jueves, 31 de julio de 2014

Los años maravillosos

Un frío de mierda, así lo describo. Y es que hay cosas que no se recuerdan a pesar de haber sido tan tuyas, como el invierno en la ciudad en que viviste casi toda tu vida, allá bien al sur del país. Pero también hay otras, que parece no hubieran pasado nunca. Y lo he dicho antes, volver a mi terruño es regresar irremediablemente en el túnel del tiempo, sacudir recuerdos empolvados, leer de nuevo el mismo libro. No regresé por inercia, por cumplir con protocolos, porque no hayan más caminos. Volví porque tenía una cita con el amor, no el mío, un amor ajeno pero cercano, un amor del que tengo la obligación sentimental de celebrar como si fuera propio. Paulo y Milagros, amigos de siempre, van a contraer nupcias después de años de enamorados, de amigos; años en los que también hemos participado un buen grupo de personas, las cuales han agendado con todo el cariño del mundo coincidir bien al sur por estas fechas. Paulo, amigo del colegio y de la vida. Tengo el placer de que sea mi amigo desde los once años. En todo este tiempo, y en las diferentes etapas que nos ha tocado compartir, hemos disfrutado anécdotas y secretos sagrados que fortalecen cualquier tipo de lazo. En particular, me siento orgulloso de su amistad y de lo que con el tiempo ha logrado, siendo desde mi humilde punto de vista, el que se ha desarrollado mejor en todos los ámbitos. Milagros también existe en mi vida desde esa edad aproximadamente, once años; donde empezamos a frecuentar con ella y el grupo de sus locas amigas. Recuerdo con mucho cariño su casa, que paradójicamente está muy cerca de su nuevo hogar (la casita del amor con todos sus implementos del amor). Ese era el lugar de encuentro, el punto de partida para todo lo demás. Luego de once años, luego de tantísimo tiempo, los muchachos malos (ahora gordos y pelados) se encuentran con las chicas buenas (ahora malas) y parece que hubiera pasado tan sólo un par de días desde que nos juntamos la última vez. Nos sentamos a tomar un vino y todos empiezan a contar sus otras vidas, sus nuevas vidas, esas que parecen que se estuvieran inventando en el momento para hacer la conversación más amena. Obviamente recalamos en temas de antaño, todas convertidas en anécdota unas más vergonzosas que otras. Preparamos un baile especial para el matrimonio (“Grease”) y por fin puedo morir en paz, porque es un sueño cumplido, bailar aquella canción harto conocida. A pesar de estar al borde de la neumonía no quería dejar de verlos. Tertulia tras tertulia, sentía morir con alegría. En verdad nunca había sentido tanto frío, y estoy seguro de que los dinosaurios murieron por menos, pero la fascinación de tenerlos cerca, de compartir con ellos, de saber que quizá no se vuelva a repetir me invadía con tanto cariño, que decidí desfallecer en el intento de ser feliz  (porque con ellos fui feliz) y disfrutar de cada instante. El matrimonio fue un éxito rotundo, todo tan íntimo. Mi hermano del alma vestido de gala. La novia preciosa. La misa una sutileza. Los invitados, todos de la casa. Mi camisa que reventaba. Las fotos. La música. El baile. Mi mamá moviéndose al ritmo de “Candy” (Si, le gusta el sexo en exceso). El hipo de dos días. La hora loca. La chola y su violación en público. Los mariachis. Sus palabras. Mis amigos. Todo envuelto en un lazo de melancolía, bien empaquetado para llevármelo como recuerdo a todos lados. Para hacer bien el amor no sé si es necesario ir al sur, pero para sentirlo, parece que sí. Cómo ha pasado el tiempo, cómo nos hemos hechos viejos muchachos. El cuerpo no es el mismo de antes. Las cosas no son las mismas. Pero verlos me hace bien, y la ciudad aquella al sur del país se presta para emular viejos recuerdos. Supongo que con los años habrán otros matrimonios, sobrinos nuevos. Cambiaremos nuestros cuerpos caribeños por unos más modestos. No nos madrugaremos con tanta energía y quizá habrá nuevos personajes que se sentarán a escuchar las viejas historias. Y es que cada vez que nos reunamos bien al sur, todo quedará suspendido en el tiempo, como los años que compartí con ustedes, como los años que pasaron al lado suyo, como los años maravillosos que guardo conmigo.
P.D: ¡Qué vivan los novios! ¡Qué viva el amor!

