El olor de sus cabellos. La
primavera entera envolviendo el ambiente. El aroma a flores impregnado en su
piel. Se sitúa en el centro de todo, en el ombligo de tan hermoso paisaje. Indeciso:
- ¿el sur o el norte? – se pregunta. El albo tapiz, de aroma a Jazmín lo invita a caminar con la yema de sus
dedos, los cuales se desplazan descalzos, de puntitas. Por el norte, firmes y
erguidos, dos copos de nieve adornados por cerezas carmesí, como banderas
dulces en lo más alto de aquellos montes delicados, firmes. El saborea despacio
y con placer sinuoso la miel de aquellas frutas prohibidas hasta hoy. Lame el
dulce encanto materno con los ojos abiertos, apreciando el paisaje, registrando
en su memoria su primera visita al par de nevados más tibios y acogedores en los
que haya tenido el placer de reposar. Sus manos han tomado el camino contrario,
han decidido visitar el lado sur de aquel cuerpo invadido. Se han encontrado
con prontitud en una curva de peligroso acceso. Sus manos temblorosas han
bordeado con cuidado el abismo que puede hacerlo caer en la perdición. Han
sorteado con éxito las parábolas encendidas y han llegado al valle sagrado,
donde el tesoro más valioso se ha visto descubierto. Kevin está extraviado y
sin intenciones de encontrar una salida razonable en el cuerpo de Fabiola. Está
totalmente perdido, anonadado por tan hermoso paisaje. Lo observa todo, como
sintiéndose el descubridor de un nuevo continente. Ella, blanca como la nieve,
se presta para el precioso contraste entre su piel y las sábanas moradas de su
habitación. Echada, retorciéndose de placer, cruzando las piernas, se toma los
pechos, todo con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior entre
movimiento y movimiento. Kevin con el torso desnudo y apurando en minimizar el
rigor de su correa, intenta no arruinar el momento, intenta encontrar la nota
siguiente en la sinfonía del momento. Todo comenzó con la tan ansiada salida a
solas, siempre acompañados de una copa de vino que él ha sacado solapadamente del
bar de su papá y que ella no está acostumbrada a tomar. Un Malbec, una casta de
uva originaria del sudoeste de Francia que ha invadido los dos cuerpos por
igual. La conversación se puso amena y empezaron con las risas, los juegos, las
confesiones más indiscretas. Los roces involuntarios, las miradas cómplices.
Solos en la casa de Fabiola, azuzados por el vino, con una evidente atracción
del uno por el otro. Las luces bajas acompañando el momento, la música pasando
desapercibida. Ella se ha sentido tocada por la sepa francesa y él, un
caballero la ha llevado hasta su habitación para que repose. Ella, en un acto
de inconciencia pura se ha despojado de sus prendas, quedando en aquel diminuto
juego de ropa interior rosado. Él no tuvo tiempo de reaccionar, solo fue
testigo del despojo de sus prendas. Y entonces, enfundó su espada, se armó de
valor y ejecutó la orden de invasión. Adiós
diminutas prendas rosadas. Ella tendida sobre sus sábanas. Él observando al
enemigo rendido, a punto de coronarse rey. Nada puede salir mal. Sólo que él la
quiere, y la culpa lo invade más rápido de lo que el vino los invadió a ellos.
Fabiola está dormida, acurrucada desnuda en los calores de sus sábanas;
indefensa, delicada, expuesta. Kevin ha comprendido que no es la mejor manera
de dejar huella. Se ha levantado, y sin decir adiós ha tomado la gallarda
decisión de partir. No quiere ser un visitante más, no quiere ser inquilino
momentáneo en el cuerpo de Fabiola. Él ha escogido marcarla de otra manera. Fabiola
se ha despertado antes del amanecer, sometida por el frio de la madrugada. Se
ha encontrado desnuda en su habitación, sin mayores referencias de lo que haya
podido suceder. No quiere pensar en la escena más evidente. Ha caído en las
redes de aquel muchachito resabido. Ha sido víctima de la astucia de Kevin.
