miércoles, 7 de agosto de 2024

Herencia eterna

 

Un día más en la oficina con un sol hermoso entrando por el ventanal en un mañana cualquiera de junio. Hace un par de días atrás estaba muy lejos, en la “La ciudad de los vientos”, donde el frio nos ponía en las mañanas a menos 3 o 4 grados bajo cero. Las tuberías se obstruían porque el agua se congelaba (igual no daba muchas ganas de bañarse). Las granizadas sorprendían sumándose a las heladas temperaturas y los “pingüinos”, morían de frío.  No solo tenía que sortear los embates del clima, casualmente en mi estadía también tuve que lidiar con protestas. Hubo muertos y represión, se escuchaban balazos por las noches a pesar del toque de queda. Salíamos a trabajar a las 05:40 a.m. para laborar un par de horas antes de que los huelguitas se agrupen para iniciar protestas. La pasé muy bien. Regresé porque Dios lo tenía planeado, era muy complicado un retorno a  los 9 meses. Regresé porque el jefe máximo de mi división: Armando Jansen, una vez acabado todos los incidentes sociopolíticos, en un almuerzo exprés, escuchó nuestras historias con mayor detalle y se llevó algunos apuntes precisos en su celular. Uno de ellos hablaba de estar lejos de la familia y la labor como padre que uno cumple incluso a la distancia.

Mientras apreciaba los rayos del sol y valoraba como nunca su calor, interrumpe mis cavilaciones  de forma repentina un mensaje de la secretaria de Armando, que producto de los apuntes en su celular, me invita a participar en una transmisión a nivel nacional por el día del padre. Ella me realiza un simple pero demoledora pregunta: ¿Cuál es la mayor enseñanza que tu papá te dejó?

No pensaba en papá hace mucho, hace años. El dejó sus obligaciones cuando yo tenía un año, no había mucho donde buscar. Mis recuerdos más lúcidos de él acompañaban mis más tiernos años. Sus visitas esporádicas con el tiempo se hicieron aún menos frecuentes; no alcanzaron para dejar en mi memoria una enseñanza marcada que tuviera que acreditársela, que reconocerle. La pregunta simple fue demoledora y no pude responder, no puede encontrar una respuesta que esté a la altura de lo que se busca para el día del padre. No sabía cómo explicar que no lo veo hace trece años y qué de vez en cuando busco en los archivos para ver que en su documento de identidad no figure como fallecido. No respondí por falta de argumentos pero me llevé la tarea a casa con toda la carga emocional que me produjo.

Ezio siempre me espera despierto, intenta aguantar a pesar de que a veces llego muy tarde. Tengo la responsabilidad de ser el héroe de un pequeño de 7 años que ante la ausencia de mejores referencias, ve en mí súper poderes que no sabía que tenía. Su sola presencia me aterriza, me recompone, me libera de las responsabilidades de ser adulto. Ezio advierte mi presencia y corre a mi encuentro a toda velocidad con su pequeño cuerpo vestido de crema. A su corta edad, mi pequeño se ha vuelto un ferviente hincha de la , sabe mucho. Tiene presente sus resultados, el fixture, los nombres de sus jugadores y se sabe las barras mejor que yo. Cuando en las mañanas salgo de la ducha me espera fuera del baño y me canta: Sale el campeón… sale el campeón () y yo aplaudo al ritmo de sus cánticos. Ezio llega a casa del colegio y automáticamente busca su camiseta; gracias a Dios le compré la crema y la granate de visita porque de lo contrario, no nos daría oportunidad de lavarla. Grita los goles como si estuviera en el estadio, como se deben gritar los goles y yo me siento chiquito al lado de él. Lo veo vestido de crema y resuelvo todo. Ezio llega con todas las respuestas de la manera más simple y conmovedora. Yo soy hincha de la por y gracias a papá. Él me regaló mi primer uniforme crema con short incluido el cual como Ezio, no dejé de usar hasta que me quedó como calzoncillo. Me habló del gran “Lolo Fernández” y sus hazañas; de cómo rompía redes con sus zapatazos, del temor de los porteros ante sus cañonazos. Me inculcó la pasión más grande que tengo. Recuerdo llorar en el 98´ en la final ganada en el Nacional ante Sporting Cristal; la primera de las tres copas del tricampeonato. Lloré frente a un televisor en blanco y negro y con permiso de mi mami quien también crema, me alentó a expresar mi hinchaje. Y lloré también frente a un televisor a colores en el 2023 cuando campeonamos en la casa del compadre y nos apagaron la luz. Primer campeonato que Ezio pudo disfrutar. Lloré abrazándolo e incluso más que cuando él y/o su hermana Micaela (crema también) nacieron. Ser crema es algo de lo que tengo uso de razón desde siempre, nací y ya éramos los más campeones y esa condición a la fecha no ha cambiado, 37 años después. Guardo en mi memoria tantos buenos momentos que incluso ya tengo con quien compartirlos hasta el final de mis días.

¿Cuál es la mayor enseñanza que tu papá te dejó? – la pregunta que no respondí a mi jefe y que quedó como tarea. – La respuesta: hacerme hincha de la . Enseñanza, papá; que ya compartí con tus nietos.

Felices 100 años Universitario de Deportes. Gracias por ser parte de mi vida, de mi familia y de mis futuras generaciones.


jueves, 15 de julio de 2021

Los huevos de Fabián

 

Ha pedido permiso en el colegio con anticipación y dejado a sus alumnos haciendo un resumen de la historia del Impero Inca. Ha solicitado que a cada Inca le creen un perfil de Facebook con sus datos y pasatiempos, tarea que por demás a emocionado a sus pupilos. Fabián no es muy asiduo a los hospitales y/o clínicas pero tiene una ecografía testicular pendiente que le inquieta mucho. Sentado en la combi, algo apretado, le preocupa más que le suden los huevos; que el doctor los encuentre pegados a su entrepierna y la muestra no sea de utilidad para un diagnóstico final. Está próximo a bajar y se apresura a la puerta para que la movilidad lo deje en el paradero solicitado. Una vez que desciende del vehículo estira las piernas para que sus partes se acomoden, para que sus criadillas vuelvan a un sitio apropiado y puedan llegar relajadas a su cita. El profesor Fabián está casado hace quince años y adora a sus cuatro hijos, los cuales son prueba fehaciente de que fue bendecido con unas glándulas sanas y prodigiosas. Antes de su compromiso nupcial, fue un bandido, un palomilla coqueto. Enamoró a casi todas sus compañeras de estudios, muchas de ellas colegas en la institución. Explotó su sexualidad y la de sus compañeras de manera muy ágil y juguetona, con aventuras colosales que hoy extraña con melancolía. Producto de ese pasado inquieto le atribuye los males que le aquejan y aquellos dolores repentinos que lo obligan a guardar reposo, a poner sus bolas en reposo. Mientras saborea aquellos recuerdos lejanos, espera sentado su turno y olvida la presentación de sus testículos ante el doctor. La puerta del consultorio se abre y un caballero de avanzada edad lo llamada por su apellido para que ingrese. Lo saluda de manera escueta y lo invita a que se baje el pantalón y trusa antes de subir a la camilla. Fabián observa que frente a él y dándole la espalda, mirando a la pared, se encuentra una señorita de delicadas facciones que aparentemente es su asistente. A pesar de no poder verle el rostro, sospecha que es guapa. Fabián obediente y ya sin pudor deja a la vista su colgajo y se echa boca arriba en aquella litera. El doctor se coloca los guantes mientras pregunta a qué se debe la visita. Fabián responde con cara de pena que le duelen los huevos. El doctor sin compartir su pesar pregunta su edad y si ha tenido algún tipo de accidente a lo que él responde que no. Mientras el doctor ausculta sus turmas encogidas recibe una llamada repentina que interrumpe el silencio de la sala. Inmediatamente el doctor suelta los testículos de Fabián y revisa con esos mismos guantes la llamada entrante. Sin pedir disculpas por la interrupción contesta alterado el teléfono vociferando que ya ha comentado que no lo molesten, que está trabajando, que está ocupado. Se produce un breve silencio y luego responde aún más airado que sí recuerda que tiene que comprar una plancha nueva, que la va a esperar en la tienda por departamento acordada a la hora del almuerzo. Mientras discute, se aleja del consultorio hasta incluso retirarse del ambiente para no ser escuchado. En la habitación solo están Fabián mostrando su pito arrugado y la señorita asistente dándole la espalda, mirando su computadora como única opción. El doctor no aparece y Fabián intenta pensar cualquier cosa mientras trascurre el incómodo momento. Hace mucho tiempo no comparte una habitación con otra mujer que no sea su esposa, menos exponiendo sus partes blandas. En esa reminiscencia, empieza a atisbar a sus ex compañeras de aventuras, en poco tiempo las remembranzas transcurren con detalles por lo que empieza a sentir al sur de su ser un despertar incómodo. Rápidamente intenta distraerse pensando en la directora del colegio, una señora de gruesas facciones desmesurada para el maquillaje y las bisuterías. Mientras tanto, el bulto casi con autonomía propia, se hace más notorio en sus partes bajas. En ese intentar mental de controlar la situación ingresa nuevamente el doctor disculpándose de manera superficial por la ausencia inoportuna. Retoma su trabajo y se encuentra con el obelisco de Buenos Aires en su zona de trabajo. Mira a Fabián con lástima, como dejando claro que no es el momento. Se da la vuelta para cambiarse de guantes mientras el monolito avergonzado disminuye su proporción. El doctor se hace el loco y unta un gel muy helado que apaga el incendio provocado. Es así que mientras ejecuta la ecografía, va dictando datos a su secretaria, datos que parecen coordenadas al interior de sus bolas. Fabián se da cuenta que tiene un huevo más grande que el otro debido a la diferencia de la información entre un testículo y el otro. El doctor termina, le arroja un papel higiénico que parece lija y Fabián se limpia con sumo cuidado, sabe que sus pelotas son delicadas y después de sus hijos, son lo más preciado que tiene. Se sube la trusa, el pantalón y le pregunta al doctor si ha visto algo que deba saber. El doctor lo mira con desdén. Luego solo le indica que los resultados serán enviados a su doctor tratante para que determine una receta, que aparentemente tiene la próstata crecida. Fabián se siente halagado. Rápidamente sale de la clínica de regreso a su institución. Cuando llega al aula del colegio “San Bergolio” ve en la puerta a Gerardo, su alumno de confianza quien le pregunta cómo le fue en el examen médico. – Hasta el huevo – responde Fabián sonriendo por el chascarrillo que solo él entiende. - ¿Uds. qué tal? – replica. – Estamos en la incertidumbre si fueron trece o catorce Incas – responde su alumno.

