: íbamos de compras juntos, dormíamos y amanecíamos juntos, intimábamos como dos viejos amantes. Los días con Sofi pasaron llenos de emociones, pasaron como aquel verano en que nos conocimos y en el cual, sin más escusas, me conquistó. Tacna me regaló estas dos historias lindas y hoy melancólicas que recuerdo con cariño. Llegué a Arequipa huyendo de una ciudad que no tenía más que ofrecerme, intentando hacerme hombre con todo lo que esto implica. Mi búsqueda de la felicidad esta totalmente relacionada a ese amor con el cual creo, sólo he coqueteado. Mi búsqueda de la felicidad y mi proyecto de vida (que es mediocre y cursi, lo admito) no ataña el acumular riquezas y tener un millón de dólares en el banco, ni carros, ni casas, ni acumular riquezas que me hagan menos humano. Quiero el dinero necesario para vivir tranquilo yo y los míos, que en verdad no serán muchos. Han pasado años desde entonces, y el tiempo ha sabido poner en mi camino chicas lindas que han cuidado de mí con esmero. Chana y Cristina, dos chicas grandiosas con las cuales, con un poco más de voluntad, hubiera podido vivir una relación encantadora. Ambas despertaron interés en mí, pero por esta abyecta manía de temerle al compromiso, no les brindé lo que se merecían. Desde que llegué a la “Blanca Ciudad”, no me esmerado por conquistar a nadie o por cumplir por lo menos medianamente, aquel proyecto de vida ligero pero añorado. Mis relaciones en Arequipa han durado poco porque yo no fui el que las escogió, porque yo no fui quien planeo un flirteo delicado y romántico, como más o menos me gusta. No me he esmerado mucho por sorprenderlas si es que a ellas las sorprendí (Chana y Cristina). Entonces, ese vacío, esa retención de besos y abrazos, esas ganas de escribir cartas de media noche a puño y letra, esos poemas que todavía no son por falta de escusa me están consumiendo y acumulándose es este pecho lampiño que casi casi, quiere explotar. Camila apareció, y como siempre, no me llamó la atención a primera vista, no me flechó con la primera mirada ni me conquistó con su sonrisa. Las cosas se dieron naturales y convirtieron el día a día del trabajo en miraditas y sonrisas cómplices y risueñas. Cami se muestra como una chica comprometida con sus ideales religiosos, los cuales respeto y hasta incluso creo plausibles por su coraje. Camila se refugia en teorías espirituales y pone barreras entre los dos. Camila y sus conceptos tienen un enamorado, un enamorado noble y pacífico que ha intentado cuidar de ellas como todo un caballero. No sé en qué momento pasó esta intención mía de un capricho a una realidad que por gallardía no puedo negar. No sé en qué momento me convencí de lo que quiero y a pesar de saber que está mal (creo), no pretendo retroceder mis tropas del terreno ganado. No sé desde cuándo pienso en Camila en algo más que una compañera de trabajo o un capricho innoble. He sido ya, sin compartir una relación con ella, un canalla que por sincero, imprudente; y cómo pocas veces, arrepentido de haber dicho y hasta incluso escrito en su contra y en contra de su enamorado que a diferencia mía, es un caballero sin despeinarse. No sé lo que pretendo, si está bien o mal que me inmiscuya en una relación que goza de dos años de compromiso, un compromiso que poco a poco viene a menos y prefiero acabe por el desgaste que por intromisiones mías. A Camila la veo frecuentemente por cuestiones laborales y sé que es difícil hacerse el loco o desprenderme de mis intenciones que no son malas, sólo impertinentes. Tengo besos y abrazos acumulados que han visto en Camila un buen puerto. Camila es una buena chica que admira a su enamorado, que se siente protegida, pero intuyo (y lo digo con humildad y el mayor de los respetos), no es la pareja que le ofrece esa relación natural y fluida que la haga enamorarse de verdad y le permita ser ella misma. Presiento que Camila se aferra como naufrago a la orilla con más resignación que empeño. Hace tiempo no me acerco a alguien, la miro a los ojos, le tomo las manos, y con nervios por doquier, le digo: “Me acompañas a estar solo” o en otras palabras “Quieres estar conmigo”. Ya me olvidé como es eso de conquistar a alguien. El altruismo dice que no debería meterme, porque sé que no me gustaría que un tercero aparezca y se lleve a mi chica (aceptando la derrota y sabiendo que ella decidió y dentro de la democracia que yo busco es válido y por demás correcto). Por otro lado una propaganda de desodorante me dice que deje de ser amigo (sólo tengo una amiga) y empiece a ser hombre. Esta única amiga me dice que en el amor y la guerra se vale todo; yo, un poco más protocolar, intento no ser uno de esos tantos robanovias de los cuales hasta yo me he quejado. Yo no voy con maldad, ni con la pierna arriba intentando hacer daño a alguien. Mis intenciones son buenas, aunque muchas me vean como un chico malo. Camila cree que yo estoy enamoradito de ella y me ve con una pena que me hace sentir subestimado. Camila cree que es mejor tratarme como amigo y alejarse con discreción, lamentablemente sólo lo cree mas no lo quiere ni lo siente, lo presiento. Yo no me muero por nadie ni pretendo morirme por nadie nunca, soy radical y egoísta conmigo mismo si me lo propongo (el arte de ser autodestructivo y tenerme como principal enemigo me permite hacer esto con cierta facilidad). En conclusión, tengo besos y abrazos contenidos, presos por falta de recepcionista y la duda de ser o no ser aquel galán mezquino (con la relación de Cami) que arriesga su orgullo. Pd: Si tú, amable y despistado lector, estás carente de cariño y buscas un besito dulce y un abrazo cálido para calmar la carencia de cariño, con confianza, comunícate conmigo.

