martes, 24 de enero de 2012

Cómo ando

Antes andaba triste, pensando en la vida, en los pequeños problemas que a veces hacemos enormes. Andaba feliz, todo me causaba risa, la vida me sonreía. A veces andaba solo, metido debajo de mis sábanas todo el día. A veces paraba con la casa llena, en tertulias inmortales. Ahora ando igual, con días buenos y días malos, la única diferencia es que ahora, ando en carro. – Se llama Rolly – me dijo cuando acordamos la venta, me contó que sus hijos lo bautizaron así y prometí conservar el nombre. Al principio me sentí el malo de la película, puesto que me enteré que aquellos niños de imaginación mágica estaban tristes con la partida de algo que parecía alguien de la familia. Lo compré sin tener brevete (como muchos), y sin saber manejarlo (como pocos). Como todo niño, soñaba con el hecho de tener mi carro, de poder manejarlo con la ventana abierta escuchando una buena canción; al principio lo hice con el carro estacionado, porque todavía no soy hábil en el arte del manejo, estoy en el grado de “caña monse”; y ahora que lo hago a cuarenta kilómetros por hora, lo hago con cierto estrés. “Cuando conduces no sólo es tu vida la que manejas”, escuché alguna vez y ahora vivo con el trauma de hacerle daño a alguien, y más cuando he tenido algunos inoportunos choques. El primero fue estúpido, regresaba de dejar a una amiga sana y salva en su casa, orgulloso de sentirme un “shushumajer”. Como todavía no tengo noción de las calles y sus señales, intenté retomar el camino por donde vine; Mónica, que andaba obnubilada en conversaciones por el celular arremetió con un grito que me obligó a girar el carro cuando no venía ninguno del otro lado y fácilmente pude haber frenado y metido retro, pero no alcancé a pensar y despacito, de la manera más romántica y sutil, besé el poste aquel que se cruzó en el camino de Rolly, que terminó con una abolladura pequeña pero que todavía no me perdono. A veces creo que Rolly me odia, que del amor desmesurado que le tenía aquella familia que me vendió el carro, ahora tiene a un loco que no sabe manejar, que hace mal los cambios, que choca, que no lo lava muy seguido (porque ni eso sé bien), que al parecer lo tiene algo relegado. El choque fue estúpido pero fue. Llegué a casa después de manejar un rato, de manejar preocupado; llegué a casa y antes de intentar dormir, me eché un rezo y prometí no chocar con Rolly nunca más. A veces pienso que Dios tiene un sentido del humor un poco ácido conmigo, porque a la mañana siguiente, cuando me proponía darle un baño a Rolly, escuché el intercomunicador pidiendo que mueva el carro. Cuando me di cuenta no era mi carro el que tenía que mover, era el de mi compañero de departamento, que se encontraba de viaje. Entonces me propuse sacarlo de la cochera, un trámite tan sencillo como retrocederlo un poco y cuadrarlo hasta que salga el vecino. Lo hice bien, lo retrocedí despacito, y despacito me subí a la vereda del frente hasta encontrar reposo en una camioneta Hilux del año (y eso que el año llevaba tan solo veinte días) y desprenderla de la extensión del parachoques. Mi vecino partió como si fuera él el culpable. Llegué a guardar el carro de mi compañero y como un caballero avergonzado y lastimado en mi orgullo, fui a hacerme responsable de mis actos y a conversar con mi otro vecino, el que acababa de desgraciar. Estuvo algo enojado, como debe ser, pero alguna vez fue joven como me terminó contando por la noche cuando brindamos después de arreglar su camionetita. El chiste no me salió tan barato, pero lo asumí como debía ser, con responsabilidad y dolor. Ese día estuve terrible, y recordé la oración que elevé, conmemorando que fui explícito al decir que no quería volver a chocar a Rolly, no mencioné nada del carro de mi compañero, el cual no se hizo daño. Ya muy estresado, con la sensación de cuadrar mal el carro, con el presentimiento de chocarlo, de atropellar a alguien, de que explote por prenderlo mal, acudí (gracias a la amable invitación de David, un gran amigo) a la puerta de un cura para que bendiga a Rolly y si era necesario, me exorcice a mí. El cura hizo una misa antes de echarle agua bendita al carro y a los presentes. La pequeña liturgia me hizo recordar las palabras de mamá: “¡acércate a Dios!”. El padre fue claro al decirme que no estaba exento ni de choques, ni de que Rolly adolezca de algo, o de algún otro exabrupto. Me conmovió tanto que le di una propina algo elevada por lo que el padre no sólo debió baldear mi carro con agua bendita, sino que también pasarle un trapito y echarle un poco de cera; pero en ese momento pensé que a veces gasto el dinero en sonseras y que era mejor que aquel padrecito lo gaste quizá y en sonseras también por mí, total, Dios está de su lado. Rolly no prendió en llamas cuando le cayó el agua bendita, ni yo estoy libre de cualquier percance, sólo hay que tener cuidado. Ahora estoy esperando pulir no sólo el carro sino también algunas habilidades. Mi amigo Rolly se ha vuelto el primer carro creyente y reza para que lo trate bien. Si quieres saber como ando, pues igual que antes, sólo que ahora, ando en carro. (Si, teme)
Pd: Si tienes un carro del año y deseas conservarlo nuevo, aléjate de mí, tengo una fijación enfermiza y una envidia atroz.

