lunes, 27 de diciembre de 2010

Las Navidades también son tristes

La Sra. Margarita me mira y me besa como si fuera su propio hijo. Yo le sonrío agradecido por tanto cariño pero no recuerdo bien quién es. Me dice que siempre reza por mí, que tiene siempre presente los once de septiembre (mi cumpleaños), que le da gusto verme tan grande porque no me ve hace mucho, cuando aún era un niño. Yo no entiendo nada pero me siento conmovido. A Tacna regreso después de casi cuatro meses, y es que cada vez me da menos ganas de regresar. Mi madre está un poco más vieja; estrenando arrugas que no conocía. Su mirada siempre cansada se contrasta con la sonrisa que dibuja cada vez que me ve llegar; parece que le agradeciera a Dios el haberme cuidado todo este tiempo. Aunque no lo termine de entender, siempre es bueno regresar a casa y darme baños de humildad y cariño. La casa ya no luce como las navidades pasadas, ya no hay tantos regalos bajo el viejo árbol, ya no hay tantos niños corriendo, ya no se espera la cena navideña con tanta ilusión como antes. No han venido todos los miembros de la familia. Antes fácil y llegábamos a ser veinte personas; ahora apenas y pasamos las diez. A la hora de comer, los más chicos (entre los cuales estaba yo), nos servíamos la comida en la cocina, en la mesa más pequeña, donde podíamos jugar y reír sin que los adultos nos estuvieran llamando la atención o pidiéndonos que no retocemos en la mesa. Los grandes por su parte, y con una copa de champagne (nunca más de una botella), se ponen a conversar y soltar risotadas escandalosas en la mesa de la sala. Comemos rápido y conversamos poco. Ahora me toca sentarme en la mesa de los adultos y no es tan divertido. El pavo está un poco salado. El ají pica una barbaridad. Las ensaladas no han tenido tanta acogida. Tomamos un champagne un tanto dulce y yo se lo doy a la pequeña Sabrina, que es la perrita cocker que ahora se pasea por toda la casa. Ella toma como loca y me da risa que aquella perrita correlona y juguetona ahora sea una alcohólica floja y gorda. A la pobre Sabrina le tocan sus gotas para dormir y no tenga que soportar los cohetones de la media noche y tampoco el susto que éstos le otorgan. La perra no es tonta y siente que esas gotitas con agua que le están dando no es el dulce champagne que yo le ofrecía y llega a escupir considerable cantidad del recipiente. Mi sobrina está un poco triste porque su enamorado no la llama cuando años atrás estaba corriendo y jugando como loca esperando por sus regalos. Terminan de cenar y algunos se marchan con un abrazo discreto de Navidad, tienen que ir con sus familias. La perrita se empieza a dormir y camina como borracha no sé si soportando aquellas gotas o producto del champagne brindado. Faltan quince minutos para las doce y mi sobrina me llama con energías de antaño y me dice que suba al tercer piso para ver los juegos artificiales. Pone la cámara fotográfica sobre el cielo oscuro y despejado. Una lluvia de colores se muestra incandescente sobre mis ojos. Ráfagas multicolores se desprenden de todas las casas y tocan el cielo convirtiéndose en nubes matizadas. No hay duda en que la gente busca cualquier escusa para ser feliz y compartir su felicidad; por eso de todas las casas bombardean de felicidad esta noche siempre especial a pesar de viejas tristezas. Me emociona la idea de que todavía se disfruta la navidad y de que la gente no escatima en comprar un panetón, un champagne o un juego artificial para compartirlo con alguien que no necesariamente es su familia. Bajo presuroso a saludar a los que me faltan. Le doy un beso a mi tía Tere, a mi prima Mary, a Sandra, a la Sra. Margarita que con tanto amor me cuenta que reza por mí y a su esposo que también me saluda con cariño. Sabrina, la mascota, entra casi derrotada y da un par de ladridos antes de echarse sobre el tapete ya muy drogada o alcoholizada, parece que hubiera alcanzado a decir feliz navidad familia. Cada navidad es más triste que la anterior y todas me provocan llorar y agradecer por pasarla juntos, aunque ya no tan revueltos. Abren los regalos y a mí, como ya es costumbre, me tocan calzoncillos y medias, y ahora los recibo con otra sonrisa porque sé que en verdad me hacen falta, por lo menos el calzoncillo amarillo para fin de año. Mi madre me abraza con especial afecto y estoy feliz de ser su hijo y de estar allí con ella. La Sra. Margarita me cuenta que no pasa una navidad con su hija hace veintidós años y a pesar de esa tristeza se atreve a recitar un par de poemas preciosos. La perrita ladra por última vez antes de que sus ojos rojos sean cubierto por un par de parpados sometidos por el cansancio. La navidad siempre será la navidad, pase lo que pase, así se tienda a perder las costumbres. La navidad siempre despertará en nosotros un poco más de dulzura y caridad. La navidad siempre será un gran pretexto para abrazar, besar y decir te quiero. La navidad siempre será especial a pesar de que se muestre, año tras año, un poco más tristes y melancólicas. Cierro los ojos y rezo para que la próxima navidad, la Sra. Margarita, la pase con su hija.

