Algunas quieren llegar vírgenes al matrimonio; creen en el amor y en la magia que encierra estar enamorada. Otras quieren casarse para tener sexo todos los días sin remordimientos y no tan sólo los fines de semana. Todas las mujeres son unas putas apasionadas, algunas más valientes que otras. Las mujeres son tan sexualmente dependientes como cualquier hombre, la diferencia se halla en la manera de aceptar y razonar el hecho; son tan humanos e iguales a la ahora de sentirlo. Hay mujeres que desean casarse para entregarle su tesoro (que ciertamente a futuro será saqueado con un alto grado de ambición) a un solo hombre, al que designan como el amor de su vida, el único, el primero y último. Desean someter su cuerpo a la lamentable idea de ser poseída por un tipo que si bien siente amor, en algún momento determinado, dejará de sentirlo. El amor en cierta forma complementa al sexo, facilita su entendimiento y le da un sabor más dulce a la hora de aceptarlo (sobre todo a las mujeres). Evita futuros arrepentimientos o prejuicios inútiles que no hacen más que someter al hombre a la ignorancia. “El amor se siente, no se hace.” El amor puede ser un estimulante que acelere el clímax de una relación, pero no es el clímax, es sólo un método. No cabe duda que el órgano sexual más poderoso del ser humano es el cerebro; sino el porqué de aquellos sueños libidinosos tan impactantes y las reacciones tan reales que generan. Es desmesurado querer casarte con alguien a quien no conoces, en especial en el aspecto coito – sentimental. Mujeres fatuas las que creen que llegando vírgenes al matrimonio van a darle más valor a su relación marital. Sólo llegan vírgenes las soñadoras y las feas. Porqué la idea de guardar su flor para el hombre indicado si tienen un jardín entero para muchos hombres indicados (porque no todos son los indicados). Por eso no pretendo casarme, porque no sería un buen esposo, un buen marido; porque eso por ahora me interesa poco. Yo deseo ser un buen amante. Es más fácil que el sexo se convierta en amor a que el amor en sexo; porque el sexo enamora y el amor, termina por decepcionarte. Todas son unas putas, por eso soy un varón heterosexual. Si hubiera sido mujer, sería la más puta de todas.
Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
martes, 20 de mayo de 2008
Todas Putas
Algunas quieren llegar vírgenes al matrimonio; creen en el amor y en la magia que encierra estar enamorada. Otras quieren casarse para tener sexo todos los días sin remordimientos y no tan sólo los fines de semana. Todas las mujeres son unas putas apasionadas, algunas más valientes que otras. Las mujeres son tan sexualmente dependientes como cualquier hombre, la diferencia se halla en la manera de aceptar y razonar el hecho; son tan humanos e iguales a la ahora de sentirlo. Hay mujeres que desean casarse para entregarle su tesoro (que ciertamente a futuro será saqueado con un alto grado de ambición) a un solo hombre, al que designan como el amor de su vida, el único, el primero y último. Desean someter su cuerpo a la lamentable idea de ser poseída por un tipo que si bien siente amor, en algún momento determinado, dejará de sentirlo. El amor en cierta forma complementa al sexo, facilita su entendimiento y le da un sabor más dulce a la hora de aceptarlo (sobre todo a las mujeres). Evita futuros arrepentimientos o prejuicios inútiles que no hacen más que someter al hombre a la ignorancia. “El amor se siente, no se hace.” El amor puede ser un estimulante que acelere el clímax de una relación, pero no es el clímax, es sólo un método. No cabe duda que el órgano sexual más poderoso del ser humano es el cerebro; sino el porqué de aquellos sueños libidinosos tan impactantes y las reacciones tan reales que generan. Es desmesurado querer casarte con alguien a quien no conoces, en especial en el aspecto coito – sentimental. Mujeres fatuas las que creen que llegando vírgenes al matrimonio van a darle más valor a su relación marital. Sólo llegan vírgenes las soñadoras y las feas. Porqué la idea de guardar su flor para el hombre indicado si tienen un jardín entero para muchos hombres indicados (porque no todos son los indicados). Por eso no pretendo casarme, porque no sería un buen esposo, un buen marido; porque eso por ahora me interesa poco. Yo deseo ser un buen amante. Es más fácil que el sexo se convierta en amor a que el amor en sexo; porque el sexo enamora y el amor, termina por decepcionarte. Todas son unas putas, por eso soy un varón heterosexual. Si hubiera sido mujer, sería la más puta de todas.
