lunes, 27 de agosto de 2012

Soy quién sabe

Tengo un grave problema del cual antes de olvidarme, deseo comentar. Estuve varias veces borracho, perdido por ahí sin saber quién era. Anduve por las calles olvidadas bajo el efecto del alcohol. Me contaban lo que había hecho, un leve suspiro de la noche anterior me visitaba como visita al mar el viento. Recordaba entre risas y asombro lo que al día siguiente se convertía en anécdota. Anduve algunas veces bajo efectos de otras hierbas, y descubrí lo que desconocía de mí. Baile sin música, hablé sin razón; sufrí por musas perdidas y olvidé quién fui. Con el tiempo, estás costumbres bohemias fueron perdiendo ritmo y gracias, por lo que la curiosidad se volvió conocimiento y opté por un cuidado más diplomático y responsable. Con esta nueva posición nocturna empecé a bajar las dosis de adrenalina y de alcohol en mis venas. Opté por ausentarme de ciertos compuestos que seguro no me llevarían a nada bueno y a los cuales no extraño, creo. Entonces empecé a tomar conciencia sobre los espectáculos que realizaba y de las acciones que podía cometer en un estado del cual no tenía ni control ni prudencia. Empecé a cuidarme de los demás y de mí mismo. Bueno, la madurez es una mierda que te vuelve más aburrido y a la vez te evita problemas que a la postre y con los años, pueden volverse errores irremediables. Pero sucede que a pesar de tantos cuidados y ausencias de la vida loca, uno sufre trastornos inevitables. Pasada la media noche, y aún sin una gota de alcohol paseando por mi organismo, pierdo noción del tiempo y del lugar. Es una estado inconsciente en el que me hallo y del cual recuerdo poco al día siguiente. No sé dónde anduve el fin de semana y tampoco sé con quién, no recuerdo las calles transitadas ni la música que escuché. Sólo sé que no bebí lo suficiente y que esa noche la muerte no me encontró. Pero mi memoria está tan jodida como la selección de fútbol; puesto que también he olvidado cosas básicas en la vida de este fugitivo que busca un lugar en cualquier lado. He olvidado que amo a Fito Paez y que su música me vuelve un loco feliz. He olvidado cantar sus canciones revolcándome en la cama; y gritando en un concierto íntimo para mí mismo. Olvidé lo delicioso que es leer un libro por las noches, en especial si es uno de Jaime Bayly. Olvidé lo bien que me hace leer porque tiene réplica posterior al escribir. Hablando de escribir, hace cuánto que no lo hago. Para ser un escritor hay que escribir, aunque sean las idioteces que adornan este blog, debo de ejercitar ese músculo invisible para fortalecer una costumbre que sirvió de terapia y me salvó de la locura varias veces. He olvidado lo increíble que es celebrar un gol en la hora cuando el tipo antipático que siempre nos roba unos minutos nos viene a decir que se acabó el tiempo y saber que la apuesta se queda con nosotros. Lo delicioso que es caminar por las calles cantando como loco o mirando a la gente pasar. Olvidé lo rico que es tomar un café tibio en casa antes de dormir. Lo bien que se siente estar en absoluta soledad con todos durmiendo y yo asaltado por un pensamiento extraño que puede terminar plasmado en papel. Arranqué de mi memoria las tertulias adoradas sentados en grupo por las noches hablando de esos secretos que no sé guardar y riendo a carcajadas de la vida, que por muy miserable que se presente, siempre arranca sonrisas. La radio junto a la cama. El libro que no puedo escribir. La moda loca que nadie comprende pero que siempre me gusta lucir. Los pasos improvisados en el pasadizo. Las noches de desvelo donde no me tienta ver la televisión. Dormir de corrido diez horas. Escribir poemas que morirán antes que yo e incluso con menos gloria. Un gesto de cariño. A mi madre. He olvidado quién soy y me he convertido en quién sabe. Antes la muerte era un final perfecto y temía con furia loca a lo que hoy viene a ser la vida, una vida que mal llevo porque quizá maduré y no me di cuenta, porque si me daba cuenta, probablemente me mataba. Dejé de ver el futuro con optimismo para refugiarme en un pasado glorioso que nunca volverá. Ese es el primer síntoma de que algo ya no anda bien y que los estragos del camino andado son irremediables quizá. Me olvidé de tantas cosas que hoy me cuesta acordarme del tipo bonachón que se enamoró del día a día y veía el mañana como un regalo inmerecido del cual sólo se podría sacar provecho con una sonrisa sincera. Quiero morir viviendo, morir con una sonrisa, morir escribiendo, burlarme de la vida, morir durmiendo, morir amando. Quiero acordarme de esto mañana, y si puedo estar borracho, mejor. Quiero traer de vuelta a ese niño que solté de la mano y se perdió en una avenida transitadísima y de mucho cuidado. Quiero reír sin complejos. Que las arrugas, la caída de cabello, los achaques me visiten todos juntos si quieren, pero que nunca, nunca; me abandone esa conchudez con la que llegué al mundo, me pasee elegante y que los envidiosos llaman suerte. Tengo un problema en la cabeza que me impide ser quien soy y me obliga a ser quién sabe.  Si mañana me muero creo que será porque me olvidé de que estaba vivo.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Pekeña

