martes, 15 de enero de 2013

El diablo en mi corazón



Mamá siempre que me veía triste o meditabundo me aclaraba las cosas: - Es falta de Dios –  decía y me hacía reír. Con Dios me comunico esporádicamente, así como lo hago con mami. A mi madre la llamo de vez en cuando, tomo el celular y le pregunto qué está haciendo  y la pongo al día con mis anécdotas. A Dios le converso muy poco, de cuando en vez. Antes de dormir me acuerdo que estoy con vida aún y creo que eso ya es un milagro y el único que hace milagros es Dios (a veces creo que también Messi). Agradezco por las cosas que me salen bien y mal y pido sabiduría, aquella que escasea en mis días y a veces me lleva a la autodestrucción. Desde pequeño he añorado con una sola cosa para ser feliz; con una crianza afeminada he creído siempre que lo único necesario para alcanzar la cúspide de la placidez y prosperidad es encontrar el amor. Tengo la certeza de que mamá a estas alturas de la vida y resignándose al hecho de que ya no le pertenezco, reza infatigablemente para que le pertenezca a una chica buena. Yo también quiero encontrar a esa chica que sepa acompañar a este tipo amante de la soledad y adicto a la melancolía. He dejado de ser el tipo que confía ciegamente en las personas y me veo atrincherado en el temor de ser lastimado. Soy una nena con pantalones que espera a su princesa azul. He pasado varias temporadas experimentando el miedo de no confiar en nadie y encontrándole el defecto a todas las que se me acercan con buenas y malas intenciones, rezagándolas a promesas incumplidas y a proposiciones pendientes. Todas han sido víctimas de mi desconsuelo y mi desdén. Ninguna mujer es digna de mi confianza debido a experiencias como protagonista y muchas otras como espectador. Pero todo pasa, y las cosas se adecúan de modo que uno termina por reconciliarse consigo mismo y con sus temores. La vida misma se encarga de ponernos a todos en nuestro lugar pero somos nosotros los que decidimos acomodarnos y quedarnos o partir inesperadamente. Hoy tengo una mano que toma de la mía y apuesta por acompañarme en aquel camino donde tantas veces tropecé. Tengo unos ojos que me miran antes de encajar un beso milagroso que sabe emocionar mi corazón. Tengo una chica linda que me hace sentir importante muy a menudo. Pero el diablo pasea cerca, me mira de reojo. Me hace gestos poco amables y me envenena. Revive fantasmas misteriosos que tocan la puerta de mi mente y reproducen imágenes que sólo yo puedo ver. Los fantasmas me recuerdan que todo aquel que tiene la llave maestra que abre las puertas de mi confianza, pueden intentar saquear lo poco que guardo con cariño. Que pueden robar los tesoros que conservo cual avaro. Busco escusas tontas para alejarme de la posibilidad de  hacer algo realmente importante, de cumplir el sueño que tantas veces en oraciones elevé a un Dios que sabe dar las cosas en su tiempo. El diablo azuza mis sentidos y toca fibras desconocidas llevándome por caminos inciertos. Soy un tipo con temores, el diablo lo sabe y los duendes tenebrosos que bailan alrededor de las higueras que han plantado en mi cabeza también. Son miles los demonios que ven con recelo al ángel que me acompaña, un ángel que aparentemente ha decido educarme nuevamente en el arte del amor. Los espectros malévolos toman figuras conocidas y con cometarios envenenados intentan lastimar aquello que anhelé. Tengo que aceptar que siempre he sido mi peor enemigo y el primero en poner en tela de juicio cada paso que doy. El diablo confabulando con mi lado oscuro, me conversa amablemente y con la sapiencia adquirida por los años, me confunde con facilidad. Soy tan mezquino conmigo mismo y con los demás que prefiero quedarme solo y morir en esa situación que fatigar a personas que ciertamente merecen algo mejor que este payaso ocasional que sabe un par de chistes y los cuenta repetidas veces, cada vez con menos gracia. Mamá sabía que este niño confundido estaba propenso a ser visitado por entes virulentos. Ella con su sabiduría divina ha entrenado de manera sigilosa y casi desapercibida a este su hijo, que ahora entiende cada frase mencionada. Cuando uno tiene algo que vale la pena se confunde, ignora que quizá merecía la oportunidad de experimentar algo diferente o quizá se vuelve ciego ante sus propios deseos. Ahora entiendo para lo que me preparaba mamá. Esto que me pasa… “es falta de Dios.





Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Corintios 13

martes, 1 de enero de 2013

El que se va


El año que se va corrió incansable hasta agotar sus días, como lo vienen haciendo los años nuevos. No fue un mal año, pero fue especial. Me compré un carro y con él aprendí a manejar. Nunca sentí tanto estrés como en aquellos primeros días frente al volante, con el terrible temor de lastimar a otras personas, chocando de vez en cuando. Me volví responsable de una familia disfuncional,  viendo temas de pagos y gastos a los cuales no estaba acostumbrado y sujetándome a fechas y montos que tenía que cumplir infatigable para dormir tranquilo. Terrible el hecho de convertirse en adulto pensando como niño y asumir costumbres y responsabilidades que no seducen nada pero son indispensables para que todo funcione y todos te quieran. Leí muy poco, y siento descontento por eso. Lamentablemente una consecuencia de no leer es que tampoco escribí todo lo que quise y postergué el libro que tengo en mi cabeza, que se va desvaneciendo como los mismos años que pasan. Engordé algo y ya siento que este cuerpo venido a menos está en un proceso de resignación y está cediendo a los caprichos del tiempo y a las desventajas que éste otorga. Besé algunos labios desconocidos que ahora prefieren desconocerme y visité algunos otros que esperaban mi retorno. Este año que se ha ido pasó como meditabundo, como calcino y pensativo. Conocí enemigos nuevos que estuvieron a la altura de las circunstancias e incluso sentí perder batallas que todavía están pendientes pero con altas posibilidades de victoria a mi favor. Conocí un rinconcito del paraíso fuera del país e incluso he decidido que mis restos hechos cenizas descansen por allá. Descubrí que el tequila puede convertirse en tu mejor aliado un fin de semana en una discoteca cualquiera. Bailé mucho y conocí señoritas que bailaron conmigo casi al mismo ritmo descompasado. Este año que se va cumplí veintiséis años y asimilé que ya estoy viejo y debo de hacer cosas que hacen las personas de mi edad, por lo tanto, cambié bastante de mis costumbres y renegué por eso. Pasé mi cumpleaños llorando desconsolado en medio de una fiesta que no disfruté. Este año que se ha despedido con una sonrisa, visité muy pocas veces a mamá y no frecuenté mucho las amistades. La salud gracias a Dios todavía no me ha jugado una mala pasada. Con algunas visitas a la clínica y algunas intervenciones antes no experimentadas, mi salud arroja todavía síntomas positivos y esperanzadores con respecto a un futuro incierto. Este año que se va dejó la promesa de un fin del mundo pendiente y por ende me expuso a tener que improvisar los días que vienen debido a una resignación complaciente. El año que nos deja, permitió que un ángel que pasaba a menudo se detenga a  hacerme compañía y aparentemente decida quedarse algunas primaveras más conmigo. Desde su presencia a mediados de año todo ha tomado color y forma y ha sabido inyectarme una dosis de optimismo que se viene prolongando. Los días que han partido me han confirmado que Dios me tiene una estima especial y que todavía me considera. He reído y llorado, no más que otros años. He recibido besos y desplantes, no menos que otros años. He bailado y dormido con las mismas ganas. He mirado por la ventana de mi sala unas cuantas veces. Este año que se despidió con amabilidad al parecer ha dejado todo encaminado para que el próximo sea uno lleno de alegrías y novedades. He recibido el año con la mirada de la chica que me está reeducando en el arte del amor. Estoy soñando con cosas que aparentemente pueden trascender y tratando de afianzar algunas otras que ya encaminan los días de un adulto forzado en esta condición pero consiente que ya es tiempo de cambios. Empezar el año escribiendo es un buen augurio. La tarea personal este año es vencer fantasmas que ganan fuerza por mis miedos, miedos que han sabido acogerse en esta cabeza tonta que cuando se muestra débil, pierde terreno. El problema de planear cosas es que suelo arruinarlas. Gracias 2012, he vivido. Bienvenido 2013, trátame con cariño.


