miércoles, 27 de julio de 2011

La verdad de las cosas

“La verdad no le gusta a nadie porque la mayoría de las veces no dice lo que quieren escuchar”. La verdad de las cosas es que el tiempo pasa y nos hacemos más viejos y generalmente no hacemos nada para mejorar o tan siquiera para que nos recuerden (no con cariño, tan sólo el hecho de que nos recuerden después de fenecidos). La verdad de las cosas es que con el tiempo nos volvemos más torpes; a pesar de las experiencias y caídas tendemos a empeorar. La verdad de las cosas es que nadie cambia para bien. La verdad de las cosas es que nada dura para siempre: el amor se desgata y generalmente se acaba, las amistades tienden a perderse con el tiempo o la distancia, el dinero se hace humo o termina apoderándose de ti, la salud se quebranta sin que te des cuenta, la muerte siempre triunfa. La verdad de las cosas es que hay siempre alguien mejor que tú. La verdad de las cosas es que tenemos tanto miedo de caer mal que terminamos siendo unos amigos mediocres que callan todo lo que tienen que decir por temor a quedarse sin amigos. La verdad de las cosas es que tu compadre se quiere comer a tu enamorada y no dudaría hacerlo si la encuentra borracha. La verdad de las cosas es que tu enamorada estaría encantada de que alguno de tus amigos le haga el favorcito. La verdad de las cosas es que la Coca – Cola me está matando y me muero si no la tomo. La verdad de las cosas es que la mayoría de la gente no se casa por amor, se casa por costumbre, por ilusión o por temor de quedarse solo. La verdad de las cosas es que tienes Facebook para que la gente crea que eres feliz , pongas “me gusta” cuando comenten a tu favor y los odies en secreto cuando cuelguen una foto donde sales terrible o te dejen un comentario donde no quedes bien parado. La verdad de las cosas es que es más fácil denigrar a los demás que intentar ser mejor. La verdad de las cosas es que la mayoría se siente feliz con la desgracia ajena. La verdad de las cosas es que nos encanta mentirnos a nosotros mismos para no dejar de sonreír. La verdad de las cosas es que el dinero no compra la felicidad pero te hace menos infeliz. La verdad de las cosas es que la vida es corta y no hay tiempo para lamentarse de los errores. La verdad de las cosas es que no tenemos el valor suficiente para decir una verdad, aunque esta sólo sea: te quiero. La verdad de las cosas es que preferimos no equivocarnos a acertar. La verdad de las cosas es que criticamos a todo el mundo y no hacemos nada por cambiar. La verdad de las cosas es que tus peores enemigos se encuentran entre la gente que quieres. La triste verdad es que nos vamos a quedar solos o rodeados de aquellos que también temen quedarse solos, y aguantaremos mentiras y callaremos verdades, esto si no tenemos el valor de afrontar las cosas, porque si somos sinceros, nos quedaremos solos irremediablemente. La verdad de las cosas es que lastimaremos más de una vez a las personas que menos queremos lastimar y es probable que nunca nos perdonen por tontos. La verdad de las cosas es que somos unos asesinos y nuestra víctima preferida siempre somos nosotros mismos. La verdad de las cosas es que hay poca gente inteligente que te quiere como eres. La verdad de las cosas es que a pesar de todo siempre hay más razones para ser feliz (no preguntemos cómo). La verdad de las cosas es que debemos ser agradecidos con los que nos quisieron y quieren, algo bueno debimos de tener. La verdad de las cosas es que hay que ser agradecidos con la gente buena pero intentar nunca deberles nada, puede que no sean tan buenos. La verdad de las cosas es que aunque me haga el malo extraño a mi mamá. La verdad de las cosas es que la soledad es la única presencia femenina que nunca te abandona. La verdad de las cosas es que siento el olor a muerte cada vez que me despierto y parece mi perfume natural. La verdad de las cosas es que nunca intenté caerle bien a nadie, traté de decir la verdad siempre y pelee por esa verdad; si me equivoqué y no pedí disculpas a tiempo, “Lo siento”. La verdad de las cosas es que cuando vivimos sin miedo a equivocarnos nos divertimos más y a veces no me divierto tanto. La verdad de las cosas es que no hay verdad más grande que el amor aunque parezca lo contrario. La verdad de las cosas es que este blog no lo lee nadie pero igual escribo. La verdad de las cosas es que hace semanas que no escribo y he perdido esas ganas mágicas que me poseían y sobre todo, he perdido el valor para decir la verdad de las cosas.

