martes, 12 de noviembre de 2013

Luz artificial


Es uno de los mejores en la región, sus metas están casi cumplidas y con un poco de esfuerzo, puede duplicar las aspiraciones que le han puesto. Sus número lo avalan y sus jefes lo quieren. Esta campaña es tan placentera como un pajazo sideral. Trabaja medio tiempo y con un par de ventas bien colocadas acumula puntos en un timming generoso para él. El hombre no se despeina no sólo porque tiene poco cabello. Pero la felicidad no es completa. Por la poca afluencia de clientes en su oficina, sus ingresos han mermado, han decrecido. Su sueldo ya no le alcanza para pagar las deudas que el propio banco en el que trabaja le ha merecido, y sus expectativas de vida son nulas. Su calidad de vida en un par de meses lo ha llevado a la categoría de divo misio. Escatima en cualquier gasto pero igual gasta. El dinero se le esfuma de las manos mucho antes de recibir su próximo sueldo y por eso ya no vive tranquilo. Se ha inscrito en el gimnasio para alimentar su vanidad, quiere un par de músculos que lo hagan ver más varonil y eliminar la monumental barriga que se ha formado en su vientre. Es una soga con nudo doble y mal hecho. Nunca va al gimnasio porque muere de sueño, de flojera, de desidia por su propia vanidad. La casa donde vive, en una zona privilegiada, con comodidades de acuerdo a sus expectativas, no es suya. Por lo tanto tiene que renegociar un alquiler que ha sido bondadoso con él los últimos meses. Se ha acostumbrado a la vista desde ese cuarto piso. A  las luces que se prenden solas al subir las gradas, generando un muy buena primera impresión. Se ha encariñado con el closet enorme donde guarda la misma ropa que usa año tras año. Se ha aplicado al camino de su cama al baño y viceversa. Ha intentado negociar con el dueño, un tipo de modales afeminados que juega al abogado y goza cual niño intentando cerrar un negocio a favor. Siente que puede convencer a ese hombrecito delicado con su verborrea truculenta pero no cuenta con el asesoramiento a distancia de su señora que al parecer lleva los pantalones y dispone de sugerencias algo más agresivas y desfavorables. Aparentemente vivirá un par de meses más por ahí antes de que sea desalojado a la fuerza y arrojado a una zona marginal. Sus tarjetas de crédito han quedado nuevamente inútiles para cualquier asaltante furtivo puesto que sus líneas de crédito no muestran ningún tipo de atractivo (al igual que el dueño) quedando de esta manera comprometido con más de una institución bancaria que por el momento lo adora por los activos que produce y por una puntualidad aún respetable para un moroso en potencia. Es prófugo de la justicia por lo que conduce con un brevete cancelado producto de una indisciplina y la mala suerte acompañándolo de copiloto. Ya ha tramitado los cargos en su contra pero no ha procedido con el levantamiento de dicho castigo por flojera y ahora falta de dinero. Él maneja igual intentando no encontrarse con ningún policía para no empeorar su situación de delincuente fugitivo. Siempre intenta manejar también, el sencillo correspondiente para una eventual coima salvadora, coima que se reduce a un par de monedas y unas súplicas mal entrenadas. La mujer que más ama en la vida ya tiene sus años y es víctima de los avatares del tiempo. Ya no sólo reconoce en ellas algunas arruguitas en la piel, sino que también, ha descubierto que su salud ha mermado un poco y teme que pueda complicarse. Él sabe que tiene esa responsabilidad encomiable de velar por aquella dama de años copiosos e intentar prodigar su felicidad como ella misma hizo con él años atrás. Por eso, intentando remediar su descuido, la ha afiliado a un sistema de atención médica igual de bueno que el suyo, para lo cual irónicamente, paga una prima mensual considerable ahora que su economía ha mermado. Igual lo hace con todo el cariño del mundo. Como es un tipo inconsciente, ha decidido huir de todas estas preocupaciones y ha contratado un paquete turístico para fugar (aún más) a las playas del norte del país. A un lugar donde sólo pueda echarse en la arena, lucir su barriga descomunal, pedir toda la comida y alcohol que se le antoje (porque todo está incluido), emborracharse para olvidar las preocupaciones de adulto y dormir en la arena mientras cae el sol. Este joven del ayer ya no lee ni escribe con pasión, qué pena. Ya no sonríe con la misma facilidad de antes debido a un abandono por las cosas simples pero necesarias para ser feliz. Ya no se toca con denuedo por las noches antes de sus oraciones ni frecuenta algún bar bohemio vestido como le daba la gana que lo hacía sentir importante. Este año se ha presentado como una especie de bisagra inesperada hacia el camino de la madurez (supuestamente) y ha tocado fibras desconocidas. De pronto un apagón lo sorprendió en medio de la calle y en vez de mirar el cielo y contemplar las estrellas, intentó buscar luz artificial.  