miércoles, 26 de diciembre de 2012

La mueca del payaso


Tengo que admitir que he robado mil veces una sonrisa y me he sentido dichoso por el hurto aquel. Tengo que confesar que tengo cierta facilidad para dibujar en rostros ajenos algo parecido a un gesto de felicidad. Tengo un humor coqueto que ha sabido encontrar un público discreto pero fiel. Me gusta ver a la gente sonreír y más cuando soy yo quien provoca esas sonrisas.  La astucia que tengo para decir estupideces o para rendirme a hacer el ridículo ha contribuido enormemente a este oficio noble de recolectar sonrisas. Ha sido tan natural el proceso de convertirme en un payaso social que a veces, cuando intento forzar aquel esbozo alegre, tiendo a defraudarme, a caer en un engaño atroz que me regresa a la posición de bufón sin gracia. El tiempo ha ido opacando la virtud de ser gracioso, ha vuelto a este payaso amable en un tipo de sonrisa mustia y de hábitos longevos que poco a poco lo condenan a estar parado frente a un teatro vacío. No sé en qué momento me creí la idea de ser un tipo bonachón y cándido frente a un público cada vez más exigente. Lo cierto es que durante ese trayecto decadente, he engañado a otras personas que a veces esperan el espectáculo de siempre, a este payaso que no conoce otra mueca que no sea la de la pena. Alguna vez me definí como: “el hombre más feliz del mundo” sin imaginar la distancia enorme con respecto de la realidad. Para que el resto me conozca, primero tengo que conocerme yo, descifrarme y entender que a pesar de tener ligeros destellos, soy la sombra que camina en la luz. Duele entender que uno no es quién cree ser y duele más defraudar a los que creyeron que también era así. No todo el público al que me debo genera en mí esa satisfacción necesaria para despertar con ganas de contagiar alegría, pero existe sí, un puñado de personas a las que siempre me gustaría ver mostrando el arco invertido en sus labios, luciendo una sonrisa enorme que se contagie. Cuando veo que ese grupo mágico ya no desea los servicios de este pobre payaso, pienso en la jubilación; pero cuando soy yo quien provoca algún tipo de desconcierto e induce a algún tipo de malestar, pienso en exilio. Los seres humanos, todos; hemos venido con un propósito a la tierra, con la misión de ser felices. Yo complico esa teoría y la reduzco  sólo a una posibilidad. He adoptado la torpe manía de volverme chato en momentos de regocijo, en ser parco cuando esperan un comentario alentador. Soy un espectador envidioso de los que saben contagiar alegría y ya ni intento iniciarme en aquella travesía. He comprado todos los boletos para viajar  solo en un tren que aparentemente no me llevará muy lejos, pero me llevará sin retrasos ni pasajeros que cambien el rumbo. No soy compañero de viaje, contador de historias, payaso con gracia, escritor de cuentos. No soy imán de alegrías, ladrón de sonrisas, maestro de gracias, ni mago de fantasía. Estoy dejando el albergue solitario para construir un asilo que acompañe los años que vendrán antes de encontrarme más cansado de lo que ya estoy. Todavía me quedan algunas presentaciones antes de que el circo de la vida quiebre. Todavía puedo reciclar algunos chistes chapuceros y sacar algunos conejos del sombrero para deleite de un público incauto que a veces sabiendo, se deja timar por este payaso triste. Mi estado natural siempre fue el de la melancolía y la tristeza tonta. Siempre he regresado cabizbajo a mi colchón a buscar consuelo, siempre he contribuido a la vorágine desatada en mi cabeza que imagina que todas mis conclusiones son escuchadas por las víctimas de mi descontento, creando conversaciones imaginarias que me convencen de que todo al final estará bien. Debo de cumplir con gallardía  estas últimas funciones, debo salir a la platea de un teatro en ruinas a domar a un público exigente que siempre quiere más e intentar satisfacerlos. Debo concederme algunos desatinos más para deleite de los que tienen la sonrisa fácil y sobre todos de aquellos que saben hacer escarnio de mis derrotas, que por lo menos, los llevan a un retozo sincero. ¡Oiga caballero! ¡Todavía quedan funciones! No se pierdan lo último que he guardado, que siendo sincero es lo mismo de antes, sólo que al revés. El payaso triste al final de su función, ya detrás de las cortinas, y con la luz apagada, muestra la única mueca que conoce; es que aunque lave, no borrará. Eso es todo…