lunes, 16 de agosto de 2010

Mi primera amiga

Jamás he tenido una amiga de verdad, porque todas terminan huyendo despavoridas de este hombre descontrolado y confundido. Nunca he salido una tarde entera a caminar, a almorzar, a ver películas los dos solos y hasta dormir compartiendo la misma cama sin que por mi cabeza corrupta pase la idea de un toqueteo o el cleptómana pensamiento de robar un beso. Las amigas de mis enamoradas eran una tentación. Las amigas de mis amigos (que por suerte tengo sin querer besarlos) también contaminan mis entrañas y me someten a malos pensamientos. Las amigas de muchos desconocidos no son mis amigas ni podrían serlo. Tengo un problema psicológico que no intento remediar pero que debe preocuparme. No logro entablar una amistad sana y bien intencionada con señoritas, no puedo estar en un mismo ambiente con una dama por mucho tiempo, porque basta que hable bonito para que yo, maniático del flirteo, intente hacer algo. Pero un día llegó Mónica, un lunes cualquiera, y creo que cambio algo en mí. No sé en que momento se robó mi confianza y me conquistó de esa manera tan dulce. No sé si no la conocía antes y quizá me olvidé de ella como de otras tantas personas. No sé por que con ella siento un cariño sincero y en verdad desprendido de maldades. Mónica es una limeña desquiciada que ilumina los días en la agencia bancaria donde trabajo. Llegó producto de un ascenso bien merecido que la obliga a someterse a arduos días de trabajo. Pero ella y su fuerza infinita logran contrarrestar no sólo los días ajetreados, sino también, los malos días de mis jefes estresados y mal pagados. Ella vive sola igual que yo. Goza de la libertad de la soledad, esa soledad que a veces juega malas pasadas y nos hace sentir menos importantes. Mónica goza de una colita bien dotada, que he mirado sin maldad pero si con asombro. Goza de una sonrisa contagiosa y mágica que en verdad, alegra mis tardes, haciéndolas menos tortuosas. Mónica piensa como hombre, porque a vivido rodeada de salseros y peloteros, sabe cada reacción que podemos tener, las cosas que pasan por nuestra cabeza; es un hombrecito sin miembro viril y a veces creo que ni yo pienso tan claro como varón como ella. Lamentablemente siente como mujer, y también pasa por la decepción de saberse frágil de vez en cuando. Ella nos va a ver jugar fútbol, nos acompaña a comer comida chatarra, a tomar unos traguitos bonachones que desaten conversaciones interesantes, donde Mónica, siempre la tiene clara. Mónica no escatima en tirarse al suelo si es necesario, nada de remilgos y poses de niñita no me ensucio. Mis domingos, aquellos domingos aburridos, ahora son de ella quien organiza tardes llenas de películas o largas caminatas para conversar de la vida y sus defectos. Mónica es un mujer que da la impresión de seguridad en cada paso, pero es una niña que juega a ser adulta con un alto grado de efectividad. Vamos al karaoke y cantamos como enfermos, sobre todo las canciones que obligan al corazón a regresar en el tiempo y recordar con melancolía a alguien; pero cantamos con más entusiasmo por las calles mientras salimos de aquel local, cantamos a todo pulmón canciones que no pudimos cantar con el micro en mano y así somos más felices. Mónica está loca y no se hace mayores problemas. Parece que la conociera hace años, casi desde siempre; y no es que no la vea como mujer, porque como mujer única y guapa, sólo es que, su compañía me es tan agradable, y sus manías tan contagiosas, que neutraliza a ese animal indefenso que llevo dentro. En el trabajo ya no encontraba mayor motivación, puesto que es monótono y estresante; pero desde que llegó Mónica, desde que llegó con esa sonrisa que se escucha desde lejos, ninguna tarde es la misma. Cada vez que le toca descansar (día del que yo no gozo), cada vez que se ausenta o se sienta lejos de mí, marchito. Si antes no tuve amigas (comprendiendo sus razones) y tenía que esperar por Mónica, esperaré hasta el triple de lo que ha pasado por gozar de la amiga que hoy (y sin temor a equivocarme) tengo a mi lado. Querida Mónica (como quisiste llamarte), te quiero tantísimo.