martes, 21 de diciembre de 2010

Algo ocultas

Dice que no la miraba a los ojos las pocas veces que le hablaba; que al resto de las chicas sí. Ella pensaba que me aburre, que prefiero andar con otras personas que en verdad me entretienen y me hacen reír. No la veo a los ojos y por lo tanto, algo le oculto, algún secreto o pensamiento misterioso guardo celoso dentro de mí. Estamos obligados a convivir casi un mes juntos y hay que tener cuidado de todo el mundo porque nadie conoce a nadie de verdad. Por eso, no podemos permitir dejar de observar a las personas e intentar sacar un perfil de ellas improvisando en sus gestos, palabras y movimientos. La capacitación del Banco ha reunido a gente de todo el Perú y los ha encerrado en el hotel Melodía (donde la noche se hace día). Todos entre mezclados, jóvenes, con cuartos que se prestan para descubrir sus bajos instintos, todos (o la mayoría) con las hormonas revueltas o por lo menos con ganas de romper las reglas y portarse mal. No la miro a los ojos y por lo tanto me muestro peligroso, lacerante. Laura me llamó la atención desde un principio porque se mostraba delicada y dulce, porque presenta un aire que inspira algo de curiosidad. No le hice conversación desde un principio porque conozco mis torpezas y por miedo a no caerle del todo bien, pues yo soy un poco loco y atolondrado, de comentarios inapropiados y de chistes nada chistosos. Las pocas veces que me aproximé a ella lo hice con cierta timidez, con cierto temor a fallar. Ella, con mucha naturalidad, me conversaba mientras yo, y dándome cuenta después de que me lo comentó, bajaba la mirada. Definitivamente algo le ocultaba, y no sabía bien qué era. Me enteré por conversaciones fugaces que tenía enamorado, cosa que complicaba mi situación de acercarme a ella sin el temor de que crea que soy un pillín desenfrenado y que me las doy de galán de circo. Rompió mis moldes el primer fin de semana en que todas las chicas de Trujillo (incluyéndola), se pusieron unas minifaldas que dejaban boquiabiertos a los más avezados (que no eran pocos). Laura cuenta con armas de temer debajo de ese vestido negro que le queda estupendo y con el cual, bailó como descocida toda la noche, incluso conmigo. Laura no sólo es metódica y aplicada en los curso, (la he visto concentrarse al leer sus textos con plausible seriedad) no sólo es un chica dulce y delicada; también es un bailarina de temer que con un par de pasitos coquetos provocaba reñidas disputas por sacarla a bailar. La pequeña Laura (y es que lo bueno viene en frasco pequeño), empezó a provocar comentarios desafiantes entre los varones de aquella capacitación putanesca. Al siguiente fin salió con un vestido color coral que también dejaba en manifiesto ese par de piernas gloriosas. Su carita de niña, su cuerpo de señorita y sus movimientos de mujer otra vez me encandilaron. Esa noche bailamos un par de salsas: yo la apretaba a mi pecho de gato, ella ponía su manito junto a la mía a la altura de mi hombro izquierdo. Yo intentaba mirarla, buscaba su mirada para ver si podía encontrar en alguna distracción suya un beso. La miraba a los ojos y quería mostrarle eso que en verdad ocultaba, ese pequeño (como ella) gustito que me provocaba y que me hacía ser torpe al hablar pero desafiante al bailar. Laura no me miraba a los ojos cuando bailábamos y yo pensaba que ocultaba algo; quizá y ocultaba las ganas de ir a sentarse y dejarme paradito allí, en medio de la pista de baile. Quizá y no se animaba a mandarme una cachetada por vivo dado a su educación. Quizá y pensaba en su enamorado y sentía un poco de culpa al bailar con un flaco atrevido y desconocido. Laura fue siempre muy señorita y bailó conmigo lo que tenía que bailar y siempre me dejó con ganas de bailar un poquito más, porque se dejaba llevar en la sala como mi escoba cuando bailo solo en mi cuarto; delicioso bailar con esa chata linda. Al siguiente fin y también en falda, se emborrachó (o la emborracharon) y se dejó llevar por la emoción del momento. Nunca faltan esos buitres maldadosos que aprovechan de esas oportunidades y seguro se pasaron de vivos con ella y quizá le robaron más de un beso