domingo, 8 de octubre de 2017

Promesas pendientes

Aquel almuerzo pendiente desde hace varios años atrás, debido a una apuesta tonta que perdí por terco, por afanoso de mi mala memoria, por creer que siempre tengo la razón. Esas veinte luquitas por el doble o nada que aceptaste después del primer partido que me ganaste jugando play station; un segundo partido que sacaste adelante por suertudo, por una falta mal cobrada y después de que todo el partido estuvimos metidos en tu arco. El viajecito pendiente que nunca encontró fecha de pago, que nunca coincidió con mis vacaciones o presupuesto económico. Empezar de manera definitiva el gimnasio este lunes, sin falta alguna, sin más excusas, ni peros, ni postergaciones de último minuto. No volver a tomar más, o por lo menos hasta estos extremos, que provocan resacas épicas. Llegar a la hora acordada y no hacerme el loco una y otra vez como si nada de nada pasara. Ese bebé planeado con tanto amor, con nombre en caso sea niña o niño. Sacar al perro al parque todas las mañanas, por lo menos media hora diaria, de paso yo también hago abdominales. Comprar los muebles nuevos que mi gata destruyó debido a que anda estresada en la nueva casa, pero no es culpa suya, los espacios son muy reducidos para su gusto. Cocinar los fines de semana, todos los fines de semana a partir de la fecha. No volver a comer de noche y tomar por lo menos dos litros de agua al día. Leer ese libro postergado casi dos años, en la misma página 53 que no puedo derrocar. Terminar mi carrera, aquella que le prometí hace unos años atrás acabar a mis padres quienes me recuerdan que sin el título no se va a ninguna parte, que el tiempo pasa y después las empresas no van a considerarme por mi edad. Ir a misa los domingos, por lo menos dos veces al mes con confesada de por medio, eso me hará vivir en paz. Ir al dentista otra vez, aunque que quede claro que no me duele ninguna muela. Pedirle perdón a papá por chocarle el carro, y si, estaba borracho. Aprender a manejar bicicleta. Comprarme una nuevas zapatillas para jugar fútbol, porque las goleadoras de ahora, aunque siguen igual de efectivas, no son las mismas; ya se ve mi dedo gordo. El viaje a Europa que tantas veces soñé y terminé desbaratando por miedo a los yihadistas. Dejar de vestirme con esos colores tan llamativos los cuales mis amigos repudian. No mentir. Ser más tolerante. No comprar cosas que no necesito. Aprender a tocar piano. Inscribirme en clases de salsa. No volver a llegar tarde. Decirle a la chica que me gusta si quiere ser mi novia. Cambiar mi sentido del humor tan tirado al sexo (¿queeeé?) Tener el valor de decirle que esto ya no funciona. Pedirle perdón por la vez que la hice sentir tan mal y llevarla a las lágrimas. El tatuaje que tanto miedo me da. ¿Quieres casarte conmigo? Empezar a ahorrar. Tomar esa pastilla que me hagan dormir para siempre. Raparme el cabello. Hacerle el baile sensual que siempre he querido hacer. Dejar esta mala vida. ¡Ser feliz!

Cualquier promesa que hayas hecho, cualquier pendiente postergado por iluso, por cada vez que hayas relacionado tu error y/o derrota con el pago de una apuesta mal pactada.  Llegó la hora de honrar tu palabra por el: “cuando Perú llegue al mundial” con esa sonrisita burlona. A partir de este martes 10 de Octubre y con la mayor de las alegrías y júbilo reprimido en nuestra conciencia, pagamos todos, pagamos todo. ¡Perú a Rusia 2018! 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Sueño cumplido

