martes, 9 de abril de 2013

Fuiste tú


Está en su cuarto, escuchando canciones de Ricardo Arjona; le parece que no eran tan malas sus canciones. Mira el techo como esperando encontrar algo nuevo, algo que le va a sorprender en cualquier momento. Lee los libros que ha leído una par de veces antes, no se acuerda muy bien de lo que trataban, sabe que no retiene ni sus líquidos. Ha llamado a un par de amigos, todos ocupados. Ha llamado a un par de amigas, no le contestaron. Es libre, puede hacer lo que quiera. Se ha comprado una moto nueva la cual hace bulla al pasar. Es una moto negra, una moto que lo hace ver un chico malo, el chico malo que quiere ser. Se ha ido al súper mercado, ha comprado algunas cervezas en lata, las pone en el refrigerador pensando en tomarlas heladas por la noche, lo más probable es que acompañado. Ha jugado play station toda la tarde, no ha perdido ni un solo partido. Está cansado de dormir, pero se siente más cansado despierto. “Por qué es tan cruel el amor” – dice una canción de Arjona. La recuerda, se pregunta qué estará haciendo. Está echada en su cama, con la televisión prendida mientras chatea en la laptop. Después de mucho tiempo entra al Facebook y es ella quien busca conversar con otras personas. La mayoría de sus contactos le pregunta por él, cuándo se casan. Ella comenta que han terminado, que son cosas que pasan; que a pesar de que él es un estúpido, no guarda rencor y le desea lo mejor. No es mala persona – alega. Algunos chicos que antes la molestaban vuelven a la carga, nunca se dan por vencidos. Empiezan a hacerle conversación, siempre lamentando el hecho de que esté triste y dándole ánimos, recordándole que es una chica linda, que pronto llegará el chico indicado para ella. Llenan de halagos la conversación y dejan la puerta abierta para una salida de amigos si es que ella quiere conversar. Algunas chicas también se han enterado que él está solo; la mayoría de ellas chismosean entre sí y comentan que una infidelidad fue la causante de la distancia. Él se ha comprado ropa nueva y se ha inscrito en el gimnasio para matar el tiempo. Ahora es él quien organiza las pichangas e invita a todo el mundo a hacer una parrillada en su casa. Ella se ha encontrado con las amigas que no ve hace meses, se ponen al día con los chismes y por la premura del caso, planean una salida nocturna para emborracharse como en los viejos tiempos. Él se ha bañado dos veces, se ha jabonado muy bien sus partes íntimas porque sabe que algo va a caer esta noche; se ha echado su mejor perfume. Ella ha sacado del baúl de la soltería una minifalda negra que siente que ahora le queda muy apretada. – He engorado un montón – se dice mirándose al espejo mientras llama a su tía para que haga el comentario respectivo. Se ha acomodado el cabello mil veces, quiere que le quede bien parado, que no se mueva. No quiere maquillarse mucho, la minifalda la aprieta un poco. Siempre le gustó vestirse de negro, por eso ha escogido la camisa de ese color, se siente un vampiro. Siente caminar en sancos con los tacos nueve, el vértigo la preocupa. Ha llamado a todos, los quiere confirmar, esta noche es noche de solteros. Todo el mundo la ha llamado, todos dudan de que  vaya a salir, no quieren que se desanime. Él está preparado para todo. A ella le preocupa reventar su minifalda. Él ha dejado la moto bien estacionada, quiere meterse una bomba esta noche. Ella le dice a su mamá que llega temprano, le comenta que está algo cansada. Él toma su taxi, prende un cigarro para parecer más interesante. A ella lo recoge un auto deportivo, es el amigo de su amiga que se ha ofrecido. Se encuentra con sus amigos, se dan un abrazo y deciden