domingo, 23 de septiembre de 2018

Todavía hay tiempo

Totalmente de azul, con la camisa manga corta que su madrina le había regalado y una corbata del mismo color, se encontraba Felipe, mirándola callado como tantas veces cuando la hallaba parada en la puerta del salón de clases conversando con sus amigas a la espera de que llegara el profesor de turno. No sabe exactamente cómo sobrevivió tantos fines de semana esperando a que sea lunes otra vez y verla casi siempre radiante, con su sonrisa mágica, con aquellos ojos marrones tirando a rojos que miraba encandilado, llevándoselos luego en la memoria; con sus cabellos renuentes siempre peinados y su figura delicada. A sus doce años, la vida de Felipe había sido marcada por una niña de nombre María Fernanda con la que se motivaba cada lunes para ir al colegio. Odiaba las vacaciones o cada vez que ella enfermaba porque sentía que le habían quitado lo bonito de ese día. Siempre contaba con un pretexto sospechoso para acercarse y robarle una sonrisa, jugarle una chanza y/o recibir una burla cruel de parte de ella, que no sólo era bonita, también tenía un sentido del humor ágil y chispeante. Ese era su trato, el de una breve tertulia amena y audaz. Aquella noche no era tan diferente, él la buscaba con la mirada para sacarla a bailar, porque Mafer bailaba lindo y él se defendía. En su mano derecha, como un boleto a la felicidad guardaba su dulce secreto; no se perdonaba que le sudaran las manos y temía arruinar aquella hoja llena de tinta azul que había redactado para ella tantas veces, tantos días. Durante todo el año no lo había acompañado el valor de serle sincero y ya no pasaba solo por confesar sus sentimientos; ya se había convertido en una terapia, en un desahogo para que su conciencia no lo asesinara una de esas tantas noches en que dormía ensayando cada palabra. La fiesta de fin de año, la de promoción de primaria, se presentaba como el escenario perfecto para descubrir a Mafer todo lo que ella despertaba en él; de darle las gracias por hacerlo sentir vivo, por hacer de cada día el mejor de los días y sobre todo, por enseñarle de la manera más tierna y sincera lo que él creía, era amor. Felipe, a pesar de su cariño desmedido, siempre fue cauto y hasta orgulloso, nunca intentó delatarse ante ella y aunque a veces le dolía, sabía que debía haber días en que guardar distancia era lo mejor. No quería que sus compañeros se burlen, no quería quedar como tonto, quizá incluso temía a no ser correspondido. Los amores a tierna edad son casi siempre tan puros como agua de manantial, pero eso no los exenta del dolor. Caminó hacia ella, entre el pequeño tumulto de gente. Al principio y como casi en toda actividad, estaban los niños de un lado y las niñas del otro. Ya había transcurrido un muy buen tiempo y esa pared invisible se había derrocado para que así se formaran las parejas, se rompiera el hielo. Mafer, por su alegría innata, fue una de las primeras en salir a la pista de baile. Felipe, cauto, esperó casi hasta el final de aquella fiesta de despedida para nervioso, encontrar sus hermosos ojos marrones y sonreírle frenético. Con cara de tonto le tomó la mano antes de preguntarle si podía bailar con ella, recibiendo con otra sonrisa un sí que no supo descifrar. –creo que fue por compromiso- pensó. Tocaron una salsa de Jerry Rivera, excelente para la ocasión, precisa para Felipe que se defendía en el género. La letra decía: “amores como el nuestro quedan ya muy pocos, del cielo caen estrellas sin oír deseos” y Felipe pensaba que era Dios ayudándolo a tomar valor y darle sentido al momento. Mafer linda como siempre, delicada como ella sola, era una excelente bailarina, una excelente compañera de canciones y se presentaba más alegre de lo acostumbrado porque ella amaba bailar. Felipe la abrazó suavecito disfrutando cada segundo; respiró profundamente, casi como suspirando, y en una vuelta de baile, de esas pocas que sabía dar, la miró tan bonito que ella dejó de sonreír y cerró los ojos. Felipe sabía que no contaba con mucho tiempo, la pegó a él con extrema delicadeza y despacito, como susurrando al viento le confesó que le gustaba. No perdieron el compás, en aquel momento parecían la única pareja de baile en la pista y aquella canción infinita, inmortal. La magia que los rodeaba era tan notoria que hasta algunas profesoras evidenciaron tan lindo momento sin intención de entrometerse. Felipe prosiguió: - Sabes que me gustas, y si no lo sabías, ahora sí. Esperé este momento porque antes no tuve valor, discúlpame. – le confesó mientras ella disimulaba el momento para los demás. Su corazón latía un poco más fuerte. –No quería molestarte- prosiguió. –Para mí, eres lo más bonito del día. No me permito enfermarme y lamento cuando no te veo. Sólo quería que lo sepas – le confesó y cuando ella le clavó la mirada, esa que mantenía siempre firme y lo obligaba a bajar la suya, le respondió como en el ensayo que tantas veces se permitió, que a ella, él también le gustaba. Pasaron muchas cosas por su cabeza, muchas. Entre ellas la tristeza de no haberle confesado antes sus sentimientos. Se acercó sin el temor que lo caracterizaba, y logró encajar el beso soñado en frente de todos, sin importarle nada. Era su primer beso. Fue breve, fue eterno. Luego le regaló una sonrisa y le entregó aquel papel marchito, arrugado. Con una tristeza dibujada en su rostro, ajena al momento, la soltó mirándola esta vez sin bajar la mirada y le dijo adiós. Mafer se quedó parada a la mitad del salón viendo como Felipe se alejaba como el verano para abrir paso al otoño. Demoró en percatarse del regalo, de aquel papel mustio que tenía en su mano derecha y pronta se fue al baño a terminar de reaccionar. Sus amigas que habían sido testigos de aquel momento especial, la buscaron en el servicio y la encontraron sí: con los ojos llorosos, con la misiva en la mano que contenía por ambas caras la confesión de un pequeño hombre enamorado. Aquella carta delatora, entre tanto secreto romántico y tierno, confesaba que mañana muy temprano partiría lejos de la ciudad, a estudiar la secundaria en verdad, lejos de ella…

