Parece que el mundo te sonríe, te
veo bien. Por lo menos eso dicen las fotos que cuelgas en tu Facebook todas las
semanas, siempre en la misma discoteca donde ya pareces socios, siempre
acompañado de tus nuevas amiguitas y siempre algo despeinado, más feliz de lo
normal. Que bien te ha asentado el hecho de estar solo, de creerte el centro de
atención. Que bien te queda el papel del chico coqueto, bien arregladito, con
tu chupete en la boca, con tu sonrisa de galán de barrio. Es que siempre fuiste
así, bohemio. Siempre queriendo ser diferente, siempre creyendo tener la razón.
Desde que escogiste tu nueva vida no has descansado, me sorprende tanta lealtad
a esa discoteca de moda que concurres con fe religiosa. Te quejas de que no
tienes plata pero siempre te permites un par de cervecitas los fines de semana.
Y es que no son sólo los fines de semana, también un lunes o miércoles
cualquiera, estás en todas. Eres el chico de moda que siempre creíste ser sólo
que ahora te lo crees un poco más. Tu soledad amada no te inspira a escribir,
no veo que publiques seguido. Supongo que habrás devorado los libros que a mi
lado no podías leer y sobre todo, presumo que habrás encontrado todo eso que
perdiste en el camino y no te dejaba ser tú mismo. Te fuiste de la noche a la
mañana y así de rápido te reinventaste. A veces siento que todo lo que me
dijiste fue una mentira, una farsa para quedar bien, para no dejar que tu
popularidad baje. A veces creo que no fuiste sincero conmigo y simplemente
esperaste el momento justo para cambiar de aires, para acabar con tu papel de
niño bueno. Y es que eres así, un sobón coqueto que siempre quiere quedar bien,
que habla de lo correcto pero hace lo contrario, que nunca se equivoca. Yo bien
si te interesa, me reencontré con mi amigas, a las que no veía hace tiempo. Todo
encajó a la perfección; decidiste partir y ellas decidieron estar ahí, en el momento
indicado. ¡Bajé de peso! ¿Lo puedes creer? Ahora tengo cintura otra vez y mi
ropita ya me entra. Salgo, bailo, tomo y me divierto como hace mucho no lo
hacía, con gente que no veía, lejos de todo aquello que me contaminaba. No te
voy a mentir, a mí también me va bien. También tengo que aceptar, que
confesarte esto es darte un poquito la razón, la soltería nos ha asentado bien
a los dos. Espero que te dure, que aproveches tu juventud, que aguantes todo el
tiempo que puedas y que te diviertas con tu personaje favorito: “El chico
popular”. Espero que dentro de un tiempo nos encontremos y podamos conversar
sobre todo esto, sacar conclusiones sin mezquindad y llegar a conclusiones
sinceras. Espero que todo te vaya bien, porque sabes bien que no te odio, que
dentro de todo te guardo un cariño especial. Ten cuidado con el alcohol, no
tomes mucho. Come por favor, estás flaquito otra vez. Precaución con las
mujerzuelas con las que andas, no te vayas a enamorar y termines decepcionado,
porque todo da vueltas. Mejor no te enamores, no te enamores nunca. Si
encuentras el amor, no juegues con él. Llámame de vez en cuando, sé que seremos
buenos amigos. Por si acaso mi mamá no te odia, sólo te pide que no vuelvas por
acá. Saludos a tu mami, cuéntale que estás loco y que morirás en soledad. Arregla
los temas del carro y lo de la universidad. Por último, si ya cerraste tu
libro, guárdalo en esa biblioteca sentimental que tienes en tu frio corazón,
para que cuando tu otro yo, ese que se perdió, quiera reencontrarse, tenga la bitácora
de tu viaje a la soledad. ¡Éxitos!
Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
martes, 15 de abril de 2014
jueves, 27 de marzo de 2014
En tiempos del amor
Espera nervioso en su puerta,
impaciente, exacerbado. Sale cogiéndola de la mano, apretándose de cuando en
vez un poco más fuerte, los dedos entrelazados, sudando de emoción. Un beso en la
calle, en cualquier esquina, tomándola de la cara, mirándole a los ojos, con el
tiempo paralizado y sólo ellos, nadie más alrededor a pesar del caos. Compartir
los dos de un helado, con dos sorbetes. Escribir sus nombres o iniciales en un árbol, en la mesa
de un bar, en una pared cualquiera, impregnar lo suyo por todos lados.
