No me gustaba la playa, lo
recuerdo muy bien. Prefería mil veces una casa en medio del campo, rodeado por
árboles entre la caca de las vacas y los mosquitos insaciables. Cuando iba a la
playa me olvidaba del mundo y corría como loco. A pesar de que me embadurnaban
en bloqueador y usaba polos, terminaba rojo como un camarón (siempre usaron esa
expresión). Ser blanco no te hace más importante, te hace débil, lo sé yo. Los
únicos días que exponía mi piel a los rayos del astro rey, eran en épocas
veraniegas. Mostraba sin pudor las venitas que sobresalían, mis tetillas
empequeñecidas y mi ombligo saltarín. No me metía mucho al agua porque estaba
helada y porque no sabía nadar (ahora tampoco). Miraba asombrado a avezados
nadadores que se sumergían en las aguas como focas y nadaban hasta el fondo, hasta
donde no se divisaban y rezaba por si acaso, por si no volvían. Pero nunca fui
testigo de una desgracia, pues cual José Olaya, regresaban a la orilla
victoriosos. A mí me revolcaban las olas más pequeñas y tragaba litros de agua
salada que seguro alguno de esos valientes nadadores había meado. Mi madre siempre
dijo que la playa era más limpia que la piscina, entiendo por qué. Después de
haber sido libre como las mismas gaviotas, regresaba a casa por la noche a
sufrir los estragos de ser albino. Mi madre me disfrazaba de ensalada y me
ponía tomates por todo el cuerpo. Me untaban cremas que no ayudaban y me daban
un baño que no sabía calmar el dolor de ser blanco. Luego del bronceado asesino
al que sobrevivía porque no era mi hora, procedía a la muda de piel. Tardaba días
de días en terminar de pelarme y regresar a mi color natural, color papel bon.
Odiaba la playa. Yo quería que compren una casa en el campo y que veraneemos
ahí, lejos del mar. Con el tiempo me resigné a la idea del tomate por la noche
y empecé a cuidarme un poco más, a refugiarme discretamente en la sombrilla y
mostrar mi piel con cuidado. Al adiestrarme en el arte de no quemarme, entré en
el problema de no ostentar un cuerpo digno de la playa. Mi delgadez me confinó
a usar prendas que disimulen la falta de músculos y a utilizar más ropa de la
necesaria. Aprendí a nadar por necesidad. Me arrojé a la corriente marina
persiguiendo a unas chicas que me hacían señales desde el fondo pidiéndome que
las alcance. Llegaba a penas, peleando contra la marea, tragando mil de agua
salada, pero llegaba. El regreso era más fácil, sólo me hacía el muertito y el
mar sabio, se encargaba de devolverme. “No le tengas miedo al mar, pero sí
mucho respeto” – me dijeron alguna vez. Hice las paces con la playa un verano a
los doce años; un verano en que me quedé un mes confinado a escuchar las olas
golpear por la madrugada sin poder dormir por temor a un maremoto. Juro que
escuchaba a las olas acercarse y que sentía hasta los pies humedecer de miedo.
Aquel mes entendí que lo mejor de la playa no se encuentra al medio día y bajo
el sol; lo mejor de la playa está por las noches, a la luz de la luna. Caminaba
un buen tramo hasta una canchita de fútbol donde se juntaban chicas lindas y
chicos de mi edad. Si algo hice discretamente bien, fue jugar al fútbol. Eso
hice, matar mis penas con una pelota, al compás de los gritos de aquellas niñas
lindas y bien bronceadas, que sabían corresponder a mis jugadas peloteras. Terminaba
el partidito y regresaba a casa, esperando que nunca amanezca o que se haga de
noche rapidito para regresar a meter un gol. Aquellas noches duraron poco,
puesto que las chicas se cansaron de ver a un pequeño rubiecito y decidieron ir
a besarse al oscurito con sus chicos guapos. Yo regresé a la casa que
alquilamos y me encerré a contemplar atardeceres apoyado en la ventana que daba
al mar. Tengo que aceptar que ese verano descubrí los encantos del sol, el mar
y la arena que siempre se metía en mis calzoncillos. Ya más crecidito y
acudiendo a la playa para festejar año nuevo, empecé a disfrutar un poco más.
