jueves, 16 de enero de 2014

Los días del cojo


Soy un ser asqueroso. Me levanto a la hora que quiero, generalmente pasada la hora del almuerzo. Me levanto siempre con el pie derecho y generalmente sólo para ir al baño. Me veo en el espejo y reconozco a un tipo que está adelgazando, de greñas desordenadas y faltas de champú. El poco ejercicio realizado en el gimnasio ha perdido valía y se arrincona en mi vientre, haciendo de ésta la única protuberancia considerable en su cuerpo venido a menos. Soy un prisionero sin defensa pertinente, que pasa sus meses de sentencia en una cama desatendida, frente a un televisor que sólo reproduce partidos de fútbol (muchas veces repetidos) y acompañado por un libro tan gordo como él mismo. Libro que se posa en el suelo, casi debajo de la cama. Usa su ordenador como la ventana hacia un mundo diferente. Lee una y otra vez las noticias de su agrado, tratando de no caer en política. Revisa todos los diarios deportivos para enterarse de alguna contratación o noticia resaltante. También recurre a los “diarios chicha” los cuales no atendía. Por ende, sabe que pasa en el fútbol nacional, los últimos jales y las posibles contrataciones; las fechas de los partidos amistosos y sus resultados. Los horarios de las diferentes ligas europeas y cómo va la tabla de ubicaciones y qué se juega en cada partido. Por otro lado, está enterado de los cambios en los programas de competencia en la televisión peruana. Quién sigue y quién se va. Las señoritas que han sido acosadas por un reportero mañosón, quién se sentará en un famoso sillón rojo esta semana y algún ampay de moda que entretiene a todo el mundo un par de días. Desde su cama, reproduce alaridos para que le lleven el desayuno, el almuerzo y cena. Lanza otro tipo de sonido cuando desea que le acerquen alguna cosa o le apaguen la luz. No sabe qué día es, desconoce la hora. Se ha hecho de su kit de herramientas y en momentos de desesperación, toma el alicate para intentar liberarse. Mira por la ventana, ve la lluvia caer inclementemente. Sus amigos entran en su habitación, en su celda, en su cárcel improvisada tapándose la nariz por los malos olores que emana, inmediatamente abren la ventana. Lo miran con el cabello crecido, pegajoso. El los espera desparramado entre sus sábanas mugrientas, sin el mínimo de vergüenza. Le preguntan cómo está, si se siente mejor. Él les responde que lo maten, que acaben con su dolor. Se ríen creyendo que es broma. Le preguntan si quiere que le traigan algo (un vaso con agua, un libro) y el pide una sierra, un serrucho que facilite la idea de liberarse de ese yeso aguafiestas que lo tiene postrado (el alicate no sirve). Ha salido un par de veces a pagar algunas obligaciones o a la clínica. Todo el mundo le mira la pierna, lo hacen sin un ápice de delicadeza y el si pudiera corretearlos y hacerles daño lo haría, pero recuerda que pudo haber sido peor y respira profundamente. Vive  en un cuarto piso y hacer el recorrido es un vía crucis que prefiere evitar. Le faltan semanas, casi un mes para empezar una rehabilitación necesaria si desea recuperarse del todo. Necesita un par de terapias físicas y otro par mentales que lo ayuden a reponerse. Le va a costar diferenciar los días de las noches, levantarse a horas adecuadas, bañarse. Va a sufrir cuando regrese a su trabajo, si es que aún no lo han despedido. Tenía sus medias ordenas, siempre bien emparejadas, ahora sólo utiliza una de las dos y a divorciado aquella unión sagrada en su cajones. Se ha percatado del desgaste en sus calzados, todos los pares derechos se encuentran en desventaja al par izquierdo. Odia hacer el esfuerzo de levantarse para ir a la cocina y a mitad del camino tener ganas de ir al baño y regresar. Roza la depresión al no poder asistir a sus partidos de fútbol los miércoles por la noche. Se siente más inútil, un miserable total. Entonces intenta recordar los días en que podía caminar, en que podía transportarse a su antojo por los recovecos de la vida sin pedir ayuda. Recuerda como era antes de aquel incidente y llega a la conclusión que la única diferencia, es el yeso.

