jueves, 13 de noviembre de 2014

Lunes por la noche

Lunes, once y cuarto de la noche. Sigiloso, entre la penumbra, la oscuridad de la noche me acerco a la ventana y observo con cuidado de un lado a otro. La calle, alumbrada todavía por luces tenues se presenta tranquila, aparentemente inofensiva. Con la mirada paseo una y otra vez la acera, los árboles, los matorrales de la plaza que se ubica frente a mí. Yo no me fio, no pretendo desaparecer del mapa de manera tan tonta, de tirar a la basura todo este tiempo de sosegada sobrevivencia. Entonces me animo, creo que la situación allá afuera, donde sigo pendiente de lo que pueda pasar, es manejable. Tomo la bolsa negra, la sujeto fuertemente porque se presenta pesada. La tomo con cuidado porque no quiero que se me caiga, no quiero hacer ningún tipo de ruido que pueda costarme la vida. Abro cuidadosamente la puerta, sin prender ningún tipo de luz. Inmediatamente la cierro sin echarle llave. No quiero correr el riesgo de que ante cualquier improvisto pierda tiempo vital intentado abrir la puerta en búsqueda de un día más de vida, de una oportunidad. Son cuatro pisos hacia abajo. Hay un silencio que siempre es engañoso, del cual he aprendido a no fiarme. Tomo con cuidado la bolsa mientras bajo las gradas atento a lo que pudiera suceder. En mi bolsillo tengo un cuchillo de mediano tamaño que puede ser mi único aliado en caso de un ataque, en caso vea a uno de esos pútridos seres irracionales. Ya estoy en la primera planta. Los autos empolvados en la cochera me permiten resguardo mientras en silencio doy un último vistazo a la situación. Lo que me separa de la intemperie de la calle es la reja que permite la salida de los vehículos. Una puerta de metal que me mantiene bajo resguardo. Luego de esperar unos minutos, y estar completamente seguro de la acción a seguir, procedo a abrir la puerta metálica, dejándola junta, lista para ser empujada y sometida a favor en caso reciba un ataque inesperado, en caso de que mi vida corra el riesgo de convertirse en un andar irracional. Cruzo rápidamente pero sin correr. Dejo la bolsa negra de tamaño regular junto a las demás bolsas. La dejo sin arrojarla, para que no haga ruido, pero tampoco la acomodo. De pronto entre los arbustos presiento un movimiento y mi corazón late con fuerza. Mi sistema de alerta se ha activado y tengo en el bolsillo el cuchillo listo para salir a mi rescate. Al destinar mi mirada al matorral sospechoso, veo a un felino huir despavorido hacia la oscuridad de la noche. Seguro muriendo de hambre ha salido en busca de sustento y al igual que yo, el miedo le ha vencido y ha decidido resguardarse. A lo lejos y entrando de manera amenazante advierto un auto a toda velocidad. Inmediatamente me ubico detrás de un árbol que me cubre de cuerpo entero y veo pasar embalado el vehículo blanco de luces prominentes. Ya no se puede confiar en nadie, ahora los vivos también son peligrosos, también son una amenaza. Lo peor es que con las luces y el ruido prominente  del vehículo, ha podido atraer a más de un indeseable, a más de uno de esos seres como carne, a uno de esos hambrientos individuos que no piensan en nada, que solo desean hacerse de mis vísceras, de mis carnes. Que solo desean saciar su apetito irracional. Uno de esos caminantes asquerosos a los cuales estoy dispuesto a clavarles mi cuchillo. Claro, siempre en la cabeza, porque es la única manera de apagar ese motor mortal que los tiene caminando de un lugar a otro, sin saber a dónde van, pero con el único propósito de alimentar su hambre asesina. Corro, ahora si corro hasta la puerta que dejé entre abierta. La cierro con cuidado para no hacer ningún tipo de ruido. Apago cualquier tipo de luz y subo a velocidad hasta el cuarto piso donde he tenido a bien sobrevivir todo este tiempo. Llego a la puerta que habilita mi resguardo y la abro en un segundo porque tengo la llave lista. Apago las luces. Me ubico en la ventana nuevamente y veo que la tranquilidad todavía no se ha interrumpido. Camino hasta mi habitación con la confianza de que lo peor ha pasado. Entro en mi cuarto, siempre a oscuras. Cierro la puerta con seguro y tras ponerme el pijama y acurrucarme entre las sábanas, llego a la conclusión de lo peligroso que es sacar la basura ahora, de lo complicado que se ha puesto sacar la basura los lunes ahora, y de lo jodido que me pongo después de ver con afán religioso, la serie de los caminantes los lunes por la noche.  