Nunca le escribieron una carta de amor, a pesar de creer haber estado enamorada tres años de su vida. Fue maltratada por aquel hombre que supuestamente la amaba y nunca le escribió una carta, sobre todo a esa edad. Tenía diecisiete años aproximadamente y perdonó infidelidades que ella prefería ignorar. Al parecer no sólo entendió que es mejor soportar algunas cosas para llevar la fiesta en paz, sino también, se acostumbró a la situación. Se acompaña de un oso tuerto, con cara de buen tipo. Lo engríe como si fuera su hijo y de hecho, me ha confesado muy segura de sí, que no se lo regalaría absolutamente a nadie que no fuera sangre de su sangre. A pesar del caos en el que vive en su cuarto, la facilidad con la que se encierra por días en su habitación sin salir a comer y la flojera que la caracteriza para servir al próximo, es una chica muy capaz. Lo sé muy bien porque la he escuchado levantarse muy temprano a pesar de haberse acostado muy tarde o haber sido victima de un insomnio muy jodido la noche anterior. Se levantaba con una fuerza de voluntad que admiro para ir puntal a sus clases de idioma. Tiene un aspecto de niña buena, de hecho, nunca he visto ese brillo que guarda en sus grandes ojos, un brillo especial que realza su mirada. Tras esa niña encantadora de metro cincuenta con vuelto pendiente, también hay una fierecilla aparentemente indomable que sabe defenderse y que puede sustentar con pruebas fehacientes las mil maneras en que puedes morir. Aquella pequeña señorita de mirada angelical proporciona unas cachetadas certeras que ya sé esquivar. La Pekeña tiene un sentido del humor ácido, como me gusta a mí. Hace chistes crueles y a pesar de que el amor de su vida le proponga matrimonio no duda en mandarlo a morir a pesar de arrepentimientos nocturnos que a veces me sabe confesar. Aquella pequeña señorita de dientes de conejo, se sabe mujer y por lo tanto vende muy bien aquello que ha desarrollado con mayor prontitud y amabilidad. Tiene un grupo de secuaces amigas que han sabido invadir mi hogar y se han hecho de un espacio en mi guarida. Nunca pensé vivir con la Pekeña. A principios de año y por casualidades impensadas la necesidad la hizo aterrizar en este cuarto piso desde donde escribo estas líneas, por ende la obligó a compartir el mismo espacio que este ermitaño social. Su reinado en la anterior casa se vio modificado y lamentablemente su independencia se vio mancillada por mi presencia. Ha llegado a botarme sin asco de su habitación. A huir a refugiarse lejos de esta su morada para respirar un aire que no esté contaminado por los inquilinos que la rodean. A pesar de algunos malos tratos, también hemos llegado a compartir charlas de madrugada, tertulias entretenidísimas. Me ha cocinado refunfuñando su bondad. A limpiado sin ganas alguna mesa que andaba sucia buen tiempo. Me ha odiado cuando he comprado algo que para ella no era necesario para la casa o cuando faltaba a mis clases de inglés. La Pekeña llegó para entretenerme los días, para alegrar mi soledad, para consolar mis ausencias. La Pekeña ha llegado para dar otro punto de vista, para entretenerme haciéndome renegar. La Pekeña se ha metido en algunos problemas que ha sabido resolver con inteligencia y también a librado batallas que ha ganado con bríos (o felicitaciones públicas como le gustaría que le dijeran). Ha sufrido de amor conmigo pero nunca por mí. Ha matado su tiempo sin poder matarme aunque a veces sí quería. La Pekeña se a levantado tantas veces temprano para ir a clases de francés que ha terminado yéndose a Francia y abandonándome en este país aún más pequeño sin ella. Eso si, ha dejado la puerta de su habitación con llave (para que no usemos su cama para amar, porque tiene el colchón indicado para eso), la promesa de pagar igual los meses que se va ausentar, la amenaza de volver pero sin regalos. La Pekeña es para mí como mi esposa después de veinte años: parábamos juntos, discutíamos mucho, íbamos de compras, nos reíamos de vez en cuando, era mí copilota en el carro, dormíamos separados y jamás nos besábamos o teníamos sexo. Un perfecto matrimonio de dos décadas. Varias veces me señaló como su hermanito, y la verdad que así también me acostumbré a quererla, a verla como parte de mi familia. Mi madre que pocas veces se equivoca en el tema, se pronunció a favor de que viviéramos juntos, según ella porque se sentía más tranquila con su presencia y sus cuidados (como si la conociera). La Pekeña a partido a Francia con toda esa magia que la rodea. Se ha llevado a su oso de peluche tuerto y sus cachetadas por la noche. Ha dejado su cuarto cerrado y cubiertos sucios en la cocina. No sé si llegó a recibir una carta antes de irse, si alguien le dedicó algunos párrafos en una misiva breve o si llegó a leer estas pequeñas líneas. No sé si esto cuente como una carta y si me dará entre sus recuerdos ser el primero que se dirigió a ella por medio de palabras escritas. Me hubiera encantado hacerlo a mano y que se llevase este miserable presente en papel, pero la despedidas no me gustan y menos con resaca. Por eso: “Je vous souhaite bonne chance. Je me demande Voya.”