miércoles, 8 de enero de 2014

Con el pie derecho



Empezar el 2014, el nuevo año, con el pie derecho es sin duda lo ideal. Sin el afán de convertir este deseo en cábala, todos los días, y sin equivocarme, amanezco con el pie derecho. No puedo evitar cumplir este ejercicio y es que hasta puedo darte el truco infalible para que comiences el día, la semana, el mes y (en mi caso) hasta un nuevo año con el pie derecho. El secreto está (y si quieres toma nota) en enyesarte el pie izquierdo. No tengas duda, todo lo harás con el pie derecho. Y es que en el primer día en pisar mi ciudad natal (22 de diciembre), con el afán de pasar unos días en familia y pasear mucho, producto de un partidito de fútbol, una fractura inocente e inesperada me sorprendió antes de navidad. No juego una pichanga con mis compañeros y también amigos de promoción hace más de ocho años. En el colegio alguna vez fui reconocido por mis regates y gambetas, una habilidad natural con la pelota de fútbol. Entonces, por la fecha, por el hecho de encontrarnos reunidos un buen número de conocidos y afianzando nuestra unión ante el paso del tiempo, decidimos rendir un homenaje discreto simbolizado en este partidito de fútbol. Empezamos bien. Mi equipo saca una buena ventaja y yo me siento cómodo. Intento no quedar mal y respaldar aquellos años donde era uno de los mejores en el arte de la pelotita. Corro mejor que mis compañeros debido a que se han engordado sin complejos. Javier, el cabezón Javier, quien es uno de mis mejores amigos del colegio junto a Paulo, quien no es menos cabezón también han asistido. Paulo juega en mi equipo y se muestra como un defensa aguerrido. Javier debido a la recuperación de una de sus piernas decide tomar whisky desde la tribuna desde donde da gritos con indicaciones que nadie entiende. Javier siempre fue una promesa para el fútbol,  a sus veintisiete años lo sigue siendo, siempre una promesa. Desde su trinchera se sirve uno tras otro vasos de su licor preferido mientras observa con aspavientos de rato en rato, el partido de fútbol que parece resuelto. En un momento de euforia deportiva y con los bríos por los cielos (y también su nivel de alcohol en las venas), Javier decide participar para el equipo contrario y en particular, decide hacer frente a mis piruetas oxidadas. Lo veo bajar de las gradas y con el vaso de whisky en la mano izquierda y zigzagueante, con la mirada extraviada irrumpe en la cancha y se acerca comprometido con la idea de frenar mi ataque a como dé lugar. Yo lo veo de soslayo e intento proteger el balón girando levemente. Él hombre embalado (literalmente) me da un ligero empujón, esto sin asomarse al esférico. En mi afán de resguardar la pelota, y al girar antes del impacto, no escatimo en algún choque y de pronto pierdo el equilibro y en el intento natural de no caer, piso de manera desafortunada y siento mi tobillo doblarse y escucho un ruido desalentador antes del impacto con el suelo donde me tomo el pie izquierdo. Trato de reponerme incluso volviendo al partido pero es en vano. No puedo asentar el pie y es mejor retirarme del cotejo. A Javier también lo botan, como sacándole la tarjeta roja indirectamente y se sienta conmigo, me invita un vaso de whisky y se defiende repitiendo que no es su culpa y que el alcohol lo cura todo. Veo como nos remontan el partido y perdemos. No te preocupes cabezón, sé que no fue adrede, pero admito que condicionaste mi navidad y año nuevo. Entonces después de algunos vasitos más me retiro y subo hasta el tercer piso de mi casa y duermo hasta el día siguiente. Por la mañana mi pie está más hinchado y es precisa la visita al hospital. Esguince de segundo grado a simple vista y tras la radiografía, fractura (leve) en la parte izquierda del quinto metatarsiano. Seis semanas me dice el doctor mirándome ligeramente a los ojos, como diciéndome te jodiste, no hay año nuevo ni verano compadre. Yo me río y confío en que serán diez días. Pero no, incluso puede ser un poco más. Paso navidad sentado en la sala, todos acercándose para saludarme porque saben que estoy indispuesto. Me llevan todo a la cama y como reyes magos me visitan y me dan regalitos y atenciones que me hacen sentir más inútil de lo que normalmente soy. Recuerdo que inconscientemente pedí unas vacaciones en mi cuarto, en mi cama, sin pararme. Nuevamente Dios ha acudido a mis pedidos y me ha concedido seis semanas bajo estos requisitos. Año nuevo en mi casa, siempre en buena compañía, algo bebido y mal bailando impedido de acompasar debido al yeso. Primer día del año, me levanto con el pie derecho. Segundo día del año igual y será así hasta mediados de febrero. He vivido de mi suerte toda la vida, sin cumplir mayores cábalas. Haciendo uso a los artilugios azarosos, debido a este acontecimiento de levantarme con el pie derecho siempre, no dudo en que este año será un buen año. Me dedicaré a reencontrarme, a abandonarme a las letras. A Dios le seguiré confiando mis oraciones y en mis peticiones seré más detallista. Reconoceré a las personas que me estiman. Dormiré delicioso todo el día. Y no puedo despedirme sin mandarle los saludos correspondientes a la mamá de Javier, a quien llevo en mis pensamientos últimamente. ¡Feliz Año para todos! ¡Empecemos el 2014 con el pie derecho!
 