lunes, 2 de agosto de 2010

Contigo, no me caso

Es normal que después de un buen tiempo compartido con alguna pareja (llámese enamorada), uno empiece a enloquecer, desvariar, distorsionar las cosas. La idea de compartir con ella más tiempo, mezclado con otras hierbas, te lleva a planear un futuro por demás desgraciado e infeliz. Está comprobado que el alto índice de divorcios se debe a la tonta idea de casarse. Esa metáfora innecesaria del amor inventada por los hombres, hoy convertido en fracaso, se llama matrimonio. Yo he hablado de amor y matrimonio con enamoradas que hoy me han olvidado mucho más de lo que yo a ellas. Me han jurado un amor puro y desinteresado que hoy es recuerdo. He prometido años de mi vida junto a ellas y planeado un futuro próspero y alentador, con hijos cuyos nombres ya estaban acordados, con un perro labrador corriendo por nuestro futuro jardín, en nuestra futura casa familiar. Cuán lejos he llegado en mi imaginación, y quizá, al final incluso de mis sueños y expectativas, el divorcio avecinaba con una sonrisa insidiosa. Por lo tanto, veo en el matrimonio, una muerte anunciada y poco misteriosa. El hecho de tener un hijo requiere una responsabilidad mucho mayor que no se soluciona con una boda de esperanzas y necesidades. Por tener un hijo no significa que te sacrifiques entregando la mitad de tu libertad a una desconocida que puede aprovecharse de este recurso. Dichosos los que creen en el amor y en el matrimonio como puerto de llegada. Pues yo si creo en el amor y aunque desconfío a morir del matrimonio, no dudo que por amor, y como muestra máxima de este sentimiento traicionero, llegue a participar de una ceremonia por y para ella. Por lo tanto, el amor como ritual social para demostrar adhesión con tu pareja frente a una cantidad de personas que te permita el dinero o tu desparpajo, es una muestra noble, plausible, pero innecesaria de decir “quiero estar contigo el resto de mi vida”. Pero para llegar a este estado de locura y desesperación, hay que estar seguro de que sea así. Yo he propuesto dos veces matrimonio, ambas con poco éxito. La primera fue a mis ex – gerente (que desde luego es mujer). Cecilia es aún una mujer hermosa e inteligente, que con sus años encima, luce más regia que muchas veinteañeras. Le hice una pancarta chapucera que decía “Cásate conmigo”; detrás de mí estaban mis compañeros, como una especie de tribuna cómplice y testigo de mis devaneos. Toda esa tribuna bancaria no hizo más que hacer muestras de su desacuerdo a mi proposición, aunque contentos con mi desgracia. Cecilia vio la foto con cariño, incluso al extremo de robarle un par de lágrimas producto de su partida acelerada hacia otra agencia. Puesto que ya estaba casada denegó mi proposición y me rompió el corazón luego de su no. La verdad no hubiera funcionado, y mi cariño abundante me cegó y manipuló para llegar a tamaño desatino. Por otro lado, Cecilia tiene dos hijas buenas mozas con las cuales, un futuro no muy lejano, me puede haber guardado algún tipo de revancha. La segunda propuesta matrimonial la hice hace poco, en pleno partido de fútbol. Desgracié un polo mío, pintándolo con plumón indeleble. “Cásate conmigo Cami, (tu vas a lavar el polo)” decía en mi insigne pecho luego de meter un gol que poco sirvió porque igual perdimos. Pero mi derrota personal se produjo horas después del cotejo deportivo. Camilita, con cierta maldad en la mirada, denegó mi proposición aduciendo que a su novio no le iba hacer mucha gracia un sí. La verdad Camilita, tu novio es un gilipollas y ni cuenta se hubiera dado de que te casaste con otro e incluso, si estás embarazada. Tu negativa no fue tan sincera como la de Cecilia, estuvo maquillada de escusas y sometida bajo esa terquedad y doble personalidad que tú, mi querida Camilita esquizofrénica, gozas y rebalsas. Pero bueno, debido a cierta desagradable experiencia sufrida anteriormente, no me veo deprimido ni desahuciado. Ahora que hablo de ti Camilita de mi corazón, me parece terrible que seas víctima de esas ideas cuadradas que te enseñan en esa Comunidad Cristiana a donde acudes e incluso me invitaste. No te niego que algo bueno saqué de la charla a la que me sometiste, y de que quizá regrese porque estoy en un limbo espiritual. Pero la verdad es que no comparto muchas cosas de las que allí hacen referencia y ni de la manera en que a ti, mi dulce Cami, te lavan el cerebro. Espero que seas feliz en tu matrimonio con Kevin, tu novio impoluto que reza por ti mientras tú y yo bailábamos en una disco de dudosa reputación; lindo él. Por otro lado me parece cruel que pienses como piensas de los homosexuales, y veas con desagrado el hecho de que en la siempre revolucionaria Argentina, hayan aceptado que se casen y compartan sus derechos y obligaciones juntos. Creo que el amor de los homosexuales es un amor tan o más puro que de muchos heterosexuales hipócritas. También es cierto que creo que hubiera ahorrado muchas controversias si le hubieran puesto otro nombre en vez de “Matrimonio Gay”, ya que la palabra matrimonio tiene cierta connotación religiosa. Unión Gay o Alianza Homosexual, serían términos más adecuados; porque el tema es que ellos tengan los mismos derechos que un heterosexual, todo desde el punto de vista legal y social; la religión es un hueso más duro de roer y la verdad, no me interesa roerla. Por lo tanto el matrimonio es un gran problema producto de costumbres tradicionalistas y puritanas que no te permiten vivir tranquilo si no eres igual al resto de persona supuestamente de bien. Los homosexuales, seguro, también terminarán divorciándose a la larga y por las calles, tanto homosexuales como heterosexuales, andarán despechados. Con Cecilia, la siempre guapa Ceci, no hubo mayor decepción, está casada y con sus hijas puedo tener chance. Con Cami, la cosa es distinta, porque me enfurece saber que ella no es valiente y de que no es sincera ni con ella misma a pesar de creer que sí, y también me subleva, el hecho de tener cierta afinidad con chicas con defectos que la verdad, me alteran mucho. Yo no me caso contigo, ni con nadie he dicho, y si por ahí, el amor, traicionero sentimiento hace que me coma mis palabras, lo haré como un simbolismo personal ofrecido hacia esa chica perversa que me convenció de hacerlo, y lo haré con el mayor de los amores y será en la playa porque no pienso dejar que la gente se embriague y alimente con mi dinero producto de un capricho de aquella mujer que aún no conozco. Lo haré en una playa lejana y quizá nudista, para ver si van esos zánganos trepadores (como yo) que acuden a los matrimonios para burlarse y divertirse a cuestas de la desgracia de otros. Espero que el amor, y sus terribles destinos, no me obliguen a llegar a tal extremo. Que Dios me guarde una chica guapa y loca que sienta el amor y no intente materializarlo en ceremonias que la verdad, luego de la algarabía del momento, van a terminar decepcionándote. Si hay amor, que Dios lo bendiga con hijos sanos. Lamento informarles a los homosexuales, que por más que intenten o apelen en las cortes, no van a poder tener hijos biológicos, lo lamento.