domingo, 5 de octubre de 2014

Vota por mí

Primero quiero que conozcan mi innegable admiración, fascinación y cariño por esta ciudad. Mi denodado interés por quedarme a disfrutar de ella durante muchos años y sobre todo, el hecho de aceptar sin egoísmo alguno, que es la ciudad más linda y colosal de todo el país. Mi deseo de colaborar con su desarrollo y mis ganas de colaborar con mi granito de arena como agradecimiento. Dejando en claro todo lo antes mencionado, quiero invitarte a que me des tu apoyo, a que nos demos la oportunidad de contribuir al cambio, a que juntos encaminemos un futuro glorioso y lleno de optimismo para esta ciudad mágica, única. Que tú y yo seamos participes activos y latentes del cambio y la prosperidad. Por eso, este domingo electoral, o cualquier otro del año, vota por mí. Mi partido, fundado hace un par de minutos con miras hacia la eternidad, se  denomina “Un Movimiento Sensual: Sexy.”  Tenemos una mirada futurista e incorruptible que apunta de manera literal hacia lo más alto. A continuación, te invito a escudriñar algunas de nuestras propuestas: Si me escoges como autoridad para nuestra ciudad, “prometo” erradicar para futuras campañas o comicios electorales, el empapelamiento de la ciudad con afiches  políticos (llámese pancartas, letreros, caravanas y/o marchas estruendosas con arengas políticas). Invitaremos a todos los candidatos (para que no crean que limitamos la democracia, solo le ponemos orden) a realizar sus diversas campañas en sus propios locales y/o zonas establecidas, para que cualquier partidario dé sus ideas y proyectos las veinticuatro horas del día si desea, invitando a sus seguidores y curiosos a que se acerquen a escuchar sus propuestas y no me estén contaminando las calles con sus caras feas y sus mentiras escandalosas. Si me brindas tu apoyo “prometo” establecer una Ordenanza Municipal que sancione a los malos vecinos que arrojen basura a las calles. La sanción podrá ser aplicada desde un mañana de limpieza en su distrito, hasta cadena perpetua según la contundencia y tamaño del sólido que haya arrojado en la calle. También mi queridos amigos, “prometo” que se procederá a estandizar el cobro de las coimas policiales en temas de transporte, siendo estas menos generosas para las combis y/o ómnibus que presten servicio público. Estas coimas estarán sujetas al cobro de una comisión municipal para el mejoramiento de las vías públicas. En nuestra gestión, “prometemos” crear un sistema vial que permita una adecuada forma de transporte entre los diferentes distritos de la ciudad. Estos buses denominados “Llegaremos juntos” presentarán las condiciones que Uds. queridos amigos merecen. Ofreciendo un área especial para el punteo y acoso sexual (pensando en aquellas féminas que lo necesitan y en los caballeros que están dispuestos a colaborar). En horas punta se dispondrá medidas que permita que más pasajeros puedan ir colgando del vehículo y se firmará un cuerdo especial para que se pueda acumular kilómetros Lan Pass por el uso de este servicio. “Prometemos” a toda la ciudadanía, solucionar el tema del agua contaminada que venimos consumiendo. Primero dando una fecha límite para una solución y segundo interponiendo una denuncia contra la empresa de servicios que servirá para que Uds. no paguen por los meses en los cuales se vieron perjudicados. Eso sí, deberán presentar sus muestras de heces con la infección a la cual fueron expuestos para sujetarse a cualquier descuento. En temas de delincuencia “prometemos” insertar en la comunidad un escuadrón especializado que vestirán de civiles para detectar de manera