miércoles, 17 de octubre de 2012

Los fantasmas en tu cabeza

Es obvio. Has recorrido durante buen tiempo bajo la sombra de una costumbre deliciosa. Has oxidado esa fibra sentimental que ahora te duele ejercitar como otros músculos luego de visitar el gimnasio después de buen tiempo. Piensas mucho, como hace buen rato no pensabas, y lo peor de todo, es que piensas hasta por gusto. Nunca imaginaste visitar esos labios, en cerrar los ojos para regalar algo más que un beso. Qué complicada parece la situación cuando no estás a su lado, porque cuando sientes su presencia todo parece más fácil. Es evidente que nadie planea las cosas, porque de haberlo sabido probablemente no hubieran sido amigos casi cuatro años; te hubieras dedicado a departir esos besos deliciosos que todavía provocan sorpresa cuando abres los ojos. Yo sé que es complicado. Romper la rutina te sumerge en miedos de los cuales antes no tenías que ocuparte y ahora con un gusto extraño, tienes que combatir. Quisieras saber qué pasa por su cabeza, cuales son las dudas que atormentan ese corazón entreverado que algún día conoció el amor y que ahora sufre los traumas de ese encuentro. Comparar no es malo si no lo haces con frecuencia ni con maldad. A veces no quisieras más recuerdos que aquellos ocurridos hace días atrás, pero lamentablemente las secuelas de esos malos momentos te obligan a retroceder inconscientemente en el pasado, transitando pasadizos oscuros que te llevan a puertas que tal vez no estaban cerradas. Todos en algún momento hemos fracasado en el intento de complementar a alguien. Tú lo sabes, eres un claro ejemplo de eso, por eso tantos miedos, tantos fantasmas acumulados en tu mente haciendo cola para pronunciarse y asustarte cuando te encuentren bajo distracción. No te culpo, es normal que tengas el temor de dar un paso luego de tantos días de quietud. Sabes mejor que nadie que lo que sientes es maravilloso, que pensaste no volver a sentirlo con esa pureza de tus quince años, donde todo parecía más fácil. Sabes que te emociona la idea de que este proyecto sentimental funcione, porque aquellos intrusos que han sido testigos de alguna mirada fugaz y comprometedora han tenido la certeza de apostar por una victoria. La gente es optimista con lo suyo. En poco tiempo te has involucrado más de lo que pensaste y aparentemente no te arrepientes, de hecho quisieras que no hubiera tantas barreras, tantas excusas para separase con cierto alivio  y con una seguridad de que estás haciendo lo correcto al llevar las cosas con calma y tener la sensación de que no diste aquel beso que se quedó en el bolsillo de tu pantalón. La situación no ayuda. Sabes que no es correcto pasearse de la mano luego de una historia reciente, y que por eso tratas de compensar esa ausencia en los momentos que les compete solo a los dos. Te pones en el lugar del otro y te sientes tan culpable de no poder ayudar y tan sentimental cuando sientes que se acerca que escapa todo de tus manos, de lo planeado. Parecen enamorados pero no son. La gente cree que sí, pero no. Los allegados auguran lo mejor y tienen una seguridad de que será así que a veces tú no la tienes. Sabes que hay cariño, se siente. Pero también hay impaciencia, nervios, miedos, perturbaciones propias de lo nuevo, de lo que no se conoce, de lo que escapa un poco a lo planeado. Te gustaría afirmar que aquella mitad que te mira de frente a los ojos, es la mitad que estás buscando. El tiempo se encargará de poner todo en su lugar. Si bien te has preocupado por hacer bien las cosas, no debes descuidarte; sería lamentable que todo acabe tal como comenzó. Tenía que escribirte, tenía que hacerte saber que el presente es hoy y si acumulas muchas cosas para mañana puede ser que las olvides o que simplemente ya no te sirvan más. Tenía que animarte a que lo hagas, sabes que vale la pena. Tenía que visitarte con los fantasmas del pasado, aquellos que te hacen recordar que la suerte no es para todos y que tú has tenido el privilegio de una oportunidad más. Ella vale la pena, lo sé. Leonardo, si sabes que todo lo bueno cuesta, esto debe ser genial. Esta carta te la escribo porque a veces es necesario salir del papel protagónico y mirar las cosas desde fuera. Siempre estuve loco, pero ella es quietud, calma; siempre con la dosis exacta. Que tenga lo que tenga que pasar, tú (Leonardo) haz tu parte. Suerte. Te quiere mucho, tu subconsciente.