La playa permitía ver a mis amigas en prendas menores que mostraban sus dotes
de mujer. Acudir a la orilla ya no incurría en dolores por insolación. A pesar
de desenvolverme un poco mejor bajo el astro rey, siempre vi con mejores ojos a la
playa por la noche. Echado en la orilla, mirando un cielo llenecito de
estrellas. Intentar pedir un deseo con las estrellas fugaces y sobre todo si el
deseo aquel estaba echada al lado mío. A pesar de mis aventuras playeras, nunca
tuve un amor de verano que sepa recordarme aquellas temporadas con melancolía.
Nunca procuré un beso inolvidable próximo a la orilla. Hasta hace poco, escapándome
un fin de semana de la rutina que implica trabajar, descubrí que podría vivir
frente al mar. Me encantaría poder quedarme otro mes entero mirando las olas ir
y venir una y otra vez. Echarme en la oscuridad de la noche mirando un cielo
despejado e iluminado. Me encantaría quedarme un par de días corridos echado al
atardecer, sin sombrillas, bronceando mi cuerpo poco a poco. Me gustaría
veranear de verdad, y no un fin de semana. Caminar por la orilla remojando mis
pies, mirando el sol morir en un mar infinito en el cual nunca podré perderme. Me
gustaría que mis hijos tengan la oportunidad de hacer una sana costumbre todos
los veranos y no sufran lo que yo sufrí. Que aprendan a correr olas y que se
metan al mar sin que la primera ola los revuelque. Me gustaría casarme en
alguna playa, al atardecer, con pocos invitados. Me gustaría alquilar una casa
de playa todos los veranos, siempre en una playa distinta. Echarme en una perezosa,
tomar una cerveza helada. Me gustaría que el mar lave el tiempo en mi piel, que
el sol maquille las marcas de una vida que pasa rápido y dormir en la arena sin
temor de ver un reloj. Caminar descalzo, con el torso descubierto. Mirar
atardecer y por las noches, intentar pedir el deseo pendiente. Con el tiempo he
descubierto que al niño viejo si le gusta la playa, y que incluso, a veces, se
le antoja que lo disfracen de ensalada.
Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
martes, 5 de marzo de 2013
martes, 26 de febrero de 2013
El camino que no elegí
Entré al banco que conduce un cuy
en el año 2008, lamentablemente no tuve la oportunidad de ser entrevistado por
él, de conocerlo personalmente y escuchar su particular manera de hablar. Recuerdo
aquella mañana de verano en que dejé un par de papeles que acopiaban
información dudosa sobre mí. También recuerdo que adjunté una foto tamaño carné
que mostraba a un jovencito de mirada inocente y de peinado particular. Recuerdo el terno que nunca fue mío así como el cuerpo que sostenía
mi cabeza, un cuerpo que también tomé prestado. Si la elección de aquella
convocatoria se hubiera regido única y estrictamente por la foto, seguiría
desempleado. Dejé todos aquellos papeles chapuceros, impresos de manera improvista
y sin el menor optimismo. Los dejé sin imaginar que quizá aquella acción sería la
que cambió mi vida con mayor intensidad, la que me obligó a tomar un camino que
necesariamente no escogí pero del cual, todavía, no me arrepiento. Lo primero
fue capacitarme. Me llevaron lejos de todos, en verdad muy lejos. Nos
depositaron en un club enorme que nos alejaba de la civilización, que nos
confinaba a fumar alrededor de la piscina en conversaciones que nos salven de
la monotonía del día a día. Comenzábamos muy de madrugada, cuando el sol
todavía no terminaba de alojarse en un cielo limeño donde el astro rey siempre se
hace esperar. Desde el vamos se peleaba por ocupar una ducha, y se rezaba con
una fe inusitada porque caiga agua caliente que suavice el frío capitalino. Se
escogía la camisa y corbata que nos acompañaría por lo menos unas doce horas
hasta regresar a esa cárcel con lujos limitados. Se corría al comedor a meterse
algo a la boca, tratando de cumplir con la obligación de alimentar un cuerpo
que no sabía ya de retozos dignos de un ser humano. Luego de engullir algo al
azar, depositábamos nuestra humanidad en un bus austero que durante una hora de
viaje, se convertía según sea el caso, en un hostal para los enamorados o en un
hotel para los que buscaban sosiego. Era el lugar donde nos sentíamos más libres. Ese
bus en su hora de recorrido servía de refugio para lo que el placer proponga. Esa
capacitación reunía gente de todas partes del país y nos ilusionaba con la idea
de haber ingresado al mejor trabajo del mundo. Nos indujeron a dibujar una
sonrisa imborrable en nuestros rostros, sobre todo para cualquiera que se
definiera como cliente. No adoctrinaron en el arte de la falsa educación y
cultivaron sin reparo, el miedo a perder dinero que obviamente tendríamos que
reponer; y a estar dispuestos a cualquier tipo de juerga improvisada que
pudiera presentarse. Ingresamos incrédulos al que también llamaban “el banco
del amor”. Quien no besó a alguien de su entorno laboral, simplemente no
trabajó en el banco. Se entremezclaron unos contra otros en variadas oportunidades
y ocasiones. Se inventaron amores y romances, roces y coqueteos. Todos los
grillos metidos en una misma olla. Pasé dos años y medio contando un dinero que
nunca fue mío. Conocí gente a la que hoy recuerdo con cariño, otros pocos me
siguen acompañando incondicionalmente. Tuve la oportunidad de ascender y ser
enviado nuevamente a una capacitación. Esta vez nos encerraron en un hotel
putanesco que permitía besos, abrazos, roces, infidelidades y borracheras.
