Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
miércoles, 26 de junio de 2013
Cuando la sangre corre
jueves, 13 de junio de 2013
Promesas
Le prometí que cuando tenga mi
carro ella iba a sentarse de copiloto, a mi lado. Le prometí que la iba a sacar
a pasear. Le he prometido tantas cosas que tengo que hacer un esfuerzo por
recordar los pendientes e intentar cumplirlos. Lo último que le prometí fue
viajar a Tacna, a visitarla. Se lo anuncié con semanas de anticipación. Ella,
con todo el amor que la posee cuando se trata de mí, preparó algunos platos que
engrían mi paladar. Como ya es costumbre, incumplí a la promesa y no viajé. Se
quedó con los crespos hechos, con las ganas de verme. Se aguantó sus cariños,
sus ganas de darme un beso. Se aguantó no verme una vez más y decidió, como
pocas veces, venir a visitarme. Parada en la puerta de la empresa en que llegó,
con dos maletas acompañándola antes que la recoja. Ella me espera como la más
fiel de las novias y yo llegó tarde, con el desamor que últimamente me
caracteriza llego tarde. Se sube como puede, se sienta a mi lado, de copiloto.
Ella siempre recuerda la promesa de ser mi copiloto. – ¡Mira! – me dice
mientras me muestra una sonrisa juguetona. Se ríe con dulzura. Me acaba de
enseñar el trabajo final después de largas citas con el dentista, me muestra su
nueva sonrisa y me obliga de la manera más sublime a sonreír también. Se queda
poco tiempo, esta vez no quiere visitar a nadie que no sea yo. Ella ha venido sólo
a traerme lo que no pude comer en Tacna. Me ha traído amor en forma de comida y
no ha dudado ni un segundo en hacerme llegar su cariño. Una de sus dos maletas
está cargada con potajes benditos, con aquellas cositas ricas que sabe bien que
me gusta. Comemos. Hace un festival gastronómico en la casa y yo quiero comer
un poco de todo. Me dice, una vez terminado el almuerzo, que no quiere salir,
que no me preocupe por ella, que quiere dormir. Me echo a su lado, como en los
viejos tiempos. No hay nadie en la casa, nos envuelve un silencio pleno que
contribuye a que nos quedemos dormidos, juntos, como en los viejos tiempos,
como en aquellos viejos tiempos. Dormimos mucho y he recuperado la felicidad
que me invadía de niño, cuando dormía todas las tardes, cuando la tenía más
cerquita. Me he olvidado sin querer de cualquier preocupación que me obliga a
comportarme como adulto. Despertamos y la invito a pasear. Mientras manejo,
mientras cumplo mi promesa al sentarla a mi lado, escribo mentalmente estas
líneas. Me habla de todo, como si hubiera guardado sus historias para mí. A
veces pierdo el hilo de la conversación y no sé exactamente de qué me está
hablando. Me cuenta de las misas a las que acude, de los curas y sus anécdotas.
Me cuenta de la familia, que todos están bien, pero más viejos. Cuando la
recogí se demoró dos segundos en fiscalizarme y su conclusión es que estoy
barrigón, con poco cabello y que me está saliendo barba, por fin me está
saliendo barba. Ella no sabe dónde estamos, no sabe a dónde vamos pero es feliz
porque yo, su único hijo, está a su lado. Mi mamá me ama sin dudas, sin
complicaciones, sin quejarse. Nunca vi a nadie que ame con tanto
desprendimiento. Mi madre me ama ciegamente. Es mi fan número uno, presidenta
del club. No dudaría en dar la vida por este flaquito barrigón, con poco
cabello. Mi mami sólo ha venido por dos días porque se antojó de verme y viajó
a mi encuentro. Cada vez que la veo y me recuerda que fui alguna vez un bebé,
su bebé, viajo en el tiempo. Recuerdo que de pequeño me enseñó entre muchas
cosas, a apreciar la música, a escucharla. La primera canción que me hizo
estudiar fue “Penélope”. Ahora, después de muchos años y sin que ella lo
recuerde, me empieza a explicar nuevamente esa canción. La chica que se
enamoró, el chico que se fue prometiendo volver. La angustia de la chica, una
angustia que la llevó a la locura. El chico que vuelve después de mucho tiempo
y ella que no lo reconoce. Yo soy la versión masculina de Penélope, el que inconscientemente
espera que vuelva, volver a verla. En su
ausencia me olvido de muchas cosas, me gana la locura. Pero al verla recuerdo
todo. Recuerdo las promesas pendientes, todo aquello que tengo que hacer para
intentar devolverle el amor puro que sabe entregarme. Yo no hubiera conocido el
amor si no fuera por ella. Yo no hubiera podido asegurar que fui amado después
de morir si ella no fuera mi mamá. Me ha servido nuevamente comida, algo que ha
traído para mí desde muy lejos. Termina de atenderme y se va a dormir, a
descansar, a rezar por mí y dar las gracias por un día más de vida. A veces la
vida no es justa, todos nos quejamos a favor nuestro. El peor de los hijos
tiene a la mejor de las mamás. Soy feliz, cuando ella está a mi lado soy feliz.
