miércoles, 26 de junio de 2013

Cuando la sangre corre


¡Sangre! Sólo hay sangre por todos lados, en todo el piso de la cocina, algunas gotas en la pared, en los muebles. Entre las manchas rojas observo pisadas, las huellas de un pie pequeñito que espero no me lleven a la escena de un crimen. Pienso bien antes de moverme, no quiero dejar ningún tipo de huella que me sindique como sospechoso o cómplice de algún acto delictivo, no quiero ser culpable de nada que no haya hecho. Luego reacciono y entiendo que vivo en esa casa y toda entera está impregnada de mis huellas, de mi olor, de mi presencia. – La loca se nos fue, se nos murió – pienso mientras indago con la mirada todo el ambiente. Mónica vive o vivía conmigo. Su cuarto queda o quedaba al lado de la cocina, en lo que se conoce. Ella lo alquila a precio módico y lo ha sabido arreglar a su estilo. Me acerco sigiloso a su habitación, tratando de no ensuciarme con la sangre, de no pisar nada de lo que después me arrepienta. La puerta anuncia haber sido sometida con violencia, abierta a patadas. El marco, justo a la altura de la chapa está roto. Observo por encima del cuadro de madera que da figura a la puerta y también resalta el vidrio roto, también abatido por un acto virulento. No quiero empujar la puerta, no quiero encontrarme con el cuerpo sin vida de Mónica. No quiero saber lo que pasó hallando un occiso en mi casa. Pienso en lo que le diré a la policía, en lo que le diré a la mamá de Mónica que seguro busca y mata al asesino. Pienso en lo que van a pensar mis vecinos y el dueño del departamento. Mientras ando distraído en tanto pensamiento tonto, sin darme cuenta, empujo despacito la puerta y no encuentro a nadie. El vidrio roto descansa a la entrada. Sobre la cama veo una blusa llena de sangre. Pienso en Mónica desangrada, arrojada en el río. La veo metros de bajo de la tierra. No hay nadie, ni asesino ni víctima. La llamo, nadie contesta. La he llamado tres veces y al parecer se han olvidado de apagar el celular. Mi número quedará registrado en las llamadas perdidas. No sé qué hacer. Tengo que ir a trabajar y no me atrevo a limpiar nada, a mover nada; sólo pienso en las miles de cosas que pudieron haber pasado. Mi celular suena y me regresa al presente, es ella: - Leo, discúlpame. Estoy bien, estoy en la casa de Peter – me dice llorando. - ¿Qué ha pasado? – le pregunto con dureza pero intentando no mostrar nerviosismo. – Nada Leo, ya voy a la casa – responde entre sollozos. Me meto a la ducha y pienso: ¡Está loca! ¡Ahora qué le digo, cómo le hago entender que ya se pasó de la raya! He sido una de sus víctimas favoritas cuando se trata de sus elocuentes desavenencias. Me han querido botar de algún cuarto que alquilé cuando hice una reunión y ella, se pasó de copas he hizo una escena de celos a su enamorado, mi mejor amigo. Ha contribuido con mi detención y mi estadía toda una noche en una comisaría. Ha provocado escenas que le han merecido calificativos de los cuales no he podido defenderla por ser ciertamente verdad. El agua refresca mis pensamientos pero… de quién es esa sangre. Todavía puede haber un muerto de por medio. Su actual enamorado, Peter, es un hombre corpulento, de violentas facciones. Si esa sangre no es de Mónica por alguna agresión, debe ser de algún tercero. Me cambio sin darme cuenta y bajando, me cruzo con Mónica que llega y se lanza en mis brazos, siempre llorando. – ¿Estás bien? – le pregunto. – Si, eso creo – responde. Mientras ella me abraza observo que no tiene ninguna laceración contundente. Ningún pedazo de madera clavado en el pecho como pensé, o algún hematoma escandaloso que la haya marcado. -  ¿De quién es esa sangre? – le pregunto mirándola a los ojos. - Es de Lucas – dice, bajando la mirada. Ella llora, pero su llanto no me convence. - ¿Y él está bien? – Si – me responde riéndose un poco. – Tiene siete puntos y un par de días de descanso médico- argumenta delatando su locura. Entonces intuyo que el hombre ha sufrido una golpiza a manos de Peter. – Conversamos después – le digo y subo a mi auto rumbo el trabajo mientras ella sube las gradas rumbo al cuarto piso, escena del crimen. Escucho que contesta una llamada y llora, sigue llorando. He dejado que pasen las horas, los días. Por fin la encuentro en casa. Ha limpiado todo pero aún se observan algunas gotas de sangre en la pared y puerta. La interrumpo y conversamos. Trato de hablarle bonito, de preguntarle lo sucedido cuando yo ya sé lo que pasó. Peter ha sido gallardo y ha ido a visitarme a mi trabajo y me ha contado todo y me ha pedido las disculpas del caso. Mónica corrobora lo sucedido en un estado de sumisión que en unos segundos se transforma en una trinchera defensiva que ahora me dice que no me meta, que ella no puede ser perfecta como yo, que nunca me equivoco (evidentemente lo dice en tono sarcástico) y me repite un par de veces que ella no va a cambiar y que hasta los cincuenta años se equivocará. Me dolió su respuesta, me siento el desangrado. Me cuenta: Peter entró (con copias de las llaves que ella imprudentemente le había entregado). Se acercó hasta la habitación y al no encontrar respuesta iluminó la oscuridad del cuarto con su celular. La encontró acompañada y decidió romper el vidrio que se encuentra en la parte superior de la puerta. Un pedazo de ese vidrio afectado realizó un corte profundo en la mano del acompañante desdichado provocando el chorro de sangre que tiñó de rojo la cocina. Luego Peter, en un trance animal, pateó la puerta y rompió el marco. Ella salió presurosa y lo sacó de la casa antes de que mate a alguien. La víctima fue llevada al hospital y zurcida de emergencia. Una de las vecinas ha escuchado a Mónica llorar hablando con Peter, pidiéndole disculpas. La vecina sin saber lo sucedido me comenta que le aconseje que lo deje, que no vale la pena sufrir por ningún hombre. Le comento a Mónica que siempre queda como víctima, que la vecina así lo corrobora. Ella se preocupa, me dice que ha cambiado otra vez, que sabe de sus errores y no quiere cometerlos otra vez. Se preocupa por lo propensa que está al escándalo y porque teme que la vecina haya escuchado que también planea matar a su loro que no la deja dormir. Mónica sólo quiere cariño, que la quieran de una manera que quizá no conozco o comprendo. Peter quiere venganza. Lucas quiere a Mónica. Yo quiero paz. La vecina quiere a su loro.   