jueves, 24 de octubre de 2013

El zapato en tu cabeza

Han decidido escapar de la rutina y enrumbar camino lejos de casa y la monotonía. Ellos siempre han sabido aprovechar su tiempo juntos y han planificado de esta manera, los viajes que sean necesarios para sentirse uno más cerca del otro. Él trabaja lejos, encerrado en la mitad de la selva. Ella se encierra pero en su kindergarten, en aquel mundo que ha creado para niños menores a cinco años y para ella, para consolar los días lejos de él. Sólo tienen un par de semanas al año juntos, y es así hace buen tiempo. Llegan al hotel cansados, escogen una habitación matrimonial y sienten que así será su vida de casados. Ella es delicada, de modales suaves y considerados. Él se siente un hombre rudimentario, azuzado por su barba frondosa y sus costumbres masculinas. Quieren aprovechar su estancia en aquella ciudad donde saben pasarla bien. Deciden caminar por ahí, comer algo que les guste. Pretenden visitar un bar, tomarse un traguito. Quizá y se animen a entrar a una discoteca y bailar juntos, pegaditos. Dejan las maletas regadas en el camino, no hay apuro por ordenar las cosas. Él se deja caer en la cama con un bulto cansado. Ella se sienta y lanza un ligero suspiro. Pasan un rato así, hablando lo necesario para no agitarse más, intentan recuperase del viaje. Él ha cargado con todas la maletas de ella, algunas un tanto innecesarias para tan breve viaje. Ella ha puesto un par de botas de más entre sus cosas; de hecho por la indecisión de qué ponerse, ha llevado prendas para escoger en el momento. También ha cargado con su maquillaje, su máquina de laceado, sus accesorios de belleza y alguno que otro material que la haga sentir cómoda al salir. Ha entrado al baño con la intensión de bañarse, con el deseo de que el agua tibia pasee por su cuerpo relajándola antes de encontrarse con la noche. Él ya vio que entró a la ducha, se ha acomodado en la cama porque sabe que ella demorará. No quiere molestarla y aprovecha para descansar. Ella después de un buen rato sale envuelta en la toalla y nota que él se ha quedado dormido. Se acerca despacito y le encaja un beso dulce. Él más que el beso siente la humedad de su piel y se despierta algo desubicado, mira a todos lados antes de reaccionar. Agradece a Dios el momento y la compañía. Mira el reloj que abraza su muñeca y se percata que ha pasado casi una hora desde que ella entró a bañarse y comenta que se les va hacer un poco tarde. Le pide a su amada que no se demore mucho cambiándose, pues conoce la paciencia infinita que ella goza. Ella lo mira de reojo y dice que está lista mientras la toalla se le resbala. Él la corrige con todo el amor del mundo y le recuerda que no se ha cambiado, recalca que no se demore. Ella lo mira con ternura y le dice que no se demora nada mientras elige en qué cama sentarse. Él hace remembranza a algunas oportunidades donde ha tenido que esperar más de la cuenta para salir. Ella se defiende en voz baja, aduciendo que casi nunca es así. Él con una sonrisa juguetona le menciona que a veces se demora sólo alistándose para ir a la tienda enfrente de su casa. Ella con una sonrisa sarcástica niega tal argumento y propone una apuesta. Él interesado en aquella propuesta acepta sin saber de qué se trata. Ella le asegura que está lista antes que él, que será ella quien tendrá que esperar. Él se ríe y a sabiendas de que ella ya se ha bañado e implica una ventaja considerable, acepta el reto. Entonces acuerdan que el que pierda pagará las bebidas de la noche, todas las que se consuman sin poner un tope. Ella lo ve entrar algo presuroso a la ducha mientras que escoge qué ponerse. Él abre un cojín de champú el cual no usa completo y arroja sin reparos por ahí. Encuentra un jaboncillo pequeño y abandonado el cual pasa raudo por su cuerpo, tratando de hacer toda la espuma que sea posible.  