lunes, 18 de julio de 2011

Nunca jamás

Cómo vas a saber lo que es el amor si nunca te hiciste hincha de un club. Cómo vas a saber lo que es el dolor si jamás un zaguero te azotó la tibia y el peroné. Cómo vas a saber lo que es el placer si nunca ganaste un clásico barrial. Cómo vas a saber lo que es llorar si jamás perdiste un clásico sobre la hora con un penal dudoso. Cómo vas a saber lo que es el cariño si nunca acariciaste la redonda de chanfle entrándole con el réves del pie en el cachete para dejarla jadeando bajo la red. Cómo vas a saber lo que es la solidaridad si jámas saliste a dar la cara por un compañero golpeado sin fe desde atrás. Cómo vas a saber lo que es la poesía si nunca tiraste una gambeta. Cómo vas a saber lo que es la humillación si jamás te hicieron un caño. Cómo vas a saber lo que es la amistad si nunca devolviste una pared. Cómo vas a saber lo que es un orgasmo si jamás diste una vuelta olímpica de visitante. Cómo vas a saber lo que es el pánico si nunca te sorprendieron mal parado en un contragolpe. Cómo vas a saber lo que es morir un poco si jámas fuiste a buscar la pelota adentro del arco. Cómo vas a saber lo que es la izquierda si nunca jugaste en equipo. Cómo vas a saber lo que es la xenofobia si en ninguna cancha te gritaron "negro de mierda". Cómo vas a saber lo que es la soledad si jamás te paraste bajo los tres palos a doce pasos de un fusilero dispuesto a acabar con tus esperanzas. Cómo vas a saber lo que es el barro si nunca te tiraste a los pies de nadie para mandar la pelota sobre un lateral. Cómo vas a saber lo que es el egoísmo si nunca hiciste una de más cuando tenías que darsela al nueve que estaba mejor ubicado. Cómo vas a saber lo que es el arte si nunca inventaste una rabona. Cómo vas a saber lo que es la música si jamás cantaste haciendo equilibrio sobre un paravalancha. Cómo vas a saber lo que es el suburbio si nunca te paraste de wing. Cómo vas a saber lo que es la clandestinidad si nunca te tiraron un pelotazo para que te aguantes vos sólo a toda la defensa rival. Cómo vas a saber lo que es la injusticia si nunca te sacó tarjeta roja un referee localista. Cómo vas a saber lo que es el insomnio si jamás te fuiste al descenso. Cómo vas a saber lo que es el odio si nunca hiciste un gol en contra. Cómo vas a saber lo que es la vida, si nunca, jamás, jugaste al fútbol. Walter Saavedra

