Es uno de los mejores en la
región, sus metas están casi cumplidas y con un poco de esfuerzo, puede
duplicar las aspiraciones que le han puesto. Sus número lo avalan y sus jefes
lo quieren. Esta campaña es tan placentera como un pajazo sideral. Trabaja
medio tiempo y con un par de ventas bien colocadas acumula puntos en un timming
generoso para él. El hombre no se despeina no sólo porque tiene poco cabello. Pero
la felicidad no es completa. Por la poca afluencia de clientes en su oficina,
sus ingresos han mermado, han decrecido. Su sueldo ya no le alcanza para pagar
las deudas que el propio banco en el que trabaja le ha merecido, y sus expectativas
de vida son nulas. Su calidad de vida en un par de meses lo ha llevado a la categoría
de divo misio. Escatima en cualquier gasto pero igual gasta. El dinero se le
esfuma de las manos mucho antes de recibir su próximo sueldo y por eso ya no
vive tranquilo. Se ha inscrito en el gimnasio para alimentar su vanidad, quiere
un par de músculos que lo hagan ver más varonil y eliminar la monumental
barriga que se ha formado en su vientre. Es una soga con nudo doble y mal hecho.
Nunca va al gimnasio porque muere de sueño, de flojera, de desidia por su
propia vanidad. La casa donde vive, en una zona privilegiada, con comodidades
de acuerdo a sus expectativas, no es suya. Por lo tanto tiene que renegociar un
alquiler que ha sido bondadoso con él los últimos meses. Se ha acostumbrado a
la vista desde ese cuarto piso. A las
luces que se prenden solas al subir las gradas, generando un muy buena primera
impresión. Se ha encariñado con el closet enorme donde guarda la misma ropa que
usa año tras año. Se ha aplicado al camino de su cama al baño y viceversa. Ha
intentado negociar con el dueño, un tipo de modales afeminados que juega al
abogado y goza cual niño intentando cerrar un negocio a favor. Siente que puede
convencer a ese hombrecito delicado con su verborrea truculenta pero no cuenta
con el asesoramiento a distancia de su señora que al parecer lleva los
pantalones y dispone de sugerencias algo más agresivas y desfavorables.
Aparentemente vivirá un par de meses más por ahí antes de que sea desalojado a
la fuerza y arrojado a una zona marginal. Sus tarjetas de crédito han quedado
nuevamente inútiles para cualquier asaltante furtivo puesto que sus líneas de
crédito no muestran ningún tipo de atractivo (al igual que el dueño) quedando
de esta manera comprometido con más de una institución bancaria que por el
momento lo adora por los activos que produce y por una puntualidad aún
respetable para un moroso en potencia. Es prófugo de la justicia por lo que
conduce con un brevete cancelado producto de una indisciplina y la mala suerte acompañándolo
de copiloto. Ya ha tramitado los cargos en su contra pero no ha procedido con el
levantamiento de dicho castigo por flojera y ahora falta de dinero. Él maneja
igual intentando no encontrarse con ningún policía para no empeorar su situación
de delincuente fugitivo. Siempre intenta manejar también, el sencillo
correspondiente para una eventual coima salvadora, coima que se reduce a un par
de monedas y unas súplicas mal entrenadas. La mujer que más ama en la vida ya
tiene sus años y es víctima de los avatares del tiempo. Ya no sólo reconoce en
ellas algunas arruguitas en la piel, sino que también, ha descubierto que su
salud ha mermado un poco y teme que pueda complicarse. Él sabe que tiene esa
responsabilidad encomiable de velar por aquella dama de años copiosos e
intentar prodigar su felicidad como ella misma hizo con él años atrás. Por eso,
intentando remediar su descuido, la ha afiliado a un sistema de atención médica
igual de bueno que el suyo, para lo cual irónicamente, paga una prima mensual
considerable ahora que su economía ha mermado. Igual lo hace con todo el cariño
del mundo. Como es un tipo inconsciente, ha decidido huir de todas estas
preocupaciones y ha contratado un paquete turístico para fugar (aún más) a las
playas del norte del país. A un lugar donde sólo pueda echarse en la arena,
lucir su barriga descomunal, pedir toda la comida y alcohol que se le antoje (porque
todo está incluido), emborracharse para olvidar las preocupaciones de adulto y
dormir en la arena mientras cae el sol. Este joven del ayer ya no lee ni
escribe con pasión, qué pena. Ya no sonríe con la misma facilidad de antes
debido a un abandono por las cosas simples pero necesarias para ser feliz. Ya
no se toca con denuedo por las noches antes de sus oraciones ni frecuenta algún
bar bohemio vestido como le daba la gana que lo hacía sentir importante. Este
año se ha presentado como una especie de bisagra inesperada hacia el camino de
la madurez (supuestamente) y ha tocado fibras desconocidas. De pronto un apagón
lo sorprendió en medio de la calle y en vez de mirar el cielo y contemplar las
estrellas, intentó buscar luz artificial. Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
martes, 12 de noviembre de 2013
Luz artificial
Es uno de los mejores en la
región, sus metas están casi cumplidas y con un poco de esfuerzo, puede
duplicar las aspiraciones que le han puesto. Sus número lo avalan y sus jefes
lo quieren. Esta campaña es tan placentera como un pajazo sideral. Trabaja
medio tiempo y con un par de ventas bien colocadas acumula puntos en un timming
generoso para él. El hombre no se despeina no sólo porque tiene poco cabello. Pero
la felicidad no es completa. Por la poca afluencia de clientes en su oficina,
sus ingresos han mermado, han decrecido. Su sueldo ya no le alcanza para pagar
las deudas que el propio banco en el que trabaja le ha merecido, y sus expectativas
de vida son nulas. Su calidad de vida en un par de meses lo ha llevado a la categoría
de divo misio. Escatima en cualquier gasto pero igual gasta. El dinero se le
esfuma de las manos mucho antes de recibir su próximo sueldo y por eso ya no
vive tranquilo. Se ha inscrito en el gimnasio para alimentar su vanidad, quiere
un par de músculos que lo hagan ver más varonil y eliminar la monumental
barriga que se ha formado en su vientre. Es una soga con nudo doble y mal hecho.