martes, 2 de octubre de 2012

No todas son tristes

Tengo veintiséis años y nunca he ido a una despedida de solteros. La verdad de la situación nunca me llamó la atención, no es de mi deleite ese tipo de espectáculo puesto que jamás he visitado alguna casa donde las señoritas estén dispuestas a bailar desnudas y luego con un descuento cariñoso, proponerte visitar otro lugar. En verdad nunca lo he hecho, o  por lo menos nunca con chicas que cobren. Esta vez me invitaron y también me sometieron al pago de una cuota que comprenda la visita de cuatro chicas (que al final fueron tres) y a la ración necesaria de comida y alcohol. Pagué sin saber cuánto cuesta ni lo que comprende. Pagué porque no quiero quedar como la niña que no quiere ver cosa de machos. Pagué porque pretendía estar presente en la tertulia de un amigo pronto a la desgracia y porque la curiosidad me mataba. Al final pagué y punto. Decidí ir en carro, manejé presuroso. La hora pactada había vencido y entendí que también había caducado mi oportunidad de ver a desinhibidas señoritas danzando al ritmo de corazones ajenos. Llegué pero ellas todavía no. No éramos muchos, pero éramos los justos. Empezaron a pasar cerveza para aligerar las cosas y entrar en sintonía con el momento. Aquellos señores de cabellos canos y de experiencia basta tomaban pisco. Se anunció la entrada de las señoritas más de una vez y nos quedamos con las ansias de una falsa alarma. Mientras tanto se desenvolvía una simpática charla en medio de la bebida. Llegaban algunos invitados más y se veía en su cara la felicidad de saberse todavía oportunos para el evento principal. De pronto entraron raudas con antifaces que cubrían no sólo sus identidades sino también su belleza. Eran tres (no cuatro como prometieron), y pasaron en jean como quien entra  a una discoteca abarrotada. Raudo el novio cambió su camisa por un polo desmejorado para que lo rompan con confianza: - Estás mañosas les dices que no y peor, son unas mierdas - comentó mientras cambiaba de prenda para que no se la rasguen. Un buen amigo me daba indicaciones al enterarse con asombro que no había asistido nunca a una despedida de solteros y tampoco a una casa de puterío. – Si te bailan deja que se te acerquen, luego agarra carne con discreción. No toque mucho que se enojan y se quitan – me dijo canchero él mientras se acomodaba en una silla al lado mío. No pasó mucho desde ese comentario para que saliera la primera de las damas y muy autoritaria pidiera una canción de su Cd. Se molestaba un poco al demorar la pieza que había escogido. Una vez empezada la canción empezó el baile titubeando con respecto al paso a emplear. No demoró mucho en tomar confianza y tomó como a su presa al novio que espera sentando y ansioso ser devorado por el baile de aquella mujer. Empezó por la parte superior y lo despojó de aquel polo con final infeliz. Continuó con el pantalón, siempre con algo de problemas. El novio se aferraba a aquel bóxer negro que lo separaba de la desnudez como una madre a su hijo. Ella se acercó y le comentó algo, al parecer le pidió que se relaje y que colabore con el espectáculo. Él soltó su prenda interior convencido por la propuesta de aquella dama, quien no dudo en traicionar a su presa bajando hasta los tobillo aquella prenda que cubría sus genitales. Todos rieron por la traición. Algo empezó a vibrar en mi entrepierna, averigüé y era mi celular. Antes del ingreso de aquella niña mala advirtieron que estaba terminantemente prohibido el uso de aquel aparato para uso de grabado. Temeroso por malograr la fiesta y que se marcharan las chicas salí a contestar. La señorita que me gusta llamaba en el preciso momento en que la chica que no me gusta bailaba ya desnuda en su totalidad. Tengo que admitir que ese tipo de espectáculos no son de mi agrado, no me provoca ningún tipo de satisfacción ver a aquella chica guapa grabando una mala película triple equis. Por esas cosas que pasan la llamada se perdió y regresé al lugar de los hechos para ver como recreaban una escena porno. Ella desnuda moviéndose sugerentemente y él por detrás sacudiéndose al ritmo de aquella señorita epiléptica. Cual película porno, todo falso y montado para la excitación del público. La chica era guapa y de edad pronta, calculo veintidós años. Se levantó mostrando su desnudez, tomó las pequeñas prendas de las que se despojó y se encerró en el baño para cambiarse. Salió rauda y con el antifaz protector se despidió por obligación con un frio “chau chicos” y partió con el dinero en su bolsillo. La segunda nena salió con aires de dictadora  y tomó al novio como un perro dominado por su amo. La llamada volvió a visitar mi celular y nuevamente me ausenté de la tertulia sin que el segundo acto haya comenzado. Era ella nuevamente, la señorita que extraño cuando estoy solo y a la que le escribo cartas como a los quince años. Su voz reposaba en tristeza, sabía que algo le había sucedido. Mientras tanto observaba como los zapatos del novio golpeaban la pared del patio en que me hallaba y posterior al sonido del golpe, observé la casaca de aquel otro amigo que me instruía en el arte de la vida putanesca y que se sentaba al lado mío volando por los aires, encontrando final en el techo del vecino. Aquella nena de cabellos castaños y de pechos blancos había sometido el lugar donde nadie se percataba de mi ausencia y si alguien lo hizo sospechó de mi hombría al encontrarme a fuera conversando por teléfono. Le pregunté si estaba bien y me contestó que lo había hecho, había dado fin a esa relación de doce años. Había cerrado una puerta infinita para él y había abierto una luz de esperanza para mí. La chica malcriada terminó su baile, repartió unas tarjetas que decían “chocolatería” con sus números y salió igual de rauda que la otra, casi sin despedirse. La tercera nunca apareció, nos quedamos con la duda si en verdad eran tres. Yo, pendiente del teléfono escuchaba a la única chica que me provoca ver. Aún triste, comentaba su valiente acto asegurando que era lo mejor. Sin saber como tranquilizarla la acompañé casi en silencio, era necesario que ella con sus lágrimas limpiara sola sus heridas. A pesar de aquella noticia alentadora para mis propósitos, no me sentí feliz. Entendí que decir adiós es difícil pero a veces necesario, y que no todas las despedidas son tristes.

