miércoles, 26 de diciembre de 2012

La mueca del payaso


Tengo que admitir que he robado mil veces una sonrisa y me he sentido dichoso por el hurto aquel. Tengo que confesar que tengo cierta facilidad para dibujar en rostros ajenos algo parecido a un gesto de felicidad. Tengo un humor coqueto que ha sabido encontrar un público discreto pero fiel. Me gusta ver a la gente sonreír y más cuando soy yo quien provoca esas sonrisas.  La astucia que tengo para decir estupideces o para rendirme a hacer el ridículo ha contribuido enormemente a este oficio noble de recolectar sonrisas. Ha sido tan natural el proceso de convertirme en un payaso social que a veces, cuando intento forzar aquel esbozo alegre, tiendo a defraudarme, a caer en un engaño atroz que me regresa a la posición de bufón sin gracia. El tiempo ha ido opacando la virtud de ser gracioso, ha vuelto a este payaso amable en un tipo de sonrisa mustia y de hábitos longevos que poco a poco lo condenan a estar parado frente a un teatro vacío. No sé en qué momento me creí la idea de ser un tipo bonachón y cándido frente a un público cada vez más exigente. Lo cierto es que durante ese trayecto decadente, he engañado a otras personas que a veces esperan el espectáculo de siempre, a este payaso que no conoce otra mueca que no sea la de la pena. Alguna vez me definí como: “el hombre más feliz del mundo” sin imaginar la distancia enorme con respecto de la realidad. Para que el resto me conozca, primero tengo que conocerme yo, descifrarme y entender que a pesar de tener ligeros destellos, soy la sombra que camina en la luz. Duele entender que uno no es quién cree ser y duele más defraudar a los que creyeron que también era así. No todo el público al que me debo genera en mí esa satisfacción necesaria para despertar con ganas de contagiar alegría, pero existe sí, un puñado de personas a las que siempre me gustaría ver mostrando el arco invertido en sus labios, luciendo una sonrisa enorme que se contagie. Cuando veo que ese grupo mágico ya no desea los servicios de este pobre payaso, pienso en la jubilación; pero cuando soy yo quien provoca algún tipo de desconcierto e induce a algún tipo de malestar, pienso en exilio. Los seres humanos, todos; hemos venido con un propósito a la tierra, con la misión de ser felices. Yo complico esa teoría y la reduzco  sólo a una posibilidad. He adoptado la torpe manía de volverme chato en momentos de regocijo, en ser parco cuando esperan un comentario alentador. Soy un espectador envidioso de los que saben contagiar alegría y ya ni intento iniciarme en aquella travesía. He comprado todos los boletos para viajar  solo en un tren que aparentemente no me llevará muy lejos, pero me llevará sin retrasos ni pasajeros que cambien el rumbo. No soy compañero de viaje, contador de historias, payaso con gracia, escritor de cuentos. No soy imán de alegrías, ladrón de sonrisas, maestro de gracias, ni mago de fantasía. Estoy dejando el albergue solitario para construir un asilo que acompañe los años que vendrán antes de encontrarme más cansado de lo que ya estoy. Todavía me quedan algunas presentaciones antes de que el circo de la vida quiebre. Todavía puedo reciclar algunos chistes chapuceros y sacar algunos conejos del sombrero para deleite de un público incauto que a veces sabiendo, se deja timar por este payaso triste. Mi estado natural siempre fue el de la melancolía y la tristeza tonta. Siempre he regresado cabizbajo a mi colchón a buscar consuelo, siempre he contribuido a la vorágine desatada en mi cabeza que imagina que todas mis conclusiones son escuchadas por las víctimas de mi descontento, creando conversaciones imaginarias que me convencen de que todo al final estará bien. Debo de cumplir con gallardía  estas últimas funciones, debo salir a la platea de un teatro en ruinas a domar a un público exigente que siempre quiere más e intentar satisfacerlos. Debo concederme algunos desatinos más para deleite de los que tienen la sonrisa fácil y sobre todos de aquellos que saben hacer escarnio de mis derrotas, que por lo menos, los llevan a un retozo sincero. ¡Oiga caballero! ¡Todavía quedan funciones! No se pierdan lo último que he guardado, que siendo sincero es lo mismo de antes, sólo que al revés. El payaso triste al final de su función, ya detrás de las cortinas, y con la luz apagada, muestra la única mueca que conoce; es que aunque lave, no borrará. Eso es todo…

