Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
lunes, 27 de septiembre de 2010
Los ojos que me miran
miércoles, 22 de septiembre de 2010
El día de mi muerte
Todas las mañanas despierto con la misma sensación con la que la noche anterior dormí: “Me voy a morir pronto”. Y es que tengo un presentimiento ponzoñoso que me azuza a pensar de esta manera. A las doce de la noche, este último 11 de septiembre, en vísperas de mi cumpleaños, un dolor agudo se posó en mi debilitado corazón. Sentí unas punzadas virulentas y entendí que nada bueno podía ser. Terminé por convencerme de que eran gases y así me fui a dormir. El último domingo que fui a comer a casa de mi tía querida (Alicia), quien siempre me espera los domingos con delicias preparadas; empecé a padecer nuevamente de mareos y un dolor en la cabeza que me preocupa por ser un tanto desconocido. Comí delicioso un asado de carne con ensalada y un ajicito picante como mi tía sabe que me gusta. Me quedé sentado conversando con mi tío Vicente, quien es un amante de la familia único; y sentí unos mareos arrasadores que me llevaron lentamente a la cama de una de mis primas donde dormí casi noqueado. Desperté a las cuatro y media de la tarde y me despedí apenas y llegué a mi cuarto lentito, como llega la fortuna a la vida de un miserable. Me cambié apenas y me eché a seguir durmiendo. El lunes fui a trabajar muy mareado, contorneándome al caminar, zigzagueante. En el trabajo estuve hecho un torpe y por suerte cuadré con bríos. Esto de vivir pensando en la muerte es una filosofía que practico hace años. Por eso mi andar risueño (y ahora tambaleante), mi paciencia casi beata. No pretendo pelearme o discutir con nadie porque presiento que moriré antes de pedir disculpas o conversar y tan sólo esa idea me aterra: el hecho de irme con algo pendiente y sobre todo, si es con alguien a quien aprecio de verdad me preocupa más que mi propia muerte. Por eso me levanto sin prisas. Cruzo la pista mirando a ambos lados; siempre respetando el semáforo. Mastico lentito para no atorarme. Trato de estar adecuadamente hidratado. Consumo leche y frutas con frecuencia para mantener la mayor cantidad de vitaminas en mi cuerpo (de la “A” a la “Z”) y trato de cagar todos los días (aunque a veces no cumplo). He tratado de disminuir con éxito mi consumo de Coca – Cola (mi mayor vicio), y no fumo casi nada. A pesar de los últimos deslices con el alcohol, tampoco lo consumo con frecuencia ni en cantidades que puedan lacerar mi organismo. En el Banco siento que van a entrar unos matones y dispararán a quema ropa y una de esas balas perdidas se alojará en mi cuerpecito de príncipe y moriré en el acto. Que un tumor maligno e irreversible se aloja en mi cerebro o estómago. Que un terremoto fulminante dejará caer el techo en mi cabeza antes de cualquier reacción. Por lo tanto, me halle donde me halle, me encuentro en constante peligro. Debido a esta sensación mortuoria, me veo en la obligación no sólo de andar con cuidado, sino también, de desenvolverme con alegría; de respirar todo el aire que pueda cada vez que inhalo, de demostrar con un poco más de frecuencia mi cariño, de sonreír con cualquier escusa. Ahora, estos síntomas inusuales que presento se pueden deber a muchas cosas: mala alimentación, algún golpe dado tiempo atrás, a el descuido de mi persona, a un caso terrible de hipocondría o, lo que más me preocupa: a falta de sexo. La muerte es el fin más democrático y equitativo que se pudo dar. Mueren los ricos, los pobres, los altos, los chatos, las mujeres, los hombres, los buenos, los malos y yo también. Mueren todos a pesar de las diversas diferencias que podamos tener. Mueren todos se bañen o no se bañen. Por eso dejo siempre dicho que mis poemas están en mi cajón derecho, la mitad en el cuaderno