lunes, 16 de julio de 2012

Escribir de amor

El amor no es una verdad absoluta, lo sé muy bien. Escribir de amor es  ser muy crudo e indicar que nos lleva a un estado de inconsciencia, a un lugar donde la razón se oculta como el sol, a asegurar que nos transforma en los idiotas más felices del mundo. Escribir de amor es ser muy cursi, es pensar que no necesitamos nada más, que por un beso daríamos la vida, que esa vida la podríamos dedicar a escribir cartas plasmadas de ilusiones, es caminar eternamente de la mano de un o una desconocida que ahora es indispensable y por demás irremplazable. Escribir del amor es meterse en un laberinto, es pelearse con uno mismo y también con los demás. Escribir de amor aportará más detractores que coincidencias. Hablar del amor es casi tan jodido como estar enamorado. ¿Alguna vez te enamoraste? Piensa bien antes de responderte, que el recuerdo es un mal asesor en cosas del corazón. He tenido pocas enamoradas, y no dudo de que a todas las haya querido; pero asalta a mi cabeza si he tenido esa afortunada mala idea de haberlas amado. Me encantaría asegurar que si, puesto que pienso que moriré pronto y no creo que conozca el amor en el tiempo que me queda. Uno cree estar enamorado cada vez que mantiene el valor de soportar una relación más de seis meses. Cuando se termina, el mundo también parece acabarse, todo se viene abajo y pocas personas tienen un plan medianamente inteligente para poder conllevar lo venidero. Cuando empiezas una nueva relación, que incluso no dista mucho de esa última que te llevó a pensar en el suicidio, crees desestimar los sentimientos pasados y ahora convencerte de los actuales; es decir, uno cree estar enamorado de la última relación y las de ayer sólo fueron producto de la ilusión, de lo que pasó. Entonces, si hablamos de que nos enamoramos de la última relación tenemos que aceptar que no pudimos mantener unas cuantas otras y nos arriesgamos a creer estar enamorados unas cuantas veces más. Si, muchos pensamos que no hemos nacido para eso, y como ya hemos arruinado más de una vez aquello que aparentemente condicionará tu felicidad a futuro, caemos en la desafortunada idea de no volver a intentarlo, claro, esto hasta que nos volvamos a distraer. El amor es algo tremendamente jodido, más jodido que la deuda externa o que el calentamiento global. Hay millones de personas en el mundo, miles te rodean, y es inaceptable que siquiera una de ellas te pueda satisfacer en el arte de los cariños, de los engreimientos, de hacer todo esto exclusividad tuya. La gente no muere de amor, muere de hambre, pero aceptémoslo, por amor podemos dejar de comer. Últimamente hay mucha gente que se casa, que adopta la idea de tener un hijo. Esa imagen de felicidad genera en los que creen ser desafortunados una confusión tal que les permite confundir amor con necesidad y cometer quizá errores irreparables que también los lleven a casarse y tener hijos. Sería genial tener un GPS que te permita ubicar entre tanto desconocido a esa persona que está llamada a complementarte, que pueda alegrar tu vida, que sepa entenderte y te obligue a entenderla. Sería genial esa idea pero qué aburrido. La gente busca amor habiendo algunas otras cosas más interesantes que hacer que produzcan menos traumas. La gente necesita amor, porque de alguna manera inexplicable, el mundo dejaría de girar. Cada vez que postergo el amor y doy por terminada una relación, llevo buen tiempo solo. Nunca lo hago por una cuestión de duelo o por terapia para entender los errores y no cometerlos nunca más. Llega un momento como este, donde intentas razonar y explicarte tú mismo qué es lo que necesitas, sin conocer en verdad qué es lo buscas. Buscamos el amor y corremos tras de él como el perro corre tras la rueda sin saber qué hacer si la alcanzamos. Puedo estar solo mucho tiempo, y repartir besos y compartir caricias y construir ilusiones; pero no puedo pretender que compartan mi situación y no intenten incluir sentimientos nobles que terminan arruinando todo, y cuando hablo de incluir, me incluyo. Afortunados los que no se equivocan y los que sepan del amor, yo sé poco. Afortunados los que están listos, los que tienen ese presentimiento celestial que advierte la presencia del enemigo y lo toman como rehén; yo no puedo. Afortunados los que tienen valor, valor para jugar sus cartas y apostar lo que no queremos perder, independencia. Hablando de amor, mi madre siempre me dijo que lo único que le pide a Dios es que me toque una mujer buena, aunque la coyuntura nos obligue a pedir que nos toque alguien, y en mi caso, si es mujer, mejor. Entonces ¿Qué es el amor? ¿Por qué lo buscamos? ¿Para qué nos sirve? El amor te hace renegar, preocuparte, entristecerte, a veces odiar; te hace reír, gozar, inspirarte, te hace feliz. El amor es una mezcla de tanta mierda que al final te hace vivir. El amor es un poco de tantas cosas en una sola, que nos vuelve adictos a ella. Quién transitó esto que llamamos vida y no conoció el amor, no vivió. Ahora, intentar retener a esa persona que viene a ser llamada tu otra mitad, es una chamba para la cual todavía no estoy capacitado. Y peor aún si no estás convencido de que sea esa la persona que has estado buscando. Tremendo dilema. Yo no la busco, la espero, sentado obvio.

