miércoles, 16 de febrero de 2011

Vamos a la playa

Me convencieron, vamos a la playa. Es totalmente diferente trabajar un sábado bien dormido y sin residuos de alcohol en tus venas. Es que escusa tras escusa, todos los santos viernes, terminaba en una disco o bar o en algún compromiso donde no puede faltar alguna copa de licor o bebida que desinhiba a la gente. Trabajé tranquilo, descansado. Sentí el terrible tufo de clientes que saliendo de la fiesta se fueron al banco a joder. Por primera vez distinguía el hedor de su aliento voraz del mío y los repudiaba. La mañana pasó rápido y apenas terminada tomé un taxi a casa, presagiando alguna lluvia, incluso cargando mi casaca por si ésta cayera intempestivamente; pero no, el sol acompañaba discretamente esa tarde de sábado. Llegué a casa, alisté sin pensar mis cosas, no tenía muchas ganas pero ya me había comprometido en ir a la playa. Salí en short, con unas alpargatas que usaba sin medias, lentes negros, el cabello crecido y desordenado, con algunas monedas en los bolsillos y con el temor que siempre tengo al viajar (porque la playa está a tres horas de la ciudad y el camino no es amigable). Íbamos en le carro de Patricio, íbamos con algunas otras personas (Mónica, Buba, Igor), todos escapando de la ciudad y el frío inminente. Antes de sacar el carro de Patricio de la cochera empieza una lluvia desleal que cae incansable sobre nosotros. Sacamos el carro, nos subimos, comentamos que en buena hora escapamos de la ciudad y sus lluvias y quedamos en comprar un par de botellas de whisky que seguro nos saldrán más caras en la playa. En aquella visita a la licorería nuevamente la ciudad se hizo un lago, las calles un río y todo era agua. Es diferente vivir la lluvia dentro del vehículo, sabiendo que puedes pasear sin mojarte. Compramos lo que teníamos que comprar y partimos. Saliendo de la ciudad todo era un caos, parece que todo el mundo huía de aquella lluvia, que en verdad es la más fuerte que he visto, que he vivido. Parecía una tormenta y el agua caía como lanzada de un balde. Todas las calles estaban congestionadas, todos querían irse. Sacaba mi cabeza por la ventana para pedirle al carro de atrás que nos dé el paso, para verificar si teníamos espacio, para mirar las calles hechas ríos. Sólo un segundo con mi cabeza afuera y estaba empapado. Todo era risa porque nos parecía espectacular la lluvia que caía. A punto de salir de la ciudad, a punto de escapar, debíamos pasar por una parte de la pista que se prestaba para empozar el agua. Teníamos confianza, pero no bastó. El agua invadió el vehículo y llenó de pánico a Patricio y Mónica la cual sólo gritaba - “¡El carro no avanza, el carro no avanza!” – Sólo fueron unos segundos y el carro se llenó de agua. Salimos de esa congestión con temor, mientras terminábamos una botella de yogur a velocidad para usarla como depósito para botar el agua que nos invadía, cual bote al hundirse. El resto de viaje se hizo pesado, el cansancio nos ganaba y juraría que Patricio, con lo prudente que es, llegó a manejar dormido. La playa nos esperaba con cálido clima, con fresco ambiente. Cómo pasamos de la tormenta a un ambiente veraniego. Por aquellas sacadas de cabeza por la ventana, me quedé sin voz, terriblemente ronco. Algunas cervezas heladas (porque el clima exigía que sea así), la tertulia a orillas del mar. Todos hablaban con demencia menos yo. El alcohol que pone a las personas estúpidas, incoherentes. Un ladrón con artes histriónicos que le facilitaban el trabajo: se sentaba al lado de su víctima tambaleando, incluso más borracho que el agredido, metía su mano serpenteando en su bolsillo y se hacía de las pertenencias. Nadie se metía, nadie decía nada, nadie quería problemas. Aquel ratero merecía diez años de cárcel por mañoso y un Oscar por su buena actuación. La mañana siguiente y sin voz, anduve desnudo, bronceando mi cuerpo color wantán, me metía al mar como hace tiempo no me metía y tomé litros de agua del mar, las olas me revolcaron mil veces y recordé que no sabía nadar. Sentí el niño que antes se insolaba y esperaba ansioso los fines de semana par volver a tostarse. Vi chicas lindas, extrañé tener el cabello largo. Camine por la arena caliente, chapotee en el agua, todo sin decir nada, porque no tenía voz ni para pedir auxilio cuando creía ahogarme. El día pasó tan rápido que no sé cuando se hizo de noche. Me levanté a las cuatro de la mañana para regresar. El carro de Patricio adolecía por la arremetida del agua, al parecer problemas en los frenos. Pero igual viajamos, igual nos aventuramos. Salíamos contentos y con sueño de la playa. Nos esperaba una neblina terrible. Patricio no veía ni el timón. El miedo de morir siempre presente.