martes, 28 de junio de 2011

Los restos de su amor: Tarde

Verónica sale de la ducha con la toalla envolviendo su figura casi perfecta. Camina un poco por su habitación buscando algo, quizá su celular; quiere ver si no tiene alguna llamada perdida. Camina con agilidad y delicadeza, siempre en toalla, semidesnuda, aún húmeda y con el cabello mojado. Pasa mil veces frente a su enorme espejo; se detiene, se sabe preciosa y se anima a despojarse por algunos segundos del paño que la cubría y aprecia su desnudez. – Cuántas quisieran tener esta figura, y cuántos quisieran poseerla, sarta de pendejos – se dice antes de cubrirse de nuevo. Aún es temprano pero tiene escogida la ropa con la que saldrá a impresionar al público hoy. Quiere lucir sus piernas bien torneadas, por eso la faldita. Verónica está de moda y eso le gusta. Últimamente ha salido mucho, y a pesar de las risas y las miradas infinitas que se posan en ella, siente un pequeño vacío. Toma su ropa interior, es negra; se la pone sin problemas y se vuelve a mirar en el espejo. Se echa en la cama, siempre en ropa interior, está pensando en él, no quiere pensar en él, pero sabe que lo extraña: -Te odio Martín- llega a decir antes de quedar ligeramente dormida. El celular estalla, suena una canción muy conocida “Ojalá que te mueras” dice el tema. Es Gabriel, es el hermano menor de Martín. Ella mira el nombre y tarda en contestar. – Este maricón no es capaz de llamar de su celular – piensa y contesta. - Aló- dice con una voz dulce e inocente. - ¿Verónica? ¡Se mató cojuda, se mató! ¡Se mató por tu culpa! – logró entender entre quejidos y sollozos. - ¿Quién se mató Gabriel? ¡Por Dios, no entiendo nada! Cálmate, no me hagas asustar -. – Se mató Vero, se mató mi hermano, Martín. Mi hermanito se quitó la vida, está muerto, ¡muerto carajo! - Verónica se quedó impávida y no logró colgar la llamada, simplemente dejó caer el celular y se quedó inmóvil, congelada. Sus ojos se llenaron de agua, empezó a temblar levemente. De pronto vinieron mil imágenes a su cabeza: él sonriendo, él llegando a su casa, él desnudo en su cama, él diciéndole que la ama, él siempre con ella. – Es un error – piensa y coge el celular nuevamente. Gabriel sigue llorando desde el otro lado. – ¡Gabriel! escúchame Gabriel, no juegues así, ¿dime que mierda está pasando? ¡Pásame con Martín! – No entiendes huevona, Martín se mató, se metió mil pastillas y mi casa está llena de policías. Mi hermanito se mató, y fue por ti, se mató por ti Vero - Verónica cogió el primer jean que encontró, se puso cualquier chompa y salió presurosa, tenía todavía el cabello mojado y estaba en sandalias. Tomó un taxi, estaba llorando; el taxista sólo atinó a preguntar a dónde quería ir. No podía creerlo, no podía concebir la idea de que Martín fuera tan cobarde y la vez tan valiente de haberse quitado la vida. Lo había visto