martes, 6 de julio de 2010

Carta de reconciliación

Siempre te doy las gracias, porque hay un momento en el día en que me doy cuenta de que no soy tan miserable como creo que soy; porque a pesar de que siento los golpes duros de la vida también soy conciente de que aún estoy en el ruedo y con las posibilidades intactas de dar aquel golpe de suerte, aquel golpe trascendental, aquel gran golpe esperado; y bajo esa espera, te agradezco de seguir aquí, en la lucha. Siempre te pido algo, porque es naturaleza humana hacerlo, porque también soy otro mortal que se acuerda de ti para pedir. Yo creo que eres un tipo que sabe perdonar, por ahí leí que ese era tu oficio; por lo tanto, a veces hablo con desparpajo sobre temas que te hacen referencia, con una soltura que otras personas no dudan en hacerme notar. Si me conoces bien sabes que soy un tipo de sonrisa fácil, con aires de divo pero humilde después de todo. Que tengo mis defectos pero ninguno mortal o que complique la vida a otra persona que no sea yo. Es un problema mayor pelearse contigo, o por lo menos discutir; porque hay cosas que la verdad no entiendo o no quiero entender, y creo que eso te molesta un poco. Puede ser que también te hayas dado cuenta que yo aprendo mejor por las malas y haces de las tuyas y me tienes en ascuas días enteros. Sabes que soy un tipo tolerante, de paciencia casi beata, que suelo ver el lado bueno de las cosas y trato de no desesperarme ni hacerme problemas. Mi madre, desde chiquito me ha llevado a misa y ha inculcado en mí, de una manera tan particular y disimulada, amor por ti. Yo siempre he sido renuente, chúcaro, díscolo para contigo. Desde pequeño me quedaba bien dormido en misa, casi desde que empezaba. He escapado de las responsabilidades religiosas con una facilidad casi demoniaca. He preferido los amigos, el fútbol y un sinfín de cosas antes que a ti, aunque nunca me haya olvidado por completo. Mamá me daba de beber agua bendita (y he escuchado por ahí que eso es pecado. Discúlpame a mí y a la loca de mi madre por favor), todo para purificar mi alma. Mi madre me ha presentado a sus curitas y padrecitos casi todos colombianos que me han hecho cariñito en la cabeza y me han dejado su bendición con una sonrisa en los labios, como diciendo “tu mamá te quiere meter al seminario”. Mi madre me ha enseñado a rezarte con los ojos cerrados y antes de dormir, todos los días y sin peros que valgan; tú sabes que hacía el intento pero era más fuerte el sueño. Siempre que algo andaba mal era falta de Dios para mi madre, y quizá haya tenido razón. Por lo tanto, toda mi vida he estado involucrado contigo, algunas veces con mayor fuerza que otras. Las amigas de mami todavía saben hacerme cariños en las mejillas recordaban cuando asistía a misa e incluso bailaba en las actuaciones parroquiales; las viejitas esas tienen una memoria prodigiosa. Cuando cerraba los ojos antes de dormir y te rezaba con flojera, en algún momento de mi inocente oración, sentía que volaba, que flotaba, que me despegaba de la cama; cuando se lo contaba a mamá juraba que era tu presencia, que era casi un milagro y que antes de ser cura iba a ser santo; la verdad que yo también sospechaba que eras tú. Ahora las cosas han cambiado un poco. Ya no voy a misa, la verdad que no lo creo necesario para estar cerca de ti. No rezo demasiado, y si lo hago es porque algo no me va bien y porque soy un convenido, así me siento. No me persigno cuando paso por una iglesia porque me parece que no es manera de recordarte, en una cruz clavado, aparte de mi apatía. A veces me siento un hereje, un falto de fe. Muchos de aquellos triunfos inesperados te los dediqué a ti, lo hacía por inercia, porque sabía que tú estabas detrás de todo eso. Ahora que me he llenado de pequeñas derrotas que me hacen sentir un gran fracasado, también te culpo un poco y reniego, reniego contra ti y te pongo en duda. No me confieso hace años porque me parece hipócrita decir lamento haber hecho esto y saliendo del confesionario volver hacerlo, porque a esos padrecitos les apesta la boca y no hay santa crema dental que nos salve de aquel infierno bucal, además de que desconfío de la confidencialidad que los padres pregonan, son una sarta de chismosos esos curitas violadores (y entiendo que no todos y a estos comentarios me refiero cuando hablo de soltura verbal). Mi madre cada vez que me despacha, cada vez que la visito, me pone estampitas y oraciones que tengo acumuladas y aunque respeto mucho, les doy poca importancia. La religión para mí es la mutilación de tu persona, la desmembración de la fe y de tu amor. Por lo tanto no tengo religión y no debo de cumplir ningún mandamiento o petición que algún grupo de mortales como yo ven necesarias para estar en paz contigo. Yo creo en ti y a mi modo intento no dañar a nadie ni provocarte alguna molestia. Soy un pecador pasivo, pero pecador al fin. La cuestión es que es jodido pelearse contigo porque no tengo chances de ganar, ni siquiera de sacarte un empate para definirlo por penales donde cualquiera puede fallar (ya sé, ya sé, tú no). Pelearse contigo no es conveniente ni sano, por lo tanto, intentaré cambiar en algunas cosas que te pueden hacer enfurecer y para eso, necesito un poco de ayuda, ayuda tuya obviamente. Trataré de no blasfemar, de no renegar contra ti, de orar con más frecuencia, de ser más servil al prójimo, de renegar menos, de intentar ser otra vez tolerante, de regresar al camino dónde te conocí, de cumplir todo lo antes prometido (y sabes que no me gusta prometer cosas que no voy a cumplir). Tu justicia es rara, la verdad no la entiendo y no voy a intentar hacerlo. Te sigo agradeciendo todo, te sigo pidiendo algunas cosas (y sabrás comprender las necesidades. Ya sé, ya sé, la lotería no es una necesidad). Y ahora, también he aprendido a pedir disculpas, a darme cuenta de algunos errores que cometo no sólo con frecuencia sino que también con facilidad. Lo único que quiero es que mantengas a esa madre loca y enamorada de ti a salvo, bajo tu brazo; que la cuides y perdones por sus errores, que le des la oportunidad de ser feliz y me uses de instrumento a mí para que lo sea. El hecho de que Benedicto no me inspire confianza e incluso me caiga un poco pesado no significa nada personal contra ti, es una humilde opinión y nada más. Cuando me tiré aquella primera borrachera y asistí a la vigilia de confirmación (iglesia) en aquel estado poco presentable, y me refugié en el baño del segundo piso de la parroquia para que el padre no me viera ni me expulse, y vomité todo lo que pude y dormí abrazando el inodoro, no fue un acto de protesta. Mi madre me llevó donde un cura chileno, el único cura que respeto y al cual le tengo un cariño especial. Aquel padre no dramatizó nada, me propuso tomar un vinito de la sacristía y darme algunos consejitos para que el trago no me llegue tan rápido, aquel padre que me dijo que el único pecado cometido aquella noche fue no haber comido nada antes de libar alcohol, aquel padre que creía en ti y predicaba tu amor con amor. Ojalá y promuevan más padrecitos como aquel y después de promoverlos no los estén sancionando (también como a él). Aquel padre me dio la fórmula para dejar de combatir contigo sin salir herido, me hizo una pregunta que absolvía cualquier tipo de deuda hacia ti, me pregunto mirándome a los ojos: ¿Crees en Dios? Yo ya tenía pensamiento subversivos en mi cabeza pero no dudaba de ti. Respondí: - Si - muy seguro y también mirándolo a los ojo. – Entonces estás jodido – me respondió, y respondió a algo más que a esa pregunta.

