Juro que odiaba ese lugar, ¡lo
detestaba! Y caí en sus polvorientos terrenos porque era parte de mí andar
pasar por ahí, aprender. No recuerdo en qué momento acepté la loca idea de
soportar tres años de mi adolescente vida concurriendo a un lugar lejano, donde
no me hallaba, donde no me sentía bien. Tampoco recuerdo en qué momento me
resigné a él y aprendí a conllevarlo. Pero sé que en ese proceso tedioso, en
esa transición dolorosa me acompañaste he hiciste todo menos latoso. Cuando te
vi por primera vez provocaste un sentimiento de miedo, de respeto a la vida
humana, sobre todo a la mía que se sentía amenazada por tu presencia
corpulenta, por tus greñas desordenadas y tu pinta de matón. A pesar de esa
desavenencia visual, recuerdo también, que no demoramos mucho en congeniar. Quizá
mi instinto de sobrevivencia me invitó al diplomático arte de sociabilizar
contigo, contigo y un par más de personas que me inspiraron confianza. Con el
pasar de las semanas y al enterarme de tu excelente capacidad de diferenciar
entre los buenos equipos y los demás, te afiancé como “Misterio”, el antihéroe
de la Trinchera Norte que en esas épocas era famoso por una serie de televisión.
No sé si te consolidé como tal, pero escuché que algunos te llamaban así, a pesar de que eras todo lo contrario a
ese personaje matón y agresivo. Como Misterio te hiciste mi amigo y a los pocos
meses ya estábamos bebiéndonos la vida (o por lo menos yo) en la noche más fría
del año, en una verbena distante y peligrosa. Combinamos vino con Coñac y mi
viaje al hoyo negro del desvarío no tardó mucho. Me perdí entre el frío de la
noche y vomite entre las sombras que la madrugada otorgaba. Tú, con un par de
meses de habernos conocido y con la virtud del buen amigo, atinaste a acompañar
mis regurgitaciones y dejarme en mi hogar salvo y sano de los peligros de la calle,
más no de la ira de mi madre que fue peor que la resaca. En el instituto
polvoriento en el que nos conocimos, mi suerte hubiera estado echada si no
fuera por las innumerables veces que me permitiste plagiar, exponer con mi verbo
chapucero, y las veces que accediste, incluso a regañadientes, en ponerme en tu
grupo de trabajo. Tú y el Niño Ardilla al que le mando saludos, hicieron de
este ignorante en la computación un tipo que difícilmente reprobaba un curso,
si es que llegué a hacerlo. Pero tus conocimientos en la materia no te volvían un
tipo aburrido. Muchas veces, terminábamos en el taco de al frente, jugándonos
un par de mesitas. Tu golpe endemoniado a la billa, durísimo para mis delicados
y sutiles disparos, te hacía un imponente rival. No siempre, me ganaste; como
todo, le agarré la maña y me di el gusto de vencerte un par de veces. También nos
escampamos un par de oportunidades a jugar Winning Eleven en aquel Play Station
II que estaba de toda moda. Ahí si déjame argumentar que nunca me ganaste, te demostré
que para algunas cosas podía ser aplicado. Ya después de la catana te
desquitabas con las billas donde dejabas todo parejo. Jugamos un par de
campeonatos juntos y no sé si llegamos a imponernos en alguno, lo que si
recuerdo es que yo era la vedette del equipo con mis regates y el buen fútbol
que practicaba por esas épocas y tú eras el arquero indiscutible, con el que
nadie quería chocar. Celebrabas mis goles, nuestros triunfos con la pasión que
el mismo “Misterio” demostraba en aquella serie popular. Era mejor jugar en tu
equipo que en el contrario, porque mucha gracia no te hacía cuando te metía
algún gol, menos si este era de buena factura. A pesar de algunas excepciones
minúsculas, siempre jugamos juntos, yo en tu equipo y tú en el mío mi querido “Misterio”.