Ella ya escogió lo que va a ponerse, aunque no está  tan segura. Él está enjabonado de los pies a la cabeza y procede a enjuagarse con vehemencia. Ella ha terminado de secarse el cuerpo y empieza con el secado de su cabello. Él se lava los dientes mientras repasa mentalmente lo que va  a ponerse y avizora en qué parte de su maletín se encuentra fundido. Ella ha notado que ya cerró la ducha por lo que imagina que ha acabado de bañarse y piensa que no lo ha hecho correctamente. Él asienta con la cabeza la decisión de ponerse la camisa como está, sin plancharla si es que se encuentra muy arrugada puesto a que se pondrá el saco encima. Mientras se lacea el cabello calcula que demorará todavía unos veinte minutos para terminar. Sabe que con ese tiempo concedido es segura su derrota. Necesita más tiempo, y sabe cómo conseguirlo. Él ha dejado sus zapatos listos al pie de su cama, no ha llevado otro par así que fijo se los pone. Ella lo sabe y ha raptado uno de sus calzados y lo ha escondido cerca de ella. Él sale sacudiéndose el cabello y la ve sentada frente al espejo con una paciencia escalofriante, sabe que ganará. Ella lo mira por el espejo y disimuladamente apresura el paso. Él encuentra su camisa, se la pone después de haberse aplicado el desodorante en aerosol. Se ha puesto el pantalón y unas medias percudidas que no ha sabido lavar bien. Ella terminó con el laceado y recién busca su maquillaje. Él se siente un ganador y se pone con una lentitud burlona su reloj, collares y pulseras. Ella está muy pegadita al espejo pintándose los ojos. A él sólo le faltan los zapatos para ganar la apuesta. Se acerca al pie de su cama y sólo encuentra uno. Se inclina a buscarlo debajo del mueble sin saber qué está pasando. No encuentra nada. Ella casi termina de maquillarse. Él se desespera y busca en su maleta, hace recuerdo si llegó a empacarlos. Ella no puede con la treta realizada y se lanza a reír. Él voltea a verla y entiende inmediatamente que ha sido víctima de la viveza de su novia. Se acerca a ella y la somete a un interrogatorio fugaz que es acompañado de un forcejeo coqueto. Ella se ve atrapada y saca el zapato de su guarida y lo arroja por una pequeña ventana que da al primer piso. Él abre sus ojos y no puede creer que sea tan tramposa. A ella sólo le falta pintarse lo labios y ponerse el saco para estar lista. Él corre presuroso por el pasadizo del hotel mientras los pantalones se le caen porque no se los ha abrochado. Ella en vez de terminar su competencia revienta en carcajadas mientras lo observa con nervios acercarse al zapato. Aquel calzado se encuentra a punto de caer al primer piso, justo al borde de las gradas. Él ya lo ubicó con la mirada y está pronto a cogerlo. Ella sale a velocidad y tiene como plan darle una patada y mandarlo lo más lejos posible. Él voltea y con la mano derecha la sujeta de la cara para que no se acerque. Ella logra conectar con el zapato el cual cae unas gradas abajo. Él como venganza trata de limpiar el maquillaje con su mano, lo logra. Él es un loco con el pantalón cayéndose, mostrando una media con hueco y persiguiendo el zapato que se le perdió. Ella es una loca con la cara pintada, con un ataque de risa que no encuentra control. Ambos ahora corren rumbo a la habitación para declararse ganador pero la puerta se cierra con la llave adentro. Por el portazo los vecinos de las habitaciones contiguas salen y observan como ella intenta meterse por la ventana mientras él corre con el zapato en la mano y una media con hueco donde el conserje para que les dé la llave de repuesto. Ella no se da cuenta que se ha equivocado de ventana y se encuentra con dos amantes a punto de entregarse a la pasión. Él se olvida de su pantalón a media rodilla y se cae aparatosamente mientras el zapato vuela. Ella está avergonzada por lo que ha visto y se ha despeinado. Él se sube los pantalones raudo mientras observa como su zapato cae en un balde con agua. Ella encuentra la ventana correcta y entra a la habitación. Él toma su zapato mojado y corre con aspecto de loco hacia su cuarto. Ella le ha abierto la puerta. Él ha entrado presuroso. Los vecinos se ríen y algunos aplauden. Ella usa nuevamente su laceadora todavía con su ataque de risa. El usa la secadora con su zapato esperando a que seque para lanzárselo a la cabeza. La pelea terminó en risas, nunca salieron de su cuarto.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El colchón en el suelo