miércoles, 16 de junio de 2010

Vacaciones

Es tarde, mi despertador me ha traicionado o yo soy un oso que inverna. Son las diez con treinta de la mañana y mi carro salía a las ocho. Ya no tengo mucho dinero, por eso compré mis pasajes en económico. Pude haberme comprado los dos (el de ida y regreso) en imperial o dorado, total, he vuelto a comprar el que perdí porque la señorita dice que no hay solución para los clientes que pierden sus viajes sin previo aviso, peor aún si se han quedado dormidos después de hablar por celular hasta las cuatro y media de la mañana. Compro un pasaje nuevo, también económico; tengo que esperar cerca de una hora para que salga el bus. No tengo dinero, no he tomado desayuno y tampoco pienso almorzar antes de viajar. Mi idea es seguir durmiendo las casi siete horas de viaje, espero poder hacerlo. Ya han pasado quince minutos de la hora prevista y mi carro no aparece, creo que lo he perdido otra vez. Leo “No se lo digas a nadie” y siento que yo también quiero ser escritor antes de ser terrorista y poner una bomba en esta empresa de transportes. El carro aparece, casi media hora después y yo tengo hambre. Subo mis cosas a la maletera con cara de “si quieren se demoraban más”. Me piden el boleto para subir y desglosan una parte del mismo, el tipo que lo hace tiene una cámara de video que no utiliza. Busco mi asiento siempre con mis gafas negras que me haces parecer un búho triste y éste esta ocupado por un viejito regordete que mira la ventana (porque me encanta ir a la venta) y se hace olímpicamente el tonto mirando melancólicamente el vidrio. No quiero pelear y me siento sin decir nada. El carro parte con otros minutos de retraso agregados a su llegada. Sin quitarme las gafas empiezo a releer mi libro y aparece un colombiano que empieza a hablar sobre una feria de artesanías, promete regalar algunas piedras o gemas que venderá en la feria, piedras que tienen la propiedad de absorber la mala vibra y limpiar el alma. Pienso en comprar una caja. Hace juegos, tiene facilidad de palabra; yo no lo miro pero tampoco puedo leer. Dice que rematara algunas cosas que tiene, que cuestan veinte soles pero lo dejará a diez e incluso, regalará algunos otros accesorios. La gente tonta compra sus cosas, cuando el colombiano vivo las vende al doble de precio pero dice que está de buen humor y quiere premiar al generoso público peruano. Sale como con cien soles en sus bolsillos y yo lo odio por ser tan vivo y odio a las personas que le compran por ser tan tontas; yo también quiero vender las piedras que encuentro por ahí antes de ser escritor y terrorista. El bendito bus económico hace una parada cada diez kilómetros y nos invaden un millón de ambulantes con su chicharrón de sol, sus papitas arrebozadas, sus empanadas, sus alfajores, sus humitas dulces. Yo me muero de hambre pero prefiero morir de hambre que con una diarrea endemoniada. La gente sigue gastando su dinero en comprar comida. Cada parada significa una gastadera de plata. - Con lo que gastan en comida podrían haberse ido tranquilamente en avión – pienso. Luego de unas horas el carro parece un mercado con los olores amalgamados entre comida, sudor y otros aromas desagradables; por eso antes de viajar me baño cuidadosamente para no incomodar a nadie con algún hedor propio. Debería haber una ley que restrinja el viaje de las personas sin previo baño, con una multa elevada para cuando falten a esta norma, o algún colombiano sapo que venda piedras que absorban el mal olor. El carro es un chiquero pero igual la gente logra dormir. Yo atino a lo mismo. Llego a Tacna y mi madre me espera hace una hora en el terrapuerto. La veo un poco más delgada y con algunas arruguitas más marcadas. Me abraza, me besa, me examina. Dice que estoy más flaco, que estoy con el cutis feo, que debo cortarme el cabello, que tengo cara de anémico. Voy a recoger mis cosas y describo mi maletín al señor que se encarga de la entrega de equipaje, este ni me mira y me indica que coja el mío (que puede ser cualquiera) y me retire. Llego