miércoles, 5 de diciembre de 2012

No quería matarte

Sólo se hace un moño chapucero en el cabello y está lista para ajusticiar a aquellos que trasgreden los límites que ella ha establecido. Me ha dejado bien en claro que ella no mata por diversión, ella mata porque es inevitable y a veces hasta lamenta tener que hacerlo. No sé cuantas víctimas lleva en su haber, sólo sé que no miente y que obedece a una orden casi divina. Tiene una pequeña libreta negra donde deja entrever una escueta lista de futuros difuntos a los cuales no puede brindarles la dicha de la vida por muchos días más. No me permite husmear entre aquellos que enfriaran pronto, sólo me concede el gusto de enterarme de algunos pocos que incluso conozco. La primera en su lista es la Pequeña, mi compañera de departamento. La sicaria me explica que tendrá que matarla porque no sabe saludar. – Más de una vez me ha dejado con el “hola” pendiente de respuesta. Eso no se hace. – me explica. La matará porque no sabe saludar y encima porque se permite posturas que no le corresponden. Desde que la sicaria visita mi morada, tengo que admitir que no ha recibido el trato cordial que se merece, por lo tanto, y cumpliendo su destino asesino, procederá a aniquilar a mi compañera de departamento. Procurará que su final se rápido he indoloro. Ella no goza viendo a sus víctimas sufrir, le basta con saber que no volverá a verlas. Entonces, sutilmente incurrirá de puntillas en la habitación de su presa (la cual duerme todo el día), se cerciorará de que siga dormitando, tomará con delicadeza la almohada (instrumento que ha escogido para no desmerecer a su presa) y la asfixiará con denuedo. Lo hará con mucho cuidado y delicadeza, no quiere fracturar su cuello y dejar huellas. Es más fácil de lo que piensa, casi juraría que su víctima seguía durmiendo mientras procedía a quitarle la vida. No obtuvo ningún tipo de respuesta a su crimen. No hubo resistencia. Mira a su víctima ya convertida en cadáver y nota una leve sonrisa. – Maté a la desgraciada mientras soñaba algo bonito – se dirá a si misma antes de partir del lugar dejando todo intacto. Antes de descubrir el cuerpo de la Pequeña pasarán un par de semanas. Todos los que vivimos con ella pensaremos que sigue durmiendo y si no necesitáramos cobrarle el alquiler, no advertiríamos de su deceso. La número dos en su relación es amiga de la primera víctima. Nunca olvidará cuando entró a mi sala, y sin que sea advertida escuchó el comentario lapidario que hoy la lleva a cumplir su misión: - Leonardo, por fin llegaste. No habrás venido con esa… hola…” Enterándose de la peor de las maneras de la enemistad que ejercía sobre ella. No dudó ni tuvo que esperar otra señal, la muerte de Penélope era cosa de días. Para asociar la amistad de sus dos víctimas, escogerá el funeral de la Pequeña para dar muerte a Penélope. La arrojará en una de las cavidades del cementerio (cavidad que sospechosamente se encontrará disponible) Cuando ella pase desconsolada por la muerte de su amiga íntima, recibirá un ligero empujón, el cual la conducirá a su última morada. Casi ni gritará al momento de la caída, sólo levantará la mirada y antes de castigar la falta con algún otro comentario desatinado, recibirá la descarga de kilos de tierra que sepultarán cualquier acotación extra. – Cállate perro – musitará la asesina mientras se sacuda de una responsabilidad pendiente. Quién encontraría una víctima en el camposanto, donde reinan los que no viven. Jamás encontrarán el cuerpo de Penélope. Jamás le llevarán flores. – Si no te gusta saludarme, no te daré oportunidad de que te despidas de nadie – comenta la asesina mientras ensaya una sonrisa. Está a punto de contarme como mandará a mejor vida a su tercera víctima, una chica que procura hacerse de una fama de puritana, de señorita de implacables costumbres. En sus ojos veo un brillo especial, como si esta labor en especial le causara un placer superior a los otros dos encargos pendientes. Ella es una profesional en el arte del asesinato, pero podría jurar que en esta tarea hay una mezcla de placer. Mi mirada se fija tratando de escudriñar sus gestos, esto hasta que advierte de mis aspavientos y regresa a su estado más sereno. Sabe que ha hablado de más y entiende que su misión ha tomado un nuevo curso. No podrá llevar su misión a cabo si me entrometo en su camino. No quiere correr riesgos. Me mira esbozando una sonrisa y saca su pequeña libreta. Anota algo. Me dice que tiene hambre y que lamenta no proseguir con sus relatos salpicados de muerte. Me arroja una mirada que me desbarata todo, no sólo es de cuidado, es también preciosa. - Tu mirada me mata – le digo intentando encontrar algún tipo de respuesta. – Lo sé – me responde antes de aceptar una par de shots de tequila.