hacer unos previos. Se encuentra con sus amigas, les da un beso mientras se baja un poquito la falda. Él se sirve lleno, es lo que tanto había esperado. Ella decide pasarse un par de rondas, no le gusta el pisco. Él esta picado, han demorado en decidir en entrar a la discoteca, querían seguir tomando. Han entrado gratis, el vigilante de la puerta conoce a una de ellas y las ha hecho entrar sin pagar. Se sienta en la barra, mira a todos lados esperando encontrar una chica que le llame la atención; es noche de casería. Ha rechazado a un par de chicos que han intentado invitarle una cerveza, ella quiere conversar con sus amigas. Él esta borracho, no sabe por qué no está tan contento. Ella ha sentido el impacto de los tequilas, sus risas son un poco más elocuentes. Él baila con una chica que le ha dicho que va un ratito al baño. Ella baila con sus amigas y no recordaba que sabía mover tan bien la cintura. Ellos le dicen que la chica de rojo está bien rica. Ellas le dicen que lo olvide, que todos son unos perros. Él se acuerda de ella y se convence de que debe estar en su cama durmiendo. Ella no se acuerda cuando fue la última vez que se rio tanto. Ha tomado valor, se acercó a la chica de rojo y la invitó a bailar, ella lo mira de pies a cabeza. Ella siente la mirada de un chico con una botella de cerveza en su mano. Él está tomado, ya no tiene conciencia de la vergüenza y le insiste con una sonrisa que da un poco de lástima. A ella el chico del polito apretado le ha convencido para salir a la pista de baile, aparentemente es muy chistoso. Él, mientras baila con la chica de rojo, piensa en llevársela a la cama. Ella mientras baila con el chico de polito apretado, mira la hora para bailar todo lo que pueda antes de irse. La chica de rojo le dice que ya es tarde, que tiene que marcharse. El chico de polito apretado la invita a ir a otro lugar, donde haya menos gente. Él le dice a la chica de rojo que no se preocupe, que bailen un par de canciones más y que él la acompaña a su casa. Ella no es tonta, sabe que el chico de polito apretado busca llegar a otra base pero no sabe si animarse. La chica de rojo le ha dicho que se va con sus amigas, que su mamá la espera despierta y tiene que regresar con ellas. El chico de polito apretado le ha dicho que vaya a la casa de uno de sus amigos, que tienen un whisky para seguirla. Él no le insiste, le pide el número mientras mira el escote que su vestido rojo otorga. Ella no acepta, dice que está cansada y que puede ser para otra oportunidad. La chica de rojo toma su saco y su cartera y se retira con sus amigas, se han ido a otra discoteca. El chico de polo apretado no le ha gustado la respuesta, apenas e insistió un poco más; se ha despedido con un beso lo más cercano a la boca posible antes de mirar a la próxima chica que sacará a bailar. Él está muy tomado, ya no quiere seguir bebiendo. Ella está preocupada por la hora, acepta obligada un par de copas de tequila. Él sale desorientado, no se ha despedido. Ella sale un poco mareada, se apoya en el brazo de una de sus amigas que está peor que ella. Se encuentran en la puerta, ella lo ve primero y se pone nerviosa. Él se voltea renegando porque el taxista no le acepta la rebaja y encuentra su mirada, no esperaba encontrarla. A ella le da pena que esté tan borracho. A él le da un poco de cólera que use esa minifalda. No se saludan, ahora son un par de desconocidos. Ella sube al taxi con sus amigas, quiere llamarlo pero se aguanta. Él sube solo al taxi, consiguió la rebaja que buscaba. Ella quiere olvidarlo, no sale de su cabeza. Él no entiende que pasa, recuerda a Arjona: “No te vayas amor que aunque duelas no quiero dejarte.”
 