jueves, 13 de junio de 2013

Promesas

Le prometí que cuando tenga mi carro ella iba a sentarse de copiloto, a mi lado. Le prometí que la iba a sacar a pasear. Le he prometido tantas cosas que tengo que hacer un esfuerzo por recordar los pendientes e intentar cumplirlos. Lo último que le prometí fue viajar a Tacna, a visitarla. Se lo anuncié con semanas de anticipación. Ella, con todo el amor que la posee cuando se trata de mí, preparó algunos platos que engrían mi paladar. Como ya es costumbre, incumplí a la promesa y no viajé. Se quedó con los crespos hechos, con las ganas de verme. Se aguantó sus cariños, sus ganas de darme un beso. Se aguantó no verme una vez más y decidió, como pocas veces, venir a visitarme. Parada en la puerta de la empresa en que llegó, con dos maletas acompañándola antes que la recoja. Ella me espera como la más fiel de las novias y yo llegó tarde, con el desamor que últimamente me caracteriza llego tarde. Se sube como puede, se sienta a mi lado, de copiloto. Ella siempre recuerda la promesa de ser mi copiloto. – ¡Mira! – me dice mientras me muestra una sonrisa juguetona. Se ríe con dulzura. Me acaba de enseñar el trabajo final después de largas citas con el dentista, me muestra su nueva sonrisa y me obliga de la manera más sublime a sonreír también. Se queda poco tiempo, esta vez no quiere visitar a nadie que no sea yo. Ella ha venido sólo a traerme lo que no pude comer en Tacna. Me ha traído amor en forma de comida y no ha dudado ni un segundo en hacerme llegar su cariño. Una de sus dos maletas está cargada con potajes benditos, con aquellas cositas ricas que sabe bien que me gusta. Comemos. Hace un festival gastronómico en la casa y yo quiero comer un poco de todo. Me dice, una vez terminado el almuerzo, que no quiere salir, que no me preocupe por ella, que quiere dormir. Me echo a su lado, como en los viejos tiempos. No hay nadie en la casa, nos envuelve un silencio pleno que contribuye a que nos quedemos dormidos, juntos, como en los viejos tiempos, como en aquellos viejos tiempos. Dormimos mucho y he recuperado la felicidad que me invadía de niño, cuando dormía todas las tardes, cuando la tenía más cerquita. Me he olvidado sin querer de cualquier preocupación que me obliga a comportarme como adulto. Despertamos y la invito a pasear. Mientras manejo, mientras cumplo mi promesa al sentarla a mi lado, escribo mentalmente estas líneas. Me habla de todo, como si hubiera guardado sus historias para mí. A veces pierdo el hilo de la conversación y no sé exactamente de qué me está hablando. Me cuenta de las misas a las que acude, de los curas y sus anécdotas. Me cuenta de la familia, que todos están bien, pero más viejos. Cuando la recogí se demoró dos segundos en fiscalizarme y su conclusión es que estoy barrigón, con poco cabello y que me está saliendo barba, por fin me está saliendo barba. Ella no sabe dónde estamos, no sabe a dónde vamos pero es feliz porque yo, su único hijo, está a su lado. Mi mamá me ama sin dudas, sin complicaciones, sin quejarse. Nunca vi a nadie que ame con tanto desprendimiento. Mi madre me ama ciegamente. Es mi fan número uno, presidenta del club. No dudaría en dar la vida por este flaquito barrigón, con poco cabello. Mi mami sólo ha venido por dos días porque se antojó de verme y viajó a mi encuentro. Cada vez que la veo y me recuerda que fui alguna vez un bebé, su bebé, viajo en el tiempo. Recuerdo que de pequeño me enseñó entre muchas cosas, a apreciar la música, a escucharla. La primera canción que me hizo estudiar fue “Penélope”. Ahora, después de muchos años y sin que ella lo recuerde, me empieza a explicar nuevamente esa canción. La chica que se enamoró, el chico que se fue prometiendo volver. La angustia de la chica, una angustia que la llevó a la locura. El chico que vuelve después de mucho tiempo y ella que no lo reconoce. Yo soy la versión masculina de Penélope, el que inconscientemente  espera que vuelva, volver a verla. En su ausencia me olvido de muchas cosas, me gana la locura. Pero al verla recuerdo todo. Recuerdo las promesas pendientes, todo aquello que tengo que hacer para intentar devolverle el amor puro que sabe entregarme. Yo no hubiera conocido el amor si no fuera por ella. Yo no hubiera podido asegurar que fui amado después de morir si ella no fuera mi mamá. Me ha servido nuevamente comida, algo que ha traído para mí desde muy lejos. Termina de atenderme y se va a dormir, a descansar, a rezar por mí y dar las gracias por un día más de vida. A veces la vida no es justa, todos nos quejamos a favor nuestro. El peor de los hijos tiene a la mejor de las mamás. Soy feliz, cuando ella está a mi lado soy feliz. Yo amo a mi mami. Yo la amo porque ella, me enseñó a amar con el ejemplo. -“El amor de madre es el más cercano al amor de Dios”  - escuché alguna vez. Puedo dar fe de eso.