Siente el vendaval de culpas en medio del silencio de la noche. No va a poder
dormir. En su cabeza está la idea de alejarse, de dejar todo ahí y no lastimar
a nadie, en especial a ella. Ha decidido de manera irrefutable voltear la
página, cerrar el libro. No quiere hacerse la víctima, ha cooperado con lo
sucedido. Fabiola no sabe con exactitud lo que ha pasado, pero se imagina todo.
Y si de algo está segura, es que sabe respetar sus decisiones, y acaba de tomar
una: - Esta es la última hoja del libro – se ha jurado.
Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
miércoles, 20 de mayo de 2015
miércoles, 29 de abril de 2015
II.-La amenaza de tu presencia
Le han tocado la puerta de la
casa muy temprano, como todos los domingos. Kevin se ha levantado de un salto y
se ha puesto las goleadoras para la pichanga de los domingos, con la gente de
su barrio. Mientras camina a la canchita de fútbol a unas cuadras de su casa,
lee una y otra vez el mensaje que Fabiola le envío la noche anterior: - “Me
encanta como bailas” – dice de manera escueta. Pero Kevin lo lee varias veces,
como intentando descifrar algo, como queriendo estirar aquel mensaje nocturno. Sus
amigos lo saludan. Se arman los equipos, se pacta la apuesta, comienza el
partido. Kevin ama el fútbol, corre por su sangre morena la ilusión de ser
descubierto. Ahora no espera ese golpe de suerte, de ser visto por un caza
talentos, de llegar a ser profesional. Lo que él desea con todo su corazón, es
que Fabiola lo vea, dedicarle un gol, respirar nuevamente el aroma de sus
cabellos rubios. Fabiola a esa hora se encuentra durmiendo en ropa interior,
todavía con el ligero maquillaje que ha utilizado la noche anterior, envuelta
en sus sábanas moradas, sin intenciones de salir de su cama. Se despierta por
el ruido que provocan unos niños al costado de su casa, donde realizan recepciones
y eventos sociales, los quiere matar uno por uno. Sabe que no podrá dormir
nuevamente, que su sueño se ha visto interrumpido y debido a que no tomó mucho
la noche anterior y no es víctima de la resaca, ha decidido ir al gym, hacer algo productivo por su vida. Se cambia rápidamente, sin bañarse, es domingo.
Sube a su lindo carro rojo, el cual huele riquísimo. Pone primera y arranca despacito. Prende la radio y suena la
canción que bailó la noche anterior, una de la Charanga Habanera. Recuerda
todo: a sus amigas borrachas, Kevin y
los peloteros, la pierna amiga entre sus piernas, su oreja siendo mordida por
el chibolo picarón. Se ríe ruborizada mientras el semáforo la de tiene en rojo.
– ¡Ay Fabiola, ay Fabiola! – se reprende. Juró no meterse con más gente de su
trabajo, sobre todo de su oficina, sabe que es un gran problema. Ella siente
que ya ha superado ese tipo de incidentes y si tiene algún tipo de affaire debe
de ser con la absoluta discreción del caso, sin muertos ni heridos, cosa que no
pasa en su trabajo, donde todos bailan
al son del chisme mal contado. Entonces él piensa en ella, desde la canchita
de su barrio, donde se luce con su quimba y su regate. Entonces ella piensa en
él, confundida, complicada; haciendo la misma rutina de siempre, conversar por
teléfono, escuchando música, mientras los pocos chicos que se han levantado un
domingo y han ido al gym, le miran el derriere. Kevin quiere responder el mensaje, preguntarle
cómo amaneció. Fabiola quiere morirse, no quiere verlo el lunes en la oficina y
sabe que lo mejor es hacerse la loca, como siempre, el tiempo olvida. Kevin
está planeando decirle para ver una película, invitarle un roncito. -La gringa
debe de ser polla – piensa. Fabiola llama una por una a las borrachas de sus
amigas, intentando saber si están bien. Un par de ellas han amanecido en casas
que no son las suyas. – Que pedacito de putas – dice en voz baja. Kevin la tiene
clara, "la Fabiola" le gusta. Fabiola no entiende nada, ese mocoso está para el
recreo, algo del momento, sin comentarios posteriores. Kevin por fin piensa en
otra chica que no sea su ex enamorada, con la que pasó los últimos cuatro años
sacándose la vuelta una y mil veces el uno al otro. Fabiola recibe una llamada
de su ex enamorado, el que pudo ser sin duda el padre de su hija, esa que añora
tanto su mamá, y no fue simplemente porque ella es así: se aburre, se asusta,
se protege; no lo sabe bien, sólo regresa a su amada soledad. Kevin se siente
ilusionado, con ganas de demostrar que puede ser un tipo interesante. Fabiola
se siente algo borracha, amenazada, con dudas, con temor a su presencia y a lo
que pueda ocurrir. Mañana será lunes, lunes otra vez, y se verán nuevamente las
caras.