Abrazarla por detrás, trastabillando con cada paso, sus brazos en su cintura,
las mejillas junta. Dedicarle mil canciones, cantárselas como si hubieran sido
escritas por uno mismo. Mirar el reloj, morir de pena al ver que se acaba el
tiempo. Sentir que es la chica más linda del mundo, que todos la miran, ser el
elegido. Llevarla a su casa, caminado despacito, queriendo que los metros sean
kilómetros y que esa puerta no se abra nunca, que ese momento sea eterno. La
despedida dolorosa, parece el fin del mundo. Una última mirada, las manos que no
se sueltan, los dedos que se estiran prolongando el despojo uno del otro. El
beso final, la respiración agitada, una despedida trágica, dolorosa. Las pulsaciones
a mil con cada paso que te aleja de ella, la cabeza gacha, la felicidad del día
termina en una melancolía dulce. Sentado en el taxi, mirando la ventana, todo
le recuerda a ella. El celular con mensajes de amor, con promesas de una vida junta,
de un idilio eterno, de querer dormir a su lado para siempre. Entrar a su
cuarto, sin ella a su lado pero latiendo fuerte en su corazón y rondando su
cabeza. Pone música en la computadora y es la misma que le dedicó, todas hablan
de ella. Las canta nuevamente, el lapicero de micrófono, parece que la mirara a
los ojos. Escribe su carta como si le hablara, como si ella escuchara cada
palabra suya y Neruda es un principiante. Le pone frases de las canciones que
escucha y recopila el día transcurrido, el mejor día del mundo hasta mañana que
la volverá a ver. Le hecha un poco de perfume que corre de manera sutil la
tinta del lapicero. La carta perfumada lista en un sobre que contiene el
secreto más grande del mundo: Yo te amo. Las luces apagadas, abrazando la
almohada deja de soñar despierto para empezar a soñar dormido. Revisa por
última vez su celular, no hay mensajes. Azuza por última vez la foto guardada
en el móvil, su sonrisa lo conmueve. Quiere decirle que la ama más que nunca
pero es tarde, ella duerme. Abre los ojos y piensa en ella, sabe que la verá
por la tarde y se emociona, tiene una carta para ella. Revisa su celular y ya
tiene un mensaje. Le responde que también la ama, que muere por que llegue el
momento para volver a verla. Sonríe como imbécil: tomando desayuno, bañándose
mientras cantas las canciones dedicadas, mientras se lava los dientes, mientras
piensa incansable en su sonrisa. Sale a cumplir sus obligaciones, todo le
parece perfecto, nada podría arruinarlo. Las horas pasan lentas pero pasan,
cada minuto transcurrido es un paso que se acerca a ella. Falta mucho para su aniversario
pero a él se le ocurren mil sorpresas. Llegó el momento, se alista lo necesario
y sale acompañado de la sonrisa de estúpido que está dibujada en su cara. La
divisa a unos metros acompañada por un amigo. Ella también está impaciente y
casi ni mira a su acompañante mientras le habla, parece un faro tratando de dar
luz al amor de su vida para que la encuentre pronto. El camina despacito, pero
queriendo correr a ella. Piensa en que aquel amigo seguro quiere algo con ella,
lo comprende, es preciosa. Se abrazan con un beso de película que parece eterno
pero dura unos segundos. La emoción es evidente. El amigo se despide algo
incómodo. Él le dice que casi muere. Ella que no quiere dejar de verlo nunca
más. Se toman de la mano, parece que las hubieran fundido. El la abraza con
fuerza, como queriendo decirle que nunca más se vaya. Ella siente su perfume,
el mismo que le ha echado a su peluche para no extrañarlo tanto por las noches.