Aquel hotel de nombre casquivano guarda secretos que prefiero no conocer pero
sin embargo, imagino casi al detalle. El banco que rige un cuy adinerado,
también me permitió iniciar un camino de independencia personal. Me compré todo
lo que me hizo falta y me permitió conocer el valor del dinero en toda forma y
sentido. Me abrió las puertas de una vida que planeé de manera discreta. Me
permitió algún tipo de desarrollo y me sigue formando ambiciosamente en propósitos
alejados de la humildad. El banco compró mi libertad y me volvió esclavo suyo.
Con este trabajo del cual sigo aprendiendo mucho, perdí inocencia y alejé al
niño que todavía vivía en mí. Adopté una posición de adulto responsable y castigué
algunos sueños que todavía avizoran en la penumbra. Aquel banco de reputación
ostentosa y de ambiciones descomunales, me permitió crecer. Estoy a punto de
cumplir cinco años en un lugar que considero mi casa. He firmado un contrato
que me reconoce miembro de ese hogar, y recuerdo, que la última familia a la
que pertenecí, aquella que casualmente dejé en el año que me integré a ésta, en
su momento me obligó a escapar, a huir despavorido. Todos los recuerdos en esta
ciudad, las anécdotas más risibles, los peores momentos, las metidas de pata,
los aciertos milagrosos, los amores y desamores, los bienes que poseo… se los
debo todos al banco, y se los debo con una tasa de interés especial.
martes, 15 de enero de 2013
El diablo en mi corazón
Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser
como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y
entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal
manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese
todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para
ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es
jactancioso, no se envanece;
no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se
goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree,
todo lo espera, todo lo soporta. Corintios 13
martes, 1 de enero de 2013
El que se va
El año que se va corrió
incansable hasta agotar sus días, como lo vienen haciendo los años nuevos. No
fue un mal año, pero fue especial. Me compré un carro y con él aprendí a
manejar. Nunca sentí tanto estrés como en aquellos primeros días frente al
volante, con el terrible temor de lastimar a otras personas, chocando de vez en
cuando. Me volví responsable de una familia disfuncional, viendo temas de pagos y gastos a los cuales no
estaba acostumbrado y sujetándome a fechas y montos que tenía que cumplir
infatigable para dormir tranquilo. Terrible el hecho de convertirse en adulto
pensando como niño y asumir costumbres y responsabilidades que no seducen nada
pero son indispensables para que todo funcione y todos te quieran. Leí muy
poco, y siento descontento por eso. Lamentablemente una consecuencia de no leer
es que tampoco escribí todo lo que quise y postergué el libro que tengo en mi
cabeza, que se va desvaneciendo como los mismos años que pasan. Engordé algo
y ya siento que este cuerpo venido a menos está en un proceso de resignación y
está cediendo a los caprichos del tiempo y a las desventajas que éste otorga.