a casa y empiezo a comer como loco. Mi madre me mira asustada y no duda en alimentarme, su propósito es engordarme en una semana. Durante la semana sólo como y duermo, tampoco quiero más. Mi prima me pide por favor lleve a mi sobrina de quince años a sus clases de inglés, yo acepto porque no tengo nada que hacer. Mi sobrina es una señorita guapa, alta, esbelta; seguro que tiene su grupo de seguidores y también ese público mañoso que está presto para molestarla. Caminamos rumbo a sus clases y hablamos un poco de todo. No puedo creer que haya crecido tanto y tan rápido, ya es una mujer y está lindísima. A dos cuadras de su instituto de inglés me comenta que se encontrará con un amigo para hacerlo entrar, puesto que él no cuenta con el carné del instituto. Lo ve de lejos, me dice que seguirá con él, que no es necesario que los acompañe. Yo asiento, le doy un beso, ni siquiera saludo al susodicho, sólo le di una miradita y pensé que mi sobri está para conseguir chicos más guapos. Entonces doy la media vuelta y me voy. Una cuadra después me doy cuenta lo despistado que soy, de que soy un irresponsable al dejar ir a mi sobrina con un desconocido (por lo menos para mí), que ni siquiera lo saludé; busco en mi celular nuevo (porque el otro lo perdí también por distraído) y no tengo el número de mi sobrina. Empiezo a rezar en la calle para que este tipo no sea holandés, para que no le pase nada a mi sobrina, para que llegue sana y salva. Tacna es tan chiquita que por cuadra te saludan dos personas y yo no sé quiénes son. Me encuentro con un amigo con el que compartí mi etapa pelotera, nunca tan titular como él en la selección de fútbol de Tacna, me confiesa que lee mi blog y por poco lloro. Me han dicho para ir a jugar una pichanguita y estoy concentrado en aquel partido, en hacer respetar la imagen de jugador de fulbito que aún conservo entre los menos allegados. Tacna siempre chiquita, puta y chismosa. Cuando veo los cambios, a los amigos, las promesas, la familia; quiero quedarme. Días después jugamos el partidito de fútbol, ya no es lo de antes pero aún conservo la magia. Salimos después de sudar un poco; tomamos unas cervecitas, se realiza una pequeña reunión de promoción sin pensar, todos están más gordos menos yo que sigo siendo un fideo. Nos reímos, chismeamos. Algunos han prosperado y me alegro por ellos, otros siguen igual de conchudos y pienso hacer un club. Llego a casa, casi a la media noche. Mi madre me espera con la comida caliente, avena y demás menjunjes que ayuden a cumplir su propósito de engordarme; no tengo apuros en bañarme, total, no voy a viajar. Llamo a Cristina quien habla con mi madre y se hacen íntimas, quedan en tomar un cafecito. Empieza el mundial. Me levanto más temprano para ver la inauguración pero igual me quedo dormido frente a la tele. Con el mundial ahora si no salgo a ningún sitio. Mi madre me alimenta, duermo toda la tarde, nadie me llama y si lo hacen, no contesto. Es suficiente, me tengo que ir. Recuerdo que dejé a mi sobrina en las clases de inglés hace un par de días atrás. Corro a buscarla a su cuarto y la encuentro feliz como siempre. Le doy un beso y le digo que no se me va a volver a escapar; ella no entiende. Le digo a mi madre que me voy, que tengo cosas que hacer. Me alimenta por última vez, le da pena que me vaya. Subo al bus económico otra vez, malhumorado por el viaje largo que me espera. En el carro me piden ayuda para llevar contrabando, me prometen una propina, debo de tener cara de corrupto. Todo el viaje lo hago solo, como nunca, sin compañero ni viejo ni gordo que me incomoden. Casi termino de leer el libro de Bayly. Tengo erecciones furtivas e imagino una situación comprometedora. Me he mareado como hace mucho no lo hacía; aguanto, no quiero pasar vergüenzas. Llego a Arequipa, cobro la propina, es ínfima; - vieja tacaña – pienso. Los días han pasado suavecitos pero no lentos, no sé cuando regrese a Tacna, quizá cuando vuelva mi sobrina esté más guapa, mi madre más arrugadita, mis amigos más gordos, mi Tacna más puta.