miércoles, 5 de diciembre de 2012

No quería matarte

Sólo se hace un moño chapucero en el cabello y está lista para ajusticiar a aquellos que trasgreden los límites que ella ha establecido. Me ha dejado bien en claro que ella no mata por diversión, ella mata porque es inevitable y a veces hasta lamenta tener que hacerlo. No sé cuantas víctimas lleva en su haber, sólo sé que no miente y que obedece a una orden casi divina. Tiene una pequeña libreta negra donde deja entrever una escueta lista de futuros difuntos a los cuales no puede brindarles la dicha de la vida por muchos días más. No me permite husmear entre aquellos que enfriaran pronto, sólo me concede el gusto de enterarme de algunos pocos que incluso conozco. La primera en su lista es la Pequeña, mi compañera de departamento. La sicaria me explica que tendrá que matarla porque no sabe saludar. – Más de una vez me ha dejado con el “hola” pendiente de respuesta. Eso no se hace. – me explica. La matará porque no sabe saludar y encima porque se permite posturas que no le corresponden. Desde que la sicaria visita mi morada, tengo que admitir que no ha recibido el trato cordial que se merece, por lo tanto, y cumpliendo su destino asesino, procederá a aniquilar a mi compañera de departamento. Procurará que su final se rápido he indoloro. Ella no goza viendo a sus víctimas sufrir, le basta con saber que no volverá a verlas. Entonces, sutilmente incurrirá de puntillas en la habitación de su presa (la cual duerme todo el día), se cerciorará de que siga dormitando, tomará con delicadeza la almohada (instrumento que ha escogido para no desmerecer a su presa) y la asfixiará con denuedo. Lo hará con mucho cuidado y delicadeza, no quiere fracturar su cuello y dejar huellas. Es más fácil de lo que piensa, casi juraría que su víctima seguía durmiendo mientras procedía a quitarle la vida. No obtuvo ningún tipo de respuesta a su crimen. No hubo resistencia. Mira a su víctima ya convertida en cadáver y nota una leve sonrisa. – Maté a la desgraciada mientras soñaba algo bonito – se dirá a si misma antes de partir del lugar dejando todo intacto. Antes de descubrir el cuerpo de la Pequeña pasarán un par de semanas. Todos los que vivimos con ella pensaremos que sigue durmiendo y si no necesitáramos cobrarle el alquiler, no advertiríamos de su deceso. La número dos en su relación es amiga de la primera víctima. Nunca olvidará cuando entró a mi sala, y sin que sea advertida escuchó el comentario lapidario que hoy la lleva a cumplir su misión: - Leonardo, por fin llegaste. No habrás venido con esa… hola…” Enterándose de la peor de las maneras de la enemistad que ejercía sobre ella. No dudó ni tuvo que esperar otra señal, la muerte de Penélope era cosa de días. Para asociar la amistad de sus dos víctimas, escogerá el funeral de la Pequeña para dar muerte a Penélope. La arrojará en una de las cavidades del cementerio (cavidad que sospechosamente se encontrará disponible) Cuando ella pase desconsolada por la muerte de su amiga íntima, recibirá un ligero empujón, el cual la conducirá a su última morada. Casi ni gritará al momento de la caída, sólo levantará la mirada y antes de castigar la falta con algún otro comentario desatinado, recibirá la descarga de kilos de tierra que sepultarán cualquier acotación extra. – Cállate perro – musitará la asesina mientras se sacuda de una responsabilidad pendiente. Quién encontraría una víctima en el camposanto, donde reinan los que no viven. Jamás encontrarán el cuerpo de Penélope. Jamás le llevarán flores. – Si no te gusta saludarme, no te daré oportunidad de que te despidas de nadie – comenta la asesina mientras ensaya una sonrisa. Está a punto de contarme como mandará a mejor vida a su tercera víctima, una chica que procura hacerse de una fama de puritana, de señorita de implacables costumbres. En sus ojos veo un brillo especial, como si esta labor en especial le causara un placer superior a los otros dos encargos pendientes. Ella es una profesional en el arte del asesinato, pero podría jurar que en esta tarea hay una mezcla de placer. Mi mirada se fija tratando de escudriñar sus gestos, esto hasta que advierte de mis aspavientos y regresa a su estado más sereno. Sabe que ha hablado de más y entiende que su misión ha tomado un nuevo curso. No podrá llevar su misión a cabo si me entrometo en su camino. No quiere correr riesgos. Me mira esbozando una sonrisa y saca su pequeña libreta. Anota algo. Me dice que tiene hambre y que lamenta no proseguir con sus relatos salpicados de muerte. Me arroja una mirada que me desbarata todo, no sólo es de cuidado, es también preciosa. - Tu mirada me mata – le digo intentando encontrar algún tipo de respuesta. – Lo sé – me responde antes de aceptar una par de shots de tequila.