martes, 5 de marzo de 2013

La playa

No me gustaba la playa, lo recuerdo muy bien. Prefería mil veces una casa en medio del campo, rodeado por árboles entre la caca de las vacas y los mosquitos insaciables. Cuando iba a la playa me olvidaba del mundo y corría como loco. A pesar de que me embadurnaban en bloqueador y usaba polos, terminaba rojo como un camarón (siempre usaron esa expresión). Ser blanco no te hace más importante, te hace débil, lo sé yo. Los únicos días que exponía mi piel a los rayos del astro rey, eran en épocas veraniegas. Mostraba sin pudor las venitas que sobresalían, mis tetillas empequeñecidas y mi ombligo saltarín. No me metía mucho al agua porque estaba helada y porque no sabía nadar (ahora tampoco). Miraba asombrado a avezados nadadores que se sumergían en las aguas como focas y nadaban hasta el fondo, hasta donde no se divisaban y rezaba por si acaso, por si no volvían. Pero nunca fui testigo de una desgracia, pues cual José Olaya, regresaban a la orilla victoriosos. A mí me revolcaban las olas más pequeñas y tragaba litros de agua salada que seguro alguno de esos valientes nadadores había meado. Mi madre siempre dijo que la playa era más limpia que la piscina, entiendo por qué. Después de haber sido libre como las mismas gaviotas, regresaba a casa por la noche a sufrir los estragos de ser albino. Mi madre me disfrazaba de ensalada y me ponía tomates por todo el cuerpo. Me untaban cremas que no ayudaban y me daban un baño que no sabía calmar el dolor de ser blanco. Luego del bronceado asesino al que sobrevivía porque no era mi hora, procedía a la muda de piel. Tardaba días de días en terminar de pelarme y regresar a mi color natural, color papel bon. Odiaba la playa. Yo quería que compren una casa en el campo y que veraneemos ahí, lejos del mar. Con el tiempo me resigné a la idea del tomate por la noche y empecé a cuidarme un poco más, a refugiarme discretamente en la sombrilla y mostrar mi piel con cuidado. Al adiestrarme en el arte de no quemarme, entré en el problema de no ostentar un cuerpo digno de la playa. Mi delgadez me confinó a usar prendas que disimulen la falta de músculos y a utilizar más ropa de la necesaria. Aprendí a nadar por necesidad. Me arrojé a la corriente marina persiguiendo a unas chicas que me hacían señales desde el fondo pidiéndome que las alcance. Llegaba a penas, peleando contra la marea, tragando mil de agua salada, pero llegaba. El regreso era más fácil, sólo me hacía el muertito y el mar sabio, se encargaba de devolverme. “No le tengas miedo al mar, pero sí mucho respeto” – me dijeron alguna vez. Hice las paces con la playa un verano a los doce años; un verano en que me quedé un mes confinado a escuchar las olas golpear por la madrugada sin poder dormir por temor a un maremoto. Juro que escuchaba a las olas acercarse y que sentía hasta los pies humedecer de miedo. Aquel mes entendí que lo mejor de la playa no se encuentra al medio día y bajo el sol; lo mejor de la playa está por las noches, a la luz de la luna. Caminaba un buen tramo hasta una canchita de fútbol donde se juntaban chicas lindas y chicos de mi edad. Si algo hice discretamente bien, fue jugar al fútbol. Eso hice, matar mis penas con una pelota, al compás de los gritos de aquellas niñas lindas y bien bronceadas, que sabían corresponder a mis jugadas peloteras. Terminaba el partidito y regresaba a casa, esperando que nunca amanezca o que se haga de noche rapidito para regresar a meter un gol. Aquellas noches duraron poco, puesto que las chicas se cansaron de ver a un pequeño rubiecito y decidieron ir a besarse al oscurito con sus chicos guapos. Yo regresé a la casa que alquilamos y me encerré a contemplar atardeceres apoyado en la ventana que daba al mar. Tengo que aceptar que ese verano descubrí los encantos del sol, el mar y la arena que siempre se metía en mis calzoncillos. Ya más crecidito y acudiendo a la playa para festejar año nuevo, empecé a disfrutar un poco más. La playa permitía ver a mis amigas en prendas menores que mostraban sus dotes de mujer. Acudir a la orilla ya no incurría en dolores por insolación. A pesar de desenvolverme un poco mejor bajo el astro rey, siempre vi con mejores ojos a la playa por la noche. Echado en la orilla, mirando un cielo llenecito de estrellas. Intentar pedir un deseo con las estrellas fugaces y sobre todo si el deseo aquel estaba echada al lado mío. A pesar de mis aventuras playeras, nunca tuve un amor de verano que sepa recordarme aquellas temporadas con melancolía. Nunca procuré un beso inolvidable próximo a la orilla. Hasta hace poco, escapándome un fin de semana de la rutina que implica trabajar, descubrí que podría vivir frente al mar. Me encantaría poder quedarme otro mes entero mirando las olas ir y venir una y otra vez. Echarme en la oscuridad de la noche mirando un cielo despejado e iluminado. Me encantaría quedarme un par de días corridos echado al atardecer, sin sombrillas, bronceando mi cuerpo poco a poco. Me gustaría veranear de verdad, y no un fin de semana. Caminar por la orilla remojando mis pies, mirando el sol morir en un mar infinito en el cual nunca podré perderme. Me gustaría que mis hijos tengan la oportunidad de hacer una sana costumbre todos los veranos y no sufran lo que yo sufrí. Que aprendan a correr olas y que se metan al mar sin que la primera ola los revuelque. Me gustaría casarme en alguna playa, al atardecer, con pocos invitados. Me gustaría alquilar una casa de playa todos los veranos, siempre en una playa distinta. Echarme en una perezosa, tomar una cerveza helada. Me gustaría que el mar lave el tiempo en mi piel, que el sol maquille las marcas de una vida que pasa rápido y dormir en la arena sin temor de ver un reloj. Caminar descalzo, con el torso descubierto. Mirar atardecer y por las noches, intentar pedir el deseo pendiente. Con el tiempo he descubierto que al niño viejo si le gusta la playa, y que incluso, a veces, se le antoja que lo disfracen de ensalada.  