martes, 6 de julio de 2010

Carta de reconciliación

Siempre te doy las gracias, porque hay un momento en el día en que me doy cuenta de que no soy tan miserable como creo que soy; porque a pesar de que siento los golpes duros de la vida también soy conciente de que aún estoy en el ruedo y con las posibilidades intactas de dar aquel golpe de suerte, aquel golpe trascendental, aquel gran golpe esperado; y bajo esa espera, te agradezco de seguir aquí, en la lucha. Siempre te pido algo, porque es naturaleza humana hacerlo, porque también soy otro mortal que se acuerda de ti para pedir. Yo creo que eres un tipo que sabe perdonar, por ahí leí que ese era tu oficio; por lo tanto, a veces hablo con desparpajo sobre temas que te hacen referencia, con una soltura que otras personas no dudan en hacerme notar. Si me conoces bien sabes que soy un tipo de sonrisa fácil, con aires de divo pero humilde después de todo. Que tengo mis defectos pero ninguno mortal o que complique la vida a otra persona que no sea yo. Es un problema mayor pelearse contigo, o por lo menos discutir; porque hay cosas que la verdad no entiendo o no quiero entender, y creo que eso te molesta un poco. Puede ser que también te hayas dado cuenta que yo aprendo mejor por las malas y haces de las tuyas y me tienes en ascuas días enteros. Sabes que soy un tipo tolerante, de paciencia casi beata, que suelo ver el lado bueno de las cosas y trato de no desesperarme ni hacerme problemas. Mi madre, desde chiquito me ha llevado a misa y ha inculcado en mí, de una manera tan particular y disimulada, amor por ti. Yo siempre he sido renuente, chúcaro, díscolo para contigo. Desde pequeño me quedaba bien dormido en misa, casi desde que empezaba. He escapado de las responsabilidades religiosas con una facilidad casi demoniaca. He preferido los amigos, el fútbol y un sinfín de cosas antes que a ti, aunque nunca me haya olvidado por completo. Mamá me daba de beber agua bendita (y he escuchado por ahí que eso es pecado. Discúlpame a mí y a la loca de mi madre por favor), todo para purificar mi alma. Mi madre me ha presentado a sus curitas y padrecitos casi todos colombianos que me han hecho cariñito en la cabeza y me han dejado su bendición con una sonrisa en los labios, como diciendo “tu mamá te quiere meter al seminario”. Mi madre me ha enseñado a rezarte con los ojos cerrados y antes de dormir, todos los días y sin peros que valgan; tú sabes que hacía el intento pero era más fuerte el sueño. Siempre que algo andaba mal era falta de Dios para mi madre, y quizá haya tenido razón. Por lo tanto, toda mi vida he estado involucrado contigo, algunas veces con mayor fuerza que otras. Las amigas de mami todavía saben hacerme cariños en las mejillas recordaban cuando asistía a misa e incluso bailaba en las actuaciones parroquiales; las viejitas esas tienen una memoria prodigiosa. Cuando cerraba los ojos antes de dormir y te rezaba con flojera, en algún momento de mi inocente oración, sentía que volaba, que flotaba, que me despegaba de la cama; cuando se lo contaba a mamá juraba que era tu presencia, que era casi un milagro y que antes de ser cura iba a ser santo; la verdad que yo también sospechaba que eras tú. Ahora las cosas han cambiado un poco. Ya no voy a misa, la verdad que no lo creo necesario para estar cerca de ti. No rezo demasiado, y si lo hago es porque algo no me va bien y porque soy un convenido, así me siento. No me persigno cuando paso por una iglesia porque me parece que no es manera de recordarte, en una cruz clavado, aparte de mi apatía. A veces me siento un hereje, un falto de fe. Muchos de aquellos triunfos inesperados te los dediqué a ti, lo hacía por inercia, porque sabía que tú estabas detrás de todo eso. Ahora que me he llenado de pequeñas derrotas que me hacen sentir un gran fracasado, también te culpo un poco y reniego, reniego contra ti y te pongo en duda. No me confieso hace años porque me parece hipócrita decir lamento haber hecho esto y saliendo del confesionario volver hacerlo, porque a esos padrecitos les apesta la boca y no hay santa crema dental que nos salve de aquel infierno bucal, además de que desconfío de la confidencialidad que los padres pregonan, son una sarta de chismosos esos curitas violadores (y entiendo que no todos y a estos comentarios me refiero cuando hablo de soltura verbal). Mi madre cada vez que me despacha, cada vez que la visito, me pone estampitas y oraciones que tengo acumuladas y aunque respeto mucho, les doy poca importancia. La religión para mí es la mutilación de tu persona, la desmembración de la fe y de tu amor. Por lo tanto no tengo religión y no debo de cumplir ningún mandamiento o petición que algún grupo de mortales como yo ven necesarias para estar en paz contigo. Yo creo en ti y a mi modo intento no dañar a nadie ni provocarte alguna molestia. Soy un pecador pasivo, pero pecador al fin. La cuestión es que es jodido pelearse contigo porque no tengo chances de ganar, ni siquiera de sacarte un empate para definirlo por penales donde cualquiera puede fallar (ya sé, ya sé, tú no). Pelearse contigo no es conveniente ni sano, por lo tanto, intentaré cambiar en algunas cosas que te pueden hacer enfurecer y para eso, necesito un poco de ayuda, ayuda tuya obviamente. Trataré de no blasfemar, de no renegar contra ti, de orar con más frecuencia, de ser más servil al prójimo, de renegar menos, de intentar ser otra vez tolerante, de regresar al camino dónde te conocí, de cumplir todo lo antes prometido (y sabes que no me gusta prometer cosas que no voy a cumplir). Tu justicia es rara, la verdad no la entiendo y no voy a intentar hacerlo. Te sigo agradeciendo todo, te sigo pidiendo algunas cosas (y sabrás comprender las necesidades. Ya sé, ya sé, la lotería no es una necesidad). Y ahora, también he aprendido a pedir disculpas, a darme cuenta de algunos errores que cometo no sólo con frecuencia sino que también con facilidad. Lo único que quiero es que mantengas a esa madre loca y enamorada de ti a salvo, bajo tu brazo; que la cuides y perdones por sus errores, que le des la oportunidad de ser feliz y me uses de instrumento a mí para que lo sea. El hecho de que Benedicto no me inspire confianza e incluso me caiga un poco pesado no significa nada personal contra ti, es una humilde opinión y nada más. Cuando me tiré aquella primera borrachera y asistí a la vigilia de confirmación (iglesia) en aquel estado poco presentable, y me refugié en el baño del segundo piso de la parroquia para que el padre no me viera ni me expulse, y vomité todo lo que pude y dormí abrazando el inodoro, no fue un acto de protesta. Mi madre me llevó donde un cura chileno, el único cura que respeto y al cual le tengo un cariño especial. Aquel padre no dramatizó nada, me propuso tomar un vinito de la sacristía y darme algunos consejitos para que el trago no me llegue tan rápido, aquel padre que me dijo que el único pecado cometido aquella noche fue no haber comido nada antes de libar alcohol, aquel padre que creía en ti y predicaba tu amor con amor. Ojalá y promuevan más padrecitos como aquel y después de promoverlos no los estén sancionando (también como a él). Aquel padre me dio la fórmula para dejar de combatir contigo sin salir herido, me hizo una pregunta que absolvía cualquier tipo de deuda hacia ti, me pregunto mirándome a los ojos: ¿Crees en Dios? Yo ya tenía pensamiento subversivos en mi cabeza pero no dudaba de ti. Respondí: - Si - muy seguro y también mirándolo a los ojo. – Entonces estás jodido – me respondió, y respondió a algo más que a esa pregunta.