miércoles, 21 de noviembre de 2012

Este sábado tengo una cita

Uno visita al doctor por resignación y entendiendo que no recibirá buenas noticias. Generalmente recurro al dormir, todo se me pasa durmiendo. O simplemente aplico una fuerte dosis de indiferencia y al olvidarme del dolor que me aqueja, este pasa o desaparece. Pero en esta ocasión aquellos remedios espirituales no hicieron efecto en este cuerpito dejado a menos y me llevaron a la obligación inevitable de asistir al doctor si es que acaso quiero postergar mi duelo con la muerte, aquel que sabemos, nunca ganaré. Saqué una cita con el dermatólogo para tratar una pequeña protuberancia alojada en la parte derecha de mi cuello, protuberancia que siendo ya menor es más considerable que cualquier otra protuberancia en mi cuerpo. Visité la única clínica que mis enfermedades conocen, donde tengo ya una historia clínica de cuidado, con varios análisis de por medio, cuyos resultado nunca recogí. Una buena cantidad de medicamentos recetados los cuales preferí no consumir. Todo era muy fácil, sólo tenía que dormir. La consulta la auspició VISA (quizá por eso siempre voy a esta clínica, porque aceptan todas las tarjetas) y procedieron a invitarme a medir mi presión y revisar mi peso. Arrastré mi cuerpo hasta aquel pequeño cuarto donde me preguntaron si había tenido fiebre. Respondí seguro de que Sí. Siempre me recomendaron hacerte en lo posible la víctima en los nosocomios para que te atiendan con mayor premura, y esa solicitud es una de mis especialidades. – Pobrecito - me dijo la enfermera. –Sube a la balanza – me pidió. Mis austeros 65kg me deprimieron, incluso antes de que la enfermera volviera a decir: Pobrecito. Esta vez me derivaron al consultorio número ocho donde me indicaron tenía que esperar. No mintieron, esperé un muy buen rato. Luego de una vida sentado esperando la muerte escuché mi nombre. Levanté la mirada y advertí un ser vestido de blanco invitándome a seguir la luz. - Es un ángel que me invita al cielo – llegué a pensar antes de reaccionar y entender de que no tengo ningún boleto al cielo en caso de morir. Era el doctor: de tez morena, de contextura gruesa y de cabello cano. Por la descripción antes mencionada entenderán porqué la tentativa a pedirle un autógrafo o tomarme una foto con él debido al parecido con el doble de “El Zambo Cavero”. - ¿En qué te puedo ayudar? – me preguntó por rutina. Quise pedirle dinero prestado pero me faltó valor. Hice de su conocimiento la presencia de mi protuberancia. Se acercó, la observó con curiosidad y empezó el toqueteo. Luego de hurgar en mi cuello sacó raudo un cuadernito y me enseño la foto de algo denominado “quiste epidermo”. La foto era en extremo desagradable y mi reacción casi fue el llanto. Le comenté que hace más de un año algo parecido se alojó en mi pecho. - También acudí al dermatólogo – le mencioné. Era un viejito con un ojo entrecerrado y aliento a ron, quien no observó mucho antes de limpiar una jeringa que encontró por ahí con un líquido sospechoso el cual lo acercó a su boca y le metió un sorbo. Luego me miró confiado de lo que hacía, me despojó de mi camisa y clavó aquella aguja como si fuera una estaca y yo un vampiro. Retiró de mi pecho aquel quiste con una facilidad inaudita, casi sin usar la jeringa. Lo que no resultó sencillo fue controlar la sangre que brotaba. Con temor a morir le consulté sobre un granito en mi labio, el cual miró con desdén y me sugirió inscribirme en clases de música. Así terminó la consulta, con dudas y un dolor inexplicable en el pecho. El doctor con parecido al doble del “Zambo Cavero” interrumpió mi relato con una leve sonrisa. Me dijo que necesitaba de una pequeña intervención, que las mismas las realizaba los sábados para lo cual me reservó una nueva cita. Prometió despojarme del granito en mi labio así como también de dos lunares Me derivó a pagar unos medicamentos que en cuestión eran en verdad simples. Pero al observar en farmacia la aguja tamaño familiar y el bisturí asesino, los fantasmas de mis muertes aún pendientes me visitaron todos con prontitud. Sentí el estupor de saberme muerto una vez más. Al parecer aquella intervención a realizarse el sábado puede postergar mis sueños mediocres para otra vida si es que me la merezco. Este sábado puede ser el último en que intente levantarme con el pie derecho (y seguro que lo tomaré en cuenta). Es preciso entonces a hacer mención de algunas aclaraciones si es que se me pretende dar algún tipo de descanso eterno. Primero: Que este no sea interrumpido, mucho menos a horas tempranas. Segundo: Lloren mucho; como nunca lo hicieron en su vida. Prometan ante mis restos que nunca más llorarán así y cumplan. Tercero: Ningún ridículo de negro, todos de blanco. Cuarto: En la previa escuchen canciones de Gianmarco, y antes de arrojar mis restos, cántense las más conocidas de Fito Paez. Quinto: No pretendan enterrarme, me incineran si o si. Las miserias que deje como cenizas por favor arrójenlas al Lago Titicaca por el lado Boliviano. Es el lugar que he escogido para descansar hasta nuevo aviso. Y por último y no menos importante, recuérdenme. Esta última petición no está sujeta a ningún acto recíproco. Lo único que heredo son deudas, quién quiera ser beneficiario, con mucho gusto. A todos no los quiero, a los que sí, lo saben. Fue un gusto. Este sábado, tengo una cita con la muerte.