Yo amo a mi mami. Yo la amo porque ella, me enseñó a amar con el ejemplo. -“El
amor de madre es el más cercano al amor de Dios” - escuché alguna vez. Puedo dar fe de eso.
jueves, 6 de junio de 2013
El Insano
Primero voy al dentista. Hace
mucho tiempo no visito una casa odontológica, puedo asegurar que son más de
diez años que no reviso mi dentadura y la expongo a curaciones evidentemente
necesarias. Abro la boca y empieza a introducir objetos en mi boca, empieza a
indagar, a urdir entre mis dientes. Los dentistas tienen numerados nuestros
dientes. Sólo dice el número de la dentadura y da un comentario, su asistente
apunta. – La 36, hasta las huevas. La 38, jodida. La 28, hasta las patas. La 26,
cagada. – Una por una empieza a menospreciarlas y creo que decidirá
sacrificarme para que no sufra. Es así que hago el pago total del tratamiento,
más de diez curaciones a realizar en mi boquita de caramelo. Recuerdo a un
primo odontólogo, allá cuando tenía once años. Era de esos dentistas despiadados,
de esos que te hacían ver a Judas calato (siempre me he preguntado por qué a
Judas, por qué calato). Con unas herramientas lacerantes me hacía llorar del
dolor. Luego me pedía que me enjuague la boca y yo escupía sangre. Supongo que
por eso tengo recuerdos ingratos de los dentistas. Este es un doctor joven, en
un centro odontológico decente. Me trata con sumo cuidado, siempre
preguntándome si me molesta. Me coloca la anestesia que yo quiero para no
sentir dolor. Yo le pido que no me coloque anestesia local, que quiero
anestesia general para descansar. Ando muy fatigado, no sé qué me pasa. Mientras
el odontólogo me interviene yo duermo, duermo con la boca abierta. Despierto
con mis propios ronquidos y el doctor parece burlarse. Puedo dormirme en media
maratón. He asistido como a cinco citas y mi boca casi está repuesta en su
totalidad. El dentista muy amable me recuerda que me debo de lavar la boca
seguido, que debo utilizar implementos que ayuden a conservar los huesos de mi cavidad
bucal. Inmediatamente corro a medicina general. Tengo una tos matutina que me
ataca con arcadas incluidas, que me hace lagrimear. El doctor me pide que abra
la boca. Yo contento enseño mis dientes perfectos y obedezco. Él es uno
de esos doctores antiguos, de los que te revisan todo, de los que te toman el
pulso con su reloj, de los que te revisa los oídos y te mete esa paletita de
madera a la garganta para auscultarte. Me indica que tengo la garganta irritada,
luego estornuda. Me río y le digo que debería asistir a un doctor por su tos,
él no se ríe. Para cambiar de tema le comento que me duele mucho la espalda,
que ya van varios días. Me revisa también la columna vertebral y me golpea de
forma extraña, originando un sonido raro con mi cuerpo. Me indica que necesito
muestras de los fluidos de mi garganta y que me haga una radiografía. Todas las
muestras se toman a partir de las siete de la mañana. Al escuchar el horario de
atención siento nuevamente que desfallezco y empiezo a sentir mareos. El doctor
aplica técnicas de primeros auxilios para reanimarme. En recepción me indican que para el cultivo
con muestras de mi garganta debo de asistir sin lavarme la boca, y para la
radiografía en mi columna debo de estar en ayunas y con el estómago limpio, es
por eso que me aconsejan comprar un laxante para liberarme de residuos. Compro
la pastilla, la tomo con temor. Yo no me medico así nomás, yo no ingiero
pastillas muy a menudo; por eso tengo temor de los resultados, de lo que pueda
ocasionar. Llego a mi casa, me lavo la boca como me indicó el odontólogo. Tomo
esa pequeña pastillita y avizoro que me levantaré por la madrugada corriendo al
baño. Me echo a dormir, dejo la puerta del servicio abierta para no encontrar obstáculos
para cualquier evacuación inesperada. Son las seis y media de la mañana.