martes, 8 de febrero de 2011

Después de la tormenta

Amanece gris como yo mismo. Ya no hay un sol que intente acompañarnos con sus rayos. Parece igual de abatido que yo. A primeras horas de la tarde empieza a chispear; una coqueta garúa cae tímida del cielo y es delicioso caminar debajo de ella. Se mojan mis pobres zapatos, mi vestimenta entera, se moja poco a poquito hasta mi alma. Sólo un par de cuadras y aquella garúa inocente se convierte en una lluvia hecha y derecha que igual es agradable pero ya obliga a abrir el paraguas y hace más interesante y poético el andar. Me gusta andar bajo el paraguas con mi peinado de mongo y con mi chalina abrazándome el cuello. La lluvia de repente ha inundado la ciudad y se forman charcos de agua donde los que más se divierten son los choferes, quienes con alevosía pasan a toda velocidad por encima de estos pozos y terminan de bañarte. Las avenidas se convierten en ríos y las personas empiezan a transportarse en botes. La gente camina no sólo con los paraguas sobre las cabezas sino que también con un chaleco salvavidas o flotadores alrededor de ellos. La cosa se pone peor. La lluvia que moja todo se convierte en tormenta y la gente ya no camina, nada hacia su destino. Los paraguas no resisten, es todo agua y frío. La gente huye y trata de buscar refugio en tiendas y establecimientos. En los locales ya no hay clientes, hay sobrevivientes, náufragos, mendigos de cobijo. Se escucha desde adentro como cae la lluvia feroz y quizá también algunos gritos de auxilio y desesperación los cuales son ignorados con olímpica naturalidad. Decidimos cerrar las puertas, tapiar todo; no permitir que el agua se cuele por las rendijas y así también invada nuestros terruños, casas, trabajos o espacios. Cierran las cortinas, nadie quiere saber lo que pasa allá afuera, nadie quiere ver nada. Cerramos hasta nuestros sentidos y corazón. Algunos se sientan nerviosos esperando lo peor, otros desesperados empiezan a rezar por sus vidas y las de sus seres queridos, algunos simplemente lloran mientras intentan ponerse en buen recaudo. La tempestad es un tambor que redobla sin parar y se siente el golpe incesante sobre nuestras cabezas, golpeando las puertas, las ventanas; quizá y pidiendo permiso para ingresar. Se hace de noche y los sobrevivientes siguen temerosos de lo que vendrá, la lluvia ha aumentado y todo parece indicar que el final se acerca. Ya no hay ruidos en la calle, ya no hay voces de auxilio; sólo se escucha como se cae el cielo. Los más pesimistas dicen que no tardarán en caer rayos, en acompañar la furia de la naturaleza los relámpagos y truenos. El ambiente se pone tenso, algunos se abrazan sin conocerse; otros esperan en silencio y en una esquina a la muerte. Se escucha como se desquebraja lentamente el pavimento, el techo no tardará en caernos encima. Las paredes empiezan a agrietarse, estamos encerrados en una caja de cartón. Entonces, los más aterrados no soportan más e intentan huir sin éxito, no hay a dónde ir, ya no hay dónde esconderse. Hace frío, a pesar de ser una ciudad de clima seco se siente la humedad en todos lados; sólo se siente frío y pánico. No tardamos en quedarnos dormidos, intentando cobijarnos con lo que encontremos. Nos acurrucamos, unos con más suerte que otros. Sin conocerse y producto de el cobijo, algunos se convierten en amantes, se besan, se entregan, quieren morir amando, queriendo, deseando, viviendo; nadie dice nada. Un silencio mortal acompaña nuestro sueño. Muchos creen que quizá nunca más despierten, que quizá lo próximo que inhalen no sea oxígeno puro, quizá sea agua. Así, con ese temor, con ese desacierto, con esa duda hecha miedo nos dormimos, nos quedamos profundamente dormidos. No sabemos cuánto ha pasado, cuánto hemos dormido. Tenemos miedo de ver qué hay tras esas paredes que han sabido resistir. Temerosos sacamos la trinchera improvisada que hemos laborado. Abrimos lentamente la puerta y encontramos, tras todo ese temor, una mañana de sol ligero, de verde paisaje, de un arcoíris multicolor; encontramos esperanza y vida, encontramos algo mucho más difícil que aceptar la muerte, encontramos vida. A pesar de la alegría de sabernos vivos, todavía hay temor. Alguno sonríe sin discreción y dice entre carcajadas: “después de la tormenta, siempre sale el sol”.