jueves, 6 de septiembre de 2018

Bésela ya compadre

Extraviados a nuestros quince años en el ombligo del mundo, entre calles húmedas y el frío de la madrugada; confundidos, extasiados, caminamos en busca del sueño de sentirnos libres. Un puñado de púberes embelesados conformamos el batallón de pipilépticos en busca de compañía. La promoción del 2003 “Salvatore Ferragamo” del colegio Maristas camina por la avenida el Sol cerca al centro cívico, atraídos por la música de una discoteca limpia de turistas, desierta de forasteros, vacía. Entonces nosotros, unos veinte muchachitos convencidos de nuestra habilidad cazadora, de nuestro instinto animal con las mujeres, nos miramos las caras, acompañados cada uno con una cerveza, acompañados unos de los otros en esa noche desolada. Enrico San Martín, con su metro noventa y tres, juega con su encendedor; lo prende por décimo segunda vez en absoluto silencio, mirando como las luces de colores aparecen y desaparecen en la pista de baila, aportando desde su esquina oscura una rayito de luz. El cabezón Joaquín Zavala, curtido en las noches de juerga, no pierde la fe, él sabe que no duerme sano, que no duerme solo, que la noche es virgen y él, el perfecto amante. Por mi parte, que viajé casi por casualidad, me siento complacido de estar lejos de todo lo conocido, intentando fumar un cigarro que no sé fumar, que a su vez, le dio sentido al jueguito de Enrico que prende su encendedor y lo apaga nuevamente. Dos cervezas, quizá tres; ¡qué importa si no bailamos! nos beberemos la vida y nos emborracharemos a la salud de los buenos amigos. Al cabezón Zavala no le convence nuestra iniciativa y ya por la quinta cerveza se nota su cara de preocupación. Tenemos albedrío en la oscuridad de la noche, la mesa llena de botellas de cerveza, los amigos que quizá no volveremos a ver pero no tenemos femenina compañía. Algunos compañeros de la promoción empiezan a bailar entre ellos, queriendo aprovechar la buena música de la discoteca y antes de que se pierda la fe, casi por un designio divino, una luz al final del túnel se hace paso y descienden de las gradas de la puerta principal pequeños ángeles rubios de cabellos largos, de carita perfecta, y de risa cautivadora. Las chicas lindas del colegio Pío Pío XII hacen su ingreso y se ubican frente a nosotros. Todos boquiabiertos, hipnotizados, con tremenda cara de estúpido por el milagro recién presenciado observamos como tanta niña bonita dejan sus carteras y abrigos bajo la atenta mirada de su tutora, que no es menos guapa. Recuperando la lucidez observo a todos en cámara lenta, babeando del asombro, incluyendo a nuestros profesores Ramiro Pachuca y "El Negro" Emilio Tapia, que no se pierden ni un solo viaje de promoción. Ambos miran atentos a la tutora del Pío Pío XII. Las chicas no pierden tiempo, en dos minutos se pusieron cómodas y ya están toditas bailando en medio de la pista. Enrico parece estar en otro lado, prende su encendedor en silencio por vez cincuenta apagándolo inmediatamente. – Gracias Diosito – le escucho decir al cabezón Zavala quien ya me está codeando para sacar a bailar a las dos más bonitas. Yo tomo otro sorbito de cerveza pensando en cómo iniciar la conversación, cómo parecer interesante, intentando ser el galán que nunca fui. Joaquín Zavala confía a muerte en ese primer contacto, no sólo es mi hermano del alma, es mi representante de confianza en momentos como éste. Me llena de valor, de optimismo, me dice que no hay pierde. Yo le creo. Ambos hemos visto a la chica alta, a la que baila desenfadada y aparenta ser más mujer que sus compañeras. Me acerco custodiado por el cabezón y me paro al costado de ellas, comparto la sonrisa más tonta que tengo y ellas, en un acto de piedad, me devuelven otra sonrisa juguetona mientras hago la incómoda pregunta: ¿bailan?