viernes, 25 de junio de 2021

Las manos de Estela

He depositado mis carnes crudas en una silla de playa desde donde veo encantado el hermoso mar caribeño. Como recién llegado al cielo, entendiendo que he muerto, que ya no importa nada; que me he portado tan bien en vida que me he ganado el derecho de dorarme suavecito a orillas del océano atlántico arrullado por las olas cálidas e inofensivas del mar caribe. Entiendo también que he sido un tipo bueno y ahora toca el premio a mis actos bienaventurados. Ya me unté bloqueador y bronceador rapidito por si advierten algún error y me despachan para el infierno, lo hago en un minuto para no perder tiempo y entregarme a la sensación del descaso eterno. Parecía que nada podía estar mejor pero Dios guardaba más para mí, para su hijo pródigo. Una morena de robusto aspecto se acerca con la paz del espíritu santo y me dice: Hola chico. Me ofrece cautelosa unos masajes que describe como celestiales, lo que confirma mi teoría de haber muerto. Posa sus divinas manos sobre mí recitando que me va a dar una breve demostración gratuita de sus bondades. Al momento de invadir este cuerpo maltratado, de palpar mis crudas carnes, yo volví a morir y pasé a la zona VIP de los seres de luz. Intenté oponer resistencia pero desde que la yema de sus dedos hizo contacto con mi espalda fui suyo. Aquella morena bendita me sobó la espalda tan rico que me rendí, me entregué, me despojé de mí mismo. Me conversaba tan delicioso con ese dejo pegajoso, sabroso, rítmico, que me perdí. Rápidamente me indicó que si deseaba podía brindarme un servicio de cuerpo completo el cual costaba sesenta dólares nada más. Yo en un trance total le dije que no cargaba efectivo. Ella contrarrestó ofreciendo por treinta dólares un trabajo especial en mi delicada espalda. Yo embobado cogí mi lánguida billetera y le demostré (siempre en trance) que solo contaba con 26 tristes dólares que llevaban juntos algunos días en ese espacio oscuro de mi billetera.  Ella, un ángel caribeño, se quedó con veinticinco dólares y prosiguió con sus servicios. Le pregunté cómo se llamaba, a lo que respondió de manera escueta: Estela. Intenté hacer algo más de conversación para escuchar su melodioso dejo pero me respondió que por veinticinco dólares no correspondía conversación. Mientras me vertía su ungüento de coco, otro ángel moreno que brindaba los mismos placeres que Estela aterrizó a mi lado y preguntó si no venía acompañado para también hacerles masajes a mis allegados. Antes de que yo responda, Estela muy oportuna le contestó brevemente que solo tenía un dólar, humillándome elegantemente y alejando rápidamente cualquier otro tipo de compañía. No solo hacía masajes deliciosos, también poseía algo de maldad, lo que me encantaba aún más. Rompiendo su silencio por lo pagado me preguntó si trabajaba mucho. Debido a que ya me había desairado en mi primer intento de conversación y en la respuesta a su compañera por mi falta de dinero, respondí - Como negro – a la pregunta deslizada. Ella presionó con mayor fuerza mis lonjas. Pero Estela no era rencorosa, como el  ángel que es, focaliza su intensidad e intenta deshacer los nudos de mi espalda, producto del estrés, con un movimiento especial. Estela, Estela, eres como mi primer amor de la escuela, le recito. Estela, Estelita, deslízate suavecito por mi espaldita, le exclamo. Estela, Estela bonita, gracias por sobarme  mi piel crudita, balbuceo. Perdido en mis delirios y sospechando que a Estela le hace gracia mis rimas improvisadas, veo interrumpido aquel momento mágico por una flatulencia coqueta producto de mi relajo. El estruendo hace que ella rápidamente se levante con cara de desagrado y me mire con ligero desprecio a pesar de mis poemas. Le ofrezco el dólar que me queda como propina y ya no sé qué me avergüenza más. Estela lo recibe disimulando su fastidio y se aleja sin despedirse. Relajarse mucho tampoco está bueno, pienso mientras quedo huérfano de sus manos, ya extrañándola. El caribe no es lo mismo sin Estela.  

lunes, 30 de marzo de 2020

El huésped maldito

En dos semanas se han limpiado los mares, los cielos se han pintado de azul y los animales se sienten incluso más libres. Los cerros y montañas conservan sus formas sin que intenten explotarlas para arrancarles mineral de sus entrañas.  Los índices de delincuencia son los más bajos de los últimos cinco o diez años en pleno apogeo. No se escucha de accidentes con trágico final u homicidios culposos titulares predilectos de todos los diarios. Los políticos no se insultan denigrando a los ciudadanos que supuestamente son representados por sus embestiduras; o por lo menos ya no le hacen tanto caso. No se sabe de la vida del futbolista borracho, la bailarina pizpireta o el encuentro clandestino en algún hotel agazapados en medio de la noche cómplice. La gente prohibida de abrazarse y darse un beso muere por hacerlo, por tocar otra piel, por sentir calor humano. Los amantes si no se tienen cerca se extrañan, y si se tienen cerca se aman. Los infieles parecen curados porque la tentación deja de ser un motivo. Las familias han recobrado la memoria y empiezan a conocerse. El papá ya no tiene fútbol que lo distraiga, la mamá se cansó del celular. Los niños han aprendido a jugar juegos de mesa que hasta ahora desconocían. Se ha recobrado el cariño por la lectura. El tiempo ya no juega en contra porque hasta parece que sobrara. No importa si construiste una edificio de diez pisos, si tienes el carro último modelo o un cuarto lleno de papel higiénico. No interesa si eres hermoso o hermosa, si tus músculos te empoderan o si tu popularidad rebalsa en las redes sociales. No hace ninguna diferencia que midas metro noventa, tus ojos azules o que estés algo robusto. Se ha generado una democracia tácita entre todos. Algo tan diminuto que ni si quiera podemos verlo nos ha demostrado que no somos la raza superior y nos ha reducido a miedo e impotencia. Nos hemos sentido tan poderosos que hasta intentamos colonizar otros planetas, pero no podemos ni con el nuestro. Hemos instaurado tantos cánones ridículos que si se festejara un día mundial de la familia no sería tan perfecto como ahora que solo nos tenemos los unos a los otros con temor a pérdida. Nos hemos acostumbrado tanto al egoísmo que hasta en un momento crítico pensamos que la economía sigue siendo más importante que la integridad de una persona, que la integridad de una comunidad, que la integridad de los habitantes de tu propio país, de tu propio planeta. Hoy que el chiste ya no es chistoso, que la simple gripe amenaza con atacarme sin que me dé cuenta e incluso me obligue a partir sin despedirme, entendemos, quizás en un silencio vergonzoso, que no hicimos las cosas bien. Somos una especie que no valoró el verde de las plantas, la transparencia de los ríos, el cantar de las aves, el calor del sol. No valoró el beso de un ser querido, la visita de gente por tu cumpleaños, salir a caminar. Somos una raza que atenta contra otras razas, contra nuestra misma raza. Nos hemos reducido a un estado tan minúsculo que el virus parecemos nosotros. Deténganse en la idea de que los humanos somos la enfermedad indeseable que ha aquejado a un cuerpo ajeno,  anidados en un organismo extraño, empeñados en expandirnos hasta ocasionar su muerte. Somos lo indeseable, lo incurable, somos la peste, la pandemia. Somos los huéspedes malditos y el coronavirus, la gripe de  Wuhan, el COVID 19, en apariencia, es simplemente el antídoto.


lunes, 22 de julio de 2019

La novela que nunca escribiré

A los veinte años decidí salir del cobijo materno y de aquella pequeña ciudad que no avizoraba para mí la garantía de emprender el vuelo que me lleve a cumplir mis sueños de juventud. A mis veinte años y sin mucha diferencia a hoy, no sabía qué sería de mí en los próximos cinco, ocho, diez años. Corría el año 2008 cuando con un par de bultos encima cargué inocente las expectativas de algo mejor y seis horas después, me hallaba en una ciudad donde llovía a morir en pleno verano e igual jugaban carnavales y sin uso de sentido común, te mojaban sobre mojado. Siempre fui cautivo de la soledad que se necesitaba para conocerte mejor y me entregué a ella. Un año antes, en el 2007 y producto de mi afiebrado sueño de ser escritor, empecé a publicar escritos donde contaba historias exageradas y bohemias de cómo veía las cosas y los pequeños sucesos de los que era protagonista. Las contaba tan distantes de la realidad pero al mismo tiempo convencido de que habían pasado; sin duda eran “Las memorias de un desmemoriado”. Esperaba ansioso los martes para subir una columna que era sagrada, que me ayudaba a alimentar las ganas de entregarme a las letras y que incluso en el tiempo me sirvió como catarsis. Aquella página olvidada lleva ya doce años acompañándome ahora como consuelo. Llegué para estudiar psicología, y en la breve preparación que tuve para alcanzar ese objetivo, encontré una historia hermosa, que me cautivó por todo aquello que me perseguía y persigue como parte de mis recuerdos. Desde pequeño mi mami y la religión fueron condimentos de amor. Pasé mis años más tiernos recorriendo iglesias de la mano de mamá, siendo víctima de los pellizcos de abuelitas devotas que veían en mí un pequeño angelito sin alas. Me dormía en las misas, jugaba a las escondidas cuando no había misas y rezaba con una fe que ahora extraño. Mi madre es el gran amor de mi vida, y lo poquito de bueno que tengo se lo debo a ella, quien con aplomo y sin saber cómo, me sacó adelante sin la presencia paterna. La historia transcurre en cualquier tiempo con un chico de quince años aproximadamente, que producto de la edad y la afanosa idea de perder la castidad se entrega al asesoramiento incauto de sus amigos de colegio, un colegio religioso donde se mezclaba perro, pericote y gato. En aquella ciudad había un prostíbulo muy conocido, donde aquellos muchachos se encontraban con sus pintorescos profesores, los cuales accedían a aprobarlos con la condición del silencio. Mientras escuchaba aquella historia comulgaba cada suceso con mis personajes propios, con mis amigos, compañeros; con el colegio donde pasé quizá los mejores años de mi vida. Mis primeros amores y experiencias con el sexo opuesto. Las exageras historias donde me contaban que ya habían pasado a las filas de los hombres con experiencia sexual y las innumerables veces que intenté pasar a ese grupo de privilegiados con poco éxito. Mis profesores que eran mil veces más pintorescos de lo que pude escuchar en la historia original. La influencia de mamá en el personaje principal que fácilmente pude haber sido yo y la importancia del amor en cada centímetro de la historia. Tengo el boceto de aquel libro que nunca escribiré hace once años y sigue igual de fresco pero sin los bríos de ser el próximo Jaime Bayly, quien es mi héroe literario y por suerte en una feria del libro se lo hice saber antes de que firmara un libro que leí toda una noche antes. Yo quise ser escritor y vivir de ello. Alquilé un cuarto, compre un colchón que tiré en el suelo como una isla en medio del mar, y alrededor mío todos los libros piratas que devoraba como si fueran el pan de cada día. Me duró una semana porque estuve a punto de contraer neumonía; por eso compré una cama de segunda mano con tablas que la cruzaban que eran de otra tarima y que se caían conmigo encima cada cierto tiempo, así como se cae aquel sueño de viajar por el mundo firmando mis libros, como Jaimito me los firmó a mí.

