martes, 14 de septiembre de 2010

Bitácora de un borracho

Viernes 10 de septiembre, 11:30 de la noche; es víspera de mi cumpleaños. Tengo unas ganas bárbaras de tomar, de libar y entregarme a los efectos del alcohol. Los chicos no me han dado bola, todos saben que el sábado tenemos que trabajar y prefieren guardarse para la noche siguiente y nadie quiere salir conmigo. Estoy en casa y tengo ansiedad. Quiero llamar a todo el mundo pero no sé qué decirles. Entonces me quedo triste y ansioso en mi cuarto; en la computadora revisando nada. 11:58 de la noche y entra la primera llamada: es Bruno, me pide le converse de cualquier cosa hasta las doce. Segundos después llama Mónica y sé que están haciendo una apuesta para ver quién me saluda primero. Con Bruno aguardo hasta las doce que es cuando me saluda y me dice muchas cosas que sólo un buen amigo puede decir. Luego con su celular nuevo pone la opción conferencia y conversamos con Mónica quien se enoja por haber sido la segunda en saludarme. Ella también me baña con su aprecio y me llena de bendiciones y cariños. Mientras converso con ellos me empieza a doler el corazón de una manera inesperada y virulenta, pienso que ha llegado mi hora al cumplir los veinticuatro años y que este conato de ataque cardiaco acabará conmigo y me desaparecerá de la faz de la tierra aún joven. Gracias a Dios sobrevivo y me repongo después de descubrir que al parecer, eran gases. Sábado 11 de septiembre, 1.30 de la madrugada: Me llega un mensaje que dice: “Un día como hoy se cayeron las Torres Gemelas y también, un día como hoy nació un gringo hasta las huevas. Feliz cumpleaños cholito, de parte de tu amigo, hermano, primo, amante, marido y compañero.” Nadie firmaba ese mensaje que llegó de un número desconocido. No sé quién me mandó esa breve misiva que primero me dice “gringo hasta las huevas” y después me dice “cholito” a secas; no sé si es un primo, uno de mis amigos, algún hermano desconocido o uno de esos amantes despechados e insatisfechos. 8:30 de la mañana; ya en el banco. Entro y todos me saludan con un cariño que creo sincero. Algunos otros me dan la mano como todos los sábados y no pasó nada. Antes de iniciar la atención, todos se reúnen y hacen el intento de decirme cosas bonitas porque ha quién no le gusta que le digan cosas bonitas y lo saluden en su santo. Una breve oración dedicada a este gringo hasta las huevas y a trabajar. Algunos clientes me saludan con una sonrisa amiguera y yo doy las gracias. La señorita de limpieza me dice: “Joven Leonardo ¿Cómo es en la noche?”, y yo no sé qué responder porque no he planeado nada. 2:00 de la tarde; terminamos de atender. Traen una torta de algarrobina que está buenísima y no tarda en desaparecer. Más saludos, cariños y frases amables. 2:30; salgo de la agencia. Estoy en la casa de Bruno y le he llevado la torta a su mamá quien me invita a almorzar a mí y a Mónica. Mi jefe me llama y me dice que me invita un par de cervecitas y comienza el espectáculo. Conversamos de todo un poco y paso un buen momento. Gerardo, mi jefe, se porta bien conmigo y demuestra que es un buen tipo y que nos tiene cariño. 7:00 de la noche; en mi casa. Empiezo a limpiar todo por si viene alguien. Desempolvo las cosas, lavo cubiertos, barro disimuladamente. 8:00 de la noche; prendo la tele. Como nadie llega prendo la Tv y está jugando la “U”; me quedo dormido. 