jueves, 5 de diciembre de 2013

Vacaciones

La familia “Supo- Tasso Grande” ha viajado de vacaciones al norte, ha contratado un paquete turístico  que ha dejado en rojo sus arcas en los diferentes bancos. Abraham Supo-Tasso, el padre de familia, a regañadientes ha cumplido con la promesa que le ha hecho su esposa Reyna Grande de Supo-Tasso, a la cual le encanta su apellido de casada. Producto de su amor han concebido a sus dos hijos: Ricco Supo-Tasso Grande; un joven de dieciocho años, de pinta de galán, de ojos azules y de un cuerpo bien entrenado en el gimnasio.  Never Supo- Tasso Grande es un púber de catorce años, al cual en un principio quisieron llamarlo Heber pero fallaron en la escritura y se quedó así. El niño con esa premisa de vida siempre ha sido de perfil bajo y de preferencias discretas, todo lo contrario a su hermano Ricco. Se han hospedado en un hotel exclusivo de Tumbes, el Resort “D’Camaleón”, que se presenta como la mejor opción para aventurase a sus primera vacaciones familiares en mucho años. El primer día el sol los acompaña, el mar se presenta limpio y generoso, no hay grandes olas, casi ni las hay. Don Abraham se sienta en el bar y beneficiado por una pulsera que incluye un consumo ilimitado de comidas y alcohol, se entrega a la bebida. Él quiere recuperar toda la plata invertida en el viaje y va unas siete cervezas y cuatro pisco sour que le han permitido contar historias inventadas y chistes sin gracia que ahuyentan a los demás bebedores que se ríen por compromiso. Doña Reyna siempre ha sido una mujer de playa, recuerda sus tiempo aquellos, cuando practicaba el surfing y era pretendida por los chicos más guapos de esos tiempos. Se ha puesto un traje de baño enterizo que acomoda los rezagos de un cuerpo bien cuidado. Doña Reyna para su edad, todavía conserva algunos encantos indiscutibles a la vista de cualquier caballero. Conserva por ejemplo, un par de piernas bien esculpidas por sus visitas al gimnasio y un trasero descomunal que acomodan bien en sus pantalones apretados. Ricco ha cogido su tabla, se ha echado un bronceador especial y se ha colocado unos lentes de marca que le vendieron a precio módico, los cuales resultaron ser una copia que fácilmente hubiera encontrado a menos de la mitad del precio que pagó. Ha corrido luciendo su cuerpecito escultural y ha llamado la atención de un grupo de señoritas que están en su viaje de promoción. Never se encuentra cubierto con bloqueador, tiene la cara blanca por el ungüento.  Se ha protegido bajo la sombrilla y ha empezado a leer el nuevo libro de Jaime Bayly, el cual pretende terminar en el breve viaje. Don Abraham ya borracho se siente envalentonado y se acerca a la sombrilla donde se encuentra su familia, se ha quitado el polo mostrando una barriga desproporcionada producto de los embutidos y la cerveza. Doña Reyna le acerca el bloqueador para que se proteja, él lo mira con desdén y se arroja descubierto, despreocupado en una toalla, se avienta boca arriba y sin más se duerme. Doña Reyna un mes antes del viaje se entregó a una dieta draconiana que la tuvo al borde de la inanición, pero logró sacar fuerzas de la juventud y bajó algunos kilitos que ahora luce con orgullo. También beneficiada por la pulsera de todo incluido, se ha acercado con curiosidad a un bufete diverso y dadivoso que está disponible de nueve de la mañana a cinco de la tarde, muy aparte de los restaurantes para los desayunos y almuerzos. Se ha permitido comer después de tiempo una hamburguesita con papitas fritas. Ricco quiere hacer honor a su nombre y tiene poses de modelo disforzado que lo dejan muy mal. Intenta hacer gestos y hablar con un tono “bacán”, siempre en voz alta para ser escuchado. Se ha dado cuenta que ha robado miradas en un grupito de escolares alborotadas y lo quiere aprovechar. Never se ríe sólo, como loco. Su libro le encanta y no percibe lo que pasa a su alrededor, él está en el cuarto de su casa leyendo a su autor preferido, no en una playa del norte del país. Don Abraham babea mientras duerme. Doña Reyna con una empanadita de pollo en la boca y dos en su bolsa de playa remolca a su esposo y lo pone boca abajo. Rico se acerca a las chicas y dice imitando la voz de Elvis: “Hola, mi nombre es Ricco Supo-Tasso Grande (aclarando que es un apellido compuesto), y se da una vuelta poco discreta para enseñar su culo. Las chicas se dan cuenta que es un galán monse y pierden interés, todas menos una. Never se sonroja con lo que lee y siente una ligera erección que intenta disimular. Se hizo de noche y Don Abraham es un camarón extraterrestre. Está más que insolado y no puede moverse. Sigue algo ebrio y no se ha percatado de su problema. Grita de dolor mientras se mira al espejo y piensa que cuando asiente el bronceado estará delicioso. Doña Reyna se ha escapado al bufete y va por el tercer plato, ya ha merendado