jueves, 1 de mayo de 2008
Amantes ocasionales
Ella le miente, le dice que nunca a besado a su amigo, que nunca han compartido un ósculo apasionado, que el hecho de ser vecinos, de ser jóvenes dispuestos a aventurar no ha influido en ninguno de sus actos. Él la mira sonreír con ternura, con una sensación bienhechora en el pecho. Es la tercera vez que se encuentran juntos en su cuarto, en aquella cama vigilada por un poster de Alejandro Sanz desde lo alto. Ella trata de explicar el por qué de sus actos, de aquellos celos disparatados que encuentran sustento poderoso desde su posición. Ella lo besa con una pasión indescriptible, con fiereza, desenfreno y también con cariño; un cariño que el siente sin necesidad de tocarla. Él corresponde a los besos con más besos. Sus manos traviesas se deslizan sobre aquel cuerpecito compacto, aquel cuerpo que se retuerce al contacto ajeno, buscando refugio en sus propias manos que con rapidez, salen al rescate de su integridad. Él se aloja en su cuello, lo huele, lo lame, lo engríe con caricias y le recita palabras tontas pero sinceras. Le dice que la desea, lo dice varias veces; le afirma que en ese momento, él se desvive por ella. Ella no le cree, sin conocerlo mucho hace uso de su instinto femenino y desconfía. Él intenta quitarle aquella prenda superior innecesaria en momentos como ese. Ella le recuerda la promesa hecha, la de que no va a pasar nada, de que no habrá sexo, de que es virgen y quiere llegar así al matrimonio. Él lo toma con sentido del humor. Le causa admiración la seguridad con que afirma lo que piensa. Sabe que también miente a veces, que ella también desea que pase, pero no debe. Logra convencerla, le quita con astucia aquella prenda superior entrometida y le arrebata aquel brasier negro que se interpone entre los dos. Han prometido que estos besos serán los últimos, que aquel momento se convertirá en el final al amanecer, que esa será la última noche como amantes ocasionales. Sabiendo que la promesa hecha es inalterable, entre beso y beso se desprende efluvios de melancolía, de tristeza. Los torsos desnudos son parte de aquellos abrazos poderosos, inquebrantable, que parecen haber sido compartidos desde hace mucho. Él siente un cariño sospechoso, fatuo, sibilino. Él no quiere que amanezca, no quiere irse de aquella habitación convertida algunas noches, en un jardín. Ella lo abraza, lo besa, lo ataca con esa pasión asombrosa, devoradora, majestuosa. Él ahora la toca contagiado por esa pasión idílica, los dos cuerpos convulsionan, manteniendo sus prendas inferiores, pero pareciera no ser así. Ella quiere que pase, pero no debe. Él sabe que ella quiere, no la obliga; trata de convencerla con poco éxito. Terminan discutiendo, él diciéndole cobarde, ella contestándole que es igual a los demás. Termina durmiendo alejados uno del otro. Él se va temprano, al amanecer. Está convencido que no es el final deseado, pero que es el mejor. Se entristece al afirmar que nunca más compartirá la pasión de aquella amante ocasional, lamenta que sea así.
martes, 8 de abril de 2008
Como un insecto
Me subo al taxi tratando de ocultar mi mala gana. Estoy enfadado porque me han levantado temprano, porque veo a mi tío obsesionado con la vida de apicultor, porque está contento por el hecho de que mi madre y yo (quien me convenció de una manera poco ortodoxa) lo acompañaremos, porque tendrá la oportunidad de volver a ordenar, como en sus tiempos de milicia. Llegamos a aquel conato de chacra. El sol pega aún con mesura. Nos equipamos, nos ponemos aquella mascarilla particular en forma de caja, con aquellas rejillas que impiden el contacto con las abejas furibundas y renuentes. Mi tío nos apura, vocifera sus órdenes con autoridad draconiana. Yo me aparto un poco, no quiero molestar a las abejas agresoras y víctimas a la vez, luchando feroces por defender a su reina, su panal, su miel. Me siento poderoso, invencible, imbatible viendo volar esos insectos alrededor mío, intentando hacerme daño, golpeando con furia mi mascarilla. Veo miles a mí alrededor y me río, gozo con mi magnificencia. De pronto, entre tantos zumbidos, reconozco uno muy cercano, peligrosamente cercano. Abro mis ojos y observo a una infeliz abeja volando dentro de la mascarilla, veo su sonrisa burlona, su mirada amenazadora. No lo dudo. Me saco la mascarilla, trato de evitar aquel piquete venenoso y corro, corro despavorido al saber que mi poder a sido quebrantado, vencido; ahora me persiguen cientos de abejas y lejos de sentirme la reina, presiento lo peor. Corro por la tierra, me meto entre los matorrales, las abejas no se despistan; me lleno de polvo gritando