jueves, 21 de febrero de 2019

Maldita ternura

Sus cabellos cortos y sus lentes de abuelita en vez de avejentarla le dan bríos de juventud; esto acompañado de su metro sesenta de estatura y su contextura delgada por naturaleza, aparenta incluso ser menor de edad. Elsa es una jovencita no tan jovencita que parece un conejito tierno y hasta asustado, es un dibujo animado que guarda un secreto que la persigue todos los días: odia a las personas. Ella trabaja como supervisora en una empresa de seguros muy conocida: “La Protectora”, donde se encarga de gestionar a sus asesores. Ella era asesora también, y a pesar de sus buenos resultados y la aparente facilidad para el puesto, no aguantaba el contacto con personas desconocidas, darles la mano, saludarlas y sonreírles sin conocerlos. Llamadas clandestinas con la finalidad de absolver una duda y/o consulta referente a clientes que incluso odiaba desde el primer minuto que los vio. Elsa corría al baño a renegar, a echarse un poco de agua en su carita de niña buena para disminuir el bochorno de ser buena gente, gel desinfectante en las manos para matar todas las bacterias contraídas antes que las bacterias la maten a ella, mientras maldice uno por uno, con nombre y apellido a todos los clientes que atendió. Ante la gente, Elsa es un alma pura. Se le acercan a contarles sus cosas, sus secretos, sus experiencias, a hacerle conversación por las puras debido a que para todos sus compañeros, clientes y hasta personal nuevo, ella representa una buena compañía. Ella los ve llorar, reír mientras escucha las historias sin importarle un pepino los acontecimientos ajenos. Se aburre cuando las historias son largas. Responde al silencio de la conversación con un: “Eso te pasa por animal” / “Quién te dice que seas tan bestia” y sus infidentes invitados se ríen a carcajadas festejando su sentido del humor ácido mientras ella reniega en su interior pensando mil maneras de darle fin a esa vida inútil que se presenta frente a ella. Elsa, por esa estrella brillante que la acompaña y sus buenos números, ascendió la segunda vez que lo intentó. La primera fue una frustración absoluta, lloró por días en la oscuridad de su alcoba. Estuvo a punto de renunciar y/o enjuiciar a las personas que la habían entrevistado. Los nervios le jugaron una mala pasada. Para su segunda oportunidad practicó por días las respuestas a preguntas que ya conocía y fue con una sonrisa de oreja a oreja y un moño de color morado que revestía sus cabellos y le daba un toque de ternura adicional. Impostó la sonrisa más bonita y falsa que tenía y no se quedó callada nunca, se rió de los chistes tontos de los entrevistadores y pasó primera. Elsa asumió el puesto de Supervisora en la oficina principal de aquella ciudad, una oficina que duplicaba el número de asesores de la anterior agencia de donde la despidieron incluso entre lágrimas, recordándole que siempre sería parte del equipo y que la iban a extrañar, a echar de menos. Ella los odió por última vez y le dijo que por favor no la estén molestando con sus solicitudes, que no quería escuchar nunca más sus horribles voces, ni por teléfono; a lo que su público respondió con una sonrisa cómplice, aplaudiendo su última gracias; no entendiendo la seriedad con la que ella hablaba. Elsa fue a su primer día con temor, con el mismo temor que siempre la embarga cuando se encuentra con cambios fuertes en su vida. Todos la miraban tan raro como ella los miraba a ellos. – Es demasiada gente – pensaba. – Yo odio la gente – se recordaba mientras su consuelo era que ya no tenía que tratar con clientes, ahora sólo eran veinte asesores a su cargo, a los que podía mangonear como le diera la gana: negarles el habla, expectorarlos de su oficina a mitad de historia si le daba la gana, total ella era la jefa. En sus cavilaciones maquiavélicas fue interrumpidas por un ser de contextura gruesa, una especie de niño oso que con una enorme sonrisa y una corbata roja se presenta ante ella: - Hola, soy Beto, también supervisor - a lo que ella respondió con un escueto: -Hola- bajando la mirada hacia su monitor para evitar palabras. – ¿Tú eres Elsa verdad? - le preguntó con la sonrisa intacta, como dibujada. A Elsa se le soltó el estómago instantáneamente, como una pequeña carga eléctrica de su cerebro hasta su vientre, que la hizo decir su nombre rauda y desaparecer camino al baño. Beto es el típico “Ñoñito” de la agencia, siempre correcto, pegado a la letra. Almuerza su hora y media exacta, llama la atención por detalles como el tamaño de las uñas, el exceso o falta de maquillaje a las chicas, los zapatos sucios, la raya mal hecha en el pantalón. Todas sus fotos en redes sociales son sobre el trabajo, sobre los nuevos objetivos de la empresa y lo motivado que se siente. Esto, sin mezquindad alguna, enerva la existencia de Elsa que prefiere a todos sus ex compañeros juntos contándoles sus historias que la sola presencia de Alberto Bueno, más conocido como Beto. Aunque Elsa intenta respirar, meditar, calmarse con la música que escucha (que escucha todo el día para desconectarse de la gente), no puede evitar verlo frente a ella, sentado en su escritorio. Sólo ve su nuca, que debido a su corte al ras, parece que formara otra cara por lo mofletudo de su contextura. Elsa está al borde de una crisis porque no puede más. Por las noches se sueña con él, con su nuca. Se lo cruza en el horario de almuerzo y se le vuelve a soltar el estómago, ya no puede almorzar tranquila. Para evitar pesadillas se auto gestiona el insomnio y por las mañanas es un trapo con lentes, llega a la oficina con los ojos rojos, se sienta en su sitio esperando la muerte y cuando cree que no se puede sentir peor, encuentra la nuca de Beto, quien voltea de casualidad cruzando miradas, Elsa no le quita la vista, lo mira fijo mientras lo insulta con el pensamiento. Beto le sonríe. Todos estos acontecimientos dolorosos se los cuenta a su nuevo psicólogo, a quien ha contactado recientemente porque no puede más con su vida. Le habla de la nuca de Beto, de la sonrisa de Beto, de su insomnio y su reciente cariño por el alcohol, el cual bebe en una tasa de Star Wars en su cuarto, abrigada hasta el cuello, siempre sola. Roberto, su psicólogo nuevo, apunta todo despacito. Él es un joven profesional de peinado perfecto, con la raya al costado. Usa lentes que lo hacen ver muy intelectual. Tiene los ojos verdes y aspecto de niño aplicado. Su camisa blanca lo hace ver como un colegial pío y dócil. Espera paciente a que Elsa desahogue, limpie su alma. Está atento al silencio de su paciente para emitir su punto de vista, puesto que ya sabe la terapia que le va a recetar, el compromiso que van a pactar en su primera sesión. Él tiene la solución a todos sus males. La respuesta la tiene anotada al final de la hoja y en mayúsculas. No tiene dudas, su último apunte dice: ¡MÁTALO!

lunes, 17 de diciembre de 2018

El misterio de la soledad

Llego a casa a cuestas: abatido, cansino. Arrastro mi cuerpo hasta la puerta del segundo piso, arrastro también una caja con víveres navideños que la empresa nos regala cada año con menos espíritu navideño. La puerta se abre despacito, como pidiendo permiso, y luego de doce horas de ausencia, como un golpe de energía, encuentro tus ojos mirando los míos, tu mirada iluminándome. Corres hacia mí abrazando mi pierna, dándole sentido a todo un largo día. Cumples con regalarme una dosis de purito amor y rápidamente abordas la caja misteriosa que he traído. Últimamente todos los momentos son futuros recuerdos, éste me lleva muchos años adelante, cuando tu memoria invoque las navidades en que papi llegaba con regalos a casa. Descubrimos el misterio que guarda ese cartón y tu emoción me embarga, me conmueve, tanta felicidad también me salpica. Es increíble como hace unos años atrás abría la puerta del departamento y encontraba oscuridad y silencio, donde sospechosamente era feliz, entre tanta ausencia, escuchando el eco de mis pensamientos; extrañando a nadie, esperando que me toquen la puerta para salir despojado de mi cama, donde pasaba el mayor tiempo del día. Lo mágico de administrar tu soledad era saber que escogías el momento preciso para estar acompañado, para llenar por antojo vacíos que de vez en cuando te aburrían. Luego de fumar ese porrito de compañía, de escuchar nuevas historias, de acompasar ritmos de poca costumbre regresaba como un oso en invierno a su cueva, a ese espacio personal donde recargaba pilas y me encontraba a mí mismo, me regocijaba. Hoy soy consumidor de otro tipo de soledad, de la soledad que no se escoge, de la que te rodea como la oscuridad rodea la noche. Es un problema de la humanidad siempre querer lo que no se tiene, añorar lo que parece imposible. Últimamente soy una ensalada de sentimientos que avizora cuatro paredes abrazándome. No sé si la adolescencia tenga una segunda etapa a los treinta y dos años, pero vuelvo a ser aquel chico de dieciocho que no sabe qué será de su vida de acá a diez años. En el silencio, en el abandono, uno siempre encuentra un momento de claridad. He revisado libros y escuchado historias que relatan que el optimismo no tiene caducidad, que los sueños llegan a cumplirse en menor o mayor escala y que sólo existe un tipo de cementerio. Son largas mis conversaciones internas, pero son pocas las respuestas en el soliloquio interminable de saber a dónde voy. La soledad no sabe de modas y se viste como le da la gana: a veces con los colores de la primavera, a veces con grises fríos invocando el invierno. Ezio ha encontrado entre las latas y sobres el paquete de papitas y su mirada es elocuente, es un pirata que ha descubierto el tesoro escondido. Nuevamente cable a tierra, regreso de mis cavilaciones y complazco tu deseo de invadir aquel botín. Soy tan feliz viéndote feliz que a veces creo que no hay más que vivir, que viviré para complacerte. Eres esa velita que ilumina el camino y aunque reconozco nuevamente que no sé hacia donde voy, tú eres el motivo por el cual sigo avanzando. Temo despertar una mañana y no tenerte cerca, no complacer mis expectativas de acompañarte. No sé si sabes que soy tu papá, porque a veces yo lo olvido. Yo te siento y me siento como ese mejor amigo, ese que escogiste tú, ese que escogí yo. Soy preso de la soledad y la dicha a la que tanto amor me ha sentenciado. Soy tu guardián solitario Ezio, aquel que es pagado con tu sonrisa, con una gracia tuya, de esa forma soy millonario. Amo estos momentos, en los que inexplicablemente me siento yo mismo. Los que me invitan a sentarme y escribir lo que una voz misteriosa me dicta, una voz que suena a mí. Debe ser la navidad que tiene la costumbre de atrofiar mis sentimientos, o el vino syrah que saboreo una y otra vez mojando mis labios, envenenando recuerdos. O quizá solo sea la soledad que abraza, que envuelve; la soledad celosa. He dedicado muchas noches a indagarte, a descubrirte: quizá solo seas tú otra vez, quizá solo sea tu misterio, soledad.