comida italiana, española y ahora quiere probar la francesa. Ricco intentó conquistar a la niña rubia que se ha escapado con sus amigas aduciendo sueño, él la mira bailar desde la barra, donde toma un whisky con guaraná, siempre bien vestido, sin salir de su personaje de príncipe playero. En su cuarto, Never se ha encerrado en el baño y se entrega al auto toqueteo. Don Abraham brilla en el balcón de su cuarto, donde espera la brisa del mar calme sus ardencias. Está enojado porque ha pedido unos cigarros al cuarto, cigarros que compra a dos soles y ahora le han costado seis dólares. “¡Es un robo carajo!” piensa sin poder moverse por la insolación. Doña Reyna ahora asalta la zona de parrillas y no puede parar de comer. Se ha soltado el botón de su short playero. Tambalea sus caderas de un lado al otro y se presenta con sus apellidos completos: “Buenas noches, mi nombre es Reyna Grande de Supo-Tasso” y se mete un pan a la boca mordiéndolo como un tiburón hambriento y sensual. Ricco no sabe beber y sin la atención de la rubia escolar, ha seducido de manera chapucera a una dama de grueso calibre, una gordita coqueta que ya vendió todos sus boletos al galán trucho para entregar su flor. Never está tirado sobre su cama desnudo, viendo un canal para adultos y preocupado porque sus fluidos han sorprendido a su libro y sus hojas se encuentran todas pegadas. Don Abraham llora en su balcón porque no puede quitarse el short, le duele todo. Doña Reyna se pelea con algunos mozos porque ya se terminó la hora de la comida y proceden al guardado de los potajes, por lo que ella se escandaliza, dice que tiene hambre y que su pulsera le permite morir de un cólico estomacal si le da la gana. La gordita amiga de Ricco lo ha llevado hasta su cuarto, él está borracho. Ha rebuscado entre sus bolsillos la llave del cuarto que comparte con su hermano menor. En la búsqueda ha encontrado otros bultos. Never ha escuchado la puerta y desnudo, con el libro pegajoso se ha metido bajo la cama, todavía lo acompaña una erección. Don Abraham se ha bebido una botella de vodka para seguir borracho y olvidar su insolación. Ha encontrado el canal porno que también mira su hijo menor y se ha puesto como toro. Doña Reyna ha sido retirada con educación de la cocina y la han invitado a descansar a su cuarto. Al entrar a su habitación, todavía con algo de hambre, ha encontrado a su esposo, muriendo de dolor por la insolación, boca arriba, con una erección que hace años no procuraba y acompañados sólo por la luz de un televisor con imágenes indecentes que a ella también la han puesto a burbujear,  se ha lanzado encima de su adolorido esposo intentando zacear su apetito. La gordita lo ha desvestido todo, él piensa que es la rubiecita. Su cuerpo bien bronceado se desluce por su culo blanco que no ha visto el sol.  Parece el pabellón nacional. Ella, gordita y necesitada, se ha quitado la ropa y también lo monta gimiendo sin reparos. Never bajo el colchón sigue leyendo su libro acompañado por la erección más pronunciada de su vida. Don Abraham grita al ser montado, pero grita de dolor, quiere morir. Doña Reyna tiene los ojos cerrados, está a punto de llegar. Mientras monta a su marido grita “Estás rico” recordando el ceviche de mariscos que comió como aperitivo. La gordita no siente nada, está decepcionada. Ahora lo ha puesto a él encima suyo porque se ha percatado que sus amigas desde el cuarto de al frente la observan y está segura que su popularidad va a subir. Never ha salido de su escondite y se ha parado frente a la joven pareja amante. Todavía desnudo se ha imaginado un capítulo de su libro y observa callado. Don Abraham ha mandado a su esposa a conseguir tomates para que le refresque el cuerpo, se ha metido a la ducha para refrescarse mientas llora de dolor. Doña Reyna está feliz, ha tenido un orgasmo después de tiempo y no piensa llevarle las rodajas de tomate a su esposo, se las va a comer con aceite y pimienta. Ricco ya tiene un video en “You Tube“ y todos comentan su culo blanco, por fin se hizo famoso. Never se cansó de mirar y se acercó  a la gordita sin aspavientos, le besó tímidamente la espalda y la hizo suya pensando en una personaje de su libro. Ambos se entregaron su flor esa noche. El primer día en el Resort “D’Camaleón” dejará que Don Abraham cuente en su trabajo, que fue el alma de la fiesta con sus diversos chistes y comentarios. Que se tomó toda la barra y que coqueteo con dos piuranas que le han dejado sus teléfonos. Doña Reyna regresará feliz por todas las cositas ricas que se ha comido, entre ellas a su esposo. Ricco prepara la historia de su vida donde hizo una orgía con cinco chicas de una promoción de Lima. Que tiene un video en “You Tube” que puede avalar sus raíces sementales. Never ya no quiere excitarse leyendo un libro, ahora que ha descubierto el sexo y tiene novia, jura tocarse menos.