Nunca va al gimnasio porque muere de sueño, de flojera, de desidia por su
propia vanidad. La casa donde vive, en una zona privilegiada, con comodidades
de acuerdo a sus expectativas, no es suya. Por lo tanto tiene que renegociar un
alquiler que ha sido bondadoso con él los últimos meses. Se ha acostumbrado a
la vista desde ese cuarto piso. A las
luces que se prenden solas al subir las gradas, generando un muy buena primera
impresión. Se ha encariñado con el closet enorme donde guarda la misma ropa que
usa año tras año. Se ha aplicado al camino de su cama al baño y viceversa. Ha
intentado negociar con el dueño, un tipo de modales afeminados que juega al
abogado y goza cual niño intentando cerrar un negocio a favor. Siente que puede
convencer a ese hombrecito delicado con su verborrea truculenta pero no cuenta
con el asesoramiento a distancia de su señora que al parecer lleva los
pantalones y dispone de sugerencias algo más agresivas y desfavorables.
Aparentemente vivirá un par de meses más por ahí antes de que sea desalojado a
la fuerza y arrojado a una zona marginal. Sus tarjetas de crédito han quedado
nuevamente inútiles para cualquier asaltante furtivo puesto que sus líneas de
crédito no muestran ningún tipo de atractivo (al igual que el dueño) quedando
de esta manera comprometido con más de una institución bancaria que por el
momento lo adora por los activos que produce y por una puntualidad aún
respetable para un moroso en potencia. Es prófugo de la justicia por lo que
conduce con un brevete cancelado producto de una indisciplina y la mala suerte acompañándolo
de copiloto. Ya ha tramitado los cargos en su contra pero no ha procedido con el
levantamiento de dicho castigo por flojera y ahora falta de dinero. Él maneja
igual intentando no encontrarse con ningún policía para no empeorar su situación
de delincuente fugitivo. Siempre intenta manejar también, el sencillo
correspondiente para una eventual coima salvadora, coima que se reduce a un par
de monedas y unas súplicas mal entrenadas. La mujer que más ama en la vida ya
tiene sus años y es víctima de los avatares del tiempo. Ya no sólo reconoce en
ellas algunas arruguitas en la piel, sino que también, ha descubierto que su
salud ha mermado un poco y teme que pueda complicarse. Él sabe que tiene esa
responsabilidad encomiable de velar por aquella dama de años copiosos e
intentar prodigar su felicidad como ella misma hizo con él años atrás. Por eso,
intentando remediar su descuido, la ha afiliado a un sistema de atención médica
igual de bueno que el suyo, para lo cual irónicamente, paga una prima mensual
considerable ahora que su economía ha mermado. Igual lo hace con todo el cariño
del mundo. Como es un tipo inconsciente, ha decidido huir de todas estas
preocupaciones y ha contratado un paquete turístico para fugar (aún más) a las
playas del norte del país. A un lugar donde sólo pueda echarse en la arena,
lucir su barriga descomunal, pedir toda la comida y alcohol que se le antoje (porque
todo está incluido), emborracharse para olvidar las preocupaciones de adulto y
dormir en la arena mientras cae el sol. Este joven del ayer ya no lee ni
escribe con pasión, qué pena. Ya no sonríe con la misma facilidad de antes
debido a un abandono por las cosas simples pero necesarias para ser feliz. Ya
no se toca con denuedo por las noches antes de sus oraciones ni frecuenta algún
bar bohemio vestido como le daba la gana que lo hacía sentir importante. Este
año se ha presentado como una especie de bisagra inesperada hacia el camino de
la madurez (supuestamente) y ha tocado fibras desconocidas. De pronto un apagón
lo sorprendió en medio de la calle y en vez de mirar el cielo y contemplar las
estrellas, intentó buscar luz artificial. jueves, 24 de octubre de 2013
El zapato en tu cabeza
Han decidido escapar de la rutina
y enrumbar camino lejos de casa y la monotonía. Ellos siempre han sabido
aprovechar su tiempo juntos y han planificado de esta manera, los viajes que
sean necesarios para sentirse uno más cerca del otro. Él trabaja lejos,
encerrado en la mitad de la selva. Ella se encierra pero en su kindergarten, en
aquel mundo que ha creado para niños menores a cinco años y para ella, para
consolar los días lejos de él. Sólo tienen un par de semanas al año juntos, y
es así hace buen tiempo. Llegan al hotel cansados, escogen una habitación
matrimonial y sienten que así será su vida de casados. Ella es delicada, de
modales suaves y considerados. Él se siente un hombre rudimentario, azuzado por
su barba frondosa y sus costumbres masculinas. Quieren aprovechar su estancia
en aquella ciudad donde saben pasarla bien. Deciden caminar por ahí, comer algo
que les guste. Pretenden visitar un bar, tomarse un traguito. Quizá y se animen
a entrar a una discoteca y bailar juntos, pegaditos. Dejan las maletas regadas
en el camino, no hay apuro por ordenar las cosas. Él se deja caer en la cama
con un bulto cansado. Ella se sienta y lanza un ligero suspiro. Pasan un rato
así, hablando lo necesario para no agitarse más, intentan recuperase del viaje.