miércoles, 21 de noviembre de 2012

Este sábado tengo una cita

Uno visita al doctor por resignación y entendiendo que no recibirá buenas noticias. Generalmente recurro al dormir, todo se me pasa durmiendo. O simplemente aplico una fuerte dosis de indiferencia y al olvidarme del dolor que me aqueja, este pasa o desaparece. Pero en esta ocasión aquellos remedios espirituales no hicieron efecto en este cuerpito dejado a menos y me llevaron a la obligación inevitable de asistir al doctor si es que acaso quiero postergar mi duelo con la muerte, aquel que sabemos, nunca ganaré. Saqué una cita con el dermatólogo para tratar una pequeña protuberancia alojada en la parte derecha de mi cuello, protuberancia que siendo ya menor es más considerable que cualquier otra protuberancia en mi cuerpo. Visité la única clínica que mis enfermedades conocen, donde tengo ya una historia clínica de cuidado, con varios análisis de por medio, cuyos resultado nunca recogí. Una buena cantidad de medicamentos recetados los cuales preferí no consumir. Todo era muy fácil, sólo tenía que dormir. La consulta la auspició VISA (quizá por eso siempre voy a esta clínica, porque aceptan todas las tarjetas) y procedieron a invitarme a medir mi presión y revisar mi peso. Arrastré mi cuerpo hasta aquel pequeño cuarto donde me preguntaron si había tenido fiebre. Respondí seguro de que Sí. Siempre me recomendaron hacerte en lo posible la víctima en los nosocomios para que te atiendan con mayor premura, y esa solicitud es una de mis especialidades. – Pobrecito - me dijo la enfermera. –Sube a la balanza – me pidió. Mis austeros 65kg me deprimieron, incluso antes de que la enfermera volviera a decir: Pobrecito. Esta vez me derivaron al consultorio número ocho donde me indicaron tenía que esperar. No mintieron, esperé un muy buen rato. Luego de una vida sentado esperando la muerte escuché mi nombre. Levanté la mirada y advertí un ser vestido de blanco invitándome a seguir la luz. - Es un ángel que me invita al cielo – llegué a pensar antes de reaccionar y entender de que no tengo ningún boleto al cielo en caso de morir. Era el doctor: de tez morena, de contextura gruesa y de cabello cano. Por la descripción antes mencionada entenderán porqué la tentativa a pedirle un autógrafo o tomarme una foto con él debido al parecido con el doble de “El Zambo Cavero”. - ¿En qué te puedo ayudar? – me preguntó por rutina. Quise pedirle dinero prestado pero me faltó valor. Hice de su conocimiento la presencia de mi protuberancia. Se acercó, la observó con curiosidad y empezó el toqueteo. Luego de hurgar en mi cuello sacó raudo un cuadernito y me enseño la foto de algo denominado “quiste epidermo”. La foto era en extremo desagradable y mi reacción casi fue el llanto. Le comenté que hace más de un año algo parecido se alojó en mi pecho. - También acudí al dermatólogo – le mencioné. Era un viejito con un ojo entrecerrado y aliento a ron, quien no observó mucho antes de limpiar una jeringa que encontró por ahí con un líquido sospechoso el cual lo acercó a su boca y le metió un sorbo. Luego me miró confiado de lo que hacía, me despojó de mi camisa y clavó aquella aguja como si fuera una estaca y yo un vampiro. Retiró de mi pecho aquel quiste con una facilidad inaudita, casi sin usar la jeringa. Lo que no resultó sencillo fue controlar la sangre que brotaba. Con temor a morir le consulté sobre un granito en mi labio, el cual miró con desdén y me sugirió inscribirme en clases de música. Así terminó la consulta, con dudas y un dolor inexplicable en el pecho. El doctor con parecido al doble del “Zambo Cavero” interrumpió mi relato con una leve sonrisa. Me dijo que necesitaba de una pequeña intervención, que las mismas las realizaba los sábados para lo cual me reservó una nueva cita. Prometió despojarme del granito en mi labio así como también de dos lunares Me derivó a pagar unos medicamentos que en cuestión eran en verdad simples. Pero al observar en farmacia la aguja tamaño familiar y el bisturí asesino, los fantasmas de mis muertes aún pendientes me visitaron todos con prontitud. Sentí el estupor de saberme muerto una vez más. Al parecer aquella intervención a realizarse el sábado puede postergar mis sueños mediocres para otra vida si es que me la merezco. Este sábado puede ser el último en que intente levantarme con el pie derecho (y seguro que lo tomaré en cuenta). Es preciso entonces a hacer mención de algunas aclaraciones si es que se me pretende dar algún tipo de descanso eterno. Primero: Que este no sea interrumpido, mucho menos a horas tempranas. Segundo: Lloren mucho; como nunca lo hicieron en su vida. Prometan ante mis restos que nunca más llorarán así y cumplan. Tercero: Ningún ridículo de negro, todos de blanco. Cuarto: En la previa escuchen canciones de Gianmarco, y antes de arrojar mis restos, cántense las más conocidas de Fito Paez. Quinto: No pretendan enterrarme, me incineran si o si. Las miserias que deje como cenizas por favor arrójenlas al Lago Titicaca por el lado Boliviano. Es el lugar que he escogido para descansar hasta nuevo aviso. Y por último y no menos importante, recuérdenme. Esta última petición no está sujeta a ningún acto recíproco. Lo único que heredo son deudas, quién quiera ser beneficiario, con mucho gusto. A todos no los quiero, a los que sí, lo saben. Fue un gusto. Este sábado, tengo una cita con la muerte.