martes, 12 de noviembre de 2013

Luz artificial


Es uno de los mejores en la región, sus metas están casi cumplidas y con un poco de esfuerzo, puede duplicar las aspiraciones que le han puesto. Sus número lo avalan y sus jefes lo quieren. Esta campaña es tan placentera como un pajazo sideral. Trabaja medio tiempo y con un par de ventas bien colocadas acumula puntos en un timming generoso para él. El hombre no se despeina no sólo porque tiene poco cabello. Pero la felicidad no es completa. Por la poca afluencia de clientes en su oficina, sus ingresos han mermado, han decrecido. Su sueldo ya no le alcanza para pagar las deudas que el propio banco en el que trabaja le ha merecido, y sus expectativas de vida son nulas. Su calidad de vida en un par de meses lo ha llevado a la categoría de divo misio. Escatima en cualquier gasto pero igual gasta. El dinero se le esfuma de las manos mucho antes de recibir su próximo sueldo y por eso ya no vive tranquilo. Se ha inscrito en el gimnasio para alimentar su vanidad, quiere un par de músculos que lo hagan ver más varonil y eliminar la monumental barriga que se ha formado en su vientre. Es una soga con nudo doble y mal hecho. Nunca va al gimnasio porque muere de sueño, de flojera, de desidia por su propia vanidad. La casa donde vive, en una zona privilegiada, con comodidades de acuerdo a sus expectativas, no es suya. Por lo tanto tiene que renegociar un alquiler que ha sido bondadoso con él los últimos meses. Se ha acostumbrado a la vista desde ese cuarto piso. A  las luces que se prenden solas al subir las gradas, generando un muy buena primera impresión. Se ha encariñado con el closet enorme donde guarda la misma ropa que usa año tras año. Se ha aplicado al camino de su cama al baño y viceversa. Ha intentado negociar con el dueño, un tipo de modales afeminados que juega al abogado y goza cual niño intentando cerrar un negocio a favor. Siente que puede convencer a ese hombrecito delicado con su verborrea truculenta pero no cuenta con el asesoramiento a distancia de su señora que al parecer lleva los pantalones y dispone de sugerencias algo más agresivas y desfavorables. Aparentemente vivirá un par de meses más por ahí antes de que sea desalojado a la fuerza y arrojado a una zona marginal. Sus tarjetas de crédito han quedado nuevamente inútiles para cualquier asaltante furtivo puesto que sus líneas de crédito no muestran ningún tipo de atractivo (al igual que el dueño) quedando de esta manera comprometido con más de una institución bancaria que por el momento lo adora por los activos que produce y por una puntualidad aún respetable para un moroso en potencia. Es prófugo de la justicia por lo que conduce con un brevete cancelado producto de una indisciplina y la mala suerte acompañándolo de copiloto. Ya ha tramitado los cargos en su contra pero no ha procedido con el levantamiento de dicho castigo por flojera y ahora falta de dinero. Él maneja igual intentando no encontrarse con ningún policía para no empeorar su situación de delincuente fugitivo. Siempre intenta manejar también, el sencillo correspondiente para una eventual coima salvadora, coima que se reduce a un par de monedas y unas súplicas mal entrenadas. La mujer que más ama en la vida ya tiene sus años y es víctima de los avatares del tiempo. Ya no sólo reconoce en ellas algunas arruguitas en la piel, sino que también, ha descubierto que su salud ha mermado un poco y teme que pueda complicarse. Él sabe que tiene esa responsabilidad encomiable de velar por aquella dama de años copiosos e intentar prodigar su felicidad como ella misma hizo con él años atrás. Por eso, intentando remediar su descuido, la ha afiliado a un sistema de atención médica igual de bueno que el suyo, para lo cual irónicamente, paga una prima mensual considerable ahora que su economía ha mermado. Igual lo hace con todo el cariño del mundo. Como es un tipo inconsciente, ha decidido huir de todas estas preocupaciones y ha contratado un paquete turístico para fugar (aún más) a las playas del norte del país. A un lugar donde sólo pueda echarse en la arena, lucir su barriga descomunal, pedir toda la comida y alcohol que se le antoje (porque todo está incluido), emborracharse para olvidar las preocupaciones de adulto y dormir en la arena mientras cae el sol. Este joven del ayer ya no lee ni escribe con pasión, qué pena. Ya no sonríe con la misma facilidad de antes debido a un abandono por las cosas simples pero necesarias para ser feliz. Ya no se toca con denuedo por las noches antes de sus oraciones ni frecuenta algún bar bohemio vestido como le daba la gana que lo hacía sentir importante. Este año se ha presentado como una especie de bisagra inesperada hacia el camino de la madurez (supuestamente) y ha tocado fibras desconocidas. De pronto un apagón lo sorprendió en medio de la calle y en vez de mirar el cielo y contemplar las estrellas, intentó buscar luz artificial.  