La niña desaforada dice sí con la mirada bien puesta, e inmediatamente el cabezón Zavala hace un aspaviento gritando – ¡genial! – y la toma de la mano por sorpresa acomodándola frente a él. Yo me quedo a la mitad de la pista, con mi cara de tonto frente a su otra amiga, a quién no había observado desde un inicio. Cruzamos miradas y perdí. La niña de estatura promedio me envolvió con una sonrisa dulce y llegó a la conclusión de que nos tocaría bailar a los dos. En aquella discoteca cómplice, ella y yo bailábamos cuánta canción nos pusieran, en un coqueteo sublime y encantador, nunca tanto como ella. Compartíamos sin reservas nuestros mejores pasos sin escatimar esfuerzo: un poco de merengue, algo de reguetón, una pizca de “ashe” (música brasilera) donde Joaquín se descocía, una salsita para juntar nuestras manos. Se llamaba Violeta, y era hija de una ex miss Perú; me contaba cosas de su colegio: el Pío Pío XII, muy reconocido en Lima. Me habla de sus compañeras, hijas de políticos, militares y artistas del medio; todas mezcladas con púberes que no tenían ni la menor idea qué iban a estudiar en la universidad. Me hablaba de su perro Lucas, de las fiestas a las que iba y de su mala suerte para el amor. Ella y yo teníamos eso que llaman química, y sentía que toda la discoteca los sabía, porque no dejábamos de bailar ni cuando los demás se sentaban. Enrico San Martín sigue ensimismado en la misma esquina de toda la noche, de pronto es interrumpido por una rubia preciosa que con cigarro en mano le pide amablemente la ayude a encenderlo. Enrico regresa a la tierra de un susto y en el intento 106 por prender el encendedor, falla; el aparatito de porquería no prende. La rubia hermosa se ríe acompañando la situación y esperando un nuevo intento; Enrico desesperado prueba por segunda, tercera, cuarta vez y sólo chispas. A ella ahora no le parece tan chistoso y mira confundida. Rápidamente otro galán se acerca, le ofrece el fuego de su encendedor, el cual regala una llama fuerte y erguida y se la lleva a bailar. Enrico triste, desorientado, por inercia vuelve a accionar el aparato, el cual esta vez funciona sin problemas, una llama se mostraba burlona de la situación. Los profesores Ramiro y Emilio le ofrecen otro trago a la tutora del Pío Pío XII quien se ríe de manera sospechosa. Yo la miro, ella me mira y parece todo consumado; es cuestión de tiempo para compartir aquel beso soñado. Como si fuera obra del destino, empieza a sonar una movida canción de Bacilos que entre su letra pegajosa dice: “compadre no pierda tiempo y bésela ya.” Nos reímos juntos y nerviosos mientras toda la discoteca: las princesas del Pío Pío XII, los delincuentes de mi promoción incluidos los profesores borrachos, la Miss acosada y el pobre de Enrico viudo de su encendedor coreaban: “¡Bésela ya compadre, bésela ya!” Quizá y ese instante de algarabía arruinó todo, porque nunca nos dimos el beso. La siguiente escena fue verla recoger su saco y cartera, revisar que sus cosas estuvieran en orden, sus compañeras completas (incluyendo a la Miss) y partir tan elegantemente como entraron. No recuerdo ni siquiera el beso de despedida en la mejilla.
Quince años después, con un espíritu festivo algo más endeble, inyectados por la alegría de unas copas de ron; con el gordo Joaquín todavía más gordo, la escena se repite. Frente a mí la chica más linda del lugar, con su sonrisa radiante, la respiración acelerada, la complicidad en el ambiente, mi mirada puesta en la suya y esa bendita canción, esa bendita canción como maleficio perpetuo, pidiendo que la bese y arruinando toda otra vez…