Egresamos juntos de aquel alejado lugar que volviste afortunado. Después de
muchos años nos cruzamos en un supermercado donde trabajabas eficientemente
como supervisor y prometimos volver a vernos. Así fue, viniste por acá, por
donde yo me había asentado y te visité en aquel hospital concurrido, donde
pensé verte consumido por aquella mortal enfermedad que te había atacado. Temeroso
de tu situación te llevé unos bocaditos que camuflé entre mi abrigo y antes de
verte, escuché tus carcajadas, eras tú. Tu semblante mejor que el mío, y tus
ánimos por el cielo. Me conversaste como si me hubieras visto ayer y sonreíste más
de lo que yo lo había hecho ese último mes. Salí con la satisfacción de verte y
sentirte bien. Días después me dijeron que tu situación estaba bastante
complicada y mi última visita en aquel nosocomio, fue enterarme que sería un
milagro tu mejora. El milagro eras tú buen amigo, que siempre tenías la sonrisa
dibujada en tu cara y una frase alentadora. Tus mensajes en las mañanas
invitándome a ser feliz, a olvidarme de mis estúpidos problemas, jamás tocando
el tema de tu enfermedad, alentándome como si yo te necesitara más que tú a mí,
aunque esa fuera la impresión que me acompaña ahora. Pasó un buen tiempo para que podamos coincidir
nuevamente, nuestro contacto relativo era mediante una llamada cada cierto
tiempo, tus mensajes alentadores por las mañanas o tu presencia las veces que
me animaba a rezar. Poco a poco este ingrato fue perdiéndose en su rutina, en
sus problemas infantiles y a pesar de mi intento de verte aquella vez, sólo
pude hacerte llegar ese último antojo que me sugeriste y llegué a complacer
tristemente, como si te entregara un pago material por mis ausencias
injustificadas. No te vi, tu mamita me lo agradeció de corazón, como si fuera
el amigo incondicional. Me mandaste un mensaje caluroso agradeciendo tan
insignificante gesto. Todo ese camino sombrío que te tocó transitar Miguelito,
los iluminaste con tu fuerza, con tus ganas, con tu buen ánimo, siempre
predispuesto a compartirlo. Hoy leo el muro de tu página social, y eso que
irradiaste de manera ejemplar durante todos estos meses, se ve reflejado en
cada mensaje que te acompaña, allá donde estés. Para mi serás siempre “Misterio”,
hincha fiero de la Crema, valiente y aguerrido compañero de batallas.
Lamentablemente nadie le gana la guerra a la muerte, pero en vida, como un soldado de la luz, te
condecoramos todos los que te conocimos. Ya nos veremos Miguelito, y jugaremos
una mesita de billar o algún partido de fútbol, obviamente en el mismo equipo.
Hasta ese momento “Misterio”, amigo mío.
Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
miércoles, 28 de mayo de 2014
jueves, 24 de abril de 2014
Talk Show
Es difícil contar la vida, no hay como empezar.
Pero una huella en el alma, la cicatriz de una herida es un buen punto de
partida. Lamento no haberla conquistado antes, fui su gran amigo casi cuatro
años, y no me di cuenta lo perfecta que era para mí. Pero bueno, todo salió de
la nada. Éramos muy bohemios a pesar del trabajo y la relación larga que ella
mantenía. Nos divertíamos pensando en lo tontos que eran todos y nosotros no.
Lo llamábamos bullying. Recuerdo que salimos en grupo, fue todo casualidad.
Tomamos unas copas, sonreíamos más de lo normal. Fuimos a mi casa, ahí fue su
primera vez (conmigo). A pesar de lo linda que era rarísimo, yo nunca pensé en
sexo o en placer con ella. Luego nos encontrábamos en el trabajo, a veces un
poco avergonzados. En la calle andábamos en grupo relajadísimos; con los amigos
de siempre, como si todo fuera igual que antes. Alucinados en silencio por lo
que había pasado. A pesar de todo yo nunca creí que estaríamos. Pensé que todo
comenzó así y así iba a terminar. Tenía miedo, el presentimiento de que todo se
destruiría si lo intentábamos, pensaba mucho en ella. Ella no concebía las
cosas así o quizá yo no entendí. Decidió que todo debería seguir igual,
abandonar esa posibilidad, hacernos los locos. Horrible, quedé decepcionado.
Pero bueno, las historias de amor son así, con dolor y desorden lo acepté. La tranquilidad
y estabilidad son el final feliz de cualquier película, de cualquier libro.
Cuando yo estaba a la mitad del cuento, desubicado y con bastantes desordenes
en mi vida, decidí intentarlo, formalizar. Atreverme a llamarla, visitarla. O sea
decirle, no sé… ¿quieres estar conmigo? Tenía en ella una gran amiga, alguien
que me acogió en su casa con irreprochable amor. Cosas que no puedo explicar.