miércoles, 9 de junio de 2010

Las manías del escritor

Llego a casa con una canción en la cabeza, cantándola, inventándome la letra, siempre cursi, siempre hablando de amor, de una separación, de un encuentro, de una oportunidad. El tonito es indicado, muy parecido a los de Fito Paez (sabiendo que no hay punto de comparación). Entre las ocho y media y nueve, del trabajo a la casa, siempre es lo mismo, inventar aquella canción que nunca sonará ni en la radio ni en mi mente, porque sé que me olvidaré el tonito y luego, no encajaran las rimas, las palabras, y será letra pusilánime y venida a menos. Pero me emociono, creo que será la canción que busco, sé que no está mal. Quiero correr a mi cuarto, buscar papel y lápiz, impregnarla aunque sea en un papiro, y darle forma, darle cuerpo, darle vida. Llego ilusionado a mi cuarto y me pierdo, me distraigo. Empiezo hacer algo que no quería, como poner música, y todo al diablo. Sé que la letra es de amor (o quizá de desamor), de un amor inconcluso. Me acuerdo las frases, las rimas, pero no de aquel tonito caprichoso y escurridizo que nunca logro retener. Entonces enfurezco, sé que sin ese tonito no es lo mismo, que no será la canción que soñé. Ahora como no hay tonito, no puede ser canción, y aprovecho la tristeza que me provoca eso para escribir poesía, para transformar aquella canción imposible, lejana, en poesía; total, la poesía no necesita de ese tonito que se me escabulle entre la noche. Empiezo, sé todo de memoria, sé de tu ausencia, de los errores que cometí, de la oportunidad que espero, de los besos que te guardo, de que amanecí pensando en ti, de que abriré las ventanas y saldré a buscarte, como quiera que te llames, quien quiera que seas; que te amo, que te amaré siempre, de que espero que algún día tú también lo hagas, como antes, como nunca a pasado, aunque no te conozca. Todo acá, en esta delicada cabecita; pero nada, no hay rima, no hay inspiración, no hay emoción. Como todas las noches, la idea se pierde, la canción se pierde, el poema se pierde; idea inconclusa otra vez. Prendo la computadora, la computadora austera que he adquirido para escribir mi primer libro, porque también tengo todo en la cabeza, pero no empiezo. Con la computadora prendida, verifico impaciente si tengo internet, si hizo conexión mi internet pirata, pirata como mi propio corazón, y casi siempre es así, casi siempre estoy en la red como un advenedizo, aunque la señal llegue disminuida, como mi propia inspiración. Tengo la bebida caliente de costumbre, generalmente café (con harta azúcar, porque el café amargo es para los machos). Últimamente he cambiado el café por una cocoa con maca, que la tomo por si acaso, por si la suerte toca a mi puerta. Con la bebida caliente a mi derecha, pongo la música adecuada, una que me inspire o por lo menos no desatine. Casi siempre Michael Buble o Fito Paez. Todo sigue su marcha: yo frente a la computadora, sentado en la silla con rueditas, la que tiene el espaldar como cama, todo roto; yo frente a la computadora con la tasa de cocoa con maca; yo frente a la computadora, escuchando música, abriendo el Word; frente a la computadora con hambre de escribir pero sin ideas. Entonces es momento de la ceremonia, levanto la tasa que contiene la bebida tibia (porque la bebida caliente también es para machos), la llevo a mi boquita, un sorbo y listo. A mano izquierda el perchero con los gorros, con mis gorros invaluables, de donde saco el sombrero negro, el que debe poseerme para escribir como loco. Tomo los lentes, que no son ni de medida, ni de descanso, son de un amigo que me los vendió, y ahora, son un amuleto para este conato de escritor fetichista. Las manos sobre el teclado, aplicadísimo, encandilado, esperando la señal. Soy como escritor, un buen lector. No puedo elucubrar nada interesante, no puedo atisbar el camino hacia la prosa que busco. Soy un deficiente, un remiso mental, un renuente del arte, ando ensimismado. Estoy disfrazado frente a la computadora y soy el escritor que quiero ser pero sin escribir nada. Otro sorbo, se enfría mi bebida. No es lo mismo escribir en la computadora; antes sólo me echaba, sentía la necesidad de desahogarme y ya, todo al papel, toda la ira, tristeza o alegría, un descargo de emociones u opiniones que satisfacían a este animal literato. Un sorbo más, queda menos da la mitad. Mis pies se congelan, sólo pienso en un par de pantuflas, más aditamentos para este disfraz chúcaro al que además de pantuflas, le falta una bata oscura. – Con los pies fríos no se puede escribir un carajo – pienso. Entonces me acerco a la estufa que para castigada en una esquina del cuarto y la prendo, la pongo cerquita de mis pies, para que estos no sólo se calienten, sino también, tomen color. Soy más feliz, creo que he calentado también mi cerebro, las ideas surgen, cualquier cosa, cualquier anécdota reciente o recuerdo atesorado. Las palabras fluyen y empiezo como pandemonio a escribir, en unos minutos tengo la siguiente publicación para mi blog, y no sólo eso, la inspiración rebalsa, quizá y hasta alcanza para empezar aquel libro al que le doy vueltas hace un tiempo atrás. Estoy poseído, versado para el arte de las letras. Estoy inspirado para escribir el mejor de los libros, soy un Vargas Llosa, un Coelho, un Shakespeare enamorado. Llego al éxtasis, a la cumbre, al orgasmo literario y lo siento, se acerca… Estoy tocando las puertas del arte y la luz se alejó, la luz me abandonó, se machó, literalmente, la luz se cortó y con ella la pasión del conato de escritor que llevo dentro y odio la computadora, el internet, y la tecnología. La luz regresa en minutos y no guardé nada. Soy un triste, un puto triste. No guardé nada, no almacené nada, ni en esta cabecita de algodón, delicadísima. Soy otra vez el escritor pusilánime de los pies fríos. Doy el último sorbo, ya no quiero más, está todo frío.