domingo, 29 de julio de 2018

La voluntad de los años

(Carta escrita el jueves 16.11.17, un día después del Perú 2 - Nueva Zelanda 0)
¡Perú vuelve a un mundial después de 36 años… 36! Cuánto tiempo ha pasado para volver a celebrar, 36 años es mucho tiempo. Generalmente consideramos datos cronológicos y de tiempo para resaltar malas rachas. Yo no tengo registro de algo que haya hecho más de 10 años, más allá de existir. Y puedo asegurar que la mayoría de Uds. tampoco. Ahora mismo no hablo de los años, hablo de la voluntad de hacerlo, de la vocación, de la pasión. Ayer llorábamos todos porque nuestra principal motivación estaba arraigada a un sentimiento, a común denominador que tenía que ver con el orgullo de sentirnos peruanos. Eso, eso es pasión. ¿Se imaginan hacer algo todos los días con esa intensidad? ¿Sentir a diario ese orgullo? Quizá y entonces, duraríamos 29 años con la camiseta bien puesta sin importar el peso del tiempo, porque no estoy hablando del conjunto de calendarios, estoy hablando de lo especial que nos sentiríamos teniendo un registro tan contundente.
Don Lucho, no se pasa tanto tiempo de casualidad en un sitio, y como dice la frase: no se cumple 27, 28, 29 años todos los días. Y otra vez no estoy hablando del tiempo, estoy hablando de la historia que encierra cada día. Las mil anécdotas que lleva consigo, los logros, los ascensos, los amigos. No puede pasar desapercibido un día así, porque no es cualquier cosa; sobre todo si hablamos del Banco, porque como bien dice Ud.: “lo único constante en el Banco, son los cambios” y cuántos cambios habrá experimentado Don Lucho. Si mi matemática no es mala, incluso tiene menos años de casado, lo que quiere decir que estos 29 años de Banco involucran temas personales: como el nacimiento de su hijo, formar una familiar, crecer como persona. Entonces, ya no son sólo 29 años: es parte de su vida, de su historia.
La grandeza de la empresa en la que trabajamos no tiene argumentos materiales y/o económicos más importantes que la calidad de personas que la conforman. Ud. Don Lucho, es un claro ejemplo de lo que digo, con esa ascendencia particularmente paternal, de cómplice de la situación cuando amerita y poniendo las cosas en orden si es necesario.
Volviendo a temas deportivos, si nos pone felices y contentos romper una mala racha de 36 largos años sin ir al mundial, y le damos una connotación melancólica por tanto intento fallido, porque no festejar 29 años de buena racha, regalarnos un abrazo y compartir una chelita. Darle la importancia que se merece a esta parte de su vida donde coincidimos todos nosotros.