Besé algunos labios desconocidos que ahora prefieren desconocerme y visité
algunos otros que esperaban mi retorno. Este año que se ha ido pasó como
meditabundo, como calcino y pensativo. Conocí enemigos nuevos que estuvieron a
la altura de las circunstancias e incluso sentí perder batallas que todavía
están pendientes pero con altas posibilidades de victoria a mi favor. Conocí un
rinconcito del paraíso fuera del país e incluso he decidido que mis restos
hechos cenizas descansen por allá. Descubrí que el tequila puede convertirse en
tu mejor aliado un fin de semana en una discoteca cualquiera. Bailé mucho y
conocí señoritas que bailaron conmigo casi al mismo ritmo descompasado. Este
año que se va cumplí veintiséis años y asimilé que ya estoy viejo y debo de
hacer cosas que hacen las personas de mi edad, por lo tanto, cambié bastante de
mis costumbres y renegué por eso. Pasé mi cumpleaños llorando desconsolado en
medio de una fiesta que no disfruté. Este año que se ha despedido con una
sonrisa, visité muy pocas veces a mamá y no frecuenté mucho las amistades. La
salud gracias a Dios todavía no me ha jugado una mala pasada. Con algunas
visitas a la clínica y algunas intervenciones antes no experimentadas, mi salud
arroja todavía síntomas positivos y esperanzadores con respecto a un futuro
incierto. Este año que se va dejó la promesa de un fin del mundo pendiente y
por ende me expuso a tener que improvisar los días que vienen debido a una
resignación complaciente. El año que nos deja, permitió que un ángel que pasaba
a menudo se detenga a hacerme compañía y
aparentemente decida quedarse algunas primaveras más conmigo. Desde su presencia
a mediados de año todo ha tomado color y forma y ha sabido inyectarme una dosis
de optimismo que se viene prolongando. Los días que han partido me han
confirmado que Dios me tiene una estima especial y que todavía me considera. He
reído y llorado, no más que otros años. He recibido besos y desplantes, no
menos que otros años. He bailado y dormido con las mismas ganas. He mirado por
la ventana de mi sala unas cuantas veces. Este año que se despidió con
amabilidad al parecer ha dejado todo encaminado para que el próximo sea uno
lleno de alegrías y novedades. He recibido el año con la mirada de la chica que
me está reeducando en el arte del amor. Estoy soñando con cosas que
aparentemente pueden trascender y tratando de afianzar algunas otras que ya
encaminan los días de un adulto forzado en esta condición pero consiente que ya
es tiempo de cambios. Empezar el año escribiendo es un buen augurio. La tarea
personal este año es vencer fantasmas que ganan fuerza por mis miedos, miedos
que han sabido acogerse en esta cabeza tonta que cuando se muestra débil,
pierde terreno. El problema de planear cosas es que suelo arruinarlas. Gracias
2012, he vivido. Bienvenido 2013, trátame con cariño.
miércoles, 26 de diciembre de 2012
La mueca del payaso
Tengo que admitir que he robado
mil veces una sonrisa y me he sentido dichoso por el hurto aquel. Tengo que
confesar que tengo cierta facilidad para dibujar en rostros ajenos algo
parecido a un gesto de felicidad. Tengo un humor coqueto que ha sabido
encontrar un público discreto pero fiel. Me gusta ver a la gente sonreír y más
cuando soy yo quien provoca esas sonrisas. La astucia que tengo para decir estupideces o
para rendirme a hacer el ridículo ha contribuido enormemente a este oficio noble
de recolectar sonrisas. Ha sido tan natural el proceso de convertirme en un
payaso social que a veces, cuando intento forzar aquel esbozo alegre, tiendo a
defraudarme, a caer en un engaño atroz que me regresa a la posición de bufón
sin gracia. El tiempo ha ido opacando la virtud de ser gracioso, ha vuelto a
este payaso amable en un tipo de sonrisa mustia y de hábitos longevos que poco
a poco lo condenan a estar parado frente a un teatro vacío. No sé en qué
momento me creí la idea de ser un tipo bonachón y cándido frente a un público
cada vez más exigente. Lo cierto es que durante ese trayecto decadente, he
engañado a otras personas que a veces esperan el espectáculo de siempre, a este
payaso que no conoce otra mueca que no sea la de la pena. Alguna vez me definí
como: “el hombre más feliz del mundo” sin imaginar la distancia enorme con
respecto de la realidad. Para que el resto me conozca, primero tengo que