jueves, 6 de junio de 2013

El Insano

Primero voy al dentista. Hace mucho tiempo no visito una casa odontológica, puedo asegurar que son más de diez años que no reviso mi dentadura y la expongo a curaciones evidentemente necesarias. Abro la boca y empieza a introducir objetos en mi boca, empieza a indagar, a urdir entre mis dientes. Los dentistas tienen numerados nuestros dientes. Sólo dice el número de la dentadura y da un comentario, su asistente apunta. – La 36, hasta las huevas. La 38, jodida. La 28, hasta las patas. La 26, cagada. – Una por una empieza a menospreciarlas y creo que decidirá sacrificarme para que no sufra. Es así que hago el pago total del tratamiento, más de diez curaciones a realizar en mi boquita de caramelo. Recuerdo a un primo odontólogo, allá cuando tenía once años. Era de esos dentistas despiadados, de esos que te hacían ver a Judas calato (siempre me he preguntado por qué a Judas, por qué calato). Con unas herramientas lacerantes me hacía llorar del dolor. Luego me pedía que me enjuague la boca y yo escupía sangre. Supongo que por eso tengo recuerdos ingratos de los dentistas. Este es un doctor joven, en un centro odontológico decente. Me trata con sumo cuidado, siempre preguntándome si me molesta. Me coloca la anestesia que yo quiero para no sentir dolor. Yo le pido que no me coloque anestesia local, que quiero anestesia general para descansar. Ando muy fatigado, no sé qué me pasa. Mientras el odontólogo me interviene yo duermo, duermo con la boca abierta. Despierto con mis propios ronquidos y el doctor parece burlarse. Puedo dormirme en media maratón. He asistido como a cinco citas y mi boca casi está repuesta en su totalidad. El dentista muy amable me recuerda que me debo de lavar la boca seguido, que debo utilizar implementos que ayuden a conservar los huesos de mi cavidad bucal. Inmediatamente corro a medicina general. Tengo una tos matutina que me ataca con arcadas incluidas, que me hace lagrimear. El doctor me pide que abra la boca. Yo contento enseño mis dientes perfectos y obedezco.   Él es uno de esos doctores antiguos, de los que te revisan todo, de los que te toman el pulso con su reloj, de los que te revisa los oídos y te mete esa paletita de madera a la garganta para auscultarte. Me indica que tengo la garganta irritada, luego estornuda. Me río y le digo que debería asistir a un doctor por su tos, él no se ríe. Para cambiar de tema le comento que me duele mucho la espalda, que ya van varios días. Me revisa también la columna vertebral y me golpea de forma extraña, originando un sonido raro con mi cuerpo. Me indica que necesito muestras de los fluidos de mi garganta y que me haga una radiografía. Todas las muestras se toman a partir de las siete de la mañana. Al escuchar el horario de atención siento nuevamente que desfallezco y empiezo a sentir mareos. El doctor aplica técnicas de primeros auxilios para reanimarme.  En recepción me indican que para el cultivo con muestras de mi garganta debo de asistir sin lavarme la boca, y para la radiografía en mi columna debo de estar en ayunas y con el estómago limpio, es por eso que me aconsejan comprar un laxante para liberarme de residuos. Compro la pastilla, la tomo con temor. Yo no me medico así nomás, yo no ingiero pastillas muy a menudo; por eso tengo temor de los resultados, de lo que pueda ocasionar. Llego a mi casa, me lavo la boca como me indicó el odontólogo. Tomo esa pequeña pastillita y avizoro que me levantaré por la madrugada corriendo al baño. Me echo a dormir, dejo la puerta del servicio abierta para no encontrar obstáculos para cualquier evacuación inesperada. Son las seis y media de la mañana. Recuerdo que el doctor me pidió que no me lavara la boca. Recuerdo que le juré por mi mamita al odontólogo que me lavaría los dientes todas las mañanas. Estoy en un dilema, ambos doctores me comprometieron y a ambos les prometí que cumpliría. No me lavo, subo al carro con mi boca cochina para los análisis de escupe y manejo presuroso. Mientras conduzco se me cruza un taxi, me cierra la pasada y me da ganas de insultarlo, de arrojarle una grosería, total, no me he lavado los dientes por lo que cabe la mención de que soy un boca sucia. Llego al laboratorio, me atienden rápido. No me dijeron que me sacarían sangre, no me gusta que me saquen sangre. Pongo algo de resistencia pero cedo, siempre cedo al final.  Ahora abro mi boca y me meten un hisopo que me provoca vomitar pero no vomito, no tengo qué, no he tomado desayuno. Luego corro a que me saquen la radiografía. Me piden que me quede en paños menores y empiezan a tomar las muestras. Me toman especie de fotos en diferentes posiciones y algunas poses me gustan, espero que las suba al Facebook. Me visto. Presiento que algo se me olvida. Me voy a trabajar a penas salgo de la clínica. Mientras laboro hago remembranza de lo acontecido, de lo venido a menos que está mi salud. Ya estoy viejo. Paro cansado todo el día, con achaques múltiples que se han ensañado conmigo. Con pérdida de memoria, escalofríos.  Son las doce del mediodía y esa sensación de que algo se me olvida queda descubierta con una flatulencia inesperada. El laxante recién hizo efecto.
 