lunes, 23 de julio de 2018

For once in my life

Cuando te recibí en mis brazos y sin tener mayor referencia de quién y cómo fui, sentí verme recién llegado al mundo, no te lo cuento por vanidad, es algo que todavía no entiendo. Aún tengo guardado tu particular llanto con el que te presentaste ese domingo por la mañana, confieso nunca había tenido en mis brazos algo tan puro, tan tierno, quizá y tan mío como tú tan cerca y es importante que sepas que fue el momento más mágico en mi vida hasta ese instante y que lloré acompañando tu llanto. Entonces puedo interpretar que tuvimos complicidad desde el primer minuto en que nos vimos, ese es un buen comienzo. No podía creer que fueras tú, porque no había tenido una epifanía tuya, mi imaginación nunca fue buena a pesar de ser un soñador. Intentaba descifrar tus ojos de gatito enojado, pues tenías dibujado el ceño fruncido como yo cuando me despiertan sin necesidad. Nunca te vi como mi menor, siento hasta hoy que eres ese amigo de toda la vida con el que siempre la pasamos bien, ese con el que estudiaste desde chiquito y le contaste tus más ínfimos secretos, y al que no traicionarías ni en un juego de mesa. Así te veo hasta hoy, que corres por toda la casa rayando las paredes, rayando los cajones, pintando mi mundo de colores. Entiendo que el tiempo pasa muy rápido, y no recuerdo en qué preciso momento empezaste a caminar y a decir papá o mamá reclamando por que cambiemos de canal, dejemos pasar al perro o no te quitemos tus crayones delictivos. Quizá como esos ejemplos después no recuerde tu primer día de clases, tu graduación de primaria, tus primeros goles y alguna travesura tuya que logró desquiciarme. Es que disfruto tanto el hoy que no me permito distraerme con cosas del pasado o preocupaciones futuras. Prefiero divertirme bailando contigo canciones de Bruno Mars y saber que no sólo intentas copiarlo a él sino también a mí y mis intentos de copiar a Brunito. Cada pasito nuevo que lanzas me llena de un orgullo caprichoso, de eso que incluso me hacen envidiarte con todo el amor del mundo porque nunca vi nada más lindo. Quién imaginaría que algo tan pequeñito iba a conquistarme al mejor estilo de Napoleón, que algo tan celestial iba a domar este corazón renuente, indócil, impuro, que parecía destinado a latir con fuerza pero sin sentido. Te apoderaste de mis noches haciéndome más viejo por dormir un par de horas. Que no contento con eso te ibas a adueñar del lado derecho de mi cama, del control remoto para ver a Luna o a Pepa. Que pasaría a ser tu copiloto cuando intento manejar el carro rojo que a veces me prestas para ir a trabajar. Mis libros secuestrados por tu curiosidad, mis zapatos y zapatillas divorciados entre sus pares. Mis cd’s de música vapuleados en mi ausencia y hasta te harías dueño  de mi tiempo, el que malgastaba a mi soberano antojo. De todas las dictaduras que he visto, eres la primera que sufro y sabes qué, no tengo ganas de huir, de abandonar esa realidad. A pesar de tener sueños, no soy un hombre de metas. De hecho no tengo asignado para ti ninguna obligación que no sea la de ser feliz. Intento forjarte  alas lo suficientemente fuertes para soportar los vientos más ariscos y chapuceros en tiempo de tempestad. Seguro que tendremos que caer un par de veces, pero verás que hasta ese dolor pasajero se convertirá en una gran carcajada después, como las que me regalas cuando no me aguanto las ganas y te bombardeo de besos sometiéndote a mi descoordinado ataque de cosquillas. Entenderás por lo antes expuesto que mis propias expectativas como guía no son auspiciosas, puesto que mi rigor es más endeble que una pluma al viento. Me he entrenado en el arte de congelar mis sentimientos, de gestionar mis emociones, pero contigo es imposible. Te cuento que este infame personaje ahora cruza la calle mirando por duplicado a ambos lados. No quiero perderme esa fascinante evolución de la que sigo siendo testigo, y menos de una manera tan tonta. Si me descuido y parto por un desliz, quizá mis cartas te convenzan de que sigo a tu lado, que hasta donde logré acompañarte estuve orgulloso que fueras tú y que me honrará hasta la eternidad de que me hayas escogido; sinceramente, yo nunca fui tan generoso, y mira que  estoy en base tres. Por ahora guardo el privilegio de tenerte como amigo y que a mi estilo, del cual me disculpo porque entiendo no es el más ortodoxo, te acompaño emocionado, tú agarrando mi índice derecho como cuando vamos a la calle. Siempre he necesitado de motivos para reencontrarme, hace mucho tiempo no sentía la necesidad desaforada de entregarme a las letras, creo que poco a pocos volveré a soñar que soy un escritor. Tengo ahora “el motivo” para retomar la terapia con la que me hacía menos insensible. Igual te seguiré conversando, contándote lo mismo que dejo plasmado en esta misiva cursi, porque sé que me entiendes, pero no quiero que te olvides en el tiempo que me haces feliz, muy feliz.
Puedo dar fe de que el amor a primera vista existe, que hay príncipes azules no sólo para las chicas románticas, y que los milagros se dan sin necesidad de que el cielo se abra y una luz te ilumine.
“Por una vez, puedo tocar/ lo que mi corazón solía soñar / mucho antes de que conociera / Ooh, ooh, ooh, alguien como tú / jamás se me hubiera ocurrido que hiciera mis sueños realidad” (For once in my life / Stevie Wonder)