lunes, 26 de noviembre de 2018

La celebración de todos los amores

No me gusta usar terno todos los días, me siento atrapado, prisionero, amordazado por una correa que somete mi vientre en expansión oprimiéndolo sin piedad y una corbata que ahoga mi libertad, que asfixia lo poco que me queda de juventud. Por eso mi look ligero, con una camisa blanca sport, sin corbata que la adorne y un blazer marrón que más sabe de discotecas que de misas. Tampoco me gustan los matrimonios, las nupcias. Siento nervios al escuchar el intro con el que lentamente la novia se acerca al altar, donde circunspecto el novio espera parado, cegado de “amor”, como un sentenciado al paredón. Rezando con la fe que el fútbol otorga, pido para que el partido de River y Boca se vuelva a suspender, no quiero perderme tal acontecimiento futbolero; rezo mientras ingreso por primera vez a aquella iglesia. Es inevitable no pensar en mamá cada vez que entro a una capilla, recordarme pequeño corriendo entre los santos pasadizos, siendo pellizcado en los cachetes por todas las señoras que conformaban el taller de oración de mi madre. Jugar a las escondidas entre santos y cruces, dormirme en la liturgia. Mamá siempre me dijo que me ganaba el derecho de pedir un deseo cada vez que ingresara a una iglesia nueva, claro está, mi deseo es ver el clásico argentino, la final de la Copa Libertadores, y como es mucho pedir que pongan una TV en aquel santuario mientras algunos se casan, opto por rogar que el partido se suspenda, que me esperen. Me ubico muy adelante, en la zona vip de aquel templo que hoy celebra no uno, sino cinco matrimonios. Es una ceremonia comunitaria, inédita para mí. Entienden que si ver a una novia entrando al ritmo del piano despierta mis alergias, ver entrar a cinco me invita a una taquicardia. Por el respeto y cariño que les tengo al Sr. David y la Sra. Antonia lo soporto. Ellos llevan en su haber más de cincuenta años de casados civilmente, dos hijos que ya les han regalado nietos y mil historias que juntos han sabido sortear. Ella de blanco, visiblemente emocionada; él con la sonrisa de siempre, la de un tipo bonachón. El cura es un italiano de sonrisa franca, de semblante sencillo y amigable. Su liturgia es una de las más bellas que he escuchado, una de las pocas donde no me he dormido. – Hay regalos que Dios nos ha dado, uno de ellos es la vida. Todos los días debemos dar gracias a Dios por tener una nueva oportunidad para ser felices. Como consejo, dejar las pantuflas debajo y en el centro de la cama, para que en las mañanas, en el ejercicio de buscarlas, nos arrodillemos y aprovechemos la oportunidad para orar. Otro regalo de Dios es el amor, el amor de verdad, no el de Disney; ese amor que te invita a buscar la felicidad del prójimo, con paciencia y desinterés. Y la familia, donde siempre estaremos cobijados en amor – predicaba. Felicitó a cuatro de las cinco parejas porque eran de avanzada edad y explicó que nadie debe casarse por compromiso, sino por amor. Y casarse a los setenta años no trae consigo ningún tipo de dudas, ningún tipo de carga que no sea la bendición de Dios y la promesa de acompañarse hasta el final. Dicen que nosotros los humanos tenemos dos fechas importantes que celebrar: el día en que nacemos y el día en que descubrimos para qué hemos nacido. Y para esto segundo, es indispensable hacer uso de los valores, o sea, de las cosas que tienen valor: amar por ejemplo. Disfruté cada palabra, porque no habló de religión, habló de Dios, de ese Dios que te quiere ver feliz, de aquel Dios que no castiga, un Dios muy distinto al del que habla la mayoría. Salí poco antes de que se terminen de tomar fotos, detrás de la primera pareja de esposos. Afuera todas las familias juntas (las de los cinco agasajados) esperaban con arroz en mano, bandas de música, serpentina, juegos artificiales y toda la hora loca anticipada. Fui premiado cual novio, felicitado, abrazado y salpicado por todo lo que me arrojaban. Nunca antes tan cercano al sacramento del matrimonio huí despavorido. Ya en la recepción y azuzado por un par de piscos sours, me dejé llevar por aquellos dos tórtolos de avanzada edad y me conmoví con cada gesto de amor: con sus palabras que hablaban de la bendición de estar ahora sí en la gracia del Señor, del pequeño baile que prepararon de manera tan tierna y del bouquet que lanzaron para cumplir con las costumbres. Los músicos ingresaron al ritmo de boleros, interpretando todo con guitarra y cajón. Quién diría que Micaela me regalaría a un mes de su llegada la pieza de baile más linda de mi historia, cogiendo con su pequeña manito mi dedo pulgar y recostando su cabecita en mí regazo. Yo era el novio enamorado.
No tenía ganas de ponerme el terno, y me vestí como quise. No quería asistir a otro matrimonio y disfruté de todas las ceremonias: La del cura italiano y su estupendo sentido del humor y la de dos gallardos amantes. No pensé bailar y Micaela me llevó danzando a las nubes. No quería que se juegue la final de la Libertadores y todavía no tiene fecha, ni estadio, ni garantías. Todos celebramos el amor a nuestra manera, y aunque no sea una de sus finalidades, también lo sufrimos.

jueves, 4 de octubre de 2018

El ángel en la nube

Tengo la fuerte sospecha de que los ángeles desde el cielo se sientan en una nube y miran a la gente pasar, tambaleando sus pies desde las alturas, como quien se sienta en lo alto de un muro a ver qué hay del otro lado. Con la misma suspicacia de la sospecha anterior, siempre he creído que en el paraíso se maneja un sentido del humor ácido, pícaro, particularmente pintoresco y que nos miran a diario como si fuéramos una serie de Netflix, una serie inspirada en la comedia, con la que se ríen, se pegan y no pueden con la curiosidad del qué va a pasar. Así también, como en las series que miramos, ellos escogen dentro del tumulto de gente que observan, a sus personajes favoritos, a esos que aparentemente son más simpáticos o todo lo contrario; y conciben en su imaginación los posibles finales y/o desenlaces que estos pueden ofrecer, que se pueden dar. Maquinan las posibilidades, las historias, los momentos jocosos que ellos pueden regalar. Bajo esta teoría, alguna vez me comentaron que estos ángeles curiosos, son quienes escogen a sus padres, a sus personajes favoritos dentro de la serie en la que ellos serán a posterior protagonistas. Sólo imagínense que esta teoría de que tu hijo o hija te haya seleccionado desde lo alto de una nube, te haya escogido con todos tus defectos y virtudes, haya aceptado heredar esos rasgos que puedes llegar a odiar y te haya confiado su estadía en este mundo terrenal: ¿no es halagador? Ahora yo, que soy en cualquier serie emitida, por lo menos un personaje secundario, es quizá el mejor reconocimiento que pueda recibir en mi discreto paso por este mundo, el más honroso de los reconocimientos. Mi instinto paternal, siempre desenfocado, desde mi tierna juventud ha querido tener entre sus brazos una rubia inspiración de cabello largo y risa celestial. Ha visualizado a aquella niña rubicunda correr entre los jardines regalando una sonrisa mágica, contagiosa, milagrosa. Quería una niña que me diga papá y me tome del dedo meñique antes de salir a pasear al parque y perseguir ardillas como cuenta el libro en que el personaje principal describía a su hija con dulzura. Que si se le antoja hacerme el peinado con dos colitas y gratis pintado de uñas, lo haga; que repita el cuento donde es una princesa y aprovechar el pequeño lapso en que me concederá el privilegio de que yo sea su príncipe y que piense en mi primero cuando se tenga que bailar la primera canción de la fiesta. Siempre he creído que mi imagen varonil sólo resaltaría con la presencia de una pequeña niña y que si me tocaba niño no iba a tener el temple, la condición, el temperamento de encaminarlo, de darle una formación con carácter para que sea un hombre de bien. En cambio a la niña se le podía criar siempre con besos y abrazos, con cariños, con mimos, con simple y puro amor sin mayores condicionantes. Por suerte lo del pequeño no es tan real, Ezio me ha ayudado a romper ese paradigma y me educa a diario con sus ocurrencias demostrando que todo es más divertido así y que no importa si es hombre o mujer, lo que importa es que se haga con amor. Un niño continúa en calidad de angelito sus primeros años. Bajo la premisa de que antes de venir al mundo ellos nos atisban desde una nube y nos escogen como dadores de amor, tengo un compromiso lleno de fe, tengo un compromiso conmigo mismo a quien no puedo mentir. Puedo fracasar en lo demás: como pareja, como jefe, como amigo, como compañero y hasta como hijo (porque los hijos no somos lo que nuestros padres quieren) pero como padre no me permito el fracaso, no me permito el fallarles, el defraudarlos. Mi fidelidad a ellos es tanta que a menudo soy infiel conmigo mismo. No pretendo ser el mejor padre del mundo, sólo pretendo que ellos me disfruten y yo disfrutarlos y aprendan lo que tengan que aprender en base al amor, no guardarme ningún beso, ninguna caricia y recordarles a diario que los amo para que no tengan ninguna duda para cuando no esté. Los milagros pasan a menudo y quizá ni nos damos cuenta; yo mañana tengo una cita celestial, una reserva vip con un milagro, el que me invita a cumplir otro sueño más: conocer los rubios cabellos de un ángel llamado Micaela.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Todavía hay tiempo