lunes, 9 de junio de 2014

El camino a ti

Desde pequeño, mi peinado presentaba una raya al costado que me hacía ver bien portadito. Mi santa Madre me tomaba de la mano y todos los domingos, con una alegría divina, me llevaba a misa de las seis de la tarde en la catedral. Yo a mis siete u ocho años, no entendía absolutamente nada de lo que hablaba ese viejito con faldón; no tanto por algún tipo de falta de comprensión, sino porque estaba tan venida a menos las energías de ese señor, que a las justas podía descifrar una palabra. Nos sentábamos usualmente del lado derecho de la catedral, la cual recuerdo levemente lúgubre y apacible. Recuerdo que me sentaba al lado de mamá y poco a poco iba entregándome al sueño más delicioso que Dios me pudiera dar. También recuerdo los codazos disimulados y certeros que mi madre me aplicaba cada vez que el padrecito pedía que se pongan de pie y las veces en que me sujetaba antes de colisionar con el suelo adormitado en plena plegaria. Mi santa Madre no desistía en la idea de mi devoción somnolienta y sin falta me tomaba de la mano los domingos por la tarde y me llevaba puntual e incansable a dormir a misa, de seis a siete. Con los años y como si se tratara de temporadas, mi madre empezó a frecuentar un grupo franciscano en una iglesia nueva, a donde indefectiblemente también me llevaba. En este nuevo refugio religioso se reunían días de semana, u horas antes de la misa con todas las viejitas bonachonas que pellizcaban mis cachetes encogidos. Como un par de señoras más arrastraban a sus devotos hijos, formaron un grupo de franciscanitos los cuales dormíamos todos juntos en un salón apartado. Como aquel grupo religioso colindaba con lo social, hubo alguna rencilla tonta o mal entendido que obligó Mamá a mudarse de iglesia. Esta vez se hospedo en la Vicaría a la que pertenecíamos por ubicación geográfica. Allí donde de muy niño me bautizaron, ahora hacía mis talleres para mi primera comunión y posterior confirmación. De la primera comunión recuerdo que siempre fui el niño educado, rubiecito, siempre modosito y bien peinado. También recuerdo aquella tarde donde el diablo me poseyó  y al gordito risueño de clase le moví la silla antes de que se sentara y se fue a dar de culo contra el suelo. Nadie se rio. Para esto mi coordinadora fue franca espectadora de mi acto innoble que sólo se me perdonó por no haber tenido un prontuario que pudiera respaldar dicho acto. Igual se me conminó a confesarme y contar lo sucedido. Mis confesiones siempre eran las mismas: No tomé la sopa. Desobedecía a Mamá. Pequeñas mentiras por ahí. No recé antes de dormir. Todo de paporreta tenía el valor de un Padre Nuestro y tres Aves Marías. Ese discurso lo arrastré varios años, creo que hasta los dieciséis o diecisiete años. Hasta que una tarde cualquiera un cura que no conocía la tarifa de mis pecados me sentenció a una decena de Padres Nuestros, un número no menor de Aves Marías y a un Rosario completito que hasta ahora debo. Por culpa de ese inescrupuloso padrecito, no me volví a confesar un muy buen tiempo. No podía presentarme moroso ante los ojos de Dios. Ya en la confirmación y en los últimos años de mi educación secundaria, asistía a aquella Vicaría los sábados y domingos más a hacer vida social y soslayar a las chicas bonitas que a nutrir mi fe quebrantada. De todas maneras debido a mi adoctrinada infancia, mis conocimientos religiosos eran los suficientes para sobresalir.  Ya en la vigilia, a tres días de consagrarme  en el sacramento de la confirmación, gané las elecciones municipales en mi colegio, con lo que me consagré primero como Alcalde Estudiantil y me metí una bomba diabólica asistiendo aquella tarde-noche en un estado deplorable a mi sita religiosa. Tuvieron que esconderme en el baño para que el padre, muy amigo de mamá, no me excomulgue del catolicismo. En aquel baño vomité más que cualquier poseído y al terminar, sin estar un segundo en la vigilia, me retiré a mi hogar a seguir muriendo. Mi Madre se enteró y quiso desheredarme. Al día siguiente me llevó a confesar y no me dejó utilizar mi ya recorrido argumento, debido a que ella dio una antesala detallada que me dejaba muy mal parado. El cura que nos recibió en su oficina, pidió a Mamá se retirara para tener una conversación cara a cara con el pecador. Mi Madre se retiró en contra de su voluntad y aquel padre iluminado por el Espíritu Santo, me miró con una sonrisa despreocupada y me preguntó: -¿Hijo, crees en Dios?-  A lo que no demoré en contestar: - Si padre -  Entonces te jodiste – me respondió y entendí todo. Este último domingo me senté en la última banca de la iglesia, cabeceé un par de veces y recordé con nostalgia como inició mi camino en busca de tu amor: Siempre de la mano de Mamá, casi en contra de mi voluntad, pero siempre retornando. Probablemente regrese todos los domingos, a la misma hora, tan puntual como los sábados en aquella discoteca de moda; por el mismo camino que tantas veces me llevó a ti.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Misterio