martes, 25 de enero de 2011

Días de vida

La enfermera me toma la frente y me dice que parece que tengo fiebre, se me ve pálido (más de lo normal). - ¿Qué tiene joven? – me pregunta mientras sacude con energía el termómetro que no tarda en llegar a mi boca, justo debajo de la lengua. A las justa puedo responderle (porque el termómetro no me deja hablar bien) le digo que sólo he venido para saber cuántos días de vida me quedan, que no pretendo saber de qué voy a morir. Ahora se alista para medir mi presión. Le da dos vueltas a mi brazo enclenque y empieza a bombear aire, dejándolo escapar luego poco a poco. Me quita el termómetro de la boca. - Estoy muy mal – le digo. - Tengo mareos todo el día, me duele la cabeza, un dolorcito jodido que no me deja en paz, a veces en la sien a veces en la parte posterior. También padezco de una molestia insistente en el coxis que no me deja sentarme bien; un dolor en el pecho que no me deja respirar tranquilo y no puedo comer nada sin que me caiga mal. También siento escalofríos y tengo insomnio -. Cuando aún tengo mucho más que contar me vuelve a meter el termómetro en la boca y me dice que no tengo fiebre. Ahora, si no tengo fiebre, ¿por qué me pone otra vez el termómetro? Al callar ella se ve más relajada e incluso sonríe un poco. Me pesa (yo sigo con el termómetro en la boca); mi peso siempre es el mismo, totalmente miserable (mientras agradezco subir con ropa para no pesar menos). Me toma algunas otras cosas de rutina y antes de salir diciendo que espere al doctor me quita el termómetro el cual ni mira para ver mi temperatura. Me quedo solo. Reviso mi pequeña ficha clínica que data de casi una año atrás. En ella registra una cita que indica que fui víctima de granitos que invadieron mi cuerpo sin saber qué eran, alguna intoxicación tal vez. Presiento que no me queda mucho de vida y por eso he asegurado mi vida hace unos días atrás. Ahora valgo mucho más muerto que vivo; la única heredera es mi madre, la cual me ha confesado preocupada, que no quiere ni un sol, sólo quiere que no muera nunca. El doctor entra un poco desubicado: es joven, con peinado de niño bueno; tiene un aire a Mr. Bean. Se sienta, y con un acento medio español me pregunta qué padezco. – Yo le respondo muy convencido: - ¡padezco un tonto doctor! El doctor finge una sonrisa como afirmando que en verdad parezco un tonto. De paporreta recito todos mis síntomas y al final le pregunto cuántos días me quedan. El doctor algo aburrido me pide que suba al andamio y me solicita que me suba la chompa. Me presiona el vientre, me pregunta si siento algún dolor. – Si – le respondo seguro. - ¿Cuál? me vuelve a preguntar. – El de sus uñas al presionar – le respondo serio. Escucha mis latidos débiles, revisa mis pulmones enfermos. Me examina la boca, los ojos. Me pregunta de qué he sufrido antes. – De todo un poco doctor – le respondo. Le cuento que sufría de los triglicéridos, que alguna vez me caí de culo y me jodí los riñones. Que padezco de apatía, y en este mismo momento sufro de falta de dinero y sueño. Le cuento que he ascendido y que siempre tengo pendientes en el trabajo (porque es un trabajo de muchos pendientes). Que siempre tengo sueño, casi desde que salí del vientre de mi madre, y le pido que me dé una par de meses de descanso médico. Le digo que he buscado en el internet todos mis síntomas; que puedo estar con diabetes, que puedo padecer de alguna tumoración, que puedo estar con los triglicéridos muy mal, entre otras cosas. La cara del doctor lo dice todo: “entonces para qué vienes, si sabes mucho”. Muy calmado el doctor llena algunas proformas y me receta mil pastillas. Después de contarle lo de mis mareos y náuseas me pide que me saque una ecografía. Antes que me despida del cuarto le cuento que no puedo dormir, que escucho voces, que me dicen una y otra vez mi nombre. El doctor abre sus ojos y parece un búho culto. Me pregunta si no me piden que me haga daño, o quizá daño a alguien más. – No hemos conversado de eso - le respondo mientras trato de recordar bien. Me receta también un par de ansiolíticos para que pueda dormir tranquilo mientras me recomienda que los compre fuera de la clínica porque mi seguro no cubre eso. Me pide que regrese para ver mis resultados y para que me diga cuántos días con exactitud me quedan. Yo salgo arrastrándome de aquella sala. Me acerco a caja y pago lo que resta de lo que no cubre mi seguro. Me hacen pagar la ecografía. Compro las pastillas para drogarme lícitamente todo el día. Me arrastro a recepción para sacar cita para la ecografía y saber cuántos meses de gestación tengo. Me dicen que regrese mañana a las siete de la mañana y la leve mejoría que sentía se arruinó y me siento desmayar y quiero que me internen para pasar la noche ahí y no tener que despertar muy lejos para esa ecografía virulenta a horas desconocidas para mí. Estoy ansioso por probar esas pastillitas, sobre todo la que me asegura dormir toda la noche. No me han pedido análisis de sangre, que me parecía primordial; quizá y el doctor temió caer en negligencia al verme tan delgado y no quería correr el riesgo de desangrarme con apenas una muestra de mi sangre azul. Tampoco me revisó con detenimiento lo del coxis. (He escuchado que algunos doctores te meten el dedo al culo para acomodarte un hueso mal situado) No me ha pedido ninguna muestra de nada, y me parece bien, la mayor de las muestras se la di apenas ingresé a su consultorio: -no le queda mucho de vida- conclusión a ojo clínico.