miércoles, 4 de julio de 2012

La Ciudad del Recuerdo

Regresar a Tacna es volver al pasado. Me convencí aquella mañana y por la noche regresé en el tiempo a la ciudad que me envuelve en melancolía. Fueron un par de horas en el túnel del tiempo las que me llevaron a una ciudad a la que siempre dudo en regresar y de la que nunca me quiero ir. Hay calles que reproducen escenas de años pasados, donde yo era parte de una película inspirada en la buena costumbre de sonreír sin preocuparme. Hay aromas que todavía se encuentran flotando en el aire y despiertan la curiosa sensación de algo conocido. Hay voces, palabras que rozan el ayer con simpatía. Llegar a casa es ser recibido por una familia que con el tiempo ha sabido darme amor. La casa está igualita, al parecer sus miembros también. Son años los que han pasado desde que decidí partir, pero parece todo intacto. Los personajes son los mismos (gracias a Dios están completos), la sazón sigue teniendo ese secretito culinario que hace que todo sea delicioso (cariño), la perrita sigue gorda, dueña y ama de la casa. Por el día duermo, por las noches desaparezco. No soy el mejor integrante de esa familia pero quizá si uno de los más orgullos de pertenecer a ella. Mis amigos, aquellos pocos individuos que siempre estuvieron conmigo, siguen ahí. Algunos más gordos, con menos cabello, algo acabados; pero con el mismo sentido del humor que supo acompañar nuestra adolescencia cuando las cosas eran algo diferentes. Caminar por la ciudad del recuerdo es encontrar a alguien en cada esquina, mirar de reojo y dudar por que crees conocerlo pero no estás seguro. Es respirar el aire que alguna vez ya visitó tus pulmones. El mismo lugar (ahora convertido en hostal porque estaba perdiendo dinero por servicios prestados), la casa de un buen amigo, nos acoge en la misma ventana, mirando las calles que visité con frecuencia. Las tertulias, copia de aquellas que disfrutamos hace tiempo y parecen ser las mismas. Las calles siguen transitables, fáciles de recorrer. Siempre me pareció reconfortante saber que todavía se puede caminar para llegar a destino. Encontrarse con compañeros de promoción que ahora tientan la posibilidad de ser alguien. Pararme en aquella vieja esquina del Paseo Cívico donde esperé mil veces a que pase el tiempo entre risas y comentarios antes de ir a una fiesta. No somos los de ayer, pero parecemos. La ciudad del recuerdo atesora todavía los mejores años de mi vida, los amores más profundos, las sonrisas más sinceras. He dejado pasar el tiempo y he creído olvidar los pasos que di por esta ciudad, ahora que regreso veo las huellas frescas y entiendo que esta es mi tierra, de la que me enamoré un día y hoy extraño melancólico. Hay cosas que no supe ver en su debido momento y hoy no sólo las revelo, también me sorprenden. En poco días recorrí muchos lugares por donde no anduve hace años, en estos pocos días regrese años atrás y congelé el tiempo. En estos pocos días suspiré enamorado de lo que un día supe amar. Vi gente que estimo mucho, que no veía hace  tiempo y que no quiero dejar de ver. Recibí el cariño que sólo se recibe en casa. Desempolvé el cajón donde guardo momentos que me hicieron lo que soy sin temor a decepcionar. Regresar a la ciudad donde aprendí a querer