jueves, 24 de octubre de 2013

El zapato en tu cabeza

Han decidido escapar de la rutina y enrumbar camino lejos de casa y la monotonía. Ellos siempre han sabido aprovechar su tiempo juntos y han planificado de esta manera, los viajes que sean necesarios para sentirse uno más cerca del otro. Él trabaja lejos, encerrado en la mitad de la selva. Ella se encierra pero en su kindergarten, en aquel mundo que ha creado para niños menores a cinco años y para ella, para consolar los días lejos de él. Sólo tienen un par de semanas al año juntos, y es así hace buen tiempo. Llegan al hotel cansados, escogen una habitación matrimonial y sienten que así será su vida de casados. Ella es delicada, de modales suaves y considerados. Él se siente un hombre rudimentario, azuzado por su barba frondosa y sus costumbres masculinas. Quieren aprovechar su estancia en aquella ciudad donde saben pasarla bien. Deciden caminar por ahí, comer algo que les guste. Pretenden visitar un bar, tomarse un traguito. Quizá y se animen a entrar a una discoteca y bailar juntos, pegaditos. Dejan las maletas regadas en el camino, no hay apuro por ordenar las cosas. Él se deja caer en la cama con un bulto cansado. Ella se sienta y lanza un ligero suspiro. Pasan un rato así, hablando lo necesario para no agitarse más, intentan recuperase del viaje. Él ha cargado con todas la maletas de ella, algunas un tanto innecesarias para tan breve viaje. Ella ha puesto un par de botas de más entre sus cosas; de hecho por la indecisión de qué ponerse, ha llevado prendas para escoger en el momento. También ha cargado con su maquillaje, su máquina de laceado, sus accesorios de belleza y alguno que otro material que la haga sentir cómoda al salir. Ha entrado al baño con la intensión de bañarse, con el deseo de que el agua tibia pasee por su cuerpo relajándola antes de encontrarse con la noche. Él ya vio que entró a la ducha, se ha acomodado en la cama porque sabe que ella demorará. No quiere molestarla y aprovecha para descansar. Ella después de un buen rato sale envuelta en la toalla y nota que él se ha quedado dormido. Se acerca despacito y le encaja un beso dulce. Él más que el beso siente la humedad de su piel y se despierta algo desubicado, mira a todos lados antes de reaccionar. Agradece a Dios el momento y la compañía. Mira el reloj que abraza su muñeca y se percata que ha pasado casi una hora desde que ella entró a bañarse y comenta que se les va hacer un poco tarde. Le pide a su amada que no se demore mucho cambiándose, pues conoce la paciencia infinita que ella goza. Ella lo mira de reojo y dice que está lista mientras la toalla se le resbala. Él la corrige con todo el amor del mundo y le recuerda que no se ha cambiado, recalca que no se demore. Ella lo mira con ternura y le dice que no se demora nada mientras elige en qué cama sentarse. Él hace remembranza a algunas oportunidades donde ha tenido que esperar más de la cuenta para salir. Ella se defiende en voz baja, aduciendo que casi nunca es así. Él con una sonrisa juguetona le menciona que a veces se demora sólo alistándose para ir a la tienda enfrente de su casa. Ella con una sonrisa sarcástica niega tal argumento y propone una apuesta. Él interesado en aquella propuesta acepta sin saber de qué se trata. Ella le asegura que está lista antes que él, que será ella quien tendrá que esperar. Él se ríe y a sabiendas de que ella ya se ha bañado e implica una ventaja considerable, acepta el reto. Entonces acuerdan que el que pierda pagará las bebidas de la noche, todas las que se consuman sin poner un tope. Ella lo ve entrar algo presuroso a la ducha mientras que escoge qué ponerse. Él abre un cojín de champú el cual no usa completo y arroja sin reparos por ahí. Encuentra un jaboncillo pequeño y abandonado el cual pasa raudo por su cuerpo, tratando de hacer toda la espuma que sea posible.  Ella ya escogió lo que va a ponerse, aunque no está  tan segura. Él está enjabonado de los pies a la cabeza y procede a enjuagarse con vehemencia. Ella ha terminado de secarse el cuerpo y empieza con el secado de su cabello. Él se lava los dientes mientras repasa mentalmente lo que va  a ponerse y avizora en qué parte de su maletín se encuentra fundido. Ella ha notado que ya cerró la ducha por lo que imagina que ha acabado de bañarse y piensa que no lo ha hecho correctamente. Él asienta con la cabeza la decisión de ponerse la camisa como está, sin plancharla si es que se encuentra muy arrugada puesto a que se pondrá el saco encima. Mientras se lacea el cabello calcula que demorará todavía unos veinte minutos para terminar. Sabe que con ese tiempo concedido es segura su derrota. Necesita más tiempo, y sabe cómo conseguirlo. Él ha dejado sus zapatos listos al pie de su cama, no ha llevado otro par así que fijo se los pone. Ella lo sabe y ha raptado uno de sus calzados y lo ha escondido cerca de ella. Él sale sacudiéndose el cabello y la ve sentada frente al espejo con una paciencia escalofriante, sabe que ganará. Ella lo mira por el espejo y disimuladamente apresura el paso. Él encuentra su camisa, se la pone después de haberse aplicado el desodorante en aerosol. Se ha puesto el pantalón y unas medias percudidas que no ha sabido lavar bien. Ella terminó con el laceado y recién busca su maquillaje. Él se siente un ganador y se pone con una lentitud burlona su reloj, collares y pulseras. Ella está muy pegadita al espejo pintándose los ojos. A él sólo le faltan los zapatos para ganar la apuesta. Se acerca al pie de su cama y sólo encuentra uno. Se inclina a buscarlo debajo del mueble sin saber qué está pasando. No encuentra nada. Ella casi termina de maquillarse. Él se desespera y busca en su maleta, hace recuerdo si llegó a empacarlos. Ella no puede con la treta realizada y se lanza a reír. Él voltea a verla y entiende inmediatamente que ha sido víctima de la viveza de su novia. Se acerca a ella y la somete a un interrogatorio fugaz que es acompañado de un forcejeo coqueto. Ella se ve atrapada y saca el zapato de su guarida y lo arroja por una pequeña ventana que da al primer piso. Él abre sus ojos y no puede creer que sea tan tramposa. A ella sólo le falta pintarse lo labios y ponerse el saco para estar lista. Él corre presuroso por el pasadizo del hotel mientras los pantalones se le caen porque no se los ha abrochado. Ella en vez de terminar su competencia revienta en carcajadas mientras lo observa con nervios acercarse al zapato. Aquel calzado se encuentra a punto de caer al primer piso, justo al borde de las gradas. Él ya lo ubicó con la mirada y está pronto a cogerlo. Ella sale a velocidad y tiene como plan darle una patada y mandarlo lo más lejos posible. Él voltea y con la mano derecha la sujeta de la cara para que no se acerque. Ella logra conectar con el zapato el cual cae unas gradas abajo. Él como venganza trata de limpiar el maquillaje con su mano, lo logra. Él es un loco con el pantalón cayéndose, mostrando una media con hueco y persiguiendo el zapato que se le perdió. Ella es una loca con la cara pintada, con un ataque de risa que no encuentra control. Ambos ahora corren rumbo a la habitación para declararse ganador pero la puerta se cierra con la llave adentro. Por el portazo los vecinos de las habitaciones contiguas salen y observan como ella intenta meterse por la ventana mientras él corre con el zapato en la mano y una media con hueco donde el conserje para que les dé la llave de repuesto. Ella no se da cuenta que se ha equivocado de ventana y se encuentra con dos amantes a punto de entregarse a la pasión. Él se olvida de su pantalón a media rodilla y se cae aparatosamente mientras el zapato vuela. Ella está avergonzada por lo que ha visto y se ha despeinado. Él se sube los pantalones raudo mientras observa como su zapato cae en un balde con agua. Ella encuentra la ventana correcta y entra a la habitación. Él toma su zapato mojado y corre con aspecto de loco hacia su cuarto. Ella le ha abierto la puerta. Él ha entrado presuroso. Los vecinos se ríen y algunos aplauden. Ella usa nuevamente su laceadora todavía con su ataque de risa. El usa la secadora con su zapato esperando a que seque para lanzárselo a la cabeza. La pelea terminó en risas, nunca salieron de su cuarto.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El colchón en el suelo