el fin de semana pasado, cuando se cruzaron en la discoteca, cuando ella bailaba con Ricardo, uno de sus mejores amigos. Ricardo estaba tomado, y ella sólo bailó esa canción con él, no quería exponerse más, porque no quería generar malos entendidos. Recuerda que Martín la vio y no dudó en tomar un trago y marcharse. No lo vio más, no le dijo que estaba guapísimo, que lo extrañaba un montón y que lo del baile fue sólo un mal entendido; no le dijo que todavía lo amaba y que lamentaba que las cosas estuvieran así, no le dijo que se había dado cuenta de que había cometido algunos errores y que se sentía terriblemente triste sin él. No le dijo tantas cosas, quizá esperando el momento oportuno para confesarle eso y más, pero ya era tarde. – Llegamos – dice confundido el taxista y ella reacciona del trance y sale volando, no ha pagado, el taxista no sabe bien qué hacer. A fuera de la casa de Martín se encuentra una ambulancia ya estacionada; un par de patrullas con policías conversando. Un pequeño cerco de seguridad no impide que Verónica cruce y logre ingresar a la casa. En la sala está Gabriel, sentado en el sofá, con los ojos rojos; la ve ingresar y corre a darle un abrazo: - está arriba – le dice. Suben corriendo y la escena se torna cada vez más tétrica. En un pequeño mueble la mamá de Martín se encuentra inconsciente siendo atendida por los paramédicos, más adelante su papá llorando conversa inconsolable con un doctor y un policía; pronto advierten la presencia de Verónica y a pesar de todo la abraza y estalla en lágrimas – ¡El huevón de mi hijo se mató! ¿Por qué? ¿Qué error cometí carajo? – Ella estaba destrozada, intentó entrar y ahora si se lo impidieron. Logró leer la frase en la pared: “Lo que encuentres aquí, sólo son los restos de nuestro amor.” y empezó a gritar como loca, a repetir incansablemente que lo amaba, que lo amaba más que a nadie. – ¡No pude ser! – resonó en casi toda la cuadra, en un silencio asesino. El papá de Martín intentó contenerla. – ¡Te amo Martín! ¡No me dejes amor, no me dejes sola! - Él ya estaba en una bolsa negra, ella quería verlo, no podía ser él. Se escuchó entre los llantos y los gritos la voz de algún policía o doctor inoportuno: - Tarde flaca, muy tarde – Lograron consolarla medianamente, lograron llevarla a la sala y le dieron unas pastillas para que se calme. Cuando se dio cuenta se imaginó a Martín ingiriendo esas pastillas malditas y esperó que fueran las mismas, en esos momentos también quería morir. Los papás de Martín y Gabriel no le dijeron nada, sabían que ella era una buena chica y que no resolvían nada buscando culpables. De pronto sintió un golpecito en la espalda, era el taxista. – Señorita, disculpe, son cuatro soles – le dijo algo nervioso. Ella lo miró con odio, tenía veneno en los ojos. De alguna manera, Verónica también murió aquella tarde de Junio.