miércoles, 17 de octubre de 2012

Los fantasmas en tu cabeza

Es obvio. Has recorrido durante buen tiempo bajo la sombra de una costumbre deliciosa. Has oxidado esa fibra sentimental que ahora te duele ejercitar como otros músculos luego de visitar el gimnasio después de buen tiempo. Piensas mucho, como hace buen rato no pensabas, y lo peor de todo, es que piensas hasta por gusto. Nunca imaginaste visitar esos labios, en cerrar los ojos para regalar algo más que un beso. Qué complicada parece la situación cuando no estás a su lado, porque cuando sientes su presencia todo parece más fácil. Es evidente que nadie planea las cosas, porque de haberlo sabido probablemente no hubieran sido amigos casi cuatro años; te hubieras dedicado a departir esos besos deliciosos que todavía provocan sorpresa cuando abres los ojos. Yo sé que es complicado. Romper la rutina te sumerge en miedos de los cuales antes no tenías que ocuparte y ahora con un gusto extraño, tienes que combatir. Quisieras saber qué pasa por su cabeza, cuales son las dudas que atormentan ese corazón entreverado que algún día conoció el amor y que ahora sufre los traumas de ese encuentro. Comparar no es malo si no lo haces con frecuencia ni con maldad. A veces no quisieras más recuerdos que aquellos ocurridos hace días atrás, pero lamentablemente las secuelas de esos malos momentos te obligan a retroceder inconscientemente en el pasado, transitando pasadizos oscuros que te llevan a puertas que tal vez no estaban cerradas. Todos en algún momento hemos fracasado en el intento de complementar a alguien. Tú lo sabes, eres un claro ejemplo de eso, por eso tantos miedos, tantos fantasmas acumulados en tu mente haciendo cola para pronunciarse y asustarte cuando te encuentren bajo distracción. No te culpo, es normal que tengas el temor de dar un paso luego de tantos días de quietud. Sabes mejor que nadie que lo que sientes es maravilloso, que pensaste no volver a sentirlo con esa pureza de tus quince años, donde todo parecía más fácil. Sabes que te emociona la idea de que este proyecto sentimental funcione, porque aquellos intrusos que han sido testigos de alguna mirada fugaz y comprometedora han tenido la certeza de apostar por una victoria. La gente es optimista con lo suyo. En poco tiempo te has involucrado más de lo que pensaste y aparentemente no te arrepientes, de hecho quisieras que no hubiera tantas barreras, tantas excusas para separase con cierto alivio  y con una seguridad de que estás haciendo lo correcto al llevar las cosas con calma y tener la sensación de que no diste aquel beso que se quedó en el bolsillo de tu pantalón. La situación no ayuda. Sabes que no es correcto pasearse de la mano luego de una historia reciente, y que por eso tratas de compensar esa ausencia en los momentos que les compete solo a los dos. Te pones en el lugar del otro y te sientes tan culpable de no poder ayudar y tan sentimental cuando sientes que se acerca que escapa todo de tus manos, de lo planeado. Parecen enamorados pero no son. La gente cree que sí, pero no. Los allegados auguran lo mejor y tienen una seguridad de que será así que a veces tú no la tienes. Sabes que hay cariño, se siente. Pero también hay impaciencia, nervios, miedos, perturbaciones propias de lo nuevo, de lo que no se conoce, de lo que escapa un poco a lo planeado. Te gustaría afirmar que aquella mitad que te mira de frente a los ojos, es la mitad que estás buscando. El tiempo se encargará de poner todo en su lugar. Si bien te has preocupado por hacer bien las cosas, no debes descuidarte; sería lamentable que todo acabe tal como comenzó. Tenía que escribirte, tenía que hacerte saber que el presente es hoy y si acumulas muchas cosas para mañana puede ser que las olvides o que simplemente ya no te sirvan más. Tenía que animarte a que lo hagas, sabes que vale la pena. Tenía que visitarte con los fantasmas del pasado, aquellos que te hacen recordar que la suerte no es para todos y que tú has tenido el privilegio de una oportunidad más. Ella vale la pena, lo sé. Leonardo, si sabes que todo lo bueno cuesta, esto debe ser genial. Esta carta te la escribo porque a veces es necesario salir del papel protagónico y mirar las cosas desde fuera. Siempre estuve loco, pero ella es quietud, calma; siempre con la dosis exacta. Que tenga lo que tenga que pasar, tú (Leonardo) haz tu parte. Suerte. Te quiere mucho, tu subconsciente.