Me sentaba en el colchón que estaba en el suelo, muy cercano al piso helado de cemento. Me había robado una vieja radio que reproducía aquellos cd’s que había quemado con cuidado, con canciones escogidas, como las fotos que se escogen para atesorarlas en un álbum familiar. En esas épocas soñaba con tropezar con los libros que dejaba regados por ahí, desordenado estratégicamente, luego de haberlos devorados todos con paciencia y denuedo, intentando hacerles el amor, sintiendo placer. Prendía un cigarro en aquella pequeña habitación y soñaba con que el cuadernito al lado del colchón se convirtiera en el libro que pague el peaje al más allá, hacia el recuerdo inmortal que anhelaba. Repasaba los poemas de Neruda una y otra vez antes de dormir, como el más correcto de los religiosos con su biblia. Andaba en bivirí y con un sombrero que me dictaba despacito y al oído, las líneas disparejas de unos textos extraviados en el tiempo; a punto de contraer una pulmonía fulminante pero aparentemente inspirado. Se escuchaba música trova, o alguna canción poco popular que nunca sonaban en las radios. Un cigarro mal fumado y una taza de café que acompañaban aquellos desvelos literarios que nunca prosperaron. Aquella era la cueva de un hombre soñador, de un joven melancólico de sonrisa fácil. Recuerdo que llegué a aquella habitación un catorce de febrero, muy de noche. Llegué con un par de bolsas, aquel colchón recién comprado que no encontró la compañía de una cama y muchos libros que todavía me acompañan. Llegué con un montón de ganas de estar solo, de compartir con mi soledad y nadie más. Aquel catorce de febrero a pesar de algunas llamadas misericordiosas que me invitaban a la tertulia, me quedé en aquel cuartito acomodando las pocas cosas que tenía y me eché a dormir custodiado por un olor a pintura que todavía puedo sentir al recordar. Ya tenía un espacio en la web donde publicaba mis escritos, y antes de llevarlos a navegar los varaba en un cuaderno viejo.  Era feliz con lo poco que tenía, con lo que leía y escribía en mis momentos alucinados de escritor, de promesa literaria. Era mi desorden (nunca fui desordenado), era mi espacio (muy reducido), era el olor a cigarro y pintura el que me envolvía en una soledad que no me volverá a visitar porque fue la primera que conocí, y como todo primer amor, guarda un sabor distinto. Llevaba gente de vez en cuando, de preferencia señoritas que hablen poco. La dueña de la casa, una mujer de ojos grandes y verdes, callaba mis deslices. Fue un año viviendo en aquel cuartito que hoy recordé con melancolía por ser el primer lugar donde anduve solo físicamente. Lo que no recuerdo es cómo sobreviví compartiendo un baño ni cómo concilié el hecho de hacer mis deposiciones con gente alrededor cuando soy muy nimio para esas cosas. No recuerdo tampoco cómo hacía para ver el fútbol (no tenía TV), para andar al día con las noticias básicas, cómo subía mis escritos a la web ni como hacías cuando llegaba tomado y sin pleno conocimiento de la realidad. Luego de ese año, pasé a un ambiente un poco más cómodo. Con un baño propio para cagar románticamente, como me gusta. Me compré una cama de segunda donde seguro velaron a alguien. Recuerdo que al momento de comprar ese armazón que sostenía mi colchón, no encontraron las tablas que le correspondían por lo que me facilitaron unas que habían por ahí. Odiaba cuando dichas tablas se caían, claro, no tanto como la chica del piso de abajo que me odiaba más cuando se caían de madrugada. Me compré una TV (no de segunda) emocionadísimo, sin saber que se pondrían de moda a los dos meses los LCD. Compré también de segunda, de una de esas cabinas de internet que no prosperó, una computadora llenecita de virus y problemas técnicos que me permitía acceder a internet a las justas. Me compré el perchero donde descansan los gorros y boinas que todavía me acompañan. Compré un frio bar el cual imaginé lleno de cervezas. Un microondas que facilitaría mi don culinario llevado a menos. Compré tantas cositas que aquel nuevo ambiente donde realicé fiestas y donde bebí bien acompañado, parecía el lugar perfecto. Fui feliz, muy feliz. Pero siempre es poco. Entonces, por haber almacenado recuerdos que ya no me hacían tan feliz, decidí partir, huir una vez más. Ese instinto megalómano que nos visita, me sacó de aquel cuarto y me llevó a un departamento con áreas adecuadas para desenvolverse. Adquirí una cochera para mi primer carrito, el que todavía me acompaña a pesar de sus años. Compré algunos muebles (siempre de segunda) para llenar los nuevos espacios. Regalé muchos otros utensilios que ya no correspondían. Regalé aquella vieja cama que se caía de madrugada, el estante que acogía mis libros piratas y una mesa que se quedó conmigo porque el dueño huyó para no pagar la renta. Regalé la vieja computadora con todititos los virus y así, poco a poco me fui despojando de un pasado que a veces me persigue jalándome hacia atrás. Regalé muchos enseres de valor afectivo, incluso me compré un colchón de esos que te desesteran, te acomodan la columna y te aseguran el sueño más placido del mundo. Lo que se quedó conmigo por casualidad, y aunque no lo uso, es el colchón acomodado en el suelo, al lado de los libros mal leídos y mis sueños de ser escritor. Cómo ha pasado el tiempo…