martes, 18 de enero de 2011

Queremos jubilarnos

Mónica ha decidido renunciar porque se cansó de aguantar las malas tardes de su supervisora. La supervisora no esperaba que Mónica se atreviera a renunciar, dado que según conclusiones, la supervisora tiene un pavor único e incalculable de perder su empleo y por ende se siente la dueña de casa y no intuyó que el ímpetu de Mónica la deje ahora mal parada, puesto a que un grupo importante de personas sabe que la decisión valiente de Mónica tiene nombre y apellido. Leonardo por fin consiguió el ascenso que pretendía y ahora no le sale ni una; todas sus solicitudes de venta son rechazadas: “que el nombre de tu cliente es feo”, “que de no debe de medir menos de un metro cincuenta”, “que el vendedor es algo afeminado”. Algunos dicen que la fiscalización de los casos está verdaderamente rápida; Leonardo cree que si, sus solicitudes casi son rechazadas antes de ser ingresadas. Lalo se fue al Cusco y es gerente; le toca pelearse con sus trabajadores y también con sus clientes, maneja horas para discutir con todo el mundo. Bruno no aguanta la idea de quedarse solo en la agencia: Primero se fue Alex (que no era su amigo), luego partí yo (que creo que soy su amigo); cambiaron no mucho tiempo después a Patricio (que era uno de los más antiguos), posteriormente a Gerardo (gerente de oficina), Lalo se fue lejos, y ahora a Mónica, quien es su enamorada. Mónica se siente importante por el apoyo inesperado que ha recibido, no pensaba que continuaría en el empleo; le sugirieron un cambio de oficina y se dio. Leonardo no pensaba que su nuevo puesto era tan complicado y quiere regresar a ventanilla. Lalo ahora está solo en una ciudad nueva y desea que los pasajes de avión bajen de precio, o que baje el precio de los aviones y comprarse uno. Bruno quiere que le dé diarrea y faltar al trabajo (de paso baja de peso). Mónica va a regresar a la agencia de donde salió y ahora le va a presentar chicas nuevas a Leo. Leonardo está esperando que Mónica le presente chicas nuevas pero como no vende nada no comisiona y no tiene dinero para invitarles ni una cerveza. Lalo está en Cusco y no tiene con quién tomarse una Cusqueña ni tiempo para tirarse una. Bruno dice que prefiere conversar con su botella antes que conversar con los chicos nuevos que han llegado a una oficina que no es ni la sombra de lo que fue. Mónica tiene pena de dejar a su gordito dado que lo veía todo el día. Leonardo se siente un burro porque en su puesto nuevo no sabe nada. Lalo tiene que lavar su ropa interior pero tiene flojera. Bruno se deprime y come mucho. Mónica ya lo extraña a Bruno. Leonardo extraña aquellos tiempos donde eran todos felices. Lalo extraña su ciudad. Bruno extraña ir al banco sonriendo. Mónica no le quiere contar a nadie que se va a otra agencia. Leonardo les cuenta a todos que no se siente bien. Lalo no tiene a quién contarle sus cosas con confianza. Bruno cuenta las horas para salir corriendo a su casa. Mónica está loca. Leonardo está preocupado. Lalo está cansado. Bruno está con hambre. Mónica está pesando en sus ex nuevos amigos. Leonardo está pensando en las metas que tiene que cumplir y en volar cometa. Lalo está pensando en la playa, la más cercana es la del estacionamiento. Bruno está pensado en Mónica. Mónica cree que ha madurado pero está igual de chiflada. Leonardo cree que no dura más de una campaña y está ardilla. Lalo cree que el tiempo pasa volando y mira el techo de su casa. Bruno cree que Katy Perry será suya algún día. Mónica sabe que se va y toma todo a la ligera. Leonardo sabe que debe de ponerse las pilas y que debe de engordar porque está muy ligero. Lalo siente el ligero presentimiento de que debe comprarse una muñeca inflable y tomarse una cerveza. Bruno aligera sus meriendas y piensa en un viaje a la playa. Mónica tiene miedo. Leonardo, confianza en su suerte. Lalo tiene ganas de endeudarse. Bruno ganas de renunciar. Mónica ama a Bruno. Leonardo extraña a Lalo. Lalo quiere regresar un ratito. Bruno no quiere pelearse nunca más con Mónica. Los cuatro quieren que pase esta pequeña pesadilla. Los cuatro esperan encontrase y tomar un par de copas. Los cuatro se llaman y se dan confianza para lo que viene. Los cuatro quieren vacaciones. Los cuatro esperan pasarla juntos.