Recuerdo que el doctor me pidió que no me lavara la boca. Recuerdo que le juré
por mi mamita al odontólogo que me lavaría los dientes todas las mañanas. Estoy
en un dilema, ambos doctores me comprometieron y a ambos les prometí que cumpliría.
No me lavo, subo al carro con mi boca cochina para los análisis de escupe y
manejo presuroso. Mientras conduzco se me cruza un taxi, me cierra la pasada y
me da ganas de insultarlo, de arrojarle una grosería, total, no me he lavado
los dientes por lo que cabe la mención de que soy un boca sucia. Llego al
laboratorio, me atienden rápido. No me dijeron que me sacarían sangre, no me
gusta que me saquen sangre. Pongo algo de resistencia pero cedo, siempre cedo
al final. Ahora abro mi boca y me meten
un hisopo que me provoca vomitar pero no vomito, no tengo qué, no he tomado
desayuno. Luego corro a que me saquen la radiografía. Me piden que me quede en
paños menores y empiezan a tomar las muestras. Me toman especie de fotos en
diferentes posiciones y algunas poses me gustan, espero que las suba al Facebook.
Me visto. Presiento que algo se me olvida. Me voy a trabajar a penas salgo de
la clínica. Mientras laboro hago remembranza de lo acontecido, de lo venido a
menos que está mi salud. Ya estoy viejo. Paro cansado todo el día, con achaques
múltiples que se han ensañado conmigo. Con pérdida de memoria, escalofríos. Son las doce del mediodía y esa sensación de
que algo se me olvida queda descubierta con una flatulencia inesperada. El
laxante recién hizo efecto.
martes, 14 de mayo de 2013
Los que duermen
Siempre he tenido sueño, siempre tengo sueño. Cualquier época del año es buena para invernar. En épocas donde entendía que una buena manera de olvidar las cosas, curar enfermedades y encontrarme a mí mismo era dormir, no despertaba antes de las once de la mañana. En esas épocas mozas donde vivía feliz no era tan difícil leer, escribir, sonreír y soñar (literalmente soñar). Esta semana, en que decidí olvidarme de todo, he vuelto a probar de aquel afecto por las almohadas, de aquella dependencia del colchón. He regresado a las buenas costumbres de entregarme a Morfeo sin mirar el reloj, sin ser esclavo de ninguna alarma ni cualquier preocupación que me obligue a levantarme de la cama y salir a las calles donde las cosas siempre son más peligrosas. En una semana recobré lo que no ejercitaba hace un muy buen tiempo. (Porque dormir para mí es un ejercicio por el cual pude haber destacado y ganado alguna olimpiada si se premia esta competencia). Por problemas existenciales que me obligan a trabajar es preciso levantarme a las siete y cincuenta de la mañana como máximo para asistir a mi centro laboral. Es preciso también estar lúcido después del baño por lo que tengo que conducir mi humilde vehículo. Es un trauma diario despojarme de las sábanas, abandonar mis almohadas recientemente babeadas y despreciar ese calorcito acumulado toda la noche anterior. Y desde que practico este mal hábito de evitar la felicidad plena, he mandado a un sueño profundo, eterno, oscuro a algunos personajes que habitaban en mí. Está en estado de coma profundo aquel jovenzuelo que acostumbraba tomar por asalto uno que otro libro al mes y entregarse al buen arte de la lectura. Ha sucumbido al olvido el muchacho que producto de una buena lectura, veía a bien intentar escribir y subir sus impertinencias a un blog que es por ahora el cementerio de sus recuerdos. Se ha perdido sin dejar rastro el chico que jugaba fútbol, que gambeteaba algo más que oponentes para conseguir el objetivo del gol del triunfo. A quedado postrado el noctámbulo afiebrado que intentaba encontrar de noche todo aquello que de día había sido esquivo. Ha pasado a mejor vida el niño que soñaba, que soñaba sin necesidad de dormir. Estos y algunos otros que ya no recuerdo figuran en una lista resignada