Sentía la bulla del estadio lleno, cómo vibraba. La algarabía de la gente, los cánticos, el remesón estruendoso de la hinchada esperando al equipo de sus amores. Toda una vida viendo los partidos por televisión, soñando con siquiera ir al estadio para desbordar mi pasión; y ahora, calentando con el equipo titular, viendo a todos aquellos referentes, corriendo al lado de ellos, preparándome para cumplir un sueño de niño. Estoy a minutos de salir a la cancha, de que miles de niños como alguna vez lo hice yo, me alienten con la única intensión de cosechar un triunfo más, de conservar la supremacía de nuestro equipo. Heme aquí, forrado con los colores de un sentimiento que me hace tiritar las piernas. Tanto tiempo entre las divisiones menores, tanto tiempo abrazando la idea de un sueño que se hace realidad. El niño ha crecido y hoy tiene la oportunidad de demostrar que está listo para el ruedo, que ya es un hombre. Entonces nos reparten las camisetas, la piel que quiero defender. El número que me corresponde es el 30, estoy emocionado. Ya con el uniforme puesto la algarabía es aún mayor. No cabe la emoción en mi pecho. Me veo en la puerta del túnel listo para saltar al gramado. Estoy cumpliendo mi sueño de niño, estoy tocando el cielo con las manos. Estoy viviendo un momento único. Siento que la felicidad existe, que es este momento. Veo la película de mi vida pasar frente a mis ojos.
Así me siento viéndola partir, haciéndome un adiós cariñoso con la mano mientras ingresa al quirófano. Yo vestido de azul, como doctor neófito orgulloso de su carrera. Sólo tengo el celular en la mano y una emoción inmensa en el pecho. Ella me ha mandado un beso volado como último regalo antes de darme el milagro que incluso llevará mi apellido. La espera previa fue como el calentamiento, como si fuera a estrenarme en la Champion League con el Barcelona, en el mismísimo Camp Nou frente a noventa mil personas. De pronto, y entre tanta divagación la doctora me dice que la acompañe, que es mi turno. Recorro ese pasadizo bien iluminado, nada parecido a esos tránsitos horrendos de las películas antes de una operación. Me detiene frente a una puerta, que hace las veces del túnel antes de llegar a la cancha. Los doctores intervienen a la futura madre  con  oportuna paciencia, mientras  el otro lado de la puerta, el niño a punto de cumplir su sueño, ve toda esa tremenda hinchada aunarse en favor de su club. Me dan el visto bueno y raudo ingreso a ese limbo mágico dónde el tiempo no existe. Me pierdo en el momento y veo toda esa mágica sensación hecha materia. Impávido trato de inmortalizar cada instante con mi celular sin saber qué grabo. Veo a ese pequeño de color morado cubierto por una especie de talco, desesperado por hacernos conocer que está vivo. Veo a ese pequeño ser conociéndonos a nosotros también. Quedo perplejo, congelado, inmóvil. Mi sueño hecho realidad. Escucho a la afición cantar las canciones de siempre. Yo en el medio, un espectador más. El tiempo se detuvo frente a mí. Yo me detuve con él.
El sueño que soñé tantas veces se encuentra frente a mí, y caen una tras otra lágrimas de emoción. Él, como cómplice de la situación, ha postergado su llanto y parece conocerme, reconocerme como su papá. ¡Bienvenido! Le digo en voz baja…

La felicidad existe, la he visto frente a mí. Mide 49 centímetros, pesa 3 kilos. Sueño cumplido…

lunes, 21 de septiembre de 2015

Las muestras

Ha pedido las llaves de la casa de playa, quiere que estén solos y enamorados. Verónica ama a Federico, lo ama con locura. Fede está loco por Vero, despierta en él sentimientos inigualables, extraordinarios, amor sin ningún tipo de duda. Ambos, a sus dieciséis años, están convencidos que son el uno para el otro, no hay vuelta que darle. Es su aniversario, cumplen dos largos años de felicidad. Verónica ha preparado un collage recopilatorio de todo este tiempo: fotos, imágenes, videos, palabras de amor decoradas. Ya quiere ver su cara de sorpresa, ha dispuesto todo como si fuera para ella misma. Federico ha comprado un anillo con el que quiere comprometerse, con el que quiere definir su futuro al lado de ella, por siempre, para siempre. Entonces el intercambio de regalos, ya por la noche, ocurre. Él al borde de las lágrimas la besa después de ver el video preparado, se siente afortunado. Ella emocionada se siente realizada, su sorpresa dio en el blanco.  Federico saca un vino, le sirve una copa. Él toma la suya con un poco de premura, agarra valor. La invita a ir a la orilla, a pocos metros de la casa de playa. Varias velas en forma de corazón los esperan en el silencio de la noche. Ella lleva sus manos a la boca sorprendida. Federico, azuzado por el vino, convencido de cada instante, se arrodilla, con los ojos llenitos de agua. Le toma la mano, mirándola fijamente, y en un momento sublime le pide que sea su esposa. –Sí – responde ella encantada. , convencida, emocionada. Se levanta y la besa, la besa apasionadamente. Ella también es víctima del alcohol y se rinde en las manos de Fede, que ha empezado a respirar de manera agitada. Ahora echados en la arena sus manos se deslizan por el delicado cuerpo de Vero. Ella, muy cortés, desabrocha el short de Fede, quien siempre ha sido un caballero en este tipo de ocasiones. La mano tibia de Verónica ahora viaja al sur y encuentra la virilidad de Federico en su mayor esplendor. Federico ha olvidado su promesa de respetar hasta el matrimonio a Vero y aloja sus manos dentro del pequeño vestido que la protege, y con miedo, la despoja de su ropa interior. Federico dudando, le pide la muestra de amor a Vero, le pide que lo acoja dentro de ella. Verónica que siempre se mostró como una dama, tiene vergüenza de responder tan pronto. Nuevamente tiene la oportunidad de demostrar que está enamorada, esta vez a Federico. – Se lo merece – se dice convencida.