y me da rabia saber que no pude hacer nada por sacarla de ahí y cuidarla como le prometí que lo haría. Aquel fin de semana dejé de verla con inmaculada dulzura. En el transcurso de las clases éramos dos seres extraños uno del otro y no cruzábamos ni una palabra concreta, quizá conversaciones esporádicas referidas a un curso o una broma casual producto de las circunstancias dadas. Todo cambió cuando fuimos su amiga, mi amigo, ella y yo al karaoke. Aquella noche canté como nunca he cantado y mi locura me dominó un poco y bailé y la vi linda como siempre y más todavía. La escuché cantar el millón de canciones que pidió y también revolcarse con su amiga por quitarle la cámara con la que nos habían tomado una foto besándonos. Nos besamos y fue uno de los besos más dulces que recuerdo en muy buen tiempo. Nos besamos y acariciamos como recién enamorados y la quise inmensamente esos momentos en que sentí me regaló su dulzura. Aquella noche fuimos al séptimo piso e hicimos en su brevedad un poco de travesuras, las hicimos hasta que sentí los pasos de uno de los botones y decidí que era hora de escapar cuando quizá debí ser menos cobarde y mejor amante. Días después volvimos a intimar y quizá también la decepcioné como hombre. Dormimos juntos los dos últimos días de aquella capacitación poco pueril. Ella cerquita mío, yo cerquita suyo. Ella durmiendo apenas su cabeza tocaba la almohada, yo amaneciéndome haciéndole cariños. Ella tapadita con las frazadas, yo congelándome de frio. Ella inconsciente de la noche, yo consiente de que no me quedaban muchas noches más. El tiempo pasó rápidamente. Los últimos días fueron arena entre mis manos y la vi partir de repente, cuando parecía que se quedaría una noche más conmigo.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Gracias

Sentarse frente a un papel y escribir sin pensar. Tratar de mantener en la mente la situación particular que acaba de ocurrir para después publicarla. Imaginar momentos hilarantes e inusuales con una locura misteriosa. Descargar mis cosas con total honestidad y furia y convertir traumas, alegría, tristezas y experiencias en relatos que estoy seguro volveré a leer en algún momento de mi vida. Quién diría. Esta es la Memoria número CIEN y en verdad, aquel cinco de agosto del dos mil siete, aquel domingo sin nada en particular, no imaginé que escribiría semana tras semana historias y pensamientos; que lo haría por más de dos años a la fecha, que llegaría a más de diez mil visitas (de las cuales no más de dos mil son mías), que recibiría comentarios de diferentes personas, que alguien en algún momento se diera la molestia de entrar en mi humilde espacio y hurgar entre mis Memorias. Comencé con “Ellas dicen que soy un Putito”, escribí mil tonteras, sobre amigos, amantes, familiares, enemigos (si es que los tengo); sobre momentos alegres, tristes, puntos de vista, burlándome de mí, de la vida; relaté secretos de otras personas, días malos, días buenos, días normales; escribí sobre mis ideales, mis desgracias, mis penas, miedos, la muerte. Algunos escritos son graciositos, otros tontos, la mayoría pésimos. Si hay algo que intento hacer bien es escribir. Todos los días pienso en la muerte y me da miedo no haber aprovechado bien la vida y no me gustaría morir sin saber que dejé algo por lo cual me recuerden siquiera. Quién sabe y quizá este blog sea en unos años Las Memorias de un Desmemoriado que ya no está. Si no logro terminar el libro que estoy escribiendo con la velocidad de una tortuga coja, quiero saber que este espacio logró marcar el recuerdo de las personas que de algún modo me conocieron e intentaron leer mis escritos. Gracias a mis fuentes de inspiración (pidiendo infinitas disculpas por el paupérrimo resultado), gracias a las visitas recibidas aunque hayan sido por curiosidad, pena, o para hacer escarnio de mi prosa miserable. Gracias a los que se atrevieron a dejar un comentario (es algo que me gustaría que hicieran más seguido) y el doble de gracias si este comentario fue sincero. Gracias a la vida por permitirme haber gozado de días buenos y malos y por haberme otorgado la peculiar osadía de escribirlos para