martes, 14 de mayo de 2013

Los que duermen




Siempre he tenido sueño, siempre tengo sueño. Cualquier época del año es buena para invernar. En épocas donde entendía que una buena manera de olvidar las cosas, curar enfermedades y encontrarme a mí mismo era dormir, no despertaba antes de las once de la mañana. En esas épocas mozas donde vivía feliz no era tan difícil leer, escribir, sonreír y soñar (literalmente soñar). Esta semana, en que decidí olvidarme de todo, he vuelto a probar de aquel afecto por las almohadas, de aquella dependencia del colchón. He regresado a las buenas costumbres de entregarme a Morfeo sin mirar el reloj, sin ser esclavo de ninguna alarma ni cualquier preocupación que me obligue a levantarme de la cama y salir a las calles donde las cosas siempre son más peligrosas. En una semana recobré lo que no ejercitaba hace un muy buen tiempo. (Porque dormir para mí es un ejercicio por el cual pude haber destacado y ganado alguna olimpiada si se premia esta competencia). Por problemas existenciales que me obligan a trabajar es preciso levantarme a las siete y cincuenta de la mañana como máximo para asistir a mi centro laboral. Es preciso también estar lúcido después del baño por lo que tengo que conducir mi humilde vehículo. Es un trauma diario despojarme de las sábanas, abandonar mis almohadas recientemente babeadas y despreciar ese calorcito acumulado toda la noche anterior. Y desde que practico este mal hábito de evitar la felicidad plena, he mandado a un sueño profundo, eterno,  oscuro a algunos personajes que habitaban en mí. Está en estado de coma profundo aquel jovenzuelo que acostumbraba tomar por asalto uno que otro libro al mes y entregarse al buen arte de la lectura. Ha sucumbido al olvido el muchacho que producto de una buena lectura, veía a bien intentar escribir y subir sus impertinencias a un blog que es por ahora el cementerio de sus recuerdos. Se ha perdido sin dejar rastro el chico que jugaba fútbol, que gambeteaba algo más que oponentes para conseguir el objetivo del gol del triunfo. A quedado postrado el noctámbulo afiebrado que intentaba encontrar de noche todo aquello que de día había sido esquivo. Ha pasado a mejor vida el niño que soñaba, que soñaba sin necesidad de dormir. Estos y algunos otros que ya no recuerdo figuran en una lista resignada de personas desaparecidas, las cuales esperan un milagro o un programa televisivo que les permita retomar sus sueños y ser encontrados. Es importante mencionar que todos los personajes citados fueron vistos por última vez de noche, cerca de mi cama, con ropas ligeras y no dejaron huellas antes de partir. Corresponde reconocer que soy el testigo más importante si es que se iniciara algún tipo de investigación, por lo que guardo total compostura ante cualquier declaración porque podría ser usada en mi contra. A estos muchachos nadie los ha reclamado, por lo menos no con denuedo; pero cabe mencionar, que a pesar de sindicarme como autor intelectual de sus desapariciones, soy el que más los extraña. Esta semana han venido a mi cabeza uno por uno, con detalles importantes y cruciales si es que se intenta encontrar por lo menos sus cuerpos sin vida. Han venido a mí especies de epifanías con respecto a sus paraderos. He decidido adentrar en el bosque frondoso de mis sueños para buscarlos, para intentar rescatarlos; para darles descanso eterno si es que han fenecido. He decido aumentar las horas de búsqueda y dormir lo que sea necesario para dar fin a esta noble causa. Es preciso reconocer que los dones que han sido brindados por algún Dios misterioso, si han sido dominados, no se pierden del todo. Yo pude haber sido medalla de oro durmiendo, pude haber obtenido alguna distinción importante si es que se diera por esta competencia, arte sublime que significa babear abrazado a una almohada, en estilo fetito acurrucado en 5 metros de frazadas, sin obstáculos. Alguna vez fui feliz plenamente junto a los muchachos que hoy intentaré rescatar del olvido. Alguna vez fui una mejor persona cobijado por sábanas redentoras a las que hoy convoco. Alguna vez soñé delicioso de noche para poder soñar también delicioso de día. Soy un mejor tipo cuando duermo, lo he descubierto. Estoy pronto a rescatar de un sótano oscuro y desolado a unos muchachos que han sido secuestrados por el tiempo y aunque muchos dan por fallecidos, todavía hay gente que los espera: yo. Es momento de dormir…      
 