9:16 de la noche; Bruno me llama. Me despierto de repente y me dice que está afuera con Mónica y Samanta. En mi cabeza ya he unido cabos. Bruno me había pedido con torpeza que le devuelva una tabla de madera que me había regalado hace unos meses para poner fotos. Me dice: “Leo. Necesito la tabla que te regalé porque… porque… porque se ha roto una puerta en… mi casa y necesito algo como… tu tabla para tapar ese hueco feo que ha quedado”. Bruno es un tipo perspicaz cuando se lo propone. Entonces yo bajo a abrirles enseñando mi mejor cara de sorpresa precisamente para la sorpresa. Abro la puerta de la calle para recibirlos y… sólo están los tres. Me quedo de verdad asombrado y me acompañan a mi cuarto y me dicen que me he vestido horrible y me cambian en unos minutos mientras el celular de Bruno revienta. Entiendo que la gente está cerca y hago el que no sé qué ponerme sólo para joder. Bruno me apura gritándome y diciéndome: “¡Eres un indeciso de mierda!, nunca sabes que quieres”. Me pongo cualquier cosa y salimos a recoger a una amiga que está cerca. Cada esquina que doblamos creo encontrar a mis amigos listos para festejar pero nada. Entonces creo que Bruno no ha planeado nada y simplemente está de verdad enojado con mi indecisión y predispuesto a acompañarme en mi soledad. 9:39; regresamos a mi cuarto. Es la última de las posibilidades, que se encuentren en mi cuarto esperándome. Subo, abro la puerta y soy víctima del aprecio de las personas más geniales que hayan podido pisar mi cuarto. Han decorado mi cuarto con serpentinas y globos y condones, y han traído bocaditos y mucho alcohol. Han preparado gelishot que me hacen consumir como el más avezado de los drogadictos y han preparado aquella tabla que han decorado con las mejores fotos que puedo tener porque en la mayoría salgo con ellos y me siento querido y apreciado. La presencia de mi jefe me sorprende y puedo deducir que en el trabajo estoy haciendo las cosas bien. Están todos los que tienen que estar, los indispensables y los precisos. Entonces doy una palabras y digo lo mucho que los quiero y los aprecio y que si bien estoy lejos de muchos familiares, ellos menoscaban esas ausencias y me hacen sentir en familia. 10:18 de la noche; empezamos a beber. Saco un vino de chacra que he guardado con premura para la situación y lo tomo como agua. Gelishot una y otra vez. Me dan de beber el vodka que tanto me gusta. Tomo contigo y contigo. Con él y con ella. No quiero que nadie deje de tomar y quiero emborracharlos a todos. ¡Toma conmigo! Y empiezo a caer en mi propia trampa como suicida confeso. Me acerco a Samanta y le doy un beso en los labios, todos me observan. Algunos amigos míos son homosexuales y los quiero más por eso, por esa sinceridad con la que viven y me quieren. Meto a mi tocayo que es homosexual al baño y también le doy un piquito. Estoy muy borracho, no sé lo que hago. He ingresado a la etapa de la inconsciencia y empiezo a llamar a Camila y le digo muchas tonteras que no pensé que pensaba y Samanta me quita mi celular y me prohíbe llamar. 11:47 de la noche; no sé ni cómo me llamo. Pienso que he perdido mi celular porque me lo han quitado pero yo no lo recuerdo y empiezo a pedir una colecta para comprarme uno nuevo. Salimos de mi casa y vamos a la casa de Javier quien cumple años el 12 de septiembre. Llegamos a su casa y no recuerdo más. Regurgito como manguera loca y caigo en un profundo sueño. Hecho un bulto, Samanta me cuida y me hace cariños en la cabeza como consolando mi desgracia. Bruno y Mónica (que también está tomada) me llevan a mi casa y me cambian la ropa, me acuestan y me ven dormir. He pasado vergüenzas gigantescas en la casa de Javier y he perdido la conciencia y me he portado mal. Domingo 12 de septiembre; 6:41 de la mañana. Me despierto con frio e incómodo. Giro mi cabeza para ver sobre mi hombro y Mónica duerme junto a mi lado. Mi celular está en la cabecera de mi cama y no recuerdo como he llegado. Me reviso rápidamente y estoy completo y aún tal como salí. Nadie me ha robado ni violado ni lastimado. 6:43 de la mañana; ya consciente. Agradezco la calidad de amigos que me rodean y prometo otra vez nunca más emborracharme igual; por lo menos no hasta que cumpla veinticinco. Este gringo hasta las huevas está feliz por los amigos que tiene.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Un jefe no siempre es un líder