Otra vez en la puerta de su casa, otra despedida desgarradora. Las miradas, las
risas sin hablar, los besos apasionados. El la suelta de la mano, el mismo ritual
de todas las noches, le entrega la carta. Ella emocionada apresura la despedida
y sube a su cuarto corriendo, cierra la puerta y sentada en su cama desnuda la
carta. Siente su aroma al despojarla del sobre que la cubre. Su corazón no aguanta
más. Lo primero que lee es el título, dice: En tiempos del amor…
martes, 4 de marzo de 2014
Se llama Soledad
Calculé mi muerte para este año,
lo calculé hace diez o doce años atrás. No sé cuándo decidí que sea en mayo,
tampoco porqué; me parece un mes encantador. Me gustaría que se después del veintidós,
cumpleaños de mamá. También pensé en llegar con más ganas de vivir, y no es que
me falten, pasa que en verdad no tengo idea del siguiente paso que daré y a
dónde me llevará. También hace unos diez o quince años le perdí algo de miedo a
la muerte, entendí que es un acto democrático, que a todos nos llega sin hacer
ningún tipo de excepción o remilgos y que a pesar de tener el concepto de algo
nefasto, despierta algún tipo de curiosidad (si eres optimista puedes
denominarlo como esperanza) de oportunidad misteriosa. Le perdí miedo a la muerte
y hasta he pensado mil maneras de organizar mi funeral: los colores (blanco,
todo blanco), la música (siempre Fito Páez), las maneras (sin protocolo alguno)
y un final con cremación incluida. Lamentablemente, como dije antes, la muerte
es igual para todos y no creo que se me permita estar en mi velorio ultimando
detalles y animando mi despedida. Lo cierto es que en vida he descubierto un
temor que podría bien ser una futura fobia y que a veces también coquetea con
la necesidad, con la adicción (ninguna adicción es buena). Y es algo así como estar enamorado, planeas
toda tu vida junto a ella, pero piensas en huir todos los días. Desde pequeño
he sido un prófugo. No sé en qué momento decidí serlo, en qué momento me
convencí de que la libertad es no aferrarse a nada ni a nadie. ¿En qué instante
de sabiduría o necedad me aboqué a pensar que nada es indispensable? Entonces,
en mi subconsciente trastornado decidí cerrar etapas, terminar libros, cambiar
de rumbo. Soy un mochilero sin apuros que le encanta dormir una noche aquí y
otra allá, sin complicaciones. Creo que es la única herencia que me dejó papá,
ser inconstante, volátil, un loco del carajo; egoísta y caprichoso. Entonces a lo
largo de estos veintisiete años que llevo a cuestas (edad fijada para abandonar
este campo material), he dejado regados tantos buenos momentos que hoy recuerdo
con melancolía y tanta gente de la cual quizá ni me despedí, he abandonado tantas
buenas historias probablemente a la mitad del libro (y he aquí lo que me
preocupa), he lastimado sin pensar a tantas buenas personas sin saber y sin la
oportunidad de pedir disculpas que me asusto de mí mismo. Si yo tuviera que
venderme, no me recomendaría. Soy un saqueador de buenos momentos, que
confundido cree que está robando sonrisas. También entiendo que hay gente que
maneja bien este teorema y me utiliza de forma espectacular hasta que se aburre
y ya, se desvanece. (No los culpo ni los juzgo) Mi madre todavía vive enamorada
del hijo bueno que la escuchaba y la hacía reír, es la única que no perderá la
fe en mí. Aún se acercan con la intensión de compartir conmigo cosas de las que
ya me aburrí, me cansé; y no por malo, es porque soy un ser humano y de vez en
cuando también quiero que me escuchen (desahogo). Todavía me buscan por
virtudes extraviadas, virtudes que también estoy buscando. Necesito ver gente
para aburrirme y huir de ella, soy así. Este boleto me llevará tarde o temprano
a una cama vieja, en un cuarto pequeño, bien modesto. Me hará uno de eso
viejitos que tiene mil historias para contar pero sin público. Me hará reír y
llorar en silencio perdido en algún recuerdo borroso. Pensar tanto en mis
errores y avizorar un futuro tan macabro me adormece y me encanta, soy un
drogadicto autodestructivo que consume sus miserias y se siente bien. Me
encerraré en mi habitación, haré un fortín. Saldré a buscar gente para
distraerme un rato, aburrirme de ella y regresar cansado, harto de todo.