miércoles, 28 de febrero de 2018

La narración de un hincha

Eras quizá, tan popular como el mismo fútbol, pero ni tú lo sabías. Y tu voz ya era la voz de la selección, sin que nadie lo proclamara. No recuerdo una pena compartida tan grande como ésta, que le duele hasta los que no saben nada de la pelotita y sus encantos.  Ese corazón inmenso con el que palpitabas cada partido, te falló a ti, y nos falló a nosotros. Convocado con exclusividad a un equipo santo, con partidos que no transmite ninguna cadena, sin repetición alguna que comentar. Somos tan de Peredo como tú de Farfán y quizá, no lo sabíamos. Y es que la noticia duele más que la propia eliminación por diferencia de goles, en la mejor versión de una selección que recuperó la fe. En un país de pocos buenos ejemplos, no sólo fuiste uno, sino que fuiste el mejor. Cada nota, cada enlace, cada recuento que te hace honores, es una patada a la canilla sin pelota. Veo tu foto, siempre con una sonrisa, y no puedo creer lo inmortal que te habías hecho, lo querido que te habíamos hecho, lo mucho que te echaríamos de menos si es que partieras a otras canchas. No me imagino un partido de Perú sin tu voz. Ya me dolía que el canal para que el que trabajabas no tenga los derechos para Rusia, y sentía que era una obligación patriótica que te prestaras a la causa de seguir acompañando a la selección a si fuera en otra casa televisiva. Créeme que tenía la seguridad de que iba a ser así y que ningún otro relator hubiera puesto objeciones, porque tu no transmitías partidos, transmitías emociones. El partido que nos llevó al repechaje lo vi desde otro país, donde no pude escuchar tu grito de gol, el: ¡La tocó!, ¡La tocó! que ahora repiten intentando minimizar el vacío de tu ausencia. Ese simple hecho de no saberte en la narración me hizo sentir de alguna manera incompleto, como un equipo con diez jugadores. Como cualquier amante de fútbol no se imagina un mundial sin Messi, un peruano no se imaginaba un mundial sin ti. Creo que más de uno escuchó la narración futurista, esa que no será,  donde con la emoción acostumbrada comentas que tuvieron que pasar muchos años para darte el gusto, para darnos el gusto de gritar un gol peruano en el mundial. Lanzando para el recuerdo una frase con el regreso de Paolo (que seguro ya tenías pensada), para invocar a la Mamacita de Jefferson, para pedirnos que paremos las orejas, para abrazarnos los más de treinta millones de peruanos a través de tu relato, a través de tu  voz, a través del tiempo. Con tu empuje, con tu corazón, con tu pundonor Daniel.
Vi a la casa de la selección colmarse por una sola causa, ya la única no es la de la selección. Escuché a colegas lamentar que se vaya el número uno, a niños imitarte. Tu trascendencia te dignifica, te vuelve una gloria del deporte peruano sin haberlo jugado, te convierte en leyenda. Estamos seguros que un gol más va haber, y donde estés, desde tu cabina en el infinito, estarás gritando ¡Gol Peruano!
Hasta siempre Daniel Peredo…