compartir de esta forma, un poquito de mí. He sido muchas veces un tonto al escribir sobre personas que en verdad no les hubiera gustado pasar por mi blog. A ellos quiero decirles que no lo lamento y que si en algún otro momento vuelo a escribir sobre ellos, no crean que serán cosas bonitas. Si fui áspero y quizá me sobrepasé en comentarios o pensamientos, lo lamento (sólo un poquito). Este blog se ha convertido sin darme cuenta en parte importante de mis días. Me debo de alguna forma a esas pocas personas que se toman el tiempo en algún momento de su vida para pasar por aquí y leer con o sin interés mis Memorias. He intentado hacer de este blog un reflejo de mi persona; desde el fondo negro con letras blancas, hasta las imágenes y frases que acompañan mi espacio. Me he animado incluso a publicar algunos poemas en la parte inferior con las iniciales L.D. He perdido todo tipo de vergüenza y he aprendido a verle el lado bueno a todas la cosas, incluso hasta las que nos hacen llorar. Yo no me creo un escritor, ni un tipo con seguidores, ni un hombre dotado para las letras; simplemente encuentro la terapia perfecta para deshacer mi locura y tristeza en el hecho de escribir sobre eso que me hizo pensar o sentir. Incluso animo a las personas a intentar hacerlo y de publicarlo, no me pasen la dirección de su blog porque no ingresaré a leer nada. Sin duda alguna Dios sabe lo que hace y cuándo lo hace. Todas esas personas con las que me crucé o con las cuales compartí un pequeño momento o anécdota, sin duda alguna, fueron puestas por ese Dios misterioso y muchas veces incomprendido. En estas líneas sólo quiero manifestar de manera sincera que agradezco infinitamente las visitas realizadas y no prometo escribir diferente o mejor, sólo prometo no dejar de escribir nunca aunque deje de publicarlo. Memorias de un Desmemoriado se ha convertido sin querer en El Diario de un Miserable que busca o intenta ver el otro lado de la moneda. Mañana será otro día, y si abro los ojos y la fuerza me acompaña para acercarme a la computadora o tan siquiera a un pedazo de papel, intentaré escribir. Gracias por dejarme relatarles mis cosas, por leerlas y por estar ahí. Lejos de toda cursilería, GRACIAS TOTALES.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Me voy a morir solo

Yo he nacido sólo para joder, no para caerle bien a nadie y ni si quiera intentarlo. No me gusta mentir, menos a mí, por eso digo lo que digo, porque tengo una especie de promesa y tampoco me gusta faltar a mis promesas. Tengo muy pocos amigos, podría contarlos con los dedos de una mano, y tengo también pocas personas a las cuales quiero y no me avergüenza admitirlo. Pero son precisamente estos seres queridos, estas personas que me han conquistado con alguna cualidad o virtud, a las que más recelo les tengo y las que mayor cuidado me procuran. Creo no tener mucho enemigos, en verdad no me viene ninguno importante a la cabeza (los demás no deben existir). No tengo ningún cargo que resulte peligroso para otra persona ni tampoco creo ser una piedra en el camino de nadie. El hecho de encontrar este expediente de enconos y rencores en blanco, no es suficiente para permitirme estar tranquilo, pues es claro para mí que son aquellos pocos seres queridos los más peligros y a los que más cuidado les debo tener. De un enemigo puedo esperar que quiera hacerme daño, que quiera verme destruido o menoscabado. De aquellos tipos que me tienen envidia porque estoy en medio de su camino y no les permito alcanzar su propósito no espero nada más que ataques y amenazas. Pero son precisamente estos miserables, los que menos me preocupan porque al saberlos mis enemigos entiendo que debo de estar atento, preparado, en constante alerta por si su veneno mordaz intenta hacerme algún tipo de daño. De estos tipos malhechores y rastreros no espero más que odios y envidias, miradas frías y palabras virulentas. No me asusta ver su mano empuñada y en su cabeza la firme convicción de querer darme un golpe bajo. Aquellos que quieran ser mis enemigos sólo me procuran días de entretenimiento y de emoción constante. Sin embargo, los seres que en verdad me procuran