miércoles, 17 de octubre de 2012

Los fantasmas en tu cabeza

Es obvio. Has recorrido durante buen tiempo bajo la sombra de una costumbre deliciosa. Has oxidado esa fibra sentimental que ahora te duele ejercitar como otros músculos luego de visitar el gimnasio después de buen tiempo. Piensas mucho, como hace buen rato no pensabas, y lo peor de todo, es que piensas hasta por gusto. Nunca imaginaste visitar esos labios, en cerrar los ojos para regalar algo más que un beso. Qué complicada parece la situación cuando no estás a su lado, porque cuando sientes su presencia todo parece más fácil. Es evidente que nadie planea las cosas, porque de haberlo sabido probablemente no hubieran sido amigos casi cuatro años; te hubieras dedicado a departir esos besos deliciosos que todavía provocan sorpresa cuando abres los ojos. Yo sé que es complicado. Romper la rutina te sumerge en miedos de los cuales antes no tenías que ocuparte y ahora con un gusto extraño, tienes que combatir. Quisieras saber qué pasa por su cabeza, cuales son las dudas que atormentan ese corazón entreverado que algún día conoció el amor y que ahora sufre los traumas de ese encuentro. Comparar no es malo si no lo haces con frecuencia ni con maldad. A veces no quisieras más recuerdos que aquellos ocurridos hace días atrás, pero lamentablemente las secuelas de esos malos momentos te obligan a retroceder inconscientemente en el pasado, transitando pasadizos oscuros que te llevan a puertas que tal vez no estaban cerradas. Todos en algún momento hemos fracasado en el intento de complementar a alguien. Tú lo sabes, eres un claro ejemplo de eso, por eso tantos miedos, tantos fantasmas acumulados en tu mente haciendo cola para pronunciarse y asustarte cuando te encuentren bajo distracción. No te culpo, es normal que tengas el temor de dar un paso luego de tantos días de quietud. Sabes mejor que nadie que lo que sientes es maravilloso, que pensaste no volver a sentirlo con esa pureza de tus quince años, donde todo parecía más fácil. Sabes que te emociona la idea de que este proyecto sentimental funcione, porque aquellos intrusos que han sido testigos de alguna mirada fugaz y comprometedora han tenido la certeza de apostar por una victoria. La gente es optimista con lo suyo. En poco tiempo te has involucrado más de lo que pensaste y aparentemente no te arrepientes, de hecho quisieras que no hubiera tantas barreras, tantas excusas para separase con cierto alivio  y con una seguridad de que estás haciendo lo correcto al llevar las cosas con calma y tener la sensación de que no diste aquel beso que se quedó en el bolsillo de tu pantalón. La situación no ayuda. Sabes que no es correcto pasearse de la mano luego de una historia reciente, y que por eso tratas de compensar esa ausencia en los momentos que les compete solo a los dos. Te pones en el lugar del otro y te sientes tan culpable de no poder ayudar y tan sentimental cuando sientes que se acerca que escapa todo de tus manos, de lo planeado. Parecen enamorados pero no son. La gente cree que sí, pero no. Los allegados auguran lo mejor y tienen una seguridad de que será así que a veces tú no la tienes. Sabes que hay cariño, se siente. Pero también hay impaciencia, nervios, miedos, perturbaciones propias de lo nuevo, de lo que no se conoce, de lo que escapa un poco a lo planeado. Te gustaría afirmar que aquella mitad que te mira de frente a los ojos, es la mitad que estás buscando. El tiempo se encargará de poner todo en su lugar. Si bien te has preocupado por hacer bien las cosas, no debes descuidarte; sería lamentable que todo acabe tal como comenzó. Tenía que escribirte, tenía que hacerte saber que el presente es hoy y si acumulas muchas cosas para mañana puede ser que las olvides o que simplemente ya no te sirvan más. Tenía que animarte a que lo hagas, sabes que vale la pena. Tenía que visitarte con los fantasmas del pasado, aquellos que te hacen recordar que la suerte no es para todos y que tú has tenido el privilegio de una oportunidad más. Ella vale la pena, lo sé. Leonardo, si sabes que todo lo bueno cuesta, esto debe ser genial. Esta carta te la escribo porque a veces es necesario salir del papel protagónico y mirar las cosas desde fuera. Siempre estuve loco, pero ella es quietud, calma; siempre con la dosis exacta. Que tenga lo que tenga que pasar, tú (Leonardo) haz tu parte. Suerte. Te quiere mucho, tu subconsciente.