Él ha cargado con todas la maletas de ella, algunas un tanto innecesarias para
tan breve viaje. Ella ha puesto un par de botas de más entre sus cosas; de
hecho por la indecisión de qué ponerse, ha llevado prendas para escoger en el
momento. También ha cargado con su maquillaje, su máquina de laceado, sus
accesorios de belleza y alguno que otro material que la haga sentir cómoda al
salir. Ha entrado al baño con la intensión de bañarse, con el deseo de que el
agua tibia pasee por su cuerpo relajándola antes de encontrarse con la noche.
Él ya vio que entró a la ducha, se ha acomodado en la cama porque sabe que ella
demorará. No quiere molestarla y aprovecha para descansar. Ella después de un
buen rato sale envuelta en la toalla y nota que él se ha quedado dormido. Se
acerca despacito y le encaja un beso dulce. Él más que el beso siente la
humedad de su piel y se despierta algo desubicado, mira a todos lados antes de
reaccionar. Agradece a Dios el momento y la compañía. Mira el reloj que abraza
su muñeca y se percata que ha pasado casi una hora desde que ella entró a
bañarse y comenta que se les va hacer un poco tarde. Le pide a su amada que no
se demore mucho cambiándose, pues conoce la paciencia infinita que ella goza.
Ella lo mira de reojo y dice que está lista mientras la toalla se le resbala.
Él la corrige con todo el amor del mundo y le recuerda que no se ha cambiado,
recalca que no se demore. Ella lo mira con ternura y le dice que no se demora
nada mientras elige en qué cama sentarse. Él hace remembranza a algunas
oportunidades donde ha tenido que esperar más de la cuenta para salir. Ella se
defiende en voz baja, aduciendo que casi nunca es así. Él con una sonrisa
juguetona le menciona que a veces se demora sólo alistándose para ir a la
tienda enfrente de su casa. Ella con una sonrisa sarcástica niega tal argumento
y propone una apuesta. Él interesado en aquella propuesta acepta sin saber de
qué se trata. Ella le asegura que está lista antes que él, que será ella quien
tendrá que esperar. Él se ríe y a sabiendas de que ella ya se ha bañado e
implica una ventaja considerable, acepta el reto. Entonces acuerdan que el que
pierda pagará las bebidas de la noche, todas las que se consuman sin poner un tope.
Ella lo ve entrar algo presuroso a la ducha mientras que escoge qué ponerse. Él
abre un cojín de champú el cual no usa completo y arroja sin reparos por ahí.
Encuentra un jaboncillo pequeño y abandonado el cual pasa raudo por su cuerpo,
tratando de hacer toda la espuma que sea posible. Ella ya escogió lo que va a ponerse, aunque no
está tan segura. Él está enjabonado de
los pies a la cabeza y procede a enjuagarse con vehemencia. Ella ha terminado
de secarse el cuerpo y empieza con el secado de su cabello. Él se lava los
dientes mientras repasa mentalmente lo que va
a ponerse y avizora en qué parte de su maletín se encuentra fundido.
Ella ha notado que ya cerró la ducha por lo que imagina que ha acabado de
bañarse y piensa que no lo ha hecho correctamente. Él asienta con la cabeza la
decisión de ponerse la camisa como está, sin plancharla si es que se encuentra
muy arrugada puesto a que se pondrá el saco encima. Mientras se lacea el
cabello calcula que demorará todavía unos veinte minutos para terminar. Sabe
que con ese tiempo concedido es segura su derrota. Necesita más tiempo, y sabe
cómo conseguirlo. Él ha dejado sus zapatos listos al pie de su cama, no ha
llevado otro par así que fijo se los pone. Ella lo sabe y ha raptado uno de sus
calzados y lo ha escondido cerca de ella. Él sale sacudiéndose el cabello y la
ve sentada frente al espejo con una paciencia escalofriante, sabe que ganará.
Ella lo mira por el espejo y disimuladamente apresura el paso. Él encuentra su
camisa, se la pone después de haberse aplicado el desodorante en aerosol. Se ha
puesto el pantalón y unas medias percudidas que no ha sabido lavar bien. Ella
terminó con el laceado y recién busca su maquillaje. Él se siente un ganador y
se pone con una lentitud burlona su reloj, collares y pulseras. Ella está muy
pegadita al espejo pintándose los ojos. A él sólo le faltan los zapatos para
ganar la apuesta. Se acerca al pie de su cama y sólo encuentra uno. Se inclina
a buscarlo debajo del mueble sin saber qué está pasando. No encuentra nada.