lunes, 23 de marzo de 2015
I.- Me encanta como bailas
A mis treinta años siento que he
vivido bien. Soy una mujer realizada, independiente. Trabajo en un banco donde
he sabido resaltar no solo por mis piernas. Con más de nueve años laborando he
encontrado cierto grado de estabilidad a pesar de las envidias. Jamás pretendí
ser una santa. Me he tirado un par de canitas al aire, y algunos compañeros
también. Pero siempre he tenido el buen tino de escoger a mis cómplices de
momento, con los que comparto un buen vino, un buen rato y ya. Nunca he pensado
en ser mamá o tener una familiar, quiero disfrutar un ratito más de los bueno
de la vida. Mi madre, que reza incansable por mi bienestar, está pidiendo una
nieta linda como yo. Lo que no sabe es que en mi plan de vida a corto plazo,
busco algo que no sea nada corto ni delgado, quiero algo que me llene de
verdad, busco vivir. Todo estaba bien hasta que llegó a la agencia en que trabajo
Kevin, un chico de sonrisa fácil, coqueto él. Con toda esa pinta de peloterito
de Alianza Lima, fue ganándose espacio en la agencia, destacando por sus
ventas, por su buena onda. El mocoso ése con veinticinco primaveras reguetoneras
se metió media oficina en el bolsillo a punta de buen humor. Desde el principio
me di cuenta que con discreción me mirada el poto al pasar, que se acercaba con
cualquier excusa a mi oficina sólo para conversar un ratito. Aquella noche en
la discoteca, en una de esas reuniones laborales, el muy atrevido se animó a
sacarme a bailar una salsita, quizá creyendo que no me iba a defender. Se llevó
una gran sorpresa al ver que esta gringa sofisticada tira su rico dance, que
trae el sabor en las venas. Ese fue el momento donde quedó prendado, donde se
llevó el olor de mis cabellos rubicundos hasta su propia almohada donde empezó
a soñar conmigo. Debo admitir que el chico bailó muy bien, y un chico que baila
bien, para bien o para mal, siempre llama la atención. Ayudados por la rutina
empezamos a conversar un poco más, a almorzar juntos en la oficina con los
muchachos. Él siempre riéndose de mis chistes, prestándome una atención
particular. Yo haciéndome la rica, arreglándome el cabello, metida en mi
celular y en mis conversaciones triviales. El mocoso me empezó a llamar los
fines de semana, preguntándome por los planes que tenía. El muy vivo sabía de
mi independencia, de que vivía sola, había escuchado de algunas aventurillas
que había tenido por ahí (claro, siempre sin confirmar) y se ofrecía de manera
muy sutil a ser una de ellas. Yo siempre he tenido un as bajo la manga, algún
amigo cariñoso que entiende mis códigos y se preste para romance sin
compromiso. Un fin de semana cualquiera salí con las locas de mis amigas, todas
regias y alborotadas nos fuimos a tomar unos piscos sours a un huequito que me
encanta. Con dos vasos ya bailábamos bachata apretaditas. Nos fuimos al
salsódromo del centro bien entonaditas. Él estaba ahí, y me vio a penas entre
al local. Parado con unos amigos en la barra no me quitó los ojos de encima y
se acercó algo dubitativo al rato, se aproximó con todo su equipo de fútbol. Me
sacó a bailar, sentí su mano apretando mi cintura, su respiración en mi cuello.