miedos, los que en verdad me hacen sentir inferior, los que en verdad me hacen ver vulnerable, son aquellos a los que más quiero y pretendo hacerlos felices. Estos seres increíbles tienen la facultad de lastimarme con una palabra, de envenenarme con una mirada indiferente, de hacerme sangrar con una caricia hipócrita. Los seres a los que quiero representan para mí en verdad una amenaza en potencia porque ante ellos tengo mis defensas descubiertas. Mi madre, la mujer que más amo y sin duda el ser humano que más me importa ver feliz, es sin duda un arma letal y aunque me aferro a la idea de que no me hará daño y si lo hace será inconscientemente, representa para mi una paradoja. Yo quiero comprarle un castillo y tratarla como la reina que es. Llevarla a dónde se le antoje y comprarle lo que me pida, todo esto a parte de lo afectivo obviamente (besos y abrazos), pero no me pasa por la cabeza la idea de irme a vivir con ella a aquel palacio que le compré ni tampoco llevarla a vivir conmigo al departamento que quiero comprarme. Pretendo tenerla cerca y bien cuidada pero no conmigo y cuidándome. No concibo la idea de compartir mi espacio sagrado con otra persona, así sea mi madre. Por eso la idea de casarme la veo más lejano que Plutón. Puedo compartir una tarde de películas o una caminata agarrados de la mano pero tengo que dormir solo, en mi cama, con mi propia televisión y música. No pretendo que nadie me gobierne ni me diga lo que tengo que hacer (aunque acepto concejos de buena manera). No me imagino tener un perro al cual tenga que alimentar y bañar de vez en cuando como la más sagrada de las obligaciones. Pretendo ser el mejor papá del mundo pero siento que mis hijos imaginarios me van a querer más mientras menos me vean. Aquellos a los que considero mis amigos (que repito, son pocos), los quiero de una manera mucho más sospechosa. Para con ellos no tengo ninguna obligación de quererlos o tan siquiera tratarlos con cariño. No hay ningún apellido o lazo sanguíneo que me ate u obligue a soportarlos y tenerlos en consideración. Supongo que ese sentimiento es recíproco, por lo tanto, no tardarán en aburrirse de mí y dejar que el tiempo empolve sus nobles sentimientos para conmigo y dejarme al olvido. No tardará para que mis torpes maneras de querer los espanten y los obliguen a abandonarme por su propio bienestar. Alguna frase tonta, producto de este sentido del humor ácido e inapropiado, alguna actitud díscola que me caracteriza, alguna desavenencia propiciada por mis excéntricos hábitos, los harán recapacitar sobre la idea de tenerme cerca y los obligaran a dar marcha atrás. Por mi parte, el temor de verlos como potenciales súper enemigos me convierte en un ser tímido y aunque trato, no puedo desconfiar de ellos ni tampoco negarles todo lo que a mi alcance esté. Quiero vivir solo todo el tiempo que sea posible. Quiero charlas prolongadas y amenas que me hagan sentir vivo. Quiero fiestas y tertulias divertidas. Quiero viajes para conocer más gente y más lugares. Quiero un seguro que por lo menos me dé la seguridad de recibir una santa sepultura en un lugar digno (aunque prefiero que me cremen). Que evite los apuros de conseguir una buena funeraria para la persona que en ese momento tenga que velar por los restos que deje, que no procure gastos económicos innecesarios en post de mi comodidad mortuoria. Quiero querer todo lo que pueda en su momento a las personas que me encandilen con una actitud, virtud o sonrisa. Quiero ser un enemigo que esté a la altura de las circunstancias. Me voy a morir solo: por haragán y egoísta, por díscolo e imprudente. Me voy a morir solo una noche en que no quiera compartir mi cama con nadie y así moriré en la ley.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Cambios y despedidas