rojo grande y la otra mitad en el verde chiquito; que por favor publiquen un par. Que me gustaría que todos aquellos que asistan a la despedida de este armazón de carne y hueso, lo hagan en lo posible de blanco, no de negro. Que me perdonen si es que les procuré algún dolor o desavenencia. Que sonrían cuando se acuerden de este niño viejo que no supo quererlos como se merecían. Por otro lado, siento que debo aguantar con valentía estos embates de la vida y no morir sin antes escribir aquel libro que está en camino con una velocidad no mayor a la de una tortuga con diarrea corriendo al servicio higiénico. Tengo que dejar algo antes de partir y espero sea aquel libro planeado y discretamente ejecutado, el mejor recuerdo que pueda dejar. Por ahora soy un sobreviviente que no planea nada a futuro porque presiente no llegará muy lejos. Soy un gitano que no ve en aquella línea larga de su mano muchos años de vida. Soy un bohemio soberbio y alucinado. Le he escrito poemas a la muerte e incluso, el pensar tanto en ella me ha hecho verla sin miedos. La muerte es el final más justo y quizá, el paso más próximo. martes, 14 de septiembre de 2010
Bitácora de un borracho
domingo, 5 de septiembre de 2010
Un jefe no siempre es un líder
martes, 31 de agosto de 2010
La Fiesta y Mollendo
Estoy de copiloto en el carro de Javier. Siempre que viajo, así dure dos horas el recorrido, creo que voy a morir, que voy a perecer y de esta manera, dejar mi cuerpo regado en las carreteras, desmembrado. Primera vez que viajo de copiloto en un auto particular. Ignoraba que se debía tener un mínimo de conocimiento para de esta manera, socorrer o advertir al chofer de algunas cosas. Entonces mi temor se extiende y comprendo que he comprometido a los demás pasajero. Llegamos temprano y sin problemas. Hemos viajado al Hotel de Bruno, mi querido Bruno. Su papá nos ha invitado ahora en invierno porque en verano no quiere que nos asomemos sin pagar (bueno, eso creo). Hemos salido de Arequipa huyendo del tedio del día a día, del trabajo agobiante y duro, de la rutina esclavizante que nos somete. Hemos partido el mismo grupo de siempre: Bruno (¡Larga vida al Rey!), Mónica (mi única amiga), Lalo (quien me pidió que no lo mencionara y al cual le mentí), Javier (que sale poco con nosotros porque como buen pelotero, sale con vedettes) y yo (que soy un tonto). No venimos solos: Gerardo, mi gerente, ha manejado el otro vehículo y ha traído unos choricitos espectaculares; Buba, el gran Buba; Victoria (mi Supervisora) y su esposo, el popular “Gato” también están con nosotros. Mollendo en invierno no es lo mismo; no hay tanta alegría, tantos forasteros, tanta diversión violenta. Entonces paseamos como desubicados y todos nos miran. Las niñas advierten que hay gente nueva y empezamos a caminar como modelos. Me acerco a unas chicas (aprovechando el impacto) y les pregunto en dónde mis amigos y yo podemos beber y bailar. Ellas me miran coquetas y me señalan una esquina: - En la fiesta – me dicen ahora tímidas. – ¿Y de quién es la fiesta? – les pregunto (porque no me gusta entrar de advenedizo a ningún lugar). - De nadie - me responden – así se llama el local: “La Fiesta”-. Me rio avergonzado y me retiro. Nos acercamos a aquel lugar y miramos de reojo y son muchos púberes borrachos frotándose unos a otros al ritmo de un perreo. Nosotros no estamos para esos trotes y nos acomodamos en otro local que parece para adultos. Comemos canchita picante, tomamos una cervecita helada, todo mientras vemos King Kong en el plasma. Conversamos de una u otra cosa, una lluvia de fotografías. La música mejora un poco. King Kong muere. Las cervecitas empiezan a hacer efecto. Me escapo, quiero bailar y me voy a la Fiesta sin saber de quién es. Pago cinco soles y entro con Buba, el buen