He de confesar que estoy triste;
amarte a ti nunca fue fácil. Hoy soñé despierto, nunca tan lejano de la
esperanza ni tan cercano de la convicción. A pesar de haber sufrido tantas
veces por nuestros tropiezos, y de haber ganado tanta experiencia por esas
cosas que siempre fortalecen, hoy una penita insidiosa, punzante, sincera, me
invade en medio de la tranquilidad de la noche. Decoré mi casa con tus colores
y me adorné yo también, convencido de
todas las alegrías, con todos los boletos comprados para vernos felices. Pero
no pudo ser, esta vez no fuiste tú, no fui yo; esta vez aunque suene mil veces
trillado, fue el destino que sigue llenándonos de experiencias poco agradables
para terminar de hacernos fuertes, para pulir expectativas. Pero como dice la canción: amores que matan,
nunca mueren. Yo he decido no morir de amor, porque de otra no me queda. Porque cuando el amor no tiene cura, no
queda más que seguir amando, aunque en ello, se nos vaya la vida. Entonces,
cada vez que te vea, vestiré los mismos colores. Cada vez que se entonen tus
notas mi mano encontrará mi pecho. Cada vez que te caigas, nos levantaremos
juntos. Y cada vez que nuestro amor entre en penumbras, y las dudas de siempre
vuelvan a asomar, y los mal intencionados encuentren un motivo para lastimarte,
nos agazaparemos en el tiempo para buscar una
nueva oportunidad de ser felices, juntos, siempre juntos. Soy el amante
maldito que aún cree en nuestro amor tórrido y tormentoso. Soy todavía el
esclavo de tus caprichos, pendiente de tus momentos. El enamorado eterno, sin
arrepentimientos, sin excusas tontas, que hoy sufre orgulloso de su dolor, de
nuestro dolor. Los amantes malditos, como yo, como muchos otros que andan
detrás de Ud., he de sufrir de amor. Nos volveremos a ver, y será como la
primera vez. Dormiré con mi tristeza, pero orgulloso de mi amor por ti. Hasta
que mi corazón se canse de latir, y quizá un poco más de aquella posibilidad:
Te Amo Perú...
Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
martes, 30 de junio de 2015
martes, 23 de junio de 2015
Coral
Rarísimo. Que estemos tú y yo en
mi habitación, en tan cálido ambiente, solos. Tu presencia femenina ha caído de
mil maravillas en la casa y yo he empezado a cogerte un cariño desinteresado,
sin maldad, inusual: rarísimo. Si he de
aprovecharme de algo en esta, nuestra soledad casera, es de tu confianza y nada
más. – Te pido las disculpas del caso,
por si es que ya has tenido la desafortunada experiencia, de verme rascándome
los genitales en la casa, y no por encima del pantalón de turno, sino metiendo
mis delicadas manos en la entrepierna, de manera tan desagradable e intuitiva.
No sé qué me pasa, ni en qué momento adopté manía tan impropia, pero me he
sorprendido varias veces, con personas ajenas al departamento, en tan incómodo
ejercicio, disculpa, en serio. Si me ves en tal situación avísame con toda la
confianza del mundo, recuérdame que no está bien y que si lo hago, me lave las
manos, por favor, te lo agradeceré. Cuando dormimos juntos, ¿ronco? Yo creo que
no, pero no puedo afirmar eso, ¿es ilógico verdad?, ¡estoy durmiendo! Ya pues,
dime. O quizá peor, me muero de la vergüenza. Quizá y tiendo a lanzar
flatulencias, eso si no tiene perdón. Es que no sé qué me pasa, ando rejodido
con los gases. Me hincho como globo y el pantalón me empieza a apretar y siento
estallar. Despierto guardo compostura y me despojo del mal con discretas ventosidades,
obvio que en absoluta soledad. Pero supongo que en la noche, en estado de
inconciencia total, despojo literalmente, lo peor de mí. Si fuera el caso, y
recurriendo a la confianza que empezamos a tener y a tu sinceridad, despiértame.
Yo abro la ventana, recurro a cualquier aromatizante y asisto a un lugar
adecuado para aliviar mi pesadez. A pesar
de esos impases que espero corregir te veo bien. Con las pocas semanas que
tienes por acá, veo que has tomado de manera natural posesión de la casa. Estoy
feliz de que sea así. Más bien, déjame felicitarte. He visto pocas veces
alguien tan limpia como tú. Todo en su lugar. Tu delicadeza me tiene encantado.