Totalmente de azul, con la camisa manga corta que su madrina le había regalado y una corbata del mismo color, se encontraba Felipe, mirándola callado como tantas veces cuando la hallaba parada en la puerta del salón de clases conversando con sus amigas a la espera de que llegara el profesor de turno. No sabe exactamente cómo sobrevivió tantos fines de semana esperando a que sea lunes otra vez y verla casi siempre radiante, con su sonrisa mágica, con aquellos ojos marrones tirando a rojos que miraba encandilado, llevándoselos luego en la memoria; con sus cabellos renuentes siempre peinados y su figura delicada. A sus doce años, la vida de Felipe había sido marcada por una niña de nombre María Fernanda con la que se motivaba cada lunes para ir al colegio. Odiaba las vacaciones o cada vez que ella enfermaba porque sentía que le habían quitado lo bonito de ese día. Siempre contaba con un pretexto sospechoso para acercarse y robarle una sonrisa, jugarle una chanza y/o recibir una burla cruel de parte de ella, que no sólo era bonita, también tenía un sentido del humor ágil y chispeante. Ese era su trato, el de una breve tertulia amena y audaz. Aquella noche no era tan diferente, él la buscaba con la mirada para sacarla a bailar, porque Mafer bailaba lindo y él se defendía. En su mano derecha, como un boleto a la felicidad guardaba su dulce secreto; no se perdonaba que le sudaran las manos y temía arruinar aquella hoja llena de tinta azul que había redactado para ella tantas veces, tantos días. Durante todo el año no lo había acompañado el valor de serle sincero y ya no pasaba solo por confesar sus sentimientos; ya se había convertido en una terapia, en un desahogo para que su conciencia no lo asesinara una de esas tantas noches en que dormía ensayando cada palabra. La fiesta de fin de año, la de promoción de primaria, se presentaba como el escenario perfecto para descubrir a Mafer todo lo que ella despertaba en él; de darle las gracias por hacerlo sentir vivo, por hacer de cada día el mejor de los días y sobre todo, por enseñarle de la manera más tierna y sincera lo que él creía, era amor. Felipe, a pesar de su cariño desmedido, siempre fue cauto y hasta orgulloso, nunca intentó delatarse ante ella y aunque a veces le dolía, sabía que debía haber días en que guardar distancia era lo mejor. No quería que sus compañeros se burlen, no quería quedar como tonto, quizá incluso temía a no ser correspondido. Los amores a tierna edad son casi siempre tan puros como agua de manantial, pero eso no los exenta del dolor. Caminó hacia ella, entre el pequeño tumulto de gente. Al principio y como casi en toda actividad, estaban los niños de un lado y las niñas del otro. Ya había transcurrido un muy buen tiempo y esa pared invisible se había derrocado para que así se formaran las parejas, se rompiera el hielo. Mafer, por su alegría innata, fue una de las primeras en salir a la pista de baile. Felipe, cauto, esperó casi hasta el final de aquella fiesta de despedida para nervioso, encontrar sus hermosos ojos marrones y sonreírle frenético. Con cara de tonto le tomó la mano antes de preguntarle si podía bailar con ella, recibiendo con otra sonrisa un sí que no supo descifrar. –creo que fue por compromiso- pensó. Tocaron una salsa de Jerry Rivera, excelente para la ocasión, precisa para Felipe que se defendía en el género. La letra decía: “amores como el nuestro quedan ya muy pocos, del cielo caen estrellas sin oír deseos” y Felipe pensaba que era Dios ayudándolo a tomar valor y darle sentido al momento. Mafer linda como siempre, delicada como ella sola, era una excelente bailarina, una excelente compañera de canciones y se presentaba más alegre de lo acostumbrado porque ella amaba bailar. Felipe la abrazó suavecito disfrutando cada segundo; respiró profundamente, casi como suspirando, y en una vuelta de baile, de esas pocas que sabía dar, la miró tan bonito que ella dejó de sonreír y cerró los ojos. Felipe sabía que no contaba con mucho tiempo, la pegó a él con extrema delicadeza y despacito, como susurrando al viento le confesó que le gustaba. No perdieron el compás, en aquel momento parecían la única pareja de baile en la pista y aquella canción infinita, inmortal. La magia que los rodeaba era tan notoria que hasta algunas profesoras evidenciaron tan lindo momento sin intención de entrometerse. Felipe prosiguió: - Sabes que me gustas, y si no lo sabías, ahora sí. Esperé este momento porque antes no tuve valor, discúlpame. – le confesó mientras ella disimulaba el momento para los demás. Su corazón latía un poco más fuerte. –No quería molestarte- prosiguió. –Para mí, eres lo más bonito del día. No me permito enfermarme y lamento cuando no te veo. Sólo quería que lo sepas – le confesó y cuando ella le clavó la mirada, esa que mantenía siempre firme y lo obligaba a bajar la suya, le respondió como en el ensayo que tantas veces se permitió, que a ella, él también le gustaba. Pasaron muchas cosas por su cabeza, muchas. Entre ellas la tristeza de no haberle confesado antes sus sentimientos. Se acercó sin el temor que lo caracterizaba, y logró encajar el beso soñado en frente de todos, sin importarle nada. Era su primer beso. Fue breve, fue eterno. Luego le regaló una sonrisa y le entregó aquel papel marchito, arrugado. Con una tristeza dibujada en su rostro, ajena al momento, la soltó mirándola esta vez sin bajar la mirada y le dijo adiós. Mafer se quedó parada a la mitad del salón viendo como Felipe se alejaba como el verano para abrir paso al otoño. Demoró en percatarse del regalo, de aquel papel mustio que tenía en su mano derecha y pronta se fue al baño a terminar de reaccionar. Sus amigas que habían sido testigos de aquel momento especial, la buscaron en el servicio y la encontraron sí: con los ojos llorosos, con la misiva en la mano que contenía por ambas caras la confesión de un pequeño hombre enamorado. Aquella carta delatora, entre tanto secreto romántico y tierno, confesaba que mañana muy temprano partiría lejos de la ciudad, a estudiar la secundaria en verdad, lejos de ella…

jueves, 6 de septiembre de 2018

Bésela ya compadre

Extraviados a nuestros quince años en el ombligo del mundo, entre calles húmedas y el frío de la madrugada; confundidos, extasiados, caminamos en busca del sueño de sentirnos libres. Un puñado de púberes embelesados conformamos el batallón de pipilépticos en busca de compañía. La promoción del 2003 “Salvatore Ferragamo” del colegio Maristas camina por la avenida el Sol cerca al centro cívico, atraídos por la música de una discoteca limpia de turistas, desierta de forasteros, vacía. Entonces nosotros, unos veinte muchachitos convencidos de nuestra habilidad cazadora, de nuestro instinto animal con las mujeres, nos miramos las caras, acompañados cada uno con una cerveza, acompañados unos de los otros en esa noche desolada. Enrico San Martín, con su metro noventa y tres, juega con su encendedor; lo prende por décimo segunda vez en absoluto silencio, mirando como las luces de colores aparecen y desaparecen en la pista de baila, aportando desde su esquina oscura una rayito de luz. El cabezón Joaquín Zavala, curtido en las noches de juerga, no pierde la fe, él sabe que no duerme sano, que no duerme solo, que la noche es virgen y él, el perfecto amante. Por mi parte, que viajé casi por casualidad, me siento complacido de estar lejos de todo lo conocido, intentando fumar un cigarro que no sé fumar, que a su vez, le dio sentido al jueguito de Enrico que prende su encendedor y lo apaga nuevamente. Dos cervezas, quizá tres; ¡qué importa si no bailamos! nos beberemos la vida y nos emborracharemos a la salud de los buenos amigos. Al cabezón Zavala no le convence nuestra iniciativa y ya por la quinta cerveza se nota su cara de preocupación. Tenemos albedrío en la oscuridad de la noche, la mesa llena de botellas de cerveza, los amigos que quizá no volveremos a ver pero no tenemos femenina compañía. Algunos compañeros de la promoción empiezan a bailar entre ellos, queriendo aprovechar la buena música de la discoteca y antes de que se pierda la fe, casi por un designio divino, una luz al final del túnel se hace paso y descienden de las gradas de la puerta principal pequeños ángeles rubios de cabellos largos, de carita perfecta, y de risa cautivadora. Las chicas lindas del colegio Pío Pío XII hacen su ingreso y se ubican frente a nosotros. Todos boquiabiertos, hipnotizados, con tremenda cara de estúpido por el milagro recién presenciado observamos como tanta niña bonita dejan sus carteras y abrigos bajo la atenta mirada de su tutora, que no es menos guapa. Recuperando la lucidez observo a todos en cámara lenta, babeando del asombro, incluyendo a nuestros profesores Ramiro Pachuca y "El Negro" Emilio Tapia, que no se pierden ni un solo viaje de promoción. Ambos miran atentos a la tutora del Pío Pío XII. Las chicas no pierden tiempo, en dos minutos se pusieron cómodas y ya están toditas bailando en medio de la pista. Enrico parece estar en otro lado, prende su encendedor en silencio por vez cincuenta apagándolo inmediatamente. – Gracias Diosito – le escucho decir al cabezón Zavala quien ya me está codeando para sacar a bailar a las dos más bonitas. Yo tomo otro sorbito de cerveza pensando en cómo iniciar la conversación, cómo parecer interesante, intentando ser el galán que nunca fui. Joaquín Zavala confía a muerte en ese primer contacto, no sólo es mi hermano del alma, es mi representante de confianza en momentos como éste. Me llena de valor, de optimismo, me dice que no hay pierde. Yo le creo. Ambos hemos visto a la chica alta, a la que baila desenfadada y aparenta ser más mujer que sus compañeras. Me acerco custodiado por el cabezón y me paro al costado de ellas, comparto la sonrisa más tonta que tengo y ellas, en un acto de piedad, me devuelven otra sonrisa juguetona mientras hago la incómoda pregunta: ¿bailan?
La niña desaforada dice sí con la mirada bien puesta, e inmediatamente el cabezón Zavala hace un aspaviento gritando – ¡genial! – y la toma de la mano por sorpresa acomodándola frente a él. Yo me quedo a la mitad de la pista, con mi cara de tonto frente a su otra amiga, a quién no había observado desde un inicio. Cruzamos miradas y perdí. La niña de estatura promedio me envolvió con una sonrisa dulce y llegó a la conclusión de que nos tocaría bailar a los dos. En aquella discoteca cómplice, ella y yo bailábamos cuánta canción nos pusieran, en un coqueteo sublime y encantador, nunca tanto como ella. Compartíamos sin reservas nuestros mejores pasos sin escatimar esfuerzo: un poco de merengue, algo de reguetón, una pizca de “ashe” (música brasilera) donde Joaquín se descocía, una salsita para juntar nuestras manos. Se llamaba Violeta, y era hija de una ex miss Perú; me contaba cosas de su colegio: el Pío Pío XII, muy reconocido en Lima. Me habla de sus compañeras, hijas de políticos, militares y artistas del medio; todas mezcladas con púberes que no tenían ni la menor idea qué iban a estudiar en la universidad. Me hablaba de su perro Lucas, de las fiestas a las que iba y de su mala suerte para el amor. Ella y yo teníamos eso que llaman química, y sentía que toda la discoteca los sabía, porque no dejábamos de bailar ni cuando los demás se sentaban. Enrico San Martín sigue ensimismado en la misma esquina de toda la noche, de pronto es interrumpido por una rubia preciosa que con cigarro en mano le pide amablemente la ayude a encenderlo. Enrico regresa a la tierra de un susto y en el intento 106 por prender el encendedor, falla; el aparatito de porquería no prende. La rubia hermosa se ríe acompañando la situación y esperando un nuevo intento; Enrico desesperado prueba por segunda, tercera, cuarta vez y sólo chispas. A ella ahora no le parece tan chistoso y mira confundida. Rápidamente otro galán se acerca, le ofrece el fuego de su encendedor, el cual regala una llama fuerte y erguida y se la lleva a bailar. Enrico triste, desorientado, por inercia vuelve a accionar el aparato, el cual esta vez funciona sin problemas, una llama se mostraba burlona de la situación. Los profesores Ramiro y Emilio le ofrecen otro trago a la tutora del Pío Pío XII quien se ríe de manera sospechosa. Yo la miro, ella me mira y parece todo consumado; es cuestión de tiempo para compartir aquel beso soñado. Como si fuera obra del destino, empieza a sonar una movida canción de Bacilos que entre su letra pegajosa dice: “compadre no pierda tiempo y bésela ya.” Nos reímos juntos y nerviosos mientras toda la discoteca: las princesas del Pío Pío XII, los delincuentes de mi promoción incluidos los profesores borrachos, la Miss acosada y el pobre de Enrico viudo de su encendedor coreaban: “¡Bésela ya compadre, bésela ya!” Quizá y ese instante de algarabía arruinó todo, porque nunca nos dimos el beso. La siguiente escena fue verla recoger su saco y cartera, revisar que sus cosas estuvieran en orden, sus compañeras completas (incluyendo a la Miss) y partir tan elegantemente como entraron. No recuerdo ni siquiera el beso de despedida en la mejilla.
Quince años después, con un espíritu festivo algo más endeble, inyectados por la alegría de unas copas de ron; con el gordo Joaquín todavía más gordo, la escena se repite. Frente a mí la chica más linda del lugar, con su sonrisa radiante, la respiración acelerada, la complicidad en el ambiente, mi mirada puesta en la suya y esa bendita canción, esa bendita canción como maleficio perpetuo, pidiendo que la bese y arruinando toda otra vez…