conocerme yo, descifrarme y entender que a pesar de tener ligeros destellos,
soy la sombra que camina en la luz. Duele entender que uno no es quién cree ser
y duele más defraudar a los que creyeron que también era así. No todo el
público al que me debo genera en mí esa satisfacción necesaria para despertar
con ganas de contagiar alegría, pero existe sí, un puñado de personas a las que
siempre me gustaría ver mostrando el arco invertido en sus labios, luciendo una
sonrisa enorme que se contagie. Cuando veo que ese grupo mágico ya no desea los
servicios de este pobre payaso, pienso en la jubilación; pero cuando soy yo
quien provoca algún tipo de desconcierto e induce a algún tipo de malestar,
pienso en exilio. Los seres humanos, todos; hemos venido con un propósito a la
tierra, con la misión de ser felices. Yo complico esa teoría y la reduzco sólo a una posibilidad. He adoptado la torpe
manía de volverme chato en momentos de regocijo, en ser parco cuando esperan un
comentario alentador. Soy un espectador envidioso de los que saben contagiar
alegría y ya ni intento iniciarme en aquella travesía. He comprado todos los
boletos para viajar solo en un tren que
aparentemente no me llevará muy lejos, pero me llevará sin retrasos ni
pasajeros que cambien el rumbo. No soy compañero de viaje, contador de
historias, payaso con gracia, escritor de cuentos. No soy imán de alegrías,
ladrón de sonrisas, maestro de gracias, ni mago de fantasía. Estoy dejando el
albergue solitario para construir un asilo que acompañe los años que vendrán
antes de encontrarme más cansado de lo que ya estoy. Todavía me quedan algunas
presentaciones antes de que el circo de la vida quiebre. Todavía puedo reciclar
algunos chistes chapuceros y sacar algunos conejos del sombrero para deleite de
un público incauto que a veces sabiendo, se deja timar por este payaso triste.
Mi estado natural siempre fue el de la melancolía y la tristeza tonta. Siempre
he regresado cabizbajo a mi colchón a buscar consuelo, siempre he contribuido a
la vorágine desatada en mi cabeza que imagina que todas mis conclusiones son
escuchadas por las víctimas de mi descontento, creando conversaciones imaginarias
que me convencen de que todo al final estará bien. Debo de cumplir con
gallardía estas últimas funciones, debo salir
a la platea de un teatro en ruinas a domar a un público exigente que siempre
quiere más e intentar satisfacerlos. Debo concederme algunos desatinos más para
deleite de los que tienen la sonrisa fácil y sobre todos de aquellos que saben
hacer escarnio de mis derrotas, que por lo menos, los llevan a un retozo
sincero. ¡Oiga caballero! ¡Todavía quedan funciones! No se pierdan lo último
que he guardado, que siendo sincero es lo mismo de antes, sólo que al revés. El
payaso triste al final de su función, ya detrás de las cortinas, y con la luz
apagada, muestra la única mueca que conoce; es que aunque lave, no borrará. Eso
es todo…
miércoles, 5 de diciembre de 2012
No quería matarte
Sólo se hace un moño chapucero en el cabello y está lista para ajusticiar a aquellos que trasgreden los límites que ella ha establecido. Me ha dejado bien en claro que ella no mata por diversión, ella mata porque es inevitable y a veces hasta lamenta tener que hacerlo. No sé cuantas víctimas lleva en su haber, sólo sé que no miente y que obedece a una orden casi divina. Tiene una pequeña libreta negra donde deja entrever una escueta lista de futuros difuntos a los cuales no puede brindarles la dicha de la vida por muchos días más. No me permite husmear entre aquellos que enfriaran pronto, sólo me concede el gusto de enterarme de algunos pocos que incluso conozco. La primera en su lista es la Pequeña, mi compañera de departamento. La sicaria me explica que tendrá que matarla porque no sabe saludar. – Más de una vez me ha dejado con el “hola” pendiente de respuesta. Eso no se hace. – me explica. La matará porque no sabe saludar y encima porque se permite posturas que no le corresponden. Desde que la sicaria visita mi morada, tengo que admitir que no ha recibido el trato cordial que se merece, por lo tanto, y cumpliendo su destino asesino, procederá a aniquilar a mi compañera de departamento. Procurará que su final se rápido he indoloro. Ella no goza viendo a sus víctimas sufrir, le basta con saber que no volverá a verlas. Entonces, sutilmente incurrirá de puntillas en la habitación de su presa (la