Otra pregunta: ¿me ves viejo? ¿Qué edad me echas? Mejor no me respondas porque
sé que por educación no me vas a decir la verdad. Yo me veo fatal. Compré y
armé esa mueble para hacer deporte por gusto, ¿si recuerdas no?, yo en el piso
haciendo mi mejor esfuerzo y tú dando vueltas, viendo con curiosidad. ¡Por
gusto! Me resigno a ver como mi barriga gana terreno, se agiganta con el
tiempo. Me veo desnudo en el espejo y me deprimo. Mi cabello también está
fatal. Suerte que no nos conocíamos hace un par de meses, cuando una venezolana
confianzuda arruinó mis expectativas y me cortó como cualquiera de esos
peloteros confundidos: bien pegadito a los costados y en el medio, una mata de
cabellos extravagante. Te hubieras matado de la risa. Yo me quería morir, matar
a alguien. Como te comentaba, me veo gordo, cada vez menos cabello, y encima
pedorriento. Cruel mi destino, no te parece. Estoy cediendo al tiempo. Ahora
tomo energizantes para el trajín del día y relajantes para dormir. Yo que no
tomaba ni pastillas cuando estaba enfermo. Otro síntoma de vejez prematura. En
cambio a ti te veo saltando y corriendo, te veo bien. Aprovecha tu juventud, en
verdad es un tesoro divino. Pero cuéntame algo: ¿Todo bien? ¿Qué te parece el
vecindario? ¿Sientes frio en las noches? ¿Te molesta algo? ¿Soy muy espeso, no? Nada. Ya
no te fastidio con mis cosas. A veces es bueno conversar y tú tienes ese don
que pocos tienen, el don de escuchar. – Le confieso, le cuento mientras ella me
mira, siempre reposando sobre mi cama. Sus ojos grandes, atentos a cualquier
movimiento, con sus ojos preciosos cerrándose de rato en rato pero
escuchándome. Siento incluso que lo haces con cariño. Gracias por tu compañía
Coral.
miércoles, 20 de mayo de 2015
III.- La última hoja del libro
El olor de sus cabellos. La
primavera entera envolviendo el ambiente. El aroma a flores impregnado en su
piel. Se sitúa en el centro de todo, en el ombligo de tan hermoso paisaje. Indeciso:
- ¿el sur o el norte? – se pregunta. El albo tapiz, de aroma a Jazmín lo invita a caminar con la yema de sus
dedos, los cuales se desplazan descalzos, de puntitas. Por el norte, firmes y
erguidos, dos copos de nieve adornados por cerezas carmesí, como banderas
dulces en lo más alto de aquellos montes delicados, firmes. El saborea despacio
y con placer sinuoso la miel de aquellas frutas prohibidas hasta hoy. Lame el
dulce encanto materno con los ojos abiertos, apreciando el paisaje, registrando
en su memoria su primera visita al par de nevados más tibios y acogedores en los
que haya tenido el placer de reposar. Sus manos han tomado el camino contrario,
han decidido visitar el lado sur de aquel cuerpo invadido. Se han encontrado
con prontitud en una curva de peligroso acceso. Sus manos temblorosas han
bordeado con cuidado el abismo que puede hacerlo caer en la perdición. Han
sorteado con éxito las parábolas encendidas y han llegado al valle sagrado,
donde el tesoro más valioso se ha visto descubierto. Kevin está extraviado y
sin intenciones de encontrar una salida razonable en el cuerpo de Fabiola. Está
totalmente perdido, anonadado por tan hermoso paisaje. Lo observa todo, como
sintiéndose el descubridor de un nuevo continente. Ella, blanca como la nieve,
se presta para el precioso contraste entre su piel y las sábanas moradas de su
habitación. Echada, retorciéndose de placer, cruzando las piernas, se toma los
pechos, todo con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior entre
movimiento y movimiento. Kevin con el torso desnudo y apurando en minimizar el
rigor de su correa, intenta no arruinar el momento, intenta encontrar la nota
siguiente en la sinfonía del momento. Todo comenzó con la tan ansiada salida a
solas, siempre acompañados de una copa de vino que él ha sacado solapadamente del
bar de su papá y que ella no está acostumbrada a tomar. Un Malbec, una casta de
uva originaria del sudoeste de Francia que ha invadido los dos cuerpos por
igual. La conversación se puso amena y empezaron con las risas, los juegos, las
confesiones más indiscretas. Los roces involuntarios, las miradas cómplices.