sigilosa a los malos elementos. Ningún choro será liberado sin cumplir algún tipo de servicio a la comunidad. Si reconoces a la persona que te robo el celular o algún tipo de bien, se le otorgará cuarenta y ocho horas para que pueda conseguir un producto de igual o mejor calidad y se te reponga. Con respecto al acoso sexual, y como ya mencionamos en temas de servicio vial. “Prometo” generar zonas y horarios especiales, para que las señoritas con escaso contacto sexual puedan coincidir con aquellos señores con facilidad de erección. Entre los señores obreros y amigos de construcción civil, no se podrá lanzar piropos y muchos menos propuestas soeces si están en grupos mayores a tres personas ni tampoco lanzar más de dos comentarios de este tipo. Si algún enfermo se atreve a mostrar sus partes íntimas y éstas no superan los dieciocho centímetros, tendrán que pagar el 10% de una UIT por cada centímetro que les haya faltado. Para lo referido en temas de deportes. “Prometo” acondicionar las diversas canchitas con luces especiales para sus pichanguitas por la noche. Esto para fomentar el ejercicio. También se obligará a dar mínimo unas cinco vueltas a la cancha a los que tengan sobrepeso y quieran participar del partido así como también, se realizará una prueba de antidoping a la salida del recinto deportivo para no generar especulaciones. “Prometo” se prohibirá el expendio de bebidas alcohólicas a menores de edad salvo que estén en grupos mayores a seis (para que no lleguen a emborracharse) y se exigirá a los antros del hampa y el punteo los permisos en regla para su funcionamiento, cobrándoles un significativo impuesto para las mejoras de la zona, como las bancas de las plazas para que sus clientes puedan tomar de manera más cómoda. “Prometo” que para las fiestas de la ciudad  se traerán artistas a la altura de las expectativas. Una noche con artistas nacionales, incentivando la música criolla. Otra con artistas de renombre internacional, vigentes y a la talla de las circunstancias. Otra noche de salsa y reguetón. Y nunca, en ninguno de los casos, será el grupo de fondo algún artista o grupo que haya caducado, que lleguen gordos y sin cabello, apoyados en sus bastones y/o Corazón Serrano. Si gano, y solo sí. Ese mismo día prometo un juergón donde no aplica ninguna de las normas a establecer, al frente de mi casa escuchando “cuatro mentiras” y regalando pases para Aura Vip. Por eso querido amigo Arequipeño, este domingo, o cualquier otro que te toque, marca mi símbolo, (que apunta para arriba, siempre para arriba, erecto hacia el futuro) y apuesta por el cambio. Bríndame tu apoyo para Alcalde de la ciudad, de tu provincia, no importa de tu distrito, barrio y/o para la Apafa en tu colegio. No olvides nuestras frases épicas que descansarán en tu corazón para la eternidad como: “Masturbamos nuestro cerebro para eyacular lo nuestro sobre ti” “Leonardo, les da a todos por igual” “No cogeremos nada del pueblo, cogeremos todo con ellos”  “No es lo mismo llegar primero a la meta que te la meta el primero que llega” “Leonardo no cacha con el pueblo (en alusión a una campaña poco romántica); Leonardo les hace el amor” entre otras que hicimos con respeto y cariño. ¡Queridos amigos, cuento con su apoyo! ¡Cuento con Uds.! ¡Prometo, prometo y seguiré prometiendo! Siempre con la expectativa de lograr mi propósito, de cumplir con Uds. ¡Marca el Angelito! ¡Marca el Angelito! ¡Marca el Angelito!  Apuesta por: “Un Movimiento Sensual: Sexy”. Después del “Flash Electoral”, los espero en mi casa. Un abrazo.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Me importa un huevo