jueves, 27 de septiembre de 2012

El amor de los amantes

Después de aquella tarde que la encontró por casualidad paseando con su enamorado nunca más la dejó de ver. Se encontraron por primera vez en la casa de un amigo y se encerraron en la cocina para conocerse un poco mejor. Se encontraban a escondidas por la noche en la penumbra del deseo. Pasaron años viéndose de vez en cuando, en ciudades diferentes, en épocas no planeadas. Antes de que terminara con su enamorado se ponían a conversar desnudos de él. Ella le contaba que lo quería mucho, pero que sentía que no era la persona que buscaba a pesar de cierta resignación a que la vida los uniera para siempre. Sonreía cuando rememoraba la vez en que le llevó rosas, en que lloró pidiendo disculpas; se enojó hasta ponerse roja de la ira cuando le gritó que era una puta y le levantó la mano. Y es que un amante no sólo sabe entregarse en las artes de la piel, sino que también tiene vocación de amigo. Se encontraron pocas veces para tantos años. Se entregaron muchas veces para pocas visitas. Se contaron cosas. Compartieron un juego prohibido que partió del deseo y terminó en confianza. No necesariamente cada vez que se encontraban en un hotel se envolvían en sudor; siempre amenizaban la situación con algún traguito que desinhibía la cháchara y convocaba a los duendes del placer. En esa espera, se ponían al tanto de lo sucedido de todos aquellos meses en que no se vieron. A veces se ponía tan entretenida la conversación que se olvidaban de lo demás y simplemente esperaban una hora prudente para despedirse. Él nunca pensó en estar con ella, le tenía una pizca de miedo. No sé si ella lo miró con otros ojos, pero supo engreírlo. Así como empezó todo, terminó; de la absoluta nada. No volvieron a coincidir nunca más en el cuarto de ningún hotel, nunca más. Ella entendió que habían mejores amantes. Él se enteró que se convirtió en mamá.