Solos en la casa de Fabiola, azuzados por el vino, con una evidente atracción
del uno por el otro. Las luces bajas acompañando el momento, la música pasando
desapercibida. Ella se ha sentido tocada por la sepa francesa y él, un
caballero la ha llevado hasta su habitación para que repose. Ella, en un acto
de inconciencia pura se ha despojado de sus prendas, quedando en aquel diminuto
juego de ropa interior rosado. Él no tuvo tiempo de reaccionar, solo fue
testigo del despojo de sus prendas. Y entonces, enfundó su espada, se armó de
valor y ejecutó la orden de invasión. Adiós
diminutas prendas rosadas. Ella tendida sobre sus sábanas. Él observando al
enemigo rendido, a punto de coronarse rey. Nada puede salir mal. Sólo que él la
quiere, y la culpa lo invade más rápido de lo que el vino los invadió a ellos.
Fabiola está dormida, acurrucada desnuda en los calores de sus sábanas;
indefensa, delicada, expuesta. Kevin ha comprendido que no es la mejor manera
de dejar huella. Se ha levantado, y sin decir adiós ha tomado la gallarda
decisión de partir. No quiere ser un visitante más, no quiere ser inquilino
momentáneo en el cuerpo de Fabiola. Él ha escogido marcarla de otra manera. Fabiola
se ha despertado antes del amanecer, sometida por el frio de la madrugada. Se
ha encontrado desnuda en su habitación, sin mayores referencias de lo que haya
podido suceder. No quiere pensar en la escena más evidente. Ha caído en las
redes de aquel muchachito resabido. Ha sido víctima de la astucia de Kevin.
Siente el vendaval de culpas en medio del silencio de la noche. No va a poder
dormir. En su cabeza está la idea de alejarse, de dejar todo ahí y no lastimar
a nadie, en especial a ella. Ha decidido de manera irrefutable voltear la
página, cerrar el libro. No quiere hacerse la víctima, ha cooperado con lo
sucedido. Fabiola no sabe con exactitud lo que ha pasado, pero se imagina todo.
Y si de algo está segura, es que sabe respetar sus decisiones, y acaba de tomar
una: - Esta es la última hoja del libro – se ha jurado.
miércoles, 29 de abril de 2015
II.-La amenaza de tu presencia
Le han tocado la puerta de la
casa muy temprano, como todos los domingos. Kevin se ha levantado de un salto y
se ha puesto las goleadoras para la pichanga de los domingos, con la gente de
su barrio. Mientras camina a la canchita de fútbol a unas cuadras de su casa,
lee una y otra vez el mensaje que Fabiola le envío la noche anterior: - “Me
encanta como bailas” – dice de manera escueta. Pero Kevin lo lee varias veces,
como intentando descifrar algo, como queriendo estirar aquel mensaje nocturno. Sus
amigos lo saludan. Se arman los equipos, se pacta la apuesta, comienza el
partido. Kevin ama el fútbol, corre por su sangre morena la ilusión de ser
descubierto. Ahora no espera ese golpe de suerte, de ser visto por un caza
talentos, de llegar a ser profesional. Lo que él desea con todo su corazón, es
que Fabiola lo vea, dedicarle un gol, respirar nuevamente el aroma de sus
cabellos rubios. Fabiola a esa hora se encuentra durmiendo en ropa interior,
todavía con el ligero maquillaje que ha utilizado la noche anterior, envuelta
en sus sábanas moradas, sin intenciones de salir de su cama. Se despierta por
el ruido que provocan unos niños al costado de su casa, donde realizan recepciones
y eventos sociales, los quiere matar uno por uno. Sabe que no podrá dormir
nuevamente, que su sueño se ha visto interrumpido y debido a que no tomó mucho
la noche anterior y no es víctima de la resaca, ha decidido ir al gym, hacer algo productivo por su vida. Se cambia rápidamente, sin bañarse, es domingo.
Sube a su lindo carro rojo, el cual huele riquísimo. Pone primera y arranca despacito. Prende la radio y suena la
canción que bailó la noche anterior, una de la Charanga Habanera. Recuerda
todo: a sus amigas borrachas, Kevin y
los peloteros, la pierna amiga entre sus piernas, su oreja siendo mordida por
el chibolo picarón. Se ríe ruborizada mientras el semáforo la de tiene en rojo.