es tan inevitable como respirar. Regresar a la ciudad donde conocí el amor es tan necesario como el mismo amor que hoy disfruto. Grité goles en las calles, en las canchas, en los estadios. Compartí besos en mi casa, en las “doscientas”, en las fiestas. Compartí una travesura en el colegio, en las reuniones, en el centro. Recorrí día  a día lo que hoy llamo recuerdo. Debo de admitir que regresar del todo no está en mis planes; que he empezado a conquistar otros lugares que no guardan el mismo aroma pero que permiten respirar otros aires. No he pensado todavía en volver, pero creo que se dará en algún momento. Camino al sur puedo volver en el tiempo y respirar el aire que ya me acompañó una vez. Camino al sur he de refrescar la memoria y apretar play en mi cabeza para ver imágenes que guardo con cariño. Camino al sur encuentro estrechas calles que me llevan al lugar de donde quizá nunca me fui. Camino al sur están los seres que me enseñaron a querer y que ahora, después de mucho caminar, valoro con cariño. Camino al sur está mi vida, y veo huellas que no desaparecerán. Camino al sur está la Ciudad del Recuerdo, la ciudad que no sabré olvidar.

miércoles, 20 de junio de 2012

Oído a la música

Sin Salsa no hay paraíso

Tenía un sombrero de ala corta, de medio lado. Bailaba raro, pero tenía un swing simpático. Aquel muchacho cantaba una salsa dura que entraba suavecito a los oídos de los presentes. Compré la entrada más cara para ese concierto de salsa. Se presentaba “El Gran Combo” del mundo entero (no sólo de Puerto Rico) junto a los “Adolescentes” (que no tienen nada de adolescentes), Vernis Hernández (de la cual me enamoré por ser tan deliciosamente encantadora) y “El Gran Maelo Ruiz” (y digo gran no sólo por su talento). Vernis, la cubana preciosa, salió a maravillar con su belleza, a enamorar con su dulzura, a asombrar con su voz. Aquella delicada señorita me recordó que mi debilidad por las mujeres bellas puede llevarme del infierno al cielo y viceversa en un solo instante. Maelo, el Gran Maelo; cantó mil canciones y amenazó con cantar otras mil  cuando estaba a punto de desfallecer. Un gran tipo el gordo, muy simpático él, pero con una escasa noción del tiempo, cantó una vida entera. Los adolescentes salieron a matar, pero por poco mueren ellos; ya no están tan adolescentes. Salieron bien abrigados, se olvidaron de que en altura el aire escasea, e intentaron hacer pasos que ya no les sale con el mismo brío de hace diez años atrás. Hicieron un muy buen espectáculo, el cual casi les cuesta la vida. El Gran Combo hizo lo suyo: deslumbró. Cantó aquellas canciones que he escuchado desde que tengo uso de razón quizá y sin saber quién las cantaba. Ese montón de Señores de edad avanzada parecían un reloj suizo, el Barcelona español, “la universidad de la salsa”.  Verlos tocar, escucharlos cantar. Esos señores dieron una cátedra de los que es música y siendo las cuatro de la mañana, y pudiendo morir de pulmonía, bailé su salsa deliciosa y canté con euforia sus canciones. Aquel mini festival de salsa, en medio de personas que pudieron haberme robado o matado con una facilidad asombrosa a la salida de aquel estadio, me hizo entender que “sin salsa no hay paraíso”, y que si hay paraíso, se escucha a “El Gran Combo”.