Cuando él la conoció no le llamó la atención. Tuvieron que sentarse próximos en el trabajo para conocerse mejor. Ella le contaba de su enamorado, que era un chico bueno y que pronto se casarían. A él le bastó escucharla una tarde para darse cuenta de que mentía y que no era tan feliz como predicaba. Cuando hablan mucho no hay que creerles todo. Ella se desvivía por algo que evidentemente era falso. No se coquetearon mucho, no hubo saliditas comprometedoras que avisaran un romance impetuoso. De pronto en una reunión en casa se besaron, se tocaron, se rozaron sin mesura. La chica buena, de las buenas acciones ahora se entregaba como la mujer que siempre fue. Pasaron muchas lunas entre besos y abrazos para que se convencieran de que eran amantes y de que debían hacer honra a su condición. Él se encariñó mucho con ella. Ella lo veía como un chico travieso que sólo se prestaba para la travesura, nada más. Fueron arriesgados en encontrarse en sitios donde no era necesario hacer gala de su locura. Tuvieron durante un par de meses la fiebre del placer y se volvieron locos; claro, todo esto sin que su enamorado se entere de nada. Ella se quejaba mucho de él, que era un hombre no tan caballeroso y que incluso se había sobrepasado de tosco con ella. No hubo conversaciones que no terminaran en sudor. Él la llegó a querer mucho, y cuando ella se animó a corresponder, él ya no estaba. Ella sigue con su enamorado de toda la vida, tienen los mismos problemas pero más experiencia para sobrellevarlos. Él no quiere molestarla, sabe  respetar la situación a pesar de todo; sólo espera que suene su teléfono y que ella enojadísima le diga que su enamorado es un animal.







Es su amiga, siempre lo fue. Jamás se imaginaría que entre él y ella podría pasar algo, pero pasó. Ella tiene un enamorado que la ha acompañado para bien o para mal casi diez años. No se imagina con otra persona que no sea él; ha vivido todo lo que se puede vivir en una relación y también ha probado de lo malo. Él siempre creyó que era una chica encantadora, de esas con las que se puede llegar a estar. Sólo pasó, no saben cómo ni porqué. Ella a pesar de las mil razones que tiene para abandonar al chico con el que está no se atreve ni se atreverá. Él espera que se llene de valor y que se anime a encontrar algo que en verdad merezca, mientras tanto le escribe cartas como un enamorado prófugo, cosa que nunca hizo. Todo en lo que piensa él está relacionado con ella y siente pena de las cosas que no le corresponden. Nunca le pasó algo así. Ya no podrá ser el mismo amigo que siempre fue, no le interesa ser su amante. Él no desea que se vaya como vino, y que su historia termine en adiós. Aparentemente todo es posible, menos ella.



jueves, 20 de septiembre de 2012

Contra

“Destruiré tus hechicerías y no tendrás más adivinos” (Miqueas 5:11)

Hay demonios en mi corazón que han sabido adaptarse. Hay demonios en mi cabeza que a veces me hablan y me hacen compañía. Hay demonios fuera de mi terreno que intentan con su mala vibra desbaratar lo poco de bueno que me queda. He vivido de mi buena suerte toda mi vida, y he sido feliz así. Las cosas que a uno supuestamente lo hacen feliz me han ido visitando de a pocos y me han enseñado a fuego lento lecciones que me han hecho un tipo menos desdichado. He aprovechado las oportunidades que se me han presentado quizá y sin merecerlas. No soy un tipo ganador, soy un tipo con suerte y nada más. Lamentablemente la suerte no se compra ni se merece, por eso a algunos desventurados que no tienen la posibilidad de luchar por lo que quieren o simplemente no tienen la suerte que se necesita para obtener lo que desean se limitan a intentar que todos estén en su condición de miserables. He