miércoles, 2 de junio de 2010

El joven rico

El joven rico trabaja en el banco pero no tiene plata. El joven rico trabajando en el banco cuenta miles de soles pero ninguno es suyo. El Joven rico camina como tal pero se sabe pobre. El joven rico no tiene plata en los bolsillos pero sí en la tarjeta de crédito visa. El joven rico es esclavo de sus tarjetas. EL joven rico no tiene dinero para comprar un pan pero se compra una pizza. (Con visa) El joven rico sólo tiene diez soles en el bolsillo, y después de comprar con Visa, se va en taxi. El joven rico ha pensado en cancelar su tarjeta, pero prefiere cortarse un dedo. El joven rico, carece de dinero, pero invita un trago. El joven rico reza para que le depositen lo que le deben y presta dinero. El joven rico es visto como millonario. El joven rico tiene antojos de príncipe. El joven rico se da más gustos que un divo. El joven rico reniega de su pobreza pero toma coca cola todos los días. El joven rico vota el pan a la basura y no sabe qué comer. El joven rico se levanta al medio día. El joven rico paga puntual sus deudas y se vuelve pobre. El joven rico no sabe llegar a fin de mes. El joven rico se compra sombreros y boinas que no usa. El joven rico se hizo un préstamo para comprar una computadora y escribir su libro y para chateando y no escribe nada. El joven rico come cosas ricas. El joven rico por comer lo que le da la gana, no tiene ganas de comer nada en especial. El joven rico va a un súper a comprar champú y compra medio súper. El joven rico se equivoca y se lleva un reacondicionador y regresa al súper a comprar su champú. El joven rico se lleva la otra mitad del súper. El joven rico se promete ser más consiente pero nunca cumple. El joven rico gasta cientos en tonteras, pero no hace regalos de cumpleaños a su familia. El joven rico no escatima en gastos, por lo menos, no antes de gastar. El joven rico roba internet de la dueña de la casa. El joven rico siempre usa perfume. El joven rico no siempre se baña. El joven rico paga menos en las combis. El joven rico tiene lástima de los mendigos. El joven rico cree que terminará como uno de ellos. El joven rico no da limosna. El joven rico se queja de su trabajo. El joven rico quiere ganarse la lotería para dejar de pensar en sus deudas y dejar de trabajar. El joven rico teme que lo boten de su centro de labores. El joven rico tiene deudas que nunca acaban. El joven rico es un moroso morboso. El joven rico es morboso pero no hermoso. El joven rico quiere el dinero de la lotería para ponerse hermoso. El joven rico sabe que billetera mata galán. El joven rico no gastaría ni un sol en un prostíbulo. El joven rico no irá al prostíbulo porque no tiene ni un sol. El joven rico come lasaña varias veces al mes. El joven rico a veces no almuerza, pero quiere comer lasaña. El joven rico se prepara avena con leche. El joven rico se fríe huevos. El joven rico come muchos embutidos. EL joven rico caga poco. El joven rico se ha vuelto un moroso conchudo con la vida. El joven rico también es ruco. El joven rico es un puto y no cobra. El joven rico toma cocoa con maca y no pasa nada. El joven rico recibe llamadas de conocidos para que les preste dinero. El joven rico es hipocondríaco. El joven rico no gasta ni un centavo en su salud. El joven rico trata de ser honesto con la gente pero siempre es deshonesto consigo. El joven rico tiene más deudas que amigos. El joven rico es mirado con envidia. El joven rico tiene pensado suicidarse y matar con él sus deudas. El joven rico es pobre pero no suicida. El joven rico come poco, rico a veces, pero nunca engorda. El joven rico lee mucho pero no estudia nada. El joven rico es visto como un zángano con suerte por sus familiares. El joven rico es un zángano con suerte. El joven rico se burla de la vida. El joven rico siente que la vida se le escapa. El joven rico quiere morir endeudado y reírse mucho porque sabe que existe un seguro de desgravamen. El joven rico cree que el dinero corrompe. El joven rico no quiere corromperse pero si tener dinero. El joven rico quiere tener dinero pero no ser millonario. El joven rico no quiere tener hijos porque no quiere privarlos de nada. El joven rico no tiene proyecto de vida. El joven rico siente que la vida no le tiene proyectado nada. El joven rico no es tan rico. El joven rico es pobre. El joven rico es feliz de ser un cabrón suertudo. El joven rico sabe que la suerte se le va a acabar. El joven rico sabe que lo quieren y no hay interés de por medio. El joven rico es un hombre feliz. El joven rico no puede comprarse una bata. El joven rico no puede comprarse pantuflas. El joven rico tiene una estufa. El joven rico quiere ser escritor. El joven rico es un pobre escritor y se morirá de hambre por eso. El joven rico tiene visa para un sueño y visa para comprar. El joven rico quiere ayudar a la gente. El joven rico no recibe ayuda de nadie. El joven rico reza en las noches. El joven rico está agradecido con aquel Dios misterioso. El joven rico se ríe de la pobreza pero duerme con ella. El joven rico, con el paso del tiempo, con deudas y antojos, con gustos y disgustos, se hace un viejo pobre.
El joven rico, cierra los ojos, y se caga de risa.