domingo, 8 de octubre de 2017

Promesas pendientes

Aquel almuerzo pendiente desde hace varios años atrás, debido a una apuesta tonta que perdí por terco, por afanoso de mi mala memoria, por creer que siempre tengo la razón. Esas veinte luquitas por el doble o nada que aceptaste después del primer partido que me ganaste jugando play station; un segundo partido que sacaste adelante por suertudo, por una falta mal cobrada y después de que todo el partido estuvimos metidos en tu arco. El viajecito pendiente que nunca encontró fecha de pago, que nunca coincidió con mis vacaciones o presupuesto económico. Empezar de manera definitiva el gimnasio este lunes, sin falta alguna, sin más excusas, ni peros, ni postergaciones de último minuto. No volver a tomar más, o por lo menos hasta estos extremos, que provocan resacas épicas. Llegar a la hora acordada y no hacerme el loco una y otra vez como si nada de nada pasara. Ese bebé planeado con tanto amor, con nombre en caso sea niña o niño. Sacar al perro al parque todas las mañanas, por lo menos media hora diaria, de paso yo también hago abdominales. Comprar los muebles nuevos que mi gata destruyó debido a que anda estresada en la nueva casa, pero no es culpa suya, los espacios son muy reducidos para su gusto. Cocinar los fines de semana, todos los fines de semana a partir de la fecha. No volver a comer de noche y tomar por lo menos dos litros de agua al día. Leer ese libro postergado casi dos años, en la misma página 53 que no puedo derrocar. Terminar mi carrera, aquella que le prometí hace unos años atrás acabar a mis padres quienes me recuerdan que sin el título no se va a ninguna parte, que el tiempo pasa y después las empresas no van a considerarme por mi edad. Ir a misa los domingos, por lo menos dos veces al mes con confesada de por medio, eso me hará vivir en paz. Ir al dentista otra vez, aunque que quede claro que no me duele ninguna muela. Pedirle perdón a papá por chocarle el carro, y si, estaba borracho. Aprender a manejar bicicleta. Comprarme una nuevas zapatillas para jugar fútbol, porque las goleadoras de ahora, aunque siguen igual de efectivas, no son las mismas; ya se ve mi dedo gordo. El viaje a Europa que tantas veces soñé y terminé desbaratando por miedo a los yihadistas. Dejar de vestirme con esos colores tan llamativos los cuales mis amigos repudian. No mentir. Ser más tolerante. No comprar cosas que no necesito. Aprender a tocar piano. Inscribirme en clases de salsa. No volver a llegar tarde. Decirle a la chica que me gusta si quiere ser mi novia. Cambiar mi sentido del humor tan tirado al sexo (¿queeeé?) Tener el valor de decirle que esto ya no funciona. Pedirle perdón por la vez que la hice sentir tan mal y llevarla a las lágrimas. El tatuaje que tanto miedo me da. ¿Quieres casarte conmigo? Empezar a ahorrar. Tomar esa pastilla que me hagan dormir para siempre. Raparme el cabello. Hacerle el baile sensual que siempre he querido hacer. Dejar esta mala vida. ¡Ser feliz!