Isabel es madre soltera, y a sus veinticuatro años se ha quedado sola con Sebastián de cuatro años de edad. Isabel vive en un pequeño departamento que paga a las justas. Su economía ha mermado mucho su calidad de vida pero tiene como motivación a Sebastián, su único motivo para no rendirse, para luchar. Carlos, el papá de Sebas, ha desaparecido. Desde que se enteró que iba a ser padre, y ha tan corta edad, decidió huir, escapar, hacerse humo. Desde entonces, y por orgullo propio, Isabel se vale por sus propios medios. Si algo ha aprendido Isabel del amor, es que se demuestra con hechos, no con palabras. Se encuentra en una reunión de trabajado, donde el jefe de su oficina está corriendo con los gastos de aquel platillo.  Las ha invitado a comer a una pollería muy concurrida. Aquel día Isabel no ha llevado nada a su boca, muere de hambre. Aduciendo un dolor estomacal ha pedido un embace para trasladar la comida favorita de Sebastián, hasta el departamento donde la espera. Se ha despedido de sus compañeros, sintiéndose culpable por comerse un par de papas fritas. – Dentro de dos días depositan – se menciona prometiéndose salir a comer delicioso con Sebastián. Hoy no le toca a ella. Recoge a su pequeño de la casa de su vecina, se durmió de tanto jugar. Lo lleva al depa y le dice que por ser un niño bueno le ha traído un regalo. Sebas se emociona. Isabel abre el embace y le entrega toda la merienda. Sebastián está feliz, no está acostumbrado a darse tremendo banquete. Devora el plato. Isabel tiene colmada de felicidad el alma, el estómago vacío.

A Bruno le va bien. Hace un año que por motivos de trabajo ha empezado a vivir solo. Ha dejado de ser un niño de mamá para transformarse en todo un hombre. En el trabajo se desenvuelve bien, se ha comprado un carro. Su apariencia ha mejorado notablemente debido a que puede darse el lujo de comprar de vez en cuando, ropa nueva. Sabe que su trabajo tiene prioridad ante todo, por eso se queda más de la cuenta en la oficina, priorizando sus tareas laborales, descuidando su alimentación. Bruno ya no tiene antojos, come lo que le da la gana y a la hora que le da la gana. Generalmente comidas grasientas o antojos que no contribuyen a una correcta alimentación. Por eso últimamente anda mareado, cansado. No visita el baño con la frecuencia acostumbrada. Como todo un caballero responsable decide de manera consciente, asistir al médico. Sus miedos a morir joven lo visitan, espera el peor de los diagnósticos. El doctor frente a la computadora anota todas las quejas que Bruno le cuenta. Sus dolores, sus malas costumbres, su presentimiento mortal. El doctor lo invita a realizar una serie de exámenes para descartar cualquier problema de salud. Con los exámenes de sangre no hay problema, ya tiene cierta experiencia; pero los exámenes de heces, jamás se los han solicitado. Le entregan una cajita con tres frascos, le indican que tiene que ser de los últimos tres días. Le prohíben que coma carnes, comida condimentada y cítricos. Bruno no escucha nada, sólo piensa en cómo va recolectar sus heces durante tres días y resguardarlas en aquellos frascos. No sabe qué cantidad es la necesaria, la forma en que lo hará. Bruno, con absoluta vergüenza de comentar la solicitud del doctor, se aventura a cumplir su misión. Intentado relajarse, muy por la mañana, se instala en el baño, se sienta y empieza su labor. Orgulloso de si, al tercer día, visita la clínica con las muestras solicitadas y las facilita al laboratorio. Grande es su sorpresa, cuando por la tarde, le piden que se aproxime de emergencia al hospital. La enfermera intentado guardar la calma le comenta que sus muestras arrojan tal cantidad de virus y bacterias, que es necesario atenderlo de emergencia. A pesar de sus miedos, Bruno escucha con calma a la enfermera. Su intención, muy avergonzado al darse cuenta del error, es la de no regresar nunca más a esa clínica. - Fue una mala idea recoger las muestras desde el interior del wáter -  se menciona. 