martes, 18 de mayo de 2010

Camino a Cristina

Es como si me conocieras desde hace mucho. Es como si te quisiera antes de quererte. Es como si todo esto hubiera estado planeado, como ver el gol de Maradona a los ingleses, todo de memoria. Tú eres la psicóloga que intenta comprenderme, que se ríe de mis tonteras sin saber si está sorprendida o asustada. Eres la niña buena que quiere al tonto malo que no quiere hacerte daño, pero es tarde. Te da risa todo lo que digo, pero no lo último que te conté. Aquella chica escandalosa saltó sobre mí y me besó, y me reí, y se molestó, y le sonreí. Aquella chica buena pero aniñada me besó creyendo que yo quería besarla, que yo la quiero más haya de la simpatía. Yo me reí, como siempre, como de todo lo que pasa. No le dije nunca que tenía enamorada, me parecía que no era necesario, que era una advertencia antes de ser una noticia. Me besó y no encuentro mayor escusa. Tú esperabas que este ser insensible no te hiciera ese daño, que la historia nuestra te guarde un final feliz, y aunque no creas, yo también quería que sea así. Arruiné no sólo tu llegada; arruiné el fin de semana que había esperado con locura hace más de un mes, porque tú estás lejos, como el mismo amor, estás lejos de mí, y ahora, crees que es mejor, y yo, también. Tú me habías dicho que si yo fallaba, sólo tenía que confesarte que no quería perderte, que no quería alejarme más de ti. No lo hice, no te pedí nada porque no me permito ser tan canalla aunque a veces quisiera. No sé si te rompí el corazón, pero sé que te he sometido a pensar que no debes ser tan tonta, que no debes de despegarte del suelo al cerrar los ojos. Mate la ilusión que abrigaste y me siento un asesino. El camino a Cristina que emprendí se ha perdido en el horizonte. No besaré tu dedo meñique ni te escribiré cartas con frecuencia. No te mandaré fotos de mis sobrinas ni te soñaré cerca. Creo que estoy acostumbrado a finales despiadados e inesperados, que intento limpiar mis errores siendo sincero, descarado, miserable. Vivíamos pegados al celular, como si fuera un apéndice más en nuestro cuerpo. No te mentí, no lo hice y no lo haré. Esperamos mayo juntos, esperamos que me recogiera. Mayo no ha terminado pero ya se llevó lo que marzo me regaló. No te permites ser rencorosa y me hablas respetando tu promesa de amistad. Tú serás entonces mi primera amiga, la que me es imposible tener. Te venció la lógica, las sumas y restas que sacaste en veinticuatro horas. Me venció mi mala saña, mi categórica reputación de ligero que no me canso en negar. Me encanta conversar contigo y que te rías de mis cosas, que yo de las tuyas, también hago una fiesta. Me encanta tu vocecilla de chica dulce y malcriada que se ríe de ella con sinceridad. Si pretendes castigarme, te confieso, tu ausencia por las noches, me mortifica, pero es cosa de tiempo. He obrado mal como tantas veces, ¿cuándo aprenderé?, cuando me enamoré… ¿y si me quería enamorar de ti? No te vi ni te veré pronto, el tiempo es sabio e ingrato, lo sé por experiencia, y quien sabe cuando te vea (que sabemos no será pronto), esperaré que me saludes con el mismo cariño con el que yo lo haré. Pequeña Cristina, mi niña chichera y malcriada. Estas no son más que palabras, no son más importantes de las que te dije antes, y por lo tanto, son ya igual de relevantes. Camino a Cristina me divertí mucho y también me di cuenta de que lo impensado es siempre más fascinante. Camino a Cristina me distraje, me senté a descansar y perdí el paso. Como en tu libro, como en el mismo Camino a Cristina, al final de la historia, las palabras no bastaron y no hubo un final feliz. La vida en general, suele ser así. Besa tan sólo su dedo meñique, mi signorina, mi querida signorina, il bambino birbante.