martes, 9 de abril de 2013

Fuiste tú


Está en su cuarto, escuchando canciones de Ricardo Arjona; le parece que no eran tan malas sus canciones. Mira el techo como esperando encontrar algo nuevo, algo que le va a sorprender en cualquier momento. Lee los libros que ha leído una par de veces antes, no se acuerda muy bien de lo que trataban, sabe que no retiene ni sus líquidos. Ha llamado a un par de amigos, todos ocupados. Ha llamado a un par de amigas, no le contestaron. Es libre, puede hacer lo que quiera. Se ha comprado una moto nueva la cual hace bulla al pasar. Es una moto negra, una moto que lo hace ver un chico malo, el chico malo que quiere ser. Se ha ido al súper mercado, ha comprado algunas cervezas en lata, las pone en el refrigerador pensando en tomarlas heladas por la noche, lo más probable es que acompañado. Ha jugado play station toda la tarde, no ha perdido ni un solo partido. Está cansado de dormir, pero se siente más cansado despierto. “Por qué es tan cruel el amor” – dice una canción de Arjona. La recuerda, se pregunta qué estará haciendo. Está echada en su cama, con la televisión prendida mientras chatea en la laptop. Después de mucho tiempo entra al Facebook y es ella quien busca conversar con otras personas. La mayoría de sus contactos le pregunta por él, cuándo se casan. Ella comenta que han terminado, que son cosas que pasan; que a pesar de que él es un estúpido, no guarda rencor y le desea lo mejor. No es mala persona – alega. Algunos chicos que antes la molestaban vuelven a la carga, nunca se dan por vencidos. Empiezan a hacerle conversación, siempre lamentando el hecho de que esté triste y dándole ánimos, recordándole que es una chica linda, que pronto llegará el chico indicado para ella. Llenan de halagos la conversación y dejan la puerta abierta para una salida de amigos si es que ella quiere conversar. Algunas chicas también se han enterado que él está solo; la mayoría de ellas chismosean entre sí y comentan que una infidelidad fue la causante de la distancia. Él se ha comprado ropa nueva y se ha inscrito en el gimnasio para matar el tiempo. Ahora es él quien organiza las pichangas e invita a todo el mundo a hacer una parrillada en su casa. Ella se ha encontrado con las amigas que no ve hace meses, se ponen al día con los chismes y por la premura del caso, planean una salida nocturna para emborracharse como en los viejos tiempos. Él se ha bañado dos veces, se ha jabonado muy bien sus partes íntimas porque sabe que algo va a caer esta noche; se ha echado su mejor perfume. Ella ha sacado del baúl de la soltería una minifalda negra que siente que ahora le queda muy apretada. – He engorado un montón – se dice mirándose al espejo mientras llama a su tía para que haga el comentario respectivo. Se ha acomodado el cabello mil veces, quiere que le quede bien parado, que no se mueva. No quiere maquillarse mucho, la minifalda la aprieta un poco. Siempre le gustó vestirse de negro, por eso ha escogido la camisa de ese color, se siente un vampiro. Siente caminar en sancos con los tacos nueve, el vértigo la preocupa. Ha llamado a todos, los quiere confirmar, esta noche es noche de solteros. Todo el mundo la ha llamado, todos dudan de que  vaya a salir, no quieren que se desanime. Él está preparado para todo. A ella le preocupa reventar su minifalda. Él ha dejado la moto bien estacionada, quiere meterse una bomba esta noche. Ella le dice a su mamá que llega temprano, le comenta que está algo cansada. Él toma su taxi, prende un cigarro para parecer más interesante. A ella lo recoge un auto deportivo, es el amigo de su amiga que se ha ofrecido. Se encuentra con sus amigos, se dan un abrazo y deciden