No recordaba quien había sido antes, ni lo guapa que había estado todo este
tiempo. En el fondo me encantó mi reacción. Decidí quererla y conquistarla, así
de simple. Iba a ser difícil, pero creo que finalmente lo conseguí. En verdad
todo fue un accidente mágico que yo jamás pensé. Lo último que quería era
quebrarle el corazón, borrarle la sonrisa. Ella se alejó un poco, quería darme
el espacio que tanto reclamaba. Le mandaba chocolates a mi madre y algunos
regalos por navidad. Me cuidaba con dulzura y preguntaba por mí. Pero yo
siempre algo loco, siempre en silencio. Con mi linda chica tuve una larga
felicidad de casi año y medio. Fue lindo, visité el norte del país, hicimos varios viajes. Me iba bien
en el trabajo, me iba bien en la universidad. Era espectacular todo, me sentía
encaminado. Sin embargo mi mamá se puso mal, subió el alquiler del
departamento, el trabajo se puso difícil, me fracturé la pierna. Entonces el
desorden y confusión regresó de nuevo y bueno, se acabó todo. Con esto descubrí
que la felicidad es una puta caprichosa; una puta que juega con nuestros
sentimientos y a veces por ningún motivo se deja montar. Llega un momento en
que ya, se aburre de ti y no quiere verte más. Ahora estoy tranquilo y
sosegado. Cogí el teléfono hace poco, quería saber que fue de la chica de la
que hablo desde el principio. Ubiqué algunas fotos en las redes sociales,
seguía trabajando en el banco, llamé a un amigo en común al que quiero mucho y
trabaja con ella. Le dije: - “Hermano qué tal, soy Leonardo… te acuerdas de
mí. ¿Qué fue de tu amiga, cómo está? – Él me respondió con respeto y sinceridad – Cómo, no
sabes… ella es feliz.” Fue una respuesta
contundente, entendí. Quedé consternado con la idea de perderla, completamente
arrancado de mi presente. Nunca me despedí de ella, nunca supe decirle
claramente que todo fue mi culpa. Ahora tengo clara la noción del amor y la
nostalgia que provoca el pasado. Esta lección todavía es para mí. Digan adiós si hay
que hacerlo, cierren su historia de amor, terminen su libro. Todo, en su
momento…
martes, 15 de abril de 2014
Te veo bien
Parece que el mundo te sonríe, te
veo bien. Por lo menos eso dicen las fotos que cuelgas en tu Facebook todas las
semanas, siempre en la misma discoteca donde ya pareces socios, siempre
acompañado de tus nuevas amiguitas y siempre algo despeinado, más feliz de lo
normal. Que bien te ha asentado el hecho de estar solo, de creerte el centro de
atención. Que bien te queda el papel del chico coqueto, bien arregladito, con
tu chupete en la boca, con tu sonrisa de galán de barrio. Es que siempre fuiste
así, bohemio. Siempre queriendo ser diferente, siempre creyendo tener la razón.
Desde que escogiste tu nueva vida no has descansado, me sorprende tanta lealtad
a esa discoteca de moda que concurres con fe religiosa. Te quejas de que no
tienes plata pero siempre te permites un par de cervecitas los fines de semana.