domingo, 9 de mayo de 2010

Intento

Despierto de repente y veo todo con un miedo que parece haberme acompañado mientras dormía. Observo todo y sé que no es mi cama, que no es mi cuarto, que algo no está bien. Mi madre se acerca y veo su cara de preocupación, en sus ojos veo tristeza. Tengo una sonda en mi mano izquierda que no sabe explicar su presencia. Intento recordar y no tardo mucho en regresar un par de horas en el tiempo, a un pasado fresco pero esquivo. Entonces las imágenes visitan mi cabecita confusa: Llego tarde a casa, triste, muy triste; con una pena enorme en el corazón. Me he peleado con él, siempre me peleo con él y me da bronca que sea así. Llego a casa entre tristezas y rencores y recuerdo que he comprado hace un par de días un tequila que ahora, me puede acompañar. No lo dudo, lo saco de su lugar y lo abro con furia. No pretendo beberlo todo, sólo necesito emborracharme y quedar dormida, sólo necesito anestesiarme y salir de esta triste realidad unos minutos, caer noqueada y amanecer con una resaca que no me permita hacer nada más. Pienso tomar aquel tequila como se debe y preparo todo: sal y limón listo para acompañar. Estoy sola y empiezo: sal, tequila, limón y el ardor en la garganta, el respingo que provoca, el alcohol entrando en mis venas. Un shot, uno más; ya no me quema al ingerirlo. Un cuarto de botella, voy por la mitad. El tiempo se hace corto y el tequila disminuye pero no mis penas. Estoy ebria pero consiente de mi dolor y necesito más. La botella se ha extinguido. No me siento bien, pero es más el dolor por la tristeza que por el licor aquel. Quiero dormir, quiero dormir pronto y olvidar todo: mis errores, mis peleas, matar mis fantasmas, o quizá, liberarlos de esta mente que los aprisiona con recelo. Recuerdo mis pastillas, me hacen dormir al instante, son tan poderosas como esta pena, como este profundo hueco donde hoy me hallo. Las ingiero, no pienso en nada más. Alcanzo a acercarme a la computadora, entrar en línea, encontrarlo a él conectado, aprovechar el momento y las pocas fuerzas que ahora me quedan. Le digo que estoy ebria, que me siento sola, cansada y mal. Él dice que irá a buscarme, que no tardará. No recuerdo más. Los bomberos llegaron a casa y me encontraron inconsciente, tirada, como muerta. Estoy en el hospital y mi madre me mira tratando de ingresar en mi cabeza loca. El doctor le ha dicho que esto ha sido un intento de suicidio y me quiere internar. Son tres días que pasaré observación en psiquiatría. Mi madre acepta. En mi cuarto hay seis camas y la mía es la última. Lloro mucho, lloro porque siento que he caído bajo y porque no estoy tan loca. La chica de al lado me pregunta por qué estoy aquí. – Intento - le respondo. Ella dice que escucha voces. Yo tengo miedo de que le digan que me mate. Otra chica me dice que es la Virgen María y yo me persigno. No estoy tan loca, no intenté matarme aunque casi lo logro. No quiero estar aquí; el chico de al fondo me mira mucho. Le digo a mamá que no aguanto, que no estoy loca. Ella me cree y firma todos los papeles y me saca, me libera de estos tipos que se ven bien pero están remal. A mi me ven al revés, me ven mal pero estoy bien. Ya no más. Hay gente que tiene problemas mucho más graves y alarmantes que los míos y no están en una cama con cinco desconocidos que también deben sentirse solos. – Ya basta – me digo y me convenzo. Pienso que con mi edad, con tanto por vivir y con tantas cosas a favor: linda, inteligente, chistosa, con una carrera terminada, con una madre valiente que me adora, con un Dios que sabe perdonar, ¿qué hago aquí? Reacciono, no quiero pasar por esto otra vez. Lloro mucho y ya, me siento mejor, como si cada gotita de sal se llevara con ella un poco de todo lo malo que llevo dentro mío. No estoy loca, no tanto.