Uno llega a ser jefe no por pocas cosas: Puedes ser un tipo generoso, competente y contagiar el optimismo para hacer las cosas bien y ser productivos. Puedes ser simplemente constante y saber aprovechar las oportunidades. Puedes ser un chancón que sabe todo de memoria. Puedes ser un sobón chupa medias. Puedes ser un mediocre que está a la defensiva y pisa a todo el mundo para llegar a su objetivo. Ahora, una vez que cumpliste tu objetivo puedes ser un jefe que contagia la buena onda y que motiva a sus muchachos a hacer las cosas bien. Puedes ser uno de esos capataces que asusta a todo el mundo con amenazas poniendo en duda tu continuidad laboral. Puedes ser de esos que no les interesa como van mientras salga temprano y coma a sus horas. Puedes ser de esos que creen que incentivar es invitar una gaseosa. Puedes ser de esos que les convenga estar cerca para saber todo o de esos que se preocupan por los suyos para que de lo subjetivo a lo objetivo se cumplan las metas. Puedes ser un jefe con experiencia a los treinta y tres años. Uno incompetente con veinte años de servicio. Uno razonable sin ser psicólogo. Uno pésimo siendo el más premiado. Puedes tener la razón debido a la experiencia. Puedes tener razón porque crees tenerla. Puedes haber experimentado y no saber qué hacer. Puedes ser un hijo de puta pero no puteas a nadie. Puedes putear a todo el mundo y cagarlas de vez en cuando. Un jefe es el pináculo de la pirámide. Es el ejemplo a seguir y por ende (aunque no siempre sea el caso) el líder de aquel área o sector que se le haya asignado. No siempre un jefe es un buen líder. Dicen que los líderes se distinguen del resto porque tienen seguidores (esto puede ser una hipótesis equivocada). Dicen que los líderes son aquellos que mueven masas (todavía no basta). Yo creo que un líder de hecho es quien tiene el poder de llegar a la gente y hacerla pensar un poquito. Es aquel que puede convencer sin necesidad de obligar a nadie. Es aquel que contribuye con el grupo y trata de solucionar problemas que a veces ni le competen. Es aquel que enseña sin que le pidan el favor. Es el que compromete a su gente basándose en el cariño al trabajo y el respeto al compañero. Un líder es aquel que cree en lo que hace y en la gente que lo acompaña o sigue (según sea el caso) y se preocupa no sólo por cumplir las metas u objetivos , sino que también, comparte y departe algo más que indicaciones. Un jefe no necesariamente es un líder, y un líder no necesariamente es un buen líder. Las multitudes necesitan de un líder; alguien que les dé alternativas para pensar, para decidir, para equivocarse (como la gran mayoría de seguidores). Para ser un buen titular uno tuvo que ser un buen suplente. No puedes pretender ser un buen jefe siquiera si no te pones en el lugar de tus menores laboralmente. En la vida en general el altruismo es algo que nadie practica y por demás, no están esos que te dicen “hay que hacer esto o eso” sin decirte cómo. En el congreso hay personas que no saben ni leer ni escribir, y por lo tanto no saben expresarse correctamente y casi ni hablar el castellano, y así son padres de la patria (mejor nos declaramos huérfanos). No significa que discrimine a alguien; sólo que creo que hasta yo podría hacerlo un poco mejor. La culpa no es de ellos, es de los que lo escogieron. El hecho de sentirte jefe te hace importante. Como dice un relato: “Un ofertante quiere un pájaro para acompañarse en su vejez. El vendedor le enseña al demandante uno hermoso, blanco en su totalidad; habla tres idiomas y no ensucia nada. – Mil dólares –dice. El comprador duda. Entonces le enseña uno mejor aún, más bello; habla seis idiomas, no hace ruidos, vive cincuenta años y come poco. - Tres mil dólares – dice orgulloso. Como todavía no ve al comprador convencido le muestra a un tercero al que se le caen las plumas, casi y no habla, cojea de la pata izquierda y caga como loco. – Éste está diez mil dólares – dice convencido de la venta. - ¿Por qué tanto? – pregunta el comprador. – Fácil – responde el vendedor. – Porque los otros le dicen jefe.” Entonces algunos porque les dicen jefe se creen importantes. Un buen jefe no sería un buen jefe sin la gente que está detrás de él y lo avala. Yo no pretendo ser ni jefe ni me creo líder, pero si algún día el destino me guarda esa tarea, empezaré por comprometerme uno a uno con mis colaboradores. No basta con sonreírles, hay que intentar que rían contigo. Jefes cabrones los que creen que por joder van a ser mejor remunerados. Jefes mediocres los que no saben resolver problemas internos y buscan culpables eximiéndose de los fracasos. Jefes indeseables los que amenazan para coaccionar a sus también compañeros de trabajo haciendo alarde de su poder. La democracia es buena, pero las jerarquías joden esta democracia y los derechos de opinar y criticar, porque una crítica no es como muchos piensas para menoscabar o hacer daño. “El cerebro quiere la jefatura del cuerpo humano y dice que es quien mejor da órdenes. El corazón por ser el más noble pide el cargo. El estómago dice que él es el más importante. Y así todos los órganos dan su candidatura como la más óptima. Entonces la mierda se subleva y dice que él será el jefe porque si, y si alguien no vota por él se jode, porque no pretende salir del cuerpo hasta que no lo escojan. Entonces se ríen y descartan su candidatura. Van tres días sin deposiciones y el cerebro empieza a convulsionar, el corazón palpita con inconvenientes, el estómago revienta, y así todos los órganos. Es así que la mierda es elegida como jefe supremo y absoluto del cuerpo humano.” Es así que cualquier mierda puede ser jefe, así no sea un buen líder y no pretenda serlo. Yo no merezco ser jefe de nada ni postulo a serlo. Con paciencia y buen humor uno puede conseguir logros importantes. Cuando estos tardan, uno llega a confundir la paciencia con la mediocridad. Así pasen diez años, el optimismo y respeto que debe de haber en cualquier centro de trabajo, será mi objetivo primordial. “Motiva y no castigarás” será el lema. La vida te pone en un millón de sitios, en otro millón de situaciones, rodeándote de tanta gente diferente. Para ser por lo menos un buen líder, debes de saber lidiar con eso y aprender de las cosas buenas y malas que encuentres en el camino. La experiencia no está basada en el tiempo, sino en las cosas que te han pasado y sobre todo en los errores que cometimos así sean todos en un día. Yo no busco ser jefe de nadie y lo de líder es algo nato que yo no me atribuyo, pero eso sí, si llego a serlo, no seré una mierda caprichosa.

