miércoles, 26 de octubre de 2011

La danza de la mudanza

- Señora, me voy – le dije una mañana cualquiera. Ella me miró, abrió levemente los ojos y me dijo “ok”. Le expliqué brevemente que era por un tema de comodidad y que deseo comprarme un carro, por ende deseo una casa con cochera. – Ok- me respondió. Le comenté también que estaba preocupado por el tema de la mudanza, por movilizar mis cosas (que no son las pocas que traje) y el tema de contratar un vehículo que traslade todo. – Dile a tus amiguitas que te ayuden pues, no tienes pocas – me respondió y sonrió con una gracia que a mi no me dio gracia. – Ok – le respondí. Ahí entendí que ya era hora de salir de mi guarida, de cambiar algunas cosas, porque todo cambio es bueno, creo. Ahora estoy en el carro de Danilo (uno de mis más entrañables amigos en Arequipa), escuchando una canción del “Tri” (¡de México cabrones!) en camino a recoger las llaves del nuevo depa, el cual compartiré con un amigo de Tacna y su primo. Mientras el calor golpea, el tráfico agobia y la voz de Alex Lora retumba en mis oídos, pienso en los buenos momentos que pasé en aquel pedazo de casa que hice mía: ya no habrá graditas escuetas llenas de polvo y tierra que nunca supe limpiar. Ya no habrá un techo bajito, cementerio de las neuronas de mis amigos que se golpearon mil veces. Ya no habrá la necesidad de abrir la ventana (que era enorme) a media noche para que la señal de internet capte mejor. Ya no más reparos en meter a gente a mi casa en puntillas de pie para que la loca de la hija de la dueña no me esté tocando la puerta pidiéndome que en menos de quince minutos saque a todo el mundo incluyéndome. Ya no más tocadas de piano por la madrugadas. Ya no tanto remordimiento por no dejar dormir a la chica de abajo, quien seguro es la que más se alegra con mi partida. Ya no más tanta soledad. Salir de la primera casa donde viví solo no resultó tan dramático como creí. Bruno me llama, interrumpe mis remembranzas, dice que se apunta, que también irá a colaborar con el traslado de las cosas. Bruno es el que más visitó mi casa anterior, con él tomé litros de vino escuchando música corta venas y recordando algunos momentos. Comenzamos a eso de las dos (Bruno, Danilo y yo también hicimos el trabajo de mudanza cuando llegué a la casa que ahora dejo) Ellos hacen todo, cargan todo, agarran mis sábanas y frazadas y cual paisana meten todo y hacen un nudo, tengo mil bultos. Luego lo toman y lo arrojan por la ventana, sin mirar a dónde cae. Cuentan: uno… dos… y antes del tres las cosas están en el primer piso. Ruco, el pequeño perro de la casa se pasea entre mis cosas, temo que los muchachos lo envuelvan también entre mis pertenencia y lo arrojen. Ruco sin embargo, es al único habitante de esa casa que extrañaré. A ese perrito de bigotes lo he mal alimentado varias veces, y por esa muestra desinteresada de amistad, generé en él un cariño interesado que lo trae siempre a mi puerta. Es una lluvia de objetos la que cae desde mi balcón. Contratamos un camioncito que quiere cobrarme una barbaridad. He negociado con el chofer rebajando algunos soles, prometiéndole que no cargará nada, me siento orgulloso de saber negociar. Dicho y hecho, aquel hombre se para al lado de su camioncito y ve como sudamos la gota gorda cargando cuanto objeto es arrojado por mi ventana; Danilo y Bruno me dicen con la mirada que soy un burro y que nunca más me dejarán tranzar con nadie. El hombre no se inmuta, al contrario; sólo se impacienta porque nos demoramos mucho, porque llegamos gateando hasta su vehículo. Está todo, subo al camión y también me siento un bulto. El depa está algo lejos, en una zona totalmente diferente a la que dejo. Ya le he entregado las llaves a la dueña, que ha sabido despedirme con palabras afortunadas y agradeciéndome el tiempo que pasé en su casa. Al momento de devolverle las tres llaves que me acompañaron estos últimos años recuerdo el capitulo final de “Friends” y entiendo que yo también estoy terminando una serie de varias temporadas. Llegamos a mi nueva morada y ahora, después de bajar las cosas del tercer piso, hay que subir todo a un cuarto nivel. Danilo, que ahora me odia, le pide al maestro que nos ayude a subir el colchón, a lo que el maestro responde “yo no he nacido para subir colchones”; se sube al camioncito aquel y se larga. Me odian, cargamos todo como bestias y terminamos muertos, sin sentir las piernas, con los brazos adormecidos, con el estómago vacío. Armamos todos, acomodamos algunas cosas. El nuevo departamento les ha gustado, prometen hacer fiestones muy pronto, grabar una película porno en la tina de baño que tengo, venir a visitarme pronto. Yo les agradezco con el corazón, y les prometo que abriremos una empresa de mudanzas. Los cambios que he tenido, por cosas del destino, siempre me han favorecido, espero esta vez no sea la excepción. Tomamos una cervecita negra, brindamos porque sea así.