miércoles, 16 de junio de 2010

Vacaciones

Es tarde, mi despertador me ha traicionado o yo soy un oso que inverna. Son las diez con treinta de la mañana y mi carro salía a las ocho. Ya no tengo mucho dinero, por eso compré mis pasajes en económico. Pude haberme comprado los dos (el de ida y regreso) en imperial o dorado, total, he vuelto a comprar el que perdí porque la señorita dice que no hay solución para los clientes que pierden sus viajes sin previo aviso, peor aún si se han quedado dormidos después de hablar por celular hasta las cuatro y media de la mañana. Compro un pasaje nuevo, también económico; tengo que esperar cerca de una hora para que salga el bus. No tengo dinero, no he tomado desayuno y tampoco pienso almorzar antes de viajar. Mi idea es seguir durmiendo las casi siete horas de viaje, espero poder hacerlo. Ya han pasado quince minutos de la hora prevista y mi carro no aparece, creo que lo he perdido otra vez. Leo “No se lo digas a nadie” y siento que yo también quiero ser escritor antes de ser terrorista y poner una bomba en esta empresa de transportes. El carro aparece, casi media hora después y yo tengo hambre. Subo mis cosas a la maletera con cara de “si quieren se demoraban más”. Me piden el boleto para subir y desglosan una parte del mismo, el tipo que lo hace tiene una cámara de video que no utiliza. Busco mi asiento siempre con mis gafas negras que me haces parecer un búho triste y éste esta ocupado por un viejito regordete que mira la ventana (porque me encanta ir a la venta) y se hace olímpicamente el tonto mirando melancólicamente el vidrio. No quiero pelear y me siento sin decir nada. El carro parte con otros minutos de retraso agregados a su llegada. Sin quitarme las gafas empiezo a releer mi libro y aparece un colombiano que empieza a hablar sobre una feria de artesanías, promete regalar algunas piedras o gemas que venderá en la feria, piedras que tienen la propiedad de absorber la mala vibra y limpiar el alma. Pienso en comprar una caja. Hace juegos, tiene facilidad de palabra; yo no lo miro pero tampoco puedo leer. Dice que rematara algunas cosas que tiene, que cuestan veinte soles pero lo dejará a diez e incluso, regalará algunos otros accesorios. La gente tonta compra sus cosas, cuando el colombiano vivo las vende al doble de precio pero dice que está de buen humor y quiere premiar al generoso público peruano. Sale como con cien soles en sus bolsillos y yo lo odio por ser tan vivo y odio a las personas que le compran por ser tan tontas; yo también quiero vender las piedras que encuentro por ahí antes de ser escritor y terrorista. El bendito bus económico hace una parada cada diez kilómetros y nos invaden un millón de ambulantes con su chicharrón de sol, sus papitas arrebozadas, sus empanadas, sus alfajores, sus humitas dulces. Yo me muero de hambre pero prefiero morir de hambre que con una diarrea endemoniada. La gente sigue gastando su dinero en comprar comida. Cada parada significa una gastadera de plata. - Con lo que gastan en comida podrían haberse ido tranquilamente en avión – pienso. Luego de unas horas el carro parece un mercado con los olores amalgamados entre comida, sudor y otros aromas desagradables; por eso antes de viajar me baño cuidadosamente para no incomodar a nadie con algún hedor propio. Debería haber una ley que restrinja el viaje de las personas sin previo baño, con una multa elevada para cuando falten a esta norma, o algún colombiano sapo que venda piedras que absorban el mal olor. El carro es un chiquero pero igual la gente logra dormir. Yo atino a lo mismo. Llego a Tacna y mi madre me espera hace una hora en el terrapuerto. La veo un poco más delgada y con algunas arruguitas más marcadas. Me abraza, me besa, me examina. Dice que estoy más flaco, que estoy con el cutis feo, que debo cortarme el cabello, que tengo cara de anémico. Voy a recoger mis cosas y describo mi maletín al señor que se encarga de la entrega de equipaje, este ni me mira y me indica que coja el mío (que puede ser cualquiera) y me retire. Llego