Entonces, con un ojo medio cerrado, me miró fijamente y me dijo bájate el pantalón. Yo obediente desde pequeño, me bajé la prenda, la trusa, y mostré mi colgajo algo tristón. Me toqueteo los testículos con brusquedad y aquel dolorcito se pronunció. Creo que confundió mis genitales con plastilinas porque las estiró como si estuviera aplicando una especie de tortura, como si quisiera que ellos confiesen algo. Me invitó luego a tapar mis minucias y a tomar asiento frente a su escritorio. – Tienes el testículo torcido – me indicó sin quitarme la mirada de encima. – Es un problema de nacimiento, algo común. Con una operación lo acomodamos. Diez días de descanso. La primera noche quedas bajo observación en la clínica. – me comentó de una manera pausada, como cansado. Siempre mirándome fijamente, como esperando algún tipo de reacción particular. Su párpado izquierdo caído, abatido, como mis propios testículos. Mi reacción, calcina como siempre, aceptó el proceso sugerido con pasividad, como si se tratara de una inyección. El doctor argumentó algunas cosas más sin encontrar respuesta. Quedó en gestionar con mi aseguradora el tema de la intervención y en contactarse conmigo al recibir el visto bueno. Yo le agradecí y salí de su consultorio con la misma frescura con la que entré. - Si tienen que operarme, que sea en el hospital que atendió a mi mamá, donde la trataron diez puntos – pensé precisamente camino al hospital, donde sacaría una nueva cita para coordinar mi intervención. Mi preocupación no pasaba por el tema de la operación. Mis pensamientos errantes cobijaban el texto que acompañaría mi descanso médico, el que me obligaría a ausentarme del trabajo diez días. El texto delataría mi falta de huevos y se prestaría a alimentar mi fama de promiscuo. El doctor que me atendió, con aproximadamente cuarenta y cinco años (mucho menor que el viejito pesimista) también me invitó a despojarme de mis prendas y procedió al toqueteo. Con sus manos mucho más cálidas y amables, hurgó entre mis bolas con menos brusquedad que el día anterior. Ya le había contado mi última experiencia, el diagnóstico pronunciado, mi resignación. Su conclusión no coincidía con la del viejito sádico que quería cortarme una bola. Me derivó a un análisis de sangre, una muestra de esperma y una ecografía testicular. Al día siguiente, temprano por la mañana, puse una porno que poco me inspiró. Sólo dejé la muestra de sangre. Las enfermeras que debían programarme la ecografía postergaban la cita con nerviosismo. Por fin el día acordado, me invitaron a sentarme sobre una camilla y a despojarme nuevamente de mi pantalón y bóxer de colores. El ecógrafo me sugirió me agarrara el colgajo para poder explorar mis canicas. Con las enfermeras en el mismo cuarto, pero aplicadas en sus labores, miraban sus computadoras sin prestarme atención. El doctor a punto de examinarme, recibió una llamada sorpresiva de un tal  Carlitos, y procedió a manifestarle su aprecio y sorpresa por la llamada, dejándome cerca de tres minutos agarrándome el pito con las bolas al aire expuesto a los vientos helados de la habitación y a una futura gripe. Ya terminada su charla, procedió a retomar su labor en mis testículos y a dictar sus observaciones: Testículo derecho, tamaño homogéneo. Epidídimo, conforme. Conductor deferente, igual. Testículo izquierdo, homogéneo, conforme e igual al derecho. Su dictado, entre el cuerpo observado, y la observación, presentaba un silencio incómodo, como a punto de dar una mala noticia que terminaba generalmente en “homogéneo”. De un momento a otro me soltó  los genitales, me lanzó papel higiénico y me pidió que me limpie y suba el pantalón. A pesar de mis esfuerzos denodados y mi ímpetu libidinoso no dejé mi muestra de soldados porque en verdad ellos no van a la guerra, se cohíben, se inhiben ante cualquier conato de beligerancia. Tengo mis soldados hippies. Aquel frasco esterilizado, como algunas señoritas en mi vida, se quedó decepcionado, insatisfecho. Todavía no recojo los análisis y las conclusiones de los mismos. Me basta con que no me operan, no me corten un huevo. Me conformo hasta la próxima cita con que todo es homogéneo y normal. Ahora el término: “Me importa un huevo” ha tomado una coyuntura casi romántica, de amor extremo, de pertenencia que roza los celos enfermizos. Iré en busca de los resultados estos días, y me importa un huevo el diagnóstico.  