Me cantaba las canciones al oído el muy vivo, y yo cerraba los ojos. Su pierna
entre mis piernas, como buen salsero, moviéndola con ritmo. Primera vez que
sentí al muchacho como un hombre. Kevin aplicaba sus mejores pasos de baile, intentaba
sorprenderme, como el chibolo que es. Me mordió la oreja, me dejé. Sentí un
bulto elevarse entre paso y paso de baile. Nuestros cuerpos bailaban salsa,
pero pedían reguetón. Mis amigas estaban aburridas, no eran hinchas de ese
equipo de fútbol con los que había venido. Me llevaron al baño, querían ir al
local de la esquina donde tocaban música electro y se horneaban gratis. Me fui
con ellas, sin muchas ganas de irme. No me despedí de Kevin, sólo le mandé un
whatsapp que decía: me encanta como bailas.
lunes, 16 de marzo de 2015
El sueño de las letras
Alguna vez lidié con la loca idea de vivir de las letras, de vivir
de mi imaginación perturbada, del ocioso arte de escribir. Desde muy pequeño,
desde mis épocas más tiernas, me entregué a unos versos confundidos escondidos
en un cuaderno rojo que todavía guardo con la inútil esperanza de que en un
momento póstumo, sean más que recuerdo. Allá, en el lejano dos mil siete, cuando
era flaco y en el amor creía; inicié la recapitulación de mis historias
entreveradas, de la remembranza irónica y desordenada que almacenaba en mi
cabeza. Mis aires de escritor se afianzaron cuando un años después, por el dos
mil ocho, decidí escapar de casa y vivir solo, con la idea de dormir en un
colchón alojado en el piso, de almohadas mis libros piratas, libros que todavía
cobijan mis sueños extraviados entre sus párrafos. Caminaba muchas cuadras para
cortar la peluca rubia que llevaba en la cabeza, tratando de dar forma a mi
bisoñé bohemio, de izquierda a derecha, cubriendo mi frente, al mejor estilo de
Bayly. Y es que leía todos sus libros, miraba todos sus programas. Me parecía
genial la idea de ser como él. Sentarme dos horas, hablar de mí, siendo yo la
noticia y teniendo mis propias exclusivas. Burlarme de todos, especialmente de uno.
Decir un par de estupideces que diviertan a la gente y dormir hasta las tres de
la tarde todos los días. Todo este círculo vicioso estaría mantenido por un sueldo
nada despreciable que seguiría alimentando esta rutina fascinante. ¡Yo quería
ser como Bayly! Y en innumerables ocasiones he recibido el comentario halagador
de imitarlo muy bien. Entonces me dediqué a mal alimentar mis ganas de vivir
fácil, de ser el centro de la atención y de vivir de mi propio escándalo. Escribí
de manera afiebrada muchos años. Con el transcurrir del tiempo, este interés de
ser escritor pasó a segundo plano y la terapia sanadora de contar mis cosas y
burlarme de todo fue ganando terreno. Escribí sobre la rutina, lo cotidiano.
Escribí sobre varias amantes furtivas que recapacitaron en su idea de compartir
fluidos. Escribí sobre algunos amores que no prosperaron. Sobre el fútbol.
Sobre Dios. Sobre mi Madre. Ahora, tras haber recorrido varios caminos que
llevo en mi interior, he perdido el rastro de ese sueño infausto de ser escrito
y dedicarme a las letras. He perdido en ese camino azaroso la pluma mágica del
delirio y la brújula pícara de los recuerdos valiosos. Ya no seré como Bayly,
estoy convencido. Pero algunos párrafos afortunados encontrarán asidero en el
tiempo. Soy un muchacho frustrado por mil razones, una más será las ganas de
escribir aquel libro soñado, leído, expuesto en alguna vitrina de cualquier
librería en la sección de oferta por sus minúsculas ventas. Mi baúl de los
recuerdos ha sido saqueado por el tiempo y todo está desperdigado. Hago honor a
las memorias de un desmemoriado, ya sin ningún afán sádico de por medio. No sé
si baste para complacer la vanidad encomiable que albergaba mi corazón por
dejar algo antes de partir, pero me divertí mucho en el intento de ser
importante a mi manera. Saldré a caminar más, me esforzaré por grabar momentos
nuevos y me esforzaré el doble por recordar algunos otros. Compraré un boleto
al mundo de las letras y ultrajaré algún libro inocente. Todo por ser ese
personaje antojadizo que quise ser con poco éxito. Hoy empiezo la vigilia por
encontrarme. Buscaré a Bayly en los libros y en la tele. Quizá me
encuentre un poco a mí.