martes, 31 de agosto de 2010

La Fiesta y Mollendo

Estoy de copiloto en el carro de Javier. Siempre que viajo, así dure dos horas el recorrido, creo que voy a morir, que voy a perecer y de esta manera, dejar mi cuerpo regado en las carreteras, desmembrado. Primera vez que viajo de copiloto en un auto particular. Ignoraba que se debía tener un mínimo de conocimiento para de esta manera, socorrer o advertir al chofer de algunas cosas. Entonces mi temor se extiende y comprendo que he comprometido a los demás pasajero. Llegamos temprano y sin problemas. Hemos viajado al Hotel de Bruno, mi querido Bruno. Su papá nos ha invitado ahora en invierno porque en verano no quiere que nos asomemos sin pagar (bueno, eso creo). Hemos salido de Arequipa huyendo del tedio del día a día, del trabajo agobiante y duro, de la rutina esclavizante que nos somete. Hemos partido el mismo grupo de siempre: Bruno (¡Larga vida al Rey!), Mónica (mi única amiga), Lalo (quien me pidió que no lo mencionara y al cual le mentí), Javier (que sale poco con nosotros porque como buen pelotero, sale con vedettes) y yo (que soy un tonto). No venimos solos: Gerardo, mi gerente, ha manejado el otro vehículo y ha traído unos choricitos espectaculares; Buba, el gran Buba; Victoria (mi Supervisora) y su esposo, el popular “Gato” también están con nosotros. Mollendo en invierno no es lo mismo; no hay tanta alegría, tantos forasteros, tanta diversión violenta. Entonces paseamos como desubicados y todos nos miran. Las niñas advierten que hay gente nueva y empezamos a caminar como modelos. Me acerco a unas chicas (aprovechando el impacto) y les pregunto en dónde mis amigos y yo podemos beber y bailar. Ellas me miran coquetas y me señalan una esquina: - En la fiesta – me dicen ahora tímidas. – ¿Y de quién es la fiesta? – les pregunto (porque no me gusta entrar de advenedizo a ningún lugar). - De nadie - me responden – así se llama el local: “La Fiesta”-. Me rio avergonzado y me retiro. Nos acercamos a aquel lugar y miramos de reojo y son muchos púberes borrachos frotándose unos a otros al ritmo de un perreo. Nosotros no estamos para esos trotes y nos acomodamos en otro local que parece para adultos. Comemos canchita picante, tomamos una cervecita helada, todo mientras vemos King Kong en el plasma. Conversamos de una u otra cosa, una lluvia de fotografías. La música mejora un poco. King Kong muere. Las cervecitas empiezan a hacer efecto. Me escapo, quiero bailar y me voy a la Fiesta sin saber de quién es. Pago cinco soles y entro con Buba, el buen Buba, quien me ha animado a acompañarlo. No tarda mucho para que unas niñas nos hagan ojitos. Me llaman, me dicen que me acerque donde están ellas. Me preguntan mi nombre. Una de ellas me dice que a su amiga, a una gordita alegre, le gusto. – Abrázala – me pide. Yo la abrazo con cuidado no llegando a cubrir su cintura. Ella avergonzada se ríe y me pide disculpas por el estado etílico de su compañera. – No hay problema – le respondo esbozando una sonrisa conciliadora. Me llevan de aquí para allá y me hacen bailar. Me preguntan cómo me llamo: - Pepito – respondo lo más convincente posible. Entonces Pepito para todos. – Diecisiete se cumple una vez nada más - me repite la más ebria mientras grita y baila un reguetón malcriado cerquita mío. Es suficiente. Salgo lento, con pana y elegancia. Salgo pensando que si algún día tengo una hija, no va a conocer Mollendo. En el otro local de adultos la fiesta se puso buena. Bailamos salsa con todos. No interesa si es de otra mesa, si sabe bailar o si quiera, si tiene ganas. Hacemos lo que queremos y nadie se queja. Mi cabeza está en otro lado, pienso en aquella chica que me ha intoxicado y no me deja ser el conato de puto que todos creen que soy. Llegamos al hotel solos y me siento bien por eso, no quiero ir a la cárcel porque “diecisiete años se cumplen una sola vez”. Al día siguiente salimos a pasear. Me pongo mi sombrero preferido con una camisita veraniega que en invierno no se ve tan mal. Paseamos por las playas. Me encanta caminar por la orilla del mar, sintiendo la arena entre los dedos de mis pies. Recogemos dos chicas de la noche anterior y las llevamos con nosotros. Una de ellas tiene una colita linda y la otra está hasta la colita. Uso mi short guerrero, el que me acompaña desde hace ya más de seis años. Entre las rocas encuentro cangrejos y voy a molestarlos. Levanto mi pierna derecha para subir unas rocas y el short se abre a la altura de los cojones. Nadie se ha dado cuenta. Regreso con una abertura pronunciada en la entrepierna y se ríen y les digo que un cangrejo me atacó pero nadie me cree. Terminamos el paseo ya entrada la noche. Acudimos a un local de comida italiana y yo muestro mis carnes pálidas de la entrepierna al público en general. Llegando al hotel lamento el final de mi short y termino de destrozarlo no sin tomarme fotos. Mónica está un poco mal, se le ha cerrado el pecho. Bruno está con dolor de cabeza porque no quiere que tomemos en su hotel y porque anoche durmió sin ropa. El buen Lalo es una locomotora y fuma un cigarrito más. Comemos como cerdos. Yo no puedo ir al baño porque sólo cago en casa. La chica del culito lindo quiere con Javier. Javier quiere que yo lo apoye con la que está hasta el culito. Siempre me toca bailar con las gorditas, y no tiene nada de malo, sólo quiero variar. Buba se ha ofrecido a acompañar a Javier en la salidita con las chicas culito. Yo quiero descansar. Me echo en la cama que tiene la ventana hacia la calle y la luz de la publicidad del hotel no me deja dormir. Mi jefe, Gerardo, que está en el cuarto contiguo ronca con más violencia que un senderista. El monaguillo de la iglesia de enfrente es empeñoso y sale a tocar las campanadas correspondientes a la media noche. Tengo pesadillas. Me enredo entre las sábanas y no puedo dormir. Las dos de la mañana y la luz me jode, el monaguillo no descansa y dale que dale a la campana. Javier llega sin haber cumplido su objetivo tan bien como la chica que está hasta el culito, quien no dejo de vigilar a su amiga (la del culito bonito) en ningún momento. Javier empieza a mandar mensajes de texto. Yo le mando uno: “Duerme mierda”, escucho su risa. El jefe no deja de roncar y yo quiero meterle la campana por el culo al monaguillo cabrón. Me despierto a las nueve de la mañana porque escucho unas campanadas y salgo por la ventana y le grito a ese pequeño mequetrefe. No tengo short para esa mañana. Es hora de regresar a Arequipa, de dejar en Mollendo lo que le pertenece a Mollendo. Subo al carro de Javier. Ponemos “Desnúdate” en una versión cantada por Huey Dumbar. Esta es la canción del viaje. En el camino agradezco la amistad de estos buenos chicos y pido llegar vivo y pronto para ir al baño. El aire golpea la tez de mi cara y me siento vivo.