lunes, 10 de enero de 2011

Las voces

Se levanta tarde porque sabe que no tiene nada que hacer, ni nadie a quien visitar, ni nadie quien lo espere. Tarda una vida en quitarse de encima las sábanas que pesan como cemento. Camina arrastrando los pies hasta el baño donde se mira la cara al espejo y se asombra por lo viejo y feo que está, se sorprende con verse tan mal mañana tras mañana y casi-casi no poder hacer nada por detener ese cambio a peor. Sabe que se le hace tarde pero no le importa. Sabe que debe cuidar su dinero pero no escatima en tomar un taxi para ir a trabajar (fácilmente puede caminar al trabajo) Por ahora no hay nadie que le diga algo o le llame la atención. Come sin apuros y sin saborear la comida. Llega puntualísimo a su trabajo y el sólo hecho de saber que estará toda la tarde allí, lo incita al suicidio. La tarde se acaba, el trabajo llega a su fin. Quiere apurar las cosas para salir volando pero no tiene nada que hacer con apuro. No tiene a quien visitar, ni algún lugar que en verdad lo anime a ir solo ni ganas de hacer algún plan improvisado que seguro saldrá mal. Camina a su casa, camina como perdido, como inconsciente del tiempo y espacio pero siempre con un apuro injustificado. No sabe que va a comer; tiene un poco de todo en su frío bar pero quiere otras cosas. Entra a su cuarto, a su cueva, a su refugio; no sabe si ver una película, leer aquel libro abandonado o escribir sin saber qué. Prende la computadora, navega en internet pero sabe bien que es un náufrago. Prende la tele y ve como mueren personas, como unas otras son violadas, los accidentes, las desgracias. Cambia una y otra vez de canal intentando encontrar algo que le arranque una sonrisa o por lo menos que le dé sueño. No hay nada. Cierra sus ojos e intenta dormir; no puede. Se tapa la cabeza, le da esa pesadilla que lo persigue desde pequeño. Esa donde sabe que está echado en su cama, esa donde sabe que está dormido. Esa donde siente que alguien se sienta al lado suyo. Esa donde siente que le hacen cariño o que se le acercan al oído e intentan decirle algo o simplemente asustarlo. Él intenta despertarse, intenta despertar a su mamá que cree duerme a su lado; pero no hay nadie, sólo él que lucha contra su pesadilla. Despierta, un poco asustado quizá. Se para a cerrar la puerta del baño, a acomodar las cortinas, a tomar aire. Se acuesta, intenta dormir a como dé lugar. No puede, se coloca en mil posiciones. Ahora cree estar bien despierto y escucha voces, voces de amigas, conocidas, todas femeninas. Sólo dicen su nombre, una y otra vez, como llamándolo, como incitándolo a algo que no termina de descifrar. Tiene miedo, tiene mucho miedo. Cree que está loco o que algún demonio lo ronda. Quizá no se siente en paz consigo mismo o con Dios. Se queda horas imaginando escuchar voces y seguro de que no puede dormir a si se muera de sueño. Su cuarto está a oscuras. Son las cuatro de la mañana y no sabe a quién llamar para no sentirse solo ni indefenso. No quiere despertar a nadie en la madrugada y decirle que escucha voces y que tiene miedo porque no le van a hacer caso y lo van a creer un orate. Duerme con la lámpara prendida, y así duerma hasta la una de la tarde igual va a amanecer cansado. Camina a su trabajo, se conversa a sí mismo. Habla solo todo el trayecto. Piensa en mil cosas: en el libro que no puede seguir escribiendo, en su nuevo puesto que buscó desde el principio y que ahora también le da miedo, en la chica que cree que le gusta (como tantas) y a la cual no se atreve a escribir porque no sabe que decir y cree que molesta (como a todas). Quiere vacaciones. Quiere escapar. No sabe a dónde ni cuándo. No sabe de quién o de qué huye. Si tuviera mucho dinero no sabría que hacer. Si terminara de escribir su libro no sabría qué sigue. Sólo quiere dormir, estar solo en su cuarto, pero sentirse acompañado. Ya no quiere vivir solo pero tampoco a nadie que lo moleste. Ya no quiere trabajar pero seguir cobrando su sueldo. Ya no quiere escuchar esas voces insidiosas pero no puede evitarlo. Sabe que está camino a la locura y que su fin irremediable es ese. – Estoy loco – se dice convencido, mientras escucha una voz que le dice sí en su cabeza.