jueves, 12 de febrero de 2015
La ventana mojada
Como kamikazes golpean una y otra vez las gotas
suicidas mi ventana, de rato en vez con furia denodada. El sol ha perdido
protagonismo y se solapa tras nubes negras que han invadido el cielo de la
ciudad. La tarde invita a refugiarnos en el calor hogareño de nuestras sábanas
ya no tan blancas, y un café caliente sin ningún percance nos puede acompañar.
Afuera todo está mojado, todo está gris y me gusta un poco. Recuerdo claramente
mis primeros años en el departamento, desde el cuarto piso, observando todo sin
moverme. Una estatua desde la ventana mirando llover sobre mojado, las calles
hechas riachuelos y la gente apresurada buscando refugio. El frio también ha
ganado terreno en este verano raro al que está acostumbrada esta ciudad
orgullosa. Puedo dormir todo el día sin distinguir la mañana de la noche. Si es que el clima influye
verdaderamente en el ánimo de las personas, este tiempo lúgubre me invita a
recaer en sanas viejas costumbres apegadas a las letras, a esa melancolía
necesaria para ver la vida de otra manera, para revisar lo pendiente, para
deprimirse un poco, para escribir. Afuera en el ambiente todo es gris, las
nubes llegan cargadas de amenazas de aluvión. Pero no hay mal que por bien no
venga. La naturaleza es sabia y toda esta ola de frio y lluvia pone el cielo
gris pero al llano, por donde nos olvidamos que transitamos diariamente, las
cosas mejoran, las plantas se empachan de energía y el verdor de los paisajes
gana fuerza. Las represas de la ciudad se abastecen para los meses venideros.
Mientras todo actúa de manera natural allá afuera, yo abrazo mi almohada,
viendo todas las películas que encuentro. De rato en rato le pregunto a Dios
qué pasa si no salgo de mi cuarto, si no voy a trabajar, si cumplo mi sueño
ermitaño de guardarme en mis aposentos y vivir de mis propias costumbres. Le
pido a Dios una razón que justifique mi asistencia al trabajo. Entonces, el
viento sutilmente golpea mi ventana, traslada las nubes grises sobre mi casa.
Un susurro lejano pero claro me responde: ¡porque eres pobre animal! Entonces
me siento privilegiado de mi ausentismo de la sociedad, porque veo las cosas
más claras, porque a este paso podré rozar la sabiduría negada en un par de
semanas. La lluvia me invita a salir a caminar, como a mi me gusta. Bien
abrigado, con un saco que me dé ese aire de escritor extraviado. Con una
chalina que abrace mi cuello dándome aires de conocedor del mundo. Con aquellos
lentes de descanso que nunca utilizo, ni cuando estoy cansado. Con un cigarro
que seguro me mareará. Salgo con ganas de caminar sin rumbo, de mojarme un
poco. Pero es imposible, las calles son ríos. Puedo morir ahogado en el intento
y todo pasa por mi cabeza mientras me ubico frente a mi ventana, donde el
tiempo no existe, donde me he perdido tantas veces. Desde donde mentalmente
escribo todas estas palabras extraviadas. Todo transcurre mientras allá afuera,
sigue lloviendo sobre mojado, como canta el buen Fito.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Sin rencores baby
Poco hombre, eso eres. Crees que
no le haces daño a nadie y juegas con todo el mundo. Claro, te escondes tras
esa sonrisa burda, tras esos modales que te inventas para quedar bien.