martes, 24 de agosto de 2010

Tengo besos y abrazos

Recuerdo cuando con Rebeca (aquel fantasma dulce que me persigue) andábamos de la mano por las calles taciturnas de Tacna; con dieciséis o diecisiete años a cuestas, bromeando de todo, despreocupados de la vida, enamorados (presiento). Cuando me desesperaba por verla los fines de semana, esto si sus padres le permitían salir a la casa de su amiga, lugar de encuentro estratégico. Recuerdo los poemas que le escribía, que le mandaba con mi pequeña sobrina al colegio (ella, mi sobrina, siempre tan tierna y servicial), las miles de cartas que intercambiábamos, los besos más profundos que recuerdo, su sentido del humor tan dulce. Recuerdo la agonía que me acompañaba de lunes a viernes, casi mortal, que se disipaba por poco al extremo de inexistente cuando la veía asomarse y verme con esos ojitos verdes con los que aún sueño. Han pasado años desde entonces y todavía hay rezagos de todo ese sentimiento inmaculado que Rebeca, mi primer amor, me inspiró durante dos años. Sofía asomó una noche de verano, rebelde y alocada, arrasó conmigo y mis prospectos como un huracán. Ella con su infinito amor por mí me conquistó irremediablemente. Sus locuras me hicieron reír y llorar de verdad y me demostró lo difícil y divertido que es la convivencia, porque paraba con ella casi todo el día: íbamos de compras juntos, dormíamos y amanecíamos juntos, intimábamos como dos viejos amantes. Los días con Sofi pasaron llenos de emociones, pasaron como aquel verano en que nos conocimos y en el cual, sin más escusas, me conquistó. Tacna me regaló estas dos historias lindas y hoy melancólicas que recuerdo con cariño. Llegué a Arequipa huyendo de una ciudad que no tenía más que ofrecerme, intentando hacerme hombre con todo lo que esto implica. Mi búsqueda de la felicidad esta totalmente relacionada a ese amor con el cual creo, sólo he coqueteado. Mi búsqueda de la felicidad y mi proyecto de vida (que es mediocre y cursi, lo admito) no ataña el acumular riquezas y tener un millón de dólares en el banco, ni carros, ni casas, ni acumular riquezas que me hagan menos humano. Quiero el dinero necesario para vivir tranquilo yo y los míos, que en verdad no serán muchos. Han pasado años desde entonces, y el tiempo ha sabido poner en mi camino chicas lindas que han cuidado de mí con esmero. Chana y Cristina, dos chicas grandiosas con las cuales, con un poco más de voluntad, hubiera podido vivir una relación encantadora. Ambas despertaron interés en mí, pero por esta abyecta manía de temerle al compromiso, no les brindé lo que se merecían. Desde que llegué a la “Blanca Ciudad”, no me esmerado por conquistar a nadie o por cumplir por lo menos medianamente, aquel proyecto de vida ligero pero añorado. Mis relaciones en Arequipa han durado poco porque yo no fui el que las escogió, porque yo no fui quien planeo un flirteo delicado y romántico, como más o menos me gusta. No me he esmerado mucho por sorprenderlas si es que a ellas las sorprendí (Chana y Cristina). Entonces, ese vacío, esa retención de besos y abrazos, esas ganas de escribir cartas de media noche a puño y letra, esos poemas que todavía no son por falta de escusa me están consumiendo y acumulándose es este pecho lampiño que casi casi, quiere explotar. Camila apareció, y como siempre, no me llamó la atención a primera vista, no me flechó con la primera mirada ni me conquistó con su sonrisa. Las cosas se dieron naturales y convirtieron el día a día del trabajo en miraditas y sonrisas cómplices y risueñas. Cami se muestra como una chica comprometida con sus ideales religiosos, los cuales respeto y hasta incluso creo plausibles por su coraje. Camila se refugia en teorías espirituales y pone barreras entre los dos. Camila y sus conceptos tienen un enamorado, un enamorado noble y pacífico que ha intentado cuidar de ellas como todo un caballero. No sé en qué momento pasó esta intención mía de un capricho a una realidad que por gallardía no puedo negar. No sé en qué momento me convencí de lo que quiero y a pesar de saber que está mal (creo), no pretendo retroceder mis tropas del terreno ganado. No sé desde cuándo pienso en Camila en algo más que una compañera de trabajo o un capricho innoble. He sido ya, sin compartir una relación con ella, un canalla que por sincero, imprudente; y cómo pocas veces, arrepentido de haber dicho y hasta incluso escrito en su contra y en contra de su enamorado que a diferencia mía, es un caballero sin despeinarse. No sé lo que pretendo, si está bien o mal que me inmiscuya en una relación que goza de dos años de compromiso, un compromiso que poco a poco viene a menos y prefiero acabe por el desgaste que por intromisiones mías. A Camila la veo frecuentemente por cuestiones laborales y sé que es difícil hacerse el loco o desprenderme de mis intenciones que no son malas, sólo impertinentes. Tengo besos y abrazos acumulados que han visto en Camila un buen puerto. Camila es una buena chica que admira a su enamorado, que se siente protegida, pero intuyo (y lo digo con humildad y el mayor de los respetos), no es la pareja que le ofrece esa relación natural y fluida que la haga enamorarse de verdad y le permita ser ella misma. Presiento que Camila se aferra como naufrago a la orilla con más resignación que empeño. Hace tiempo no me acerco a alguien, la miro a los ojos, le tomo las manos, y con nervios por doquier, le digo: “Me acompañas a estar solo” o en otras palabras “Quieres estar conmigo”. Ya me olvidé como es eso de conquistar a alguien. El altruismo dice que no debería meterme, porque sé que no me gustaría que un tercero aparezca y se lleve a mi chica (aceptando la derrota y sabiendo que ella decidió y dentro de la democracia que yo busco es válido y por demás correcto). Por otro lado una propaganda de desodorante me dice que deje de ser amigo (sólo tengo una amiga) y empiece a ser hombre. Esta única amiga me dice que en el amor y la guerra se vale todo; yo, un poco más protocolar, intento no ser uno de esos tantos robanovias de los cuales hasta yo me he quejado. Yo no voy con maldad, ni con la pierna arriba intentando hacer daño a alguien. Mis intenciones son buenas, aunque muchas me vean como un chico malo. Camila cree que yo estoy enamoradito de ella y me ve con una pena que me hace sentir subestimado. Camila cree que es mejor tratarme como amigo y alejarse con discreción, lamentablemente sólo lo cree mas no lo quiere ni lo siente, lo presiento. Yo no me muero por nadie ni pretendo morirme por nadie nunca, soy radical y egoísta conmigo mismo si me lo propongo (el arte de ser autodestructivo y tenerme como principal enemigo me permite hacer esto con cierta facilidad). En conclusión, tengo besos y abrazos contenidos, presos por falta de recepcionista y la duda de ser o no ser aquel galán mezquino (con la relación de Cami) que arriesga su orgullo. Pd: Si tú, amable y despistado lector, estás carente de cariño y buscas un besito dulce y un abrazo cálido para calmar la carencia de cariño, con confianza, comunícate conmigo.