 

 

martes, 26 de febrero de 2013

El camino que no elegí

Entré al banco que conduce un cuy en el año 2008, lamentablemente no tuve la oportunidad de ser entrevistado por él, de conocerlo personalmente y escuchar su particular manera de hablar. Recuerdo aquella mañana de verano en que dejé un par de papeles que acopiaban información dudosa sobre mí. También recuerdo que adjunté una foto tamaño carné que mostraba a un jovencito de mirada inocente y de peinado particular. Recuerdo el terno que nunca fue mío así como el cuerpo que sostenía mi cabeza, un cuerpo que también tomé prestado. Si la elección de aquella convocatoria se hubiera regido única y estrictamente por la foto, seguiría desempleado. Dejé todos aquellos papeles chapuceros, impresos de manera improvista y sin el menor optimismo. Los dejé sin imaginar que quizá aquella acción sería la que cambió mi vida con mayor intensidad, la que me obligó a tomar un camino que necesariamente no escogí pero del cual, todavía, no me arrepiento. Lo primero fue capacitarme. Me llevaron lejos de todos, en verdad muy lejos. Nos depositaron en un club enorme que nos alejaba de la civilización, que nos confinaba a fumar alrededor de la piscina en conversaciones que nos salven de la monotonía del día a día. Comenzábamos muy de madrugada, cuando el sol todavía no terminaba de alojarse en un cielo limeño donde el astro rey siempre se hace esperar. Desde el vamos se peleaba por ocupar una ducha, y se rezaba con una fe inusitada porque caiga agua caliente que suavice el frío capitalino. Se escogía la camisa y corbata que nos acompañaría por lo menos unas doce horas hasta regresar a esa cárcel con lujos limitados. Se corría al comedor a meterse algo a la boca, tratando de cumplir con la obligación de alimentar un cuerpo que no sabía ya de retozos dignos de un ser humano. Luego de engullir algo al azar, depositábamos nuestra humanidad en un bus austero que durante una hora de viaje, se convertía según sea el caso, en un hostal para los enamorados o en un hotel para los que buscaban sosiego. Era el lugar donde nos sentíamos más libres. Ese bus en su hora de recorrido servía de refugio para lo que el placer proponga. Esa capacitación reunía gente de todas partes del país y nos ilusionaba con la idea de haber ingresado al mejor trabajo del mundo. Nos indujeron a dibujar una sonrisa imborrable en nuestros rostros, sobre todo para cualquiera que se definiera como cliente. No adoctrinaron en el arte de la falsa educación y cultivaron sin reparo, el miedo a perder dinero que obviamente tendríamos que reponer; y a estar dispuestos a cualquier tipo de juerga improvisada que pudiera presentarse. Ingresamos incrédulos al que también llamaban “el banco del amor”. Quien no besó a alguien de su entorno laboral, simplemente no trabajó en el banco. Se entremezclaron unos contra otros en variadas oportunidades y ocasiones. Se inventaron amores y romances, roces y coqueteos. Todos los grillos metidos en una misma olla. Pasé dos años y medio contando un dinero que nunca fue mío. Conocí gente a la que hoy recuerdo con cariño, otros pocos me siguen acompañando incondicionalmente. Tuve la oportunidad de ascender y ser enviado nuevamente a una capacitación. Esta vez nos encerraron en un hotel putanesco que permitía besos, abrazos, roces, infidelidades y borracheras. Aquel hotel de nombre casquivano guarda secretos que prefiero no conocer pero sin embargo, imagino casi al detalle. El banco que rige un cuy adinerado, también me permitió iniciar un camino de independencia personal. Me compré todo lo que me hizo falta y me permitió conocer el valor del dinero en toda forma y sentido. Me abrió las puertas de una vida que planeé de manera discreta. Me permitió algún tipo de desarrollo y me sigue formando ambiciosamente en propósitos alejados de la humildad. El banco compró mi libertad y me volvió esclavo suyo. Con este trabajo del cual sigo aprendiendo mucho, perdí inocencia y alejé al niño que todavía vivía en mí. Adopté una posición de adulto responsable y castigué algunos sueños que todavía avizoran en la penumbra. Aquel banco de reputación ostentosa y de ambiciones descomunales, me permitió crecer. Estoy a punto de cumplir cinco años en un lugar que considero mi casa. He firmado un contrato que me reconoce miembro de ese hogar, y recuerdo, que la última familia a la que pertenecí, aquella que casualmente dejé en el año que me integré a ésta, en su momento me obligó a escapar, a huir despavorido. Todos los recuerdos en esta ciudad, las anécdotas más risibles, los peores momentos, las metidas de pata, los aciertos milagrosos, los amores y desamores, los bienes que poseo… se los debo todos al banco, y se los debo con una tasa de interés especial.  