martes, 4 de enero de 2011

Nos fumaremos un cigarro otra vez

Otra vez los juegos artificiales revientan a centímetros de mi oído y casi son las doce y mi novia Polly (que es mi amiga) está a mi lado y la abrazo porque tiene miedo de que le caiga uno de esos cohetones virulentos. Últimamente hemos estado frecuentándonos. Ella (ahora soltera) a tenido a bien soportar mis visitas y mis pequeñas (pero no meno jodidas) llamadas. Tuvimos en un tiempo, nuestro cuarto de hora para poder intentar estar, pero como siempre, pasó. Está a mi lado y la idea me encanta aunque no lo tenía planeado. La abrazo, la engrío, la llevo de la mano, la hostigo. Ella empieza con su plan de “estrella de pop” y ya no ve tan a bien estar a mi lado. A las doce nos besamos y ella sabe que es la primera vez que beso a alguien a las doce, quiere ser especial. El beso no fue bueno, ella abría la boca y yo la cerraba; doce uvas no hubieran estado mal. Terminamos aquel ligero beso y abrazo con vehemencia a mis amigos y les repito que los quiero y que estoy feliz de estar allí con ellos. Abrazo a todos con euforia pero hay un abrazo especial, un abrazo que se postergará en el tiempo por motivos de distancia. Lalo ha recibido un merecido ascenso y tiene que viajar a Cusco en cuarenta y ocho horas. Lo veo abrazándose con otros amigos y me acerco sin dudar y lo atenazo entre mis brazos y presiono fuerte, como queriendo decirle sin hablar que me va hacer falta su compañía fenomenal y que aunque feliz por la buena nueva, ya empiezo a sentir su ausencia. Lalo ha sido mi compañero de secretos y travesuras, mi cómplice de juergas, mi fiel colega en las artes de libar y en una que otra noche de karaoke donde en verdad no canté bien. Ya no me interesa el año nuevo y veo a mi novia Polly (que es mi amiga) con cierta predisposición a ignorarme. Hemos tomado como desesperados un par de botellas de pisco y sentimos que todo es más divertido. Aquel lugar donde estamos está repleto de gente y decidimos partir en busca de nuevos lares, total, la playa es grande y misteriosa. Caminamos un montón; el frío nos intentaba amilanar. Llegamos a una discoteca que está llena y nos quedamos fuera y seguimos bebiendo. Polly está ausente y prefiero no molestarla. Mis amigos están desenfrenados y es un vaso tras otro y todo empieza a tomar sentido. Las sonrisas no se hacen esperar. Algunos ensañan pasos de baile. Otros manifiestan su cariño con efusiva convicción. - Acompáñame a orinar – escucho y parece que también Patricio, Lalo y Bruno. Somos los cuatro rumbo a la orilla y nadie quiere miccionar pero todos miccionan. – Hay que bañarnos desnudos – escuchamos nuevamente los cuatro y antes de que esta oración