martes, 2 de octubre de 2012

No todas son tristes

Tengo veintiséis años y nunca he ido a una despedida de solteros. La verdad de la situación nunca me llamó la atención, no es de mi deleite ese tipo de espectáculo puesto que jamás he visitado alguna casa donde las señoritas estén dispuestas a bailar desnudas y luego con un descuento cariñoso, proponerte visitar otro lugar. En verdad nunca lo he hecho, o  por lo menos nunca con chicas que cobren. Esta vez me invitaron y también me sometieron al pago de una cuota que comprenda la visita de cuatro chicas (que al final fueron tres) y a la ración necesaria de comida y alcohol. Pagué sin saber cuánto cuesta ni lo que comprende. Pagué porque no quiero quedar como la niña que no quiere ver cosa de machos. Pagué porque pretendía estar presente en la tertulia de un amigo pronto a la desgracia y porque la curiosidad me mataba. Al final pagué y punto. Decidí ir en carro, manejé presuroso. La hora pactada había vencido y entendí que también había caducado mi oportunidad de ver a desinhibidas señoritas danzando al ritmo de corazones ajenos. Llegué pero ellas todavía no. No éramos muchos, pero éramos los justos. Empezaron a pasar cerveza para aligerar las cosas y entrar en sintonía con el momento. Aquellos señores de cabellos canos y de experiencia basta tomaban pisco. Se anunció la entrada de las señoritas más de una vez y nos quedamos con las ansias de una falsa alarma. Mientras tanto se desenvolvía una simpática charla en medio de la bebida. Llegaban algunos invitados más y se veía en su cara la felicidad de saberse todavía oportunos para el evento principal. De pronto entraron raudas con antifaces que cubrían no sólo sus identidades sino también su belleza. Eran tres (no cuatro como prometieron), y pasaron en jean como quien entra  a una discoteca abarrotada. Raudo el novio cambió su camisa por un polo desmejorado para que lo rompan con confianza: - Estás mañosas les dices que no y peor, son unas mierdas - comentó mientras cambiaba de prenda para que no se la rasguen. Un buen amigo me daba indicaciones al enterarse con asombro que no había asistido nunca a una despedida de solteros y tampoco a una casa de puterío. – Si te bailan deja que se te acerquen, luego agarra carne con discreción. No toque mucho que se enojan y se quitan – me dijo canchero él mientras se acomodaba en una silla al lado mío. No pasó mucho desde ese comentario para que saliera la primera de las damas y muy autoritaria pidiera una canción de su Cd. Se molestaba un poco al demorar la pieza que había escogido. Una vez empezada la canción empezó el baile titubeando con respecto al paso a emplear. No demoró mucho en tomar confianza y tomó como a su presa al novio que espera sentando y ansioso ser devorado por el baile de aquella mujer. Empezó por la parte superior y lo despojó de aquel polo con final infeliz. Continuó con el pantalón, siempre con algo de problemas. El novio se aferraba a aquel bóxer negro que lo separaba de la desnudez como una madre a su hijo. Ella se acercó y le comentó algo, al parecer le pidió que se relaje y que colabore con el espectáculo. Él soltó su prenda interior convencido