miércoles, 27 de agosto de 2014

El vuelo del zángano

Me levanto antes de las ocho, en verdad minutos antes. Todo día en cierta forma empieza mal porque tengo que abandonar mi cama, mi lugar favorito. Me arrastro desnudo hasta el baño que queda a pocos pasos. En el trayecto, me espera un espejo de mi tamaño el cual no veo porque no quiero depresiones tan tempranas. Dejo caer el agua de la ducha y enciendo la terma eléctrica. La sensación de morir electrocutado está intacta. Jabono mis carnes todavía dormido y no demoro, no hay mucho que jabonar. La tos infernal me ataca y estoy seguro que es una alergia a algo, quizá a despertarme con sueño. Me pongo una bata que se ha encogido demasiado, es una vestidito putanesco con el que me veo bien coqueto. Me lavo los dientes todavía dormido y en el espejo del baño veo a un tipo mayor, al que creo conocer, pero no. Me peino en dos segundos (sólo con las manos) y salgo presuroso, siempre sin mirarme al espejo, no quiero ver mi cuerpecito endeble y mi vientre prominente. Son las ocho y nueve y me visto rápido mirando las noticias. Salgo presuroso a las ocho y trece, tengo que estar en el trabajo ocho y veinticinco. Saludo a Rolly quien me lleva al trabajo. Antes de llegar al banco, en la misma esquina, compro medio litro de maca, la necesito. Con mi desayuno camuflado ingreso al banco, no sé cómo, pero nunca llego tarde. Saludo a todos mis compañeros y compañeras, a todos con besito para no hacer distinciones. Mi cuerpo se arrastra hasta el módulo, enciendo la máquina mientras desayuno (siempre desayuno en la oficina). Ocho y cuarenta tenemos que reunirnos y dar alcance de lo realizado y lo prospectado. Todo un paseo a la bandera que la empresa nos obliga a realizar.  De vuelta al módulo y a atender un cliente tras otro. Los que no trabajan quieren créditos hipotecarios y los que trabajan ya están endeudados. Uno de mis clientes me llama y me dice que no ha podido pagar una de sus cuotas porque ha estado dos días en la carceleta por atropellar a un transeúnte . Otro me visita y me dice que quiere hacer una nueva “deposición” en su cuenta. Mientras atiendo a estos degenerados, busco de reojo a la Sra. María quien es la encargada de dejar la agencia un anís y la llamo con la mirada para que me compre la merienda de las once. Me trae el sándwich que le encargué y me encierro en el cuartito de al lado, el que hago creer a los clientes que es un almacén inmenso y les digo que demoraré trayendo algunos formularios pendientes. Espero las dos de la tarde y me retiro del trabajo. Voy ahora a un menú cercano donde me he acostumbrado a comer. Salgo y tengo tanto planeado por hacer, ir a todos lados y descartar pendientes. Llego a casa y duermo toda la tarde, adiós a lo planeado. Son las siete de la noche y tengo hambre otra vez, pero soy consciente de que he engordado y que mi abdomen gana terreno en mi cuerpecito adusto. Entro a la web y leo todos los periódicos que puedo, trato de no recaer en temas faranduleros que son casi todas las noticias publicadas. Me acerco al piano que acompaña a mi cama, justo a su lado. Terminamos peleando como siempre, nunca toca como yo quiero. De regreso a la computadora, veo algunos videos, escucho música en todas sus presentaciones y tengo tanto por escribir que me da flojera. El libro de Dan Brown sigue en el mismo sitio, en la misma página. Son las once de la noche y no tengo sueño. Busco nueva música para Rolly. Leo las noticias que no quise leer horas antes, ya ni ganas de tocarme. La media noche y no tengo sueño. Respondo los mensajes que no respondí todo el día, nadie me responde. Tengo ganas de bailar, cantar, barrer, cocinar, pero sé que no es la hora adecuada. Soy un zángano gordo y flojo. Mi cama, mi lugar favorito. Algún día se acabará mi vida de haraganería y flojeras. Rezo antes de dormir, rezo con toda mi fe, para que ese día no llegue nunca.

jueves, 31 de julio de 2014

Los años maravillosos