martes, 2 de octubre de 2012

No todas son tristes

Tengo veintiséis años y nunca he ido a una despedida de solteros. La verdad de la situación nunca me llamó la atención, no es de mi deleite ese tipo de espectáculo puesto que jamás he visitado alguna casa donde las señoritas estén dispuestas a bailar desnudas y luego con un descuento cariñoso, proponerte visitar otro lugar. En verdad nunca lo he hecho, o  por lo menos nunca con chicas que cobren. Esta vez me invitaron y también me sometieron al pago de una cuota que comprenda la visita de cuatro chicas (que al final fueron tres) y a la ración necesaria de comida y alcohol. Pagué sin saber cuánto cuesta ni lo que comprende. Pagué porque no quiero quedar como la niña que no quiere ver cosa de machos. Pagué porque pretendía estar presente en la tertulia de un amigo pronto a la desgracia y porque la curiosidad me mataba. Al final pagué y punto. Decidí ir en carro, manejé presuroso. La hora pactada había vencido y entendí que también había caducado mi oportunidad de ver a desinhibidas señoritas danzando al ritmo de corazones ajenos. Llegué pero ellas todavía no. No éramos muchos, pero éramos los justos. Empezaron a pasar cerveza para aligerar las cosas y entrar en sintonía con el momento. Aquellos señores de cabellos canos y de experiencia basta tomaban pisco. Se anunció la entrada de las señoritas más de una vez y nos quedamos con las ansias de una falsa alarma. Mientras tanto se desenvolvía una simpática charla en medio de la bebida. Llegaban algunos invitados más y se veía en su cara la felicidad de saberse todavía oportunos para el evento principal. De pronto entraron raudas con antifaces que cubrían no sólo sus identidades sino también su belleza. Eran tres (no cuatro como prometieron), y pasaron en jean como quien entra  a una discoteca abarrotada. Raudo el novio cambió su camisa por un polo desmejorado para que lo rompan con confianza: - Estás mañosas les dices que no y peor, son unas mierdas - comentó mientras cambiaba de prenda para que no se la rasguen. Un buen amigo me daba indicaciones al enterarse con asombro que no había asistido nunca a una despedida de solteros y tampoco a una casa de puterío. – Si te bailan deja que se te acerquen, luego agarra carne con discreción. No toque mucho que se enojan y se quitan – me dijo canchero él mientras se acomodaba en una silla al lado mío. No pasó mucho desde ese comentario para que saliera la primera de las damas y muy autoritaria pidiera una canción de su Cd. Se molestaba un poco al demorar la pieza que había escogido. Una vez empezada la canción empezó el baile titubeando con respecto al paso a emplear. No demoró mucho en tomar confianza y tomó como a su presa al novio que espera sentando y ansioso ser devorado por el baile de aquella mujer. Empezó por la parte superior y lo despojó de aquel polo con final infeliz. Continuó con el pantalón, siempre con algo de problemas. El novio se aferraba a aquel bóxer negro que lo separaba de la desnudez como una madre a su hijo. Ella se acercó y le comentó algo, al parecer le pidió que se relaje y que colabore con el espectáculo. Él soltó su prenda interior convencido