domingo, 29 de julio de 2018

La voluntad de los años

(Carta escrita el jueves 16.11.17, un día después del Perú 2 - Nueva Zelanda 0)
¡Perú vuelve a un mundial después de 36 años… 36! Cuánto tiempo ha pasado para volver a celebrar, 36 años es mucho tiempo. Generalmente consideramos datos cronológicos y de tiempo para resaltar malas rachas. Yo no tengo registro de algo que haya hecho más de 10 años, más allá de existir. Y puedo asegurar que la mayoría de Uds. tampoco. Ahora mismo no hablo de los años, hablo de la voluntad de hacerlo, de la vocación, de la pasión. Ayer llorábamos todos porque nuestra principal motivación estaba arraigada a un sentimiento, a común denominador que tenía que ver con el orgullo de sentirnos peruanos. Eso, eso es pasión. ¿Se imaginan hacer algo todos los días con esa intensidad? ¿Sentir a diario ese orgullo? Quizá y entonces, duraríamos 29 años con la camiseta bien puesta sin importar el peso del tiempo, porque no estoy hablando del conjunto de calendarios, estoy hablando de lo especial que nos sentiríamos teniendo un registro tan contundente.
Don Lucho, no se pasa tanto tiempo de casualidad en un sitio, y como dice la frase: no se cumple 27, 28, 29 años todos los días. Y otra vez no estoy hablando del tiempo, estoy hablando de la historia que encierra cada día. Las mil anécdotas que lleva consigo, los logros, los ascensos, los amigos. No puede pasar desapercibido un día así, porque no es cualquier cosa; sobre todo si hablamos del Banco, porque como bien dice Ud.: “lo único constante en el Banco, son los cambios” y cuántos cambios habrá experimentado Don Lucho. Si mi matemática no es mala, incluso tiene menos años de casado, lo que quiere decir que estos 29 años de Banco involucran temas personales: como el nacimiento de su hijo, formar una familiar, crecer como persona. Entonces, ya no son sólo 29 años: es parte de su vida, de su historia.
La grandeza de la empresa en la que trabajamos no tiene argumentos materiales y/o económicos más importantes que la calidad de personas que la conforman. Ud. Don Lucho, es un claro ejemplo de lo que digo, con esa ascendencia particularmente paternal, de cómplice de la situación cuando amerita y poniendo las cosas en orden si es necesario.
Volviendo a temas deportivos, si nos pone felices y contentos romper una mala racha de 36 largos años sin ir al mundial, y le damos una connotación melancólica por tanto intento fallido, porque no festejar 29 años de buena racha, regalarnos un abrazo y compartir una chelita. Darle la importancia que se merece a esta parte de su vida donde coincidimos todos nosotros.


lunes, 23 de julio de 2018

For once in my life

Cuando te recibí en mis brazos y sin tener mayor referencia de quién y cómo fui, sentí verme recién llegado al mundo, no te lo cuento por vanidad, es algo que todavía no entiendo. Aún tengo guardado tu particular llanto con el que te presentaste ese domingo por la mañana, confieso nunca había tenido en mis brazos algo tan puro, tan tierno, quizá y tan mío como tú tan cerca y es importante que sepas que fue el momento más mágico en mi vida hasta ese instante y que lloré acompañando tu llanto. Entonces puedo interpretar que tuvimos complicidad desde el primer minuto en que nos vimos, ese es un buen comienzo. No podía creer que fueras tú, porque no había tenido una epifanía tuya, mi imaginación nunca fue buena a pesar de ser un soñador. Intentaba descifrar tus ojos de gatito enojado, pues tenías dibujado el ceño fruncido como yo cuando me despiertan sin necesidad. Nunca te vi como mi menor, siento hasta hoy que eres ese amigo de toda la vida con el que siempre la pasamos bien, ese con el que estudiaste desde chiquito y le contaste tus más ínfimos secretos, y al que no traicionarías ni en un juego de mesa. Así te veo hasta hoy, que corres por toda la casa rayando las paredes, rayando los cajones, pintando mi mundo de colores. Entiendo que el tiempo pasa muy rápido, y no recuerdo en qué preciso momento empezaste a caminar y a decir papá o mamá reclamando por que cambiemos de canal, dejemos pasar al perro o no te quitemos tus crayones delictivos. Quizá como esos ejemplos después no recuerde tu primer día de clases, tu graduación de primaria, tus primeros goles y alguna travesura tuya que logró desquiciarme. Es que disfruto tanto el hoy que no me permito distraerme con cosas del pasado o preocupaciones futuras. Prefiero divertirme bailando contigo canciones de Bruno Mars y saber que no sólo intentas copiarlo a él sino también a mí y mis intentos de copiar a Brunito. Cada pasito nuevo que lanzas me llena de un orgullo caprichoso, de eso que incluso me hacen envidiarte con todo el amor del mundo porque nunca vi nada más lindo. Quién imaginaría que algo tan pequeñito iba a conquistarme al mejor estilo de Napoleón, que algo tan celestial iba a domar este corazón renuente, indócil, impuro, que parecía destinado a latir con fuerza pero sin sentido. Te apoderaste de mis noches haciéndome más viejo por dormir un par de horas. Que no contento con eso te ibas a adueñar del lado derecho de mi cama, del control remoto para ver a Luna o a Pepa. Que pasaría a ser tu copiloto cuando intento manejar el carro rojo que a veces me prestas para ir a trabajar. Mis libros secuestrados por tu curiosidad, mis zapatos y zapatillas divorciados entre sus pares. Mis cd’s de música vapuleados en mi ausencia y hasta te harías dueño  de mi tiempo, el que malgastaba a mi soberano antojo. De todas las dictaduras que he visto, eres la primera que sufro y sabes qué, no tengo ganas de huir, de abandonar esa realidad. A pesar de tener sueños, no soy un hombre de metas. De hecho no tengo asignado para ti ninguna obligación que no sea la de ser feliz. Intento forjarte  alas lo suficientemente fuertes para soportar los vientos más ariscos y chapuceros en tiempo de tempestad. Seguro que tendremos que caer un par de veces, pero verás que hasta ese dolor pasajero se convertirá en una gran carcajada después, como las que me regalas cuando no me aguanto las ganas y te bombardeo de besos sometiéndote a mi descoordinado ataque de cosquillas. Entenderás por lo antes expuesto que mis propias expectativas como guía no son auspiciosas, puesto que mi rigor es más endeble que una pluma al viento. Me he entrenado en el arte de congelar mis sentimientos, de gestionar mis emociones, pero contigo es imposible. Te cuento que este infame personaje ahora cruza la calle mirando por duplicado a ambos lados. No quiero perderme esa fascinante evolución de la que sigo siendo testigo, y menos de una manera tan tonta. Si me descuido y parto por un desliz, quizá mis cartas te convenzan de que sigo a tu lado, que hasta donde logré acompañarte estuve orgulloso que fueras tú y que me honrará hasta la eternidad de que me hayas escogido; sinceramente, yo nunca fui tan generoso, y mira que  estoy en base tres. Por ahora guardo el privilegio de tenerte como amigo y que a mi estilo, del cual me disculpo porque entiendo no es el más ortodoxo, te acompaño emocionado, tú agarrando mi índice derecho como cuando vamos a la calle. Siempre he necesitado de motivos para reencontrarme, hace mucho tiempo no sentía la necesidad desaforada de entregarme a las letras, creo que poco a pocos volveré a soñar que soy un escritor. Tengo ahora “el motivo” para retomar la terapia con la que me hacía menos insensible. Igual te seguiré conversando, contándote lo mismo que dejo plasmado en esta misiva cursi, porque sé que me entiendes, pero no quiero que te olvides en el tiempo que me haces feliz, muy feliz.
Puedo dar fe de que el amor a primera vista existe, que hay príncipes azules no sólo para las chicas románticas, y que los milagros se dan sin necesidad de que el cielo se abra y una luz te ilumine.
“Por una vez, puedo tocar/ lo que mi corazón solía soñar / mucho antes de que conociera / Ooh, ooh, ooh, alguien como tú / jamás se me hubiera ocurrido que hiciera mis sueños realidad” (For once in my life / Stevie Wonder)