Un frío de mierda, así lo describo. Y es que hay cosas que no se recuerdan a pesar de haber sido tan tuyas, como el invierno en la ciudad en que viviste casi toda tu vida, allá bien al sur del país. Pero también hay otras, que parece no hubieran pasado nunca. Y lo he dicho antes, volver a mi terruño es regresar irremediablemente en el túnel del tiempo, sacudir recuerdos empolvados, leer de nuevo el mismo libro. No regresé por inercia, por cumplir con protocolos, porque no hayan más caminos. Volví porque tenía una cita con el amor, no el mío, un amor ajeno pero cercano, un amor del que tengo la obligación sentimental de celebrar como si fuera propio. Paulo y Milagros, amigos de siempre, van a contraer nupcias después de años de enamorados, de amigos; años en los que también hemos participado un buen grupo de personas, las cuales han agendado con todo el cariño del mundo coincidir bien al sur por estas fechas. Paulo, amigo del colegio y de la vida. Tengo el placer de que sea mi amigo desde los once años. En todo este tiempo, y en las diferentes etapas que nos ha tocado compartir, hemos disfrutado anécdotas y secretos sagrados que fortalecen cualquier tipo de lazo. En particular, me siento orgulloso de su amistad y de lo que con el tiempo ha logrado, siendo desde mi humilde punto de vista, el que se ha desarrollado mejor en todos los ámbitos. Milagros también existe en mi vida desde esa edad aproximadamente, once años; donde empezamos a frecuentar con ella y el grupo de sus locas amigas. Recuerdo con mucho cariño su casa, que paradójicamente está muy cerca de su nuevo hogar (la casita del amor con todos sus implementos del amor). Ese era el lugar de encuentro, el punto de partida para todo lo demás. Luego de once años, luego de tantísimo tiempo, los muchachos malos (ahora gordos y pelados) se encuentran con las chicas buenas (ahora malas) y parece que hubiera pasado tan sólo un par de días desde que nos juntamos la última vez. Nos sentamos a tomar un vino y todos empiezan a contar sus otras vidas, sus nuevas vidas, esas que parecen que se estuvieran inventando en el momento para hacer la conversación más amena. Obviamente recalamos en temas de antaño, todas convertidas en anécdota unas más vergonzosas que otras. Preparamos un baile especial para el matrimonio (“Grease”) y por fin puedo morir en paz, porque es un sueño cumplido, bailar aquella canción harto conocida. A pesar de estar al borde de la neumonía no quería dejar de verlos. Tertulia tras tertulia, sentía morir con alegría. En verdad nunca había sentido tanto frío, y estoy seguro de que los dinosaurios murieron por menos, pero la fascinación de tenerlos cerca, de compartir con ellos, de saber que quizá no se vuelva a repetir me invadía con tanto cariño, que decidí desfallecer en el intento de ser feliz  (porque con ellos fui feliz) y disfrutar de cada instante. El matrimonio fue un éxito rotundo, todo tan íntimo. Mi hermano del alma vestido de gala. La novia preciosa. La misa una sutileza. Los invitados, todos de la casa. Mi camisa que reventaba. Las fotos. La música. El baile. Mi mamá moviéndose al ritmo de “Candy” (Si, le gusta el sexo en exceso). El hipo de dos días. La hora loca. La chola y su violación en público. Los mariachis. Sus palabras. Mis amigos. Todo envuelto en un lazo de melancolía, bien empaquetado para llevármelo como recuerdo a todos lados. Para hacer bien el amor no sé si es necesario ir al sur, pero para sentirlo, parece que sí. Cómo ha pasado el tiempo, cómo nos hemos hechos viejos muchachos. El cuerpo no es el mismo de antes. Las cosas no son las mismas. Pero verlos me hace bien, y la ciudad aquella al sur del país se presta para emular viejos recuerdos. Supongo que con los años habrán otros matrimonios, sobrinos nuevos. Cambiaremos nuestros cuerpos caribeños por unos más modestos. No nos madrugaremos con tanta energía y quizá habrá nuevos personajes que se sentarán a escuchar las viejas historias. Y es que cada vez que nos reunamos bien al sur, todo quedará suspendido en el tiempo, como los años que compartí con ustedes, como los años que pasaron al lado suyo, como los años maravillosos que guardo conmigo.
P.D: ¡Qué vivan los novios! ¡Qué viva el amor!