cual duerme todo el día), se cerciorará de que siga dormitando, tomará con delicadeza la almohada (instrumento que ha escogido para no desmerecer a su presa) y la asfixiará con denuedo. Lo hará con mucho cuidado y delicadeza, no quiere fracturar su cuello y dejar huellas. Es más fácil de lo que piensa, casi juraría que su víctima seguía durmiendo mientras procedía a quitarle la vida. No obtuvo ningún tipo de respuesta a su crimen. No hubo resistencia. Mira a su víctima ya convertida en cadáver y nota una leve sonrisa. – Maté a la desgraciada mientras soñaba algo bonito – se dirá a si misma antes de partir del lugar dejando todo intacto. Antes de descubrir el cuerpo de la Pequeña pasarán un par de semanas. Todos los que vivimos con ella pensaremos que sigue durmiendo y si no necesitáramos cobrarle el alquiler, no advertiríamos de su deceso. La número dos en su relación es amiga de la primera víctima. Nunca olvidará cuando entró a mi sala, y sin que sea advertida escuchó el comentario lapidario que hoy la lleva a cumplir su misión: - Leonardo, por fin llegaste. No habrás venido con esa… hola…” Enterándose de la peor de las maneras de la enemistad que ejercía sobre ella. No dudó ni tuvo que esperar otra señal, la muerte de Penélope era cosa de días. Para asociar la amistad de sus dos víctimas, escogerá el funeral de la Pequeña para dar muerte a Penélope. La arrojará en una de las cavidades del cementerio (cavidad que sospechosamente se encontrará disponible) Cuando ella pase desconsolada por la muerte de su amiga íntima, recibirá un ligero empujón, el cual la conducirá a su última morada. Casi ni gritará al momento de la caída, sólo levantará la mirada y antes de castigar la falta con algún otro comentario desatinado, recibirá la descarga de kilos de tierra que sepultarán cualquier acotación extra. – Cállate perro – musitará la asesina mientras se sacuda de una responsabilidad pendiente. Quién encontraría una víctima en el camposanto, donde reinan los que no viven. Jamás encontrarán el cuerpo de Penélope. Jamás le llevarán flores. – Si no te gusta saludarme, no te daré oportunidad de que te despidas de nadie – comenta la asesina mientras ensaya una sonrisa. Está a punto de contarme como mandará a mejor vida a su tercera víctima, una chica que procura hacerse de una fama de puritana, de señorita de implacables costumbres. En sus ojos veo un brillo especial, como si esta labor en especial le causara un placer superior a los otros dos encargos pendientes. Ella es una profesional en el arte del asesinato, pero podría jurar que en esta tarea hay una mezcla de placer. Mi mirada se fija tratando de escudriñar sus gestos, esto hasta que advierte de mis aspavientos y regresa a su estado más sereno. Sabe que ha hablado de más y entiende que su misión ha tomado un nuevo curso. No podrá llevar su misión a cabo si me entrometo en su camino. No quiere correr riesgos. Me mira esbozando una sonrisa y saca su pequeña libreta. Anota algo. Me dice que tiene hambre y que lamenta no proseguir con sus relatos salpicados de muerte. Me arroja una mirada que me desbarata todo, no sólo es de cuidado, es también preciosa. - Tu mirada me mata – le digo intentando encontrar algún tipo de respuesta. – Lo sé – me responde antes de aceptar una par de shots de tequila.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Este sábado tengo una cita
Uno visita al doctor por resignación y entendiendo que no recibirá buenas noticias. Generalmente recurro al dormir, todo se me pasa durmiendo. O simplemente aplico una fuerte dosis de indiferencia y al olvidarme del dolor que me aqueja, este pasa o desaparece. Pero en esta ocasión aquellos remedios espirituales no hicieron efecto en este cuerpito dejado a menos y me llevaron a la obligación inevitable de asistir al doctor si es que acaso quiero postergar mi duelo con la muerte, aquel que sabemos, nunca ganaré. Saqué una cita con el dermatólogo para tratar una pequeña protuberancia alojada en la parte derecha de mi cuello, protuberancia que siendo ya menor es más considerable que cualquier otra protuberancia en mi cuerpo. Visité la única clínica que mis enfermedades conocen, donde tengo ya una historia clínica de cuidado, con varios análisis de por medio, cuyos resultado nunca recogí. Una buena cantidad de medicamentos recetados los cuales preferí no consumir. Todo era muy fácil, sólo