lunes, 16 de agosto de 2010

Mi primera amiga

Jamás he tenido una amiga de verdad, porque todas terminan huyendo despavoridas de este hombre descontrolado y confundido. Nunca he salido una tarde entera a caminar, a almorzar, a ver películas los dos solos y hasta dormir compartiendo la misma cama sin que por mi cabeza corrupta pase la idea de un toqueteo o el cleptómana pensamiento de robar un beso. Las amigas de mis enamoradas eran una tentación. Las amigas de mis amigos (que por suerte tengo sin querer besarlos) también contaminan mis entrañas y me someten a malos pensamientos. Las amigas de muchos desconocidos no son mis amigas ni podrían serlo. Tengo un problema psicológico que no intento remediar pero que debe preocuparme. No logro entablar una amistad sana y bien intencionada con señoritas, no puedo estar en un mismo ambiente con una dama por mucho tiempo, porque basta que hable bonito para que yo, maniático del flirteo, intente hacer algo. Pero un día llegó Mónica, un lunes cualquiera, y creo que cambio algo en mí. No sé en que momento se robó mi confianza y me conquistó de esa manera tan dulce. No sé si no la conocía antes y quizá me olvidé de ella como de otras tantas personas. No sé por que con ella siento un cariño sincero y en verdad desprendido de maldades. Mónica es una limeña desquiciada que ilumina los días en la agencia bancaria donde trabajo. Llegó producto de un ascenso bien merecido que la obliga a someterse a arduos días de trabajo. Pero ella y su fuerza infinita logran contrarrestar no sólo los días ajetreados, sino también, los malos días de mis jefes estresados y mal pagados. Ella vive sola igual que yo. Goza de la libertad de la soledad, esa soledad que a veces juega malas pasadas y nos hace sentir menos importantes. Mónica goza de una colita bien dotada, que he mirado sin maldad pero si con asombro. Goza de una sonrisa contagiosa y mágica que en verdad, alegra mis tardes, haciéndolas menos tortuosas. Mónica piensa como hombre, porque a vivido rodeada de salseros y peloteros, sabe cada reacción que podemos tener, las cosas que pasan por nuestra cabeza; es un hombrecito sin miembro viril y a veces creo que ni yo pienso tan claro como varón como ella. Lamentablemente siente como mujer, y también pasa por la decepción de saberse frágil de vez en cuando. Ella nos va a ver jugar fútbol, nos acompaña a comer comida chatarra, a tomar unos traguitos bonachones que desaten conversaciones interesantes, donde Mónica, siempre la tiene clara. Mónica no escatima en tirarse al suelo si es necesario, nada de remilgos y poses de niñita no me ensucio. Mis domingos, aquellos domingos aburridos, ahora son de ella quien organiza tardes llenas de películas o largas caminatas para conversar de la vida y sus defectos. Mónica es un mujer que da la impresión de seguridad en cada paso, pero es una niña que juega a ser adulta con un alto grado de efectividad. Vamos al karaoke y cantamos como enfermos, sobre todo las canciones que obligan al corazón a regresar en el tiempo y recordar con melancolía a alguien; pero cantamos con más entusiasmo por las calles mientras salimos de aquel local, cantamos a todo pulmón canciones que no pudimos cantar con el micro en mano y así somos más felices. Mónica está loca y no se hace mayores problemas. Parece que la conociera hace años, casi desde siempre; y no es que no la vea como mujer, porque como mujer única y guapa, sólo es que, su compañía me es tan agradable, y sus manías tan contagiosas, que neutraliza a ese animal indefenso que llevo dentro. En el trabajo ya no encontraba mayor motivación, puesto que es monótono y estresante; pero desde que llegó Mónica, desde que llegó con esa sonrisa que se escucha desde lejos, ninguna tarde es la misma. Cada vez que le toca descansar (día del que yo no gozo), cada vez que se ausenta o se sienta lejos de mí, marchito. Si antes no tuve amigas (comprendiendo sus razones) y tenía que esperar por Mónica, esperaré hasta el triple de lo que ha pasado por gozar de la amiga que hoy (y sin temor a equivocarme) tengo a mi lado. Querida Mónica (como quisiste llamarte), te quiero tantísimo.