por la propuesta de aquella dama, quien no dudo en traicionar a su presa bajando hasta los tobillo aquella prenda que cubría sus genitales. Todos rieron por la traición. Algo empezó a vibrar en mi entrepierna, averigüé y era mi celular. Antes del ingreso de aquella niña mala advirtieron que estaba terminantemente prohibido el uso de aquel aparato para uso de grabado. Temeroso por malograr la fiesta y que se marcharan las chicas salí a contestar. La señorita que me gusta llamaba en el preciso momento en que la chica que no me gusta bailaba ya desnuda en su totalidad. Tengo que admitir que ese tipo de espectáculos no son de mi agrado, no me provoca ningún tipo de satisfacción ver a aquella chica guapa grabando una mala película triple equis. Por esas cosas que pasan la llamada se perdió y regresé al lugar de los hechos para ver como recreaban una escena porno. Ella desnuda moviéndose sugerentemente y él por detrás sacudiéndose al ritmo de aquella señorita epiléptica. Cual película porno, todo falso y montado para la excitación del público. La chica era guapa y de edad pronta, calculo veintidós años. Se levantó mostrando su desnudez, tomó las pequeñas prendas de las que se despojó y se encerró en el baño para cambiarse. Salió rauda y con el antifaz protector se despidió por obligación con un frio “chau chicos” y partió con el dinero en su bolsillo. La segunda nena salió con aires de dictadora  y tomó al novio como un perro dominado por su amo. La llamada volvió a visitar mi celular y nuevamente me ausenté de la tertulia sin que el segundo acto haya comenzado. Era ella nuevamente, la señorita que extraño cuando estoy solo y a la que le escribo cartas como a los quince años. Su voz reposaba en tristeza, sabía que algo le había sucedido. Mientras tanto observaba como los zapatos del novio golpeaban la pared del patio en que me hallaba y posterior al sonido del golpe, observé la casaca de aquel otro amigo que me instruía en el arte de la vida putanesca y que se sentaba al lado mío volando por los aires, encontrando final en el techo del vecino. Aquella nena de cabellos castaños y de pechos blancos había sometido el lugar donde nadie se percataba de mi ausencia y si alguien lo hizo sospechó de mi hombría al encontrarme a fuera conversando por teléfono. Le pregunté si estaba bien y me contestó que lo había hecho, había dado fin a esa relación de doce años. Había cerrado una puerta infinita para él y había abierto una luz de esperanza para mí. La chica malcriada terminó su baile, repartió unas tarjetas que decían “chocolatería” con sus números y salió igual de rauda que la otra, casi sin despedirse. La tercera nunca apareció, nos quedamos con la duda si en verdad eran tres. Yo, pendiente del teléfono escuchaba a la única chica que me provoca ver. Aún triste, comentaba su valiente acto asegurando que era lo mejor. Sin saber como tranquilizarla la acompañé casi en silencio, era necesario que ella con sus lágrimas limpiara sola sus heridas. A pesar de aquella noticia alentadora para mis propósitos, no me sentí feliz. Entendí que decir adiós es difícil pero a veces necesario, y que no todas las despedidas son tristes.