Ella casi termina de maquillarse. Él se desespera y busca en su maleta, hace
recuerdo si llegó a empacarlos. Ella no puede con la treta realizada y se lanza
a reír. Él voltea a verla y entiende inmediatamente que ha sido víctima de la
viveza de su novia. Se acerca a ella y la somete a un interrogatorio fugaz que
es acompañado de un forcejeo coqueto. Ella se ve atrapada y saca el zapato de
su guarida y lo arroja por una pequeña ventana que da al primer piso. Él abre
sus ojos y no puede creer que sea tan tramposa. A ella sólo le falta pintarse
lo labios y ponerse el saco para estar lista. Él corre presuroso por el
pasadizo del hotel mientras los pantalones se le caen porque no se los ha abrochado.
Ella en vez de terminar su competencia revienta en carcajadas mientras lo
observa con nervios acercarse al zapato. Aquel calzado se encuentra a punto de
caer al primer piso, justo al borde de las gradas. Él ya lo ubicó con la mirada
y está pronto a cogerlo. Ella sale a velocidad y tiene como plan darle una
patada y mandarlo lo más lejos posible. Él voltea y con la mano derecha la
sujeta de la cara para que no se acerque. Ella logra conectar con el zapato el
cual cae unas gradas abajo. Él como venganza trata de limpiar el maquillaje con
su mano, lo logra. Él es un loco con el pantalón cayéndose, mostrando una media
con hueco y persiguiendo el zapato que se le perdió. Ella es una loca con la
cara pintada, con un ataque de risa que no encuentra control. Ambos ahora
corren rumbo a la habitación para declararse ganador pero la puerta se cierra
con la llave adentro. Por el portazo los vecinos de las habitaciones contiguas
salen y observan como ella intenta meterse por la ventana mientras él corre con
el zapato en la mano y una media con hueco donde el conserje para que les dé la
llave de repuesto. Ella no se da cuenta que se ha equivocado de ventana y se
encuentra con dos amantes a punto de entregarse a la pasión. Él se olvida de su
pantalón a media rodilla y se cae aparatosamente mientras el zapato vuela. Ella
está avergonzada por lo que ha visto y se ha despeinado. Él se sube los pantalones
raudo mientras observa como su zapato cae en un balde con agua. Ella encuentra
la ventana correcta y entra a la habitación. Él toma su zapato mojado y corre
con aspecto de loco hacia su cuarto. Ella le ha abierto la puerta. Él ha
entrado presuroso. Los vecinos se ríen y algunos aplauden. Ella usa nuevamente
su laceadora todavía con su ataque de risa. El usa la secadora con su zapato
esperando a que seque para lanzárselo a la cabeza. La pelea terminó en risas,
nunca salieron de su cuarto.
miércoles, 16 de octubre de 2013
El colchón en el suelo
Me sentaba en el colchón que
estaba en el suelo, muy cercano al piso helado de cemento. Me había robado una
vieja radio que reproducía aquellos cd’s que había quemado con cuidado, con
canciones escogidas, como las fotos que se escogen para atesorarlas en un álbum
familiar. En esas épocas soñaba con tropezar con los libros que dejaba regados
por ahí, desordenado estratégicamente, luego de haberlos devorados todos con
paciencia y denuedo, intentando hacerles el amor, sintiendo placer. Prendía un
cigarro en aquella pequeña habitación y soñaba con que el cuadernito al lado
del colchón se convirtiera en el libro que pague el peaje al más allá, hacia el
recuerdo inmortal que anhelaba. Repasaba los poemas de Neruda una y otra vez
antes de dormir, como el más correcto de los religiosos con su biblia. Andaba
en bivirí y con un sombrero que me dictaba despacito y al oído, las líneas
disparejas de unos textos extraviados en el tiempo; a punto de contraer una
pulmonía fulminante pero aparentemente inspirado. Se escuchaba música trova, o
alguna canción poco popular que nunca sonaban en las radios. Un cigarro mal
fumado y una taza de café que acompañaban aquellos desvelos literarios que
nunca prosperaron. Aquella era la cueva de un hombre soñador, de un joven
melancólico de sonrisa fácil. Recuerdo que llegué a aquella habitación un
catorce de febrero, muy de noche. Llegué con un par de bolsas, aquel colchón recién
comprado que no encontró la compañía de una cama y muchos libros que todavía me
acompañan. Llegué con un montón de ganas de estar solo, de compartir con mi
soledad y nadie más. Aquel catorce de febrero a pesar de algunas llamadas
misericordiosas que me invitaban a la tertulia, me quedé en aquel cuartito
acomodando las pocas cosas que tenía y me eché a dormir custodiado por un olor
a pintura que todavía puedo sentir al recordar. Ya tenía un espacio en la web
donde publicaba mis escritos, y antes de llevarlos a navegar los varaba en un
cuaderno viejo. Era feliz con lo poco
que tenía, con lo que leía y escribía en mis momentos alucinados de escritor,
de promesa literaria. Era mi desorden (nunca fui desordenado), era mi espacio (muy
reducido), era el olor a cigarro y pintura el que me envolvía en una soledad
que no me volverá a visitar porque fue la primera que conocí, y como todo
primer amor, guarda un sabor distinto. Llevaba gente de vez en cuando, de
preferencia señoritas que hablen poco. La dueña de la casa, una mujer de ojos
grandes y verdes, callaba mis deslices. Fue un año viviendo en aquel cuartito