miércoles, 28 de febrero de 2018

La narración de un hincha

Eras quizá, tan popular como el mismo fútbol, pero ni tú lo sabías. Y tu voz ya era la voz de la selección, sin que nadie lo proclamara. No recuerdo una pena compartida tan grande como ésta, que le duele hasta los que no saben nada de la pelotita y sus encantos.  Ese corazón inmenso con el que palpitabas cada partido, te falló a ti, y nos falló a nosotros. Convocado con exclusividad a un equipo santo, con partidos que no transmite ninguna cadena, sin repetición alguna que comentar. Somos tan de Peredo como tú de Farfán y quizá, no lo sabíamos. Y es que la noticia duele más que la propia eliminación por diferencia de goles, en la mejor versión de una selección que recuperó la fe. En un país de pocos buenos ejemplos, no sólo fuiste uno, sino que fuiste el mejor. Cada nota, cada enlace, cada recuento que te hace honores, es una patada a la canilla sin pelota. Veo tu foto, siempre con una sonrisa, y no puedo creer lo inmortal que te habías hecho, lo querido que te habíamos hecho, lo mucho que te echaríamos de menos si es que partieras a otras canchas. No me imagino un partido de Perú sin tu voz. Ya me dolía que el canal para que el que trabajabas no tenga los derechos para Rusia, y sentía que era una obligación patriótica que te prestaras a la causa de seguir acompañando a la selección a si fuera en otra casa televisiva. Créeme que tenía la seguridad de que iba a ser así y que ningún otro relator hubiera puesto objeciones, porque tu no transmitías partidos, transmitías emociones. El partido que nos llevó al repechaje lo vi desde otro país, donde no pude escuchar tu grito de gol, el: ¡La tocó!, ¡La tocó! que ahora repiten intentando minimizar el vacío de tu ausencia. Ese simple hecho de no saberte en la narración me hizo sentir de alguna manera incompleto, como un equipo con diez jugadores. Como cualquier amante de fútbol no se imagina un mundial sin Messi, un peruano no se imaginaba un mundial sin ti. Creo que más de uno escuchó la narración futurista, esa que no será,  donde con la emoción acostumbrada comentas que tuvieron que pasar muchos años para darte el gusto, para darnos el gusto de gritar un gol peruano en el mundial. Lanzando para el recuerdo una frase con el regreso de Paolo (que seguro ya tenías pensada), para invocar a la Mamacita de Jefferson, para pedirnos que paremos las orejas, para abrazarnos los más de treinta millones de peruanos a través de tu relato, a través de tu  voz, a través del tiempo. Con tu empuje, con tu corazón, con tu pundonor Daniel.
Vi a la casa de la selección colmarse por una sola causa, ya la única no es la de la selección. Escuché a colegas lamentar que se vaya el número uno, a niños imitarte. Tu trascendencia te dignifica, te vuelve una gloria del deporte peruano sin haberlo jugado, te convierte en leyenda. Estamos seguros que un gol más va haber, y donde estés, desde tu cabina en el infinito, estarás gritando ¡Gol Peruano!
Hasta siempre Daniel Peredo…





domingo, 8 de octubre de 2017

Promesas pendientes

Aquel almuerzo pendiente desde hace varios años atrás, debido a una apuesta tonta que perdí por terco, por afanoso de mi mala memoria, por creer que siempre tengo la razón. Esas veinte luquitas por el doble o nada que aceptaste después del primer partido que me ganaste jugando play station; un segundo partido que sacaste adelante por suertudo, por una falta mal cobrada y después de que todo el partido estuvimos metidos en tu arco. El viajecito pendiente que nunca encontró fecha de pago, que nunca coincidió con mis vacaciones o presupuesto económico. Empezar de manera definitiva el gimnasio este lunes, sin falta alguna, sin más excusas, ni peros, ni postergaciones de último minuto. No volver a tomar más, o por lo menos hasta estos extremos, que provocan resacas épicas. Llegar a la hora acordada y no hacerme el loco una y otra vez como si nada de nada pasara. Ese bebé planeado con tanto amor, con nombre en caso sea niña o niño. Sacar al perro al parque todas las mañanas, por lo menos media hora diaria, de paso yo también hago abdominales. Comprar los muebles nuevos que mi gata destruyó debido a que anda estresada en la nueva casa, pero no es culpa suya, los espacios son muy reducidos para su gusto. Cocinar los fines de semana, todos los fines de semana a partir de la fecha. No volver a comer de noche y tomar por lo menos dos litros de agua al día. Leer ese libro postergado casi dos años, en la misma página 53 que no puedo derrocar. Terminar mi carrera, aquella que le prometí hace unos años atrás acabar a mis padres quienes me recuerdan que sin el título no se va a ninguna parte, que el tiempo pasa y después las empresas no van a considerarme por mi edad. Ir a misa los domingos, por lo menos dos veces al mes con confesada de por medio, eso me hará vivir en paz. Ir al dentista otra vez, aunque que quede claro que no me duele ninguna muela. Pedirle perdón a papá por chocarle el carro, y si, estaba borracho. Aprender a manejar bicicleta. Comprarme una nuevas zapatillas para jugar fútbol, porque las goleadoras de ahora, aunque siguen igual de efectivas, no son las mismas; ya se ve mi dedo gordo. El viaje a Europa que tantas veces soñé y terminé desbaratando por miedo a los yihadistas. Dejar de vestirme con esos colores tan llamativos los cuales mis amigos repudian. No mentir. Ser más tolerante. No comprar cosas que no necesito. Aprender a tocar piano. Inscribirme en clases de salsa. No volver a llegar tarde. Decirle a la chica que me gusta si quiere ser mi novia. Cambiar mi sentido del humor tan tirado al sexo (¿queeeé?) Tener el valor de decirle que esto ya no funciona. Pedirle perdón por la vez que la hice sentir tan mal y llevarla a las lágrimas. El tatuaje que tanto miedo me da. ¿Quieres casarte conmigo? Empezar a ahorrar. Tomar esa pastilla que me hagan dormir para siempre. Raparme el cabello. Hacerle el baile sensual que siempre he querido hacer. Dejar esta mala vida. ¡Ser feliz!

Cualquier promesa que hayas hecho, cualquier pendiente postergado por iluso, por cada vez que hayas relacionado tu error y/o derrota con el pago de una apuesta mal pactada.  Llegó la hora de honrar tu palabra por el: “cuando Perú llegue al mundial” con esa sonrisita burlona. A partir de este martes 10 de Octubre y con la mayor de las alegrías y júbilo reprimido en nuestra conciencia, pagamos todos, pagamos todo. ¡Perú a Rusia 2018! 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Sueño cumplido

Sentía la bulla del estadio lleno, cómo vibraba. La algarabía de la gente, los cánticos, el remesón estruendoso de la hinchada esperando al equipo de sus amores. Toda una vida viendo los partidos por televisión, soñando con siquiera ir al estadio para desbordar mi pasión; y ahora, calentando con el equipo titular, viendo a todos aquellos referentes, corriendo al lado de ellos, preparándome para cumplir un sueño de niño. Estoy a minutos de salir a la cancha, de que miles de niños como alguna vez lo hice yo, me alienten con la única intensión de cosechar un triunfo más, de conservar la supremacía de nuestro equipo. Heme aquí, forrado con los colores de un sentimiento que me hace tiritar las piernas. Tanto tiempo entre las divisiones menores, tanto tiempo abrazando la idea de un sueño que se hace realidad. El niño ha crecido y hoy tiene la oportunidad de demostrar que está listo para el ruedo, que ya es un hombre. Entonces nos reparten las camisetas, la piel que quiero defender. El número que me corresponde es el 30, estoy emocionado. Ya con el uniforme puesto la algarabía es aún mayor. No cabe la emoción en mi pecho. Me veo en la puerta del túnel listo para saltar al gramado. Estoy cumpliendo mi sueño de niño, estoy tocando el cielo con las manos. Estoy viviendo un momento único. Siento que la felicidad existe, que es este momento. Veo la película de mi vida pasar frente a mis ojos.
Así me siento viéndola partir, haciéndome un adiós cariñoso con la mano mientras ingresa al quirófano. Yo vestido de azul, como doctor neófito orgulloso de su carrera. Sólo tengo el celular en la mano y una emoción inmensa en el pecho. Ella me ha mandado un beso volado como último regalo antes de darme el milagro que incluso llevará mi apellido. La espera previa fue como el calentamiento, como si fuera a estrenarme en la Champion League con el Barcelona, en el mismísimo Camp Nou frente a noventa mil personas. De pronto, y entre tanta divagación la doctora me dice que la acompañe, que es mi turno. Recorro ese pasadizo bien iluminado, nada parecido a esos tránsitos horrendos de las películas antes de una operación. Me detiene frente a una puerta, que hace las veces del túnel antes de llegar a la cancha. Los doctores intervienen a la futura madre  con  oportuna paciencia, mientras  el otro lado de la puerta, el niño a punto de cumplir su sueño, ve toda esa tremenda hinchada aunarse en favor de su club. Me dan el visto bueno y raudo ingreso a ese limbo mágico dónde el tiempo no existe. Me pierdo en el momento y veo toda esa mágica sensación hecha materia. Impávido trato de inmortalizar cada instante con mi celular sin saber qué grabo. Veo a ese pequeño de color morado cubierto por una especie de talco, desesperado por hacernos conocer que está vivo. Veo a ese pequeño ser conociéndonos a nosotros también. Quedo perplejo, congelado, inmóvil. Mi sueño hecho realidad. Escucho a la afición cantar las canciones de siempre. Yo en el medio, un espectador más. El tiempo se detuvo frente a mí. Yo me detuve con él.
El sueño que soñé tantas veces se encuentra frente a mí, y caen una tras otra lágrimas de emoción. Él, como cómplice de la situación, ha postergado su llanto y parece conocerme, reconocerme como su papá. ¡Bienvenido! Le digo en voz baja…