martes, 10 de enero de 2012

2012

Moriremos, es inevitable y lo único que debemos saber; que se acerca el fin de nuestros días y que se acabará todo tipo de alegrías y tristezas. Y es que esa es la premisa que anuncia al 2012, que moriremos. La idea no me escandaliza, igual podemos morir cualquier año, y entiendo que el treinta y uno de diciembre de todos los años no sólo nos alborotamos por recibir un nuevo año, sino que también celebramos el hecho de haber sobrevivido un año más, el hecho de haberle ganado la partida un año más a la muerte. Si nuestros amigos los Mayas tuvieran la razón, y estos días fueran los últimos por vivir, no sería tan triste la idea y hay varios motivos para celebrar un posible fin del mundo. En primer lugar todos moriremos algún día, y la mayoría morirá sin saber la fecha, hora ni lugar; con este fin del mundo, no moriremos solos, moriremos todos juntos y si fuera verdad, sabemos que no nos queda mucho y tenemos la chance de planificar nuestros últimos días de vida, privilegio que no tienen otros muchos pecadores. Segundo: estos son días de caos y estrés entre los habitantes del planeta, hay mucha pugna por el poder, mucha confusión, mucha falta de amor y de identidad, porque la mayoría de la gente (y hablo específicamente por mí), no saben qué hacer, a dónde ir y muchos otros (sigo incluyéndome), no saben ni quiénes son; por tanto, este fin inevitable y absoluto, terminará con la incertidumbre de la gente confundida y desamorada y permitirá el descanso eterno a este tipo de interrogantes y a las molestias diarias que significan seguir viviendo. En mi caso en particular, me aliviará el hecho de no tener que ser mejor persona, de levantarme temprano, de pagar las miles de deudas financieramente que tengo (y sin cobrar ningún tipo de seguro de desgravamen porque tampoco será necesario) y por sobre todo, las deudas afectivas que todavía tengo pendientes y creo, donde los intereses son más altos. Tercero: a los que temen que será de su futuro o incluso el de sus hijos, les dará tranquilidad saber que no tendrán que preocuparse. A los que están cansados de ver tanta violencia, a los que reniegan de la vida, a los que les apesta el mundo, a los que creen que todo es injusticia y desigualdad, a los que celan el éxito del prójimo; a todos ellos les aliviará la idea de que encontraremos el mismo final e incluso con fecha y hora compartida (no hay nada más democrático que la muerte). Por otro lado, los optimistas de la vida, los que han hecho con responsabilidad un plan de vida e incluso se han preocupado por cumplir a cabalidad este cronograma vital, creo que también les aliviará saber que cumplirán al 100% lo trazado hasta donde les tocó avanzar; y si quieren morir satisfechos, pueden reestructurar esta hoja de ruta y hacer resumidas cuentas para los días que quedan, de esta manera cumplirán a cabalidad lo planeado y morirán con cierta satisfacción; pero igual morirán, lástima; aunque quizá eso no esté en sus planes. Siempre he despertado con la sensación de que esta sería la última mañana, los últimos pasos, que sería el último día; y a pesar de mi desgano y flojera, puedo asegurar que he vivido con cierta intensidad y que he disfrutado de estos años en los que he sabido llorar y reí; por tanto, ahora podemos llevar a la práctica el dicho popular que nos invita a vivir los días como si fueran los últimos que nos quedan. Este año (el último) intentaré reparar los errores cometidos, perdonar si hay que perdonar y pedir perdón si fuera el caso. Para los días que nos quedan, intentaré vivir con un poquito más de descaro y por ende con más alegría. Intentaré respirar todo lo que pueda, no dejar ningún pendiente, y sobre todo, y ahora con más razón que antes, intentaré sobrevivir hasta el diciembre próximo en que todo volverá a ser oscuridad. Sería una vergüenza terrible morir antes del fin de los días sabiendo que no falta mucho para esto, sería en verdad bochornoso no disfrutar de aquel espectáculo tremebundo, ser la última generación de la humanidad en dejar rastro. Si fuera verdad esto del fin del mundo, en cierta forma seríamos unos privilegiados y no pretendo perderme tal honor. Entonces, que esta fatídica premonición nos sirva para valorar lo poco que nos queda, para disfrutar sin complejos lo restante, para vivir aunque sea este par de meses a intensidad. La vida siempre fue y será una, habrá que disfrutarla. Ahora lo que en verdad nos debería preocupar, es saber que no se acabará el mundo este diciembre venidero, que se repetirá la secuencia cronológica de toda la vida, el terrible trajín cotidiano, la monotonía exigente de seguir viviendo; eso si me da escalofríos y produce en mí un temor considerable y una preocupación que podría llevarme al suicidio.