martes, 11 de octubre de 2011

La Denuncia

Miércoles medio día: Mi sobrina se encuentra caminando fresca cerca de la casa de mis primos, una zona medianamente respetable donde el sol brilla igual que en otros lugares, muy cerca a una universidad medianamente respetable que concita la atención de taxistas y policías. Mi sobrina camina despreocupada, quiere visitar a la familia y llevar unos perfumes a sus tíos (tíos de mediana edad, también medianamente respetables). Cuadras antes de llegar la interceptan dos despreciables. Uno la sujeta por detrás, intentando retenerla y disminuirla; el otro cruza la vereda y la empieza a agredir verbalmente. Mi sobrina no entiende bien qué pasa, no entiende lo que el enano calvo le grita, no entiende por qué el tipo de tez blanca la sujeta tan apasionado. Reacciona, es un asalto, quieren su celular. Ella da un sobresalto y abre su bolso para sacar el bendito celular, no lo encuentra; hurga entre sus pertenencias y se topa con su billetera, con los perfumes, con su libro de marketing. Los zafios rateros advierten su billetera y sugieren se la entreguen también, por suerte no pidieron los perfumes, quizá y ninguno era de su agrado. Se van a paso raudo en sentido contrario al que interceptaron a mi sobrina, la cual corre a casa de sus tíos y se pone a llorar; le encantaba su billetera. Miércoles por la noche: Me entero, me parece terrible que esta ciudad se esté poniendo tan peligrosa. No tengo como llamarla, no tiene celular. Al día siguiente coincidimos en internet, le pregunto cómo está. Me dice que bien, está relajada, la juventud de ahora no se detiene para nada, la vida continua y si bien fue un contratiempo menor, parece que no le hubiera pasado nada. Le pregunto si ya realizó la denuncia por pérdida de documentos, que siempre es importante para que no te metan en problemas posteriores (eso dice mi mamá). – No – me responde, no sabe cómo se hace. La culpa de saberme ingrato y en especial con familiares me compromete a acompañarla, a ayudar a mi sobrinita (la cual he visto crecer, si, medianamente). Viernes mediodía: No voy a trabajar. Tomo mis clases de piano temprano por la mañana, me doy un baño y acudo a su encuentro. La veo parada en la puerta de una galería, sonriente, haciendo de lo sucedido sólo una anécdota. La invito a tomar desayuno, un par de juguitos para almacenar fuerzas; yo pido uno con frutas que desconozco y no está tan bueno, ella pide uno con fresas. Vamos un rato al banco, esa tarde no iba a trabajar y fui a revisar algunos papeles, saco dinero. Vamos a la comisaría de ese distrito (he averiguado un par de cosas para no caer en ignorancia y no me estén paseando). Subimos al taxi, hay un tráfico terrible: tráfico e inseguridad, no es buena combinación. Llegamos a la comisaría, también quería presentar una denuncia contra el taxista que nos trajo, nos cobró una barbaridad. Entramos, mi sobrina linda, yo con mis lentes negros y mi cabello algo largo. Nos quedan mirando, se nos acerca un policía y nos pregunta si nos puede ayudar. – Queremos presentar una denuncia por robo – le digo. Muy tranquilo él, empieza hacernos un par de preguntas hasta que se entera que fue hace dos días. Nos pregunta dónde fue. Después de responder nos indica que esa no es su jurisdicción y nos invita hacer la denuncia policial a la comisaria correspondiente; luego de su comentario se apiada de nosotros y nos designa una patrulla para que nos conduzca hasta dicho lugar. Mi sobrina y yo subimos a la parte posterior de la patrulla y ahora nos sentimos unos hampones descubiertos. Subir a la patrulla me hizo recordar mis quince años. La comisaria a visitar quedaba lejísimos, casi saliendo de la civilización, en zonas desconocidas para mi sobrina y para mí. Entendí inmediatamente por qué tanto robo, si las comisarias encargadas están prácticamente fuera de la ciudad. La zona no es nada segura, presiento que ni los policías se sienten a salvo. – Bajaremos, iremos presurosos a la oficina pertinente para hacer la denuncia, (más buscando protección y amparo que intentando asentar la