martes, 21 de junio de 2011

Los restos del amor

Se mira al espejo, ve un pequeño brillo en aquellos ojos negros y rencorosos que ahora lo miran a él. Acaba de llegar de una reunión, acaba de derrochar algunas risas pero ya no tiene el dulce de aquella tertulia en sus labios; está furioso, está dañado. Golpea la pared con furia, no sabe a dónde ir. No hay nadie en la casa, pude hacer la bulla que le dé la gana e incluso puede llamarla a ella y decirle que es una puta, que no entiende cómo se enamoró de una puta que nunca supo querer. Se siente miserable y pese a todo el odio que lo invade logra distinguir en su pecho un poco de temor. Se quita la camisa, el vividí forma su cuerpo entrenado. Se mira al espejo nuevamente: frente a él hay un hombre alto (como de metro ochenta y cinco), de familia respetada y adinerada, de educación costosa, tiene veintisiete años y una vida por delante, sabe que hay señoritas que lo pretenden, que más de una está buenísima; ve frente a él un tipo que no podría pedir más, pero lo único que quiere, aquel capricho maldito no es suyo, lo que es peor, es de otro. Entonces golpea aquel espejo y lo parte en decenas de pedazos porque también vio a un hombre débil, a un hombre estúpido, a un hombre despechado y peligroso. De inmediato se dirige al cuarto de su papá, busca entre sus cosas intentando encontrar el arma que su papá atesora como un hijo más. Recuerda mil veces haber visto a su papá manipulándola, puliéndola con cariño y admiración, prometiéndole algún día heredársela a él, su hijo mayor. Ha buscado debajo de la almohada, en el velador viejo donde no hay más que basura. Ha buscado en el armario, entre los sacos donde hay billetes tanto en soles como en dólares, pero ahora eso a él no le interesa, el dinero no puede comprar lo que quiere. Se llama Verónica: ella es una chica guapa, muy popular en la ciudad por su belleza, por su cuerpo tentador y aquella sonrisa angelical. Él la conoció en la Universidad, ya en su último año. Ella recién ingresaba, recién aparecía en escena entre tanto lobo. La universidad privada donde estudiaban era más un círculo social que una casa universitaria. La gente se dedicaba a frecuentar más reuniones que las aulas. Por eso él se demoró casi ocho años en concluir aquella carrera que estaba de moda y que nadie entendía bien. Tuvo suerte, coincidió con ella no sólo casi en todas las fiestas, sino también en momentos claves. Él le lleva cinco años de diferencia, y para los veinte que ella tenía en esas épocas, la diferencia de edad sólo provocaba curiosidad. Entonces con un poco de confianza ganada, la invitó a salir, al cine, a las discos; la gente se acostumbro a verlos juntos. Ella sin darse cuenta cedió ante sus encantos, los cuales con el tiempo estaban exonerados de mala intención, porque él también se encandiló con la sonrisa angelical antes mencionada. Sólo tardaron unos meses en convencerse de que podía pasar algo especial entre ello. En efecto, fue genial. La universidad entera se rindió ante ellos. Él, hijo de un acaudalado empresario: guapo, atento, simpático. Ella, la chica más linda de la Universidad, inteligente, tranquila. Viajaron mucho, se tomaron mil fotos. Se escribieron cartas infinitas donde se prometían terminar juntos. Desplegaron el amor que se tuvieron por todos lados, se amaron con locura. Todo pasa por su cabeza como una película mientras se resigna a encontrar el arma de su papá. – Se la llevó este concha su mare – se dice. Pero como si el destino lo hubiera conducido a ese lugar, de soslayo, descubrió entre tanta basura junta en el velador, un frasco con pastillas para consolar el sueño. Entonces recordó que la loca de su madre no puede dormir tranquila porque no hace nada todo el día y por eso nunca está cansada, pero ella piensa que es el estrés de llevar la carga familiar sobre sus hombros. Coge el frasco y raudo se encierra en su cuarto. Ahora recuerda la pelea que tuvieron. Las cosas no habían estado muy bien últimamente. Ella había decido aparecer más en la escena discotequera de la ciudad. Usaba prendas coquetas que antes no solía usar. Él encontraba en las redes sociales muchos mensajes siniestros que lo atormentaban y sentía la alejaban de ella. Él también tomo su decisión: sabía que gozaba de un poder seductor con las chicas y no dudó en llevarse a un par a la cama, donde hizo lo que pudo, porque no lo hacía con quien él quería. Verónica le obsequió su virginidad una noche de verano, en la casa de playa donde había pasado situaciones similares. Él sabe que también se había portado mal con ella algunas veces, producto de los amigos, de el discreto acoso que recibía por parte de las chicas. Él se había portado mal porque sabía que ella estaba en casa y nunca lo iban a descubrir. “Él ladrón juzga por sus propios actos”. Entonces el la vio en la discoteca, bailando de manera coqueta con uno de sus amigos, con uno de su calaña. Ella ya no era la niña buena que conoció, ya no era ese ángel del que se enamoró. En su cabeza tenía todas las escenas íntimas vividas, pero ahora el personaje principal no era él. - Las mujeres tienen la capacidad de joder la vida de un hombre, saben como hacer daño – Como siempre tuvo lo que quiso, y ahora no era así, escogió no perder, tomó mil pastillas, tomó todas las que pudo. Antes de caer dormido alcanzó a escribir en su pared, con un plumón rojo que teñía la situación de un olor a muerte: “Lo que encuentres aquí, sólo son los restos de nuestro amor.” Y se dejó caer para nunca más levantarse. De esta manera, mató su amor por ella. (Historia acontecida noches atrás, en una habitación desconocida)