hacer unos previos. Se encuentra con sus amigas, les da un beso mientras se baja un poquito la falda. Él se sirve lleno, es lo que tanto había esperado. Ella decide pasarse un par de rondas, no le gusta el pisco. Él esta picado, han demorado en decidir en entrar a la discoteca, querían seguir tomando. Han entrado gratis, el vigilante de la puerta conoce a una de ellas y las ha hecho entrar sin pagar. Se sienta en la barra, mira a todos lados esperando encontrar una chica que le llame la atención; es noche de casería. Ha rechazado a un par de chicos que han intentado invitarle una cerveza, ella quiere conversar con sus amigas. Él esta borracho, no sabe por qué no está tan contento. Ella ha sentido el impacto de los tequilas, sus risas son un poco más elocuentes. Él baila con una chica que le ha dicho que va un ratito al baño. Ella baila con sus amigas y no recordaba que sabía mover tan bien la cintura. Ellos le dicen que la chica de rojo está bien rica. Ellas le dicen que lo olvide, que todos son unos perros. Él se acuerda de ella y se convence de que debe estar en su cama durmiendo. Ella no se acuerda cuando fue la última vez que se rio tanto. Ha tomado valor, se acercó a la chica de rojo y la invitó a bailar, ella lo mira de pies a cabeza. Ella siente la mirada de un chico con una botella de cerveza en su mano. Él está tomado, ya no tiene conciencia de la vergüenza y le insiste con una sonrisa que da un poco de lástima. A ella el chico del polito apretado le ha convencido para salir a la pista de baile, aparentemente es muy chistoso. Él, mientras baila con la chica de rojo, piensa en llevársela a la cama. Ella mientras baila con el chico de polito apretado, mira la hora para bailar todo lo que pueda antes de irse. La chica de rojo le dice que ya es tarde, que tiene que marcharse. El chico de polito apretado la invita a ir a otro lugar, donde haya menos gente. Él le dice a la chica de rojo que no se preocupe, que bailen un par de canciones más y que él la acompaña a su casa. Ella no es tonta, sabe que el chico de polito apretado busca llegar a otra base pero no sabe si animarse. La chica de rojo le ha dicho que se va con sus amigas, que su mamá la espera despierta y tiene que regresar con ellas. El chico de polito apretado le ha dicho que vaya a la casa de uno de sus amigos, que tienen un whisky para seguirla. Él no le insiste, le pide el número mientras mira el escote que su vestido rojo otorga. Ella no acepta, dice que está cansada y que puede ser para otra oportunidad. La chica de rojo toma su saco y su cartera y se retira con sus amigas, se han ido a otra discoteca. El chico de polo apretado no le ha gustado la respuesta, apenas e insistió un poco más; se ha despedido con un beso lo más cercano a la boca posible antes de mirar a la próxima chica que sacará a bailar. Él está muy tomado, ya no quiere seguir bebiendo. Ella está preocupada por la hora, acepta obligada un par de copas de tequila. Él sale desorientado, no se ha despedido. Ella sale un poco mareada, se apoya en el brazo de una de sus amigas que está peor que ella. Se encuentran en la puerta, ella lo ve primero y se pone nerviosa. Él se voltea renegando porque el taxista no le acepta la rebaja y encuentra su mirada, no esperaba encontrarla. A ella le da pena que esté tan borracho. A él le da un poco de cólera que use esa minifalda. No se saludan, ahora son un par de desconocidos. Ella sube al taxi con sus amigas, quiere llamarlo pero se aguanta. Él sube solo al taxi, consiguió la rebaja que buscaba. Ella quiere olvidarlo, no sale de su cabeza. Él no entiende que pasa, recuerda a Arjona: “No te vayas amor que aunque duelas no quiero dejarte.”
 