denuncia). Terminaremos con el trámite, saldremos y en la puerta nos volverán a robar. Entonces regresaremos, presentaremos una nueva denuncia, volveremos a salir y quizá nos violen (porque ya no tenemos nada que nos roben) volveremos a ingresar, volveremos a presentar una denuncia, nos pedirán que describamos a nuestros agresores. Tomarán apuntes, quizá hagan un bosquejo del delincuente violador, tal vez sea uno de ellos, uno de los policías en guardia; se harán los locos: - lo buscaremos – nos dirán y por pena nos transportaran a nuestras casas. – Todo eso pasa por mi cabeza antes de bajar. Una vez adentro de la comisaria denominada “Simón Bolivar”, ubicada en la calle “Venezuela”, nos atiende el mayor teniente “Chávez”. No sé por qué pero no me siento cómodo, no me siento en casa, no me siento libre. El teniente Chávez dice que es inadecuado que presentemos la denuncia dos días después del siniestro. Muy alterado nos dice que regresemos a las cinco de la tarde, siendo recién la una. – No sé ni cómo regresar a mi casa y quiere que vuelva a las cinco – pienso y no pretendo regresar, dudo que ubique esta comisaría. Me indica que es mejor sólo presentar una denuncia por pérdida de documentos y no por robo porque es mucho papeleo, que tendremos que ir a la DININCRI, que nos tardaremos más en el trámite de duplicado de documentos. - Yo quiero presentar la denuncia por lo que es y no me interesa lo que se tenga que hacer, hay que hacer las cosas bien. – digo y en mi cabeza una voz me dice: “¡qué raro que quieras hacer las cosas bien Señor correcto!.” – Cállate –ahora digo en voz alta para mí mismo pero el teniente Chávez cree que es con él y ahora me mira con recelo. El crápula policía nos indica que igual tenemos que regresar a las cinco. Ahora soy yo quien está enfurecido, me parece terrible que haya horarios para hacer denuncias, que me reclame el hecho de habernos demorado dos días en sentar una denuncia si fue aproximadamente a esta misma hora y lo más seguro es que me hubiera pedido regresar a las cinco. - ¡Ah no! – reacciono. – Presidente Chávez – le digo. – No puedo regresar a las cinco porque mi sobrina tiene clases y porque yo trabajo – miento – Además conozco mis derechos, no he estudiado seis años derecho para que Ud. venga a decirme que tengo que regresar a las cinco cuando bien puede ayudarnos ahora mismo, es su deber. No me interesa si se demora, pero mi denuncia la hago ahora - sigo mintiendo pero ahora con más coraje y gallardía. – Muy bien me responde, entonces saque en la esquina fotocopias a estas hojas y regrese- me dice mirándome a los ojos y al parecer algo orgulloso al haberme equivocado y mencionarlo como presidente. Saco copias, lo hago rápido y agazapado para no ser víctima de ninguna de mis premoniciones. Regreso y el presidente Chávez no estaba, al parecer se fue a almorzar, está en el restaurante “Caracas”, que queda al frente. – Demórese lo que tenga que demorarse – recuerdo haberle dicho a ese policía pillo. Regresa después de veinte minutos, mi sobrina ya quería irse y no le interesaba ya mucho la denuncia, pero ahora es personal, era un conflicto entre el presidente Chávez y el abogado Dosantos. Toma la manifestación de mi sobrina, le pregunta al detalle la hora, el lugar, la forma y demás. Le pide que describa a uno de sus asaltantes. Ella descarga: - Era alto, delgado.-dice. – Alto, delgado ¿cómo? ¿Cómo su tío? – le pregunta. – Si – responde mi sobrina y el teniente anota en la hoja repitiendo en voz baja: “de mediana estatura y muy flaco”. - ¿Qué más? – insiste.- Era blanco, con aspecto desagradable, medio narigón - le dice segura mi sobrina- ¿Cómo tu tío? – repite la pregunta el policía mirándome de reojo. –Si - responde mi sobrina. El Presidente Chávez ahora me tiene como sospechoso y es probable que pase la noche en la carceleta. Terminamos el pequeño interrogatorio y siento haber salido de esa comisaria con libertad condicional. Al final el presidente Chávez nos trató con ciertos modales y nos resaltó que está para servirnos. - ¡Vuelvan pronto chico! – se despidió.