lunes, 13 de junio de 2011

Encanto francés

Tiene el cabello largo, rubio; abrazando su frente una cinta naranja que lo hace parecer un hippy algo arisco. Come con modales toscos para ser europeo y está vestido con prendas muy peruanas, muy coloridas para un tipo de pálidas facciones. De vez en cuando levanta la cabeza y mira a su hermosa hija hablar en un precioso francés y hacer gestos explicando lo acontecido como si bailara ballet, es una niña de diez años aproximadamente, que luce su encanto natural. Su esposa intenta retener a los dos más pequeños, un niño travieso y una niña adorable, despeinada, rubia y despeinada, que se posa frente a mi, que estoy en la mesa del frente y me mira. Yo quedo bobo y la observo con la mayor de las admiraciones mientras ella se mete la mano a la boca y me devuelve la mirada con una encantadora dulzura. Es una francesita preciosa en la cual veo la esperanza de tener una hija tan linda como ella. Hace un par de días me sometí a innumerables exámenes para descartar el hecho de ser estéril, el hecho de no poder cumplir con mi sueño de tener una pequeña rubiecita no tan afrancesada pero si preciosa y encantadora hija, que me quiera como sólo me pudiera querer ella, me preocupa. Los exámenes han sido variados y aparentemente en todos estoy normal. Me han sacado litros de sangre y me han hecho más ecografías que a una embarazada. He pasado todos los controles con normalidad, excepto el más importante, el que puede descartar todo inmediatamente. Me indicaron que tenía que hacer un espermatograma, o sea, me indicaron que por la mañana, al despertar temprano, tendría que hacerme un autoservicio y capturar aquel líquido pegajoso y llevarlo en un frasco esterilizado que me entregaron al laboratorio y dejar quizá a mis futuras generaciones para ser examinadas. Entonces me levanto y no haga absolutamente nada porque no tengo ni una pizca de líbido y no me parece lo más sano levantarte y masturbarte como loco intentando violar un frasco inocente. Entonces no puedo y ya abrí el puto frasco el cual inminentemente está contaminado y no sirve así como yo. Voy avergonzado a la clínica y hablo con el doctor y me dice que me dará otro frasco y que no me preocupe, que no me tense. Ese viernes por la noche bebo y amanezco algo borracho y aprovechando mi estado me empiezo a tocar pero nada, mis muestras van a salir con rastros de alcohol y no arrojarán una respuesta razonable, me dirán que tengo los espermas atrofiados, alcoholizados. Entonces decido no tocarme más (por ahora) y no voy a recoger ningún resultado. La pequeña francesa me mira y me hace los gestos más dulces que recuerdo últimamente y me enamora con su pureza y siento que es mi nena linda y me derrito más rápido que el milk shake que estoy tomando. Luego los tres francesitos acompañados de sus padres empiezan su retirada no sin antes coger los globos con helio que se encuentran en la entrada mientras se dicen cosas que no entiendo pero suenan lindas (porque el francés aunque no lo entienda es precioso). Los tres son felices jugando en la entrada de la pizzería donde yo tomo un shake y donde ellos agreden al vigilante con los globos, yo creo que piensan que es Humala e intentan colaborar con el país que los acoge por estos días. Mi pequeña francesita se ríe como un ángel y yo me siento feliz de verla jugar y muy dentro mío me propongo tener a la niña más linda del mundo y hacerla muy feliz con miles de globos con helio y jugar todo el día. Entonces recuerdo los exámenes pendientes y creo que voy a prender unas velas para estar a solas con mi mano derecha (la más hábil) e intentar generar un ambiente propicio para el romance y el placer. Aquella niña francesa y encantadora me ha recordado que es lo que en verdad añoro. Me ha recordado que los momentos más dulces e importantes de la vida están en las pequeñas cosas y seguro son los que están por venir, me ha transportado mágicamente a tiempos venideros donde amaré con fuerzas desconocidas. Aquel hippy rubio se aleja con su hermosa esposa y sus tres encantadores hijos. No llegarán a Francia a pie, pero yo despacito, cumpliré el sueño que anhelo.

miércoles, 8 de junio de 2011

Fue ayer...