cambiado mucho, esto de ser adulto ha perjudicado al hombre bonachón que sabía ser y le han dado a mis años un toque de pesadez y mal humor. No soy el niño que veía al mundo como un patio grande donde conseguirás amigos para jugar, sino que prefiero encerrarme en mis territorios y sigiloso esperar la visita de algún enemigo anónimo que intente agredir. Yo no intento agredir a nadie, lo más probable es que salga perdiendo. Lo único que intento hacer es no joder para que ningún impertinente me joda a mí. Siempre he sido un hombre sano, nunca he visitado hospitales con frecuencia ni asistido a terceros para que me inyecten optimismo o algún líquido espeso y sospechoso. Siempre he sido un tipo alegre, no he necesitado de ningún elemento que alegre mis días. Siempre he sido un tipo hábil, esto simplemente porque aprendí a valorar las cosas que me hacen sentir mejor. Agradezco infinitamente el hecho de ser rodeado con gente buena que alimenta mis ganas de hacer bien las cosas dentro de mis posibilidades y me toman de la mano para no caer en ese pozo oscuro y profundo que a veces me pongo a soslayar. Si bien ya no soy el tipo cándido de hace un par de años atrás, todavía intento ser una buena persona. He venido a menos con el paso de los años, y ahora me asalta el temor de terminar en ruinas. Tengo unos mareos sospechosos que los doctores no han sabido resolver porque no los he consultado. Un desgano tal que me da flojera desganarme. Siento que esa habilidad para resolver las cosas se ha perdido y me he vuelto un tipo mediocre y ausente de la realidad. Ando divagando en cosas que no recuerdo pero que me llevan lejos, tan lejos que me pierdo de lo que pasa por aquí. Mi memoria está en peligro de extinción porque no recuerdo haber estado tan distraído jamás. No recuerdo cosas básicas. Esto puede parecer chiste pero a mi jefa no le gusta nada cuando me olvido de las cosas. Es probable que pierda todo lo que he conseguido a base de buena suerte en un par de meses porque la suerte también se acaba. Sueño hace varias lunas que estoy en medio de un maremoto o desastre relacionado con el mar. Son varias las olas que intentan atraparme, noche tras noche, sin mayor éxito. No recuerdo que alguna de esas olas virulentas me haya envuelto en su andar, pero si recuerdo haber escapado temeroso de ellas. Siento un olor a cigarro que no es el que está impregnado en mis dedos o en mi ropa. La sensación de que alguien me sigue o la visita inesperada por la noche de una persona que me ve dormir y se acerca al oído abriendo su boca, dejándome sentir su aliento cerca a mi mejilla. He tenido sueños que me han advertido sobre algún mal momento, incluso a veces viendo a los personajes. Desde pequeño, el ángel que me mandó Dios para cuidarme, me formó en las buenas artes de la fe. He sido renuente una infinidad de veces, pero nunca he dejado de creer aunque haya sido a mi manera. Sí existe el daño y la maldad, pero si existe eso, también existe la protección y el bien. No sé si me merezco las cosas que yo he logrado ni tampoco si me durarán. No es mi culpa que me haya acostumbrado a reír de vez en cuando y a burlarme de las cosas porque no gano nada tomándolas muy en serio. Yo no escogí a la gente que me rodea, alguien las puso en mi camino para algo y he intento aprovechar su compañía al máximo y aprender lo que tenga que aprender. Hay días en que todo sale muy mal, en los cuales desde que me despierto suelo romper algo o recibir una mala noticia. A veces estos días se prolongan y pueden convertirse en semanas. Hay veces en que me cuesta un poquito más sonreír o simplemente no hay escusas. La sabiduría infinita de mamá dice que todo eso es simplemente “FALTA DE DIOS”; ahora sé a lo que se refiere.