El problema no es que duela; el problema es que me gusta.

Si antes de morir tuviera que escoger unos cuantos cantantes a escuchar en un concierto para morir tranquilo, Arjona hubiera estado entre ellos. Desde el momento en que se presentó todo el mundo quedó boquiabierto y rendido a sus pies. Aquel tipo de presencia imponente, podía tirarse una flatulencia y lo aplaudían enamorados. Él jugó con nuestros sentimientos, nos explicó cada canción suya, nos obligó a gritar sus canciones y a llorar por lo menos con una de ellas. Arjona nos hizo pensar bien o en el enamorado (a), amante, o “ex”; pero en alguien pensamos o a alguien recordamos. Cantó un buen rato pero quedó corto. Todos aquellos masoquistas del amor querían seguir sufriendo, seguir sintiendo, quizá y hasta amando. Arjona fue una terapia para todos aquellos que saben entender lo que sienten y un trauma para aquellos que pensaron tener todo en orden, bajo control. Aquel gran show quedó pequeño porque se disfrutó tanto que pareció durar nada. Ahora no sólo escucho a Arjona con gusto, también lo escucho con una envidia insana por ser el tremendo artista que es. Y es que para hacer lo que ese Señor hace hay que tener un don especial. No tengo la menor duda, es el mejor concierto al que he ido.



Una canción de Amor

Llegué para escuchar a una mujer que amo porque amo y nada más. Eva Ayllón cantaba “De qué estoy hecha” y yo recién llegaba y me sentía más peruano que nunca. Aquella morena soberbia puede ser incluso hasta malcriada, pero la amo. No hay canción criolla que no suene mejor en la voz de Evita. Cantó un buen rato y de esta manera hizo un excelente preludio para lo que significa estar orgulloso del Perú, de su gente linda y sobre todo, de su talento. Eva Ayllón puede tener miles de detractores, pero nadie puede negar que su voz es casi un símbolo patrio. Evita se fue derramando lisura, y entró el pelado más querido de este país. Gian Marco tiene tantas canciones, y cada una de ellas arrastra tantos recuerdos. A pocos metros de aquel tipo con el que crecí, canté todas sus canciones con el corazón en la mano. Fueron dos horas  increíbles al lado del artista más talentoso que ha visto nacer este país. Su voz hizo eco en todos los presentes. Su charango se hizo presente en nuestros oídos. Sus letras consolaron el frío instante antes de que él llegara. Nos a acompañado ya veinte años y esperemos que sean cien más. Gian Marco vino a traernos días nuevos, a resucitarnos si viene o se va, a cantarnos una canción de amor.


La música constituye una revelación más alta que cualquier filosofía. (Ludwig Van Beethoven)




martes, 12 de junio de 2012

Soy el remedio sin receta y tu amor mi enfermedad

Al parecer los mejores escritos no serán los mios. Un gusto poder publicar también tus memorias  Mr. "D"



Todo sucedió una fría mañana de otoño, casi primavera. La conocí en el lugar menos esperado y me gustó. Tengo que aceptar que en verdad me atrajo mucho su manera de pensar, de sonreír y de mirar. Sin embargo supuse que todo seguiría igual sin ninguna alteración en mi vida, ella haría la suya y yo la mía. - Fue bonito haberla conocido - dije y se acabó.

A los pocos meses me pregunté qué había sido de esa chica que conocí en ese congreso y me propuse encontrarla. En ese tiempo no existía el Facebook así que era imposible por un medio así. Realicé unos contactos y por fin la ubiqué. Me acuerdo que en nuestra primera cita nos fuimos a comer pizza de piñas y un mozo iracundo hizo derramar gaseosa sobre nuestra mesa. Cómo olvidarlo.

Después frecuentamos bastante. Nos veíamos siempre que podíamos. Yo viajaba, pero lo que más me gustaba del viaje era el regreso, por que sabía que ella me esperaría. Por esos días me sentía contento, no existía nada ni nadie que me pudiera detener, estaba dispuesto a conquistarla poco a poco. Así que un día me puse las pilas, me armé de valor (que no es muy común) y supuse que esa noche de fiesta se lo diría, pero no pude; o si pude no se lo dije bien, creo que ella no me entendió o yo no a ella; pero bueno, pensé que habrían otras oportunidades así que no me preocupé y dormí tranquilo. Días después me enteré que ella estaba en una relación con un chico, me dolió al principio y también después, sin embargo eso no me importó y siempre estaba pendiente de ella. No la acosaba ni cosas por el estilo pero estaba atento a sus dudas, a alguna ayuda que necesitase para las tareas o que sé yo, estaba ahí para ella.