se concrete yo ya estaba nudo y antes de que se terminen de reír, también estaban desnudo Lalo, Bruno y Patricio. Segundos después corríamos animosos los cuatro rumbo a un mar helado y en potencia peligroso. Cuando ya estaba a punto de sumergirme decidí regresar corriendo porque misteriosamente entendí que si algún palomilla hijo de poca madre nos había visto tenía la concreta posibilidad de robarnos todo y dejarnos no sólo sin dinero sino que también desnudo a las tres de la mañana en la orilla de la playa y con un millón de gente alrededor (la mayoría borracha). Al salir el resto de borrachos también salieron del mar. Una chica que apareció como fantasma empezó a señalarnos mientras trataba de controlar su ataque de risa; nos apuntaba con el dedo la zona pélvica. Regresamos al grupo mojados y con una sonrisa en los labios. Seguíamos disfrutando de la noche. Seguíamos tomando whisky que salía de no sé dónde. Todos sonreíamos y de rato en rato observaba la sonrisa de mi buen amigo Lalo, quería que la pase como se merece. Sospechosamente Lalo de rato en rato aparecía con la cabeza mojada, como recién salido de la ducha. Al parecer le había gustado la travesura y había encontrado muchos otros traviesos que no temían en meterse al mar. No interesaba más nada, Lalo estaba pasándola bien y yo también. Polly, mi novia (que sólo es mi amiga), se me acercó, me conversó y me convenció de regresar al hotel a descansar. Yo sentía la obligación de cuidarla, de complacer sus requerimientos aquella noche en que no la pasó con ninguna de sus amigas y quizá por mala suerte, la pasó conmigo. Entramos al hotel, nos acostamos en la misma cama (pues había alquilado aquella habitación doble para mí y Lalo, y ahora Polly no tenía donde quedarse). Nos quedamos dormidos inmediatamente. Dejé la puerta cerrada sin seguro para que Lalo entre sin mayores problemas. Recordé brevemente las miles de salidas con mi buen amigo. Las miles de veces que regateamos el precio de un taxi que nos hiciera ruta desde la plaza de armas a las cuatro de la mañana. Las veces que borracho renegaba como viejo. Las veces que nos quedamos en mitad de la discoteca mirando a todo el mundo bailar y nosotros nada. Las veces que tomamos un pisco sour. Las veces en que piqué de sus cigarros. Sus cajetillas de Hamilton. Su presencia acogedora. – Amigos hay poco – llegué a pensar. No hay duda que a donde vaya le tiene que ir bien; y felizmente va al Cusco. Felizmente es una ciudad que podré frecuentar para fumarnos unos cigarritos. Felizmente Lalo es mi amigo. Felizmente allí no hay playa donde pueda meterse desnudo.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Las Navidades también son tristes