lunes, 27 de agosto de 2012

Soy quién sabe

Tengo un grave problema del cual antes de olvidarme, deseo comentar. Estuve varias veces borracho, perdido por ahí sin saber quién era. Anduve por las calles olvidadas bajo el efecto del alcohol. Me contaban lo que había hecho, un leve suspiro de la noche anterior me visitaba como visita al mar el viento. Recordaba entre risas y asombro lo que al día siguiente se convertía en anécdota. Anduve algunas veces bajo efectos de otras hierbas, y descubrí lo que desconocía de mí. Baile sin música, hablé sin razón; sufrí por musas perdidas y olvidé quién fui. Con el tiempo, estás costumbres bohemias fueron perdiendo ritmo y gracias, por lo que la curiosidad se volvió conocimiento y opté por un cuidado más diplomático y responsable. Con esta nueva posición nocturna empecé a bajar las dosis de adrenalina y de alcohol en mis venas. Opté por ausentarme de ciertos compuestos que seguro no me llevarían a nada bueno y a los cuales no extraño, creo. Entonces empecé a tomar conciencia sobre los espectáculos que realizaba y de las acciones que podía cometer en un estado del cual no tenía ni control ni prudencia. Empecé a cuidarme de los demás y de mí mismo. Bueno, la madurez es una mierda que te vuelve más aburrido y a la vez te evita problemas que a la postre y con los años, pueden volverse errores irremediables. Pero sucede que a pesar de tantos cuidados y ausencias de la vida loca, uno sufre trastornos inevitables. Pasada la media noche, y aún sin una gota de alcohol paseando por mi organismo, pierdo noción del tiempo y del lugar. Es una estado inconsciente en el que me hallo y del cual recuerdo poco al día siguiente. No sé dónde anduve el fin de semana y tampoco sé con quién, no recuerdo las calles transitadas ni la música que escuché. Sólo sé que no bebí lo suficiente y que esa noche la muerte no me encontró. Pero mi memoria está tan jodida como la selección de fútbol; puesto que también he olvidado cosas básicas en la vida de este fugitivo que busca un lugar en cualquier lado. He olvidado que amo a Fito Paez y que su música me vuelve un loco feliz. He olvidado cantar sus canciones revolcándome en la cama; y gritando en un concierto íntimo para mí mismo. Olvidé lo delicioso que es leer un libro por las noches, en especial si es uno de Jaime Bayly. Olvidé lo bien que me hace leer porque tiene réplica posterior al escribir. Hablando de escribir, hace cuánto que no lo hago. Para ser un escritor hay que escribir, aunque sean las idioteces que adornan este blog, debo de ejercitar ese músculo invisible para fortalecer una costumbre que sirvió de terapia y me salvó de la locura varias veces. He olvidado lo increíble que es celebrar un gol en la hora cuando el tipo antipático que siempre nos roba unos minutos nos viene a decir que se acabó el tiempo y saber que la apuesta se queda con nosotros. Lo delicioso que es caminar por las calles cantando como loco o mirando a la gente pasar. Olvidé lo rico que es tomar un café tibio en casa antes de dormir. Lo bien que se siente estar en absoluta soledad con todos durmiendo y yo asaltado por un pensamiento extraño que puede terminar plasmado en papel. Arranqué de mi memoria las tertulias adoradas sentados en grupo por las noches hablando de esos secretos que no sé guardar y riendo a carcajadas de la vida, que por muy miserable que se presente, siempre arranca sonrisas. La radio junto a la cama. El libro que no puedo escribir. La moda loca que nadie comprende pero que siempre me gusta lucir. Los pasos improvisados en el pasadizo. Las noches de desvelo donde no me tienta ver la televisión. Dormir de corrido diez horas. Escribir poemas que morirán antes que yo e incluso con menos gloria. Un gesto de cariño. A mi madre. He olvidado quién soy y me he convertido en quién sabe. Antes la muerte era un final perfecto y temía con furia loca a lo que hoy viene a ser la vida, una vida que mal llevo porque quizá maduré y no me di cuenta, porque si me daba cuenta, probablemente me mataba. Dejé de ver el futuro con optimismo para refugiarme en un pasado glorioso que nunca volverá. Ese es el primer síntoma de que algo ya no anda bien y que los estragos del camino andado son irremediables quizá. Me olvidé de tantas cosas que hoy me cuesta acordarme del tipo bonachón que se enamoró del día a día y veía el mañana como un regalo inmerecido del cual sólo se podría sacar provecho con una sonrisa sincera. Quiero morir viviendo, morir con una sonrisa, morir escribiendo, burlarme de la vida, morir durmiendo, morir amando. Quiero acordarme de esto mañana, y si puedo estar borracho, mejor. Quiero traer de vuelta a ese niño que solté de la mano y se perdió en una avenida transitadísima y de mucho cuidado. Quiero reír sin complejos. Que las arrugas, la caída de cabello, los achaques me visiten todos juntos si quieren, pero que nunca, nunca; me abandone esa conchudez con la que llegué al mundo, me pasee elegante y que los envidiosos llaman suerte. Tengo un problema en la cabeza que me impide ser quien soy y me obliga a ser quién sabe.  Si mañana me muero creo que será porque me olvidé de que estaba vivo.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Pekeña