Juro que odiaba ese lugar, ¡lo detestaba! Y caí en sus polvorientos terrenos porque era parte de mí andar pasar por ahí, aprender. No recuerdo en qué momento acepté la loca idea de soportar tres años de mi adolescente vida concurriendo a un lugar lejano, donde no me hallaba, donde no me sentía bien. Tampoco recuerdo en qué momento me resigné a él y aprendí a conllevarlo. Pero sé que en ese proceso tedioso, en esa transición dolorosa me acompañaste he hiciste todo menos latoso. Cuando te vi por primera vez provocaste un sentimiento de miedo, de respeto a la vida humana, sobre todo a la mía que se sentía amenazada por tu presencia corpulenta, por tus greñas desordenadas y tu pinta de matón. A pesar de esa desavenencia visual, recuerdo también, que no demoramos mucho en congeniar. Quizá mi instinto de sobrevivencia me invitó al diplomático arte de sociabilizar contigo, contigo y un par más de personas que me inspiraron confianza. Con el pasar de las semanas y al enterarme de tu excelente capacidad de diferenciar entre los buenos equipos y los demás, te afiancé como “Misterio”, el antihéroe de la Trinchera Norte que en esas épocas era famoso por una serie de televisión. No sé si te consolidé como tal, pero escuché que algunos te llamaban  así, a pesar de que eras todo lo contrario a ese personaje matón y agresivo. Como Misterio te hiciste mi amigo y a los pocos meses ya estábamos bebiéndonos la vida (o por lo menos yo) en la noche más fría del año, en una verbena distante y peligrosa. Combinamos vino con Coñac y mi viaje al hoyo negro del desvarío no tardó mucho. Me perdí entre el frío de la noche y vomite entre las sombras que la madrugada otorgaba. Tú, con un par de meses de habernos conocido y con la virtud del buen amigo, atinaste a acompañar mis regurgitaciones y dejarme en mi hogar salvo y sano de los peligros de la calle, más no de la ira de mi madre que fue peor que la resaca. En el instituto polvoriento en el que nos conocimos, mi suerte hubiera estado echada si no fuera por las innumerables veces que me permitiste plagiar, exponer con mi verbo chapucero, y las veces que accediste, incluso a regañadientes, en ponerme en tu grupo de trabajo. Tú y el Niño Ardilla al que le mando saludos, hicieron de este ignorante en la computación un tipo que difícilmente reprobaba un curso, si es que llegué a hacerlo. Pero tus conocimientos en la materia no te volvían un tipo aburrido. Muchas veces, terminábamos en el taco de al frente, jugándonos un par de mesitas. Tu golpe endemoniado a la billa, durísimo para mis delicados y sutiles disparos, te hacía un imponente rival. No siempre, me ganaste; como todo, le agarré la maña y me di el gusto de vencerte un par de veces. También nos escampamos un par de oportunidades a jugar Winning Eleven en aquel Play Station II que estaba de toda moda. Ahí si déjame argumentar que nunca me ganaste, te demostré que para algunas cosas podía ser aplicado. Ya después de la catana te desquitabas con las billas donde dejabas todo parejo. Jugamos un par de campeonatos juntos y no sé si llegamos a imponernos en alguno, lo que si recuerdo es que yo era la vedette del