Esperaré mayo con fe, como se espera el amanecer después de la tormenta. (Lo
bueno de morir ahora sería no pagar mis deudas, pensar en eso me relaja) Ayer
muy por la noche, en un conflicto
interesante entre mi angelito de la guarda y mis demonios rocanroleros, escribí.
Escribir es un buen síntoma, quiere decir que estoy desahogando, que me estoy
purgando. ¿Cómo se llama todo esto? Se llama Soledad:
Y hay noches de Soledad,
de mi triste y añorada Soledad
en que soy feliz.
Y hay también,
noches de felicidad
de dulce y añorada felicidad
en que estoy solo
donde estoy lejos.
Hay noches de sueños largos
de vidas cortas
y mis ojos rojos.
Hay vacíos que llenan el alma
que mienten despacio
que te vuelven loco.
Y hay recuerdos tuyos
tan distantes
como yo contigo,
como yo sin ti.
Y es esta pena que me encanta,
que me hace regresar…
Tristeza dulce,
Soledad añorada.
Distante…
Como yo contigo,
Como
yo sin ti.
miércoles, 26 de febrero de 2014
Hasta mañana
Hace tiempo no me querían tanto, hace tiempo no me sentía tan
querido. Es mejor aprender en el camino, en la práctica. Tú la mejor maestra. Puedes
devolverle la fe a cualquier ateo proclamado, la epifanía de tu sonrisa lo
puede absolutamente todo. Tu paciencia divina para conmigo, tus maneras amables
y comprensivas, tu dulzura hasta cuando me llamas la atención, hizo que yo te
amará tantas veces y de tantas formas que no salía del asombro, como un orgasmo
múltiple por primera vez. La percepción
de chica linda te la ganaste hace seis años atrás aproximadamente, cuando muy
gordita tú, llegaste a esa oficina mágica de donde rescato a varia gente buena.
Poseedora de una fuerza de voluntad única, que hace que comiences una dieta
todos los lunes o tu proyecto de vida que siempre tomará forma dentro de dos
años. Siempre alegre, siempre buena, siempre tú. Fuimos buenos amigos aunque salimos poco a
pesar de tus innumerables promesas de avisarnos más ratito. Luego de tanto
tiempo y camino recorrido soy yo el que
te promete cosas, el que no las cumple. Quien nos haya visto de la mano de
repente, ha de haber entrado en una confusión tan compleja, que todavía debe de
estar perdido en el laberinto de la razón. Pues claro, tú la chica del eterno
enamorado y yo el eterno enamorado sin chica. Pues ambos ahora caminaban de la
mano felices aunque sin saber a dónde iban. Yo iba tu casa, veía a tu Mamu (como
la llamas de manera genial) y me alimentaban como el huerfanito engreído que
era. Tu abue, tu familia entera y la pequeña Lela, de la cual también me
enamoré estando enamorado de ti. En verdad encontré la familia que nunca tuve
gracias a ti, porque compartiste conmigo la razón por la cual eres tan linda,
por la que practicas tan buenas costumbres; compartiste conmigo lo que más
quieres, tu familia. Entonces entendí que no sólo eras una buena amiga, una
buena enamorada, también auguraba en tu destino el premio a la mejor mamá.
Tienes tanto amor contenido dentro de ti, que en la primera visita que hagas a
Venezuela, arreglas todo. Pero a veces uno no sabe qué pasa, busca respuestas a
preguntas que nadie hace y como me ha pasado en otras oportunidades, por el
temor de arruinar todo, por esa sensación de estorbar en vez de ser requerido,
por esa insana manera de pensar que me llevará a dormir debajo del puente de la
soledad, hui. Y ahora en mi cabeza, a pocos días de aquel funeral insulso,
cargo en mi memoria una foto tuya como un soldado que va a la guerra. No sé a
qué guerra voy, yo que siempre he sido tan pacífico y maricón, pero sé cuál es
el destino de los que asoman a los campos de batalla. No pienso en nadie que no
seas tú, y no hay nadie que ocupe el lugar que te pertenece por motivos
supremos. Pero debo admitir que es delicioso extrañarte como te extraño y
sentir esta pena pasajera que me hace sentir vivo de manera diferente y me
recuerda que tan miserable soy y no maquilla mis defectos detrás de tu sonrisa
mágica y resplandeciente. Todo está intacto, tu foto al lado de mi cama, tu
nombre en mi celular, lo que siento por ti y es más, las cosas que planeamos.