obscenidades, frases macarrónicas en contra de la reina. Pareciera que las abejas me entienden, me atacan con mayor virulencia, con mayor maldad, enredándose en mis cabellos. Exhausto, no puedo más, caigo rendido sobre la tierra, caigo bruscamente. No pierdo tiempo y alzo mi cuerpo constriñéndolo a seguir corriendo, huyendo como un loco. Las dueñas de aquel lugar me socorren, me avientan agua en baldes; me auxilian y me acogen en una ramada. No paro de acezar, sintiendo los aguijones en mi cabeza, sintiendo algunas abejas aún en mi cabello. Ahora es mi madre quien corre en mi auxilio, desesperada, preocupada. Me siento mal, el pecho se me cierra lentamente, me aquejan mareos, me encuentro en un estado de debilidad, enteco. Mi madre me lleva de emergencia al hospital. Mis zapatillas empolvadas, mi ropa mugrienta, mi aspecto desgreñado, despeinado, palidecido. Un doctor joven me atiende, ordena una inyección tras unas breves preguntas. Reconozco entre aquellas practicantes que me ven con curiosidad a una mujer con la que coincido en el gimnasio; a ella se le nota los efectos generosos del ejercicio, no como a mí, que sigo siendo un alfeñique. Mientras me ponen esa inyección siniestra, pienso en una venganza pronta, en la idea vergonzosa de que un insecto pudo haberme matado, vencido, doblegado. El doctor receta un par más de inyecciones con aquel gelatinoso antídoto. Yo empiezo a dudar de aquel remedio drástico, creo que prefiero sucumbir al veneno. Salgo con sorna, apocado; salgo derrotado y con la nalga adolorida, poco acostumbrada a estos avatares. Subo al taxi aún con mareos. Cierro la ventana presuroso; si una abeja se metió en mi mascara, por qué no al taxi.martes, 1 de abril de 2008
Los días que pasan
Nuevamente ando sumergido en el desgano; exangüe y enteco siento morir inútil. Mis ganas de estudiar son tenues, también las de escribir. Hace falta una presencia femenina en mi vida, algo de lo cual nunca he padecido puesto que a mi lado, por lo menos, ha estado mi madre. La gata que tiene mi primo como mascota, a veces, llena ese vacío femenil. La miro lamerse las patas con delicadeza, con impertérrita beldad, la miro con ternura y siento que me estoy enamorando de ella. Luego de la gata, en la casa, lo más femenino soy yo. El hecho de comer tanto pollo (y sus poderosas hormonas) me han hecho un ser melindroso. Leo un libro del aburrido Vargas Llosa, lo encuentro genial, no paro de leerlo; habla de un amor ladino, emocionante, enfermizo, fiel y yo envidio al personaje, a Ricardo Somocurcio y su “Niña Mala”. Escucho canciones que me devuelven al ayer y me acuerdo de mis amores, en especial de aquellos que inventé, que nunca tuve y sin embargo extraño con avidez, con ternura, con melancolía extrema, pidiendo que regresen y no me dejen nunca. Pienso en tocarme pero no puedo, algo me lo impide, no me encuentro tan atractivo ni sensual, me veo poco epicúreo y entiendo a las mujeres respecto a mí. Como Toffees como loco, hay una bolsa entera que mis primos no tocan, seguro han caducado. Me veo al espejo y observo como crecen molestos vellitos en mi rostro, lejos de formar una barba viril, se posan en mis mejillas y yo los escamoteo con cuidado. El dinero se hace agua y entiendo lo difícil que es mantenerse estable económicamente; me convenzo en ser un hombre soltero toda mi vida, no quiero tener hijos. Mi libretita de Memorias Impopulares se está consumiendo y me entristezco; no creo que me quieran regalar una tan bonita como ésta otra vez o por lo menos que pueda encontrarla en alguna librería por aquí. Cuento mis travesuras con efusividad a los pocos que me escuchan: se ríen, gozan pero también sienten al tipo díscolo y abyecto que soy; luego me miran con aire peyorativo. Me mato pensando si soy un tipo tan procaz como para intentar cambiar, presiento que esa es la imagen que dejo y ya gozo de los privilegios del averno. Trato de no preocuparme, intentar ser un tipo bonachón, educado y conspicuo. Abrazo a la gata, le hago cariños y me convenzo de mi amor. Me acerco a su oído y le pregunto si quiere ser mi chica.
martes, 18 de marzo de 2008
Uno menos
Viernes seis de la tarde: Las dudas, miedos y arrepentimientos visitan la cabeza de Edward; sólo tiene la certeza de comprar un par de zapatos nuevos para su boda. Sale meditabundo, recibe una llamada. Sábado ocho de la mañana: Obdulia llama desesperada a Lucho, su hijo, contándole que su hermano Edward aún no regresa de comprar sus zapatos para la boda que se realizará en menos de cinco horas, no aparece. Lucho se preocupa, se ríe y piensa que sus hermano es muy exigente e indeciso para comprar un par de zapatos.