Me sentaba en el colchón que estaba en el suelo, muy cercano al piso helado de cemento. Me había robado una vieja radio que reproducía aquellos cd’s que había quemado con cuidado, con canciones escogidas, como las fotos que se escogen para atesorarlas en un álbum familiar. En esas épocas soñaba con tropezar con los libros que dejaba regados por ahí, desordenado estratégicamente, luego de haberlos devorados todos con paciencia y denuedo, intentando hacerles el amor, sintiendo placer. Prendía un cigarro en aquella pequeña habitación y soñaba con que el cuadernito al lado del colchón se convirtiera en el libro que pague el peaje al más allá, hacia el recuerdo inmortal que anhelaba. Repasaba los poemas de Neruda una y otra vez antes de dormir, como el más correcto de los religiosos con su biblia. Andaba en bivirí y con un sombrero que me dictaba despacito y al oído, las líneas disparejas de unos textos extraviados en el tiempo; a punto de contraer una pulmonía fulminante pero aparentemente inspirado. Se escuchaba música trova, o alguna canción poco popular que nunca sonaban en las radios. Un cigarro mal fumado y una taza de café que acompañaban aquellos desvelos literarios que nunca prosperaron. Aquella era la cueva de un hombre soñador, de un joven melancólico de sonrisa fácil. Recuerdo que llegué a aquella habitación un catorce de febrero, muy de noche. Llegué con un par de bolsas, aquel colchón recién comprado que no encontró la compañía de una cama y muchos libros que todavía me acompañan. Llegué con un montón de ganas de estar solo, de compartir con mi soledad y nadie más. Aquel catorce de febrero a pesar de algunas llamadas misericordiosas que me invitaban a la tertulia, me quedé en aquel cuartito acomodando las pocas cosas que tenía y me eché a dormir custodiado por un olor a pintura que todavía puedo sentir al recordar. Ya tenía un espacio en la web donde publicaba mis escritos, y antes de llevarlos a navegar los varaba en un cuaderno viejo.  Era feliz con lo poco que tenía, con lo que leía y escribía en mis momentos alucinados de escritor, de promesa literaria. Era mi desorden (nunca fui desordenado), era mi espacio (muy reducido), era el olor a cigarro y pintura el que me envolvía en una soledad que no me volverá a visitar porque fue la primera que conocí, y como todo primer amor, guarda un sabor distinto. Llevaba gente de vez en cuando, de preferencia señoritas que hablen poco. La dueña de la casa, una mujer de ojos grandes y verdes, callaba mis deslices. Fue un año viviendo en aquel cuartito que hoy recordé con melancolía por ser el primer lugar donde anduve solo físicamente. Lo que no recuerdo es cómo sobreviví compartiendo un baño ni cómo concilié el hecho de hacer mis deposiciones con gente alrededor cuando soy muy nimio para esas cosas. No recuerdo tampoco cómo hacía para ver el fútbol (no tenía TV), para andar al día con las noticias básicas, cómo subía mis escritos a la web ni como hacías cuando llegaba tomado y sin pleno conocimiento de la realidad. Luego de ese año, pasé a un ambiente un poco más cómodo. Con un baño propio para cagar románticamente, como me gusta. Me compré una cama de segunda donde seguro velaron a alguien. Recuerdo que al momento de comprar ese armazón que sostenía mi colchón, no encontraron las tablas que le correspondían por lo que me facilitaron unas que habían por ahí. Odiaba cuando dichas tablas se caían, claro, no tanto como la chica del piso de abajo que me odiaba más cuando se caían de madrugada. Me compré una TV (no de segunda) emocionadísimo, sin saber que se pondrían de moda a los dos meses los LCD. Compré también de segunda, de una de esas cabinas de internet que no prosperó, una computadora llenecita de virus y problemas técnicos que me permitía acceder a internet a las justas. Me compré el perchero donde descansan los gorros y boinas que todavía me acompañan. Compré un frio bar el cual imaginé lleno de cervezas. Un microondas que facilitaría mi don culinario llevado a menos. Compré tantas cositas que aquel nuevo ambiente donde realicé fiestas y donde bebí bien acompañado, parecía el lugar perfecto. Fui feliz, muy feliz. Pero siempre es poco. Entonces, por haber almacenado recuerdos que ya no me hacían tan feliz, decidí partir, huir una vez más. Ese instinto megalómano que nos visita, me sacó de aquel cuarto y me llevó a un departamento con áreas adecuadas para desenvolverse. Adquirí una cochera para mi primer carrito, el que todavía me acompaña a pesar de sus años. Compré algunos muebles (siempre de segunda) para llenar los nuevos espacios. Regalé muchos otros utensilios que ya no correspondían. Regalé aquella vieja cama que se caía de madrugada, el estante que acogía mis libros piratas y una mesa que se quedó conmigo porque el dueño huyó para no pagar la renta. Regalé la vieja computadora con todititos los virus y así, poco a poco me fui despojando de un pasado que a veces me persigue jalándome hacia atrás. Regalé muchos enseres de valor afectivo, incluso me compré un colchón de esos que te desesteran, te acomodan la columna y te aseguran el sueño más placido del mundo. Lo que se quedó conmigo por casualidad, y aunque no lo uso, es el colchón acomodado en el suelo, al lado de los libros mal leídos y mis sueños de ser escritor. Cómo ha pasado el tiempo…