a casa y empiezo a comer como loco. Mi madre me mira asustada y no duda en alimentarme, su propósito es engordarme en una semana. Durante la semana sólo como y duermo, tampoco quiero más. Mi prima me pide por favor lleve a mi sobrina de quince años a sus clases de inglés, yo acepto porque no tengo nada que hacer. Mi sobrina es una señorita guapa, alta, esbelta; seguro que tiene su grupo de seguidores y también ese público mañoso que está presto para molestarla. Caminamos rumbo a sus clases y hablamos un poco de todo. No puedo creer que haya crecido tanto y tan rápido, ya es una mujer y está lindísima. A dos cuadras de su instituto de inglés me comenta que se encontrará con un amigo para hacerlo entrar, puesto que él no cuenta con el carné del instituto. Lo ve de lejos, me dice que seguirá con él, que no es necesario que los acompañe. Yo asiento, le doy un beso, ni siquiera saludo al susodicho, sólo le di una miradita y pensé que mi sobri está para conseguir chicos más guapos. Entonces doy la media vuelta y me voy. Una cuadra después me doy cuenta lo despistado que soy, de que soy un irresponsable al dejar ir a mi sobrina con un desconocido (por lo menos para mí), que ni siquiera lo saludé; busco en mi celular nuevo (porque el otro lo perdí también por distraído) y no tengo el número de mi sobrina. Empiezo a rezar en la calle para que este tipo no sea holandés, para que no le pase nada a mi sobrina, para que llegue sana y salva. Tacna es tan chiquita que por cuadra te saludan dos personas y yo no sé quiénes son. Me encuentro con un amigo con el que compartí mi etapa pelotera, nunca tan titular como él en la selección de fútbol de Tacna, me confiesa que lee mi blog y por poco lloro. Me han dicho para ir a jugar una pichanguita y estoy concentrado en aquel partido, en hacer respetar la imagen de jugador de fulbito que aún conservo entre los menos allegados. Tacna siempre chiquita, puta y chismosa. Cuando veo los cambios, a los amigos, las promesas, la familia; quiero quedarme. Días después jugamos el partidito de fútbol, ya no es lo de antes pero aún conservo la magia. Salimos después de sudar un poco; tomamos unas cervecitas, se realiza una pequeña reunión de promoción sin pensar, todos están más gordos menos yo que sigo siendo un fideo. Nos reímos, chismeamos. Algunos han prosperado y me alegro por ellos, otros siguen igual de conchudos y pienso hacer un club. Llego a casa, casi a la media noche. Mi madre me espera con la comida caliente, avena y demás menjunjes que ayuden a cumplir su propósito de engordarme; no tengo apuros en bañarme, total, no voy a viajar. Llamo a Cristina quien habla con mi madre y se hacen íntimas, quedan en tomar un cafecito. Empieza el mundial. Me levanto más temprano para ver la inauguración pero igual me quedo dormido frente a la tele. Con el mundial ahora si no salgo a ningún sitio. Mi madre me alimenta, duermo toda la tarde, nadie me llama y si lo hacen, no contesto. Es suficiente, me tengo que ir. Recuerdo que dejé a mi sobrina en las clases de inglés hace un par de días atrás. Corro a buscarla a su cuarto y la encuentro feliz como siempre. Le doy un beso y le digo que no se me va a volver a escapar; ella no entiende. Le digo a mi madre que me voy, que tengo cosas que hacer. Me alimenta por última vez, le da pena que me vaya. Subo al bus económico otra vez, malhumorado por el viaje largo que me espera. En el carro me piden ayuda para llevar contrabando, me prometen una propina, debo de tener cara de corrupto. Todo el viaje lo hago solo, como nunca, sin compañero ni viejo ni gordo que me incomoden. Casi termino de leer el libro de Bayly. Tengo erecciones furtivas e imagino una situación comprometedora. Me he mareado como hace mucho no lo hacía; aguanto, no quiero pasar vergüenzas. Llego a Arequipa, cobro la propina, es ínfima; - vieja tacaña – pienso. Los días han pasado suavecitos pero no lentos, no sé cuando regrese a Tacna, quizá cuando vuelva mi sobrina esté más guapa, mi madre más arrugadita, mis amigos más gordos, mi Tacna más puta.