Buba, quien me ha animado a acompañarlo. No tarda mucho para que unas niñas nos hagan ojitos. Me llaman, me dicen que me acerque donde están ellas. Me preguntan mi nombre. Una de ellas me dice que a su amiga, a una gordita alegre, le gusto. – Abrázala – me pide. Yo la abrazo con cuidado no llegando a cubrir su cintura. Ella avergonzada se ríe y me pide disculpas por el estado etílico de su compañera. – No hay problema – le respondo esbozando una sonrisa conciliadora. Me llevan de aquí para allá y me hacen bailar. Me preguntan cómo me llamo: - Pepito – respondo lo más convincente posible. Entonces Pepito para todos. – Diecisiete se cumple una vez nada más - me repite la más ebria mientras grita y baila un reguetón malcriado cerquita mío. Es suficiente. Salgo lento, con pana y elegancia. Salgo pensando que si algún día tengo una hija, no va a conocer Mollendo. En el otro local de adultos la fiesta se puso buena. Bailamos salsa con todos. No interesa si es de otra mesa, si sabe bailar o si quiera, si tiene ganas. Hacemos lo que queremos y nadie se queja. Mi cabeza está en otro lado, pienso en aquella chica que me ha intoxicado y no me deja ser el conato de puto que todos creen que soy. Llegamos al hotel solos y me siento bien por eso, no quiero ir a la cárcel porque “diecisiete años se cumplen una sola vez”. Al día siguiente salimos a pasear. Me pongo mi sombrero preferido con una camisita veraniega que en invierno no se ve tan mal. Paseamos por las playas. Me encanta caminar por la orilla del mar, sintiendo la arena entre los dedos de mis pies. Recogemos dos chicas de la noche anterior y las llevamos con nosotros. Una de ellas tiene una colita linda y la otra está hasta la colita. Uso mi short guerrero, el que me acompaña desde hace ya más de seis años. Entre las rocas encuentro cangrejos y voy a molestarlos. Levanto mi pierna derecha para subir unas rocas y el short se abre a la altura de los cojones. Nadie se ha dado cuenta. Regreso con una abertura pronunciada en la entrepierna y se ríen y les digo que un cangrejo me atacó pero nadie me cree. Terminamos el paseo ya entrada la noche. Acudimos a un local de comida italiana y yo muestro mis carnes pálidas de la entrepierna al público en general. Llegando al hotel lamento el final de mi short y termino de destrozarlo no sin tomarme fotos. Mónica está un poco mal, se le ha cerrado el pecho. Bruno está con dolor de cabeza porque no quiere que tomemos en su hotel y porque anoche durmió sin ropa. El buen Lalo es una locomotora y fuma un cigarrito más. Comemos como cerdos. Yo no puedo ir al baño porque sólo cago en casa. La chica del culito lindo quiere con Javier. Javier quiere que yo lo apoye con la que está hasta el culito. Siempre me toca bailar con las gorditas, y no tiene nada de malo, sólo quiero variar. Buba se ha ofrecido a acompañar a Javier en la salidita con las chicas culito. Yo quiero descansar. Me echo en la cama que tiene la ventana hacia la calle y la luz de la publicidad del hotel no me deja dormir. Mi jefe, Gerardo, que está en el cuarto contiguo ronca con más violencia que un senderista. El monaguillo de la iglesia de enfrente es empeñoso y sale a tocar las campanadas correspondientes a la media noche. Tengo pesadillas. Me enredo entre las sábanas y no puedo dormir. Las dos de la mañana y la luz me jode, el monaguillo no descansa y dale que dale a la campana. Javier llega sin haber cumplido su objetivo tan bien como la chica que está hasta el culito, quien no dejo de vigilar a su amiga (la del culito bonito) en ningún momento. Javier empieza a mandar mensajes de texto. Yo le mando uno: “Duerme mierda”, escucho su risa. El jefe no deja de roncar y yo quiero meterle la campana por el culo al monaguillo cabrón. Me despierto a las nueve de la mañana porque escucho unas campanadas y salgo por la ventana y le grito a ese pequeño mequetrefe. No tengo short para esa mañana. Es hora de regresar a Arequipa, de dejar en Mollendo lo que le pertenece a Mollendo. Subo al carro de Javier. Ponemos “Desnúdate” en una versión cantada por Huey Dumbar. Esta es la canción del viaje. En el camino agradezco la amistad de estos buenos chicos y pido llegar vivo y pronto para ir al baño. El aire golpea la tez de mi cara y me siento vivo. martes, 24 de agosto de 2010