equipo con mis regates y el buen fútbol que practicaba por esas épocas y tú eras el arquero indiscutible, con el que nadie quería chocar. Celebrabas mis goles, nuestros triunfos con la pasión que el mismo “Misterio” demostraba en aquella serie popular. Era mejor jugar en tu equipo que en el contrario, porque mucha gracia no te hacía cuando te metía algún gol, menos si este era de buena factura. A pesar de algunas excepciones minúsculas, siempre jugamos juntos, yo en tu equipo y tú en el mío mi querido “Misterio”. Egresamos juntos de aquel alejado lugar que volviste afortunado. Después de muchos años nos cruzamos en un supermercado donde trabajabas eficientemente como supervisor y prometimos volver a vernos. Así fue, viniste por acá, por donde yo me había asentado y te visité en aquel hospital concurrido, donde pensé verte consumido por aquella mortal enfermedad que te había atacado. Temeroso de tu situación te llevé unos bocaditos que camuflé entre mi abrigo y antes de verte, escuché tus carcajadas, eras tú. Tu semblante mejor que el mío, y tus ánimos por el cielo. Me conversaste como si me hubieras visto ayer y sonreíste más de lo que yo lo había hecho ese último mes. Salí con la satisfacción de verte y sentirte bien. Días después me dijeron que tu situación estaba bastante complicada y mi última visita en aquel nosocomio, fue enterarme que sería un milagro tu mejora. El milagro eras tú buen amigo, que siempre tenías la sonrisa dibujada en tu cara y una frase alentadora. Tus mensajes en las mañanas invitándome a ser feliz, a olvidarme de mis estúpidos problemas, jamás tocando el tema de tu enfermedad, alentándome como si yo te necesitara más que tú a mí, aunque esa fuera la impresión que me acompaña ahora.  Pasó un buen tiempo para que podamos coincidir nuevamente, nuestro contacto relativo era mediante una llamada cada cierto tiempo, tus mensajes alentadores por las mañanas o tu presencia las veces que me animaba a rezar. Poco a poco este ingrato fue perdiéndose en su rutina, en sus problemas infantiles y a pesar de mi intento de verte aquella vez, sólo pude hacerte llegar ese último antojo que me sugeriste y llegué a complacer tristemente, como si te entregara un pago material por mis ausencias injustificadas. No te vi, tu mamita me lo agradeció de corazón, como si fuera el amigo incondicional. Me mandaste un mensaje caluroso agradeciendo tan insignificante gesto. Todo ese camino sombrío que te tocó transitar Miguelito, los iluminaste con tu fuerza, con tus ganas, con tu buen ánimo, siempre predispuesto a compartirlo. Hoy leo el muro de tu página social, y eso que irradiaste de manera ejemplar durante todos estos meses, se ve reflejado en cada mensaje que te acompaña, allá donde estés. Para mi serás siempre “Misterio”, hincha fiero de la Crema, valiente y aguerrido compañero de batallas. Lamentablemente nadie le gana la guerra a la muerte, pero  en vida, como un soldado de la luz, te condecoramos todos los que te conocimos. Ya nos veremos Miguelito, y jugaremos una mesita de billar o algún partido de fútbol, obviamente en el mismo equipo. Hasta ese momento “Misterio”, amigo mío.