Recuerdo la imagen de mi madre llorando con un pequeño pañuelito en mano, agitándolo como bandera y despidiéndose de su hijito el cual parte de casa a vivir solo en otra ciudad. Recuerdo que miraba por la ventana del bus a esa pequeña señora repartiendo lágrimas de tristeza y resignación. Las despedidas sin duda alguna no son bonitas, las despedidas sin duda alguna afloran sentimientos de nostalgia y quizá hasta hacen valorar lo que estamos perdiendo. Y es que decir adiós es desprenderse, dejar de tener o ver partir, ceder un pedacito de algo que pudo haber sido tuyo. Un adiós está sujeto a un cambio y un cambio también muchas veces no es bien recibido, por algo el dicho “más vale diablo conocido que por conocer”; y es que en verdad las cosas nuevas suelen asustar. Estás últimas semanas han estado sujetas a cambios vertiginosos y también abyectos para este niño sentimental y exagerado. De un día para el otro me dijeron que me pasaba al turno de la mañana, sin más ni más. Por las tardes si bien el trabajo es un poco más arduo por lo que va supuestamente más gente al banco y porque está de por medio el cuadre al final de la noche donde tenemos que esperar por lo menos una hora y media para poder salir, también estaba la satisfacción de departir una buena charla con los chicos, y así, ponernos al día en los chismes. Yo tenía la labor de guardar los sellos hace casi dos años, debido a una pequeña discusión que tuve con mi supervisora la cual me juró que sería mi tarea hasta el último día de mi vida (mi supervisora no miente). Hace un par de días antes había recibido la buena noticia de que había accedido a un ascenso previa entrevista. Este ascenso lo estuve buscando hace un par de meses sin éxito debido a mi poca antigüedad laboral. El hecho de pasar a las mañanas podía significar entonces, que ya me estaban preparando para la partida. Pasé a las mañanas y no sólo me libraron de la tarea inmortal de guardar los sellos, también me condenaron a levantarme a las seis de la mañana porque mi conciencia cochina no me deja dormir más. Yo, el chico vago que duerme hasta el medio día, de un día para el otro, es el que espera ver salir el sol por su ventana ya no con insomnio, sino con temor de despertarse tarde. Ya al segundo día era una especie de zombi alegre que se apagaba a las dos de la tarde. En la agencia hay una ventanilla especial para gente especial que se dedica a contar monedas. Yo jamás había permanecido más de un día en esa ventanilla y si bien mis compañeros me odiaban por eso, todavía no me habían designado; no comprendían que los príncipes no están destinados a esas cosas. Con el cambio de turno me vi afectado a sentarme a contar monedas y a ver a los demás sonreír con mi nueva labor. Una buena tarde, tres días después del cambio de turno, mi gerente me llama y me dice que mañana será mi último día en la agencia porque mi ascenso se agilizó y me pedían en la agencia principal. Si cambiar de turno me dejó un pequeño sin sabor, salir de la que había sido mi casa durante dos años me partió el corazón así sea por un ascenso y mejora salarial, jerárquica y demás. Me quedé pasmado, sonreí un poco y empecé a morir de pena. Mi lado gay afloraba y sentí que salía de casa como hace ya más de dos años, sólo que esta vez sin la misma convicción. Salí con mis gafas negras y redondas de búho triste, llorando discretamente. Los cambios me golpean con fuerza, en mi lado más débil; no me dejan reaccionar como me gusta y menos si son tan improvistos, si no me dieron tiempo para prepararme. Salir de La Merced (mi agencia desde un principio), implicaba dejar de cohabitar con toda esa gente que veo desde que llegué. Me quita el privilegio de seguir compartiendo con ellos días enteros de trabajo y risas. Con ellos pasé todos mis cumpleaños, navidades, años nuevos y demás momentos especiales que no necesariamente están en rojo en el calendario. Dejaba algo más que compañeros, dejaba toda esa nueva etapa que comenzó tras otro cambio y adiós, a mi nueva familia. Mi último día desde el punto de vista laboral no tuvo mayores sobresaltos, y tampoco hubo tiempo para abrazos prolongados y besos tristes ni despedidas dramáticas que yo ya había preparado. No me dieron tiempo ni siquiera para creerme la idea de mi partida. He cambiado de turno, recibido el ascenso esperado y agitado mi mano diciendo chaucito a mi querida Merced. Los cambios son así, te llenan de melancolía y miedos. El adiós siempre es doloroso, más si se quiere. Incluso ya extraño la ventanilla de monedas.