viernes, 11 de septiembre de 2015

Sentirme vivo (12:57 a.m.)

A cuestas veintinueve años, recién  por cumplirse. Once de setiembre, once de la mañana. Así me lo ha relatado un par de veces mamá. Una vela más a la torta y un esfuerzo adicional para soplarlas todas sin dejar ninguna pendiente. La verdad, siento que hubiera vivido unos cien años. Estoy cansado, muy cansado. De pronto, abrir los ojos, verme al espejo y saberme adulto creo que no lo he superado. Los intentos desesperados por abrazar a ese pequeño que fui alguna vez ya no alcanzan. Las ganas por hacer lo que me gusta han disminuido sin dar oportunidad a réplica. Tengo miedo de lo que venga, y de cómo me encuentre. Todo suena a queja, todo suena mal. Tiene que ser una fecha de esas, donde el día de cierta manera se manipula a favor tuyo y las cosas se sucedan amigables. Play al aparatito ese y el CD empieza a girar. - Es tu cumpleaños pues hombre – me reprimo. Entiendo que hay gente que me quiere, aunque me rompo la cabeza pensando el porqué. Empiezan a aparecer en la pantalla de la TV fotos mías, de mis años más tiernos. Empiezo a descubrir  muchas de ellas, fotos que no he visto jamás o no recuerdo. Veo a ese pequeño rubiecito de tez blanca y ojos claros y lo extraño, por Dios que lo extraño. - ¿Cómo pasa el tiempo carajo? - Me pregunto sin encontrar respuesta. Las fotos sorpresa han terminado y empiezan a sucederse videos de personas a las que quiero mucho, y aunque trato de estar a la altura de la sorpresa, veo a mi “sobrilinda“ (ya con veinte años encima) a la que vi crecer  y tan sólo la reconozco y caigo rendido, empiezo a llorar. Desde Colombia me ha grabado un caluroso saludo que conmueve todo mi ser. Mi madre con mis primas también se han dado la molestia. – Eres mi tesoro – le dice mi mami a la cámara pensando en mí.  Mi tía que no está acostumbrada a estas cosas, hizo el esfuerzo con todo el cariño del mundo. Mis amigos, hermanos del alma. Desde Europa, una Miss a la que quiero mucho, con acento a mamá me pide que me divierta sin excesos. Las chicas del “Cora”, todas guapas. Mi gente. - “Nunca cambies” -  me piden. Lo intentaré muchachos, lo intentaré. Aunque arrastre la idea de que ya soy otro, aunque sepa que de vez en cuando yo también me busco, lo intentaré. Parezco esos viejitos ariscos que reniega cuando lo engríen pero se siente peor cuando no le hacen caso. Me he vuelto un viejito de verdad. Hace muchos años atrás le perdí el miedo a la muerte y entendí que todo tiene su final, incluso mi historia. Uno sin miedo a la muerte es más osado,  va por la vida guapeando  los obstáculos hasta que otro miedo te visita y se apodera de la situación. Ahora tengo miedo al tiempo, a verme envejecer. A perder vigencia y convertirme en mi propia sombra. Uno empieza por aceptar sus defectos, sus miedos y problemas para solucionarlos. Pues acepto en todo caso, que el tiempo me va debilitando con cada movimiento de la aguja de reloj.  Soy un miserable con mucha suerte. Siempre he dicho que mi fortuna son Uds. Dios a algunos los hace sumamente guapos, a otros muy inteligentes. A algunos con menos suerte les da mucho dinero. El don de cantar, de bailar, de escribir. La bendición que Dios me ha concedido, la medición de mi fortuna, el don que no sabré explicar, son todos Uds. Los que pasaron y ya no están y los que por alguna razón decidieron quedarse. Y dedico especialmente estás últimas líneas al ángel de la guarda de turno, la que quiere toditas las horas extras, la que ha estudiado mis defectos al dedillo y ha tenido un entrenamiento riguroso en algún campo de batalla del medio oriente porque sabe soportar mis arremetidas caprichosas y chapuceras. Me sorprendiste, como siempre. (¡De corazón muchas gracias!) No sé dónde ni cómo me encuentre de acá algunos años. Si haya encontrado el antídoto a esta locura lacerante. Lo que me alivia es saber que están Uds. Y si están Uds. nada puede salir mal. Ah, me olvidada: A ti pequeño rubiecito, donde quiera que estés… Feliz Cumpleaños  