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Las llamadas que no sé hacer

A la Srta. número uno no la llamo porque me aguanto, porque creo que no se lo merece, por despecho, por orgullo, porque creo que es lo mejor. No la llamo aunque a veces me muero de las ganas, aunque a veces me da pena y quiero hablar con ella, escuchar su voz, quizá y verla. No la llamo porque a pasado mucho tiempo, porque creo que está bien y no quiero molestarla, porque siento que es inútil, que no es lo más inteligente. A la Srta. número uno no la llamo y a veces me arrepiento no ser tan valiente, osado, temerario para hacerlo. A pesar de las ganas que me invadían (porque con el tiempo todo pasa, también las ganas), a pesar de pensar en ella todavía con cariño (quizá y no debiendo ser así), a pesar de todavía tenerla en cuenta y sabiendo que todavía su presencia limita el hecho de que intente una relación con otra chica (no sólo su presencia sino también su recuerdo, debido a que por algún motivo extraño, no pretendo entablar ninguna relación amorosa porque he llegado a la conclusión desamorada de que estar con alguien te obnubila la mente y en verdad te convierte en un tarado), a pesar de extrañarla cuando todo me apesta, creo que no la llamaré y cerraré ese libro despacito, página por página (ya no queda mucho). A pesar de miles de cosas que atormentan esta mente confusa y desafortunada, a pesar de poder y querer hacerlo, el deber me indica que no es lo mejor y a la larga sé que no lo haré. He pensado en borrar todo rastro de esta Srta. número uno, para no tentar ningún tipo de posibilidad y quebrar esta voluntad endeble. Esta llamada tentativa, no será nunca, porque el presentimiento me dice que es lo mejor. Me aguanto hasta que me olvide. A la Srta. número dos no la llamo porque no la veo, porque está lejos, porque no sé nada de su vida, porque tiene otra vida distante de la mía, porque ya pasó tanto tiempo que ha afectado mi memoria. A ella no la llamo porque me parece innecesario hacerlo, porque sé que la chica que atenderá mi llamado dista mucho de aquella que se fue hace tiempo. Tengo los mejores recuerdos de ella, los más dulces de una relación. Me sorprende con una que otra llamada, muy pocas al año, pero nunca dejan de ser especiales, nunca dejan de ser bien recibidas. Me encanta escuchar sus carcajadas sin remilgos, su humor todavía escandaloso. Lo que pasó con ella fue hermoso, pero pasó y me curé de la herida del desamor y por ende también de la nostalgia de saber qué será de ella. No la llamo ni la llamaré porque siento que la aburro con mis comentarios, porque a veces se asusta creyendo que quiero retomar lo que también entiendo, ya no hay. No la llamo ni la llamaré porque ella está en otra onda y porque yo soy muy anticuado para ese ritmo de vida violento y loco que lleva ella. No la llamaré porque no quiero molestarla, quiero que se ría a carcajadas como sabe hacerlo y no distraerla con mis historias torpes y aburridas. En conclusión, no la llamaré porque ella no espera mi llamada, porque nuestro tiempo ya pasó. A la tercera señorita no la llamo porque no debo llamarla, porque ella me ha dado a entender que quiere concretar conmigo una relación sería y yo no pretendo tener ningún tipo de relación por estas fechas. Por que me parece cobarde ilusionar a una buena chica como ella, porque no quiero abusar de sus caricias y cariños que bien merecidos se los debe tener cualquier otro chico que no sea este canalla. No la llamo porque sé que ella ve mi nombre en su celular y se siente un poco confundida, porque cree que la llamo por necesidad y no por cariño, porque ella tampoco puede ceder a la