jueves, 24 de abril de 2014

Talk Show

Es  difícil contar la vida, no hay como empezar. Pero una huella en el alma, la cicatriz de una herida es un buen punto de partida. Lamento no haberla conquistado antes, fui su gran amigo casi cuatro años, y no me di cuenta lo perfecta que era para mí. Pero bueno, todo salió de la nada. Éramos muy bohemios a pesar del trabajo y la relación larga que ella mantenía. Nos divertíamos pensando en lo tontos que eran todos y nosotros no. Lo llamábamos bullying. Recuerdo que salimos en grupo, fue todo casualidad. Tomamos unas copas, sonreíamos más de lo normal. Fuimos a mi casa, ahí fue su primera vez (conmigo). A pesar de lo linda que era rarísimo, yo nunca pensé en sexo o en placer con ella. Luego nos encontrábamos en el trabajo, a veces un poco avergonzados. En la calle andábamos en grupo relajadísimos; con los amigos de siempre, como si todo fuera igual que antes. Alucinados en silencio por lo que había pasado. A pesar de todo yo nunca creí que estaríamos. Pensé que todo comenzó así y así iba a terminar. Tenía miedo, el presentimiento de que todo se destruiría si lo intentábamos, pensaba mucho en ella. Ella no concebía las cosas así o quizá yo no entendí. Decidió que todo debería seguir igual, abandonar esa posibilidad, hacernos los locos. Horrible, quedé decepcionado. Pero bueno, las historias de amor son así, con dolor y desorden lo acepté. La tranquilidad y estabilidad son el final feliz de cualquier película, de cualquier libro. Cuando yo estaba a la mitad del cuento, desubicado y con bastantes desordenes en mi vida, decidí intentarlo, formalizar. Atreverme a llamarla, visitarla. O sea decirle, no sé… ¿quieres estar conmigo? Tenía en ella una gran amiga, alguien que me acogió en su casa con irreprochable amor. Cosas que no puedo explicar. No recordaba quien había sido antes, ni lo guapa que había estado todo este tiempo. En el fondo me encantó mi reacción. Decidí quererla y conquistarla, así de simple. Iba a ser difícil, pero creo que finalmente lo conseguí. En verdad todo fue un accidente mágico que yo jamás pensé. Lo último que quería era quebrarle el corazón, borrarle la sonrisa. Ella se alejó un poco, quería darme el espacio que tanto reclamaba. Le mandaba chocolates a mi madre y algunos regalos por navidad. Me cuidaba con dulzura y preguntaba por mí. Pero yo siempre algo loco, siempre en silencio. Con mi linda chica tuve una larga felicidad de casi año y medio. Fue lindo, visité el norte del país, hicimos varios viajes. Me iba bien en el trabajo, me iba bien en la universidad. Era espectacular todo, me sentía encaminado. Sin embargo mi mamá se puso mal, subió el alquiler del departamento, el trabajo se puso difícil, me fracturé la pierna. Entonces el desorden y confusión regresó de nuevo y bueno, se acabó todo. Con esto descubrí que la felicidad es una puta caprichosa; una puta que juega con nuestros sentimientos y a veces por ningún motivo se deja montar. Llega un momento en que ya, se aburre de ti y no quiere verte más. Ahora estoy tranquilo y sosegado. Cogí el teléfono hace poco, quería saber que fue de la chica de la que hablo desde el principio. Ubiqué algunas fotos en las redes sociales, seguía trabajando en el banco, llamé a un amigo en común al que quiero mucho y trabaja con ella. Le dije: - “Hermano qué tal, soy Leonardo… te acuerdas de mí. ¿Qué fue de tu amiga, cómo está? – Él me respondió con respeto y sinceridad – Cómo, no sabes… ella es feliz.”  Fue una respuesta contundente, entendí. Quedé consternado con la idea de perderla, completamente arrancado de mi presente. Nunca me despedí de ella, nunca supe decirle claramente que todo fue mi culpa. Ahora tengo clara la noción del amor y la nostalgia que provoca el pasado. Esta lección todavía es para mí. Digan adiós si hay que hacerlo, cierren su historia de amor, terminen su libro. Todo, en su momento…

