miércoles, 1 de agosto de 2012

Pekeña

Nunca le escribieron una carta de amor, a pesar de creer haber estado enamorada tres años de su vida. Fue maltratada por aquel hombre que supuestamente la amaba y nunca le escribió una carta, sobre todo a esa edad. Tenía diecisiete años aproximadamente y perdonó infidelidades que ella prefería ignorar. Al parecer no sólo entendió que es mejor soportar algunas cosas para llevar la fiesta en paz, sino también, se acostumbró a la situación. Se acompaña de un oso tuerto, con cara de buen tipo. Lo engríe como si fuera su hijo y de hecho, me ha confesado muy segura de sí, que no se lo regalaría absolutamente a nadie que no fuera sangre de su sangre. A pesar del caos en el que vive en su cuarto, la facilidad con la que se encierra por días en su habitación sin salir a comer y la flojera que la caracteriza para servir al próximo, es una chica muy capaz. Lo sé muy bien porque la he escuchado levantarse muy temprano a pesar de haberse acostado muy tarde o haber sido victima de un insomnio muy jodido la noche anterior. Se levantaba con una fuerza de voluntad que admiro para ir puntal a sus clases de idioma. Tiene un aspecto de niña buena, de hecho, nunca he visto ese brillo que guarda en sus grandes ojos, un brillo especial que realza su mirada. Tras esa niña encantadora de metro cincuenta con vuelto pendiente, también hay una fierecilla aparentemente indomable que sabe defenderse y que puede sustentar con pruebas fehacientes las mil maneras en que puedes morir. Aquella pequeña señorita de mirada angelical proporciona unas cachetadas certeras que ya sé esquivar. La Pekeña tiene un sentido del humor ácido, como me gusta a mí. Hace chistes crueles y a pesar de que el amor de su vida le proponga matrimonio no duda en mandarlo a morir a pesar de arrepentimientos nocturnos que a veces me sabe confesar. Aquella pequeña señorita de dientes de conejo, se sabe mujer y por lo tanto vende muy bien aquello que ha desarrollado con mayor prontitud y amabilidad. Tiene un grupo de secuaces amigas que han sabido invadir mi hogar y se han hecho de un espacio en mi guarida. Nunca pensé vivir con la Pekeña. A principios de año y por casualidades impensadas la necesidad la hizo aterrizar en este cuarto piso desde donde escribo estas líneas, por ende la obligó a compartir el mismo espacio que este ermitaño social. Su reinado en la anterior casa se vio modificado y lamentablemente su independencia se vio mancillada por mi presencia. Ha llegado a botarme sin asco de su habitación. A huir a refugiarse lejos de esta su morada para respirar un aire que no esté contaminado por los inquilinos que la rodean. A pesar de algunos malos tratos, también hemos llegado a compartir charlas de madrugada, tertulias entretenidísimas. Me ha cocinado refunfuñando su bondad. A limpiado sin ganas alguna mesa que andaba sucia buen tiempo. Me ha odiado cuando he comprado algo que para ella no era necesario para la casa o cuando faltaba a mis clases de inglés. La Pekeña llegó para entretenerme los días, para alegrar mi soledad, para consolar mis ausencias. La Pekeña ha llegado para dar otro punto de vista, para entretenerme haciéndome renegar. La Pekeña se ha metido en algunos problemas que ha sabido resolver con inteligencia y también a librado batallas que ha ganado con bríos (o felicitaciones públicas como le gustaría que le dijeran). Ha sufrido de amor conmigo pero nunca por mí. Ha matado su tiempo sin poder matarme aunque a veces sí quería. La Pekeña se a levantado tantas veces temprano para ir a clases de francés que ha terminado yéndose a Francia y abandonándome en este país aún más pequeño sin ella. Eso si, ha dejado la puerta de su habitación con llave (para que no usemos su cama para amar, porque tiene el colchón indicado para eso), la promesa de pagar igual los meses que se va ausentar, la amenaza de volver pero sin regalos. La Pekeña es para mí como mi esposa después de veinte años: parábamos juntos, discutíamos mucho, íbamos de compras, nos reíamos de vez en cuando, era mí copilota en el carro, dormíamos separados y jamás nos besábamos o teníamos sexo. Un perfecto matrimonio de dos décadas. Varias veces me señaló como su hermanito, y la verdad que así también me acostumbré a quererla, a verla como parte de mi familia. Mi madre que pocas veces se equivoca en el tema, se pronunció a favor de que viviéramos juntos, según ella porque se sentía más tranquila con su presencia y sus cuidados (como si la conociera). La Pekeña a partido a Francia con toda esa magia que la rodea. Se ha llevado a su oso de peluche tuerto y sus cachetadas por la noche. Ha dejado su cuarto cerrado y cubiertos sucios en la cocina. No sé si llegó a recibir una carta antes de irse, si alguien le dedicó algunos párrafos en una misiva breve o si llegó a leer estas pequeñas líneas. No sé si esto cuente como una carta y si me dará entre sus recuerdos ser el primero que se dirigió a ella por medio de palabras escritas. Me hubiera encantado hacerlo a mano y que se llevase este miserable presente en papel, pero la despedidas no me gustan y menos con resaca. Por eso: “Je vous souhaite bonne chance. Je me demande Voya.”

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