martes, 4 de octubre de 2011

Por favor no te mueras

La llaman y ella va. No sabe quién la espera, no sabe lo que padece ni lo que tendrá que soportar, no sabe bien cómo la van a recibir pero sabe que tiene que ir y que será otra noche de desvelo. Ella trabaja cuidando niños por las noches o ancianos que poco a poco se están despidiendo de esta vida. Ha cuidado hace poco a una abuelita que lloraba en silencio en su cama, que desvariaba de rato en rato, que ya no alcanzaba a ir al baño y que esperaba inconscientemente la hora de partir. Ella cuenta que era una viejita coqueta, que de rato en rato bailaba sentadita con una gracia de niña traviesa. Cuando reía no mostraba la dentadura completa, pero si una alegría que conmueve, que emociona. Estuvo a su lado casi dos meses, y la acompañaba por las noches. La vio llorar, cantar, reír, quejarse; la vio amanecer, acostarse y comer alguna que otra cosa. Antes de morir la anciana la llamó, la invitó a verla; porque la extrañaba, porque ya no necesitaban que la cuiden porque estaba muy malita; entonces, como presintiendo el final, pidió que la trajeran, quería verla y agradecerle la paciencia, el cariño: - Te quiero mucho hijita – le dijo pocos días antes de que falleciera. La niña de la enfermedad terrible la mira con desconfianza, no sabe que hace esa señora sentada cerca a su cama, no sabe para qué va todas las noches a su cuarto, no sabe exactamente qué tiene y porque ha dejado de ir al colegio. Esa señora la trata con cariño, como una madre trata a su pequeño hijo. Le cuenta sus cosas, le confiesa que le hace recordar a una sobrina linda que tiene. La señora por las noches no duerme, la pequeña niña escucha haciéndose la dormida, como esta señora desconocida reza incansablemente, reza muy pegadito a ella, reza con denuedo e intentado no despertarla. La niña se cansa mucho, come poco y por las noches la despierta una tos que la hace saltar sintiendo que se ahoga. La niña no distingue los días de la noche, y sólo sale a hospitales. Cada vez que abre los ojos encuentra a la señora desconocida que reza mucho cerca de ella. A veces la ve hablando con su mamá, a veces la ve rezando con los ojos cerrados, a veces la ve durmiéndose con la biblia cerca. Cuando no la ve se asusta, se siente sola. La niña no distingue los minutos de las horas, pero si distingue la silueta de aquella señora desconocida que ahora se ha vuelto su compañera eterna, su amiga incondicional. La niña no distingue las fuerzas de las ganas, la luz de la oscuridad. La niña débil, de aspecto asustado no sabe qué pasa, sólo escucha a la señora que la acompaña sollozando, rezando entreverada, despidiéndose con cariño. La niña que no distingue nada, se ha cansado, siente menos fuerzas que otros días y decide dormir en paz. Ella se despierta tarde, se ha quedado dormida. La costumbre de levantarse a las seis de la mañana se ha perdido. Sabe que tiene que trasnochar otra vez, que tiene que velar el sueño de un viejito de ojos claros que le hace acordar a su papá. No tiene mucha hambre, y aunque ha bajado de peso, se siente fuerte. Todo se lo debe a su fe, todo lo que pasa se lo agradece a Dios. Ya es una mujer de edad y aunque se ve algo demacrada aún goza de una fuerza misteriosa que la conmueve, que la convence en ser una buena persona. Sólo espera que sea las ocho de la noche para empezar a alistarse, para abrigarse todo lo que pueda y partir a visitar a su nuevo amigo que está pronto a despedirse. Ha dejado sus papeles religiosos a la mano, cerca de su rosario de rosas que ha sido supuestamente bendecido por Juan Pablo II. Ella se encariña demasiado con las personas que ha conocido en situaciones incómodas, le hubiera gustado llevarse un mejor recuerdo de ellos, de haberlos disfrutado antes de verlos tan venidos a menos. Ha escuchado las historias de familiares: de hijos, hermanos, esposas y esposos que cuentan anécdotas que en principio le roban una sonrisa. Toca la puerta, le abren y la hacen pasar con cariño, como si fuera una más de la familia. Aquel viejo que le hace recordar a su papá sigue en el mismo sitio, casi en la misma posición. Él está durmiendo, duerme todo el día. Ella se sienta en un sillón que le han acomodado al lado de la cama, se tapa con la manta polar que ha sido su compañera noche tras noches los últimos meses. Le hace cariño en los pocos cabellos que le quedan. Lo mira con cariño, le hace recordar a su papá; le gustaría no encariñarse tanto, sabe cual es el final de las cosas, sabe que nunca saldrá victoriosa. Lo mira y recuerda cuando su papá convalecía. – Por favor no te mueras, no te mueras todavía – le dice cuando escucha algunos quejidos de aquel abuelito. – ¡Todavía no me muero carajo! – dice el viejo abriendo sus grandes ojos claros. – Deja de joder mujer que me haces recordar a la difunta de mi mujer y ahí si me da miedo la muerte – repite medio dormido. – Descanse, descanse – ella le repite, como arrullándolo de alguna manera. Se acomoda en su mueble y empieza a rezar, su fe la mantiene viva, y espera que alcance para mantener vivos a aquellos que en sus últimos días, se han vuelto parte de su familia.