El tiempo se encargará de hacerme entender que soy un canalla egoísta y que por
temas de preservar los sentimientos nobles y las buenas costumbres, es necesario
aislarme. Yo siempre tan racional con lo demás, tratando de adelantarme a lo
que piensan y poniéndome en su lugar a modo de empatía para entenderlos y no
juzgarlos. Qué pena que me cueste tanto conmigo, que no sea empático conmigo
mismo y por ende, no pueda ayudarme. He aprendido a querer el perfume que lleva
el dolor (como dice Fito), y no puedo compartir ese aroma con la gente que
quiero porque no disfruto con el sadismo ajeno. En verdad confieso que no me
sentía tan querido hace mucho tiempo, muchos años, tan querido en cantidad y
calidad. Una catarata de cariño el tuyo, con el amor más cristalino que he conocido
en esta ciudad (y es que de la ciudad de la que vengo, tengo como referencia a
mi Sra. Madre) Ahora puedes dar fe de que este loco alegre está loco de verdad
y de que su alegría llevaba tu nombre. Jamás podré alejarme del todo de las
personas como tú, de ti. Y para mala suerte tuya esta no es una carta de despedida,
es simplemente el descargo ilógico y sin sentido de un hombre que en medio de
la fiesta, en la hora loca, se paró, miró a los invitados y sin más ni más
dijo: hasta mañana.
martes, 4 de febrero de 2014
Hermanito menor
Siempre tomas poco, te emocionas
igual y te embriagas mucho. Me visitabas junto a un colega nuestro en el arte
de libar, me visitabas en aquel cuarto que a veces hacía de cantina encantadora
un sábado por la tarde cuando no había nada mejor que conversar. La computadora
vieja comprada de segunda mano, con más virus que archivos facilitaba canciones
guardadas, canciones que coreábamos e inmediatamente venía un recuerdo que
llevaba a otra canción aún más melancólica (sin ser esta una balada).
Comprábamos una damajuana de vino barato que no sabía pronunciar y lo
mezclábamos con una gaseosa local para dosificar el mal sabor. Litros de
sangría asesina que más que un veneno para la salud era un remedio para
nuestras almas cansadas con tan poco trajín. Tú casi siempre complicándote la
vida por una loca que al principio era guapa y terminaba como la más puta. La
sonrisa extraviada te delataba y sabía que las copas habían trepado tus casi
dos metros. Aquella guarida donde sólo entraba mi cama y algunas otras
chucherías era un campo de batalla de techo chato. Un baño generoso que nos
invitaba a desintoxicarnos un poco. Baño donde te encerraste a llorar alguna
vez alguna de tus desaventuras. Aquella noche te arrojé por la pequeña ventana
de las gradas todos mis calzados con muy mala puntería. Tuve que hacer alarde
de una delgadez extraviada como aquellas tardes para sacarte no sé cómo.
Contigo probé mi primer porrito, también el segundo y el tercero; donde recién
conocí otros planetas y giré y giré en una rueda mágica que no supe parar por
lo que reparé en no subir más. Aquella noche en que vestía un terno viejo,
visitamos un parque desolado con un par de cómplices bienintencionados y me
velaron en el jardín. Mis penas nunca fueron más grandes que las tuyas, y las
pocas veces en que entristecí a tal punto de tener que compartirlo, me reponías
porque te acordabas de alguna de las tuyas y tu llanto siempre fue más
desmedido que el mío y pasaba de la pena al consuelo ajeno. Precisamente
afianzamos lazos en uno de tus cumpleaños, donde me presentante personas raras
que hoy por hoy también son mis amigos. Tomaste mucho, y saliste en pijama a
morder tu torta y despedir a los invitados. Fanático de mis “jugos churreteros”
como cariñosamente bautizaste. Viajes anecdóticos a la playa, Bolivia y a una
laguna cercana, donde nuestra nacionalidad desvariaba y generalmente pasábamos
a ser argentinos (porque el dejo cubano no me sale bien) y la gente nos creía. Anécdota como aquella vez en la farmacia del
Colca, donde pedías pastillas para tu dolor de cabeza por la altura y yo
irrumpiendo cariñoso, tomándote de la mano por sorpresa y pidiendo condones. Te
querías morir y todos nos reíamos. Fui culpable de algunas de tus relaciones
amorosas, todas infructuosas y terminadas en escándalo, por lo menos para ti.