de personas desaparecidas, las cuales esperan un milagro o un programa televisivo que les permita retomar sus sueños y ser encontrados. Es importante mencionar que todos los personajes citados fueron vistos por última vez de noche, cerca de mi cama, con ropas ligeras y no dejaron huellas antes de partir. Corresponde reconocer que soy el testigo más importante si es que se iniciara algún tipo de investigación, por lo que guardo total compostura ante cualquier declaración porque podría ser usada en mi contra. A estos muchachos nadie los ha reclamado, por lo menos no con denuedo; pero cabe mencionar, que a pesar de sindicarme como autor intelectual de sus desapariciones, soy el que más los extraña. Esta semana han venido a mi cabeza uno por uno, con detalles importantes y cruciales si es que se intenta encontrar por lo menos sus cuerpos sin vida. Han venido a mí especies de epifanías con respecto a sus paraderos. He decidido adentrar en el bosque frondoso de mis sueños para buscarlos, para intentar rescatarlos; para darles descanso eterno si es que han fenecido. He decido aumentar las horas de búsqueda y dormir lo que sea necesario para dar fin a esta noble causa. Es preciso reconocer que los dones que han sido brindados por algún Dios misterioso, si han sido dominados, no se pierden del todo. Yo pude haber sido medalla de oro durmiendo, pude haber obtenido alguna distinción importante si es que se diera por esta competencia, arte sublime que significa babear abrazado a una almohada, en estilo fetito acurrucado en 5 metros de frazadas, sin obstáculos. Alguna vez fui feliz plenamente junto a los muchachos que hoy intentaré rescatar del olvido. Alguna vez fui una mejor persona cobijado por sábanas redentoras a las que hoy convoco. Alguna vez soñé delicioso de noche para poder soñar también delicioso de día. Soy un mejor tipo cuando duermo, lo he descubierto. Estoy pronto a rescatar de un sótano oscuro y desolado a unos muchachos que han sido secuestrados por el tiempo y aunque muchos dan por fallecidos, todavía hay gente que los espera: yo. Es momento de dormir…
martes, 9 de abril de 2013
Fuiste tú
martes, 5 de marzo de 2013
La playa
No me gustaba la playa, lo
recuerdo muy bien. Prefería mil veces una casa en medio del campo, rodeado por
árboles entre la caca de las vacas y los mosquitos insaciables. Cuando iba a la
playa me olvidaba del mundo y corría como loco. A pesar de que me embadurnaban
en bloqueador y usaba polos, terminaba rojo como un camarón (siempre usaron esa
expresión). Ser blanco no te hace más importante, te hace débil, lo sé yo. Los
únicos días que exponía mi piel a los rayos del astro rey, eran en épocas
veraniegas. Mostraba sin pudor las venitas que sobresalían, mis tetillas
empequeñecidas y mi ombligo saltarín. No me metía mucho al agua porque estaba
helada y porque no sabía nadar (ahora tampoco). Miraba asombrado a avezados
nadadores que se sumergían en las aguas como focas y nadaban hasta el fondo, hasta
donde no se divisaban y rezaba por si acaso, por si no volvían. Pero nunca fui
testigo de una desgracia, pues cual José Olaya, regresaban a la orilla
victoriosos. A mí me revolcaban las olas más pequeñas y tragaba litros de agua
salada que seguro alguno de esos valientes nadadores había meado. Mi madre siempre
dijo que la playa era más limpia que la piscina, entiendo por qué. Después de
haber sido libre como las mismas gaviotas, regresaba a casa por la noche a
sufrir los estragos de ser albino. Mi madre me disfrazaba de ensalada y me
ponía tomates por todo el cuerpo. Me untaban cremas que no ayudaban y me daban
un baño que no sabía calmar el dolor de ser blanco. Luego del bronceado asesino
al que sobrevivía porque no era mi hora, procedía a la muda de piel. Tardaba días
de días en terminar de pelarme y regresar a mi color natural, color papel bon.