martes, 15 de abril de 2014

Te veo bien

Parece que el mundo te sonríe, te veo bien. Por lo menos eso dicen las fotos que cuelgas en tu Facebook todas las semanas, siempre en la misma discoteca donde ya pareces socios, siempre acompañado de tus nuevas amiguitas y siempre algo despeinado, más feliz de lo normal. Que bien te ha asentado el hecho de estar solo, de creerte el centro de atención. Que bien te queda el papel del chico coqueto, bien arregladito, con tu chupete en la boca, con tu sonrisa de galán de barrio. Es que siempre fuiste así, bohemio. Siempre queriendo ser diferente, siempre creyendo tener la razón. Desde que escogiste tu nueva vida no has descansado, me sorprende tanta lealtad a esa discoteca de moda que concurres con fe religiosa. Te quejas de que no tienes plata pero siempre te permites un par de cervecitas los fines de semana. Y es que no son sólo los fines de semana, también un lunes o miércoles cualquiera, estás en todas. Eres el chico de moda que siempre creíste ser sólo que ahora te lo crees un poco más. Tu soledad amada no te inspira a escribir, no veo que publiques seguido. Supongo que habrás devorado los libros que a mi lado no podías leer y sobre todo, presumo que habrás encontrado todo eso que perdiste en el camino y no te dejaba ser tú mismo. Te fuiste de la noche a la mañana y así de rápido te reinventaste. A veces siento que todo lo que me dijiste fue una mentira, una farsa para quedar bien, para no dejar que tu popularidad baje. A veces creo que no fuiste sincero conmigo y simplemente esperaste el momento justo para cambiar de aires, para acabar con tu papel de niño bueno. Y es que eres así, un sobón coqueto que siempre quiere quedar bien, que habla de lo correcto pero hace lo contrario, que nunca se equivoca. Yo bien si te interesa, me reencontré con mi amigas, a las que no veía hace tiempo. Todo encajó a la perfección; decidiste partir y ellas decidieron estar ahí, en el momento indicado. ¡Bajé de peso! ¿Lo puedes creer? Ahora tengo cintura otra vez y mi ropita ya me entra. Salgo, bailo, tomo y me divierto como hace mucho no lo hacía, con gente que no veía, lejos de todo aquello que me contaminaba. No te voy a mentir, a mí también me va bien. También tengo que aceptar, que confesarte esto es darte un poquito la razón, la soltería nos ha asentado bien a los dos. Espero que te dure, que aproveches tu juventud, que aguantes todo el tiempo que puedas y que te diviertas con tu personaje favorito: “El chico popular”. Espero que dentro de un tiempo nos encontremos y podamos conversar sobre todo esto, sacar conclusiones sin mezquindad y llegar a conclusiones sinceras. Espero que todo te vaya bien, porque sabes bien que no te odio, que dentro de todo te guardo un cariño especial. Ten cuidado con el alcohol, no tomes mucho. Come por favor, estás flaquito otra vez. Precaución con las mujerzuelas con las que andas, no te vayas a enamorar y termines decepcionado, porque todo da vueltas. Mejor no te enamores, no te enamores nunca. Si encuentras el amor, no juegues con él. Llámame de vez en cuando, sé que seremos buenos amigos. Por si acaso mi mamá no te odia, sólo te pide que no vuelvas por acá. Saludos a tu mami, cuéntale que estás loco y que morirás en soledad. Arregla los temas del carro y lo de la universidad. Por último, si ya cerraste tu libro, guárdalo en esa biblioteca sentimental que tienes en tu frio corazón, para que cuando tu otro yo, ese que se perdió, quiera reencontrarse, tenga la bitácora de tu viaje a la soledad. ¡Éxitos!