tenía que dormir. La consulta la auspició VISA (quizá por eso siempre voy a esta clínica, porque aceptan todas las tarjetas) y procedieron a invitarme a medir mi presión y revisar mi peso. Arrastré mi cuerpo hasta aquel pequeño cuarto donde me preguntaron si había tenido fiebre. Respondí seguro de que Sí. Siempre me recomendaron hacerte en lo posible la víctima en los nosocomios para que te atiendan con mayor premura, y esa solicitud es una de mis especialidades. – Pobrecito - me dijo la enfermera. –Sube a la balanza – me pidió. Mis austeros 65kg me deprimieron, incluso antes de que la enfermera volviera a decir: Pobrecito. Esta vez me derivaron al consultorio número ocho donde me indicaron tenía que esperar. No mintieron, esperé un muy buen rato. Luego de una vida sentado esperando la muerte escuché mi nombre. Levanté la mirada y advertí un ser vestido de blanco invitándome a seguir la luz. - Es un ángel que me invita al cielo – llegué a pensar antes de reaccionar y entender de que no tengo ningún boleto al cielo en caso de morir. Era el doctor: de tez morena, de contextura gruesa y de cabello cano. Por la descripción antes mencionada entenderán porqué la tentativa a pedirle un autógrafo o tomarme una foto con él debido al parecido con el doble de “El Zambo Cavero”. - ¿En qué te puedo ayudar? – me preguntó por rutina. Quise pedirle dinero prestado pero me faltó valor. Hice de su conocimiento la presencia de mi protuberancia. Se acercó, la observó con curiosidad y empezó el toqueteo. Luego de hurgar en mi cuello sacó raudo un cuadernito y me enseño la foto de algo denominado “quiste epidermo”. La foto era en extremo desagradable y mi reacción casi fue el llanto. Le comenté que hace más de un año algo parecido se alojó en mi pecho. - También acudí al dermatólogo – le mencioné. Era un viejito con un ojo entrecerrado y aliento a ron, quien no observó mucho antes de limpiar una jeringa que encontró por ahí con un líquido sospechoso el cual lo acercó a su boca y le metió un sorbo. Luego me miró confiado de lo que hacía, me despojó de mi camisa y clavó aquella aguja como si fuera una estaca y yo un vampiro. Retiró de mi pecho aquel quiste con una facilidad inaudita, casi sin usar la jeringa. Lo que no resultó sencillo fue controlar la sangre que brotaba. Con temor a morir le consulté sobre un granito en mi labio, el cual miró con desdén y me sugirió inscribirme en clases de música. Así terminó la consulta, con dudas y un dolor inexplicable en el pecho. El doctor con parecido al doble del “Zambo Cavero” interrumpió mi relato con una leve sonrisa. Me dijo que necesitaba de una pequeña intervención, que las mismas las realizaba los sábados para lo cual me reservó una nueva cita. Prometió despojarme del granito en mi labio así como también de dos lunares Me derivó a pagar unos medicamentos que en cuestión eran en verdad simples. Pero al observar en farmacia la aguja tamaño familiar y el bisturí asesino, los fantasmas de mis muertes aún pendientes me visitaron todos con prontitud. Sentí el estupor de saberme muerto una vez más. Al parecer aquella intervención a realizarse el sábado puede postergar mis sueños mediocres para otra vida si es que me la merezco. Este sábado puede ser el último en que intente levantarme con el pie derecho (y seguro que lo tomaré en cuenta). Es preciso entonces a hacer mención de algunas aclaraciones si es que se me pretende dar algún tipo de descanso eterno. Primero: Que este no sea interrumpido, mucho menos a horas tempranas. Segundo: Lloren mucho; como nunca lo hicieron en su vida. Prometan ante mis restos que nunca más llorarán así y cumplan. Tercero: Ningún ridículo de negro, todos de blanco. Cuarto: En la previa escuchen canciones de Gianmarco, y antes de arrojar mis restos, cántense las más conocidas de Fito Paez. Quinto: No pretendan enterrarme, me incineran si o si. Las miserias que deje como cenizas por favor arrójenlas al Lago Titicaca por el lado Boliviano. Es el lugar que he escogido para descansar hasta nuevo aviso. Y por último y no menos importante, recuérdenme. Esta última petición no está sujeta a ningún acto recíproco. Lo único que heredo son deudas, quién quiera ser beneficiario, con mucho gusto. A todos no los quiero, a los que sí, lo saben. Fue un gusto. Este sábado, tengo una cita con la muerte.
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