miércoles, 2 de octubre de 2013

Yo también me quiero casar

No. Nuca me vi entrando a una iglesia, vestido de terno, acompañado por alguna canción solemne que me conmueva. No tenía conocimiento sobre firmar algún documento que me comprometa a compartir algo más que mis próximos días. Yo nunca soñé con el matrimonio y esas cosas. A pesar de mi sentimentalismo y mis conceptos de familia, no recuerdo haber planeado eso. Hoy, a mis recientes veintisiete años, me siento amenazado por esa idea. Esto debido a que supuestamente en el proyecto de vida o por temas de presión referidos al reloj biológico, ya debería contemplar esta posibilidad. Pero si en el peor de los casos tanteara esta peripecia, y quisiera idealizar mi idea del amor bajo estos términos, creo que sería justo que me permitieran hacerlo. No me imagino que alguien me diga no te puedes casar porque estás viejo, eres cabezón, eres cholo o negro. Porque tu condición social no lo permite o porque no calificas para este tipo de trámites. Sin llegar a casarme; no aceptaría que me prohíban declinar a la idea de compartir más allá de mis fluidos y proyectos, mis deseos de compartir los frutos tangibles e intangibles de mi unión conyugal. Me encantaría poder despertar al lado de la persona que amo, y con la que decidí “hacer patria”, sin vergüenzas inefables ni miedos legales que no me permitan disfrutar por mis decisiones. No solo los solteros deberían hacer lo que quieren, los casados también. No se trata de un tema religioso o moralista, creo que es un tema legítimamente legal que un ciudadano pueda escoger a quién heredarle sus bienes o beneficios. Si he decidido compartir algún orifico mío, creo que es justo que también comparta los frutos de mi trabajo o mis buenas decisiones. Si declino a la idea de amar a una mujer, y encuentro a bien refugiarme en los brazos de un varón, me encantaría poder compartir todo lo que sea posible con el ser amado: años de buena compañía, sueños, el seguro social, y todos los bienes que logremos adquirir. ¿Alguien que no ha tenido la sabiduría de ahorrar o asegurarse no tiene el derecho de ser protegido por otra persona? ¡Pamplinas! Me sentiría más que feliz al poder brindarle mis beneficios a mi pareja. Que pueda hacer uso de mi seguro privado, que acceda al club del que soy socio, que en caso de fallecer intempestivamente reciba por ley  el derecho a mis propiedades. Que pueda hacer uso de mis ahorros de la AFP los cuales estoy seguro no llegaré a disfrutar. Legalmente, y a pesar de cualquier herencia que podamos dejar en vida, si uno se muere y deja familiares o indefensos o codiciosos, por ley les corresponde dos terceras partes como mínimo, al declararlo así un código civil obsoleto, “herederos forzosos” les dicen. Es difícil poder aceptar que hace algunos años atrás las mujeres no podían votar por un presidente. Que las mujeres no podían trabajar u ocupar un cargo público. Que alguien pueda terminar el colegio antes de los quince o que los padres arreglen los matrimonios por dotes cuando los futuros novios tienen cinco años. No podría imaginar que mis padres me obliguen a seguir una carrera que no quiero o a ir a una guerra o al cuartel porque sí. Eso pasó, y ante el cambio seguro muchos se opusieron. Ahora intentamos detener o frenar momentáneamente algo que pasará porque es lo más justo e inteligente. ¿Democracia? Apliquémosla. Y en verdad para no herir susceptibilidades mediocres, me parece inteligente que no lo denominen matrimonio sino unión civil. Dios pidió que nos amemos, y el amor no sólo son besos y abrazos. Tenemos el derecho y obligación celestial de amar a todos los que podamos, ¿por qué no dejan formalizar un tipo de amor? El Papa lo ha dicho; muchos países primer mundistas ya lo han aceptado. Somos unos cavernícolas románticos si creemos que esto en nuestro país no se dará. Saludo al congresista Carlos Bruce por presentar un Proyecto de Ley que se caía de evidente por ser justo. He escuchado a muchos decir que no quieren que sus hijos en las calles vean a dos personas del mismo sexo besándose y agarradas de la mano (sin hacer de esto un escándalo obviamente), sin tener la seguridad de que quizá, esta ley necesaria, beneficie a sus  descendientes. Nosotros quedaremos a la larga en el olvido, dejaremos producto de nuestros actos un mundo mejor o peor para quienes vengan. Las decisiones que tomemos van a repercutir en el tiempo y no estaremos para pedir disculpas. Todos tienen su mariconcito en el fondo, y es justo que pueda ser feliz.  