jueves, 27 de marzo de 2014

En tiempos del amor

Espera nervioso en su puerta, impaciente, exacerbado. Sale cogiéndola de la mano, apretándose de cuando en vez un poco más fuerte, los dedos entrelazados, sudando de emoción. Un beso en la calle, en cualquier esquina, tomándola de la cara, mirándole a los ojos, con el tiempo paralizado y sólo ellos, nadie más alrededor a pesar del caos. Compartir los dos de un helado, con dos sorbetes. Escribir sus nombres o iniciales en un árbol, en la mesa de un bar, en una pared cualquiera, impregnar lo suyo por todos lados. Abrazarla por detrás, trastabillando con cada paso, sus brazos en su cintura, las mejillas junta. Dedicarle mil canciones, cantárselas como si hubieran sido escritas por uno mismo. Mirar el reloj, morir de pena al ver que se acaba el tiempo. Sentir que es la chica más linda del mundo, que todos la miran, ser el elegido. Llevarla a su casa, caminado despacito, queriendo que los metros sean kilómetros y que esa puerta no se abra nunca, que ese momento sea eterno. La despedida dolorosa, parece el fin del mundo. Una última mirada, las manos que no se sueltan, los dedos que se estiran prolongando el despojo uno del otro. El beso final, la respiración agitada, una despedida trágica, dolorosa. Las pulsaciones a mil con cada paso que te aleja de ella, la cabeza gacha, la felicidad del día termina en una melancolía dulce. Sentado en el taxi, mirando la ventana, todo le recuerda a ella. El celular con mensajes de amor, con promesas de una vida junta, de un idilio eterno, de querer dormir a su lado para siempre. Entrar a su cuarto, sin ella a su lado pero latiendo fuerte en su corazón y rondando su cabeza. Pone música en la computadora y es la misma que le dedicó, todas hablan de ella. Las canta nuevamente, el lapicero de micrófono, parece que la mirara a los ojos. Escribe su carta como si le hablara, como si ella escuchara cada palabra suya y Neruda es un principiante. Le pone frases de las canciones que escucha y recopila el día transcurrido, el mejor día del mundo hasta mañana que la volverá a ver. Le hecha un poco de perfume que corre de manera sutil la tinta del lapicero. La carta perfumada lista en un sobre que contiene el secreto más grande del mundo: Yo te amo. Las luces apagadas, abrazando la almohada deja de soñar despierto para empezar a soñar dormido. Revisa por última vez su celular, no hay mensajes. Azuza por última vez la foto guardada en el móvil, su sonrisa lo conmueve. Quiere decirle que la ama más que nunca pero es tarde, ella duerme. Abre los ojos y piensa en ella, sabe que la verá por la tarde y se emociona, tiene una carta para ella. Revisa su celular y ya tiene un mensaje. Le responde que también la ama, que muere por que llegue el momento para volver a verla. Sonríe como imbécil: tomando desayuno, bañándose mientras cantas las canciones dedicadas, mientras se lava los dientes, mientras piensa incansable en su sonrisa. Sale a cumplir sus obligaciones, todo le parece perfecto, nada podría arruinarlo. Las horas pasan lentas pero pasan, cada minuto transcurrido es un paso que se acerca a ella. Falta mucho para su aniversario pero a él se le ocurren mil sorpresas. Llegó el momento, se alista lo necesario y sale acompañado de la sonrisa de estúpido que está dibujada en su cara. La divisa a unos metros acompañada por un amigo. Ella también está impaciente y casi ni mira a su acompañante mientras le habla, parece un faro tratando de dar luz al amor de su vida para que la encuentre pronto. El camina despacito, pero queriendo correr a ella. Piensa en que aquel amigo seguro quiere algo con ella, lo comprende, es preciosa. Se abrazan con un beso de película que parece eterno pero dura unos segundos. La emoción es evidente. El amigo se despide algo incómodo. Él le dice que casi muere. Ella que no quiere dejar de verlo nunca más. Se toman de la mano, parece que las hubieran fundido. El la abraza con fuerza, como queriendo decirle que nunca más se vaya. Ella siente su perfume, el mismo que le ha echado a su peluche para no extrañarlo tanto por las noches. Otra vez en la puerta de su casa, otra despedida desgarradora. Las miradas, las risas sin hablar, los besos apasionados. El la suelta de la mano, el mismo ritual de todas las noches, le entrega la carta. Ella emocionada apresura la despedida y sube a su cuarto corriendo, cierra la puerta y sentada en su cama desnuda la carta. Siente su aroma al despojarla del sobre que la cubre. Su corazón no aguanta más. Lo primero que lee es el título, dice: En tiempos del amor…