Odiaba la playa. Yo quería que compren una casa en el campo y que veraneemos
ahí, lejos del mar. Con el tiempo me resigné a la idea del tomate por la noche
y empecé a cuidarme un poco más, a refugiarme discretamente en la sombrilla y
mostrar mi piel con cuidado. Al adiestrarme en el arte de no quemarme, entré en
el problema de no ostentar un cuerpo digno de la playa. Mi delgadez me confinó
a usar prendas que disimulen la falta de músculos y a utilizar más ropa de la
necesaria. Aprendí a nadar por necesidad. Me arrojé a la corriente marina
persiguiendo a unas chicas que me hacían señales desde el fondo pidiéndome que
las alcance. Llegaba a penas, peleando contra la marea, tragando mil de agua
salada, pero llegaba. El regreso era más fácil, sólo me hacía el muertito y el
mar sabio, se encargaba de devolverme. “No le tengas miedo al mar, pero sí
mucho respeto” – me dijeron alguna vez. Hice las paces con la playa un verano a
los doce años; un verano en que me quedé un mes confinado a escuchar las olas
golpear por la madrugada sin poder dormir por temor a un maremoto. Juro que
escuchaba a las olas acercarse y que sentía hasta los pies humedecer de miedo.
Aquel mes entendí que lo mejor de la playa no se encuentra al medio día y bajo
el sol; lo mejor de la playa está por las noches, a la luz de la luna. Caminaba
un buen tramo hasta una canchita de fútbol donde se juntaban chicas lindas y
chicos de mi edad. Si algo hice discretamente bien, fue jugar al fútbol. Eso
hice, matar mis penas con una pelota, al compás de los gritos de aquellas niñas
lindas y bien bronceadas, que sabían corresponder a mis jugadas peloteras. Terminaba
el partidito y regresaba a casa, esperando que nunca amanezca o que se haga de
noche rapidito para regresar a meter un gol. Aquellas noches duraron poco,
puesto que las chicas se cansaron de ver a un pequeño rubiecito y decidieron ir
a besarse al oscurito con sus chicos guapos. Yo regresé a la casa que
alquilamos y me encerré a contemplar atardeceres apoyado en la ventana que daba
al mar. Tengo que aceptar que ese verano descubrí los encantos del sol, el mar
y la arena que siempre se metía en mis calzoncillos. Ya más crecidito y
acudiendo a la playa para festejar año nuevo, empecé a disfrutar un poco más.
La playa permitía ver a mis amigas en prendas menores que mostraban sus dotes
de mujer. Acudir a la orilla ya no incurría en dolores por insolación. A pesar
de desenvolverme un poco mejor bajo el astro rey, siempre vi con mejores ojos a la
playa por la noche. Echado en la orilla, mirando un cielo llenecito de
estrellas. Intentar pedir un deseo con las estrellas fugaces y sobre todo si el
deseo aquel estaba echada al lado mío. A pesar de mis aventuras playeras, nunca
tuve un amor de verano que sepa recordarme aquellas temporadas con melancolía.
Nunca procuré un beso inolvidable próximo a la orilla. Hasta hace poco, escapándome
un fin de semana de la rutina que implica trabajar, descubrí que podría vivir
frente al mar. Me encantaría poder quedarme otro mes entero mirando las olas ir
y venir una y otra vez. Echarme en la oscuridad de la noche mirando un cielo
despejado e iluminado. Me encantaría quedarme un par de días corridos echado al
atardecer, sin sombrillas, bronceando mi cuerpo poco a poco. Me gustaría
veranear de verdad, y no un fin de semana. Caminar por la orilla remojando mis
pies, mirando el sol morir en un mar infinito en el cual nunca podré perderme. Me
gustaría que mis hijos tengan la oportunidad de hacer una sana costumbre todos
los veranos y no sufran lo que yo sufrí. Que aprendan a correr olas y que se
metan al mar sin que la primera ola los revuelque. Me gustaría casarme en
alguna playa, al atardecer, con pocos invitados. Me gustaría alquilar una casa
de playa todos los veranos, siempre en una playa distinta. Echarme en una perezosa,
tomar una cerveza helada. Me gustaría que el mar lave el tiempo en mi piel, que
el sol maquille las marcas de una vida que pasa rápido y dormir en la arena sin
temor de ver un reloj. Caminar descalzo, con el torso descubierto. Mirar
atardecer y por las noches, intentar pedir el deseo pendiente. Con el tiempo he
descubierto que al niño viejo si le gusta la playa, y que incluso, a veces, se
le antoja que lo disfracen de ensalada.