Nunca le escribieron una carta de amor, a pesar de creer haber estado enamorada tres años de su vida. Fue maltratada por aquel hombre que supuestamente la amaba y nunca le escribió una carta, sobre todo a esa edad. Tenía diecisiete años aproximadamente y perdonó infidelidades que ella prefería ignorar. Al parecer no sólo entendió que es mejor soportar algunas cosas para llevar la fiesta en paz, sino también, se acostumbró a la situación. Se acompaña de un oso tuerto, con cara de buen tipo. Lo engríe como si fuera su hijo y de hecho, me ha confesado muy segura de sí, que no se lo regalaría absolutamente a nadie que no fuera sangre de su sangre. A pesar del caos en el que vive en su cuarto, la facilidad con la que se encierra por días en su habitación sin salir a comer y la flojera que la caracteriza para servir al próximo, es una chica muy capaz. Lo sé muy bien porque la he escuchado levantarse muy temprano a pesar de haberse acostado muy tarde o haber sido victima de un insomnio muy jodido la noche anterior. Se levantaba con una fuerza de voluntad que admiro para ir puntal a sus clases de idioma. Tiene un aspecto de niña buena, de hecho, nunca he visto ese brillo que guarda en sus grandes ojos, un brillo especial que realza su mirada. Tras esa niña encantadora de metro cincuenta con vuelto pendiente, también hay una fierecilla aparentemente indomable que sabe defenderse y que puede sustentar con pruebas fehacientes las mil maneras en que puedes morir. Aquella pequeña señorita de mirada angelical proporciona unas cachetadas certeras que ya sé esquivar. La Pekeña tiene un sentido del humor ácido, como me gusta a mí. Hace chistes crueles y a pesar de que el amor de su vida le proponga matrimonio no duda en mandarlo a morir a pesar de arrepentimientos nocturnos que a veces me sabe confesar. Aquella pequeña señorita de dientes de conejo, se sabe mujer y por lo tanto vende muy bien aquello que ha desarrollado con mayor prontitud y amabilidad. Tiene un grupo de secuaces amigas que han sabido invadir mi hogar y se han hecho de un espacio en mi guarida. Nunca pensé vivir con la Pekeña. A principios de año y por casualidades impensadas la necesidad la hizo aterrizar en este cuarto piso desde donde escribo estas líneas, por ende la obligó a compartir el mismo espacio que este ermitaño social. Su reinado en la anterior casa se vio modificado y lamentablemente su independencia se vio mancillada por mi presencia. Ha llegado a botarme sin asco de su habitación. A huir a refugiarse lejos de esta su morada para respirar un aire que no esté contaminado por los inquilinos que la rodean. A pesar de algunos malos tratos, también hemos llegado a compartir charlas de madrugada, tertulias entretenidísimas. Me ha cocinado refunfuñando su bondad. A limpiado sin ganas alguna mesa que andaba sucia buen tiempo. Me ha odiado cuando he comprado algo que para ella no era necesario para la casa o cuando faltaba a mis clases de inglés. La Pekeña llegó para entretenerme los días, para alegrar mi soledad, para consolar mis ausencias. La Pekeña ha llegado para dar otro punto de vista, para entretenerme haciéndome renegar. La Pekeña se ha metido en algunos problemas que ha sabido resolver con inteligencia y también a librado batallas que ha ganado con bríos (o felicitaciones públicas como le gustaría que le dijeran). Ha sufrido de amor conmigo pero nunca por mí. Ha matado su tiempo sin poder matarme aunque a veces sí quería. La Pekeña se a levantado tantas veces temprano para ir a clases de francés que ha terminado yéndose a Francia y abandonándome en este país aún más pequeño sin ella. Eso si, ha dejado la puerta de su habitación con llave (para que no usemos su cama para amar, porque tiene el colchón indicado para eso), la promesa de pagar igual los meses que se va ausentar, la amenaza de volver pero sin regalos. La Pekeña es para mí como mi esposa después de veinte años: parábamos juntos, discutíamos mucho, íbamos de compras, nos reíamos de vez en cuando, era mí copilota en el carro, dormíamos separados y jamás nos besábamos o teníamos sexo. Un perfecto matrimonio de dos décadas. Varias veces me señaló como su hermanito, y la verdad que así también me acostumbré a quererla, a verla como parte de mi familia. Mi madre que pocas veces se equivoca en el tema, se pronunció a favor de que viviéramos juntos, según ella porque se sentía más tranquila con su presencia y sus cuidados (como si la conociera). La Pekeña a partido a Francia con toda esa magia que la rodea. Se ha llevado a su oso de peluche tuerto y sus cachetadas por la noche. Ha dejado su cuarto cerrado y cubiertos sucios en la cocina. No sé si llegó a recibir una carta antes de irse, si alguien le dedicó algunos párrafos en una misiva breve o si llegó a leer estas pequeñas líneas. No sé si esto cuente como una carta y si me dará entre sus recuerdos ser el primero que se dirigió a ella por medio de palabras escritas. Me hubiera encantado hacerlo a mano y que se llevase este miserable presente en papel, pero la despedidas no me gustan y menos con resaca. Por eso: “Je vous souhaite bonne chance. Je me demande Voya.”