martes, 27 de septiembre de 2011

Volver

Como en los viejos tiempos: mi madre esperándome en la puerta de la casa de madrugada, como cuando llegaba de las fiestas, como cuando intentaba ocultar aquel olorcillo a alcohol; sólo que esta vez no encontraría merecidos reclamos ni llamadas de atención, no encontraría a esa pequeña mujer ofuscada por la inconsciencia de su hijo; encontraría a esa madre querendona que no siempre se deja ver, a esa madre que siempre estuvo preocupada por que le pase algo a su bebe de veinticinco años, encontraría a esa mujer que espera meses de meses para ver al ingrato de su hijo que promete ir todos los fines y no va nunca. Mi madre me recibe con uno de esos abrazos que siempre se extrañan, que siempre se echan de menos pero que a veces se olvidan. Mi madre me besa y en secreto agradece a Dios que haya llegado bien. Me mira de pies a cabeza, fiscalizando cada centímetro de mi ser, le saca una radiografía a mi persona y lo apunta en su memoria para comparar cuando nuevamente vaya a visitar, que sabe no será pronto. Me acompaña al cuarto (que ahora es de huéspedes, y ahora yo soy un huésped, uno ilustre, me hacen creer). Se sienta a mi lado, termina de oscultarme y luego de sumas y restas me dice que he engordado. Si lo dice mi madre es verdad, porque ella me conoce mejor que nadie y sabe cuando como y cuando me tiro al abandono. – Estaba más llenito - le digo mientras le entrego algunos regalitos y saco mis cosas del maletín que parece una bolsa de campamento. A parte de algunas cositas que espero le gusten, le llevo algo que nunca falla, que le gusta recibir y que si por ahí me atrevo a excluir o lo mantengo al margen, me obliga a generar: ropa sucia. Me lo ha dicho, se siente más que útil lavándome la ropa o cocinándome o llamándome la atención, cosas que por la distancia y mi emancipación díscola ya no hace con la frecuencia que le gustaría. Mi madre se siente más mi madre lavando esa ropa que la verdad, yo no lavo bien, y que en las manos de mi madre, vuelven a adquirir vida. (Presiento que mi ropa también la extraña). Me quedé conversando con mi madre hasta las cuatro de la mañana, una hora después de la que llegué a casa: me pregunta por el trabajo, por las chicas, por mis amigos. –Todo tranquilo – le respondo; creo que se preocupa más por el tema de las chicas. A las once, cuando yo aún me encuentro en estado de coma, uno por uno invaden aquel recinto donde yo duermo, entonces entiendoí porque no puedo quedarme mucho tiempo, porque extraño la soledad. Me levanté con sueño, comí como cerdo, el más feliz de los cerdos. Hablando de cerdos, Sabrina, la cocker que alguna vez metí en una cajita de zapatos cuidándola con el mayor de los cariños, ahora no entra ni en un ropero de tres cuerpos, es una bolita de pelos bien coqueta que se ha adueñado de la casa y se pasea con más derechos que el inquilino en el que me he vuelto. Como y duermo. Recibo muestras de cariño que me laxan y me dan hambre, por eso como y duermo todo lo que puedo. La comida de casa no tiene punto de comparación, ni Gastón Acurio me haría dudar de eso. Me voy a un matrimonio en calidad de advenedizo y la paso bien. Siempre hay gente conocida o que te reconoce. Quién diría que el fútbol me abriría tantos lazos de amistad. Me encontré con algunas personas que no dudé en saludar con cariño. Mi madre tenía ya planeado una pequeña misa a las nueve de la mañana de un domingo en el que yo no pensaba levantarme temprano, como era de esperar, no asistí porque dormí hasta la una y treinta de la tarde. Domingo de paseo por los sitios turísticos de mi Tacna pequeña, chismosa y putita, o sea, por los mercadillos; algunos encargos, algunos pequeños obsequios. Aquí todavía se puede caminar, el sol no pega tan fuerte por estas fechas. Mi madre me espera con más comida, para que la ingiera y vaya lleno y para llevar y no muera de hambre. Mi tía me ha engreído y mimado con aplomo. Mi tío me ha contado sus historias con confianza. Todos igual de lindos sólo que más viejos. Entonces recuerdo el sueño de la ola que siempre me amenaza. Si bien en Tacna estoy más cerca al mar, puede ser todo una metáfora y deba cuidarme más de la ola delincuencial o de algún miembro de la nueva ola que del propio mar. Regresar a Tacna es llenarme de amor, descansar y comer bien, es la buena vida un par de días, es regresar un poquito al pasado, es la humildad hecho amor, es el amor más puro. Si a alguien extraño en secreto, si mi corazoncito ingrato siente algo de nostalgia por alguien es por mi madre, por mi familia, y la tierra a regresar será siempre Tacna, así chiquita, chismosa y putita. Mi tierra es un edén de fantasías…