Acostumbrado a cumplir tus caprichos, con tus aires de príncipe miserable,
dueño de la situación. Vives solo, y te crees autosuficiente. Manejas un carro
viejo y crees que todos quieren subir a acompañarte escuchando esa música
aburrida que escuchas, esa música que nadie aguanta, como a ti mismo. Vives en
una zona privilegiada de la que en cualquier momento te botan. Te crees el leído,
el culto, el ser superior. Porque haces los mismos pasos de baile hace varios
años crees que bailas como nadie y porque el cabello se te esponja crees que no
se te nota la calvicie. Hasta cuándo crees que podrás engañar a toda esa gente
que te mira de lejos como si fueras un extraterrestre. Porque trabajas en un
banco ganando dinero para repartirlo por el mal manejo que sigues teniendo de
tus peculios crees que todo tiene precio y te das los gustos de divo falso.
Juras que estás en el top tres de todas tus relaciones y que ninguna de las
chicas con las que has estado te ha olvidado del todo. Vanidoso como nadie, con
una humildad mentirosa. Egocéntrico asqueroso, el mundo jamás giro alrededor
tuyo. Quieres vestirte diferente y la mayoría de las veces terminas como
payaso. Un problemas psicológico, eso tienes mal hombre. Quieres llamar la
atención de todo el mundo para darte cuenta que estás ahí, que existes. Has
tenido el privilegio de andar con chicas guapas, bonitas. Muchas de ellas
ideales para casarte, para ordenar tu vida, para tener algo tangible por lo cual
pavonearte, por lo cual creerte; pero ni eso. No supiste aprovechar la suerte
que te acompañó. Y sigues haciendo lo mismo maricón de mierda. Sigues
mostrándote lindo, amable, educado. Todo hasta que te aguanta la paciencia,
hasta que te aburres de la situación como si fuera una película vista mil
veces. Ahí, en ese momento de la verdad, te muestras como la basura que eres,
como el escarnio de persona que en verdad eres. Pero sabes, todo da vueltas,
todo se acaba. Ya tus tácticas son obsoletas. Ya tus ganas son menores. Ya tus
fuerzas han mermado. Ya no eres el tipo interesante, has perdido factor
sorpresa. Todos saben de tu fama de gigoló trucho, de trepador de piernas, de
galán ardilla. Nadie se atreve a quedarse con el paquete en que te has
convertido. Y no te digo todo lo que te digo por encono, por bronca, por
venganza o despecho. Te digo esto porque en algún momento confuso te quise y
siento la ligera responsabilidad de intentar hacerte abrir los ojos, de decirte
la verdad para ver si en ese cerebro vanidoso y egoísta alguno de tus
personajes patéticos logra captar la idea y jubilarte de esa vida mundana, de
esas costumbres insanas que te hacen el tipo más enfermo que he conocido. Y
ahora que estamos en el momento sincero del día, déjame acotar que tus chistes
no me daban risa, que besabas fatal, babeándome toda. Que tenía que aguantar
tus movimientos raros cuando querías parecer un actor porno. Que me aburrías y
que la tenías chiquita. Espero tomes a bien todo esto porque no es por maldad.
Por lo menos que te dignes a leer esta misiva. Si por ahí todavía te alcanza la
suerte y logras conseguir a alguien que te quiera, así no sea la que buscabas,
así no esté a la altura de tu linaje perverso y etéreo, sientes cabeza y te
dejes querer. Porque sabes, eso es lo que te falta, cariño. Serás víctima de
tus propios actos, de tus propias decisiones. Y reza porque el karma sea un
mito, de lo contrario te tocará sufrir los años que te queden. Príncipe de la
nada, en tu reino te quedarás solo. Anda preparando tus memorias, para que en
un silencio mortuorio, leas despacito lo que hiciste y entiendas, el porqué de
tu abdicación.
jueves, 13 de noviembre de 2014
Lunes por la noche
Lunes, once y cuarto de la noche.
Sigiloso, entre la penumbra, la oscuridad de la noche me acerco a la ventana y
observo con cuidado de un lado a otro. La calle, alumbrada todavía por luces
tenues se presenta tranquila, aparentemente inofensiva. Con la mirada paseo una
y otra vez la acera, los árboles, los matorrales de la plaza que se ubica
frente a mí. Yo no me fio, no pretendo desaparecer del mapa de manera tan
tonta, de tirar a la basura todo este tiempo de sosegada sobrevivencia.