Tengo besos y abrazos
Recuerdo cuando con Rebeca (aquel fantasma dulce que me persigue) andábamos de la mano por las calles taciturnas de Tacna; con dieciséis o diecisiete años a cuestas, bromeando de todo, despreocupados de la vida, enamorados (presiento). Cuando me desesperaba por verla los fines de semana, esto si sus padres le permitían salir a la casa de su amiga, lugar de encuentro estratégico. Recuerdo los poemas que le escribía, que le mandaba con mi pequeña sobrina al colegio (ella, mi sobrina, siempre tan tierna y servicial), las miles de cartas que intercambiábamos, los besos más profundos que recuerdo, su sentido del humor tan dulce. Recuerdo la agonía que me acompañaba de lunes a viernes, casi mortal, que se disipaba por poco al extremo de inexistente cuando la veía asomarse y verme con esos ojitos verdes con los que aún sueño. Han pasado años desde entonces y todavía hay rezagos de todo ese sentimiento inmaculado que Rebeca, mi primer amor, me inspiró durante dos años. Sofía asomó una noche de verano, rebelde y alocada, arrasó conmigo y mis prospectos como un huracán. Ella con su infinito amor por mí me conquistó irremediablemente. Sus locuras me hicieron reír y llorar de verdad y me demostró lo difícil y divertido que es la convivencia, porque paraba con ella casi todo el día: íbamos de compras juntos, dormíamos y amanecíamos juntos, intimábamos como dos viejos amantes. Los días con Sofi pasaron llenos de emociones, pasaron como aquel verano en que nos conocimos y en el cual, sin más escusas, me conquistó. Tacna me regaló estas dos historias lindas y hoy melancólicas que recuerdo con cariño. Llegué a Arequipa huyendo de una ciudad que no tenía más que ofrecerme, intentando hacerme hombre con todo lo que esto implica. Mi búsqueda de la felicidad esta totalmente relacionada a ese amor con el cual creo, sólo he coqueteado. Mi búsqueda de la felicidad y mi proyecto de vida (que es mediocre y cursi, lo admito) no ataña el acumular riquezas y tener un millón de dólares en el banco, ni carros, ni casas, ni acumular riquezas que me hagan menos humano. Quiero el dinero necesario para vivir tranquilo yo y los míos, que en verdad no serán muchos. Han pasado años desde entonces, y el tiempo ha sabido poner en mi camino chicas lindas que han cuidado de mí con esmero. Chana y Cristina, dos chicas grandiosas con las cuales, con un poco más de voluntad, hubiera podido vivir una relación encantadora. Ambas despertaron interés en mí, pero por esta abyecta manía de temerle al compromiso, no les brindé lo que se merecían. Desde que llegué a la “Blanca Ciudad”, no me esmerado por conquistar a nadie o por cumplir por lo menos medianamente, aquel proyecto de vida ligero pero añorado. Mis relaciones en Arequipa han durado poco porque yo no fui el que las escogió, porque yo no fui quien planeo un flirteo delicado y romántico, como más o menos me gusta. No me he esmerado mucho por sorprenderlas si es que a ellas las sorprendí (Chana y Cristina). Entonces, ese vacío, esa retención de besos y abrazos, esas ganas de escribir cartas de media noche a puño y letra, esos poemas que todavía no son por falta de escusa me están consumiendo y acumulándose es este pecho lampiño que casi casi, quiere explotar. Camila apareció, y como siempre, no me llamó la