que hoy recordé con melancolía por ser el primer lugar donde anduve solo
físicamente. Lo que no recuerdo es cómo sobreviví compartiendo un baño ni cómo
concilié el hecho de hacer mis deposiciones con gente alrededor cuando soy muy
nimio para esas cosas. No recuerdo tampoco cómo hacía para ver el fútbol (no
tenía TV), para andar al día con las noticias básicas, cómo subía mis escritos
a la web ni como hacías cuando llegaba tomado y sin pleno conocimiento de la
realidad. Luego de ese año, pasé a un ambiente un poco más cómodo. Con un baño
propio para cagar románticamente, como me gusta. Me compré una cama de segunda
donde seguro velaron a alguien. Recuerdo que al momento de comprar ese armazón
que sostenía mi colchón, no encontraron las tablas que le correspondían por lo
que me facilitaron unas que habían por ahí. Odiaba cuando dichas tablas se
caían, claro, no tanto como la chica del piso de abajo que me odiaba más cuando
se caían de madrugada. Me compré una TV (no de segunda) emocionadísimo, sin
saber que se pondrían de moda a los dos meses los LCD. Compré también de
segunda, de una de esas cabinas de internet que no prosperó, una computadora
llenecita de virus y problemas técnicos que me permitía acceder a internet a
las justas. Me compré el perchero donde descansan los gorros y boinas que
todavía me acompañan. Compré un frio bar el cual imaginé lleno de cervezas. Un microondas
que facilitaría mi don culinario llevado a menos. Compré tantas cositas que
aquel nuevo ambiente donde realicé fiestas y donde bebí bien acompañado,
parecía el lugar perfecto. Fui feliz, muy feliz. Pero siempre es poco. Entonces,
por haber almacenado recuerdos que ya no me hacían tan feliz, decidí partir,
huir una vez más. Ese instinto megalómano que nos visita, me sacó de aquel
cuarto y me llevó a un departamento con áreas adecuadas para desenvolverse.
Adquirí una cochera para mi primer carrito, el que todavía me acompaña a pesar
de sus años. Compré algunos muebles (siempre de segunda) para llenar los nuevos
espacios. Regalé muchos otros utensilios que ya no correspondían. Regalé aquella
vieja cama que se caía de madrugada, el estante que acogía mis libros piratas y
una mesa que se quedó conmigo porque el dueño huyó para no pagar la renta.
Regalé la vieja computadora con todititos los virus y así, poco a poco me fui
despojando de un pasado que a veces me persigue jalándome hacia atrás. Regalé
muchos enseres de valor afectivo, incluso me compré un colchón de esos que te desesteran,
te acomodan la columna y te aseguran el sueño más placido del mundo. Lo que se
quedó conmigo por casualidad, y aunque no lo uso, es el colchón acomodado en el
suelo, al lado de los libros mal leídos y mis sueños de ser escritor. Cómo ha
pasado el tiempo…
miércoles, 2 de octubre de 2013
Yo también me quiero casar
No. Nuca me vi entrando a una
iglesia, vestido de terno, acompañado por alguna canción solemne que me
conmueva. No tenía conocimiento sobre firmar algún documento que me comprometa
a compartir algo más que mis próximos días. Yo nunca soñé con el matrimonio y
esas cosas. A pesar de mi sentimentalismo y mis conceptos de familia, no
recuerdo haber planeado eso. Hoy, a mis recientes veintisiete años, me siento
amenazado por esa idea. Esto debido a que supuestamente en el proyecto de vida
o por temas de presión referidos al reloj biológico, ya debería contemplar esta
posibilidad. Pero si en el peor de los casos tanteara esta peripecia, y
quisiera idealizar mi idea del amor bajo estos términos, creo que sería justo
que me permitieran hacerlo. No me imagino que alguien me diga no te puedes
casar porque estás viejo, eres cabezón, eres cholo o negro. Porque tu condición
social no lo permite o porque no calificas para este tipo de trámites. Sin
llegar a casarme; no aceptaría que me prohíban declinar a la idea de compartir
más allá de mis fluidos y proyectos, mis deseos de compartir los frutos
tangibles e intangibles de mi unión conyugal. Me encantaría poder despertar al
lado de la persona que amo, y con la que decidí “hacer patria”, sin vergüenzas inefables
ni miedos legales que no me permitan disfrutar por mis decisiones. No solo los
solteros deberían hacer lo que quieren, los casados también. No se trata de un
tema religioso o moralista, creo que es un tema legítimamente legal que un
ciudadano pueda escoger a quién heredarle sus bienes o beneficios. Si he
decidido compartir algún orifico mío, creo que es justo que también comparta los
frutos de mi trabajo o mis buenas decisiones. Si declino a la idea de amar a
una mujer, y encuentro a bien refugiarme en los brazos de un varón, me
encantaría poder compartir todo lo que sea posible con el ser amado: años de
buena compañía, sueños, el seguro social, y todos los bienes que logremos
adquirir. ¿Alguien que no ha tenido la sabiduría de ahorrar o asegurarse no
tiene el derecho de ser protegido por otra persona? ¡Pamplinas! Me sentiría más
que feliz al poder brindarle mis beneficios a mi pareja. Que pueda hacer uso de
mi seguro privado, que acceda al club del que soy socio, que en caso de fallecer
intempestivamente reciba por ley el derecho a mis propiedades. Que pueda hacer
uso de mis ahorros de la AFP los cuales estoy seguro no llegaré a disfrutar.