La felicidad existe, la he visto frente a mí. Mide 49 centímetros, pesa 3 kilos. Sueño cumplido…

lunes, 21 de septiembre de 2015

Las muestras

Ha pedido las llaves de la casa de playa, quiere que estén solos y enamorados. Verónica ama a Federico, lo ama con locura. Fede está loco por Vero, despierta en él sentimientos inigualables, extraordinarios, amor sin ningún tipo de duda. Ambos, a sus dieciséis años, están convencidos que son el uno para el otro, no hay vuelta que darle. Es su aniversario, cumplen dos largos años de felicidad. Verónica ha preparado un collage recopilatorio de todo este tiempo: fotos, imágenes, videos, palabras de amor decoradas. Ya quiere ver su cara de sorpresa, ha dispuesto todo como si fuera para ella misma. Federico ha comprado un anillo con el que quiere comprometerse, con el que quiere definir su futuro al lado de ella, por siempre, para siempre. Entonces el intercambio de regalos, ya por la noche, ocurre. Él al borde de las lágrimas la besa después de ver el video preparado, se siente afortunado. Ella emocionada se siente realizada, su sorpresa dio en el blanco.  Federico saca un vino, le sirve una copa. Él toma la suya con un poco de premura, agarra valor. La invita a ir a la orilla, a pocos metros de la casa de playa. Varias velas en forma de corazón los esperan en el silencio de la noche. Ella lleva sus manos a la boca sorprendida. Federico, azuzado por el vino, convencido de cada instante, se arrodilla, con los ojos llenitos de agua. Le toma la mano, mirándola fijamente, y en un momento sublime le pide que sea su esposa. –Sí – responde ella encantada. , convencida, emocionada. Se levanta y la besa, la besa apasionadamente. Ella también es víctima del alcohol y se rinde en las manos de Fede, que ha empezado a respirar de manera agitada. Ahora echados en la arena sus manos se deslizan por el delicado cuerpo de Vero. Ella, muy cortés, desabrocha el short de Fede, quien siempre ha sido un caballero en este tipo de ocasiones. La mano tibia de Verónica ahora viaja al sur y encuentra la virilidad de Federico en su mayor esplendor. Federico ha olvidado su promesa de respetar hasta el matrimonio a Vero y aloja sus manos dentro del pequeño vestido que la protege, y con miedo, la despoja de su ropa interior. Federico dudando, le pide la muestra de amor a Vero, le pide que lo acoja dentro de ella. Verónica que siempre se mostró como una dama, tiene vergüenza de responder tan pronto. Nuevamente tiene la oportunidad de demostrar que está enamorada, esta vez a Federico. – Se lo merece – se dice convencida.

Isabel es madre soltera, y a sus veinticuatro años se ha quedado sola con Sebastián de cuatro años de edad. Isabel vive en un pequeño departamento que paga a las justas. Su economía ha mermado mucho su calidad de vida pero tiene como motivación a Sebastián, su único motivo para no rendirse, para luchar. Carlos, el papá de Sebas, ha desaparecido. Desde que se enteró que iba a ser padre, y ha tan corta edad, decidió huir, escapar, hacerse humo. Desde entonces, y por orgullo propio, Isabel se vale por sus propios medios. Si algo ha aprendido Isabel del amor, es que se demuestra con hechos, no con palabras. Se encuentra en una reunión de trabajado, donde el jefe de su oficina está corriendo con los gastos de aquel platillo.  Las ha invitado a comer a una pollería muy concurrida. Aquel día Isabel no ha llevado nada a su boca, muere de hambre. Aduciendo un dolor estomacal ha pedido un embace para trasladar la comida favorita de Sebastián, hasta el departamento donde la espera. Se ha despedido de sus compañeros, sintiéndose culpable por comerse un par de papas fritas. – Dentro de dos días depositan – se menciona prometiéndose salir a comer delicioso con Sebastián. Hoy no le toca a ella. Recoge a su pequeño de la casa de su vecina, se durmió de tanto jugar. Lo lleva al depa y le dice que por ser un niño bueno le ha traído un regalo. Sebas se emociona. Isabel abre el embace y le entrega toda la merienda. Sebastián está feliz, no está acostumbrado a darse tremendo banquete. Devora el plato. Isabel tiene colmada de felicidad el alma, el estómago vacío.

A Bruno le va bien. Hace un año que por motivos de trabajo ha empezado a vivir solo. Ha dejado de ser un niño de mamá para transformarse en todo un hombre. En el trabajo se desenvuelve bien, se ha comprado un carro. Su apariencia ha mejorado notablemente debido a que puede darse el lujo de comprar de vez en cuando, ropa nueva. Sabe que su trabajo tiene prioridad ante todo, por eso se queda más de la cuenta en la oficina, priorizando sus tareas laborales, descuidando su alimentación. Bruno ya no tiene antojos, come lo que le da la gana y a la hora que le da la gana. Generalmente comidas grasientas o antojos que no contribuyen a una correcta alimentación. Por eso últimamente anda mareado, cansado. No visita el baño con la frecuencia acostumbrada. Como todo un caballero responsable decide de manera consciente, asistir al médico. Sus miedos a morir joven lo visitan, espera el peor de los diagnósticos. El doctor frente a la computadora anota todas las quejas que Bruno le cuenta. Sus dolores, sus malas costumbres, su presentimiento mortal. El doctor lo invita a realizar una serie de exámenes para descartar cualquier problema de salud. Con los exámenes de sangre no hay problema, ya tiene cierta experiencia; pero los exámenes de heces, jamás se los han solicitado. Le entregan una cajita con tres frascos, le indican que tiene que ser de los últimos tres días. Le prohíben que coma carnes, comida condimentada y cítricos. Bruno no escucha nada, sólo piensa en cómo va recolectar sus heces durante tres días y resguardarlas en aquellos frascos. No sabe qué cantidad es la necesaria, la forma en que lo hará. Bruno, con absoluta vergüenza de comentar la solicitud del doctor, se aventura a cumplir su misión. Intentado relajarse, muy por la mañana, se instala en el baño, se sienta y empieza su labor. Orgulloso de si, al tercer día, visita la clínica con las muestras solicitadas y las facilita al laboratorio. Grande es su sorpresa, cuando por la tarde, le piden que se aproxime de emergencia al hospital. La enfermera intentado guardar la calma le comenta que sus muestras arrojan tal cantidad de virus y bacterias, que es necesario atenderlo de emergencia. A pesar de sus miedos, Bruno escucha con calma a la enfermera. Su intención, muy avergonzado al darse cuenta del error, es la de no regresar nunca más a esa clínica. - Fue una mala idea recoger las muestras desde el interior del wáter -  se menciona. 

viernes, 11 de septiembre de 2015

Sentirme vivo (12:57 a.m.)

A cuestas veintinueve años, recién  por cumplirse. Once de setiembre, once de la mañana. Así me lo ha relatado un par de veces mamá. Una vela más a la torta y un esfuerzo adicional para soplarlas todas sin dejar ninguna pendiente. La verdad, siento que hubiera vivido unos cien años. Estoy cansado, muy cansado. De pronto, abrir los ojos, verme al espejo y saberme adulto creo que no lo he superado. Los intentos desesperados por abrazar a ese pequeño que fui alguna vez ya no alcanzan. Las ganas por hacer lo que me gusta han disminuido sin dar oportunidad a réplica. Tengo miedo de lo que venga, y de cómo me encuentre. Todo suena a queja, todo suena mal. Tiene que ser una fecha de esas, donde el día de cierta manera se manipula a favor tuyo y las cosas se sucedan amigables. Play al aparatito ese y el CD empieza a girar. - Es tu cumpleaños pues hombre – me reprimo. Entiendo que hay gente que me quiere, aunque me rompo la cabeza pensando el porqué. Empiezan a aparecer en la pantalla de la TV fotos mías, de mis años más tiernos. Empiezo a descubrir  muchas de ellas, fotos que no he visto jamás o no recuerdo. Veo a ese pequeño rubiecito de tez blanca y ojos claros y lo extraño, por Dios que lo extraño. - ¿Cómo pasa el tiempo carajo? - Me pregunto sin encontrar respuesta. Las fotos sorpresa han terminado y empiezan a sucederse videos de personas a las que quiero mucho, y aunque trato de estar a la altura de la sorpresa, veo a mi “sobrilinda“ (ya con veinte años encima) a la que vi crecer  y tan sólo la reconozco y caigo rendido, empiezo a llorar. Desde Colombia me ha grabado un caluroso saludo que conmueve todo mi ser. Mi madre con mis primas también se han dado la molestia. – Eres mi tesoro – le dice mi mami a la cámara pensando en mí.  Mi tía que no está acostumbrada a estas cosas, hizo el esfuerzo con todo el cariño del mundo. Mis amigos, hermanos del alma. Desde Europa, una Miss a la que quiero mucho, con acento a mamá me pide que me divierta sin excesos. Las chicas del “Cora”, todas guapas. Mi gente. - “Nunca cambies” -  me piden. Lo intentaré muchachos, lo intentaré. Aunque arrastre la idea de que ya soy otro, aunque sepa que de vez en cuando yo también me busco, lo intentaré. Parezco esos viejitos ariscos que reniega cuando lo engríen pero se siente peor cuando no le hacen caso. Me he vuelto un viejito de verdad. Hace muchos años atrás le perdí el miedo a la muerte y entendí que todo tiene su final, incluso mi historia. Uno sin miedo a la muerte es más osado,  va por la vida guapeando  los obstáculos hasta que otro miedo te visita y se apodera de la situación. Ahora tengo miedo al tiempo, a verme envejecer. A perder vigencia y convertirme en mi propia sombra. Uno empieza por aceptar sus defectos, sus miedos y problemas para solucionarlos. Pues acepto en todo caso, que el tiempo me va debilitando con cada movimiento de la aguja de reloj.  Soy un miserable con mucha suerte. Siempre he dicho que mi fortuna son Uds. Dios a algunos los hace sumamente guapos, a otros muy inteligentes. A algunos con menos suerte les da mucho dinero. El don de cantar, de bailar, de escribir. La bendición que Dios me ha concedido, la medición de mi fortuna, el don que no sabré explicar, son todos Uds. Los que pasaron y ya no están y los que por alguna razón decidieron quedarse. Y dedico especialmente estás últimas líneas al ángel de la guarda de turno, la que quiere toditas las horas extras, la que ha estudiado mis defectos al dedillo y ha tenido un entrenamiento riguroso en algún campo de batalla del medio oriente porque sabe soportar mis arremetidas caprichosas y chapuceras. Me sorprendiste, como siempre. (¡De corazón muchas gracias!) No sé dónde ni cómo me encuentre de acá algunos años. Si haya encontrado el antídoto a esta locura lacerante. Lo que me alivia es saber que están Uds. Y si están Uds. nada puede salir mal. Ah, me olvidada: A ti pequeño rubiecito, donde quiera que estés… Feliz Cumpleaños