domingo, 2 de mayo de 2010

Cuando Mayo llega

Mayo se aproxima y siento el olor a muerte acercándose, rondándome, mirándome de soslayo, como coqueteándome. La muerte se acerca a paso lento y es como un ángel asesino. Siempre he creído que mayo es un muy bonito mes para morir, es más, creo que moriré en mayo, un mayo cualquiera. He sufrido un pequeño asalto, en los últimos días de abril, en el preámbulo de mi muerte. No quiero cruzar y él me espera. Es alto, fornido; es un hombre de peligrosas facciones, con una cicatriz que le cruza toda la cara, con una cicatriz que le recuerda que la vida del hampa, del alcohol y las drogas también están marcadas en su piel. Yo sé que me espera, que al frente, en la vereda de al frente, lo espera un moreno espigado listo para saltar encima de mí aunque sea por una moneda, aunque sea por escuchar un grito que satisfaga esa vanidad asesina que lo corroe. El hombre alto y fornido se para frente mío, me mira como diciendo que sé que es lo que viene. Le sonrió, y Dios se pasea por mi boca y reproduce un provocador - ¿qué pasa primito? – que deja sorprendido al criminal borracho, quien me da pase haciéndose el loco, haciéndose el desentendido, haciéndose, tal vez, la misma pregunta que yo. ¿Por qué le dije eso? Lo vi a los ojos, lo vi sin miedo, sabía que en su mano izquierda empuñaba su cuchillo que lo hacía más fuerte, casi invencible. - ¿Qué pasa primito? – y ni el cuchillo lo alentó a seguir, a creerse la farsa de que en verdad es invencible. - “No te tengo miedo” - eso debió descifrar. Y la muerte susurro a mi oído, sólo por unos segundos. Me siento mal, estoy enfermo, con enfermedades que no he descubierto aún, con enfermedades que intento descubrir. Me han salido manchitas en el vientre, creen que es sarampión, rubeola o viruela. ¡Es la muerte muchachos! Que se ha disfrazado nuevamente. Estoy débil; últimamente no he tratado bien a mi cuerpo. La muerte es mujer, y se ha encaprichado conmigo, tanto como yo con ella. Este mayo me convierte en un suicida cobarde, en un hipocondriaco vanidoso y pesimista, que no busca remedios ni es tan melindroso a la hora de defenderse de sus enemigos asesinos. Mayo es un mes delicioso para dejar este armazón de carne y hueso y partir hacia dónde todos tienen miedo de ir, o no llegar. Me seduce la muerte todos los días, todos los meses, entiendo que mayo es el indicado. La muerte, sin dudad alguna, es lo más importante que te pasará en vida. Yo estoy ansioso de partir, de dejar un poco más de aire para aquellas personas que lo usarán de una manera más útil. Mayo, otoño. Me pongo idiota estos días porque quiero estar listo, porque quiero que me tomen la última foto sonriendo, como agradeciéndole por todo a los que quiero y burlándome de los que no me quisieron nunca, pues la verdad, no los conozco y por lo tanto, no hay rencores de mi parte. El veneno para mi muerte lo suministra mi cerebro, mi corazón lo celebra. He tomado pastillas que me hacen dar sueño y me pregunto si despertaré, si volveré a ver el sol entrar por mi ventana, si tendré la oportunidad de regalar un beso, de recitar un te quiero, de sentirme vivo con cada pasito, de llegar por la noche a casa y a pesar de todos lo pretextos para no querer seguir, dar las gracias. Pastillitas mediocres, cuánto me hacen pensar. Y es que mayo me pone así: sensible, suicida, melancólico, poeta. El amor y la muerte son una combinación letal. La muerte te acerca al amor más puro. Un soldado, al morir, no pide que los salven, piden que cuiden de su mujer y sus hijos, que lleven como sobreviviente el mensaje de amor, de yo los amé, de yo los amo y amaré siempre. Cuando sientes a la muerte posar su mano sobre tu hombro, lloras por amor, son lágrimas de amor que limpian tu alma de todos los errores que cometiste, que baña tus últimos minutos de perdón. La muerte, en las últimas palabras que regala a tus oídos, confiesa el secreto del amor, del amor que puedo salvarlo todo, que puede lograrlo todo, que puede hacerte inmortal. La muerte en su fase más sublime se convierte en tu cómplice y te enseña a amar. No quiero partir sabiéndome culpable de nada, no quiero dejar este mundo material con pendientes que luego no pueda subsanar. Mayo se acerca y siento, moribundo, el olor a muerte; entiendo que se acerca el ángel asesino. Mayo se acerca y esbozo una sonrisa, listo para la última foto. Mayo se acerca y la espero con ansias, pongo mi mejilla para que me regale un beso. Mayo se acerca y estoy sentado leyendo un libro. Mayo se acerca… y me iré con ella; y al partir, seré feliz.