Pasaron un par de meses más, como antes, nos seguíamos viendo frecuentemente y me agradaba pasar el tiempo con ella. No sé, era distinta a las demás chicas que había conocido, tenia un plus especial. Y la empecé a querer.

Pasaron dos años y ya no éramos unos chiquillos. Yo la seguía queriendo, con la dosis en aumento, me llenaba de alegría poder hablar con ella, jugar con ella, ver películas a su lado. Era perfecto. Entré a la universidad y nos separamos mucho tiempo, casi ni hablábamos por que un tiempo atrás me rompió el corazón (otra vez), ella de nuevo estaba con un chico que ni conocía.

Eran tiempos difíciles para mí porque traté de buscarla en otras mujeres y no la pude encontrar. Empecé a hablarle de nuevo y como siempre ella tan diplomática también lo hizo, así que fuimos amigos una vez más. Pasaron dos años más y ella aún seguía perdidamente enamorada de otra persona, así y con todo eso en mi contra yo la quería, y anhelaba algún día poder disfrutar de ella, de su compañía como algo más que unos amigos.

Pasó otro año y ella se fue a vivir a otra ciudad, dejó a su enamorado y se fue. Tenía que estudiar y seguir su camino, yo me quedé. Pero aun seguía muy enamorado de esa mujer, la quería tanto que viajaba seguido a verla, y lo curioso es que cuando quedábamos para salir a comer o tomar algo cerraba mis ojos cuando ella se agachaba o buscaba en la carta del bar y pensaba que no quería que se acabe ese momento nunca. Le pedía a la vida que se detenga, pero tenía que abrirlos sino se daría cuenta. Así fue pasando el tiempo, yo yendo y a veces ella viniendo.

Pasaron otros dos años y estábamos mejor que nunca, ella me quería mucho y por primera vez pensé en aclarar la situación, es decir, contarle que estaba perdidamente enamorado de ella y que la seguiría queriendo pase lo que pase. No se lo dije otra vez y cada oportunidad que tenia de verla me parecía el momento perfecto hasta que mi lengua me jugaba una mala pasada y se trababa.

En los años que siguieron ella volvió a estar en una relación y yo como de costumbre esperando a que terminase para intentar decírselo otra vez, cosa que sabía no podría hacer. Pero eso me mantenía vivo, las ganas de querer verla, las ganas que tenía de agarrar su mano y desearle las buenas noches con un beso en su frente era lo que me volvía loco.

Pasó un año más, ella cortaba su relación pero un mes después regresaba con la misma persona, típico en esa edad. Sin embargo a mi nadie me quitaría el gusto por quererla con mucha fuerza. Amaba a esa mujer con las fuerzas de mi alma, no me importaba lo que hizo, solo la amaba. Era tan puro lo que sentía por ella.

Solíamos frecuentarnos ya no tanto como antes y así como el agua del río pasó.

Fue una tarde de abril, un abril muy frío por cierto, cuando recibí en mi buzón de correspondencia una invitación. Leí y quedé estupefacto: mi mejor amiga, mi confidente, mi amor platónico, mi todo, se casaba el mes siguiente y yo por supuesto estaba cordialmente invitado. Esa noche lloré como un niño: no comía y a penas dormía.

Era de esperarse, no fui al matrimonio. Decidí dejar de pensar en ella pero no pude. Así que hice un viaje para una especialización en el extranjero, me fui seis meses, siempre entraba a internet para poder ver como iba ella, pero sin ningún motivo ella cerro su cuenta de Facebook y no volví a saber nada. Tampoco quería, pasaron dos años más.

Cuando ya vivía en la misma ciudad que ella y me iba bien, la vi caminando de la mano de un pequeño. La saludé. Me preguntó cómo estaba y yo no sabía que responder. Me preguntó por qué no había ido a su matrimonio. No le respondí y atiné a decir: - Un gusto, que te vaya muy bien- Le di un beso en la mejilla y me fui con una tristeza inmensa, mi corazón estaba dolido.