por la propuesta de aquella dama, quien no dudo en traicionar a su presa bajando hasta los tobillo aquella prenda que cubría sus genitales. Todos rieron por la traición. Algo empezó a vibrar en mi entrepierna, averigüé y era mi celular. Antes del ingreso de aquella niña mala advirtieron que estaba terminantemente prohibido el uso de aquel aparato para uso de grabado. Temeroso por malograr la fiesta y que se marcharan las chicas salí a contestar. La señorita que me gusta llamaba en el preciso momento en que la chica que no me gusta bailaba ya desnuda en su totalidad. Tengo que admitir que ese tipo de espectáculos no son de mi agrado, no me provoca ningún tipo de satisfacción ver a aquella chica guapa grabando una mala película triple equis. Por esas cosas que pasan la llamada se perdió y regresé al lugar de los hechos para ver como recreaban una escena porno. Ella desnuda moviéndose sugerentemente y él por detrás sacudiéndose al ritmo de aquella señorita epiléptica. Cual película porno, todo falso y montado para la excitación del público. La chica era guapa y de edad pronta, calculo veintidós años. Se levantó mostrando su desnudez, tomó las pequeñas prendas de las que se despojó y se encerró en el baño para cambiarse. Salió rauda y con el antifaz protector se despidió por obligación con un frio “chau chicos” y partió con el dinero en su bolsillo. La segunda nena salió con aires de dictadora  y tomó al novio como un perro dominado por su amo. La llamada volvió a visitar mi celular y nuevamente me ausenté de la tertulia sin que el segundo acto haya comenzado. Era ella nuevamente, la señorita que extraño cuando estoy solo y a la que le escribo cartas como a los quince años. Su voz reposaba en tristeza, sabía que algo le había sucedido. Mientras tanto observaba como los zapatos del novio golpeaban la pared del patio en que me hallaba y posterior al sonido del golpe, observé la casaca de aquel otro amigo que me instruía en el arte de la vida putanesca y que se sentaba al lado mío volando por los aires, encontrando final en el techo del vecino. Aquella nena de cabellos castaños y de pechos blancos había sometido el lugar donde nadie se percataba de mi ausencia y si alguien lo hizo sospechó de mi hombría al encontrarme a fuera conversando por teléfono. Le pregunté si estaba bien y me contestó que lo había hecho, había dado fin a esa relación de doce años. Había cerrado una puerta infinita para él y había abierto una luz de esperanza para mí. La chica malcriada terminó su baile, repartió unas tarjetas que decían “chocolatería” con sus números y salió igual de rauda que la otra, casi sin despedirse. La tercera nunca apareció, nos quedamos con la duda si en verdad eran tres. Yo, pendiente del teléfono escuchaba a la única chica que me provoca ver. Aún triste, comentaba su valiente acto asegurando que era lo mejor. Sin saber como tranquilizarla la acompañé casi en silencio, era necesario que ella con sus lágrimas limpiara sola sus heridas. A pesar de aquella noticia alentadora para mis propósitos, no me sentí feliz. Entendí que decir adiós es difícil pero a veces necesario, y que no todas las despedidas son tristes.