miércoles, 21 de septiembre de 2011

La Ola

Camino frente a la orilla, parece ser de noche, pero estoy seguro que es de día. Me acompañan Samanta y Bruno. Nos reímos, bromeamos. Me siento en una especie de loma a contemplar el mar, veo como pasan de izquierda a derecha un grupo de delfines, en medio de muchos que se sumergen en un mar sospechoso, sospechoso porque parece de noche, el cielo es azul oscuro; sospechoso porque sé que es de día; sospechoso porque hay muchos seres en el mar compartiendo espacios con total naturalidad. Nadie grita, nadie se desespera, pero las olas son más grandes y reacias, son más amenazantes. Nadie se asusta, nadie tiene miedo, pero las olas ahora son paredes inmensas que se acercan peligrosas y golpean contra tierra muy cerca de nosotros, cada vez más cerca. Ya no amenazan, ahora agreden; la ola intenta alcanzarnos mientras corremos aterrados. He perdido de vista a Samanta y Bruno, ahora sólo corro, como si ya antes me hubiera pasado esto y tuviera el trauma de ser alcanzado por la ola. Luego despierto. Estoy en una casa, al parecer una casa bonita, con piscina, el sol está radiante. No recuerdo a nadie a mi alrededor. La casa presenta una construcción novedosa; una pared con relieves, parece un castillo en miniatura. En algún momento me doy cuenta que estamos cerca del mar y siento el sonido de las olas golpear cerca. No le presto mucha atención, la casa está muy bonita y el clima se presta para un excelente día. Pero sucede otra vez, el mar se sale, es un tsunami, veo como el agua se acerca lentamente y ahora si diviso a la gente huyendo, trepando conmigo aquellas paredes raras que parecen una muralla sobre otra y que permite el ascenso con facilidad. Otra vez hay una ola caprichosa que quiere aprisionarme, otra vez estoy huyendo hacia un refugio en lo alto de algún lugar, porque nunca sé dónde estoy y menos a dónde me dirijo, sólo sé que quiero escapar de la ola porque presiento que si llego a ser alcanzado, moriré ahogado, moriré sin remedio y mi cuerpo navegará mares desconocidos y seré el alimento de peces hambrientos que no saciarán su apetito con mi cuerpecillo delgado y escueto. Siempre sueño lo mismo, y nunca parece pesadilla ni despierto con sobresalto; nunca asustado ni con una sensación de miedo. Siempre despierto pensando por qué carajo tanta mala fascinación con el mar si son contados lo días que paso en la playa, por qué siempre una ola y yo escapando, a dónde coño voy. Siempre la sensación de que si me alcanza la olita esa moriré ahogado. Al parecer aquella suerte misteriosa que siempre me ha acompañado está por terminarse. Al parecer algo no muy bueno me va a pasar y algún dios misterioso intenta preverme. Me han dicho que significa cambios (que seguro no son para bien), que la ola significa que extraño a alguien o a algo, que es sólo el hecho de extrañar. Seguro que las personas que más extraño están ubicadas geográficamente más cercas al mar que yo, por ende, así las extrañe es un peligro inminente visitarlas porque no vaya a ser que en media visita un tsunami me reciba. Con los años uno empieza a sentir a la muerte más próxima y tiende a trastornarse o a entender que todo está más cerca de un final. Tengo este sueño tedioso una vez por mes en el mejor de los casos, creo que ya es hora de pararme frente a la ola, con mi flotador de patito alrededor de mi cintura, con mi sonrisa burlona de toda la vida, quedarme quietecito esperando ser atrapado por esa ola cabrona que me viene amenazando hace un par de meses. Creo que ya es hora de saber que hay detrás de tanta expectativa y recibir a esa ola cabrona de una buena vez y averiguar sin en verdad moriré ahogado o si acaso me procurará algún tipo de dolor, porque a pesar de ser un sueño, porque a pesar de presentarse como una amenaza y atentar contra mi integridad, me da una flojera tremenda correr como estúpido para no ser alcanzado por esa ola hija de puta que me tiene en ascuas. Incluso despierto algo cansado y eso que yo ando cansado siempre. Así que si extraño a alguien y no lo he averiguado, si vive próximo al mar, que no me espere. Si es algún cambio para peor, no me interesa, moriré a los veintisiete. Si es que esa ola del mal quiere alcanzarme y ahogarme en sus aguas, veremos qué pasa, porque ya no pretendo correr como un niñito asustado, me quedaré quietecito esperando conchudo a esa olita cabrona que quiere hacerse la importante. Al final es mi sueño, y como dijo Calderón de la Barca: “Los sueños, sueños son”