martes, 26 de octubre de 2010

El Príncipe de los pobres

Cuando niño pensaba que un buen día de mi adolescencia se me iba a acercar un buen tipo y me iba a confesar que provengo de una familia aristocrática y que por lo tanto pertenezco a alguna monarquía y que tenía que regresar con él a reinar de la mejor manera aquel pedazo de tierra aún desconocida. - “Ud. es el príncipe Leonardo” – tenía que decir su revelación. Con el pasar de los años y dejando un poco de lado la imaginación procaz de niño, saboreando con mayor frecuencia la aflicción de la vida real, me fui resignando a pertenecer al vulgo popular. Hoy paseaba por el Mercado San Camilo; recorría los puestos con mis lentes redondos de búho triste y con un par de monedas en el bolsillo. Paseaba entre los puestos buscando comprar algunas cosas que llenen mi alicaído frío bar que desde su adquisición hace un par de meses sólo perdura una mantequilla. – Un príncipe de verdad no disfruta como yo el hecho de pasearse por un mercado de barrio entre ladrones, putas y gente dedicada al comercio. – me dije para mí, recordando una canción de Fito Paez (“Fuera de Control”) de su último álbum (“Confía”). Entonces imagino que si me hubiera tocado ser príncipe de algún lado, en el mejor de los casos hubiera sido príncipe del Perú y hubiera reinado este país lleno de peculiaridades. Ser Príncipe del Perú no es una idea que seduzca mucho. Para poder obtener este distinguido cargo (y digo distinguido porque todavía no existe), tendría que descender de la mismísima prosapia de los Incas. Tendría que vivir supongo en las alturas de Cusco y coexistir rodeado de envidias y la ira de un pueblo que no siente como debería el tan mencionado crecimiento económico. Entonces, caminando por la sección de paltas del mercado, entendí que sólo así podría cumplir mi sueño ilustre de convertirme en parte de la realeza de algún lugar: Ser Príncipe del Perú. La verdad no veo tan agradable la idea de ser el Príncipe del Perú; pero suena cojonudo y entiendo que podría ceder ante dichas exigencias. Entonces ya está, soy Príncipe del Perú y de su pobreza, por lo tanto soy El Príncipe de los Pobres. - ¿Cuánto cuesta el kilo de palta? – pregunto antojado. – Siete soles caserito – me responde una señora regordeta que con aspavientos presiente una venta. – Deme medio kilo – le digo sabiendo que no puedo comprar mucho. La señora me pesa dos paltas y me cobra cinco soles y me agarra de tonto y no me deja tan si quiera ponerle mala cara. – Gracias caserito - me dice con algarabía pero mirando de reojo otra venta en potencia. Yo pienso dentro mío que esa gordita ya se jodió y que su muerte está próxima porque perecerá en la horca al amanecer por haberse metido con el Príncipe del Perú y aunque sin saber, haya sido tan descortés. Camino con cierto garbo entre mi pueblo y me acerco a comprar huevos y quiero llevarme un paquete de quince huevos para ahorrar dinero. Normalmente compro tres huevos por un sol. Compro muchos huevos porque me he propuesto comer dos huevos hervidos en mi desayuno a ver si engordo algo, muero por problemas con los triglicéridos o me vuelvo más huevón. - ¿Cuánto? – pregunto. - El paquete cinco soles – me responde y acepto sin pensar y precisamente por no pensar, no calculé que es el mismo precio por el cual yo compro dicho huevos a la vuelta de mi casa y en su defecto, más frescos. - Morirás decapitada plebeya – pienso después de reaccionar. Cada vez que he asistido al mercado me he sentido cómodo. Soy un adicto a los jugos mixtos o también llamados surtidos. He probado las papitas rellenas churreteras que venden y a las cuales del mismo modo les encuentro un sabor especial. Cada vez que camino entre los pasadizos siento la tentación de probar un poco de todo y por lo tanto, me veo como un Gastón Acurio en pleno programa de comida descubriendo los huequitos más criollos y deliciosos de nuestra gastronomía. Por un momento olvido que soy un Príncipe en encubierto y me acerco por el lado de los embutidos para ver cómo va la cosa. Observo las diferentes presentaciones de mortadela y jamonada. – Ya pe’ colorete, cómprame un par de pelis – escucho de un comerciante mitad vendedor, mitad ratero. – No buen hombre. Gracias – le respondo con mis alucinados aires de monarca. Él me mira perplejo y creo que está pensando en acuchillarme a pocas cuadras. Compro los embutidos para intentar llenar mi frío bar nuevo y salgo campante sin rumbo pero sabedor de mi linaje. Me siento muy cómodo con lo tradicional. Disfruto mucho el ir de compras al mercado y conversar con la señora que prepara los jugos. Me encanta probar las papas rellenas y empanadas que ofertan las señoras con mucha gracia. Me imagino las miles de cosas que puedo preparar con los filetes de carne que observo colgados. Las frutas me piden por favor me lleve una de cada una y haga una ensalada de ellas con yogurt. Mis aires de príncipe son parte de un sueño incumplido y totalmente irreal que me divierte de vez en cuando. No sé de dónde he adoptado esta idea absurda que me hace alucinar. Yo soy el más vulgar de los seres cuando me lo propongo. Un pacharaco reprimido que cual pato feo, desea ser cisne. La única escusa convincente y fehaciente de que yo pueda ser un príncipe de verdad, se haya en el irrefutable argumento, de que mi madre es una Reina.