martes, 26 de febrero de 2013
El camino que no elegí
Entré al banco que conduce un cuy
en el año 2008, lamentablemente no tuve la oportunidad de ser entrevistado por
él, de conocerlo personalmente y escuchar su particular manera de hablar. Recuerdo
aquella mañana de verano en que dejé un par de papeles que acopiaban
información dudosa sobre mí. También recuerdo que adjunté una foto tamaño carné
que mostraba a un jovencito de mirada inocente y de peinado particular. Recuerdo el terno que nunca fue mío así como el cuerpo que sostenía
mi cabeza, un cuerpo que también tomé prestado. Si la elección de aquella
convocatoria se hubiera regido única y estrictamente por la foto, seguiría
desempleado. Dejé todos aquellos papeles chapuceros, impresos de manera improvista
y sin el menor optimismo. Los dejé sin imaginar que quizá aquella acción sería la
que cambió mi vida con mayor intensidad, la que me obligó a tomar un camino que
necesariamente no escogí pero del cual, todavía, no me arrepiento. Lo primero
fue capacitarme. Me llevaron lejos de todos, en verdad muy lejos. Nos
depositaron en un club enorme que nos alejaba de la civilización, que nos
confinaba a fumar alrededor de la piscina en conversaciones que nos salven de
la monotonía del día a día. Comenzábamos muy de madrugada, cuando el sol
todavía no terminaba de alojarse en un cielo limeño donde el astro rey siempre se
hace esperar. Desde el vamos se peleaba por ocupar una ducha, y se rezaba con
una fe inusitada porque caiga agua caliente que suavice el frío capitalino. Se
escogía la camisa y corbata que nos acompañaría por lo menos unas doce horas
hasta regresar a esa cárcel con lujos limitados. Se corría al comedor a meterse
algo a la boca, tratando de cumplir con la obligación de alimentar un cuerpo
que no sabía ya de retozos dignos de un ser humano. Luego de engullir algo al
azar, depositábamos nuestra humanidad en un bus austero que durante una hora de
viaje, se convertía según sea el caso, en un hostal para los enamorados o en un
hotel para los que buscaban sosiego. Era el lugar donde nos sentíamos más libres. Ese
bus en su hora de recorrido servía de refugio para lo que el placer proponga. Esa
capacitación reunía gente de todas partes del país y nos ilusionaba con la idea
de haber ingresado al mejor trabajo del mundo. Nos indujeron a dibujar una
sonrisa imborrable en nuestros rostros, sobre todo para cualquiera que se
definiera como cliente. No adoctrinaron en el arte de la falsa educación y
cultivaron sin reparo, el miedo a perder dinero que obviamente tendríamos que
reponer; y a estar dispuestos a cualquier tipo de juerga improvisada que
pudiera presentarse. Ingresamos incrédulos al que también llamaban “el banco
del amor”. Quien no besó a alguien de su entorno laboral, simplemente no
trabajó en el banco. Se entremezclaron unos contra otros en variadas oportunidades
y ocasiones. Se inventaron amores y romances, roces y coqueteos. Todos los
grillos metidos en una misma olla. Pasé dos años y medio contando un dinero que
nunca fue mío. Conocí gente a la que hoy recuerdo con cariño, otros pocos me
siguen acompañando incondicionalmente. Tuve la oportunidad de ascender y ser
enviado nuevamente a una capacitación. Esta vez nos encerraron en un hotel
putanesco que permitía besos, abrazos, roces, infidelidades y borracheras.
Aquel hotel de nombre casquivano guarda secretos que prefiero no conocer pero
sin embargo, imagino casi al detalle. El banco que rige un cuy adinerado,
también me permitió iniciar un camino de independencia personal. Me compré todo
lo que me hizo falta y me permitió conocer el valor del dinero en toda forma y
sentido. Me abrió las puertas de una vida que planeé de manera discreta. Me
permitió algún tipo de desarrollo y me sigue formando ambiciosamente en propósitos
alejados de la humildad. El banco compró mi libertad y me volvió esclavo suyo.
Con este trabajo del cual sigo aprendiendo mucho, perdí inocencia y alejé al
niño que todavía vivía en mí. Adopté una posición de adulto responsable y castigué
algunos sueños que todavía avizoran en la penumbra. Aquel banco de reputación
ostentosa y de ambiciones descomunales, me permitió crecer. Estoy a punto de
cumplir cinco años en un lugar que considero mi casa. He firmado un contrato
que me reconoce miembro de ese hogar, y recuerdo, que la última familia a la
que pertenecí, aquella que casualmente dejé en el año que me integré a ésta, en
su momento me obligó a escapar, a huir despavorido. Todos los recuerdos en esta
ciudad, las anécdotas más risibles, los peores momentos, las metidas de pata,
los aciertos milagrosos, los amores y desamores, los bienes que poseo… se los
debo todos al banco, y se los debo con una tasa de interés especial.
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