posibilidad de verme. No la llamo ni la llamaré porque no quiero lastimarla; la quiero ver feliz y esa felicidad no se la puedo dar yo. No la llamo porque la quiero y esta es la mejor prueba de ese cariño A la cuarta señorita quisiera llamarla, debería llamarla, pero no lo hago por una razón muy sencilla, no tengo su número. No se lo pido porque la veo muy esporádicamente y en circunstancias donde siempre estamos rodeados de gente, porque creo que no me lo dará y ser reirá en mi cara. Es una chica muy guapa, tal como me gustan. Es una antipática encantadora por la cual mucho caballeros y canallas (como es mi caso), jugarían un par de fichas. No la llamo ni tiento la fortuna de que pase algo porque tiene novio, porque ya hay un caballero o canalla que tiene a ese trofeo de mujer e incluso tienen aquellos planes descabellados que hacen las parejas confundidas (porque todas se confunden) de casarse y tienen un par de años que avalan esa locura. A pesar de que al parecer le da asco mi presencia, siento (no presiento) que también le da curiosidad conocer a este pobre hombre de ademanes afeminados y sentido del humor estúpido. No la llamo porque no sabría qué decirle, como acercarme más a ella, aunque siento que ella pondría de su parte. No descarto llamarla algún día, antes de que se case, antes de perderla como he perdido a muchas otras, porque casualmente, las que más me gustan o están relocas, o casadas, o muy embarazadas; como ella sólo esta comprometida y no parece una loca agresiva, intentaré probar suerte, esa que no suelo tener. A grandes rasgos no llamo a nadie porque siento que les voy a joder el día, la semana, la vida entera. No las llamo porque no me gusta molestar. Porque creo que la principal regla para que nadie te joda a ti es no joder a nadie. No las llamo porque no se lo merecen ellas, no me lo merezco yo o simplemente merece pensarlo mejor.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Algo en mi cabeza

Voy al súper, al que queda por el nuevo departamento, por el nuevo barrio; una zona medianamente respetable. Casi siempre voy solo, paseando con el carrito, empujándolo con flojera pero siempre con discreta elegancia. Nunca voy a comprar muchas cosas, casi siempre es lo mismo: leche chocolatada, algunos jugos y cosas de limpieza. Veo pasar a las familias, siempre con los niños dentro del carrito, felices; yo también quiero. Las parejas, siempre con miraditas coquetas, con gestitos de amor, con un brillo distinto en los ojos; no sé si quiero. Veo mucha gente que antes no me imaginaría en un súper, gente que ya no sabe de mercados populares, los cuales extraño con nostalgia. Termino de comprar el par de cosas que siempre compro, dando una vueltita más para ver que oferta puede ser de mi agrado. Son pocas cosas, pero el precio siempre es elevado; paso la tarjeta y me retiro algo triste. Cargo aquella bolsa roja inmensa, la arrastro hasta mi morada, un departamento en el cuarto piso. Llego muerto, con falta de aire, con ganas de comprarme el carro de una buena vez. Salgo del trabajo casi siempre golpe de las ocho, casi siempre solo, y adoptando la manía de recurrir el servicio público para regresar. Camino unas cuadras considerables para llegar al paradero, y otras cuantas cuadras más para llegar al departamento. A veces odio subir a los micros, detesto estar parado, recibir golpes certeros y demás, y quiero mi carro ya, pero todavía no lo encuentro. Trato de caminar, de caminar siempre un poco. Llego al depa, preparo alguna cosa; me dirijo a la computadora o prendo la tele. Duermo como es costumbre hasta tarde, y reniego los lunes y viernes cuando tengo clases de piano y tengo que despertarme antes de las nueve. Los fines de semana no salgo, vienen. Siempre recibo una visita, siempre acompañado por algún traguito, siempre conversando y tratando de reír. Paro en casa siempre, sin apuros ni ganas por salir, sin la iniciativa de salir de farra ni perderme entre el humo, las luces de colores y gente que no conozco en una discoteca donde seguro termina la noche en bronca. Toco el piano por las noches, casi siempre de madrugada, y lo toco mejor cuando no está mi profesor, que se duerme en clases porque le aburre tener un alumno