jueves, 27 de septiembre de 2012

El amor de los amantes

Después de aquella tarde que la encontró por casualidad paseando con su enamorado nunca más la dejó de ver. Se encontraron por primera vez en la casa de un amigo y se encerraron en la cocina para conocerse un poco mejor. Se encontraban a escondidas por la noche en la penumbra del deseo. Pasaron años viéndose de vez en cuando, en ciudades diferentes, en épocas no planeadas. Antes de que terminara con su enamorado se ponían a conversar desnudos de él. Ella le contaba que lo quería mucho, pero que sentía que no era la persona que buscaba a pesar de cierta resignación a que la vida los uniera para siempre. Sonreía cuando rememoraba la vez en que le llevó rosas, en que lloró pidiendo disculpas; se enojó hasta ponerse roja de la ira cuando le gritó que era una puta y le levantó la mano. Y es que un amante no sólo sabe entregarse en las artes de la piel, sino que también tiene vocación de amigo. Se encontraron pocas veces para tantos años. Se entregaron muchas veces para pocas visitas. Se contaron cosas. Compartieron un juego prohibido que partió del deseo y terminó en confianza. No necesariamente cada vez que se encontraban en un hotel se envolvían en sudor; siempre amenizaban la situación con algún traguito que desinhibía la cháchara y convocaba a los duendes del placer. En esa espera, se ponían al tanto de lo sucedido de todos aquellos meses en que no se vieron. A veces se ponía tan entretenida la conversación que se olvidaban de lo demás y simplemente esperaban una hora prudente para despedirse. Él nunca pensó en estar con ella, le tenía una pizca de miedo. No sé si ella lo miró con otros ojos, pero supo engreírlo. Así como empezó todo, terminó; de la absoluta nada. No volvieron a coincidir nunca más en el cuarto de ningún hotel, nunca más. Ella entendió que habían mejores amantes. Él se enteró que se convirtió en mamá.




Cuando él la conoció no le llamó la atención. Tuvieron que sentarse próximos en el trabajo para conocerse mejor. Ella le contaba de su enamorado, que era un chico bueno y que pronto se casarían. A él le bastó escucharla una tarde para darse cuenta de que mentía y que no era tan feliz como predicaba. Cuando hablan mucho no hay que creerles todo. Ella se desvivía por algo que evidentemente era falso. No se coquetearon mucho, no hubo saliditas comprometedoras que avisaran un romance impetuoso. De pronto en una reunión en casa se besaron, se tocaron, se rozaron sin mesura. La chica buena, de las buenas acciones ahora se entregaba como la mujer que siempre fue. Pasaron muchas lunas entre besos y abrazos para que se convencieran de que eran amantes y de que debían hacer honra a su condición. Él se encariñó mucho con ella. Ella lo veía como un chico travieso que sólo se prestaba para la travesura, nada más. Fueron arriesgados en encontrarse en sitios donde no era necesario hacer gala de su locura. Tuvieron durante un par de meses la fiebre del placer y se volvieron locos; claro, todo esto sin que su enamorado se entere de nada. Ella se quejaba mucho de él, que era un hombre no tan caballeroso y que incluso se había sobrepasado de tosco con ella. No hubo conversaciones que no terminaran en sudor. Él la llegó a querer mucho, y cuando ella se animó a corresponder, él ya no estaba. Ella sigue con su enamorado de toda la vida, tienen los mismos problemas pero más experiencia para sobrellevarlos. Él no quiere molestarla, sabe  respetar la situación a pesar de todo; sólo espera que suene su teléfono y que ella enojadísima le diga que su enamorado es un animal.







Es su amiga, siempre lo fue. Jamás se imaginaría que entre él y ella podría pasar algo, pero pasó. Ella tiene un enamorado que la ha acompañado para bien o para mal casi diez años. No se imagina con otra persona que no sea él; ha vivido todo lo que se puede vivir en una relación y también ha probado de lo malo. Él siempre creyó que era una chica encantadora, de esas con las que se puede llegar a estar. Sólo pasó, no saben cómo ni porqué. Ella a pesar de las mil razones que tiene para abandonar al chico con el que está no se atreve ni se atreverá. Él espera que se llene de valor y que se anime a encontrar algo que en verdad merezca, mientras tanto le escribe cartas como un enamorado prófugo, cosa que nunca hizo. Todo en lo que piensa él está relacionado con ella y siente pena de las cosas que no le corresponden. Nunca le pasó algo así. Ya no podrá ser el mismo amigo que siempre fue, no le interesa ser su amante. Él no desea que se vaya como vino, y que su historia termine en adiós. Aparentemente todo es posible, menos ella.



jueves, 20 de septiembre de 2012

Contra

“Destruiré tus hechicerías y no tendrás más adivinos” (Miqueas 5:11)