martes, 18 de agosto de 2015

La cura de todo mal

Hoy llamé a mi madre, muy preocupado, rascándome todo. Mi mami enloquece cuando la llamo, cuando escucha mi voz.  Ella cuenta los días que no hablamos, y cuando ya no puede más, cuando vence su miedo a interrumpirme o molestarme, pega la llamada y en un tono de niña resentida comienza la llamada con un triste: “¿ya te olvidaste de tu madre no?” Hoy la sorprendí, caí en la  dulce sensación de ser su pequeño pollito otra vez, tenía que consultar algo que solo ella registra en su memoria llena de amor hacia mí.  – Clari (por Clara) ¿recuerdas si ya me dio viruela, sarampión o varicela? – Ella muy calma, en un tono pausado el cual desconozco, me pregunta si me siento mal. Le cuento que una compañera de trabajo es víctima de una de esas enfermedades eruptivas y que caía en resumidas cuentas, que yo también era portador del virus. – Mi madre, con su infinita dulzura y su irreverente forma de ser me dice: - “Ay papito, mira, hasta más ratito no va a morir. Te llamo en la noche porque ahorita estoy un poquitito ocupada. Besos.” – y me dejó agonizando, rascándome las piernas, la cabeza, como perro pulgoso. Es una venganza sublime la de mi madre, la de colgarme cuando más la necesito. Y es que aunque ella no me auxilie como esperaba, me ilumina. Cuánto me cuesta escribir hoy por hoy. Cuánto me he alejado de las letras y el romanticismo de sentirme un escritor. Y hurgo en mis recuerdos intentando reciclar una historia que encaje en aquellas memorias  colgadas en  un rincón virtual que ya nadie lee. Pero hay una sequía intelectual que solo personajes mágicos, únicos como Clarita, saben descubrir. Ya por la noche, y sin ningún tipo de interrupción que la distraiga, Clarita me devuelve la llamada y me comenta que efectivamente he sido víctima de la viruela y varicela. Y es que tengo en mi memoria algunos flashbacks  que me ubican en mi cama, atado de manos por las pantis viejas de mi madre, antes de dormir, en pijama. Amordazado, mártir de las ocurrencias de esa señora loca, que intenta cuidar mi rostro de cualquier intento de contacto, evitando que me rasque y que marque mi rostro lozano. ¡Sí! Mi madre me raptaba, amarrado de manera profesional, bajo las sábanas y frazadas de mi cama, víctima de la varicela, dela viruela, víctima del amor de mi madre. Según tengo entendido, la varicela (enfermedad que aqueja a mi compañera), no te puede dar dos veces. Por tanto, me debo encontrar fuera de peligro, pienso mientras me sigo rascando. Mi madre, aprovechando la llamada, también me cuenta que hace algunas noches soñó conmigo. En su sueño recibía la trágica noticia de que había muerto, a lo que ella se deshacía en llanto. Despertó en la madrugada con esa dura sensación e inclusive despierta, en la oscuridad de su habitación, siguió llorando mi muerte. Y así, nuevamente volvió a dormir, con la consigna de advertirme muy temprano, de rescatarme de cualquier suceso inicuo. Recién lo ha recordado, un par de días después, y me invita a que me cuide. Si algún ser celestial mediante ese sueño, hubiera presagiado mi triste final, mi madre no me hubiera salvado. Y eso me hace feliz, saber que ella es como es, y que sus oraciones me tienen bajo buen resguardo, no sus sueños, sus oraciones. Ya no me interesa ni el sarampión ni la viruela, ni la varicela ni el ébola. El amor de mamá lo cura todo.