La Sra. Margarita me mira y me besa como si fuera su propio hijo. Yo le sonrío agradecido por tanto cariño pero no recuerdo bien quién es. Me dice que siempre reza por mí, que tiene siempre presente los once de septiembre (mi cumpleaños), que le da gusto verme tan grande porque no me ve hace mucho, cuando aún era un niño. Yo no entiendo nada pero me siento conmovido. A Tacna regreso después de casi cuatro meses, y es que cada vez me da menos ganas de regresar. Mi madre está un poco más vieja; estrenando arrugas que no conocía. Su mirada siempre cansada se contrasta con la sonrisa que dibuja cada vez que me ve llegar; parece que le agradeciera a Dios el haberme cuidado todo este tiempo. Aunque no lo termine de entender, siempre es bueno regresar a casa y darme baños de humildad y cariño. La casa ya no luce como las navidades pasadas, ya no hay tantos regalos bajo el viejo árbol, ya no hay tantos niños corriendo, ya no se espera la cena navideña con tanta ilusión como antes. No han venido todos los miembros de la familia. Antes fácil y llegábamos a ser veinte personas; ahora apenas y pasamos las diez. A la hora de comer, los más chicos (entre los cuales estaba yo), nos servíamos la comida en la cocina, en la mesa más pequeña, donde podíamos jugar y reír sin que los adultos nos estuvieran llamando la atención o pidiéndonos que no retocemos en la mesa. Los grandes por su parte, y con una copa de champagne (nunca más de una botella), se ponen a conversar y soltar risotadas escandalosas en la mesa de la sala. Comemos rápido y conversamos poco. Ahora me toca sentarme en la mesa de los adultos y no es tan divertido. El pavo está un poco salado. El ají pica una barbaridad. Las ensaladas no han tenido tanta acogida. Tomamos un champagne un tanto dulce y yo se lo doy a la pequeña Sabrina, que es la perrita cocker que ahora se pasea por toda la casa. Ella toma como loca y me da risa que aquella perrita correlona y juguetona ahora sea una alcohólica floja y gorda. A la pobre Sabrina le tocan sus gotas para dormir y no tenga que soportar los cohetones de la media noche y tampoco el susto que éstos le otorgan. La perra no es tonta y siente que esas gotitas con agua que le están dando no es el dulce champagne que yo le ofrecía y llega a escupir considerable cantidad del recipiente. Mi sobrina está un poco triste porque su enamorado no la llama cuando años atrás estaba corriendo y jugando como loca esperando por sus regalos. Terminan de cenar y algunos se marchan con un abrazo discreto de Navidad, tienen que ir con sus familias. La perrita se empieza a dormir y camina como borracha no sé si soportando aquellas gotas o producto del champagne brindado. Faltan quince minutos para las doce y mi sobrina me llama con energías de antaño y me dice que suba al tercer piso para ver los juegos artificiales. Pone la cámara fotográfica sobre el cielo oscuro y despejado. Una lluvia de colores se muestra incandescente sobre mis ojos. Ráfagas multicolores se desprenden de todas las casas y tocan el cielo convirtiéndose en nubes matizadas. No hay duda en que la gente busca cualquier escusa para ser feliz y compartir su felicidad; por eso de todas las casas bombardean de felicidad esta noche siempre especial a pesar de viejas tristezas. Me emociona la idea de que todavía se disfruta la navidad y de que la gente no escatima en comprar un panetón, un champagne o un juego artificial para compartirlo con alguien que no necesariamente es su familia. Bajo presuroso a saludar a los que me faltan. Le doy un beso a mi tía Tere, a mi prima Mary, a Sandra, a la Sra. Margarita que con tanto amor me cuenta que reza por mí y a su esposo que también me saluda con cariño. Sabrina, la mascota, entra casi derrotada y da un par de ladridos antes de echarse sobre el tapete ya muy drogada o alcoholizada, parece que hubiera alcanzado a decir feliz navidad familia. Cada navidad es más triste que la anterior y todas me provocan llorar y agradecer por pasarla juntos, aunque ya no tan revueltos. Abren los regalos y a mí, como ya es costumbre, me tocan calzoncillos y medias, y ahora los recibo con otra sonrisa porque sé que en verdad me hacen falta, por lo menos el calzoncillo amarillo para fin de año. Mi madre me abraza con especial afecto y estoy feliz de ser su hijo y de estar allí con ella. La Sra. Margarita me cuenta que no pasa una navidad con su hija hace veintidós años y a pesar de esa tristeza se atreve a recitar un par de poemas preciosos. La perrita ladra por última vez antes de que sus ojos rojos sean cubierto por un par de parpados sometidos por el cansancio. La navidad siempre será la navidad, pase lo que pase, así se tienda a perder las costumbres. La navidad siempre despertará en nosotros un poco más de dulzura y caridad. La navidad siempre será un gran pretexto para abrazar, besar y decir te quiero. La navidad siempre será especial a pesar de que se muestre, año tras año, un poco más tristes y melancólicas. Cierro los ojos y rezo para que la próxima navidad, la Sra. Margarita, la pase con su hija.