Recuerdo cuando salía del trabajo los sábados por la tarde, cansado; habíamos salido la noche anterior o te habías quedado en mi cuarto; tú sin querer irte, yo sin dejarte ir. Aquellos sábados salía de las responsabilidades con el cuerpo a cuestas, llegaba a mi casa y te iba a buscar emocionado. Tú salías radiante, recién bañadita, con tus balerinas rojas y casi siempre de mi tamaño. Recuerdo que caminábamos conversando de todo, cuando te peleabas con tus hermanos saliendo siempre victoriosa, cuando te burlabas de este niño tonto que te escuchaba asombrado, cuando me regalabas tus sonrisas y cómo disfrutábamos ambos la compañía del otro. Recuerdo (ahora caminando solo por las calles) cuando nos encontrábamos por las noches y comíamos cositas ricas; chifa, pizza o cualquier bocadito que se nos antojara; lo mucho que no reíamos y lo rápido que pasaba el tiempo. Recuerdo que ya era tarde y seguro tu mamá estaba hablando mal de la mía y yo te dejaba en tu casa raudo, subiendo al taxi con una velocidad impresionante para no ser un blanco fácil para tu papá que seguro me apuntaba con un rifle desde la esquina más solapada de tu casa. Recuerdo que en tus ratos de ocio mirabas Disney y cuando podías me hacías ver una que otra película contigo. Recuerdo cuando me contabas tus cosas, las del cole, cuando te trataban como rea y las tonteras que te pedían. Recuerdo claramente la vergüenza que me daba entrar a tu cuarto, generalmente los sábados por la noche, con tus papis al costado y hasta altas horas: o escuchando música o dándonos besos que no podían pasar a más por temor a ser descubiertos. Recuerdo cuando intentabas hacer todo y graduarte de ama de casa: el adorno que me rompiste y los fideos que quemaste. Recuerdo como alentabas a tu dios Nadal, aquel español que ahora por recordarte, no me cae tan mal. Las peleas por dejar en claro cual era el mejor equipo del mundo, tú siempre por el Madrid, yo a muerte con el Barza. Los gestos que ponías, la forma en que me mirabas, los globos con heleo. El viaje a Puno donde por poco te mueres y donde por poco me matas por llevar las miles de cosas que trasladaste. Recuerdo las veces que me procuraste reuniones familiares a donde no debí asistir pero me ganaban las ganas de estar contigo. Recuerdo las cosas que te obligué a hacer en la intimidad donde te luciste como mujer e hiciste que me enamorara un poquito más de ti. Te recuerdo hablando de Lu y la pena que tuvimos cuando nos enteramos que lo tuyo era sólo un retraso y lo mío una constante (mi lapicito no pinta). Recuerdo que no te gustaba que te agarre los pies. Las nalgadas que nos metíamos cuando estábamos distraídos. La noche en que te quedaste a dormir conmigo con una mentira tontísima y el temor del día siguiente cuando todos sabían la verdad o por lo menos se las olían. Recuerdo a lechuga esperándote en la madrugada para entrar él también. Recuerdo tus promesas, las lágrimas, los abrazos, las ganas de nunca separarnos. Recuerdo las frases bonitas en el face, recuerdo los mensajes de texto y la desesperación por hacer saber al otro todo lo que sentíamos en eso momento. Recuerdo tu mano tomada de la mía.; cuando te miraba el escote de reojo. Recuerdo cuando llegabas a tu casa muy tarde y nos poníamos a hablar por teléfono un par de horas más, sabiendo que nos volveríamos a ver por la mañana. Recuerdo tu desnudez en mi cama, la cual siempre ocultabas entre mis sábanas o con una almohada impertinente. Recuerdo las miles de coca colas que tomamos, las velas que prendí para ti acompañados de un vinito y la inconfundible voz de Luis Miguel y sus boleros. Te recuerdo subiendo mis escaleras, llamándome para ver si ya había salido del trabajo, besándonos en el taxi. Te recuerdo segura de todo, firme en las cosas que querías conmigo. Te recuerdo con tanto cariño que todavía sonrío cuando es así. ¿A dónde irán a parar los recuerdos? Los feos recuerdos en esta cabecita distraída suelen perderse; los buenos, casi siempre quedan; a veces es mejor intentar que no sea así. Y después de tanta remembranza y volver al pasado con cierta nostalgia, la triste conclusión de todo es: Eso, fue ayer...