– ¡Ay Fabiola, ay Fabiola! – se reprende. Juró no meterse con más gente de su
trabajo, sobre todo de su oficina, sabe que es un gran problema. Ella siente
que ya ha superado ese tipo de incidentes y si tiene algún tipo de affaire debe
de ser con la absoluta discreción del caso, sin muertos ni heridos, cosa que no
pasa en su trabajo, donde todos bailan
al son del chisme mal contado. Entonces él piensa en ella, desde la canchita
de su barrio, donde se luce con su quimba y su regate. Entonces ella piensa en
él, confundida, complicada; haciendo la misma rutina de siempre, conversar por
teléfono, escuchando música, mientras los pocos chicos que se han levantado un
domingo y han ido al gym, le miran el derriere. Kevin quiere responder el mensaje, preguntarle
cómo amaneció. Fabiola quiere morirse, no quiere verlo el lunes en la oficina y
sabe que lo mejor es hacerse la loca, como siempre, el tiempo olvida. Kevin
está planeando decirle para ver una película, invitarle un roncito. -La gringa
debe de ser polla – piensa. Fabiola llama una por una a las borrachas de sus
amigas, intentando saber si están bien. Un par de ellas han amanecido en casas
que no son las suyas. – Que pedacito de putas – dice en voz baja. Kevin la tiene
clara, "la Fabiola" le gusta. Fabiola no entiende nada, ese mocoso está para el
recreo, algo del momento, sin comentarios posteriores. Kevin por fin piensa en
otra chica que no sea su ex enamorada, con la que pasó los últimos cuatro años
sacándose la vuelta una y mil veces el uno al otro. Fabiola recibe una llamada
de su ex enamorado, el que pudo ser sin duda el padre de su hija, esa que añora
tanto su mamá, y no fue simplemente porque ella es así: se aburre, se asusta,
se protege; no lo sabe bien, sólo regresa a su amada soledad. Kevin se siente
ilusionado, con ganas de demostrar que puede ser un tipo interesante. Fabiola
se siente algo borracha, amenazada, con dudas, con temor a su presencia y a lo
que pueda ocurrir. Mañana será lunes, lunes otra vez, y se verán nuevamente las
caras.
lunes, 23 de marzo de 2015
I.- Me encanta como bailas
A mis treinta años siento que he
vivido bien. Soy una mujer realizada, independiente. Trabajo en un banco donde
he sabido resaltar no solo por mis piernas. Con más de nueve años laborando he
encontrado cierto grado de estabilidad a pesar de las envidias. Jamás pretendí
ser una santa. Me he tirado un par de canitas al aire, y algunos compañeros
también. Pero siempre he tenido el buen tino de escoger a mis cómplices de
momento, con los que comparto un buen vino, un buen rato y ya. Nunca he pensado
en ser mamá o tener una familiar, quiero disfrutar un ratito más de los bueno
de la vida. Mi madre, que reza incansable por mi bienestar, está pidiendo una
nieta linda como yo. Lo que no sabe es que en mi plan de vida a corto plazo,
busco algo que no sea nada corto ni delgado, quiero algo que me llene de
verdad, busco vivir. Todo estaba bien hasta que llegó a la agencia en que trabajo
Kevin, un chico de sonrisa fácil, coqueto él. Con toda esa pinta de peloterito
de Alianza Lima, fue ganándose espacio en la agencia, destacando por sus
ventas, por su buena onda. El mocoso ése con veinticinco primaveras reguetoneras
se metió media oficina en el bolsillo a punta de buen humor. Desde el principio
me di cuenta que con discreción me mirada el poto al pasar, que se acercaba con
cualquier excusa a mi oficina sólo para conversar un ratito. Aquella noche en
la discoteca, en una de esas reuniones laborales, el muy atrevido se animó a
sacarme a bailar una salsita, quizá creyendo que no me iba a defender. Se llevó
una gran sorpresa al ver que esta gringa sofisticada tira su rico dance, que
trae el sabor en las venas. Ese fue el momento donde quedó prendado, donde se
llevó el olor de mis cabellos rubicundos hasta su propia almohada donde empezó
a soñar conmigo. Debo admitir que el chico bailó muy bien, y un chico que baila
bien, para bien o para mal, siempre llama la atención. Ayudados por la rutina
empezamos a conversar un poco más, a almorzar juntos en la oficina con los
muchachos. Él siempre riéndose de mis chistes, prestándome una atención
particular. Yo haciéndome la rica, arreglándome el cabello, metida en mi
celular y en mis conversaciones triviales. El mocoso me empezó a llamar los
fines de semana, preguntándome por los planes que tenía. El muy vivo sabía de
mi independencia, de que vivía sola, había escuchado de algunas aventurillas
que había tenido por ahí (claro, siempre sin confirmar) y se ofrecía de manera
muy sutil a ser una de ellas. Yo siempre he tenido un as bajo la manga, algún
amigo cariñoso que entiende mis códigos y se preste para romance sin
compromiso. Un fin de semana cualquiera salí con las locas de mis amigas, todas
regias y alborotadas nos fuimos a tomar unos piscos sours a un huequito que me
encanta. Con dos vasos ya bailábamos bachata apretaditas. Nos fuimos al
salsódromo del centro bien entonaditas. Él estaba ahí, y me vio a penas entre
al local. Parado con unos amigos en la barra no me quitó los ojos de encima y
se acercó algo dubitativo al rato, se aproximó con todo su equipo de fútbol. Me
sacó a bailar, sentí su mano apretando mi cintura, su respiración en mi cuello.