Y es que no son sólo los fines de semana, también un lunes o miércoles
cualquiera, estás en todas. Eres el chico de moda que siempre creíste ser sólo
que ahora te lo crees un poco más. Tu soledad amada no te inspira a escribir,
no veo que publiques seguido. Supongo que habrás devorado los libros que a mi
lado no podías leer y sobre todo, presumo que habrás encontrado todo eso que
perdiste en el camino y no te dejaba ser tú mismo. Te fuiste de la noche a la
mañana y así de rápido te reinventaste. A veces siento que todo lo que me
dijiste fue una mentira, una farsa para quedar bien, para no dejar que tu
popularidad baje. A veces creo que no fuiste sincero conmigo y simplemente
esperaste el momento justo para cambiar de aires, para acabar con tu papel de
niño bueno. Y es que eres así, un sobón coqueto que siempre quiere quedar bien,
que habla de lo correcto pero hace lo contrario, que nunca se equivoca. Yo bien
si te interesa, me reencontré con mi amigas, a las que no veía hace tiempo. Todo
encajó a la perfección; decidiste partir y ellas decidieron estar ahí, en el momento
indicado. ¡Bajé de peso! ¿Lo puedes creer? Ahora tengo cintura otra vez y mi
ropita ya me entra. Salgo, bailo, tomo y me divierto como hace mucho no lo
hacía, con gente que no veía, lejos de todo aquello que me contaminaba. No te
voy a mentir, a mí también me va bien. También tengo que aceptar, que
confesarte esto es darte un poquito la razón, la soltería nos ha asentado bien
a los dos. Espero que te dure, que aproveches tu juventud, que aguantes todo el
tiempo que puedas y que te diviertas con tu personaje favorito: “El chico
popular”. Espero que dentro de un tiempo nos encontremos y podamos conversar
sobre todo esto, sacar conclusiones sin mezquindad y llegar a conclusiones
sinceras. Espero que todo te vaya bien, porque sabes bien que no te odio, que
dentro de todo te guardo un cariño especial. Ten cuidado con el alcohol, no
tomes mucho. Come por favor, estás flaquito otra vez. Precaución con las
mujerzuelas con las que andas, no te vayas a enamorar y termines decepcionado,
porque todo da vueltas. Mejor no te enamores, no te enamores nunca. Si
encuentras el amor, no juegues con él. Llámame de vez en cuando, sé que seremos
buenos amigos. Por si acaso mi mamá no te odia, sólo te pide que no vuelvas por
acá. Saludos a tu mami, cuéntale que estás loco y que morirás en soledad. Arregla
los temas del carro y lo de la universidad. Por último, si ya cerraste tu
libro, guárdalo en esa biblioteca sentimental que tienes en tu frio corazón,
para que cuando tu otro yo, ese que se perdió, quiera reencontrarse, tenga la bitácora
de tu viaje a la soledad. ¡Éxitos!
jueves, 27 de marzo de 2014
En tiempos del amor
Espera nervioso en su puerta,
impaciente, exacerbado. Sale cogiéndola de la mano, apretándose de cuando en
vez un poco más fuerte, los dedos entrelazados, sudando de emoción. Un beso en la
calle, en cualquier esquina, tomándola de la cara, mirándole a los ojos, con el
tiempo paralizado y sólo ellos, nadie más alrededor a pesar del caos. Compartir
los dos de un helado, con dos sorbetes. Escribir sus nombres o iniciales en un árbol, en la mesa
de un bar, en una pared cualquiera, impregnar lo suyo por todos lados.
Abrazarla por detrás, trastabillando con cada paso, sus brazos en su cintura,
las mejillas junta. Dedicarle mil canciones, cantárselas como si hubieran sido
escritas por uno mismo. Mirar el reloj, morir de pena al ver que se acaba el
tiempo. Sentir que es la chica más linda del mundo, que todos la miran, ser el
elegido. Llevarla a su casa, caminado despacito, queriendo que los metros sean
kilómetros y que esa puerta no se abra nunca, que ese momento sea eterno. La
despedida dolorosa, parece el fin del mundo. Una última mirada, las manos que no
se sueltan, los dedos que se estiran prolongando el despojo uno del otro. El
beso final, la respiración agitada, una despedida trágica, dolorosa. Las pulsaciones
a mil con cada paso que te aleja de ella, la cabeza gacha, la felicidad del día
termina en una melancolía dulce. Sentado en el taxi, mirando la ventana, todo
le recuerda a ella. El celular con mensajes de amor, con promesas de una vida junta,