Cualquier promesa que hayas hecho, cualquier pendiente postergado por iluso, por cada vez que hayas relacionado tu error y/o derrota con el pago de una apuesta mal pactada.  Llegó la hora de honrar tu palabra por el: “cuando Perú llegue al mundial” con esa sonrisita burlona. A partir de este martes 10 de Octubre y con la mayor de las alegrías y júbilo reprimido en nuestra conciencia, pagamos todos, pagamos todo. ¡Perú a Rusia 2018! 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Sueño cumplido

Sentía la bulla del estadio lleno, cómo vibraba. La algarabía de la gente, los cánticos, el remesón estruendoso de la hinchada esperando al equipo de sus amores. Toda una vida viendo los partidos por televisión, soñando con siquiera ir al estadio para desbordar mi pasión; y ahora, calentando con el equipo titular, viendo a todos aquellos referentes, corriendo al lado de ellos, preparándome para cumplir un sueño de niño. Estoy a minutos de salir a la cancha, de que miles de niños como alguna vez lo hice yo, me alienten con la única intensión de cosechar un triunfo más, de conservar la supremacía de nuestro equipo. Heme aquí, forrado con los colores de un sentimiento que me hace tiritar las piernas. Tanto tiempo entre las divisiones menores, tanto tiempo abrazando la idea de un sueño que se hace realidad. El niño ha crecido y hoy tiene la oportunidad de demostrar que está listo para el ruedo, que ya es un hombre. Entonces nos reparten las camisetas, la piel que quiero defender. El número que me corresponde es el 30, estoy emocionado. Ya con el uniforme puesto la algarabía es aún mayor. No cabe la emoción en mi pecho. Me veo en la puerta del túnel listo para saltar al gramado. Estoy cumpliendo mi sueño de niño, estoy tocando el cielo con las manos. Estoy viviendo un momento único. Siento que la felicidad existe, que es este momento. Veo la película de mi vida pasar frente a mis ojos.
Así me siento viéndola partir, haciéndome un adiós cariñoso con la mano mientras ingresa al quirófano. Yo vestido de azul, como doctor neófito orgulloso de su carrera. Sólo tengo el celular en la mano y una emoción inmensa en el pecho. Ella me ha mandado un beso volado como último regalo antes de darme el milagro que incluso llevará mi apellido. La espera previa fue como el calentamiento, como si fuera a estrenarme en la Champion League con el Barcelona, en el mismísimo Camp Nou frente a noventa mil personas. De pronto, y entre tanta divagación la doctora me dice que la acompañe, que es mi turno. Recorro ese pasadizo bien iluminado, nada parecido a esos tránsitos horrendos de las películas antes de una operación. Me detiene frente a una puerta, que hace las veces del túnel antes de llegar a la cancha. Los doctores intervienen a la futura madre  con  oportuna paciencia, mientras  el otro lado de la puerta, el niño a punto de cumplir su sueño, ve toda esa tremenda hinchada aunarse en favor de su club. Me dan el visto bueno y raudo ingreso a ese limbo mágico dónde el tiempo no existe. Me pierdo en el momento y veo toda esa mágica sensación hecha materia. Impávido trato de inmortalizar cada instante con mi celular sin saber qué grabo. Veo a ese pequeño de color morado cubierto por una especie de talco, desesperado por hacernos conocer que está vivo. Veo a ese pequeño ser conociéndonos a nosotros también. Quedo perplejo, congelado, inmóvil. Mi sueño hecho realidad. Escucho a la afición cantar las canciones de siempre. Yo en el medio, un espectador más. El tiempo se detuvo frente a mí. Yo me detuve con él.
El sueño que soñé tantas veces se encuentra frente a mí, y caen una tras otra lágrimas de emoción. Él, como cómplice de la situación, ha postergado su llanto y parece conocerme, reconocerme como su papá. ¡Bienvenido! Le digo en voz baja…

La felicidad existe, la he visto frente a mí. Mide 49 centímetros, pesa 3 kilos. Sueño cumplido…