miércoles, 9 de junio de 2010

Las manías del escritor

Llego a casa con una canción en la cabeza, cantándola, inventándome la letra, siempre cursi, siempre hablando de amor, de una separación, de un encuentro, de una oportunidad. El tonito es indicado, muy parecido a los de Fito Paez (sabiendo que no hay punto de comparación). Entre las ocho y media y nueve, del trabajo a la casa, siempre es lo mismo, inventar aquella canción que nunca sonará ni en la radio ni en mi mente, porque sé que me olvidaré el tonito y luego, no encajaran las rimas, las palabras, y será letra pusilánime y venida a menos. Pero me emociono, creo que será la canción que busco, sé que no está mal. Quiero correr a mi cuarto, buscar papel y lápiz, impregnarla aunque sea en un papiro, y darle forma, darle cuerpo, darle vida. Llego ilusionado a mi cuarto y me pierdo, me distraigo. Empiezo hacer algo que no quería, como poner música, y todo al diablo. Sé que la letra es de amor (o quizá de desamor), de un amor inconcluso. Me acuerdo las frases, las rimas, pero no de aquel tonito caprichoso y escurridizo que nunca logro retener. Entonces enfurezco, sé que sin ese tonito no es lo mismo, que no será la canción que soñé. Ahora como no hay tonito, no puede ser canción, y aprovecho la tristeza que me provoca eso para escribir poesía, para transformar aquella canción imposible, lejana, en poesía; total, la poesía no necesita de ese tonito que se me escabulle entre la noche. Empiezo, sé todo de memoria, sé de tu ausencia, de los errores que cometí, de la oportunidad que espero, de los besos que te guardo, de que amanecí pensando en ti, de que abriré las ventanas y saldré a buscarte, como quiera que te llames, quien quiera que seas; que te amo, que te amaré siempre, de que espero que algún día tú también lo hagas, como antes, como nunca a pasado, aunque no te conozca. Todo acá, en esta delicada cabecita; pero nada, no hay rima, no hay inspiración, no hay emoción. Como todas las noches, la idea se pierde, la canción se pierde, el poema se pierde; idea inconclusa otra vez. Prendo la computadora, la computadora austera que he adquirido para escribir mi primer libro, porque también tengo todo en la cabeza, pero no empiezo. Con la computadora prendida, verifico impaciente si tengo internet, si hizo conexión mi internet pirata, pirata como mi propio corazón, y casi siempre es así, casi siempre estoy en la red como un advenedizo, aunque la señal llegue disminuida, como mi propia inspiración. Tengo la bebida caliente de costumbre, generalmente café (con harta azúcar, porque el café amargo es para los machos). Últimamente he cambiado el café por una cocoa con maca, que la tomo por si acaso, por si la suerte toca a mi puerta. Con la bebida caliente a mi derecha, pongo la música adecuada, una que me inspire o por lo menos no desatine. Casi siempre Michael Buble o Fito Paez. Todo sigue su marcha: yo frente a la computadora, sentado en la silla con rueditas, la que tiene el espaldar como cama, todo roto; yo frente a la computadora con la tasa de cocoa con maca; yo frente a la computadora, escuchando música, abriendo el Word; frente a la computadora con hambre de escribir pero sin ideas. Entonces es momento de la ceremonia, levanto la tasa que contiene la bebida tibia (porque la bebida caliente también es para machos), la llevo a mi boquita, un sorbo y listo. A mano izquierda el perchero con los gorros, con mis gorros invaluables, de donde saco el sombrero negro, el que debe poseerme para escribir como loco. Tomo los lentes, que no son ni de medida, ni de descanso, son de un amigo que me los vendió, y ahora, son un amuleto para este conato de escritor fetichista. Las manos sobre el teclado, aplicadísimo, encandilado, esperando la señal. Soy como escritor, un buen lector. No puedo elucubrar nada interesante, no puedo atisbar el camino hacia la prosa que busco. Soy un deficiente, un remiso mental, un renuente del arte, ando ensimismado. Estoy disfrazado frente a la computadora y soy el escritor que quiero ser pero sin escribir nada. Otro sorbo, se enfría mi bebida. No es lo mismo escribir en la computadora; antes sólo me echaba, sentía la necesidad de desahogarme y ya, todo al papel, toda la ira, tristeza o alegría, un descargo de emociones u opiniones que satisfacían a este animal literato. Un sorbo más, queda menos da la mitad. Mis pies se congelan, sólo pienso en un par de pantuflas, más aditamentos para este disfraz chúcaro al que además de pantuflas, le falta una bata oscura. – Con los pies fríos no se puede escribir un carajo – pienso. Entonces me acerco a la estufa que para castigada en una esquina del cuarto y la prendo, la pongo cerquita de mis pies, para que estos no sólo se calienten, sino también, tomen color. Soy más feliz, creo que he calentado también mi cerebro, las ideas surgen, cualquier cosa, cualquier anécdota reciente o recuerdo atesorado. Las palabras fluyen y empiezo como pandemonio a escribir, en unos minutos tengo la siguiente publicación para mi blog, y no sólo eso, la inspiración rebalsa, quizá y hasta alcanza para empezar aquel libro al que le doy vueltas hace un tiempo atrás. Estoy poseído, versado para el arte de las letras. Estoy inspirado para escribir el mejor de los libros, soy un Vargas Llosa, un Coelho, un Shakespeare enamorado. Llego al éxtasis, a la cumbre, al orgasmo literario y lo siento, se acerca… Estoy tocando las puertas del arte y la luz se alejó, la luz me abandonó, se machó, literalmente, la luz se cortó y con ella la pasión del conato de escritor que llevo dentro y odio la computadora, el internet, y la tecnología. La luz regresa en minutos y no guardé nada. Soy un triste, un puto triste. No guardé nada, no almacené nada, ni en esta cabecita de algodón, delicadísima. Soy otra vez el escritor pusilánime de los pies fríos. Doy el último sorbo, ya no quiero más, está todo frío.