de un idilio eterno, de querer dormir a su lado para siempre. Entrar a su
cuarto, sin ella a su lado pero latiendo fuerte en su corazón y rondando su
cabeza. Pone música en la computadora y es la misma que le dedicó, todas hablan
de ella. Las canta nuevamente, el lapicero de micrófono, parece que la mirara a
los ojos. Escribe su carta como si le hablara, como si ella escuchara cada
palabra suya y Neruda es un principiante. Le pone frases de las canciones que
escucha y recopila el día transcurrido, el mejor día del mundo hasta mañana que
la volverá a ver. Le hecha un poco de perfume que corre de manera sutil la
tinta del lapicero. La carta perfumada lista en un sobre que contiene el
secreto más grande del mundo: Yo te amo. Las luces apagadas, abrazando la
almohada deja de soñar despierto para empezar a soñar dormido. Revisa por
última vez su celular, no hay mensajes. Azuza por última vez la foto guardada
en el móvil, su sonrisa lo conmueve. Quiere decirle que la ama más que nunca
pero es tarde, ella duerme. Abre los ojos y piensa en ella, sabe que la verá
por la tarde y se emociona, tiene una carta para ella. Revisa su celular y ya
tiene un mensaje. Le responde que también la ama, que muere por que llegue el
momento para volver a verla. Sonríe como imbécil: tomando desayuno, bañándose
mientras cantas las canciones dedicadas, mientras se lava los dientes, mientras
piensa incansable en su sonrisa. Sale a cumplir sus obligaciones, todo le
parece perfecto, nada podría arruinarlo. Las horas pasan lentas pero pasan,
cada minuto transcurrido es un paso que se acerca a ella. Falta mucho para su aniversario
pero a él se le ocurren mil sorpresas. Llegó el momento, se alista lo necesario
y sale acompañado de la sonrisa de estúpido que está dibujada en su cara. La
divisa a unos metros acompañada por un amigo. Ella también está impaciente y
casi ni mira a su acompañante mientras le habla, parece un faro tratando de dar
luz al amor de su vida para que la encuentre pronto. El camina despacito, pero
queriendo correr a ella. Piensa en que aquel amigo seguro quiere algo con ella,
lo comprende, es preciosa. Se abrazan con un beso de película que parece eterno
pero dura unos segundos. La emoción es evidente. El amigo se despide algo
incómodo. Él le dice que casi muere. Ella que no quiere dejar de verlo nunca
más. Se toman de la mano, parece que las hubieran fundido. El la abraza con
fuerza, como queriendo decirle que nunca más se vaya. Ella siente su perfume,
el mismo que le ha echado a su peluche para no extrañarlo tanto por las noches.
Otra vez en la puerta de su casa, otra despedida desgarradora. Las miradas, las
risas sin hablar, los besos apasionados. El la suelta de la mano, el mismo ritual
de todas las noches, le entrega la carta. Ella emocionada apresura la despedida
y sube a su cuarto corriendo, cierra la puerta y sentada en su cama desnuda la
carta. Siente su aroma al despojarla del sobre que la cubre. Su corazón no aguanta
más. Lo primero que lee es el título, dice: En tiempos del amor…
martes, 4 de marzo de 2014
Se llama Soledad
Calculé mi muerte para este año,
lo calculé hace diez o doce años atrás. No sé cuándo decidí que sea en mayo,
tampoco porqué; me parece un mes encantador. Me gustaría que se después del veintidós,
cumpleaños de mamá. También pensé en llegar con más ganas de vivir, y no es que
me falten, pasa que en verdad no tengo idea del siguiente paso que daré y a
dónde me llevará. También hace unos diez o quince años le perdí algo de miedo a
la muerte, entendí que es un acto democrático, que a todos nos llega sin hacer
ningún tipo de excepción o remilgos y que a pesar de tener el concepto de algo
nefasto, despierta algún tipo de curiosidad (si eres optimista puedes
denominarlo como esperanza) de oportunidad misteriosa. Le perdí miedo a la muerte
y hasta he pensado mil maneras de organizar mi funeral: los colores (blanco,
todo blanco), la música (siempre Fito Páez), las maneras (sin protocolo alguno)
y un final con cremación incluida. Lamentablemente, como dije antes, la muerte
es igual para todos y no creo que se me permita estar en mi velorio ultimando
detalles y animando mi despedida. Lo cierto es que en vida he descubierto un