miércoles, 2 de octubre de 2013

Yo también me quiero casar

No. Nuca me vi entrando a una iglesia, vestido de terno, acompañado por alguna canción solemne que me conmueva. No tenía conocimiento sobre firmar algún documento que me comprometa a compartir algo más que mis próximos días. Yo nunca soñé con el matrimonio y esas cosas. A pesar de mi sentimentalismo y mis conceptos de familia, no recuerdo haber planeado eso. Hoy, a mis recientes veintisiete años, me siento amenazado por esa idea. Esto debido a que supuestamente en el proyecto de vida o por temas de presión referidos al reloj biológico, ya debería contemplar esta posibilidad. Pero si en el peor de los casos tanteara esta peripecia, y quisiera idealizar mi idea del amor bajo estos términos, creo que sería justo que me permitieran hacerlo. No me imagino que alguien me diga no te puedes casar porque estás viejo, eres cabezón, eres cholo o negro. Porque tu condición social no lo permite o porque no calificas para este tipo de trámites. Sin llegar a casarme; no aceptaría que me prohíban declinar a la idea de compartir más allá de mis fluidos y proyectos, mis deseos de compartir los frutos tangibles e intangibles de mi unión conyugal. Me encantaría poder despertar al lado de la persona que amo, y con la que decidí “hacer patria”, sin vergüenzas inefables ni miedos legales que no me permitan disfrutar por mis decisiones. No solo los solteros deberían hacer lo que quieren, los casados también. No se trata de un tema religioso o moralista, creo que es un tema legítimamente legal que un ciudadano pueda escoger a quién heredarle sus bienes o beneficios. Si he decidido compartir algún orifico mío, creo que es justo que también comparta los frutos de mi trabajo o mis buenas decisiones. Si declino a la idea de amar a una mujer, y encuentro a bien refugiarme en los brazos de un varón, me encantaría poder compartir todo lo que sea posible con el ser amado: años de buena compañía, sueños, el seguro social, y todos los bienes que logremos adquirir. ¿Alguien que no ha tenido la sabiduría de ahorrar o asegurarse no tiene el derecho de ser protegido por otra persona? ¡Pamplinas! Me sentiría más que feliz al poder brindarle mis beneficios a mi pareja. Que pueda hacer uso de mi seguro privado, que acceda al club del que soy socio, que en caso de fallecer intempestivamente reciba por ley  el derecho a mis propiedades. Que pueda hacer uso de mis ahorros de la AFP los cuales estoy seguro no llegaré a disfrutar. Legalmente, y a pesar de cualquier herencia que podamos dejar en vida, si uno se muere y deja familiares o indefensos o codiciosos, por ley les corresponde dos terceras partes como mínimo, al declararlo así un código civil obsoleto, “herederos forzosos” les dicen. Es difícil poder aceptar que hace algunos años atrás las mujeres no podían votar por un presidente. Que las mujeres no podían trabajar u ocupar un cargo público. Que alguien pueda terminar el colegio antes de los quince o que los padres arreglen los matrimonios por dotes cuando los futuros novios tienen cinco años. No podría imaginar que mis padres me obliguen a seguir una carrera que no quiero o a ir a una guerra o al cuartel porque sí. Eso pasó, y ante el cambio seguro muchos se opusieron. Ahora intentamos detener o frenar momentáneamente algo que pasará porque es lo más justo e inteligente. ¿Democracia? Apliquémosla. Y en verdad para no herir susceptibilidades mediocres, me parece inteligente que no lo denominen matrimonio sino unión civil. Dios pidió que nos amemos, y el amor no sólo son besos y abrazos. Tenemos el derecho y obligación celestial de amar a todos los que podamos, ¿por qué no dejan formalizar un tipo de amor? El Papa lo ha dicho; muchos países primer mundistas ya lo han aceptado. Somos unos cavernícolas románticos si creemos que esto en nuestro país no se dará. Saludo al congresista Carlos Bruce por presentar un Proyecto de Ley que se caía de evidente por ser justo. He escuchado a muchos decir que no quieren que sus hijos en las calles vean a dos personas del mismo sexo besándose y agarradas de la mano (sin hacer de esto un escándalo obviamente), sin tener la seguridad de que quizá, esta ley necesaria, beneficie a sus  descendientes. Nosotros quedaremos a la larga en el olvido, dejaremos producto de nuestros actos un mundo mejor o peor para quienes vengan. Las decisiones que tomemos van a repercutir en el tiempo y no estaremos para pedir disculpas. Todos tienen su mariconcito en el fondo, y es justo que pueda ser feliz.