martes, 13 de septiembre de 2011

Cuarto de siglo

“Se dice que sólo hay una cosa que nadie deja de hacer, entre vivos y muertos, entre seres y cosas, todos y todo, aunque queramos evitarlo, envejecemos.” Llevo veinticinco años respirando, comiendo, cagando y durmiendo. Llevo veinticinco años despertando por las mañana, jodiendo por las tardes y durmiendo por las noches. De los veinticinco años llevo veinticuatro hablando cojudeces, veinticuatro caminando sin saber a dónde, veinticuatro con la flojera de transportarme por mí mismo. Llevo diecinueve años a la sombra de mi mami, quince jugando fútbol y cuatro viviendo solo. De los veinticinco unos veinte enamorándome de todo el mundo e intentando besarlas a todas. Llevo escribiendo quince y publicando cuatro. De mis veinticinco años llevaré unos cinco con enamorada, quince enamorado y veinte sin amor. De los veinticinco años que acabo de cumplir cuatro los he pasado sin mamá y sin papá, veinticinco. He recibido presentes en todos mis santos, no siempre he soplado velas, y sólo hice una fiesta. He vivido bien, he reído mucho, he llorado con ganas, me han querido, me han perdonado, he respirado el aire agradeciendo cada suspiro. La vida me ha puesto en diversos lugares y con diversas situaciones, pero en cada pedacito de tierra, en cada espacio donde me he ubicado, me he rodeado de gente maravillosa que ha sabido ganarse no sólo mi cariño sino también en muchos casos mi gratitud y admiración. En un salón de clases, en una cancha de fútbol, en alguna oficina de trabajo, en alguna fiestita díscola, en la calle; todo lo que he visto y aprendido me ha emocionado. Estos últimos veinticinco años han sido cojonudos y no me arrepiento de nada que me acuerde. Soy feliz a mi modo y a mi modo moriré a los veintisiete. He cumplido veinticinco con ausencias irremplazables pero rodeado también de gente que no tiene el por qué acompañarme. La he pasado con un payaso que ha repartido mi tequila, el whisky y encima me ha cobrado. He realizado mi primera fiesta a la que no ha ido poca gente y en donde puse globos y piñata. No es fácil entender que ya has vivido un cuarto de siglo y que se te acaba el tiempo en la tierra y que te haces más viejo y que se te reducen las oportunidades; no es fácil comprender que se te está empezando a caer el cabello, tus células se debilitan, la piel se te arruga y eres más propenso a una enfermedad; no es sencillo aceptar que cumples veinticinco años y aún no has hecho nada por lo que te sientas orgulloso y por lo que te recuerden lo años que vengas (que no será muchos). Cumplir veinticinco años es difícil cuando no has disfrutado los anteriores. Yo los he disfrutado pero creo no haberlos aprovechado muy bien; lo bueno de la reflexión es que aún tengo oportunidad de cambiar algunas cosas aunque no tenga fuerzas y aunque entienda que no siempre se cambia para bien. Igual soy feliz de haber nacido en este tiempo, bajo estas circunstancias y haber disfrutado de lo que me tocó vivir. Estos último veinticinco años creo haber recibido más abrazos que golpes, más besos que insultos, más felicitaciones que envidias (de esto dudo un poco), más bendiciones que castigos. Vivir tanto tiempo amerita un momento de reflexión, de sentarme a pensar a dónde voy y lo que implicará las decisiones que tome de aquí en adelante en la vida de otras personas. Si muero en los próximos días como tengo calculado manifiesto con sinceridad que he sido feliz y que agradezco a los que me han facilitado este estado. Viviendo estos últimos veinticinco años he entendido que si en mi juventud he sido supuestamente vigoroso no quiero imaginar lo que me espera con más años a cuestas. Con este cuarto de siglo que llevo sobre mis hombros estoy inmensamente agradecido con la vida y mantengo mi promesa de buscar la felicidad sin dañar a nadie. Estos últimos veinticinco años han parecido cincuenta y con los años que me quedan por vivir, demostraré, cuánto los quiero.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Whisky con manzana