martes, 15 de enero de 2013

El diablo en mi corazón



Mamá siempre que me veía triste o meditabundo me aclaraba las cosas: - Es falta de Dios –  decía y me hacía reír. Con Dios me comunico esporádicamente, así como lo hago con mami. A mi madre la llamo de vez en cuando, tomo el celular y le pregunto qué está haciendo  y la pongo al día con mis anécdotas. A Dios le converso muy poco, de cuando en vez. Antes de dormir me acuerdo que estoy con vida aún y creo que eso ya es un milagro y el único que hace milagros es Dios (a veces creo que también Messi). Agradezco por las cosas que me salen bien y mal y pido sabiduría, aquella que escasea en mis días y a veces me lleva a la autodestrucción. Desde pequeño he añorado con una sola cosa para ser feliz; con una crianza afeminada he creído siempre que lo único necesario para alcanzar la cúspide de la placidez y prosperidad es encontrar el amor. Tengo la certeza de que mamá a estas alturas de la vida y resignándose al hecho de que ya no le pertenezco, reza infatigablemente para que le pertenezca a una chica buena. Yo también quiero encontrar a esa chica que sepa acompañar a este tipo amante de la soledad y adicto a la melancolía. He dejado de ser el tipo que confía ciegamente en las personas y me veo atrincherado en el temor de ser lastimado. Soy una nena con pantalones que espera a su princesa azul. He pasado varias temporadas experimentando el miedo de no confiar en nadie y encontrándole el defecto a todas las que se me acercan con buenas y malas intenciones, rezagándolas a promesas incumplidas y a proposiciones pendientes. Todas han sido víctimas de mi desconsuelo y mi desdén. Ninguna mujer es digna de mi confianza debido a experiencias como protagonista y muchas otras como espectador. Pero todo pasa, y las cosas se adecúan de modo que uno termina por reconciliarse consigo mismo y con sus temores. La vida misma se encarga de ponernos a todos en nuestro lugar pero somos nosotros los que decidimos acomodarnos y quedarnos o partir inesperadamente. Hoy tengo una mano que toma de la mía y apuesta por acompañarme en aquel camino donde tantas veces tropecé. Tengo unos ojos que me miran antes de encajar un beso milagroso que sabe emocionar mi corazón. Tengo una chica linda que me hace sentir importante muy a menudo. Pero el diablo pasea cerca, me mira de reojo. Me hace gestos poco amables y me envenena. Revive fantasmas misteriosos que tocan la puerta de mi mente y reproducen imágenes que sólo yo puedo ver. Los fantasmas me recuerdan que todo aquel que tiene la llave maestra que abre las puertas de mi confianza, pueden intentar saquear lo poco que guardo con cariño. Que pueden robar los tesoros que conservo cual avaro. Busco escusas tontas para alejarme de la posibilidad de  hacer algo realmente importante, de cumplir el sueño que tantas veces en oraciones elevé a un Dios que sabe dar las cosas en su tiempo. El diablo azuza mis sentidos y toca fibras desconocidas llevándome por caminos inciertos. Soy un tipo con temores, el diablo lo sabe y los duendes tenebrosos que bailan alrededor de las higueras que han plantado en mi cabeza también. Son miles los demonios que ven con recelo al ángel que me acompaña, un ángel que aparentemente ha decido educarme nuevamente en el arte del amor. Los espectros malévolos toman figuras conocidas y con cometarios envenenados intentan lastimar aquello que anhelé. Tengo que aceptar que siempre he sido mi peor enemigo y el primero en poner en tela de juicio cada paso que doy. El diablo confabulando con mi lado oscuro, me conversa amablemente y con la sapiencia adquirida por los años, me confunde con facilidad. Soy tan mezquino conmigo mismo y con los demás que prefiero quedarme solo y morir en esa situación que fatigar a personas que ciertamente merecen algo mejor que este payaso ocasional que sabe un par de chistes y los cuenta repetidas veces, cada vez con menos gracia. Mamá sabía que este niño confundido estaba propenso a ser visitado por entes virulentos. Ella con su sabiduría divina ha entrenado de manera sigilosa y casi desapercibida a este su hijo, que ahora entiende cada frase mencionada. Cuando uno tiene algo que vale la pena se confunde, ignora que quizá merecía la oportunidad de experimentar algo diferente o quizá se vuelve ciego ante sus propios deseos. Ahora entiendo para lo que me preparaba mamá. Esto que me pasa… “es falta de Dios.





Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Corintios 13

martes, 1 de enero de 2013

El que se va


El año que se va corrió incansable hasta agotar sus días, como lo vienen haciendo los años nuevos. No fue un mal año, pero fue especial. Me compré un carro y con él aprendí a manejar. Nunca sentí tanto estrés como en aquellos primeros días frente al volante, con el terrible temor de lastimar a otras personas, chocando de vez en cuando. Me volví responsable de una familia disfuncional,  viendo temas de pagos y gastos a los cuales no estaba acostumbrado y sujetándome a fechas y montos que tenía que cumplir infatigable para dormir tranquilo. Terrible el hecho de convertirse en adulto pensando como niño y asumir costumbres y responsabilidades que no seducen nada pero son indispensables para que todo funcione y todos te quieran. Leí muy poco, y siento descontento por eso. Lamentablemente una consecuencia de no leer es que tampoco escribí todo lo que quise y postergué el libro que tengo en mi cabeza, que se va desvaneciendo como los mismos años que pasan. Engordé algo y ya siento que este cuerpo venido a menos está en un proceso de resignación y está cediendo a los caprichos del tiempo y a las desventajas que éste otorga. Besé algunos labios desconocidos que ahora prefieren desconocerme y visité algunos otros que esperaban mi retorno. Este año que se ha ido pasó como meditabundo, como calcino y pensativo. Conocí enemigos nuevos que estuvieron a la altura de las circunstancias e incluso sentí perder batallas que todavía están pendientes pero con altas posibilidades de victoria a mi favor. Conocí un rinconcito del paraíso fuera del país e incluso he decidido que mis restos hechos cenizas descansen por allá. Descubrí que el tequila puede convertirse en tu mejor aliado un fin de semana en una discoteca cualquiera. Bailé mucho y conocí señoritas que bailaron conmigo casi al mismo ritmo descompasado. Este año que se va cumplí veintiséis años y asimilé que ya estoy viejo y debo de hacer cosas que hacen las personas de mi edad, por lo tanto, cambié bastante de mis costumbres y renegué por eso. Pasé mi cumpleaños llorando desconsolado en medio de una fiesta que no disfruté. Este año que se ha despedido con una sonrisa, visité muy pocas veces a mamá y no frecuenté mucho las amistades. La salud gracias a Dios todavía no me ha jugado una mala pasada. Con algunas visitas a la clínica y algunas intervenciones antes no experimentadas, mi salud arroja todavía síntomas positivos y esperanzadores con respecto a un futuro incierto. Este año que se va dejó la promesa de un fin del mundo pendiente y por ende me expuso a tener que improvisar los días que vienen debido a una resignación complaciente. El año que nos deja, permitió que un ángel que pasaba a menudo se detenga a  hacerme compañía y aparentemente decida quedarse algunas primaveras más conmigo. Desde su presencia a mediados de año todo ha tomado color y forma y ha sabido inyectarme una dosis de optimismo que se viene prolongando. Los días que han partido me han confirmado que Dios me tiene una estima especial y que todavía me considera. He reído y llorado, no más que otros años. He recibido besos y desplantes, no menos que otros años. He bailado y dormido con las mismas ganas. He mirado por la ventana de mi sala unas cuantas veces. Este año que se despidió con amabilidad al parecer ha dejado todo encaminado para que el próximo sea uno lleno de alegrías y novedades. He recibido el año con la mirada de la chica que me está reeducando en el arte del amor. Estoy soñando con cosas que aparentemente pueden trascender y tratando de afianzar algunas otras que ya encaminan los días de un adulto forzado en esta condición pero consiente que ya es tiempo de cambios. Empezar el año escribiendo es un buen augurio. La tarea personal este año es vencer fantasmas que ganan fuerza por mis miedos, miedos que han sabido acogerse en esta cabeza tonta que cuando se muestra débil, pierde terreno. El problema de planear cosas es que suelo arruinarlas. Gracias 2012, he vivido. Bienvenido 2013, trátame con cariño.