martes, 5 de marzo de 2013

La playa

No me gustaba la playa, lo recuerdo muy bien. Prefería mil veces una casa en medio del campo, rodeado por árboles entre la caca de las vacas y los mosquitos insaciables. Cuando iba a la playa me olvidaba del mundo y corría como loco. A pesar de que me embadurnaban en bloqueador y usaba polos, terminaba rojo como un camarón (siempre usaron esa expresión). Ser blanco no te hace más importante, te hace débil, lo sé yo. Los únicos días que exponía mi piel a los rayos del astro rey, eran en épocas veraniegas. Mostraba sin pudor las venitas que sobresalían, mis tetillas empequeñecidas y mi ombligo saltarín. No me metía mucho al agua porque estaba helada y porque no sabía nadar (ahora tampoco). Miraba asombrado a avezados nadadores que se sumergían en las aguas como focas y nadaban hasta el fondo, hasta donde no se divisaban y rezaba por si acaso, por si no volvían. Pero nunca fui testigo de una desgracia, pues cual José Olaya, regresaban a la orilla victoriosos. A mí me revolcaban las olas más pequeñas y tragaba litros de agua salada que seguro alguno de esos valientes nadadores había meado. Mi madre siempre dijo que la playa era más limpia que la piscina, entiendo por qué. Después de haber sido libre como las mismas gaviotas, regresaba a casa por la noche a sufrir los estragos de ser albino. Mi madre me disfrazaba de ensalada y me ponía tomates por todo el cuerpo. Me untaban cremas que no ayudaban y me daban un baño que no sabía calmar el dolor de ser blanco. Luego del bronceado asesino al que sobrevivía porque no era mi hora, procedía a la muda de piel. Tardaba días de días en terminar de pelarme y regresar a mi color natural, color papel bon. Odiaba la playa. Yo quería que compren una casa en el campo y que veraneemos ahí, lejos del mar. Con el tiempo me resigné a la idea del tomate por la noche y empecé a cuidarme un poco más, a refugiarme discretamente en la sombrilla y mostrar mi piel con cuidado. Al adiestrarme en el arte de no quemarme, entré en el problema de no ostentar un cuerpo digno de la playa. Mi delgadez me confinó a usar prendas que disimulen la falta de músculos y a utilizar más ropa de la necesaria. Aprendí a nadar por necesidad. Me arrojé a la corriente marina persiguiendo a unas chicas que me hacían señales desde el fondo pidiéndome que las alcance. Llegaba a penas, peleando contra la marea, tragando mil de agua salada, pero llegaba. El regreso era más fácil, sólo me hacía el muertito y el mar sabio, se encargaba de devolverme. “No le tengas miedo al mar, pero sí mucho respeto” – me dijeron alguna vez. Hice las paces con la playa un verano a los doce años; un verano en que me quedé un mes confinado a escuchar las olas golpear por la madrugada sin poder dormir por temor a un maremoto. Juro que escuchaba a las olas acercarse y que sentía hasta los pies humedecer de miedo. Aquel mes entendí que lo mejor de la playa no se encuentra al medio día y bajo el sol; lo mejor de la playa está por las noches, a la luz de la luna. Caminaba un buen tramo hasta una canchita de fútbol donde se juntaban chicas lindas y chicos de mi edad. Si algo hice discretamente bien, fue jugar al fútbol. Eso hice, matar mis penas con una pelota, al compás de los gritos de aquellas niñas lindas y bien bronceadas, que sabían corresponder a mis jugadas peloteras. Terminaba el partidito y regresaba a casa, esperando que nunca amanezca o que se haga de noche rapidito para regresar a meter un gol. Aquellas noches duraron poco, puesto que las chicas se cansaron de ver a un pequeño rubiecito y decidieron ir a besarse al oscurito con sus chicos guapos. Yo regresé a la casa que alquilamos y me encerré a contemplar atardeceres apoyado en la ventana que daba al mar. Tengo que aceptar que ese verano descubrí los encantos del sol, el mar y la arena que siempre se metía en mis calzoncillos. Ya más crecidito y acudiendo a la playa para festejar año nuevo, empecé a disfrutar un poco más. La playa permitía ver a mis amigas en prendas menores que mostraban sus dotes de mujer. Acudir a la orilla ya no incurría en dolores por insolación. A pesar de desenvolverme un poco mejor bajo el astro rey, siempre vi con mejores ojos a la playa por la noche. Echado en la orilla, mirando un cielo llenecito de estrellas. Intentar pedir un deseo con las estrellas fugaces y sobre todo si el deseo aquel estaba echada al lado mío. A pesar de mis aventuras playeras, nunca tuve un amor de verano que sepa recordarme aquellas temporadas con melancolía. Nunca procuré un beso inolvidable próximo a la orilla. Hasta hace poco, escapándome un fin de semana de la rutina que implica trabajar, descubrí que podría vivir frente al mar. Me encantaría poder quedarme otro mes entero mirando las olas ir y venir una y otra vez. Echarme en la oscuridad de la noche mirando un cielo despejado e iluminado. Me encantaría quedarme un par de días corridos echado al atardecer, sin sombrillas, bronceando mi cuerpo poco a poco. Me gustaría veranear de verdad, y no un fin de semana. Caminar por la orilla remojando mis pies, mirando el sol morir en un mar infinito en el cual nunca podré perderme. Me gustaría que mis hijos tengan la oportunidad de hacer una sana costumbre todos los veranos y no sufran lo que yo sufrí. Que aprendan a correr olas y que se metan al mar sin que la primera ola los revuelque. Me gustaría casarme en alguna playa, al atardecer, con pocos invitados. Me gustaría alquilar una casa de playa todos los veranos, siempre en una playa distinta. Echarme en una perezosa, tomar una cerveza helada. Me gustaría que el mar lave el tiempo en mi piel, que el sol maquille las marcas de una vida que pasa rápido y dormir en la arena sin temor de ver un reloj. Caminar descalzo, con el torso descubierto. Mirar atardecer y por las noches, intentar pedir el deseo pendiente. Con el tiempo he descubierto que al niño viejo si le gusta la playa, y que incluso, a veces, se le antoja que lo disfracen de ensalada.  

