Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
martes, 28 de junio de 2011
Los restos de su amor: Tarde
martes, 21 de junio de 2011
Los restos del amor
lunes, 13 de junio de 2011
Encanto francés
miércoles, 8 de junio de 2011
Fue ayer...
Recuerdo cuando salía del trabajo los sábados por la tarde, cansado; habíamos salido la noche anterior o te habías quedado en mi cuarto; tú sin querer irte, yo sin dejarte ir. Aquellos sábados salía de las responsabilidades con el cuerpo a cuestas, llegaba a mi casa y te iba a buscar emocionado. Tú salías radiante, recién bañadita, con tus balerinas rojas y casi siempre de mi tamaño. Recuerdo que caminábamos conversando de todo, cuando te peleabas con tus hermanos saliendo siempre victoriosa, cuando te burlabas de este niño tonto que te escuchaba asombrado, cuando me regalabas tus sonrisas y cómo disfrutábamos ambos la compañía del otro. Recuerdo (ahora caminando solo por las calles) cuando nos encontrábamos por las noches y comíamos cositas ricas; chifa, pizza o cualquier bocadito que se nos antojara; lo mucho que no reíamos y lo rápido que pasaba el tiempo. Recuerdo que ya era tarde y seguro tu mamá estaba hablando mal de la mía y yo te dejaba en tu casa raudo, subiendo al taxi con una velocidad impresionante para no ser un blanco fácil para tu papá que seguro me apuntaba con un rifle desde la esquina más solapada de tu casa. Recuerdo que en tus ratos de ocio mirabas Disney y cuando podías me hacías ver una que otra película contigo. Recuerdo cuando me contabas tus cosas, las del cole, cuando te trataban como rea y las tonteras que te pedían. Recuerdo claramente la vergüenza que me daba entrar a tu cuarto, generalmente los sábados por la noche, con tus papis al costado y hasta altas horas: o escuchando música o dándonos besos que no podían pasar a más por temor a ser descubiertos. Recuerdo cuando intentabas hacer todo y graduarte de ama de casa: el adorno que me rompiste y los fideos que quemaste. Recuerdo como alentabas a tu dios Nadal, aquel español que ahora por recordarte, no me cae tan mal. Las peleas por dejar en claro cual era el mejor equipo del mundo, tú siempre por el Madrid, yo a muerte con el Barza. Los gestos que ponías, la forma en que me mirabas, los globos con heleo. El viaje a Puno donde por poco te mueres y donde por poco me matas por llevar las miles de cosas que trasladaste. Recuerdo las veces que me procuraste reuniones familiares a donde no debí asistir pero me ganaban las ganas de estar contigo. Recuerdo las cosas que te obligué a hacer en la intimidad donde te luciste como mujer e hiciste que me enamorara un poquito más de ti. Te recuerdo hablando de Lu y la pena que tuvimos cuando nos enteramos que lo tuyo era sólo un retraso y lo mío una constante (mi lapicito no pinta). Recuerdo que no te gustaba que te agarre los pies. Las nalgadas que nos metíamos cuando estábamos distraídos. La noche en que te quedaste a dormir conmigo con una mentira tontísima y el temor del día siguiente cuando todos sabían la verdad o por lo menos se las olían. Recuerdo a lechuga esperándote en la madrugada para entrar él también. Recuerdo tus promesas, las lágrimas, los abrazos, las ganas de nunca separarnos. Recuerdo las frases bonitas en el face, recuerdo los mensajes de texto y la desesperación por hacer saber al otro todo lo que sentíamos en eso momento. Recuerdo tu mano tomada de la mía.; cuando te miraba el escote de reojo. Recuerdo cuando llegabas a tu casa muy tarde y nos poníamos a hablar por teléfono un par de horas más, sabiendo que nos volveríamos a ver por la mañana. Recuerdo tu desnudez en mi cama, la cual siempre ocultabas entre mis sábanas o con una almohada impertinente. Recuerdo las miles de coca colas que tomamos, las velas que prendí para ti acompañados de un vinito y la inconfundible voz de Luis Miguel y sus boleros. Te recuerdo subiendo mis escaleras, llamándome para ver si ya había salido del trabajo, besándonos en el taxi. Te recuerdo segura de todo, firme en las cosas que querías conmigo. Te recuerdo con tanto cariño que todavía sonrío cuando es así. ¿A dónde irán a parar los recuerdos? Los feos recuerdos en esta cabecita distraída suelen perderse; los buenos, casi siempre quedan; a veces es mejor intentar que no sea así. Y después de tanta remembranza y volver al pasado con cierta nostalgia, la triste conclusión de todo es: Eso, fue ayer...martes, 31 de mayo de 2011
Antes era más fácil