miércoles, 11 de septiembre de 2013

27

Me comentaron hace bastantes años atrás que hay un acontecer que lo realizan lo vivos, lo muertos, las cosas, los animales, lo tangible y lo intangible. Hay un evento que no se puede evitar a pesar de denodados esfuerzos, aportes tecnológicos, brujería y mitos ancestrales. Casi a modo de adivinanza me empeñé en dar una respuesta original, y a pesar de mi imaginación decadente, concentré mis energías en absolver con inteligencia esa duda. No logré convencerme con alguna de mis respuestas, todas distantes de la verdad. Eso que no se puede detener, que no podemos frenar, eso que no podemos impedir es envejecer. Envejecemos los vivos, los muertos (temas de descomposición), las cosas animales etc., etc., etc. (hace tiempo no usaba el “etc.”, lo siento más viejo) Entonces el tiempo al transcurrir sin poder ser frenado, arrastra consigo los avatares renuentes. Arrastra sin poder impedirlo en su totalidad una serie de acaecimientos inesperados. La gente con el tiempo cambia, y generalmente no cambia para bien. A mis veintisiete años recién cumpliditos, he concluido que soy un tipo insoportable, y esto con lo que me queda de vida, empeorará. Hace muchos años, allá cuando era un niño despreocupado, recuerdo la figura de un primo político muy bonachón. Siempre con un chascarrillo o un gesto amable. Siempre con disposición a enseñare algo de fútbol o a compartir una sonrisa. Supongo que él estaría transitando los inicios de la base tres. Cuando de pronto, una tarde cualquiera, el tiempo cambió su alegría proba por el silencio. La última imagen que guardo de aquel hombre de sonrisa fácil, es aquella donde se encuentra sentado en un sofá de la sala, mirando el vacío, con la cabeza apoyada en su mano derecha y con la alegría extraviada. Aquella tarde me quedé confundido. Hoy, a mis veintisiete años (acabados de cumplir), entiendo algunas cosas. Es evidente que somos culpables de nuestros actos y que son esos actos los que nos trazaron los caminos seguidos. Esos caminos marcaron con sus experiencias nuestras costumbres, ideales o sensaciones y nos transformaron (a la gran mayoría) en lo que somos ahora. Mucha gente que me ha acompañado en el camino andado se pregunta qué fue del rubiecito alegre de comentarios tontos. A dónde se fue su alegría. Y yo, que conozco mejor que nadie al susodicho al que se refieren, me hago la misma pregunta. ¿Qué será de ese rubiecito gil? Tener veintisiete años en la teoría más lógica es encontrarse en la plenitud de una vida, entrando de lleno al tema de la madurez y la realización. Hay cosas que en definitiva se van marcando; pero lamento informar que muchas otras cosas importantes, quedan en el camino por exceso de equipaje. La idea de ser adulto no me seduce del todo, se sacrifica mucho. Frente a mí, a espaldas del ordenador en donde escribo, un cuadro en blanco y negro del famoso “Piolín” con dos recordatorios de amigos que el tiempo ha sabido conservar, me mira sospechoso y recuerdo que fue justamente, un regalo de onomástico. Y es que en aquellas épocas, se valoraban más estas cosas hasta convertirlas como ahora, en tesoros preciados. A mis ya trajinados veintisiete años, me declaro sin temor a equivocarme: Insoportable. Por ende comprendo que mi destino inefable es conciliarme conmigo mismo y aceptar la soledad celosa que siempre me atisbó con la seguridad de que era suyo. Todavía hay camino por andar. Todavía queda tiempo para recibir un abrazo, regalar un beso, escribir una memoria. Todavía queda alguna oportunidad para demostrar cariño, para decir te quiero, para pedir disculpas. Entiendo que el parabrisas es mucho más grande que el retrovisor porque debemos preocuparnos siempre por mirar hacia adelante, hacia el frente. Y esa es la misión a cumplir, la tarea encargada. El tiempo me volverá por inercia aún más renegón e impaciente de lo que me siento. Agigantará mi vientre y hará de esta barriguita coqueta una barriga prominente. El cabello seguirá deslizándose entere mis hombros hasta encontrar el suelo. Las arrugas se harán inquilinas de mi rostro y los dolores invadirán terrenos desprotegidos de mi cuerpo.  He vivido, y agradezco esa oportunidad bendita que se me brindó. No sé cuánto tiempo más me quede, no lo sé. Espero tener la decencia de vivirlos bien y sonreír con frecuencia y sencillez, ya que quiero que sea esta la imagen que deje a pesar de los años. A todos los que acompañaron mi camino y aún se encuentran en mi andar: ¡Gracias!