con tan mala memoria y con tan pocas ganas de vivir. He convertido mi nueva casa en un refugio, y me siento un refugiado; me siento una persona exiliada, recluida en el lugar donde se siente más seguro y debido a las compras hechas, en el lugar más cómodo que puedo encontrar. Si salgo a caminar es para respirar, porque no tengo el menor deseo de ver gente, estoy aburrido de todos, de todo. He comprado un par de películas que nunca veré, un par de libros que no tengo interés en leer. Sólo escucho música, qué sería de mi vida sin la música. Camino de la cama al baño, del baño a la cama, de la cama a la cocina, de la cocina a la lavandería (porque ahora lavo ropa siempre), de la lavandería al cuarto, del cuarto a la ducha, de la ducha al cuarto, del cuarto al trabajo, del trabajo a mi refugio. Hay algo que me tiene pensado, hay algo que da vueltas en mi cabeza. Ando en casa quizá esperando una visita en especial, no de las personas que normalmente vienen, estoy cansado de recibir visitas que sólo me distraen un ratito. La mayoría de las visitas son de señoritas, señoritas que al parecer la pasan bien conmigo, y aunque les tengo a todas un cariño especial, nunca las llamo ni intento saber de ellas. Siempre hay una llamada que interrumpe mi quietud, que introduce en mi rutina mortuoria un plan improvisado y no me deja entregarme a los brazos del desgano. Definitivamente algo falta. Mi madre, con su sabiduría infinita dice que es falta de Dios, yo no sé. Mis compañeros, los que habitan el departamento conmigo no paran en casa casi todo el día; se encuentran trabajando desde temprano o muy ocupados en sus cosas. Por las noches no tocan mi puerta, me encierro y sigo estando lo más solo que puedo. He recurrido al aislamiento repentino, a la agónica rutina de esconderme en mi refugio privado, a ser miembro de un club que tiene como único socio a mí. Siento que algo no está bien; insisto, tengo algo en la cabeza que no sé descifrar bien o simplemente no quiero descifrar. Hay algo en mi cabeza que da vueltas, como cuy en tómbola, como trompo loco, como mi carro en un óvalo. Tengo el presentimiento de lo que es, y no quiero ceder, no voy a ceder. El conflicto en mi cabeza terminará por desaparecer, eso espero. Quiero hacer las cosas bien, gastar menos dinero en tonteras, leer más, estudiar algo de una buena vez. Quiero hacer las cosas bien, aunque presiento, que todo me sale mal.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El más platónico de mis amores

Cuando veo noticias referidas a asesinatos, violaciones, robos, muertos, caos; cambio de canal, con cierta indiferencia y desdén me abstengo de esa información poco valiosa y por demás innecesaria para mi persona. En cambio, cuando veo gente abrazándose, alegres todos, reencuentros, alegrías masivas y júbilo de multitudes me conmuevo hasta las lágrimas. Y si hablamos de congregaciones del gozo extremo, no hay nada como lo que provoca el fútbol. Cada vez que veo un nuevo campeón, un equipo que se salvó de la baja, una victoria asombrosa e impensada que provoca la locura de todo un pueblo, yo también me contagio de esa emoción desconocida que provoca el deporte más hermoso del mundo, como sabe decir Luis Omar Tapia. Todos mis veranos desde aproximadamente mis ocho años, los pasé en academias de fútbol, por eso mi poca habilidad para el estudio. Todos los recreos del colegio los dediqué a maltratar lo zapatos y sudar las camisas jugando fútbol. Un rubiecito corriendo como llevado por el viento, como poseído por el balón, como enamorado de la pelota. Las tarde en el patio de al fondo de mi casa, dándole una y otra vez a la pelotita, decorando la pared con circunferencias. En época de colegial, siempre fui el mejor de la promo en temas de fútbol, por lo tanto, el más ingenuo aspirante a jugador profesional. Desde la sub – 12 para adelante no me cansé de entrenar, en vestir diferentes camisetas en pos de meter la gordita en el arco de al frente. Marcas de chimpunes, festejos de gol. Recuerdo con especial cariño el olor de los camerines, una mezcla hedionda de cremas musculares, pies y el húmedo del césped, un olor que a veces, puedo percibir con nostalgia cuando veo la previa de un partido. Uno nunca