Poco después una amiga suya me contó que había tenido dos pequeños hijos y era feliz. Por un momento creí que nada de lo que hice sirvió, ni los paseos bajo la lluvia, ni las salidas, ni las películas que vimos juntos. Pensé que no había valido la pena esforzarme tanto. Al final comprendí que debí decírselo cuando pude, debí contarle todo lo que tenía que decirle, todo lo que sentía. Nunca lo hice y ahora me arrepiento. Ahora estoy viejo, tengo una esposa y dos hijos, un trabajo y un perro llamado “Santino”, pero aún así en el fondo de mi corazón, muy en el fondo, la sigo amando con las mismas fuerzas que antes. Sólo espero que cuando muera, mi alma no la ame tanto como la amó mi cuerpo y mi corazón.

martes, 5 de junio de 2012

Un mundo mejor

“Nadie muere virgen. A todos nos coge la vida.” Y es verdad, nadie debe de morir virgen. Nadie debe de privarse de vivir ni de gozar de sus placeres. El mundo sería diferente si la gente se animara a tirar un par de veces por semana, si se atreviera a proponerle a la otra mitad un momento de sano esparcimiento y de complicidad plena. Esto debería de acompañarse de una ligera forma de ver las cosas, no entrar en compromisos morales que no nos llevan a ningún lado ni en cucufaterías atorrantes que mitiguen nuestras ganas de compartir un buen momento con una persona medianamente especial pero si súper epicúrea. No debería ser tan largo el protocolo de invitar a la otra persona a una ceremonia carnal que siempre, y eso que quede en claro, está expuesta a un sentimiento mayor. La gente debería de tirar sin tanto prejuicio y con mayor frecuencia para que ande más relajado. Debería tener encuentros amorosos o no con una frecuencia más amigable que permita a esos enfermos curarse. Todos deberíamos tener un par de amigo escogidos para poder compartir algo más que una charla amena sin estar sujetos a celos o pertenencias existenciales que nos complican la vida. Todos deberíamos enredarnos entre las sábanas de vez en cuando y generar así vínculos de confianza. EL congreso debería promulgar una ley que nos obligue a mantener contacto clandestino y de trinchera. Eso no sólo mitigaría el estrés, la fatiga y el malestar emocional sino que también ayudaría a promover el deporte y a bajar la tasa de sobrepeso que está creciendo de manera preocupante. Aumentaría el negocio de los hoteles creando nuevos puestos de trabajo. La venta de preservativos generando un incremento de ingresos en farmacias y también ayudaría a crear mayor conciencia respecto al tema. Ayudaría al desenvolvimiento de personas cohibidas debido a la interacción que este ejercicio provoca. Tendríamos más amigos en el facebook y sobre todo, le quitaría esa máscara tonta que tiene el sexo como problema social entre los que no saben manejarlo. Yo no sé que hace el Papa hablando de sexo cuando de eso no sabe nada. No sé porque los papás tienen tanto miedo a esto si ellos se cansaron de practicarlo. No sé porque se prohíbe tanto si nos acompaña desde el principio de la humanidad y además, lo prohibido siempre tienta más. Si dejáramos de ser tan cuadrados mentalmente el mundo sería más redondo y podríamos eliminar barreras más complejas que los límites entre países. Si practicáramos esta idea sencilla para vivir la vida, seríamos un poco más libres, un poco más humanos y menos violentos y agresivos. El amor no se hace, se siente; pero no hay mejor forma de expresarlo que envolviendo todo en carne y pellejo. Soy un Cupido moderno, un romántico práctico. No quiero ser sustantivo, quiero ser verbo. No quiero mantener esta idea muerta, no quiero ser un profesional sin ejercer. La gente tiene complejos más grandes que su propio ego. Tiene prejuicios insanos que hace que confunda las cosas, problemas mentales que enredan las cosas y los hace perder el respeto al cómplice afectuoso que pasa de ser compañero de tertulias a víctima de nuestros problemas. Nuestra mente aún está chata para cosas así. No podríamos manejar situaciones donde nuestros deseos fatiguen la idea del respeto. Somos demasiados tontos para vivir la vida sin complejos. Somos demasiados acomplejados para mantener con total normalidad la complicidad de la travesura carnal. Somos demasiado masoquistas para querer un mundo mejor. Entiéndase que esta misiva reveladora no es una apología al sexo, no es un incitación al desbande, una invitación al lo prohibido. Lo antes mencionado no es el relato de un hombre enfermo, no es el pedido de un violador confeso. Simplemente, quiero simplificar las cosas, liberar prejuicios, matar fantasmas. Lo único que quiero, es un mundo mejor.