Me cantaba las canciones al oído el muy vivo, y yo cerraba los ojos. Su pierna
entre mis piernas, como buen salsero, moviéndola con ritmo. Primera vez que
sentí al muchacho como un hombre. Kevin aplicaba sus mejores pasos de baile, intentaba
sorprenderme, como el chibolo que es. Me mordió la oreja, me dejé. Sentí un
bulto elevarse entre paso y paso de baile. Nuestros cuerpos bailaban salsa,
pero pedían reguetón. Mis amigas estaban aburridas, no eran hinchas de ese
equipo de fútbol con los que había venido. Me llevaron al baño, querían ir al
local de la esquina donde tocaban música electro y se horneaban gratis. Me fui
con ellas, sin muchas ganas de irme. No me despedí de Kevin, sólo le mandé un
whatsapp que decía: me encanta como bailas.
lunes, 16 de marzo de 2015
El sueño de las letras
Alguna vez lidié con la loca idea de vivir de las letras, de vivir
de mi imaginación perturbada, del ocioso arte de escribir. Desde muy pequeño,
desde mis épocas más tiernas, me entregué a unos versos confundidos escondidos
en un cuaderno rojo que todavía guardo con la inútil esperanza de que en un
momento póstumo, sean más que recuerdo. Allá, en el lejano dos mil siete, cuando
era flaco y en el amor creía; inicié la recapitulación de mis historias
entreveradas, de la remembranza irónica y desordenada que almacenaba en mi
cabeza. Mis aires de escritor se afianzaron cuando un años después, por el dos
mil ocho, decidí escapar de casa y vivir solo, con la idea de dormir en un
colchón alojado en el piso, de almohadas mis libros piratas, libros que todavía
cobijan mis sueños extraviados entre sus párrafos. Caminaba muchas cuadras para
cortar la peluca rubia que llevaba en la cabeza, tratando de dar forma a mi
bisoñé bohemio, de izquierda a derecha, cubriendo mi frente, al mejor estilo de
Bayly. Y es que leía todos sus libros, miraba todos sus programas. Me parecía
genial la idea de ser como él. Sentarme dos horas, hablar de mí, siendo yo la
noticia y teniendo mis propias exclusivas. Burlarme de todos, especialmente de uno.
Decir un par de estupideces que diviertan a la gente y dormir hasta las tres de
la tarde todos los días. Todo este círculo vicioso estaría mantenido por un sueldo
nada despreciable que seguiría alimentando esta rutina fascinante. ¡Yo quería
ser como Bayly! Y en innumerables ocasiones he recibido el comentario halagador
de imitarlo muy bien. Entonces me dediqué a mal alimentar mis ganas de vivir
fácil, de ser el centro de la atención y de vivir de mi propio escándalo. Escribí
de manera afiebrada muchos años. Con el transcurrir del tiempo, este interés de
ser escritor pasó a segundo plano y la terapia sanadora de contar mis cosas y
burlarme de todo fue ganando terreno. Escribí sobre la rutina, lo cotidiano.
Escribí sobre varias amantes furtivas que recapacitaron en su idea de compartir
fluidos. Escribí sobre algunos amores que no prosperaron. Sobre el fútbol.