viernes, 17 de julio de 2015

El secreto del Brujo

¡No puedo creerlo! Mi madre parece una burrier profesional. Me transporta de manera tan sigilosa, agazapada entre las sombras, intentando no levantar sospecha entre los transeúntes. Yo, la vil mercancía. La zona que recorremos en aquel taxi me es totalmente desconocida, muy lejos de lo acostumbrado. Sábado, cuatro de la tarde aproximadamente, el destino final es aquella casa sin estucar. No entiendo nada. Mi madre toca la puerta con delicadeza, la misma se abre lentamente e intercambian breves palabras. Al parecer mi madre ha dado una contraseña secreta, la clave para ingresar a tan misterioso lugar. Entramos, nada del otro mundo. Una banca larga se acomoda pegada a la pared, en ella dos personas en silencio. Mi madre me toma de la mano, me lleva hasta la banca, parece que quiere decirme algo: - Le preguntas todo lo que quieras, con confianza. El señor es un tipo especial, tú me entiendes – me dice. – Yo también soy un tipo especial mamita -  le responde sin entenderle un carajo. – No seas huevón pues – como intentando corregirme. - Él tiene un don, una sensibilidad diferente -  Yo no respondo nada, creo que ya enloqueció, que puede ser agresiva. Una de las personas sentadas se para he ingresa a aquella habitación, otra sale. - ¿A dónde me has traído mamá? -  le pregunto con total seriedad. – Este señor va absolver las dudas que tengas. En verdad me da miedo qué va ser de ti. Paras todo el día con esa chica que sabes bien no me gusta nada. Ahora que tu cuerpo conoció el pecado y se encierran como conejos en su casa, cualquier día de estos vienes con la sorpresita y yo me muero. Ese pequeño no conocerá a su abuela. – Mamá no sé de qué hablas -  le respondo evitando dar detalles de mi vida íntima. Mi madre odia a Valeska, y la odia porque desde que estoy con ella llego muy tarde a casa, me pierdo todo el día. Sobre todo porque planchando uno de mis pantalones, halló un barbitúrico que regalan en las postas.  La persona que estaba en la habitación sale, otra entra. – Mamá, yo me voy, esto no le debe gustar nada a Dios – le digo como llamándole la atención. - No metas a Dios en esto, ¡todo lo que una madre tiene que hacer por su hijo! -  me responde convencida de que es la única solución. Mi relación con Valeska es de lo más normal para cualquier chico de veinte años. Nos agarramos de la manito, nos tocamos como enfermos y aprovechamos cualquier oportunidad que tenemos para demostrar nuestro vigor, nuestro entusiasmo, nuestro cariño tórrido y apasionado. Es nuestro turno, la persona atendida abandona el cuarto misterioso y entramos. Es una habitación aparentemente normal. Una cama, un velador. Mil estampitas de diversos santos, velas, rosarios. Él es una persona de edad, delgada, espigada, canosa. Su cara arrugada denota cansancio. Me pregunta cómo me llamo. Quise romper el hielo pidiéndole que adivine para tantear qué tan bueno era, pero no entré en confianza. Me reí en secreto con mi comentario. - Mi nombre es Leonardo - le dije con mi vocecita de niño bueno. Me pidió la mano. Yo miré a mamá y le dije para ella que no me quería casar con él, que no acepte su pedida. Ella me respondió con un codazo que por reflejo terminó accediendo al pedido del señor brujo. Revisando la palma de mi mano amiga, la de tantas batallas, estoy seguro que lo primero en que se percató fue de mi espíritu autocomplaciente. El adivino canoso rápidamente me advirtió que mi futuro era incierto (no hay que ser brujo para saber eso, pensé) que no me veía en un lugar específico, que no podía asegurar ni descartar mi futuro profesional. Me aconsejó que me rodee de gente mayor, con experiencia. Que dejara en un segundo plano la gente de mi edad, porque solo me iba a incitar a la noche, la música y el alcohol. Me advirtió sobre mi futura paternidad, cuatro descendientes de dos mujeres diferentes. (Yo ya sabía que mi lapicito no pintaba, pero me entusiasmé con su premonición) Me advirtió que una de las mujeres me iba a hacer sufrir mucho, iba a llorar por ella. Me dijo que no necesariamente tenía que ser mi pareja, podía ser una de mis hijas, no me dijo el por qué. También me relato que una fémina me iba a inducir a las drogas, que tuviera cuidado (¡Saludos negra!) y que a los treinta y tres años iba a sufrir de artritis, que tomara mis precauciones. Mamá me miraba consternada, como queriendo remediar todo antes de que pasara. Le preguntó por Valeska, si me iba a casar con ella. El brujo rápidamente dio la negativa y mi madre respiró. El nigromante me hablo de algunas otras cosas, cartas que tenía guardadas, situaciones del momento que fácilmente por un tema de sugestión pude relacionar. Ya entrando un poco en confianza me contó que el cobija el don de ver y oír cosas desde los trece años. Que no puede salir a la calle o ir a reuniones porque puede percibir el morbo del lugar, sabe quiénes se acostó con quién, los secretos oscuros. Siente las malas vibras, las envidias del lugar. Qué es insoportable. Yo, con lo curioso que soy estaría feliz con el don. Mi madre quiere hacer un par de preguntas pero el de manera muy amable la interrumpe y le dice que el tiempo se ha acabado. Yo ya entré en confianza, perdí el miedo. Quiero preguntarle sobre los números de la lotería el fin de semana. Antes de poder hacerlo el vidente, en secreto se me acerca y me confiesa que debe decirme algo importante, una cosa muy grave  me va a pasar pero no quiere que mi madre escuche, no quiere preocuparla. Ella (mi madre) vuelve a arrastrarme como paquete y dándole un billetito al brujo flaco, se despide. Yo intenté ser lo más escéptico posible, no creer en nada que no sea Dios. Pero sus últimas palabras fueron incisivas. ¡Agorero miserable, dime!: ¿qué será de mí?   