lunes, 2 de agosto de 2010

Contigo, no me caso

Es normal que después de un buen tiempo compartido con alguna pareja (llámese enamorada), uno empiece a enloquecer, desvariar, distorsionar las cosas. La idea de compartir con ella más tiempo, mezclado con otras hierbas, te lleva a planear un futuro por demás desgraciado e infeliz. Está comprobado que el alto índice de divorcios se debe a la tonta idea de casarse. Esa metáfora innecesaria del amor inventada por los hombres, hoy convertido en fracaso, se llama matrimonio. Yo he hablado de amor y matrimonio con enamoradas que hoy me han olvidado mucho más de lo que yo a ellas. Me han jurado un amor puro y desinteresado que hoy es recuerdo. He prometido años de mi vida junto a ellas y planeado un futuro próspero y alentador, con hijos cuyos nombres ya estaban acordados, con un perro labrador corriendo por nuestro futuro jardín, en nuestra futura casa familiar. Cuán lejos he llegado en mi imaginación, y quizá, al final incluso de mis sueños y expectativas, el divorcio avecinaba con una sonrisa insidiosa. Por lo tanto, veo en el matrimonio, una muerte anunciada y poco misteriosa. El hecho de tener un hijo requiere una responsabilidad mucho mayor que no se soluciona con una boda de esperanzas y necesidades. Por tener un hijo no significa que te sacrifiques entregando la mitad de tu libertad a una desconocida que puede aprovecharse de este recurso. Dichosos los que creen en el amor y en el matrimonio como puerto de llegada. Pues yo si creo en el amor y aunque desconfío a morir del matrimonio, no dudo que por amor, y como muestra máxima de este sentimiento traicionero, llegue a participar de una ceremonia por y para ella. Por lo tanto, el amor como ritual social para demostrar adhesión con tu pareja frente a una cantidad de personas que te permita el dinero o tu desparpajo, es una muestra noble, plausible, pero innecesaria de decir “quiero estar contigo el resto de mi vida”. Pero para llegar a este estado de locura y desesperación, hay que estar seguro de que sea así. Yo he propuesto dos veces matrimonio, ambas con poco éxito. La primera fue a mis ex – gerente (que desde luego es mujer). Cecilia es aún una mujer hermosa e inteligente, que con sus años encima, luce más regia que muchas veinteañeras. Le hice una pancarta chapucera que decía “Cásate conmigo”; detrás de mí estaban mis compañeros, como una especie de tribuna cómplice y testigo de mis devaneos. Toda esa tribuna bancaria no hizo más que hacer muestras de su desacuerdo a mi proposición, aunque contentos con mi desgracia. Cecilia vio la foto con cariño, incluso al extremo de robarle un par de lágrimas producto de su partida acelerada hacia otra agencia. Puesto que ya estaba casada denegó mi proposición y me rompió el corazón luego de su no. La verdad no hubiera funcionado, y mi cariño abundante me cegó y manipuló para llegar a tamaño desatino. Por otro lado, Cecilia tiene dos hijas buenas mozas con las cuales, un futuro no muy lejano, me puede haber guardado algún tipo de revancha. La segunda propuesta matrimonial la hice hace poco, en pleno partido de fútbol. Desgracié un polo mío, pintándolo con plumón indeleble. “Cásate conmigo Cami, (tu vas a lavar el polo)” decía en mi insigne pecho luego de meter un gol que poco sirvió porque igual perdimos. Pero mi derrota personal se produjo horas después del cotejo deportivo. Camilita, con cierta maldad en la mirada, denegó mi proposición aduciendo que a su novio no le iba hacer mucha gracia un sí. La verdad Camilita, tu novio es un gilipollas y ni cuenta se hubiera dado de que te casaste con otro e incluso, si estás embarazada. Tu negativa no fue tan sincera como la de Cecilia, estuvo maquillada de escusas y sometida bajo esa terquedad y doble personalidad que tú, mi querida Camilita esquizofrénica, gozas y rebalsas. Pero bueno, debido a cierta desagradable experiencia sufrida anteriormente, no me veo deprimido ni desahuciado. Ahora que hablo de ti Camilita de mi corazón, me parece terrible que seas víctima de esas ideas cuadradas que te enseñan en esa Comunidad Cristiana a donde acudes e incluso me invitaste. No te niego que algo bueno saqué de la charla a la que me sometiste, y de que quizá regrese porque estoy en un limbo espiritual. Pero la verdad es que no comparto muchas cosas de las que allí hacen referencia y ni de la manera en que a ti, mi dulce Cami, te lavan el cerebro. Espero que seas feliz en tu matrimonio con Kevin, tu novio impoluto que reza por ti mientras tú y yo bailábamos en una disco de dudosa reputación; lindo él. Por otro lado me parece cruel que pienses como piensas de los homosexuales, y veas con desagrado el hecho de que en la siempre revolucionaria Argentina, hayan aceptado que se casen y compartan sus derechos y obligaciones juntos. Creo que el amor de los homosexuales es un amor tan o más puro que de muchos heterosexuales hipócritas. También es cierto que creo que hubiera ahorrado muchas controversias si le hubieran puesto otro nombre en vez de “Matrimonio Gay”, ya que la palabra matrimonio tiene cierta connotación religiosa. Unión Gay o Alianza Homosexual, serían términos más adecuados; porque el tema es que ellos tengan los mismos derechos que un heterosexual, todo desde el punto de vista legal y social; la religión es un hueso más duro de roer y la verdad, no me interesa roerla. Por lo tanto el matrimonio es un gran problema producto de costumbres tradicionalistas y puritanas que no te permiten vivir tranquilo si no eres igual al resto de persona supuestamente de bien. Los homosexuales, seguro, también terminarán divorciándose a la larga y por las calles, tanto homosexuales como heterosexuales, andarán despechados. Con Cecilia, la siempre guapa Ceci, no hubo mayor decepción, está casada y con sus hijas puedo tener chance. Con Cami, la cosa es distinta, porque me enfurece saber que ella no es valiente y de que no es sincera ni con ella misma a pesar de creer que sí, y también me subleva, el hecho de tener cierta afinidad con chicas con defectos que la verdad, me alteran mucho. Yo no me caso contigo, ni con nadie he dicho, y si por ahí, el amor, traicionero sentimiento hace que me coma mis palabras, lo haré como un simbolismo personal ofrecido hacia esa chica perversa que me convenció de hacerlo, y lo haré con el mayor de los amores y será en la playa porque no pienso dejar que la gente se embriague y alimente con mi dinero producto de un capricho de aquella mujer que aún no conozco. Lo haré en una playa lejana y quizá nudista, para ver si van esos zánganos trepadores (como yo) que acuden a los matrimonios para burlarse y divertirse a cuestas de la desgracia de otros. Espero que el amor, y sus terribles destinos, no me obliguen a llegar a tal extremo. Que Dios me guarde una chica guapa y loca que sienta el amor y no intente materializarlo en ceremonias que la verdad, luego de la algarabía del momento, van a terminar decepcionándote. Si hay amor, que Dios lo bendiga con hijos sanos. Lamento informarles a los homosexuales, que por más que intenten o apelen en las cortes, no van a poder tener hijos biológicos, lo lamento.