He decidido no involucrarme en ese tema debido a los daños ocasionados y con la
plena seguridad de que solito haces un trabajo terrible y no necesitas de mi
apoyo. Las caminatas por los mall para que te compres ropa, donde sólo te
acompañaba y salía con dos bolsas de ropa que escogiste para ti pero te quedó
chica y la compré yo. La poca ropa que te comprabas la llevabas a tu casa
diciendo que era ropa que no me quedaba a mí y cogías como regalo, sabiendo que
me triplicas en tamaño y peso. El concierto de Arjona al que no querías ir y
terminaste llorando en el piso. Las tareas que te dejaba cuando ingresaste al
trabajo y te tonteaba en todo una y otra vez para beneplácito de mi sentido del
humor. Tus palabras de despedida por mi ascenso y el momento más gay de mi
vida. La cena romántica que me ayudaste a organizar y tu personaje afrancesado
y divertido. La escolta en pijama a un duende en navidad. Los malos momentos
ocasionados por cosas que tienen que pasar aunque a veces no queramos. Las
mudanzas en que me ayudaste. Los consejos que me diste como experto y asiduo
visitante de los baños de los mall. Tus primeros días manejando que todavía no
son mejores que los actuales. Las miles de fotos que tomas donde todos salen bien
(porque tienes el don) pero igual borras porque crees que tú no (¡marica!)
Aunque últimamente el tiempo transcurrido nos ha moldeado a su antojo y las
cosas no son iguales, a pesar de tus quejas interminables y tu “modo nena”.
Entrando en detalles como que vivo con el enemigo o que mi alpinchismo te es
insoportable. Entenderás cuando leas esto (si es que te enteras animal) que no
eres una aventura (ja). - “A las personas buenas le suceden cosas buenas” – y
es por eso que a pesar de cualquier vicisitud o etapa en la que andemos, a
pesar de que cumplas los años que cumplas y sean estos más que los míos,
siempre terminarás siendo ese hermanito menor al que tengo el deber y orgullo
de cuidar. Sabes que siempre contarás
conmigo, no como primo (por obvias razones) sino como tu hermano mayor. Feliz
Cumple pequeño JC.jueves, 16 de enero de 2014
Los días del cojo
Soy un ser asqueroso. Me levanto a la hora que quiero, generalmente pasada la hora del almuerzo. Me levanto siempre con el pie derecho y generalmente sólo para ir al baño. Me veo en el espejo y reconozco a un tipo que está adelgazando, de greñas desordenadas y faltas de champú. El poco ejercicio realizado en el gimnasio ha perdido valía y se arrincona en mi vientre, haciendo de ésta la única protuberancia considerable en su cuerpo venido a menos. Soy un prisionero sin defensa pertinente, que pasa sus meses de sentencia en una cama desatendida, frente a un televisor que sólo reproduce partidos de fútbol (muchas veces repetidos) y acompañado por un libro tan gordo como él mismo. Libro que se posa en el suelo, casi debajo de la cama. Usa su ordenador como la ventana hacia un mundo diferente. Lee una y otra vez las noticias de su agrado, tratando de no caer en política. Revisa todos los diarios deportivos para enterarse de alguna contratación o noticia resaltante. También recurre a los “diarios chicha” los cuales no atendía. Por ende, sabe que pasa en el fútbol nacional, los últimos jales y las posibles contrataciones; las fechas de los partidos amistosos y sus resultados. Los horarios de las diferentes ligas europeas y cómo va la tabla de ubicaciones y qué se juega en cada partido. Por otro lado, está enterado de los cambios en los programas de competencia en la televisión peruana. Quién sigue y quién se va. Las señoritas que han sido acosadas por un reportero mañosón, quién se sentará en un famoso sillón rojo esta semana y algún ampay de moda que entretiene a todo el mundo un par de días. Desde su cama, reproduce alaridos para que le lleven el desayuno, el almuerzo y cena. Lanza otro tipo de