 

 

martes, 26 de febrero de 2013

El camino que no elegí

Entré al banco que conduce un cuy en el año 2008, lamentablemente no tuve la oportunidad de ser entrevistado por él, de conocerlo personalmente y escuchar su particular manera de hablar. Recuerdo aquella mañana de verano en que dejé un par de papeles que acopiaban información dudosa sobre mí. También recuerdo que adjunté una foto tamaño carné que mostraba a un jovencito de mirada inocente y de peinado particular. Recuerdo el terno que nunca fue mío así como el cuerpo que sostenía mi cabeza, un cuerpo que también tomé prestado. Si la elección de aquella convocatoria se hubiera regido única y estrictamente por la foto, seguiría desempleado. Dejé todos aquellos papeles chapuceros, impresos de manera improvista y sin el menor optimismo. Los dejé sin imaginar que quizá aquella acción sería la que cambió mi vida con mayor intensidad, la que me obligó a tomar un camino que necesariamente no escogí pero del cual, todavía, no me arrepiento. Lo primero fue capacitarme. Me llevaron lejos de todos, en verdad muy lejos. Nos depositaron en un club enorme que nos alejaba de la civilización, que nos confinaba a fumar alrededor de la piscina en conversaciones que nos salven de la monotonía del día a día. Comenzábamos muy de madrugada, cuando el sol todavía no terminaba de alojarse en un cielo limeño donde el astro rey siempre se hace esperar. Desde el vamos se peleaba por ocupar una ducha, y se rezaba con una fe inusitada porque caiga agua caliente que suavice el frío capitalino. Se escogía la camisa y corbata que nos acompañaría por lo menos unas doce horas hasta regresar a esa cárcel con lujos limitados. Se corría al comedor a meterse algo a la boca, tratando de cumplir con la obligación de alimentar un cuerpo que no sabía ya de retozos dignos de un ser humano. Luego de engullir algo al azar, depositábamos nuestra humanidad en un bus austero que durante una hora de viaje, se convertía según sea el caso, en un hostal para los enamorados o en un hotel para los que buscaban sosiego. Era el lugar donde nos sentíamos más libres. Ese bus en su hora de recorrido servía de refugio para lo que el placer proponga. Esa capacitación reunía gente de todas partes del país y nos ilusionaba con la idea de haber ingresado al mejor trabajo del mundo. Nos indujeron a dibujar una sonrisa imborrable en nuestros rostros, sobre todo para cualquiera que se definiera como cliente. No adoctrinaron en el arte de la falsa educación y cultivaron sin reparo, el miedo a perder dinero que obviamente tendríamos que reponer; y a estar dispuestos a cualquier tipo de juerga improvisada que pudiera presentarse. Ingresamos incrédulos al que también llamaban “el banco del amor”. Quien no besó a alguien de su entorno laboral, simplemente no trabajó en el banco. Se entremezclaron unos contra otros en variadas oportunidades y ocasiones. Se inventaron amores y romances, roces y coqueteos. Todos los grillos metidos en una misma olla. Pasé dos años y medio contando un dinero que nunca fue mío. Conocí gente a la que hoy recuerdo con cariño, otros pocos me siguen acompañando incondicionalmente. Tuve la oportunidad de ascender y ser enviado nuevamente a una capacitación. Esta vez nos encerraron en un hotel putanesco que permitía besos, abrazos, roces, infidelidades y borracheras. Aquel hotel de nombre casquivano guarda secretos que prefiero no conocer pero sin embargo, imagino casi al detalle. El banco que rige un cuy adinerado, también me permitió iniciar un camino de independencia personal. Me compré todo lo que me hizo falta y me permitió conocer el valor del dinero en toda forma y sentido. Me abrió las puertas de una vida que planeé de manera discreta. Me permitió algún tipo de desarrollo y me sigue formando ambiciosamente en propósitos alejados de la humildad. El banco compró mi libertad y me volvió esclavo suyo. Con este trabajo del cual sigo aprendiendo mucho, perdí inocencia y alejé al niño que todavía vivía en mí. Adopté una posición de adulto responsable y castigué algunos sueños que todavía avizoran en la penumbra. Aquel banco de reputación ostentosa y de ambiciones descomunales, me permitió crecer. Estoy a punto de cumplir cinco años en un lugar que considero mi casa. He firmado un contrato que me reconoce miembro de ese hogar, y recuerdo, que la última familia a la que pertenecí, aquella que casualmente dejé en el año que me integré a ésta, en su momento me obligó a escapar, a huir despavorido. Todos los recuerdos en esta ciudad, las anécdotas más risibles, los peores momentos, las metidas de pata, los aciertos milagrosos, los amores y desamores, los bienes que poseo… se los debo todos al banco, y se los debo con una tasa de interés especial.