martes, 31 de mayo de 2011

Antes era más fácil

Cuando niño me encantaba dormir hasta tarde, todo el día si era posible; no había nada peor que ese sueño cándido e inocente sea interrumpido. Lamentablemente era así, se turnaban entre mi madre o mi tío el militar que de un solo grito me ponía de pie con la mano a la altura de la sien haciendo un saludo militar. Cuando niño no había nada mejor que salir una tarde de verano a jugar con los chicos del barrio; estar sentados en la vereda, pateando una pelota o mojando a las chicas del barrio o de otros barrios que pasaran por nuestro territorio, no había nada mejor que mataperrear y llegar a casa a dormir hasta altas horas de la mañana. Cuando niño no había nada mejor que llegar a casa a la hora del almuerzo y encontrar en la mesa un plato de comida; ya sea lentejas, hígado o algún otro potaje desagradable, no había nada mejor. Cuando niño era genial ensuciar toda la ropa, caminar descalzo, sudar como loco; sabía que yo no iba a lavar nada de lo que ensuciara y tampoco conocía lo jodido que era. Cuando niño era feliz sabiendo que tenía una camisa nueva, unas zapatillas nuevas; era feliz usando las mismas combinaciones en las fiestitas y reuniones, total, ni eran muchas ni me importaban tanto. Cuando era niño no era tan trágico que te gustara alguien, simplemente lo mantenía en secreto, la miraba de rojo y cuando conversaba con ella, la misión estaba cumplida. Cuando era niño un juguete nuevo me ponía en verdad feliz. Cuando niño tomar gaseosa o comer en la calle me parecía el mejor de los premios. Cuando niño con dos soles era millonario. Cuando niño bailaba lo que sea, andaba sin preocupaciones, nadie me señalaba con maldad ni tampoco me exigían nada que naturalmente no pueda cumplir. Cuando niño veía el mundo de otra manera, todo más sencillo, menos complicado; todo extrañamente más fácil, más divertido. Cuando niño sólo me importaba el amor de mi mamá que me amaba sin descanso. Recuerdo a mi primo siempre gracioso, siempre cómico, llegar a sentarse solo en el sofá de la sala, abstraído; sin ese brillo en los ojos y con la mano en la cabeza, sosteniendo algo más que un pedazo de su cuerpo. Hay algo que nunca se detiene, y que tampoco perdona. Los años pasan y mi niño interno me ha abandonado poco a poco, se ha ido a jugar a otro lado a pesar de que éramos muy buenos amigos. Ahora no puedo dormir hasta tarde con la misma alegría, porque siento que he perdido tiempo para hacer algo productivo sin saber qué es. Ya no es tan sencillo salir una tarde a distraerme por las calles donde ya no hay muchos barrios, sin temor a que me pase algo o sin la seguridad de divertirme tanto. Hay días en que ya no me tienta tanto regresar a casa porque sé que no habrá nada listo para comer, ni siquiera el plato de menestras o hígado que tanto discriminé. Soy un tipo sumamente cuidadoso con la ropa porque no quiero que se ensucie ni se malogre porque si no me mato lavándola, reniego comprando una nueva. Ahora tengo en la cabeza la estúpida costumbre de escoger mi ropa para salir pensando en no repetir combinación o intentando sorprender a no sé quién cuando en verdad lo único que quiero es que me quieran como soy. El amor con los años se degenera y nos obliga a no sólo sentir amor, o sea, ya no es un amor tan puro como el de niños; porque la vida con el tiempo te complica las cosas y te enseña que no siempre se es feliz mirando a alguien de reojo, dándole besitos o en el mejor de los casos, manteniéndolo en secreto. Ahora tenemos que mantener un comportamiento discreto para que nadie hable de nosotros porque la gente hablas hasta por los codos y aquellos que no se sienten bien consigo mismos no pueden vivir tranquilos. Ahora somos víctimas del dinero porque el que no tiene dinero no es feliz y estoy seguro que el que lo tiene en cantidades copiosas, tampoco. Ahora uno piensa más de la cuenta y por ende se equivoca más. Yo tenía mi niño interno, el que ahora se fue a jugar no sé a dónde. A veces, en absoluto silencio, escucho su risa llegar a mí, entiendo que le he aburrido y no va a regresar hasta que yo deje de envejecer. Con el pasar del tiempo debemos entender que nos queda cada día menos y que es necesario sonreír todo lo que se pueda, amar sin escusas y llorar si así lo queremos. Las oportunidades de ser felices son escasas y las probabilidades de que seamos todos unos infelices son altas. La vida es una sola y los niños son quienes tienen un secreto desconocido para vivir con sabiduría. Uno nace con y de amor, con el tiempo lo único que hace es conocer la maldad y desencantarse. A pesar de todo, todavía hay escusas poderosas para ser feliz. La felicidad aún depende de nosotros. Sé feliz