Entonces me animo, creo que la situación allá afuera, donde sigo pendiente de
lo que pueda pasar, es manejable. Tomo la bolsa negra, la sujeto fuertemente
porque se presenta pesada. La tomo con cuidado porque no quiero que se me
caiga, no quiero hacer ningún tipo de ruido que pueda costarme la vida. Abro
cuidadosamente la puerta, sin prender ningún tipo de luz. Inmediatamente la cierro
sin echarle llave. No quiero correr el riesgo de que ante cualquier improvisto
pierda tiempo vital intentado abrir la puerta en búsqueda de un día más de vida,
de una oportunidad. Son cuatro pisos hacia abajo. Hay un silencio que siempre
es engañoso, del cual he aprendido a no fiarme. Tomo con cuidado la bolsa
mientras bajo las gradas atento a lo que pudiera suceder. En mi bolsillo tengo
un cuchillo de mediano tamaño que puede ser mi único aliado en caso de un
ataque, en caso vea a uno de esos pútridos seres irracionales. Ya estoy en la
primera planta. Los autos empolvados en la cochera me permiten resguardo
mientras en silencio doy un último vistazo a la situación. Lo que me separa de
la intemperie de la calle es la reja que permite la salida de los vehículos.
Una puerta de metal que me mantiene bajo resguardo. Luego de esperar unos
minutos, y estar completamente seguro de la acción a seguir, procedo a abrir la
puerta metálica, dejándola junta, lista para ser empujada y sometida a favor en
caso reciba un ataque inesperado, en caso de que mi vida corra el riesgo de
convertirse en un andar irracional. Cruzo rápidamente pero sin correr. Dejo la
bolsa negra de tamaño regular junto a las demás bolsas. La dejo sin arrojarla,
para que no haga ruido, pero tampoco la acomodo. De pronto entre los arbustos
presiento un movimiento y mi corazón late con fuerza. Mi sistema de alerta se
ha activado y tengo en el bolsillo el cuchillo listo para salir a mi rescate.
Al destinar mi mirada al matorral sospechoso, veo a un felino huir despavorido
hacia la oscuridad de la noche. Seguro muriendo de hambre ha salido en busca de
sustento y al igual que yo, el miedo le ha vencido y ha decidido resguardarse.
A lo lejos y entrando de manera amenazante advierto un auto a toda velocidad.
Inmediatamente me ubico detrás de un árbol que me cubre de cuerpo entero y veo
pasar embalado el vehículo blanco de luces prominentes. Ya no se puede confiar
en nadie, ahora los vivos también son peligrosos, también son una amenaza. Lo
peor es que con las luces y el ruido prominente
del vehículo, ha podido atraer a más de un indeseable, a más de uno de
esos seres como carne, a uno de esos hambrientos individuos que no piensan en
nada, que solo desean hacerse de mis vísceras, de mis carnes. Que solo desean
saciar su apetito irracional. Uno de esos caminantes asquerosos a los cuales
estoy dispuesto a clavarles mi cuchillo. Claro, siempre en la cabeza, porque es
la única manera de apagar ese motor mortal que los tiene caminando de un lugar
a otro, sin saber a dónde van, pero con el único propósito de alimentar su
hambre asesina. Corro, ahora si corro hasta la puerta que dejé entre abierta.
La cierro con cuidado para no hacer ningún tipo de ruido. Apago cualquier tipo
de luz y subo a velocidad hasta el cuarto piso donde he tenido a bien
sobrevivir todo este tiempo. Llego a la puerta que habilita mi resguardo y la
abro en un segundo porque tengo la llave lista. Apago las luces. Me ubico en la
ventana nuevamente y veo que la tranquilidad todavía no se ha interrumpido.
Camino hasta mi habitación con la confianza de que lo peor ha pasado. Entro en
mi cuarto, siempre a oscuras. Cierro la puerta con seguro y tras ponerme el
pijama y acurrucarme entre las sábanas, llego a la conclusión de lo peligroso
que es sacar la basura ahora, de lo complicado que se ha puesto sacar la basura
los lunes ahora, y de lo jodido que me pongo después de ver con afán religioso,
la serie de los caminantes los lunes por la noche.
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