Legalmente, y a pesar de cualquier herencia que podamos dejar en vida, si uno se
muere y deja familiares o indefensos o codiciosos, por ley les corresponde dos
terceras partes como mínimo, al declararlo así un código civil obsoleto, “herederos
forzosos” les dicen. Es difícil poder aceptar que hace algunos años atrás las mujeres no
podían votar por un presidente. Que las mujeres no podían trabajar u ocupar un
cargo público. Que alguien pueda terminar el colegio antes de los quince o que los
padres arreglen los matrimonios por dotes cuando los futuros novios tienen
cinco años. No podría imaginar que mis padres me obliguen a seguir una carrera
que no quiero o a ir a una guerra o al cuartel porque sí. Eso pasó, y ante el cambio seguro muchos se opusieron. Ahora
intentamos detener o frenar momentáneamente algo que pasará porque es lo más
justo e inteligente. ¿Democracia? Apliquémosla. Y en verdad para no herir susceptibilidades
mediocres, me parece inteligente que no lo denominen matrimonio sino unión
civil. Dios pidió que nos amemos, y el amor no sólo son besos y abrazos.
Tenemos el derecho y obligación celestial de amar a todos los que podamos, ¿por
qué no dejan formalizar un tipo de amor? El Papa lo ha dicho; muchos países primer
mundistas ya lo han aceptado. Somos unos cavernícolas románticos si creemos que
esto en nuestro país no se dará. Saludo al congresista Carlos Bruce por
presentar un Proyecto de Ley que se caía de evidente por ser justo. He
escuchado a muchos decir que no quieren que sus hijos en las calles vean a dos
personas del mismo sexo besándose y agarradas de la mano (sin hacer de esto un
escándalo obviamente), sin tener la seguridad de que quizá, esta ley necesaria, beneficie
a sus descendientes. Nosotros quedaremos
a la larga en el olvido, dejaremos producto de nuestros actos un mundo mejor o
peor para quienes vengan. Las decisiones que tomemos van a repercutir en el
tiempo y no estaremos para pedir disculpas. Todos tienen su mariconcito en el
fondo, y es justo que pueda ser feliz.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
27
Me comentaron hace bastantes años
atrás que hay un acontecer que lo realizan lo vivos, lo muertos, las cosas, los
animales, lo tangible y lo intangible. Hay un evento que no se puede evitar a
pesar de denodados esfuerzos, aportes tecnológicos, brujería y mitos
ancestrales. Casi a modo de adivinanza me empeñé en dar una respuesta original,
y a pesar de mi imaginación decadente, concentré mis energías en absolver con
inteligencia esa duda. No logré convencerme con alguna de mis respuestas, todas
distantes de la verdad. Eso que no se puede detener, que no podemos frenar, eso
que no podemos impedir es envejecer. Envejecemos los vivos, los muertos (temas
de descomposición), las cosas animales etc., etc., etc. (hace tiempo no usaba
el “etc.”, lo siento más viejo) Entonces el tiempo al transcurrir sin poder ser
frenado, arrastra consigo los avatares renuentes. Arrastra sin poder impedirlo
en su totalidad una serie de acaecimientos inesperados. La gente con el tiempo
cambia, y generalmente no cambia para bien. A mis veintisiete años recién
cumpliditos, he concluido que soy un tipo insoportable, y esto con lo que me
queda de vida, empeorará. Hace muchos años, allá cuando era un niño
despreocupado, recuerdo la figura de un primo político muy bonachón. Siempre
con un chascarrillo o un gesto amable. Siempre con disposición a enseñare algo
de fútbol o a compartir una sonrisa. Supongo que él estaría transitando los
inicios de la base tres. Cuando de pronto, una tarde cualquiera, el tiempo
cambió su alegría proba por el silencio. La última imagen que guardo de aquel
hombre de sonrisa fácil, es aquella donde se encuentra sentado en un sofá de la
sala, mirando el vacío, con la cabeza apoyada en su mano derecha y con la
alegría extraviada. Aquella tarde me quedé confundido. Hoy, a mis veintisiete
años (acabados de cumplir), entiendo algunas cosas. Es evidente que somos
culpables de nuestros actos y que son esos actos los que nos trazaron los caminos
seguidos. Esos caminos marcaron con sus experiencias nuestras costumbres,
ideales o sensaciones y nos transformaron (a la gran mayoría) en lo que somos
ahora. Mucha gente que me ha acompañado en el camino andado se pregunta qué fue
del rubiecito alegre de comentarios tontos. A dónde se fue su alegría. Y yo,
que conozco mejor que nadie al susodicho al que se refieren, me hago la misma
pregunta. ¿Qué será de ese rubiecito gil? Tener veintisiete años en la teoría
más lógica es encontrarse en la plenitud de una vida, entrando de lleno al tema
de la madurez y la realización. Hay cosas que en definitiva se van marcando; pero
lamento informar que muchas otras cosas importantes, quedan en el camino por
exceso de equipaje. La idea de ser adulto no me seduce del todo, se sacrifica
mucho. Frente a mí, a espaldas del ordenador en donde escribo, un cuadro en
blanco y negro del famoso “Piolín” con dos recordatorios de amigos que el
tiempo ha sabido conservar, me mira sospechoso y recuerdo que fue justamente,
un regalo de onomástico. Y es que en aquellas épocas, se valoraban más estas cosas
hasta convertirlas como ahora, en tesoros preciados. A mis ya trajinados
veintisiete años, me declaro sin temor a equivocarme: Insoportable. Por ende
comprendo que mi destino inefable es conciliarme conmigo mismo y aceptar la
soledad celosa que siempre me atisbó con la seguridad de que era suyo. Todavía
hay camino por andar. Todavía queda tiempo para recibir un abrazo, regalar un
beso, escribir una memoria. Todavía queda alguna oportunidad para demostrar
cariño, para decir te quiero, para pedir disculpas. Entiendo que el parabrisas
es mucho más grande que el retrovisor porque debemos preocuparnos siempre por
mirar hacia adelante, hacia el frente. Y esa es la misión a cumplir, la tarea
encargada. El tiempo me volverá por inercia aún más renegón e impaciente de lo
que me siento. Agigantará mi vientre y hará de esta barriguita coqueta una
barriga prominente. El cabello seguirá deslizándose entere mis hombros hasta
encontrar el suelo. Las arrugas se harán inquilinas de mi rostro y los dolores invadirán
terrenos desprotegidos de mi cuerpo. He
vivido, y agradezco esa oportunidad bendita que se me brindó. No sé cuánto
tiempo más me quede, no lo sé. Espero tener la decencia de vivirlos bien y sonreír
con frecuencia y sencillez, ya que quiero que sea esta la imagen que deje a
pesar de los años. A todos los que acompañaron mi camino y aún se encuentran en
mi andar: ¡Gracias!