martes, 4 de marzo de 2014

Se llama Soledad

Calculé mi muerte para este año, lo calculé hace diez o doce años atrás. No sé cuándo decidí que sea en mayo, tampoco porqué; me parece un mes encantador. Me  gustaría que se después del veintidós, cumpleaños de mamá. También pensé en llegar con más ganas de vivir, y no es que me falten, pasa que en verdad no tengo idea del siguiente paso que daré y a dónde me llevará. También hace unos diez o quince años le perdí algo de miedo a la muerte, entendí que es un acto democrático, que a todos nos llega sin hacer ningún tipo de excepción o remilgos y que a pesar de tener el concepto de algo nefasto, despierta algún tipo de curiosidad (si eres optimista puedes denominarlo como esperanza) de oportunidad misteriosa. Le perdí miedo a la muerte y hasta he pensado mil maneras de organizar mi funeral: los colores (blanco, todo blanco), la música (siempre Fito Páez), las maneras (sin protocolo alguno) y un final con cremación incluida. Lamentablemente, como dije antes, la muerte es igual para todos y no creo que se me permita estar en mi velorio ultimando detalles y animando mi despedida. Lo cierto es que en vida he descubierto un temor que podría bien ser una futura fobia y que a veces también coquetea con la necesidad, con la adicción (ninguna adicción es buena).  Y es algo así como estar enamorado, planeas toda tu vida junto a ella, pero piensas en huir todos los días. Desde pequeño he sido un prófugo. No sé en qué momento decidí serlo, en qué momento me convencí de que la libertad es no aferrarse a nada ni a nadie. ¿En qué instante de sabiduría o necedad me aboqué a pensar que nada es indispensable? Entonces, en mi subconsciente trastornado decidí cerrar etapas, terminar libros, cambiar de rumbo. Soy un mochilero sin apuros que le encanta dormir una noche aquí y otra allá, sin complicaciones. Creo que es la única herencia que me dejó papá, ser inconstante, volátil, un loco del carajo; egoísta y caprichoso. Entonces a lo largo de estos veintisiete años que llevo a cuestas (edad fijada para abandonar este campo material), he dejado regados tantos buenos momentos que hoy recuerdo con melancolía y tanta gente de la cual quizá ni me despedí, he abandonado tantas buenas historias probablemente a la mitad del libro (y he aquí lo que me preocupa), he lastimado sin pensar a tantas buenas personas sin saber y sin la oportunidad de pedir disculpas que me asusto de mí mismo. Si yo tuviera que venderme, no me recomendaría. Soy un saqueador de buenos momentos, que confundido cree que está robando sonrisas. También entiendo que hay gente que maneja bien este teorema y me utiliza de forma espectacular hasta que se aburre y ya, se desvanece. (No los culpo ni los juzgo) Mi madre todavía vive enamorada del hijo bueno que la escuchaba y la hacía reír, es la única que no perderá la fe en mí. Aún se acercan con la intensión de compartir conmigo cosas de las que ya me aburrí, me cansé; y no por malo, es porque soy un ser humano y de vez en cuando también quiero que me escuchen (desahogo). Todavía me buscan por virtudes extraviadas, virtudes que también estoy buscando. Necesito ver gente para aburrirme y huir de ella, soy así. Este boleto me llevará tarde o temprano a una cama vieja, en un cuarto pequeño, bien modesto. Me hará uno de eso viejitos que tiene mil historias para contar pero sin público. Me hará reír y llorar en silencio perdido en algún recuerdo borroso. Pensar tanto en mis errores y avizorar un futuro tan macabro me adormece y me encanta, soy un drogadicto autodestructivo que consume sus miserias y se siente bien. Me encerraré en mi habitación, haré un fortín. Saldré a buscar gente para distraerme un rato, aburrirme de ella y regresar cansado, harto de todo. Esperaré mayo con fe, como se espera el amanecer después de la tormenta. (Lo bueno de morir ahora sería no pagar mis deudas, pensar en eso me relaja) Ayer muy por la noche, en un  conflicto interesante entre mi angelito de la guarda y mis demonios rocanroleros, escribí. Escribir es un buen síntoma, quiere decir que estoy desahogando, que me estoy purgando. ¿Cómo se llama todo esto? Se llama Soledad:
 
Y hay noches de Soledad,
de mi triste y añorada Soledad
en que soy feliz.
Y hay también,
noches de felicidad
de dulce y añorada felicidad
en que estoy solo
donde estoy lejos.
Hay noches de sueños largos
de vidas cortas
y mis ojos rojos.
Hay vacíos que llenan el alma
que mienten despacio
que te vuelven loco.
Y hay recuerdos tuyos
tan distantes
como yo contigo,
como yo sin ti.
Y es esta pena que me encanta,
que me hace regresar…
Tristeza dulce,
Soledad añorada.
Distante…
Como yo contigo,
Como yo sin ti.