sonido cuando desea que le acerquen alguna cosa o le apaguen la luz. No sabe qué día es, desconoce la hora. Se ha hecho de su kit de herramientas y en momentos de desesperación, toma el alicate para intentar liberarse. Mira por la ventana, ve la lluvia caer inclementemente. Sus amigos entran en su habitación, en su celda, en su cárcel improvisada tapándose la nariz por los malos olores que emana, inmediatamente abren la ventana. Lo miran con el cabello crecido, pegajoso. El los espera desparramado entre sus sábanas mugrientas, sin el mínimo de vergüenza. Le preguntan cómo está, si se siente mejor. Él les responde que lo maten, que acaben con su dolor. Se ríen creyendo que es broma. Le preguntan si quiere que le traigan algo (un vaso con agua, un libro) y el pide una sierra, un serrucho que facilite la idea de liberarse de ese yeso aguafiestas que lo tiene postrado (el alicate no sirve). Ha salido un par de veces a pagar algunas obligaciones o a la clínica. Todo el mundo le mira la pierna, lo hacen sin un ápice de delicadeza y el si pudiera corretearlos y hacerles daño lo haría, pero recuerda que pudo haber sido peor y respira profundamente. Vive en un cuarto piso y hacer el recorrido es un vía crucis que prefiere evitar. Le faltan semanas, casi un mes para empezar una rehabilitación necesaria si desea recuperarse del todo. Necesita un par de terapias físicas y otro par mentales que lo ayuden a reponerse. Le va a costar diferenciar los días de las noches, levantarse a horas adecuadas, bañarse. Va a sufrir cuando regrese a su trabajo, si es que aún no lo han despedido. Tenía sus medias ordenas, siempre bien emparejadas, ahora sólo utiliza una de las dos y a divorciado aquella unión sagrada en su cajones. Se ha percatado del desgaste en sus calzados, todos los pares derechos se encuentran en desventaja al par izquierdo. Odia hacer el esfuerzo de levantarse para ir a la cocina y a mitad del camino tener ganas de ir al baño y regresar. Roza la depresión al no poder asistir a sus partidos de fútbol los miércoles por la noche. Se siente más inútil, un miserable total. Entonces intenta recordar los días en que podía caminar, en que podía transportarse a su antojo por los recovecos de la vida sin pedir ayuda. Recuerda como era antes de aquel incidente y llega a la conclusión que la única diferencia, es el yeso.
miércoles, 8 de enero de 2014
Con el pie derecho
Empezar el 2014, el nuevo año, con el pie derecho es sin duda lo ideal. Sin el afán de convertir este deseo en cábala, todos los días, y sin equivocarme, amanezco con el pie derecho. No puedo evitar cumplir este ejercicio y es que hasta puedo darte el truco infalible para que comiences el día, la semana, el mes y (en mi caso) hasta un nuevo año con el pie derecho. El secreto está (y si quieres toma nota) en enyesarte el pie izquierdo. No tengas duda, todo lo harás con el pie derecho. Y es que en el primer día en pisar mi ciudad natal (22 de diciembre), con el afán de pasar unos días en familia y pasear mucho, producto de un partidito de fútbol, una fractura inocente e inesperada me sorprendió antes de navidad. No juego una pichanga con mis compañeros y también amigos de promoción hace más de ocho años. En el colegio alguna vez fui reconocido por mis regates y gambetas, una habilidad natural con la pelota de fútbol. Entonces, por la fecha, por el hecho de encontrarnos reunidos un buen número de conocidos y afianzando nuestra unión ante el paso del tiempo, decidimos rendir un homenaje discreto simbolizado en este partidito de fútbol. Empezamos bien. Mi equipo saca una buena ventaja y yo me siento cómodo. Intento no quedar mal y respaldar aquellos años donde era uno de los mejores en el arte de la pelotita. Corro mejor que mis compañeros debido a que se han engordado sin complejos. Javier, el cabezón Javier, quien es uno