jueves, 22 de agosto de 2013
Los tres de los 90’s

Vivir sin música es morir sin alegría. Y es que escuchando una buena canción se puede hacer la limpieza de un mes sin darse cuenta o hasta con cierto gusto. Lo he dicho mil veces. A pesar de mi pasión por el fútbol, mis aires de escritor o cualquier otra actividad tentativa para vivir, si hubiera tenido la oportunidad de ser bueno en algo, si hubiera podido escoger la carrera a seguir producto de alguna cualidad, virtud o don; sin pensarlo dos veces hubiera escogido ser músico. Y como es algo que me apasiona he intentado tomar clases de piano, donde he fracasado por falta de actitud. Con los pocos acordes que llegué a manejar también procedí a intentar escribir canciones, y hasta allí llegó el intento de ser músico. Ahí hice mi concierto de despedida y pase a la historia sin gloria ni pena. Cuando voy al karaoke intento matar esta pena. Tomo el micro y canto un par de canciones a veces degenerando los temas. A veces no me va mal. Son aquellos días en que estás inspirado y la canción simplemente fluye. Generalmente tiendo a cantar canciones que me gusten o que estén a tono con mi timbre de voz, y sacando conclusiones rápidas, siempre están en mi repertorio una de Pedrito Suárez Vértiz o de Gianmarco. He comprado el libro “YO, PEDRO”; recopilación de anécdotas he historias de un hombre que ha vivido cobijado desde muy tierna edad en la música. Es difícil creer que a tan temible guerrero se le haya quitado su arma de batalla, su talento innato que lo ha llevado con inteligencia (como explica en el libro) a alejarse de los medios y del mundo social que antes lo rodeaba. Pero como es obvio, no ha podido alejarlo de ese lado artístico que ahora sabe interpretar de otra forma, más pegado a las letras. Estos últimos días he escuchado con terca insistencia una canción de antaño del gran Pedro: “No llores más”, la cual me parece el reflejo preciso de este excelente músico peruano, de este rockero que ya extrañamos. Desde el principio de la canción, con una intro en órgano o piano, hasta el mismo tono que le da, la canción guarda una añeja sensación. Y es que Pedrito antes de obtener el reconocimiento individual, lo compartió con una banda que también dejó huella en la música nacional. “ARENA HASH”, un grupo juvenil que nació en el año de 1986, tuvo como integrantes aparte de Pedro (voz y guitarra) a su hermano Patricio Suárez Vértiz (bajo) Arturo Pomar Jr. (batería) y Alex Kornhuber (guitarra). Este último, quien se aparta del grupo, da cabida a Christian Meier (piano), con el cual se consolidaría el cuarteto con todos sus éxitos. Precisamente este último, a pesar de no tener todo el reconocimiento que se merece, aportaría muchísimo a la música nacional por los muy buenos arreglos de sus discos y dejando de ser mezquinos, con los buenos temas que propuso. Christian Meier hereda al rock peruano canciones que van más allá de “Carreteras Mojadas”, y sería bueno que se den la molestia de escuchar otros temas de uno de sus tres discos, siendo el último “Once noches” el más trabajado. El tercer peruano que en los noventa salió a la luz, es hijo de dos grandes artistas por lo que no decepcionó a la familia. Un hombre que siempre regresa a “La Estación de Barranco” donde se hizo de un lugar. Gian Marco Zignago, más conocido como el ”pelao”, es sin duda uno de los cantautores peruanos más reconocidos de todos los tiempos. Desde muy corta edad, al lado de su padre, el recordado Joe Danova; empezó su romance con la música. A los doce años ya cantaba en Buenos Aires y un año después por Venezuela. Gian Marco no sólo sorprende por su calidad como cantante sino también, por su sutileza al momento de componer. Es precisamente como compositor que inicia su carrera en el extranjero, compartiendo sus temas con artistas reconocidos, de talla internacional. En el Perú, ya había conquistado corazones con canciones que en la actualidad ya son himnos nacionales. En uno de sus últimos discos, “20 años” hace recopilación de estos temas con algunos arreglos diferentes. Personalmente, es el disco que más veces he escuchado, ambos CD’s son para cantarlos desde la primera canción. Entonces, leyendo el libro de Pedrito, regresando a sus inicios, visitando a Christian Meier y encontrando videos de ambos con Gian Marco cantando muy jóvenes. Siempre he sido admirador del Rock argentino, pero nosotros también tenemos lo nuestro, con cantantes que ya son reconocidos por su trayectoria. Estos tres descritos nacieron como solistas en los 90’s y estamos orgullosos y agradecidos con ellos. Esperemos que aparezcan más, por el bien de nuestra música y todos aquellos que la sabemos disfrutar.