temor que podría bien ser una futura fobia y que a veces también coquetea con
la necesidad, con la adicción (ninguna adicción es buena). Y es algo así como estar enamorado, planeas
toda tu vida junto a ella, pero piensas en huir todos los días. Desde pequeño
he sido un prófugo. No sé en qué momento decidí serlo, en qué momento me
convencí de que la libertad es no aferrarse a nada ni a nadie. ¿En qué instante
de sabiduría o necedad me aboqué a pensar que nada es indispensable? Entonces,
en mi subconsciente trastornado decidí cerrar etapas, terminar libros, cambiar
de rumbo. Soy un mochilero sin apuros que le encanta dormir una noche aquí y
otra allá, sin complicaciones. Creo que es la única herencia que me dejó papá,
ser inconstante, volátil, un loco del carajo; egoísta y caprichoso. Entonces a lo
largo de estos veintisiete años que llevo a cuestas (edad fijada para abandonar
este campo material), he dejado regados tantos buenos momentos que hoy recuerdo
con melancolía y tanta gente de la cual quizá ni me despedí, he abandonado tantas
buenas historias probablemente a la mitad del libro (y he aquí lo que me
preocupa), he lastimado sin pensar a tantas buenas personas sin saber y sin la
oportunidad de pedir disculpas que me asusto de mí mismo. Si yo tuviera que
venderme, no me recomendaría. Soy un saqueador de buenos momentos, que
confundido cree que está robando sonrisas. También entiendo que hay gente que
maneja bien este teorema y me utiliza de forma espectacular hasta que se aburre
y ya, se desvanece. (No los culpo ni los juzgo) Mi madre todavía vive enamorada
del hijo bueno que la escuchaba y la hacía reír, es la única que no perderá la
fe en mí. Aún se acercan con la intensión de compartir conmigo cosas de las que
ya me aburrí, me cansé; y no por malo, es porque soy un ser humano y de vez en
cuando también quiero que me escuchen (desahogo). Todavía me buscan por
virtudes extraviadas, virtudes que también estoy buscando. Necesito ver gente
para aburrirme y huir de ella, soy así. Este boleto me llevará tarde o temprano
a una cama vieja, en un cuarto pequeño, bien modesto. Me hará uno de eso
viejitos que tiene mil historias para contar pero sin público. Me hará reír y
llorar en silencio perdido en algún recuerdo borroso. Pensar tanto en mis
errores y avizorar un futuro tan macabro me adormece y me encanta, soy un
drogadicto autodestructivo que consume sus miserias y se siente bien. Me
encerraré en mi habitación, haré un fortín. Saldré a buscar gente para
distraerme un rato, aburrirme de ella y regresar cansado, harto de todo.
Esperaré mayo con fe, como se espera el amanecer después de la tormenta. (Lo
bueno de morir ahora sería no pagar mis deudas, pensar en eso me relaja) Ayer
muy por la noche, en un conflicto
interesante entre mi angelito de la guarda y mis demonios rocanroleros, escribí.
Escribir es un buen síntoma, quiere decir que estoy desahogando, que me estoy
purgando. ¿Cómo se llama todo esto? Se llama Soledad:
Y hay noches de Soledad,
de mi triste y añorada Soledad
en que soy feliz.
Y hay también,
noches de felicidad
de dulce y añorada felicidad
en que estoy solo
donde estoy lejos.
Hay noches de sueños largos
de vidas cortas
y mis ojos rojos.
Hay vacíos que llenan el alma
que mienten despacio
que te vuelven loco.
Y hay recuerdos tuyos
tan distantes
como yo contigo,
como yo sin ti.
Y es esta pena que me encanta,
que me hace regresar…
Tristeza dulce,
Soledad añorada.
Distante…
Como yo contigo,
Como
yo sin ti.
miércoles, 26 de febrero de 2014
Hasta mañana
Hace tiempo no me querían tanto, hace tiempo no me sentía tan
querido. Es mejor aprender en el camino, en la práctica. Tú la mejor maestra. Puedes
devolverle la fe a cualquier ateo proclamado, la epifanía de tu sonrisa lo
puede absolutamente todo. Tu paciencia divina para conmigo, tus maneras amables
y comprensivas, tu dulzura hasta cuando me llamas la atención, hizo que yo te
amará tantas veces y de tantas formas que no salía del asombro, como un orgasmo
múltiple por primera vez. La percepción
de chica linda te la ganaste hace seis años atrás aproximadamente, cuando muy
gordita tú, llegaste a esa oficina mágica de donde rescato a varia gente buena.