lunes, 9 de junio de 2014

El camino a ti

Desde pequeño, mi peinado presentaba una raya al costado que me hacía ver bien portadito. Mi santa Madre me tomaba de la mano y todos los domingos, con una alegría divina, me llevaba a misa de las seis de la tarde en la catedral. Yo a mis siete u ocho años, no entendía absolutamente nada de lo que hablaba ese viejito con faldón; no tanto por algún tipo de falta de comprensión, sino porque estaba tan venida a menos las energías de ese señor, que a las justas podía descifrar una palabra. Nos sentábamos usualmente del lado derecho de la catedral, la cual recuerdo levemente lúgubre y apacible. Recuerdo que me sentaba al lado de mamá y poco a poco iba entregándome al sueño más delicioso que Dios me pudiera dar. También recuerdo los codazos disimulados y certeros que mi madre me aplicaba cada vez que el padrecito pedía que se pongan de pie y las veces en que me sujetaba antes de colisionar con el suelo adormitado en plena plegaria. Mi santa Madre no desistía en la idea de mi devoción somnolienta y sin falta me tomaba de la mano los domingos por la tarde y me llevaba puntual e incansable a dormir a misa, de seis a siete. Con los años y como si se tratara de temporadas, mi madre empezó a frecuentar un grupo franciscano en una iglesia nueva, a donde indefectiblemente también me llevaba. En este nuevo refugio religioso se reunían días de semana, u horas antes de la misa con todas las viejitas bonachonas que pellizcaban mis cachetes encogidos. Como un par de señoras más arrastraban a sus devotos hijos, formaron un grupo de franciscanitos los cuales dormíamos todos juntos en un salón apartado. Como aquel grupo religioso colindaba con lo social, hubo alguna rencilla tonta o mal entendido que obligó Mamá a mudarse de iglesia. Esta vez se hospedo en la Vicaría a la que pertenecíamos por ubicación geográfica. Allí donde de muy niño me bautizaron, ahora hacía mis talleres para mi primera comunión y posterior confirmación. De la primera comunión recuerdo que siempre fui el niño educado, rubiecito, siempre modosito y bien peinado. También recuerdo aquella tarde donde el diablo me poseyó  y al gordito risueño de clase le moví la silla antes de que se sentara y se fue a dar de culo contra el suelo. Nadie se rio. Para esto mi coordinadora fue franca espectadora de mi acto innoble que sólo se me perdonó por no haber tenido un prontuario que pudiera respaldar dicho acto. Igual se me conminó a confesarme y contar lo sucedido. Mis confesiones siempre eran las mismas: No tomé la sopa. Desobedecía a Mamá. Pequeñas mentiras por ahí. No recé antes de dormir. Todo de paporreta tenía el valor de un Padre Nuestro y tres Aves Marías. Ese discurso lo arrastré varios años, creo que hasta los dieciséis o diecisiete años. Hasta que una tarde cualquiera un cura que no conocía la tarifa de mis pecados me sentenció a una decena de Padres Nuestros, un número no menor de Aves Marías y a un Rosario completito que hasta ahora debo. Por culpa de ese inescrupuloso padrecito, no me volví a confesar un muy buen tiempo. No podía presentarme moroso ante los ojos de Dios. Ya en la confirmación y en los últimos años de mi educación secundaria, asistía a aquella Vicaría los sábados y domingos más a hacer vida social y soslayar a las chicas bonitas que a nutrir mi fe quebrantada. De todas maneras debido a mi adoctrinada infancia, mis conocimientos religiosos eran los suficientes para sobresalir.  Ya en la vigilia, a tres días de consagrarme  en el sacramento de la confirmación, gané las elecciones municipales en mi colegio, con lo que me consagré primero como Alcalde Estudiantil y me metí una bomba diabólica asistiendo aquella tarde-noche en un estado deplorable a mi sita religiosa. Tuvieron que esconderme en el baño para que el padre, muy amigo de mamá, no me excomulgue del catolicismo. En aquel baño vomité más que cualquier poseído y al terminar, sin estar un segundo en la vigilia, me retiré a mi hogar a seguir muriendo. Mi Madre se enteró y quiso desheredarme. Al día siguiente me llevó a confesar y no me dejó utilizar mi ya recorrido argumento, debido a que ella dio una antesala detallada que me dejaba muy mal parado. El cura que nos recibió en su oficina, pidió a Mamá se retirara para tener una conversación cara a cara con el pecador. Mi Madre se retiró en contra de su voluntad y aquel padre iluminado por el Espíritu Santo, me miró con una sonrisa despreocupada y me preguntó: -¿Hijo, crees en Dios?-  A lo que no demoré en contestar: - Si padre -  Entonces te jodiste – me respondió y entendí todo. Este último domingo me senté en la última banca de la iglesia, cabeceé un par de veces y recordé con nostalgia como inició mi camino en busca de tu amor: Siempre de la mano de Mamá, casi en contra de mi voluntad, pero siempre retornando. Probablemente regrese todos los domingos, a la misma hora, tan puntual como los sábados en aquella discoteca de moda; por el mismo camino que tantas veces me llevó a ti.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Misterio