“Cuando recuerdes mi
piel, cuando recuerdes mis ojos,
cuando te atrape el
enojo al ver que de apoco no me quieres hablar.
Nunca vayas a pensar que
yo deseo olvidarte,
aunque de mi te
apartes las cosas mi vida no van a cambiar.
No llores más, no llores
más, no llores más
que así me arrinconas
en la oscuridad”
viernes, 9 de agosto de 2013
Otra forma de morir
“Hay que vivir con intensidad y
leer con frecuencia para escribir con pasión”. Y es como si hubiera matado a
alguien y hubiera ocultado su cuerpo en el patio de mi casa. Es como si ese
pedazo de tierra donde yace un difundo inquieto palpitara intentando que lo
hallen. Me siento culpable, cochino. Siento un cargo de conciencia que corroe
mi mente, mi alma, me mantiene en vilo. Me siento culpable de un crimen que he
cometido sin escrúpulos, sin aspavientos. Tengo una sangre fría para enfriar
otras cosas, otras personas. Siento que no lo he matado bien, que he dejado
muchas huellas, muchas evidencias tontas que me van a delatar, que van
declararme como culpable. Y es que tengo enterrado, en el patio de mi casa,
decorado con mayólicas blancas, a un joven con aspiraciones a escritor. Este
muchacho de prosa moderada ha sido víctima del desdén, del olvido. Y él,
como terco y aguerrido joven de sueños renuentes, se resistió al anonimato y
prefirió encontrar la muerte que vivir
en el olvido. El criminal, con su poca experiencia ha intentado eliminar al
aspirante a escritor con un golpe en la cabeza, con un mazazo en el cráneo. El
golpe no fue tan violento como lo había imaginado, pero bastó para desplomar al
adversario y liquidar sus aspiraciones. Por su falta de experiencia, no ha
sabido distinguir si aún sigue con vida o no, no sabe si está respirando o
liberando algunos gases propios de los muertos. Como esas dudas no lo matan a
él, ha decidido enterrarlo así como está, muerto o dormido. Ha cavado un hueco
no tan hondo (las fuerzas no le alcanzan). Lo ha arrastrado hasta el lugar que
lo acogerá por la eternidad y ha intentado acomodarlo en aquella tumba
improvisada. Ha demorado bastante en ingresar su cuerpo en ese hoyo mal hecho.
Está ubicado de una forma poco ortodoxa pero al fin y al cabo ubicado dentro de
su guarida. Ha intentado devolver toda la tierra que sacó para abrigar de esta
manera el cadáver incómodo de un joven soñador. Ha emparejado el llano de su
patio y ha revestido de manera chúcara con mayólicas escogidas con muy bien
gusto todo el contorno de su víctima. A penas terminada su labor, ha ofrecido
una pequeña oración con los ojos cerrados, los cuales cada fin de estrofa abría
para revisar que todo siguiera en su sitio. El muerto por su parte, ha dejado
un par de memorias escritas, las cuales se encuentran extraviadas en papeles,
en la web, en el tiempo. Y es precisamente, por la falta de memorias, que ha
sido sorprendido por la muerte, aquella a la que le dedicó algunas líneas.
Entonces lo ha dejado, ha dejado al el cadáver en el hoyo y se ha ido. Lo ha
olvidado con premura, intentando ocultar también su condición de sicario. El
joven agraviado ha despertado de su letargo y ha salido con cierta facilidad de
aquel cementerio improvisado y se ha encontrado con la cocina en su camino. Ha cogido
una fruta y se la ha llevado a la boca. Como todavía es de noche, y él no sabe
qué hora es, sale con delicadeza de aquella casa que lo ha acogido
temporalmente. Ha llegado a su casa, no se ha bañado. Hace tiempo no le pasaba
algo tan jocoso. Se ha tomado el tiempo para servirse un café. Ha encontrado su
vieja computadora y se ha puesto a escribir. Lo hace como antes, con un cariño
misterioso, sin saber por qué. No ha muerto, pero siente como si hubiera
resucitado, revivido. Como si hubiera regresado del más allá. – Hay otras maneras de morir – piensa mientras
le da otro sorbo al café que ya está frio. Yo, el criminal sin sueldo, el
asesino mediocre, he decidido enterarme de la verdad de las cosas mediante este
relato, arrepentido de mis actos pecaminosos y avergonzado por ser tan
ineficiente. Felizmente el escritor aparentemente no es tan rencoroso, y a la
fecha no ha denunciado el intento nefasto de acabar con él. Su única venganza
ha sido relatarlo, minimizando el acto y burlándose de torpeza.
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