Poseedora de una fuerza de voluntad única, que hace que comiences una dieta
todos los lunes o tu proyecto de vida que siempre tomará forma dentro de dos
años. Siempre alegre, siempre buena, siempre tú. Fuimos buenos amigos aunque salimos poco a
pesar de tus innumerables promesas de avisarnos más ratito. Luego de tanto
tiempo y camino recorrido soy yo el que
te promete cosas, el que no las cumple. Quien nos haya visto de la mano de
repente, ha de haber entrado en una confusión tan compleja, que todavía debe de
estar perdido en el laberinto de la razón. Pues claro, tú la chica del eterno
enamorado y yo el eterno enamorado sin chica. Pues ambos ahora caminaban de la
mano felices aunque sin saber a dónde iban. Yo iba tu casa, veía a tu Mamu (como
la llamas de manera genial) y me alimentaban como el huerfanito engreído que
era. Tu abue, tu familia entera y la pequeña Lela, de la cual también me
enamoré estando enamorado de ti. En verdad encontré la familia que nunca tuve
gracias a ti, porque compartiste conmigo la razón por la cual eres tan linda,
por la que practicas tan buenas costumbres; compartiste conmigo lo que más
quieres, tu familia. Entonces entendí que no sólo eras una buena amiga, una
buena enamorada, también auguraba en tu destino el premio a la mejor mamá.
Tienes tanto amor contenido dentro de ti, que en la primera visita que hagas a
Venezuela, arreglas todo. Pero a veces uno no sabe qué pasa, busca respuestas a
preguntas que nadie hace y como me ha pasado en otras oportunidades, por el
temor de arruinar todo, por esa sensación de estorbar en vez de ser requerido,
por esa insana manera de pensar que me llevará a dormir debajo del puente de la
soledad, hui. Y ahora en mi cabeza, a pocos días de aquel funeral insulso,
cargo en mi memoria una foto tuya como un soldado que va a la guerra. No sé a
qué guerra voy, yo que siempre he sido tan pacífico y maricón, pero sé cuál es
el destino de los que asoman a los campos de batalla. No pienso en nadie que no
seas tú, y no hay nadie que ocupe el lugar que te pertenece por motivos
supremos. Pero debo admitir que es delicioso extrañarte como te extraño y
sentir esta pena pasajera que me hace sentir vivo de manera diferente y me
recuerda que tan miserable soy y no maquilla mis defectos detrás de tu sonrisa
mágica y resplandeciente. Todo está intacto, tu foto al lado de mi cama, tu
nombre en mi celular, lo que siento por ti y es más, las cosas que planeamos.
El tiempo se encargará de hacerme entender que soy un canalla egoísta y que por
temas de preservar los sentimientos nobles y las buenas costumbres, es necesario
aislarme. Yo siempre tan racional con lo demás, tratando de adelantarme a lo
que piensan y poniéndome en su lugar a modo de empatía para entenderlos y no
juzgarlos. Qué pena que me cueste tanto conmigo, que no sea empático conmigo
mismo y por ende, no pueda ayudarme. He aprendido a querer el perfume que lleva
el dolor (como dice Fito), y no puedo compartir ese aroma con la gente que
quiero porque no disfruto con el sadismo ajeno. En verdad confieso que no me
sentía tan querido hace mucho tiempo, muchos años, tan querido en cantidad y
calidad. Una catarata de cariño el tuyo, con el amor más cristalino que he conocido
en esta ciudad (y es que de la ciudad de la que vengo, tengo como referencia a
mi Sra. Madre) Ahora puedes dar fe de que este loco alegre está loco de verdad
y de que su alegría llevaba tu nombre. Jamás podré alejarme del todo de las
personas como tú, de ti. Y para mala suerte tuya esta no es una carta de despedida,
es simplemente el descargo ilógico y sin sentido de un hombre que en medio de
la fiesta, en la hora loca, se paró, miró a los invitados y sin más ni más
dijo: hasta mañana.
martes, 4 de febrero de 2014
Hermanito menor
Siempre tomas poco, te emocionas
igual y te embriagas mucho. Me visitabas junto a un colega nuestro en el arte
de libar, me visitabas en aquel cuarto que a veces hacía de cantina encantadora
un sábado por la tarde cuando no había nada mejor que conversar. La computadora
vieja comprada de segunda mano, con más virus que archivos facilitaba canciones
guardadas, canciones que coreábamos e inmediatamente venía un recuerdo que
llevaba a otra canción aún más melancólica (sin ser esta una balada).