Sobre Dios. Sobre mi Madre. Ahora, tras haber recorrido varios caminos que
llevo en mi interior, he perdido el rastro de ese sueño infausto de ser escrito
y dedicarme a las letras. He perdido en ese camino azaroso la pluma mágica del
delirio y la brújula pícara de los recuerdos valiosos. Ya no seré como Bayly,
estoy convencido. Pero algunos párrafos afortunados encontrarán asidero en el
tiempo. Soy un muchacho frustrado por mil razones, una más será las ganas de
escribir aquel libro soñado, leído, expuesto en alguna vitrina de cualquier
librería en la sección de oferta por sus minúsculas ventas. Mi baúl de los
recuerdos ha sido saqueado por el tiempo y todo está desperdigado. Hago honor a
las memorias de un desmemoriado, ya sin ningún afán sádico de por medio. No sé
si baste para complacer la vanidad encomiable que albergaba mi corazón por
dejar algo antes de partir, pero me divertí mucho en el intento de ser
importante a mi manera. Saldré a caminar más, me esforzaré por grabar momentos
nuevos y me esforzaré el doble por recordar algunos otros. Compraré un boleto
al mundo de las letras y ultrajaré algún libro inocente. Todo por ser ese
personaje antojadizo que quise ser con poco éxito. Hoy empiezo la vigilia por
encontrarme. Buscaré a Bayly en los libros y en la tele. Quizá me
encuentre un poco a mí.
jueves, 12 de febrero de 2015
La ventana mojada
Como kamikazes golpean una y otra vez las gotas
suicidas mi ventana, de rato en vez con furia denodada. El sol ha perdido
protagonismo y se solapa tras nubes negras que han invadido el cielo de la
ciudad. La tarde invita a refugiarnos en el calor hogareño de nuestras sábanas
ya no tan blancas, y un café caliente sin ningún percance nos puede acompañar.
Afuera todo está mojado, todo está gris y me gusta un poco. Recuerdo claramente
mis primeros años en el departamento, desde el cuarto piso, observando todo sin
moverme. Una estatua desde la ventana mirando llover sobre mojado, las calles
hechas riachuelos y la gente apresurada buscando refugio. El frio también ha
ganado terreno en este verano raro al que está acostumbrada esta ciudad
orgullosa. Puedo dormir todo el día sin distinguir la mañana de la noche. Si es que el clima influye
verdaderamente en el ánimo de las personas, este tiempo lúgubre me invita a
recaer en sanas viejas costumbres apegadas a las letras, a esa melancolía
necesaria para ver la vida de otra manera, para revisar lo pendiente, para
deprimirse un poco, para escribir. Afuera en el ambiente todo es gris, las
nubes llegan cargadas de amenazas de aluvión. Pero no hay mal que por bien no
venga. La naturaleza es sabia y toda esta ola de frio y lluvia pone el cielo
gris pero al llano, por donde nos olvidamos que transitamos diariamente, las
cosas mejoran, las plantas se empachan de energía y el verdor de los paisajes
gana fuerza. Las represas de la ciudad se abastecen para los meses venideros.
Mientras todo actúa de manera natural allá afuera, yo abrazo mi almohada,
viendo todas las películas que encuentro. De rato en rato le pregunto a Dios
qué pasa si no salgo de mi cuarto, si no voy a trabajar, si cumplo mi sueño
ermitaño de guardarme en mis aposentos y vivir de mis propias costumbres. Le
pido a Dios una razón que justifique mi asistencia al trabajo. Entonces, el
viento sutilmente golpea mi ventana, traslada las nubes grises sobre mi casa.
Un susurro lejano pero claro me responde: ¡porque eres pobre animal! Entonces
me siento privilegiado de mi ausentismo de la sociedad, porque veo las cosas
más claras, porque a este paso podré rozar la sabiduría negada en un par de
semanas. La lluvia me invita a salir a caminar, como a mi me gusta. Bien
abrigado, con un saco que me dé ese aire de escritor extraviado. Con una
chalina que abrace mi cuello dándome aires de conocedor del mundo. Con aquellos
lentes de descanso que nunca utilizo, ni cuando estoy cansado. Con un cigarro
que seguro me mareará. Salgo con ganas de caminar sin rumbo, de mojarme un
poco. Pero es imposible, las calles son ríos. Puedo morir ahogado en el intento
y todo pasa por mi cabeza mientras me ubico frente a mi ventana, donde el
tiempo no existe, donde me he perdido tantas veces. Desde donde mentalmente
escribo todas estas palabras extraviadas. Todo transcurre mientras allá afuera,
sigue lloviendo sobre mojado, como canta el buen Fito.
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