miércoles, 2 de junio de 2010

El joven rico

El joven rico trabaja en el banco pero no tiene plata. El joven rico trabajando en el banco cuenta miles de soles pero ninguno es suyo. El Joven rico camina como tal pero se sabe pobre. El joven rico no tiene plata en los bolsillos pero sí en la tarjeta de crédito visa. El joven rico es esclavo de sus tarjetas. EL joven rico no tiene dinero para comprar un pan pero se compra una pizza. (Con visa) El joven rico sólo tiene diez soles en el bolsillo, y después de comprar con Visa, se va en taxi. El joven rico ha pensado en cancelar su tarjeta, pero prefiere cortarse un dedo. El joven rico, carece de dinero, pero invita un trago. El joven rico reza para que le depositen lo que le deben y presta dinero. El joven rico es visto como millonario. El joven rico tiene antojos de príncipe. El joven rico se da más gustos que un divo. El joven rico reniega de su pobreza pero toma coca cola todos los días. El joven rico vota el pan a la basura y no sabe qué comer. El joven rico se levanta al medio día. El joven rico paga puntual sus deudas y se vuelve pobre. El joven rico no sabe llegar a fin de mes. El joven rico se compra sombreros y boinas que no usa. El joven rico se hizo un préstamo para comprar una computadora y escribir su libro y para chateando y no escribe nada. El joven rico come cosas ricas. El joven rico por comer lo que le da la gana, no tiene ganas de comer nada en especial. El joven rico va a un súper a comprar champú y compra medio súper. El joven rico se equivoca y se lleva un reacondicionador y regresa al súper a comprar su champú. El joven rico se lleva la otra mitad del súper. El joven rico se promete ser más consiente pero nunca cumple. El joven rico gasta cientos en tonteras, pero no hace regalos de cumpleaños a su familia. El joven rico no escatima en gastos, por lo menos, no antes de gastar. El joven rico roba internet de la dueña de la casa. El joven rico siempre usa perfume. El joven rico no siempre se baña. El joven rico paga menos en las combis. El joven rico tiene lástima de los mendigos. El joven rico cree que terminará como uno de ellos. El joven rico no da limosna. El joven rico se queja de su trabajo. El joven rico quiere ganarse la lotería para dejar de pensar en sus deudas y dejar de trabajar. El joven rico teme que lo boten de su centro de labores. El joven rico tiene deudas que nunca acaban. El joven rico es un moroso morboso. El joven rico es morboso pero no hermoso. El joven rico quiere el dinero de la lotería para ponerse hermoso. El joven rico sabe que billetera mata galán. El joven rico no gastaría ni un sol en un prostíbulo. El joven rico no irá al prostíbulo porque no tiene ni un sol. El joven rico come lasaña varias veces al mes. El joven rico a veces no almuerza, pero quiere comer lasaña. El joven rico se prepara avena con leche. El joven rico se fríe huevos. El joven rico come muchos embutidos. EL joven rico caga poco. El joven rico se ha vuelto un moroso conchudo con la vida. El joven rico también es ruco. El joven rico es un puto y no cobra. El joven rico toma cocoa con maca y no pasa nada. El joven rico recibe llamadas de conocidos para que les preste dinero. El joven rico es hipocondríaco. El joven rico no gasta ni un centavo en su salud. El joven rico trata de ser honesto con la gente pero siempre es deshonesto consigo. El joven rico tiene más deudas que amigos. El joven rico es mirado con envidia. El joven rico tiene pensado suicidarse y matar con él sus deudas. El joven rico es pobre pero no suicida. El joven rico come poco, rico a veces, pero nunca engorda. El joven rico lee mucho pero no estudia nada. El joven rico es visto como un zángano con suerte por sus familiares. El joven rico es un zángano con suerte. El joven rico se burla de la vida. El joven rico siente que la vida se le escapa. El joven rico quiere morir endeudado y reírse mucho porque sabe que existe un seguro de desgravamen. El joven rico cree que el dinero corrompe. El joven rico no quiere corromperse pero si tener dinero. El joven rico quiere tener dinero pero no ser millonario. El joven rico no quiere tener hijos porque no quiere privarlos de nada. El joven rico no tiene proyecto de vida. El joven rico siente que la vida no le tiene proyectado nada. El joven rico no es tan rico. El joven rico es pobre. El joven rico es feliz de ser un cabrón suertudo. El joven rico sabe que la suerte se le va a acabar. El joven rico sabe que lo quieren y no hay interés de por medio. El joven rico es un hombre feliz. El joven rico no puede comprarse una bata. El joven rico no puede comprarse pantuflas. El joven rico tiene una estufa. El joven rico quiere ser escritor. El joven rico es un pobre escritor y se morirá de hambre por eso. El joven rico tiene visa para un sueño y visa para comprar. El joven rico quiere ayudar a la gente. El joven rico no recibe ayuda de nadie. El joven rico reza en las noches. El joven rico está agradecido con aquel Dios misterioso. El joven rico se ríe de la pobreza pero duerme con ella. El joven rico, con el paso del tiempo, con deudas y antojos, con gustos y disgustos, se hace un viejo pobre.
El joven rico, cierra los ojos, y se caga de risa.