Me he degenerado, soy un hombre de vida procaz y de costumbres insanas. No respeto la autoridad y los principios que mami me inculcó son parte de un pasado borrascoso, ilegible, obnubilado por el humo de las discotecas, la bulla de los parlantes infernales y los gemidos insaciables de toda esa gente que como yo anda perdida en bares y discotecas. Soy víctima de los escarnios de una juventud agresiva que intenta convertir en aventura todos los días del calendario. No tengo que esperar un fin de semana para volverme un energúmeno y retozar a la luz de luna y hacerme el payaso o libar en el más astuto anonimato, en una esquina oscura de algún lugar donde caí por casualidad. He descubierto que duermo mejor (cuando duermo) borracho, he descubierto que el insomnio no es nada con unas copitas encima, he aprendido que no debo de tomar otra cosa que no sea whisky para amanecer con cierta tranquilidad. El whisky solo me mata, a las rocas no me gusta, eso debe de ser para machos; yo no me considero ni borracho ni macho, pero no puedo resistirme al toque venenoso y dulce que le da el juguito de manzana, el cual ameniza no sólo aquel vaso de licor que me sirvo, sino que también, azuza mis sentimientos de pajarito juguetón y payasín de circo trucho. Ensayo nuevos pasitos de baile que se hacen naturales al compás de las canciones que nunca pensé bailar y que ahora tarareo por las calles cuando sano camino. Si no sale el sol la fiesta no se acaba y si se acaba el whisky con manzana es preferible irme a dormir. Entonces para que nadie se duerma, agregamos a aquella combinación cojonuda, un toque de red bull; lo suficiente para mantenernos activos y dinámicos y no tanto para que nos de un ataque cardíaco, porque la verdad, nadie quiere perderse la fiesta. Estoy en el cielo, bailando con gente desconocida, siempre con mi chupete en la boca y atento a la codicia de todos por arrebatármelo. Entonces me da ganas de miccionar y debo bajar al infierno, donde la cosa es menos alegre. Es hora de salir de aquel local donde el cielo y el infierno son una buena escusa para tomar y es hora de comer, el sol va a salir. El mismo lugar, el mismo pedido. Caras largas, cuerpos destrozados, cuerpos desgastados. La vida loca está de moda y cansa ser incorregible y despiadadamente fiestero. Tomo más whiskycito con manzana que agua pura. Los días se han vuelto una fiesta y las horas ya no sirven para dormir. Entonces las semanas pasan exactamente igual, entre risas y brindis poco románticos. Mis días son odas a la felicidad pasajera y parezco un ser embrujado por el vicio de la diversión. Las mismas canciones, los mismos lugares, el delicioso whisky con manzana presente siempre con nosotros. Hay algo que ya no anda bien. Entonces recuerdo que soy un tipo solitario y que a pesar de mezclarme entre el vulgo popular, que a pesar de camuflarme entre risas y gemidos, que a pesar de parecer uno de ellos, del todo no lo soy. Cada vez que recuerdo aquellas cosas que nunca cambiarán, el whisky con manzana me confunde y me mantengo en aquel éxtasis misterioso. Ya no escribo con gracia artera, he dejado mi amor por el piano relegado, mis hábitos por la lectura se ha convertido en un recuerdo lleno de ignorancia. Pienso en internarme en un centro de alcohólicos anónimos pero creo que no es una buena idea porque si nadie los conoce pueden seguir chupando en el anonimato. Entonces pienso en aquella institución denominada “Remar”, pero me da flojera, remar me da flojera y me parece poco seguro tomar en un bote cualquiera. Buscaré ayuda en un centro religioso pero prefiero ser un borracho que mentiros e hipócrita. Entonces decido comprarme un libro para retomar viejas sanas costumbres, pero he comprado uno para hacer diversos cocteles y la cosa no ha mejorado. Entonces me interno en mi cuarto, sólo duermo, recupero todos los sueños atrasados que están pendientes desde que conocí el whisky con manzana. Mi cuarto será el cementerio de un borrachito sentimental que anda enamorado de la soledad, que coquetea con la muerte con descaro y que encuentra en una bebida ligera y venenosa, la fórmula perfecta para vengarse de su destino. ¡Salud!