miércoles, 26 de diciembre de 2012

La mueca del payaso


Tengo que admitir que he robado mil veces una sonrisa y me he sentido dichoso por el hurto aquel. Tengo que confesar que tengo cierta facilidad para dibujar en rostros ajenos algo parecido a un gesto de felicidad. Tengo un humor coqueto que ha sabido encontrar un público discreto pero fiel. Me gusta ver a la gente sonreír y más cuando soy yo quien provoca esas sonrisas.  La astucia que tengo para decir estupideces o para rendirme a hacer el ridículo ha contribuido enormemente a este oficio noble de recolectar sonrisas. Ha sido tan natural el proceso de convertirme en un payaso social que a veces, cuando intento forzar aquel esbozo alegre, tiendo a defraudarme, a caer en un engaño atroz que me regresa a la posición de bufón sin gracia. El tiempo ha ido opacando la virtud de ser gracioso, ha vuelto a este payaso amable en un tipo de sonrisa mustia y de hábitos longevos que poco a poco lo condenan a estar parado frente a un teatro vacío. No sé en qué momento me creí la idea de ser un tipo bonachón y cándido frente a un público cada vez más exigente. Lo cierto es que durante ese trayecto decadente, he engañado a otras personas que a veces esperan el espectáculo de siempre, a este payaso que no conoce otra mueca que no sea la de la pena. Alguna vez me definí como: “el hombre más feliz del mundo” sin imaginar la distancia enorme con respecto de la realidad. Para que el resto me conozca, primero tengo que conocerme yo, descifrarme y entender que a pesar de tener ligeros destellos, soy la sombra que camina en la luz. Duele entender que uno no es quién cree ser y duele más defraudar a los que creyeron que también era así. No todo el público al que me debo genera en mí esa satisfacción necesaria para despertar con ganas de contagiar alegría, pero existe sí, un puñado de personas a las que siempre me gustaría ver mostrando el arco invertido en sus labios, luciendo una sonrisa enorme que se contagie. Cuando veo que ese grupo mágico ya no desea los servicios de este pobre payaso, pienso en la jubilación; pero cuando soy yo quien provoca algún tipo de desconcierto e induce a algún tipo de malestar, pienso en exilio. Los seres humanos, todos; hemos venido con un propósito a la tierra, con la misión de ser felices. Yo complico esa teoría y la reduzco  sólo a una posibilidad. He adoptado la torpe manía de volverme chato en momentos de regocijo, en ser parco cuando esperan un comentario alentador. Soy un espectador envidioso de los que saben contagiar alegría y ya ni intento iniciarme en aquella travesía. He comprado todos los boletos para viajar  solo en un tren que aparentemente no me llevará muy lejos, pero me llevará sin retrasos ni pasajeros que cambien el rumbo. No soy compañero de viaje, contador de historias, payaso con gracia, escritor de cuentos. No soy imán de alegrías, ladrón de sonrisas, maestro de gracias, ni mago de fantasía. Estoy dejando el albergue solitario para construir un asilo que acompañe los años que vendrán antes de encontrarme más cansado de lo que ya estoy. Todavía me quedan algunas presentaciones antes de que el circo de la vida quiebre. Todavía puedo reciclar algunos chistes chapuceros y sacar algunos conejos del sombrero para deleite de un público incauto que a veces sabiendo, se deja timar por este payaso triste. Mi estado natural siempre fue el de la melancolía y la tristeza tonta. Siempre he regresado cabizbajo a mi colchón a buscar consuelo, siempre he contribuido a la vorágine desatada en mi cabeza que imagina que todas mis conclusiones son escuchadas por las víctimas de mi descontento, creando conversaciones imaginarias que me convencen de que todo al final estará bien. Debo de cumplir con gallardía  estas últimas funciones, debo salir a la platea de un teatro en ruinas a domar a un público exigente que siempre quiere más e intentar satisfacerlos. Debo concederme algunos desatinos más para deleite de los que tienen la sonrisa fácil y sobre todos de aquellos que saben hacer escarnio de mis derrotas, que por lo menos, los llevan a un retozo sincero. ¡Oiga caballero! ¡Todavía quedan funciones! No se pierdan lo último que he guardado, que siendo sincero es lo mismo de antes, sólo que al revés. El payaso triste al final de su función, ya detrás de las cortinas, y con la luz apagada, muestra la única mueca que conoce; es que aunque lave, no borrará. Eso es todo…