martes, 6 de julio de 2010

Carta de reconciliación

Siempre te doy las gracias, porque hay un momento en el día en que me doy cuenta de que no soy tan miserable como creo que soy; porque a pesar de que siento los golpes duros de la vida también soy conciente de que aún estoy en el ruedo y con las posibilidades intactas de dar aquel golpe de suerte, aquel golpe trascendental, aquel gran golpe esperado; y bajo esa espera, te agradezco de seguir aquí, en la lucha. Siempre te pido algo, porque es naturaleza humana hacerlo, porque también soy otro mortal que se acuerda de ti para pedir. Yo creo que eres un tipo que sabe perdonar, por ahí leí que ese era tu oficio; por lo tanto, a veces hablo con desparpajo sobre temas que te hacen referencia, con una soltura que otras personas no dudan en hacerme notar. Si me conoces bien sabes que soy un tipo de sonrisa fácil, con aires de divo pero humilde después de todo. Que tengo mis defectos pero ninguno mortal o que complique la vida a otra persona que no sea yo. Es un problema mayor pelearse contigo, o por lo menos discutir; porque hay cosas que la verdad no entiendo o no quiero entender, y creo que eso te molesta un poco. Puede ser que también te hayas dado cuenta que yo aprendo mejor por las malas y haces de las tuyas y me tienes en ascuas días enteros. Sabes que soy un tipo tolerante, de paciencia casi beata, que suelo ver el lado bueno de las cosas y trato de no desesperarme ni hacerme problemas. Mi madre, desde chiquito me ha llevado a misa y ha inculcado en mí, de una manera tan particular y disimulada, amor por ti. Yo siempre he sido renuente, chúcaro, díscolo para contigo. Desde pequeño me quedaba bien dormido en misa, casi desde que empezaba. He escapado de las responsabilidades religiosas con una facilidad casi demoniaca. He preferido los amigos, el fútbol y un sinfín de cosas antes que a ti, aunque nunca me haya olvidado por completo. Mamá me daba de beber agua bendita (y he escuchado por ahí que eso es pecado. Discúlpame a mí y a la loca de mi madre por favor), todo para purificar mi alma. Mi madre me ha presentado a sus curitas y padrecitos casi todos colombianos que me han hecho cariñito en la cabeza y me han dejado su bendición con una sonrisa en los labios, como diciendo “tu mamá te quiere meter al seminario”. Mi madre me ha enseñado a rezarte con los ojos cerrados y antes de dormir, todos los días y sin peros que valgan; tú sabes que hacía el intento pero era más fuerte el sueño. Siempre que algo andaba mal era falta de Dios para mi madre, y quizá haya tenido razón. Por lo tanto, toda mi vida he estado involucrado contigo, algunas veces con mayor fuerza que otras. Las amigas de mami todavía saben hacerme cariños en las mejillas recordaban cuando asistía a misa e incluso bailaba en las actuaciones parroquiales; las viejitas esas tienen una memoria prodigiosa. Cuando cerraba los ojos antes de dormir y te rezaba con flojera, en algún momento de mi inocente oración, sentía que volaba, que flotaba, que me despegaba de la cama; cuando se lo contaba a mamá juraba que era tu presencia, que era casi un milagro y que antes de ser cura iba a ser santo; la verdad que yo también sospechaba que eras tú. Ahora las cosas han cambiado un poco. Ya no voy a misa, la verdad que no lo creo necesario para estar cerca de ti. No rezo demasiado, y si lo hago es porque algo no me va bien y porque soy un convenido, así me siento. No me persigno cuando paso por una iglesia porque me parece que no es manera de recordarte, en una cruz clavado, aparte de mi apatía. A veces me siento un hereje, un falto de fe. Muchos de aquellos triunfos inesperados te los dediqué a ti, lo hacía por inercia, porque sabía que tú estabas detrás de todo eso. Ahora que me he llenado de pequeñas derrotas que me hacen sentir un gran fracasado, también te culpo un poco y reniego, reniego contra ti y te pongo en duda. No me confieso hace años porque me parece hipócrita decir lamento haber hecho esto y saliendo del confesionario volver hacerlo, porque a esos padrecitos les apesta la boca y no hay santa crema dental que nos salve de aquel infierno bucal, además de que desconfío de la confidencialidad que los padres pregonan, son una sarta de chismosos esos curitas violadores (y entiendo que no todos y a estos comentarios me refiero cuando hablo de soltura verbal). Mi madre cada vez que me despacha, cada vez que la visito, me pone estampitas y oraciones que tengo acumuladas y aunque respeto mucho, les doy poca importancia. La religión para mí es la mutilación de tu persona, la desmembración de la fe y de tu amor. Por lo tanto no tengo religión y no debo de cumplir ningún mandamiento o petición que algún grupo de mortales como yo ven necesarias para estar en paz contigo. Yo creo en ti y a mi modo intento no dañar a nadie ni provocarte alguna molestia. Soy un pecador pasivo, pero pecador al fin. La cuestión es que es jodido pelearse contigo porque no tengo chances de ganar, ni siquiera de sacarte un empate para definirlo por penales donde cualquiera puede fallar (ya sé, ya sé, tú no). Pelearse contigo no es conveniente ni sano, por lo tanto, intentaré cambiar en algunas cosas que te pueden hacer enfurecer y para eso, necesito un poco de ayuda, ayuda tuya obviamente. Trataré de no blasfemar, de no renegar contra ti, de orar con más frecuencia, de ser más servil al prójimo, de renegar menos, de intentar ser otra vez tolerante, de regresar al camino dónde te conocí, de cumplir todo lo antes prometido (y sabes que no me gusta prometer cosas que no voy a cumplir). Tu justicia es rara, la verdad no la entiendo y no voy a intentar hacerlo. Te sigo agradeciendo todo, te sigo pidiendo algunas cosas (y sabrás comprender las necesidades. Ya sé, ya sé, la lotería no es una necesidad). Y ahora, también he aprendido a pedir disculpas, a darme cuenta de algunos errores que cometo no sólo con frecuencia sino que también con facilidad. Lo único que quiero es que mantengas a esa madre loca y enamorada de ti a salvo, bajo tu brazo; que la cuides y perdones por sus errores, que le des la oportunidad de ser feliz y me uses de instrumento a mí para que lo sea. El hecho de que Benedicto no me inspire confianza e incluso me caiga un poco pesado no significa nada personal contra ti, es una humilde opinión y nada más. Cuando me tiré aquella primera borrachera y asistí a la vigilia de confirmación (iglesia) en aquel estado poco presentable, y me refugié en el baño del segundo piso de la parroquia para que el padre no me viera ni me expulse, y vomité todo lo que pude y dormí abrazando el inodoro, no fue un acto de protesta. Mi madre me llevó donde un cura chileno, el único cura que respeto y al cual le tengo un cariño especial. Aquel padre no dramatizó nada, me propuso tomar un vinito de la sacristía y darme algunos consejitos para que el trago no me llegue tan rápido, aquel padre que me dijo que el único pecado cometido aquella noche fue no haber comido nada antes de libar alcohol, aquel padre que creía en ti y predicaba tu amor con amor. Ojalá y promuevan más padrecitos como aquel y después de promoverlos no los estén sancionando (también como a él). Aquel padre me dio la fórmula para dejar de combatir contigo sin salir herido, me hizo una pregunta que absolvía cualquier tipo de deuda hacia ti, me pregunto mirándome a los ojos: ¿Crees en Dios? Yo ya tenía pensamiento subversivos en mi cabeza pero no dudaba de ti. Respondí: - Si - muy seguro y también mirándolo a los ojo. – Entonces estás jodido – me respondió, y respondió a algo más que a esa pregunta.