Hay demonios en mi corazón que han sabido adaptarse. Hay demonios en mi cabeza que a veces me hablan y me hacen compañía. Hay demonios fuera de mi terreno que intentan con su mala vibra desbaratar lo poco de bueno que me queda. He vivido de mi buena suerte toda mi vida, y he sido feliz así. Las cosas que a uno supuestamente lo hacen feliz me han ido visitando de a pocos y me han enseñado a fuego lento lecciones que me han hecho un tipo menos desdichado. He aprovechado las oportunidades que se me han presentado quizá y sin merecerlas. No soy un tipo ganador, soy un tipo con suerte y nada más. Lamentablemente la suerte no se compra ni se merece, por eso a algunos desventurados que no tienen la posibilidad de luchar por lo que quieren o simplemente no tienen la suerte que se necesita para obtener lo que desean se limitan a intentar que todos estén en su condición de miserables. He cambiado mucho, esto de ser adulto ha perjudicado al hombre bonachón que sabía ser y le han dado a mis años un toque de pesadez y mal humor. No soy el niño que veía al mundo como un patio grande donde conseguirás amigos para jugar, sino que prefiero encerrarme en mis territorios y sigiloso esperar la visita de algún enemigo anónimo que intente agredir. Yo no intento agredir a nadie, lo más probable es que salga perdiendo. Lo único que intento hacer es no joder para que ningún impertinente me joda a mí. Siempre he sido un hombre sano, nunca he visitado hospitales con frecuencia ni asistido a terceros para que me inyecten optimismo o algún líquido espeso y sospechoso. Siempre he sido un tipo alegre, no he necesitado de ningún elemento que alegre mis días. Siempre he sido un tipo hábil, esto simplemente porque aprendí a valorar las cosas que me hacen sentir mejor. Agradezco infinitamente el hecho de ser rodeado con gente buena que alimenta mis ganas de hacer bien las cosas dentro de mis posibilidades y me toman de la mano para no caer en ese pozo oscuro y profundo que a veces me pongo a soslayar. Si bien ya no soy el tipo cándido de hace un par de años atrás, todavía intento ser una buena persona. He venido a menos con el paso de los años, y ahora me asalta el temor de terminar en ruinas. Tengo unos mareos sospechosos que los doctores no han sabido resolver porque no los he consultado. Un desgano tal que me da flojera desganarme. Siento que esa habilidad para resolver las cosas se ha perdido y me he vuelto un tipo mediocre y ausente de la realidad. Ando divagando en cosas que no recuerdo pero que me llevan lejos, tan lejos que me pierdo de lo que pasa por aquí. Mi memoria está en peligro de extinción porque no recuerdo haber estado tan distraído jamás. No recuerdo cosas básicas. Esto puede parecer chiste pero a mi jefa no le gusta nada cuando me olvido de las cosas. Es probable que pierda todo lo que he conseguido a base de buena suerte en un par de meses porque la suerte también se acaba. Sueño hace varias lunas que estoy en medio de un maremoto o desastre relacionado con el mar. Son varias las olas que intentan atraparme, noche tras noche, sin mayor éxito. No recuerdo que alguna de esas olas virulentas me haya envuelto en su andar, pero si recuerdo haber escapado temeroso de ellas. Siento un olor a cigarro que no es el que está impregnado en mis dedos o en mi ropa. La sensación de que alguien me sigue o la visita inesperada por la noche de una persona que me ve dormir y se acerca al oído abriendo su boca, dejándome sentir su aliento cerca a mi mejilla. He tenido sueños que me han advertido sobre algún mal momento, incluso a veces viendo a los personajes. Desde pequeño, el ángel que me mandó Dios para cuidarme, me formó en las buenas artes de la fe. He sido renuente una infinidad de veces, pero nunca he dejado de creer aunque haya sido a mi manera. Sí existe el daño y la maldad, pero si existe eso, también existe la protección y el bien. No sé si me merezco las cosas que yo he logrado ni tampoco si me durarán. No es mi culpa que me haya acostumbrado a reír de vez en cuando y a burlarme de las cosas porque no gano nada tomándolas muy en serio. Yo no escogí a la gente que me rodea, alguien las puso en mi camino para algo y he intento aprovechar su compañía al máximo y aprender lo que tenga que aprender. Hay días en que todo sale muy mal, en los cuales desde que me despierto suelo romper algo o recibir una mala noticia. A veces estos días se prolongan y pueden convertirse en semanas. Hay veces en que me cuesta un poquito más sonreír o simplemente no hay escusas. La sabiduría infinita de mamá dice que todo eso es simplemente “FALTA DE DIOS”; ahora sé a lo que se refiere.