Comprábamos una damajuana de vino barato que no sabía pronunciar y lo
mezclábamos con una gaseosa local para dosificar el mal sabor. Litros de
sangría asesina que más que un veneno para la salud era un remedio para
nuestras almas cansadas con tan poco trajín. Tú casi siempre complicándote la
vida por una loca que al principio era guapa y terminaba como la más puta. La
sonrisa extraviada te delataba y sabía que las copas habían trepado tus casi
dos metros. Aquella guarida donde sólo entraba mi cama y algunas otras
chucherías era un campo de batalla de techo chato. Un baño generoso que nos
invitaba a desintoxicarnos un poco. Baño donde te encerraste a llorar alguna
vez alguna de tus desaventuras. Aquella noche te arrojé por la pequeña ventana
de las gradas todos mis calzados con muy mala puntería. Tuve que hacer alarde
de una delgadez extraviada como aquellas tardes para sacarte no sé cómo.
Contigo probé mi primer porrito, también el segundo y el tercero; donde recién
conocí otros planetas y giré y giré en una rueda mágica que no supe parar por
lo que reparé en no subir más. Aquella noche en que vestía un terno viejo,
visitamos un parque desolado con un par de cómplices bienintencionados y me
velaron en el jardín. Mis penas nunca fueron más grandes que las tuyas, y las
pocas veces en que entristecí a tal punto de tener que compartirlo, me reponías
porque te acordabas de alguna de las tuyas y tu llanto siempre fue más
desmedido que el mío y pasaba de la pena al consuelo ajeno. Precisamente
afianzamos lazos en uno de tus cumpleaños, donde me presentante personas raras
que hoy por hoy también son mis amigos. Tomaste mucho, y saliste en pijama a
morder tu torta y despedir a los invitados. Fanático de mis “jugos churreteros”
como cariñosamente bautizaste. Viajes anecdóticos a la playa, Bolivia y a una
laguna cercana, donde nuestra nacionalidad desvariaba y generalmente pasábamos
a ser argentinos (porque el dejo cubano no me sale bien) y la gente nos creía. Anécdota como aquella vez en la farmacia del
Colca, donde pedías pastillas para tu dolor de cabeza por la altura y yo
irrumpiendo cariñoso, tomándote de la mano por sorpresa y pidiendo condones. Te
querías morir y todos nos reíamos. Fui culpable de algunas de tus relaciones
amorosas, todas infructuosas y terminadas en escándalo, por lo menos para ti.
He decidido no involucrarme en ese tema debido a los daños ocasionados y con la
plena seguridad de que solito haces un trabajo terrible y no necesitas de mi
apoyo. Las caminatas por los mall para que te compres ropa, donde sólo te
acompañaba y salía con dos bolsas de ropa que escogiste para ti pero te quedó
chica y la compré yo. La poca ropa que te comprabas la llevabas a tu casa
diciendo que era ropa que no me quedaba a mí y cogías como regalo, sabiendo que
me triplicas en tamaño y peso. El concierto de Arjona al que no querías ir y
terminaste llorando en el piso. Las tareas que te dejaba cuando ingresaste al
trabajo y te tonteaba en todo una y otra vez para beneplácito de mi sentido del
humor. Tus palabras de despedida por mi ascenso y el momento más gay de mi
vida. La cena romántica que me ayudaste a organizar y tu personaje afrancesado
y divertido. La escolta en pijama a un duende en navidad. Los malos momentos
ocasionados por cosas que tienen que pasar aunque a veces no queramos. Las
mudanzas en que me ayudaste. Los consejos que me diste como experto y asiduo
visitante de los baños de los mall. Tus primeros días manejando que todavía no
son mejores que los actuales. Las miles de fotos que tomas donde todos salen bien
(porque tienes el don) pero igual borras porque crees que tú no (¡marica!)
Aunque últimamente el tiempo transcurrido nos ha moldeado a su antojo y las
cosas no son iguales, a pesar de tus quejas interminables y tu “modo nena”.
Entrando en detalles como que vivo con el enemigo o que mi alpinchismo te es
insoportable. Entenderás cuando leas esto (si es que te enteras animal) que no
eres una aventura (ja). - “A las personas buenas le suceden cosas buenas” – y
es por eso que a pesar de cualquier vicisitud o etapa en la que andemos, a
pesar de que cumplas los años que cumplas y sean estos más que los míos,
siempre terminarás siendo ese hermanito menor al que tengo el deber y orgullo
de cuidar. Sabes que siempre contarás
conmigo, no como primo (por obvias razones) sino como tu hermano mayor. Feliz
Cumple pequeño JC.
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