jueves, 22 de agosto de 2013

Los tres de los 90’s



Vivir sin música es morir sin alegría. Y es que escuchando una buena canción se puede hacer la limpieza de un mes sin darse cuenta o hasta con cierto gusto. Lo he dicho mil veces. A pesar de mi pasión por el fútbol, mis aires de escritor o cualquier otra actividad tentativa para vivir, si hubiera tenido la oportunidad de ser bueno en algo, si hubiera podido escoger la carrera a seguir producto de alguna cualidad, virtud o don; sin pensarlo dos veces hubiera escogido ser músico. Y como es algo que me apasiona he intentado tomar clases de piano, donde he fracasado por falta de actitud. Con los pocos acordes que llegué a manejar también procedí a intentar escribir canciones, y hasta allí llegó el intento de ser músico. Ahí hice mi concierto de despedida y pase a la historia sin gloria ni pena. Cuando voy al karaoke intento matar esta pena. Tomo el micro y canto un par de canciones a veces degenerando los temas.  A veces no me va mal. Son aquellos días en que estás inspirado y la canción simplemente fluye. Generalmente tiendo a cantar canciones que me gusten o que estén a tono con mi timbre de voz, y sacando conclusiones rápidas, siempre están en mi repertorio una de Pedrito Suárez Vértiz o de Gianmarco. He comprado el libro “YO, PEDRO”; recopilación de anécdotas he historias de un hombre que ha vivido cobijado desde muy tierna edad en la música. Es difícil creer que a tan temible guerrero se le haya quitado su arma de batalla, su talento innato que lo ha llevado con inteligencia (como explica en el libro) a alejarse de los medios y del mundo social que antes lo rodeaba. Pero como es obvio, no ha podido alejarlo de ese lado artístico que ahora sabe interpretar de otra forma, más pegado a las letras. Estos últimos días he escuchado con terca insistencia una canción de antaño del gran Pedro: “No llores más”, la cual me parece el reflejo preciso de este excelente músico peruano, de este rockero que ya extrañamos.   Desde el principio de la canción, con una intro en órgano o piano, hasta el mismo tono que le da, la canción guarda una añeja sensación. Y es que Pedrito antes de obtener el reconocimiento individual, lo compartió con una banda que también dejó huella en la música nacional. “ARENA HASH”, un grupo juvenil que nació en el año de 1986, tuvo como integrantes aparte de Pedro (voz y guitarra) a su hermano Patricio Suárez Vértiz (bajo) Arturo Pomar Jr. (batería) y Alex Kornhuber (guitarra). Este último, quien se aparta del grupo, da cabida a Christian Meier (piano), con el cual se consolidaría el cuarteto con todos sus éxitos. Precisamente este último, a pesar de no tener todo el reconocimiento que se merece, aportaría muchísimo a la música nacional por los muy buenos arreglos de sus discos y dejando de ser mezquinos, con los buenos temas que propuso. Christian Meier hereda al rock peruano canciones que van más allá de “Carreteras Mojadas”, y sería bueno que se den la molestia de escuchar otros temas de uno de sus tres discos, siendo el último “Once noches” el más trabajado. El tercer peruano que en los noventa salió a la luz, es hijo de dos grandes artistas por lo que no decepcionó a la familia. Un hombre que siempre regresa a “La Estación de Barranco” donde se hizo de un lugar. Gian Marco Zignago, más conocido como el ”pelao”, es sin duda uno de los cantautores peruanos más reconocidos de todos los tiempos. Desde muy corta edad, al lado de su padre, el recordado Joe Danova; empezó su romance con la música. A los doce años ya cantaba en Buenos Aires y un año después por Venezuela. Gian Marco no sólo sorprende por su calidad como cantante sino también, por su sutileza al momento de componer. Es precisamente como compositor que inicia su carrera en el extranjero, compartiendo sus temas con artistas reconocidos, de talla internacional. En el Perú, ya había conquistado corazones con canciones que en la actualidad ya son himnos nacionales. En uno de sus últimos discos, “20 años” hace recopilación de estos temas con algunos arreglos diferentes. Personalmente, es el disco que más veces he escuchado, ambos CD’s son para cantarlos desde la primera canción. Entonces, leyendo el libro de Pedrito, regresando a sus inicios, visitando a Christian Meier y encontrando videos de ambos con Gian Marco cantando muy jóvenes. Siempre he sido admirador del Rock argentino, pero nosotros también tenemos lo nuestro, con cantantes que ya son reconocidos por su trayectoria. Estos tres descritos nacieron como solistas en los 90’s y estamos orgullosos y agradecidos con ellos. Esperemos que aparezcan más, por el bien de nuestra música y todos aquellos que la sabemos disfrutar.