atención a primera vista, no me flechó con la primera mirada ni me conquistó con su sonrisa. Las cosas se dieron naturales y convirtieron el día a día del trabajo en miraditas y sonrisas cómplices y risueñas. Cami se muestra como una chica comprometida con sus ideales religiosos, los cuales respeto y hasta incluso creo plausibles por su coraje. Camila se refugia en teorías espirituales y pone barreras entre los dos. Camila y sus conceptos tienen un enamorado, un enamorado noble y pacífico que ha intentado cuidar de ellas como todo un caballero. No sé en qué momento pasó esta intención mía de un capricho a una realidad que por gallardía no puedo negar. No sé en qué momento me convencí de lo que quiero y a pesar de saber que está mal (creo), no pretendo retroceder mis tropas del terreno ganado. No sé desde cuándo pienso en Camila en algo más que una compañera de trabajo o un capricho innoble. He sido ya, sin compartir una relación con ella, un canalla que por sincero, imprudente; y cómo pocas veces, arrepentido de haber dicho y hasta incluso escrito en su contra y en contra de su enamorado que a diferencia mía, es un caballero sin despeinarse. No sé lo que pretendo, si está bien o mal que me inmiscuya en una relación que goza de dos años de compromiso, un compromiso que poco a poco viene a menos y prefiero acabe por el desgaste que por intromisiones mías. A Camila la veo frecuentemente por cuestiones laborales y sé que es difícil hacerse el loco o desprenderme de mis intenciones que no son malas, sólo impertinentes. Tengo besos y abrazos acumulados que han visto en Camila un buen puerto. Camila es una buena chica que admira a su enamorado, que se siente protegida, pero intuyo (y lo digo con humildad y el mayor de los respetos), no es la pareja que le ofrece esa relación natural y fluida que la haga enamorarse de verdad y le permita ser ella misma. Presiento que Camila se aferra como naufrago a la orilla con más resignación que empeño. Hace tiempo no me acerco a alguien, la miro a los ojos, le tomo las manos, y con nervios por doquier, le digo: “Me acompañas a estar solo” o en otras palabras “Quieres estar conmigo”. Ya me olvidé como es eso de conquistar a alguien. El altruismo dice que no debería meterme, porque sé que no me gustaría que un tercero aparezca y se lleve a mi chica (aceptando la derrota y sabiendo que ella decidió y dentro de la democracia que yo busco es válido y por demás correcto). Por otro lado una propaganda de desodorante me dice que deje de ser amigo (sólo tengo una amiga) y empiece a ser hombre. Esta única amiga me dice que en el amor y la guerra se vale todo; yo, un poco más protocolar, intento no ser uno de esos tantos robanovias de los cuales hasta yo me he quejado. Yo no voy con maldad, ni con la pierna arriba intentando hacer daño a alguien. Mis intenciones son buenas, aunque muchas me vean como un chico malo. Camila cree que yo estoy enamoradito de ella y me ve con una pena que me hace sentir subestimado. Camila cree que es mejor tratarme como amigo y alejarse con discreción, lamentablemente sólo lo cree mas no lo quiere ni lo siente, lo presiento. Yo no me muero por nadie ni pretendo morirme por nadie nunca, soy radical y egoísta conmigo mismo si me lo propongo (el arte de ser autodestructivo y tenerme como principal enemigo me permite hacer esto con cierta facilidad). En conclusión, tengo besos y abrazos contenidos, presos por falta de recepcionista y la duda de ser o no ser aquel galán mezquino (con la relación de Cami) que arriesga su orgullo.
Pd: Si tú, amable y despistado lector, estás carente de cariño y buscas un besito dulce y un abrazo cálido para calmar la carencia de cariño, con confianza, comunícate conmigo.lunes, 16 de agosto de 2010
Mi primera amiga
Suscribirse a:
Entradas (Atom)