pierde el toque, no pierde el don, pero no es igual. No juego en una cancha oficial hace más de tres años, no visto con vanidad los colores de un equipo, no celebro un gol del compañero ni me entreno para no cansarme antes de la media hora. El fútbol es el más platónico de mis amores y por eso uno de los más especiales. Ahora nos juntamos con algunos otros frustrados a dedicar su vida al fútbol y nos reunimos lo martes, martes donde intentamos emular la gloria de un futbolista. El último martes, en un reto deportivo, recibí un codazo bien proporcionado (como debe de ser) en las costillas que no me dejó dormir, que me abstuvo del trabajo y me mereció un par de días de descanso médico. La gente coincidió impresionantemente en decirme: “Fútbol: es cosa de hombres”, como sugiriéndome practicar ajedrez o dejar cualquier actividad deportiva. Me he visto al espejo, cual mujer embarazada, de costado y con el vientre desnudo, y cual embarazada, las proporciones de mi estómago no dejan de sorprenderme. Soy una pita con nudo, un gordo escuálido, un tipo abandonado y dejado a menos. El tiempo no para y las principales huellas que deja, las deja sobre tu piel, sobre tu cuerpo. Creo que en verdad no fui suficientemente hombre para jugar al fútbol. Siempre me cuide de una lesión, siempre tuve reparo para levantarme por la madrugada para entrenar, siempre soñé más de lo que intenté. Hay goles que grité con locura, pero no todos fueron míos ni fueron muchos. Viajé por el fútbol pero no ha mucho lugares. Me hice conocido por aquel deporte maravilloso pero nunca fui el mejor. Concentré pero nunca estuve concentrado. Entrené pero nunca estuve preparado. Fui convocado a la selección de la ciudad pero nunca fui titular. Vestí la camiseta número diez pero nunca fui el diez mágico que todo equipo merece. Ahora sólo soy un tipo que la conoce pero no la ve, es más, la extraña. Me encantaría coincidir con este deporte algún día y dedicarle todo el amor que no supe darle en su momento, cuando pude ser el novio. Es martes, día de pichanga, día de nostalgia por el más platónico de mis amores. Estoy vendado, con dos semanas de descanso de cualquier actividad deportiva. Me puse el short, saqué las goleadoras del cajón; sentí la fragancia dulce de las cremas musculares, olores corporales, el pasto húmedo. Rodó hacia mí. La vi, la acaricie, festejé un par de goles, sudé toda la resignación. Renegué cuando estuve solo y no me la dieron. Lamenté una buena jugada que no terminó en gol. Me avergoncé al perderme la anotación solo, debajo del arco. Sonreí con la suerte del contrario. Amé. El fútbol es la vida misma, es la vida que no seguí. El fútbol es un romance eterno que nunca acaba en tragedia. El fútbol es tan inmortal como el amor. Si Sócrates murió un domingo con el Corinthians campeón, por qué no puedo morir un martes de pichanga con un minuto de silencio por mi ausencia al partido. Es cosa de hombres, y no fui lo suficientemente hombre para demostrar mi amor. Tengo la costilla adolorida y una venda que abraza mi tórax como impidiéndome disfrutar del deporte más hermoso del mundo. Y como el amor enceguece, me entregué al amor por lo intangible, a lo sublime, me entregué a lo que los conocidos del delirio por este deporte llaman pasión. El dolor, es quedarse lamentando no haber podido concretar un gol. La costilla magullada… que se joda, tengo muchas.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Conversaciones con un loco

Los doctores que he visitado no me han diagnosticado ningún daño patológico. No me han recetado ningún tipo de fármaco para el estómago, hígado o cualquier otro órgano que por la vida descuidada que acarreo pueda llevarme al fin de mis días. El primero, al que fui por un malestar producto de una mala noche, (que no fue tan mala, porque me reí mucho) me indicó que debería consumir ansiolíticos, unas pastillas amigables según me comentó; todo porque al final de la cita médica, y preguntándome él si tengo algo más para contarle, le dije que escuchaba voces femeninas repitiendo mi nombre infatigablemente, llamándome con premura justo antes de dormir. Aquel doctor joven, de comportamiento amanerado y aires de príncipe de las medicinas, atinó a