de mis mejores amigos del colegio junto a Paulo, quien no es menos cabezón también han asistido. Paulo juega en mi equipo y se muestra como un defensa aguerrido. Javier debido a la recuperación de una de sus piernas decide tomar whisky desde la tribuna desde donde da gritos con indicaciones que nadie entiende. Javier siempre fue una promesa para el fútbol, a sus veintisiete años lo sigue siendo, siempre una promesa. Desde su trinchera se sirve uno tras otro vasos de su licor preferido mientras observa con aspavientos de rato en rato, el partido de fútbol que parece resuelto. En un momento de euforia deportiva y con los bríos por los cielos (y también su nivel de alcohol en las venas), Javier decide participar para el equipo contrario y en particular, decide hacer frente a mis piruetas oxidadas. Lo veo bajar de las gradas y con el vaso de whisky en la mano izquierda y zigzagueante, con la mirada extraviada irrumpe en la cancha y se acerca comprometido con la idea de frenar mi ataque a como dé lugar. Yo lo veo de soslayo e intento proteger el balón girando levemente. Él hombre embalado (literalmente) me da un ligero empujón, esto sin asomarse al esférico. En mi afán de resguardar la pelota, y al girar antes del impacto, no escatimo en algún choque y de pronto pierdo el equilibro y en el intento natural de no caer, piso de manera desafortunada y siento mi tobillo doblarse y escucho un ruido desalentador antes del impacto con el suelo donde me tomo el pie izquierdo. Trato de reponerme incluso volviendo al partido pero es en vano. No puedo asentar el pie y es mejor retirarme del cotejo. A Javier también lo botan, como sacándole la tarjeta roja indirectamente y se sienta conmigo, me invita un vaso de whisky y se defiende repitiendo que no es su culpa y que el alcohol lo cura todo. Veo como nos remontan el partido y perdemos. No te preocupes cabezón, sé que no fue adrede, pero admito que condicionaste mi navidad y año nuevo. Entonces después de algunos vasitos más me retiro y subo hasta el tercer piso de mi casa y duermo hasta el día siguiente. Por la mañana mi pie está más hinchado y es precisa la visita al hospital. Esguince de segundo grado a simple vista y tras la radiografía, fractura (leve) en la parte izquierda del quinto metatarsiano. Seis semanas me dice el doctor mirándome ligeramente a los ojos, como diciéndome te jodiste, no hay año nuevo ni verano compadre. Yo me río y confío en que serán diez días. Pero no, incluso puede ser un poco más. Paso navidad sentado en la sala, todos acercándose para saludarme porque saben que estoy indispuesto. Me llevan todo a la cama y como reyes magos me visitan y me dan regalitos y atenciones que me hacen sentir más inútil de lo que normalmente soy. Recuerdo que inconscientemente pedí unas vacaciones en mi cuarto, en mi cama, sin pararme. Nuevamente Dios ha acudido a mis pedidos y me ha concedido seis semanas bajo estos requisitos. Año nuevo en mi casa, siempre en buena compañía, algo bebido y mal bailando impedido de acompasar debido al yeso. Primer día del año, me levanto con el pie derecho. Segundo día del año igual y será así hasta mediados de febrero. He vivido de mi suerte toda la vida, sin cumplir mayores cábalas. Haciendo uso a los artilugios azarosos, debido a este acontecimiento de levantarme con el pie derecho siempre, no dudo en que este año será un buen año. Me dedicaré a reencontrarme, a abandonarme a las letras. A Dios le seguiré confiando mis oraciones y en mis peticiones seré más detallista. Reconoceré a las personas que me estiman. Dormiré delicioso todo el día. Y no puedo despedirme sin mandarle los saludos correspondientes a la mamá de Javier, a quien llevo en mis pensamientos últimamente. ¡Feliz Año para todos! ¡Empecemos el 2014 con el pie derecho!
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