martes, 30 de junio de 2015

El amante maldito

He de confesar que estoy triste; amarte a ti nunca fue fácil. Hoy soñé despierto, nunca tan lejano de la esperanza ni tan cercano de la convicción. A pesar de haber sufrido tantas veces por nuestros tropiezos, y de haber ganado tanta experiencia por esas cosas que siempre fortalecen, hoy una penita insidiosa, punzante, sincera, me invade en medio de la tranquilidad de la noche. Decoré mi casa con tus colores y me adorné yo también,  convencido de todas las alegrías, con todos los boletos comprados para vernos felices. Pero no pudo ser, esta vez no fuiste tú, no fui yo; esta vez aunque suene mil veces trillado, fue el destino que sigue llenándonos de experiencias poco agradables para terminar de hacernos fuertes, para pulir expectativas.  Pero como dice la canción: amores que matan, nunca mueren. Yo he decido no morir de amor, porque de otra no me queda. Porque cuando el amor no tiene cura, no queda más que seguir amando, aunque en ello, se nos vaya la vida. Entonces, cada vez que te vea, vestiré los mismos colores. Cada vez que se entonen tus notas mi mano encontrará mi pecho. Cada vez que te caigas, nos levantaremos juntos. Y cada vez que nuestro amor entre en penumbras, y las dudas de siempre vuelvan a asomar, y los mal intencionados encuentren un motivo para lastimarte, nos agazaparemos en el tiempo para buscar una  nueva oportunidad de ser felices, juntos, siempre juntos. Soy el amante maldito que aún cree en nuestro amor tórrido y tormentoso. Soy todavía el esclavo de tus caprichos, pendiente de tus momentos. El enamorado eterno, sin arrepentimientos, sin excusas tontas, que hoy sufre orgulloso de su dolor, de nuestro dolor. Los amantes malditos, como yo, como muchos otros que andan detrás de Ud., he de sufrir de amor. Nos volveremos a ver, y será como la primera vez. Dormiré con mi tristeza, pero orgulloso de mi amor por ti. Hasta que mi corazón se canse de latir, y quizá un poco más de aquella posibilidad: Te Amo Perú...