escribir en su prescripción médica, que debía consumir unos caramelitos para la ansiedad, que debía ingerir unos medicamentos que controlen mi organismo, que sólo me iban a dar un poco de sueño y que después todo iba a estar bien, que todo iba a ser felicidad en un mundo mágico y nuevo. Mis polainas con aquel doctor de mirada arrogante y de manos delicadas e impecables que puede decirme que necesito de fármacos que calmen una ansiedad inexistente, mi mundo no será uno de felicidad extrema pero sonrío de vez en cuando y siempre y cuando tome coca –cola y Wilson esté a mi lado, todo va a estar bien. La segunda fue doctora, contratada por el Banco en que trabajo para uno exámenes de rutina. Entré normal, y le conversé de mis planes y mis ganas de tener una nena; le conté también que este sueño podía quedarse en eso, en sueño, porque creo que mi lapicito no pinta, que mis soldaditos no disparan, en buen castellano, que soy infértil, estéril, que no tengo la facultad de procrear en unos espermas que de por sí deben tener flojera de existir. La doctora me recomendó que visitara a su esposo, que él era un Urólogo de aquellos y que podría ayudarme a cumplir el sueño de tener una nena. Fue una conversación breve y amena que luego recaló en sus comentarios médicos que recomendaban que hiciera ejercicios, que consumiera nueces y que visitara al psiquiatra. Doctorcita metiche, yo decido a quién visito y a quién no, y déjeme decirle que tampoco visitaré a su esposo, quien debe tener las manos frías y nadie que tenga las manos frías tocará al pequeño principito, nadie. Recuerdo también haber visitado a un Doctor de avanzada edad el cual no se enteró que ya inventaron la anestesia y me realizó una intervención improvisada con una aguja esterilizada con un poco de alcohol, dándome como receta para unos granitos sospechosos el hecho de inscribirme en clases de música y que sonría más; a los meses me metí en clases de piano y a la fecha no hay resultados, ¡doctor del carajo! Wilson dice que está loco. Los sombreros que tengo me conversan, me ayudan a escribir o a tocar el piano con mayor soltura. Me dicen que los saque a pasear, que los utilice con frecuencia, y aunque siento envidia entre ellos, se alegran cuando les traigo un compañero nuevo; bueno, eso me ha contado Wilson, quien ha estado espiando en secreto y agazapado. He recibido comentarios desagradables sobre el hecho de haber bautizado a mi lavadora como Dora y haberle otorgado el reconocimiento de llamarla mi mejor amiga. Creo que todos son una sarta de envidiosos y lamento que ellos no tengan la dicha de tener una compañera tan leal y hacendosa como Dora, que por nada del mundo dejará de ser mi confidente. Él único que defiende mi posición y reconoce mi vigoroso estado mental es Wilson, quien sabe no sólo escuchar sino también conversarme en los momentos justos con las palabras exactas y los comentarios precisos. Gracias a Wilson me siento tranquilo y hago caso omiso a cualquier tipo de comentario mal intencionado que pretenda hacerme tambalear y teñir de un color gris mis días. No todos tienen la habilidad de la conversación, y no es mi culpa que yo pueda conversar con los doctores amigablemente aunque ellos a mi espalda suscriban en sus apuntes médicos que necesito ayuda de estupefacientes que por supuesto, todavía no he consumido. No es mi culpa que a pesar de hacerles caso e inscribirme en clases de piano tenga tan malos resultados para aquel salpullido sospechoso y otro no menor para tocar el piano. No es mi culpa que tenga un gusto y cariño cuantioso por los sombreros los cuales a pesar de sus rencillas, saben agradecérmelo en conjunto. No es mi culpa que Dora sea tan encantadora y eficaz. Por último, no tengo que lamentar mi suerte ni desperdiciar amistades como la de Wilson, un amigo fiel, incansable en las artes de la buena fe, e indudablemente, un buen amigo mío. Siempre he dicho que el que no tiene un poco de loco, indudablemente, no tiene nada de sano. Por tanto, estoy bien sano, he dicho…

martes, 8 de noviembre de 2011

Lavando la ropa sucia