“Cuando recuerdes mi piel, cuando recuerdes mis ojos,
cuando te atrape el enojo al ver que de apoco no me quieres hablar.
Nunca vayas a pensar que yo deseo olvidarte,
aunque de mi te apartes las cosas mi vida no van a cambiar.   
No llores más, no llores más, no llores más
que así me arrinconas en la oscuridad”

viernes, 9 de agosto de 2013

Otra forma de morir


“Hay que vivir con intensidad y leer con frecuencia para escribir con pasión”. Y es como si hubiera matado a alguien y hubiera ocultado su cuerpo en el patio de mi casa. Es como si ese pedazo de tierra donde yace un difundo inquieto palpitara intentando que lo hallen. Me siento culpable, cochino. Siento un cargo de conciencia que corroe mi mente, mi alma, me mantiene en vilo. Me siento culpable de un crimen que he cometido sin escrúpulos, sin aspavientos. Tengo una sangre fría para enfriar otras cosas, otras personas. Siento que no lo he matado bien, que he dejado muchas huellas, muchas evidencias tontas que me van a delatar, que van declararme como culpable. Y es que tengo enterrado, en el patio de mi casa, decorado con mayólicas blancas, a un joven con aspiraciones a escritor. Este muchacho de prosa moderada ha sido víctima del desdén, del olvido.   Y él, como terco y aguerrido joven de sueños renuentes, se resistió al anonimato y prefirió  encontrar la muerte que vivir en el olvido. El criminal, con su poca experiencia ha intentado eliminar al aspirante a escritor con un golpe en la cabeza, con un mazazo en el cráneo. El golpe no fue tan violento como lo había imaginado, pero bastó para desplomar al adversario y liquidar sus aspiraciones. Por su falta de experiencia, no ha sabido distinguir si aún sigue con vida o no, no sabe si está respirando o liberando algunos gases propios de los muertos. Como esas dudas no lo matan a él, ha decidido enterrarlo así como está, muerto o dormido. Ha cavado un hueco no tan hondo (las fuerzas no le alcanzan). Lo ha arrastrado hasta el lugar que lo acogerá por la eternidad y ha intentado acomodarlo en aquella tumba improvisada. Ha demorado bastante en ingresar su cuerpo en ese hoyo mal hecho. Está ubicado de una forma poco ortodoxa pero al fin y al cabo ubicado dentro de su guarida. Ha intentado devolver toda la tierra que sacó para abrigar de esta manera el cadáver incómodo de un joven soñador. Ha emparejado el llano de su patio y ha revestido de manera chúcara con mayólicas escogidas con muy bien gusto todo el contorno de su víctima. A penas terminada su labor, ha ofrecido una pequeña oración con los ojos cerrados, los cuales cada fin de estrofa abría para revisar que todo siguiera en su sitio. El muerto por su parte, ha dejado un par de memorias escritas, las cuales se encuentran extraviadas en papeles, en la web, en el tiempo. Y es precisamente, por la falta de memorias, que ha sido sorprendido por la muerte, aquella a la que le dedicó algunas líneas. Entonces lo ha dejado, ha dejado al el cadáver en el hoyo y se ha ido. Lo ha olvidado con premura, intentando ocultar también su condición de sicario. El joven agraviado ha despertado de su letargo y ha salido con cierta facilidad de aquel cementerio improvisado y se ha encontrado con la cocina en su camino. Ha cogido una fruta y se la ha llevado a la boca. Como todavía es de noche, y él no sabe qué hora es, sale con delicadeza de aquella casa que lo ha acogido temporalmente. Ha llegado a su casa, no se ha bañado. Hace tiempo no le pasaba algo tan jocoso. Se ha tomado el tiempo para servirse un café. Ha encontrado su vieja computadora y se ha puesto a escribir. Lo hace como antes, con un cariño misterioso, sin saber por qué. No ha muerto, pero siente como si hubiera resucitado, revivido. Como si hubiera regresado del más allá.  – Hay otras maneras de morir – piensa mientras le da otro sorbo al café que ya está frio. Yo, el criminal sin sueldo, el asesino mediocre, he decidido enterarme de la verdad de las cosas mediante este relato, arrepentido de mis actos pecaminosos y avergonzado por ser tan ineficiente. Felizmente el escritor aparentemente no es tan rencoroso, y a la fecha no ha denunciado el intento nefasto de acabar con él. Su única venganza ha sido relatarlo, minimizando el acto y burlándose de torpeza.