lunes, 18 de octubre de 2010

Poca vergüenza

La vez en que la chica más linda de la clase de matemática avanzada se me acercó, me habló, coqueteó, sonrió, pidió el ejercicio tres, me dio las gracias y después dijo que no me conocía. La vez en que me olvidé la poesía en medio auditorio frente a padres de familia, compañeros y profesores, en media actuación y todos me aplaudieron como lanzándome el salvavidas y me fui a llorar al baño de varones como niña. La vez en que me fallé un penal en un campeonato escolar importante y por suerte no perdimos. La vez en que me fallé un penal en el campeonato departamental y no pasamos al regional. La vez en que le leí una carta a Sofía preguntándole si se acordaba de la misiva amorosa y en la mitad del escrito decía Rebeca. La vez en que fui a comprar profilácticos a la farmacia y me atendió el papá de una enamorada. La vez en que le dije a un brabucón del colegio que no iba a pelear con él porque yo era gente y no iba a rebajarme a su nivel mientras me orinaba de miedo. La vez en que la chica por la que deliraba todos los días me dijo a solas que le sople su ojito porque tenía una basurita y le soplé el ojo media hora y se aburrió. La vez en que se me soltó el estomago en pleno viaje a la playa y solté el esfínter porque no aguantaba. La vez en que besé a la prima de un amigo porque estábamos bebidos y le dije si quería ser mi enamorada para que mi amigo no me pegue. La vez en que fui borracho a la vigilia de mi confirmación y regurgite como exorcizado en el baño de la iglesia. La vez en que se le quedó el condón adentro a una enamorada y el ginecólogo que la atendió era mi primo. La vez en que fui al súper a comprar champú y regresé con media tienda y reacondicionador. La vez en que la chica que vendía ropa interior y que me ofreció una trusa de elefante me aconsejó que le corte un poco la trompita. Las veces en que fui a quinceañeros con los ternos de mis primos o tíos que me quedaban enormes. Las veces en que salí a fiestas con cinco soles en mi bolsillo. La vez en que besé a una chica a la que le gustaba mucho y le dije otro nombre. La vez en que regurgité en el sillón de la sala de mi jefe. La vez en que me cambié el uniforme para que no lo rompieran el último día de clases y le ofrecí mi camisa a un amigo que andaba nudo por la plaza de armas y también se la rompieron. La vez en que dirigí la ceremonia de clausura en un desfile de la ciudad y me acerqué con micrófono inalámbrico a una autoridad y le cambié de nombre. La vez en que la mamá de una enamorada me agarró con las manos en los senos de su hija. La vez en que la hermana de otra enamorada me vio el culo blanco cuando su hermanita y yo jugábamos en la sala. La vez en que le recordé a mi amigo el día del padre en el velorio de su progenitor. La vez en que solté una flatulencia ruidosa en plena reunión familiar. La vez en que me olvidé las llaves de mi casa y entré por una ventana minúscula del baño. La vez en que le dije a la chica que me gusta “tú eres una pendeja”. La vez en que conté en mi blog que una amiga de mi enamorada tiene seis pezones. La vez en que le di un piquito a un buen amigo homosexual jugando a la botella borracha. La vez en que pagué treinta y tres mil soles y no tramité el cheque. La vez en que recogí una botella de pisco a la mitad en una discoteca pensando que la habían dejado olvidada y el tipo regresó y me quiso agredir. La vez en que grité un improperio en una exposición precisamente cuando todos se quedaron callados. La vez en que me mandé a una prima para que ninguno de mis amigos estuviera con ella y me dijo que no. La vez en que fui a cagar a la casa de un amigo y no había agua. La vez en que le metí el codo en el culo por casualidad a la chica de falda mientras sacaba mi billetera del bolsillo posterior para dar una limosna en plena misa. Las veces en que he cantado en un karaoke y no me volvieron a dar el micro. Las veces que no se me ha parado teniendo a una señorita desnuda listas para la batalla. La vez en que mi mamá planchando mi pantalón encontró un condón y se enteró que ya no era casto. La vez en que le compré una cartera a una amiga y la acompañé después a que la cambie. La vez en que le regalé a una amiga por su cumpleaños un desodorante sin querer. La vez en que fui a un grifo a inflar la pelota antes de una pichanga y reventé el balón. La vez en que manejé por primera vez un carro automático que estaba estacionado a tres metros de un poste y pisé el acelerador pensando que era el embriague (por suerte estaba con freno de manos). La vez en que se me rompió el short a la altura de las pelotas en la playa en pleno viaje frente a mis compañeras de trabajo. La vez en que borracho quería besar a la tía de una amigo frente al tonto de su marido. La vez en que cociné arroz chaufa por primera vez y le eché litros de sillao y lo botamos a la basura. La vez en que coquetee con una monja. Las veces en que hice llorar a mi mamá. Sólo me falta ser político.