Cuando niño me encantaba dormir hasta tarde, todo el día si era posible; no había nada peor que ese sueño cándido e inocente sea interrumpido. Lamentablemente era así, se turnaban entre mi madre o mi tío el militar que de un solo grito me ponía de pie con la mano a la altura de la sien haciendo un saludo militar. Cuando niño no había nada mejor que salir una tarde de verano a jugar con los chicos del barrio; estar sentados en la vereda, pateando una pelota o mojando a las chicas del barrio o de otros barrios que pasaran por nuestro territorio, no había nada mejor que mataperrear y llegar a casa a dormir hasta altas horas de la mañana. Cuando niño no había nada mejor que llegar a casa a la hora del almuerzo y encontrar en la mesa un plato de comida; ya sea lentejas, hígado o algún otro potaje desagradable, no había nada mejor. Cuando niño era genial ensuciar toda la ropa, caminar descalzo, sudar como loco; sabía que yo no iba a lavar nada de lo que ensuciara y tampoco conocía lo jodido que era. Cuando niño era feliz sabiendo que tenía una camisa nueva, unas zapatillas nuevas; era feliz usando las mismas combinaciones en las fiestitas y reuniones, total, ni eran muchas ni me importaban tanto. Cuando era niño no era tan trágico que te gustara alguien, simplemente lo mantenía en secreto, la miraba de rojo y cuando conversaba con ella, la misión estaba cumplida. Cuando era niño un juguete nuevo me ponía en verdad feliz. Cuando niño tomar gaseosa o comer en la calle me parecía el mejor de los premios. Cuando niño con dos soles era millonario. Cuando niño bailaba lo que sea, andaba sin preocupaciones, nadie me señalaba con maldad ni tampoco me exigían nada que naturalmente no pueda cumplir. Cuando niño veía el mundo de otra manera, todo más sencillo, menos complicado; todo extrañamente más fácil, más divertido. Cuando niño sólo me importaba el amor de mi mamá que me amaba sin descanso. Recuerdo a mi primo siempre gracioso, siempre cómico, llegar a sentarse solo en el sofá de la sala, abstraído; sin ese brillo en los ojos y con la mano en la cabeza, sosteniendo algo más que un pedazo de su cuerpo. Hay algo que nunca se detiene, y que tampoco perdona. Los años pasan y mi niño interno me ha abandonado poco a poco, se ha ido a jugar a otro lado a pesar de que éramos muy buenos amigos. Ahora no puedo dormir hasta tarde con la misma alegría, porque siento que he perdido tiempo para hacer algo productivo sin saber qué es. Ya no es tan sencillo salir una tarde a distraerme por las calles donde ya no hay muchos barrios, sin temor a que me pase algo o sin la seguridad de divertirme tanto. Hay días en que ya no me tienta tanto regresar a casa porque sé que no habrá nada listo para comer, ni siquiera el plato de menestras o hígado que tanto discriminé. Soy un tipo sumamente cuidadoso con la ropa porque no quiero que se ensucie ni se malogre porque si no me mato lavándola, reniego comprando una nueva. Ahora tengo en la cabeza la estúpida costumbre de escoger mi ropa para salir pensando en no repetir combinación o intentando sorprender a no sé quién cuando en verdad lo único que quiero es que me quieran como soy. El amor con los años se degenera y nos obliga a no sólo sentir amor, o sea, ya no es un amor tan puro como el de niños; porque la vida con el tiempo te complica las cosas y te enseña que no siempre se es feliz mirando a alguien de reojo, dándole besitos o en el mejor de los casos, manteniéndolo en secreto. Ahora tenemos que mantener un comportamiento discreto para que nadie hable de nosotros porque la gente hablas hasta por los codos y aquellos que no se sienten bien consigo mismos no pueden vivir tranquilos. Ahora somos víctimas del dinero porque el que no tiene dinero no es feliz y estoy seguro que el que lo tiene en cantidades copiosas, tampoco. Ahora uno piensa más de la cuenta y por ende se equivoca más. Yo tenía mi niño interno, el que ahora se fue a jugar no sé a dónde. A veces, en absoluto silencio, escucho su risa llegar a mí, entiendo que le he aburrido y no va a regresar hasta que yo deje de envejecer. Con el pasar del tiempo debemos entender que nos queda cada día menos y que es necesario sonreír todo lo que se pueda, amar sin escusas y llorar si así lo queremos. Las oportunidades de ser felices son escasas y las probabilidades de que seamos todos unos infelices son altas. La vida es una sola y los niños son quienes tienen un secreto desconocido para vivir con sabiduría. Uno nace con y de amor, con el tiempo lo único que hace es conocer la maldad y desencantarse. A pesar de todo, todavía hay escusas poderosas para ser feliz. La felicidad aún depende de nosotros. Sé felizmartes, 17 de mayo de 2011
Lo torpe del amor
martes, 10 de mayo de 2011
Lo que sigues haciendo por mí
Suscribirse a:
Entradas (Atom)