lunes, 16 de julio de 2012

Escribir de amor

El amor no es una verdad absoluta, lo sé muy bien. Escribir de amor es  ser muy crudo e indicar que nos lleva a un estado de inconsciencia, a un lugar donde la razón se oculta como el sol, a asegurar que nos transforma en los idiotas más felices del mundo. Escribir de amor es ser muy cursi, es pensar que no necesitamos nada más, que por un beso daríamos la vida, que esa vida la podríamos dedicar a escribir cartas plasmadas de ilusiones, es caminar eternamente de la mano de un o una desconocida que ahora es indispensable y por demás irremplazable. Escribir del amor es meterse en un laberinto, es pelearse con uno mismo y también con los demás. Escribir de amor aportará más detractores que coincidencias. Hablar del amor es casi tan jodido como estar enamorado. ¿Alguna vez te enamoraste? Piensa bien antes de responderte, que el recuerdo es un mal asesor en cosas del corazón. He tenido pocas enamoradas, y no dudo de que a todas las haya querido; pero asalta a mi cabeza si he tenido esa afortunada mala idea de haberlas amado. Me encantaría asegurar que si, puesto que pienso que moriré pronto y no creo que conozca el amor en el tiempo que me queda. Uno cree estar enamorado cada vez que mantiene el valor de soportar una relación más de seis meses. Cuando se termina, el mundo también parece acabarse, todo se viene abajo y pocas personas tienen un plan medianamente inteligente para poder conllevar lo venidero. Cuando empiezas una nueva relación, que incluso no dista mucho de esa última que te llevó a pensar en el suicidio, crees desestimar los sentimientos pasados y ahora convencerte de los actuales; es decir, uno cree estar enamorado de la última relación y las de ayer sólo fueron producto de la ilusión, de lo que pasó. Entonces, si hablamos de que nos enamoramos de la última relación tenemos que aceptar que no pudimos mantener unas cuantas otras y nos arriesgamos a creer estar enamorados unas cuantas veces más. Si, muchos pensamos que no hemos nacido para eso, y como ya hemos arruinado más de una vez aquello que aparentemente condicionará tu felicidad a futuro, caemos en la desafortunada idea de no volver a intentarlo, claro, esto hasta que nos volvamos a distraer. El amor es algo tremendamente jodido, más jodido que la deuda externa o que el calentamiento global. Hay millones de personas en el mundo, miles te rodean, y es inaceptable que siquiera una de ellas te pueda satisfacer en el arte de los cariños, de los engreimientos, de hacer todo esto exclusividad tuya. La gente no muere de amor, muere de hambre, pero aceptémoslo, por amor podemos dejar de comer. Últimamente hay mucha gente que se casa, que adopta la idea de tener un hijo. Esa imagen de felicidad genera en los que creen ser desafortunados una confusión tal que les permite confundir amor con necesidad y cometer quizá errores irreparables que también los lleven a casarse y tener hijos. Sería genial tener un GPS que te permita ubicar entre tanto desconocido a esa persona que está llamada a complementarte, que pueda alegrar tu vida, que sepa entenderte y te obligue a entenderla. Sería genial esa idea pero qué aburrido. La gente busca amor habiendo algunas otras cosas más interesantes que hacer que produzcan menos traumas. La gente necesita amor, porque de alguna manera inexplicable, el mundo dejaría de girar. Cada vez que postergo el amor y doy por terminada una relación, llevo buen tiempo solo. Nunca lo hago por una cuestión de duelo o por terapia para entender los errores y no cometerlos nunca más. Llega un momento como este, donde intentas razonar y explicarte tú mismo qué es lo que necesitas, sin conocer en verdad qué es lo buscas. Buscamos el amor y corremos tras de él como el perro corre tras la rueda sin saber qué hacer si la alcanzamos. Puedo estar solo mucho tiempo, y repartir besos y compartir caricias y construir ilusiones; pero no puedo pretender que compartan mi situación y no intenten incluir sentimientos nobles que terminan arruinando todo, y cuando hablo de incluir, me incluyo. Afortunados los que no se equivocan y los que sepan del amor, yo sé poco. Afortunados los que están listos, los que tienen ese presentimiento celestial que advierte la presencia del enemigo y lo toman como rehén; yo no puedo. Afortunados los que tienen valor, valor para jugar sus cartas y apostar lo que no queremos perder, independencia. Hablando de amor, mi madre siempre me dijo que lo único que le pide a Dios es que me toque una mujer buena, aunque la coyuntura nos obligue a pedir que nos toque alguien, y en mi caso, si es mujer, mejor. Entonces ¿Qué es el amor? ¿Por qué lo buscamos? ¿Para qué nos sirve? El amor te hace renegar, preocuparte, entristecerte, a veces odiar; te hace reír, gozar, inspirarte, te hace feliz. El amor es una mezcla de tanta mierda que al final te hace vivir. El amor es un poco de tantas cosas en una sola, que nos vuelve adictos a ella. Quién transitó esto que llamamos vida y no conoció el amor, no vivió. Ahora, intentar retener a esa persona que viene a ser llamada tu otra mitad, es una chamba para la cual todavía no estoy capacitado. Y peor aún si no estás convencido de que sea esa la persona que has estado buscando. Tremendo dilema. Yo no la busco, la espero, sentado obvio.