Juro que odiaba ese lugar, ¡lo detestaba! Y caí en sus polvorientos terrenos porque era parte de mí andar pasar por ahí, aprender. No recuerdo en qué momento acepté la loca idea de soportar tres años de mi adolescente vida concurriendo a un lugar lejano, donde no me hallaba, donde no me sentía bien. Tampoco recuerdo en qué momento me resigné a él y aprendí a conllevarlo. Pero sé que en ese proceso tedioso, en esa transición dolorosa me acompañaste he hiciste todo menos latoso. Cuando te vi por primera vez provocaste un sentimiento de miedo, de respeto a la vida humana, sobre todo a la mía que se sentía amenazada por tu presencia corpulenta, por tus greñas desordenadas y tu pinta de matón. A pesar de esa desavenencia visual, recuerdo también, que no demoramos mucho en congeniar. Quizá mi instinto de sobrevivencia me invitó al diplomático arte de sociabilizar contigo, contigo y un par más de personas que me inspiraron confianza. Con el pasar de las semanas y al enterarme de tu excelente capacidad de diferenciar entre los buenos equipos y los demás, te afiancé como “Misterio”, el antihéroe de la Trinchera Norte que en esas épocas era famoso por una serie de televisión. No sé si te consolidé como tal, pero escuché que algunos te llamaban  así, a pesar de que eras todo lo contrario a ese personaje matón y agresivo. Como Misterio te hiciste mi amigo y a los pocos meses ya estábamos bebiéndonos la vida (o por lo menos yo) en la noche más fría del año, en una verbena distante y peligrosa. Combinamos vino con Coñac y mi viaje al hoyo negro del desvarío no tardó mucho. Me perdí entre el frío de la noche y vomite entre las sombras que la madrugada otorgaba. Tú, con un par de meses de habernos conocido y con la virtud del buen amigo, atinaste a acompañar mis regurgitaciones y dejarme en mi hogar salvo y sano de los peligros de la calle, más no de la ira de mi madre que fue peor que la resaca. En el instituto polvoriento en el que nos conocimos, mi suerte hubiera estado echada si no fuera por las innumerables veces que me permitiste plagiar, exponer con mi verbo chapucero, y las veces que accediste, incluso a regañadientes, en ponerme en tu grupo de trabajo. Tú y el Niño Ardilla al que le mando saludos, hicieron de este ignorante en la computación un tipo que difícilmente reprobaba un curso, si es que llegué a hacerlo. Pero tus conocimientos en la materia no te volvían un tipo aburrido. Muchas veces, terminábamos en el taco de al frente, jugándonos un par de mesitas. Tu golpe endemoniado a la billa, durísimo para mis delicados y sutiles disparos, te hacía un imponente rival. No siempre, me ganaste; como todo, le agarré la maña y me di el gusto de vencerte un par de veces. También nos escampamos un par de oportunidades a jugar Winning Eleven en aquel Play Station II que estaba de toda moda. Ahí si déjame argumentar que nunca me ganaste, te demostré que para algunas cosas podía ser aplicado. Ya después de la catana te desquitabas con las billas donde dejabas todo parejo. Jugamos un par de campeonatos juntos y no sé si llegamos a imponernos en alguno, lo que si recuerdo es que yo era la vedette del equipo con mis regates y el buen fútbol que practicaba por esas épocas y tú eras el arquero indiscutible, con el que nadie quería chocar. Celebrabas mis goles, nuestros triunfos con la pasión que el mismo “Misterio” demostraba en aquella serie popular. Era mejor jugar en tu equipo que en el contrario, porque mucha gracia no te hacía cuando te metía algún gol, menos si este era de buena factura. A pesar de algunas excepciones minúsculas, siempre jugamos juntos, yo en tu equipo y tú en el mío mi querido “Misterio”. Egresamos juntos de aquel alejado lugar que volviste afortunado. Después de muchos años nos cruzamos en un supermercado donde trabajabas eficientemente como supervisor y prometimos volver a vernos. Así fue, viniste por acá, por donde yo me había asentado y te visité en aquel hospital concurrido, donde pensé verte consumido por aquella mortal enfermedad que te había atacado. Temeroso de tu situación te llevé unos bocaditos que camuflé entre mi abrigo y antes de verte, escuché tus carcajadas, eras tú. Tu semblante mejor que el mío, y tus ánimos por el cielo. Me conversaste como si me hubieras visto ayer y sonreíste más de lo que yo lo había hecho ese último mes. Salí con la satisfacción de verte y sentirte bien. Días después me dijeron que tu situación estaba bastante complicada y mi última visita en aquel nosocomio, fue enterarme que sería un milagro tu mejora. El milagro eras tú buen amigo, que siempre tenías la sonrisa dibujada en tu cara y una frase alentadora. Tus mensajes en las mañanas invitándome a ser feliz, a olvidarme de mis estúpidos problemas, jamás tocando el tema de tu enfermedad, alentándome como si yo te necesitara más que tú a mí, aunque esa fuera la impresión que me acompaña ahora.  Pasó un buen tiempo para que podamos coincidir nuevamente, nuestro contacto relativo era mediante una llamada cada cierto tiempo, tus mensajes alentadores por las mañanas o tu presencia las veces que me animaba a rezar. Poco a poco este ingrato fue perdiéndose en su rutina, en sus problemas infantiles y a pesar de mi intento de verte aquella vez, sólo pude hacerte llegar ese último antojo que me sugeriste y llegué a complacer tristemente, como si te entregara un pago material por mis ausencias injustificadas. No te vi, tu mamita me lo agradeció de corazón, como si fuera el amigo incondicional. Me mandaste un mensaje caluroso agradeciendo tan insignificante gesto. Todo ese camino sombrío que te tocó transitar Miguelito, los iluminaste con tu fuerza, con tus ganas, con tu buen ánimo, siempre predispuesto a compartirlo. Hoy leo el muro de tu página social, y eso que irradiaste de manera ejemplar durante todos estos meses, se ve reflejado en cada mensaje que te acompaña, allá donde estés. Para mi serás siempre “Misterio”, hincha fiero de la Crema, valiente y aguerrido compañero de batallas. Lamentablemente nadie le gana la guerra a la muerte, pero  en vida, como un soldado de la luz, te condecoramos todos los que te conocimos. Ya nos veremos Miguelito, y jugaremos una mesita de billar o algún partido de fútbol, obviamente en el mismo equipo. Hasta ese momento “Misterio”, amigo mío.