El sol entra por mi ventana con vehemencia, con astucia, esquivando sin mayor problema la débil resistencia de mis cortinas empolvadas. La ventana lleva mi mirada a la cancha de fútbol de un colegio, veo partidos en vivo y cuando me distraigo le grito al arquero por el score y sin desconcentrarse me responde ayudándose con los dedos, aunque no sepa quién está ganando. Si logro eludir aquel sol rabioso que malacostumbra despertarme, los gritos de los niños del colegio vecino, se arraigan en mis oídos y terminan por alejarme del trance romántico del sueño matutino. A pesar de todo he encontrado algo de paz en este recinto ubicado en zona residencial donde hay gente de costumbres pintorescas, de manías excéntricas, de curiosidades sutiles y elegantes. He encontrado las ganas de quedarme en casa, de disfrutar de una peli que nunca termino de ver, de conectarme a la computadora y revisar mil veces las fotos de mis amigos. He encontrado compañía: el hecho de conversar de vez en cuando con alguien y contarle detalles curiosos de los días que pasan. Me estoy acostumbrando a escuchar bulla, a que entren a mi cuarto intempestivamente con el riesgo de encontrarme en situaciones bochornosas. Estoy adiestrándome a caminar por el pasadizo largo y algo tenebroso que tanto miedo les da a algunos conocidos. Es otro orden, un cambio de costumbres, un cambio de horarios y de placeres. Pero entre todas las cosas buenas que pudiera traerme esta mudanza intempestiva y arrebatada, es el hecho de haber encontrado y conocido a la máquina más asombrosa, al aparato más encantador que he tenido el gusto de tratar; le he agarrado cariño, un cariño especial, y la acabo de bautizar otorgándole incluso, el premio de convertirse en mi mejor amiga. Ella se llama “Dora”, y la quiero mucho, “Dora” la lavadora. Es una maquina encantadora que deja mi ropa percudida brillante. Sólo le doy de comer un poco de detergente, aprieto uno que otro botón que al parecer le dan cosquillas y empieza a hacerme gracias y a sorprenderme hasta el delirio cuando escucho las gárgaras que hace. Ensucio todo lo que puedo, nada ahora está lo suficientemente limpio para Dora, quien me pide que le dé de comer detergente para que ella con renovadas energías empiece hacer gárgaras con mi ropa que también se ve engreída. Ella es fantástica, sólo me pide que la acompañe treinta y tres minutos, mientras le cuento las cosas que me suceden. Dora me escucha paciente, sé que mis secretos morirán con ella, que no se atreverá a contar nada de nada; y cuando ya casi acaba el tiempo, hace pila sobre el lavatorio y entiendo que quiere que saque las prendas que con tanto cariño ha lavado para mí y la deje a solas. Las depone casi secas y oliendo delicioso, no como yo las dejaba cuando lavaba a mano. Mi ropa también se siente feliz y protegida con la presencia de Dora, quien ahora es mi mejor amiga. Mi cuarto está ubicado en lo más profundo de ese pasadizo tenebroso, al final del camino. Tiene el armario más grande que he visto, el armario más gay que alguien podría tener y me siento orgulloso de eso. Tiene baño propio, con una bañera que incita a grabar películas “XXX” con velas y esas cosas lindas que tiene la vida. El decorado es muy parecido al del cuarto anterior, bastante objetos de los Simpson, mil gorros y sombrero y mi piano celoso porque no le he puesto nombre y porque converso mucho con Dora. No sería mala idea presentarlos bien y que ellos pudieran tener algo en el futuro. Él cantándole una de las mil canciones que tiene grabadas y ella con mariposas o ropa interior en su estómago. No sería mala idea, pero primero le pongo nombre para limar asperezas. Escucho más música que antes, retomo poco a poco la costumbre de la lectura, de despertarme un poco más temprano, aunque ahora como menos porque todavía no encuentro un buen refugio culinario que satisfaga mi paladar mustio. Mil planes, mil visitas, pero siempre falta algo, siempre hay una ausencia misteriosa que por ahora Dora la lavadora sabe llenar. Es época de lavandería, de limpieza extrema. Es tiempo de renovación, de blanquear no sólo la ropa percudida, sino también algunos pasajes largos, oscuros y tenebrosos como el que lleva a mi cuarto. Es hora de librarme de esa suciedad adherida a mí. Me veo dentro de poco renovado, motivado y por supuesto, lavando ropa al lado de mi amiga Dora.