miércoles, 5 de diciembre de 2012

No quería matarte

Sólo se hace un moño chapucero en el cabello y está lista para ajusticiar a aquellos que trasgreden los límites que ella ha establecido. Me ha dejado bien en claro que ella no mata por diversión, ella mata porque es inevitable y a veces hasta lamenta tener que hacerlo. No sé cuantas víctimas lleva en su haber, sólo sé que no miente y que obedece a una orden casi divina. Tiene una pequeña libreta negra donde deja entrever una escueta lista de futuros difuntos a los cuales no puede brindarles la dicha de la vida por muchos días más. No me permite husmear entre aquellos que enfriaran pronto, sólo me concede el gusto de enterarme de algunos pocos que incluso conozco. La primera en su lista es la Pequeña, mi compañera de departamento. La sicaria me explica que tendrá que matarla porque no sabe saludar. – Más de una vez me ha dejado con el “hola” pendiente de respuesta. Eso no se hace. – me explica. La matará porque no sabe saludar y encima porque se permite posturas que no le corresponden. Desde que la sicaria visita mi morada, tengo que admitir que no ha recibido el trato cordial que se merece, por lo tanto, y cumpliendo su destino asesino, procederá a aniquilar a mi compañera de departamento. Procurará que su final se rápido he indoloro. Ella no goza viendo a sus víctimas sufrir, le basta con saber que no volverá a verlas. Entonces, sutilmente incurrirá de puntillas en la habitación de su presa (la cual duerme todo el día), se cerciorará de que siga dormitando, tomará con delicadeza la almohada (instrumento que ha escogido para no desmerecer a su presa) y la asfixiará con denuedo. Lo hará con mucho cuidado y delicadeza, no quiere fracturar su cuello y dejar huellas. Es más fácil de lo que piensa, casi juraría que su víctima seguía durmiendo mientras procedía a quitarle la vida. No obtuvo ningún tipo de respuesta a su crimen. No hubo resistencia. Mira a su víctima ya convertida en cadáver y nota una leve sonrisa. – Maté a la desgraciada mientras soñaba algo bonito – se dirá a si misma antes de partir del lugar dejando todo intacto. Antes de descubrir el cuerpo de la Pequeña pasarán un par de semanas. Todos los que vivimos con ella pensaremos que sigue durmiendo y si no necesitáramos cobrarle el alquiler, no advertiríamos de su deceso. La número dos en su relación es amiga de la primera víctima. Nunca olvidará cuando entró a mi sala, y sin que sea advertida escuchó el comentario lapidario que hoy la lleva a cumplir su misión: - Leonardo, por fin llegaste. No habrás venido con esa… hola…” Enterándose de la peor de las maneras de la enemistad que ejercía sobre ella. No dudó ni tuvo que esperar otra señal, la muerte de Penélope era cosa de días. Para asociar la amistad de sus dos víctimas, escogerá el funeral de la Pequeña para dar muerte a Penélope. La arrojará en una de las cavidades del cementerio (cavidad que sospechosamente se encontrará disponible) Cuando ella pase desconsolada por la muerte de su amiga íntima, recibirá un ligero empujón, el cual la conducirá a su última morada. Casi ni gritará al momento de la caída, sólo levantará la mirada y antes de castigar la falta con algún otro comentario desatinado, recibirá la descarga de kilos de tierra que sepultarán cualquier acotación extra. – Cállate perro – musitará la asesina mientras se sacuda de una responsabilidad pendiente. Quién encontraría una víctima en el camposanto, donde reinan los que no viven. Jamás encontrarán el cuerpo de Penélope. Jamás le llevarán flores. – Si no te gusta saludarme, no te daré oportunidad de que te despidas de nadie – comenta la asesina mientras ensaya una sonrisa. Está a punto de contarme como mandará a mejor vida a su tercera víctima, una chica que procura hacerse de una fama de puritana, de señorita de implacables costumbres. En sus ojos veo un brillo especial, como si esta labor en especial le causara un placer superior a los otros dos encargos pendientes. Ella es una profesional en el arte del asesinato, pero podría jurar que en esta tarea hay una mezcla de placer. Mi mirada se fija tratando de escudriñar sus gestos, esto hasta que advierte de mis aspavientos y regresa a su estado más sereno. Sabe que ha hablado de más y entiende que su misión ha tomado un nuevo curso. No podrá llevar su misión a cabo si me entrometo en su camino. No quiere correr riesgos. Me mira esbozando una sonrisa y saca su pequeña libreta. Anota algo. Me dice que tiene hambre y que lamenta no proseguir con sus relatos salpicados de muerte. Me arroja una mirada que me desbarata todo, no sólo es de cuidado, es también preciosa. - Tu mirada me mata – le digo intentando encontrar algún tipo de respuesta. – Lo sé – me responde antes de aceptar una par de shots de tequila.