Sábado diez y media de la mañana: Ubican a Edward, esta totalmente borracho luego de una despedida de soltero sorpresa. Lo rescatan de la casa de su amigo.
Sábado once de la mañana: Edward es llevado a casa de su hermana Luz junto con su madre para alistarlo para la ceremonia: bañarlo, acicalarlo y cambiarlo. Edward se viste a cuestas, reniega porque el pantalón le queda ancho, deja en claro que así no se casa. Su madre lo observa y le dice: - ¡Sácate mi pantalón y ponte el tuyo! –
Sábado cuatro de la tarde: Adolfo recibe una llamada, una voz enrarecida nos invita a la reunión familiar. La boda de Edward es una sorpresa, nadie sabía nada.
Sábado cinco de la tarde: Adolfo y yo llegamos a la fiesta. Edward nos saluda efusivamente y yo me siento un ridículo con mi camisa rosada (agradeciéndole a Adolfo el que me haya impedido usar las zapatillas rojas) El novio está en evidente estado etílico. Lo abrazo, lo felicito y le pregunto: - ¿qué se siente estar casado?- Él me contesta: - Ahora no siento nada, mañana te cuento –
Sábado cinco y media de la tarde: Ponen una marinera para que Edward se luzca; él la sabe bailar. Dentro de sus posibilidades agita el pañuelo blanco e intenta sincronizar un par de pasos con conato. Edward está perdido, baila la marinera por inercia. Le ponen un vals, uno bonito; Edward sigue bailando marinera.
Sábado seis de la tarde: Un Pisco Sour estremece mi sosiego, calienta algo dentro de mí. Todos bailan. Las cervezas se hacen presentes una tras otra; Edward se mantiene en pie.
Sábado nueve de la noche: Van ocho cajas de cerveza y me siento feliz, alegre. Edward es un beodo carismático. En una esquina de la fiesta están cuatro señoras que destapan procazmente las cervezas, una tras otra y sin usar destapador; lo hacen de una manera ingeniosa y particular, con un estilo propio de barrio. Una de ellas baila como poseída, saltando con una energía desmesurada proporcionada por la cerveza, es la versión femenina de “Chapulín el Dulce”.
Sábado diez y media de la noche: Mi primo Adolfo se ríe conmigo de cualquier estupidez; Carlos, otro de mis primos, siempre está a mi derecha para recibir la cerveza; el alcohol nos controla y estamos contentos por eso. Conversamos con los invitados muchas cosas que no me acuerdo.
Sábado once y media de la noche: Adolfo y yo nos retiramos de la fiesta. No sé cómo salimos, cómo llegamos a casa. Un recuerdo deslucido recrea una imagen de Adolfo y yo entrando abrazados y contentísimos a casa, riéndonos del mundo; somos tan felices cuando estamos ebrios. Pienso rápidamente en Edward, espero que mañana se acuerde de algo, de que se ha casado y me diga que se siente.
lunes, 3 de marzo de 2008
El Chico Travieso
El chico travieso se sube a las combis y se sienta atrás, bien al rincón, para que ninguna viejita le quite el sitio o tenga que brindárselo con un desprendimiento hipócrita. EL chico travieso mira el escote de las señoritas cuando suben al bus, cuando bajan, cuando respiran; los mira de reojo. EL chico travieso se inquieta con las chicas que ve pasar, las analiza, las pesa y mide con la mirada; observa la forma del derriere, de las piernas; imagina muchas cosas. El chico travieso habla de sexo con su prima, escucha atento sus experiencias, es muy curioso y hace preguntas indiscretas; lanza indirectas, también cuenta sus travesuras que no son pocas, que no son muchas, que son descaradas y graciosas. El chico travieso busca una chica traviesa, una más traviesa que él con quien pueda jugar. No pretende portarse bien, queriendo ser más valiente y así poder ser más travieso de lo que es. El chico travieso se imagina muchas cosas, se encanta y desencanta en un momento. El chico travieso busca conocer nuevas amigas, amigas engreidoras y bonitas; no quiere tener amigos, con los dos que tiene le basta, quiere once conocidos a la semana con quien jugar un partidito de fútbol y nada más (y que a dos de ellos les guste tapar) El chico travieso le pega a la gata de sus primo, la empuja, la molesta cuando ella duerme. El chico travieso dice lo que piensa y pasa de sincero a imprudente, no se arrepiente, sólo se avergüenza un poquito. El chico travieso lava su ropa rápido, sin ningún tipo de ponderación, sin cuidado alguno; su ropa queda almidonada, endurecida después de recogerla del cordel. El niño travieso se rasca las entrepiernas producto de una comezón inquietante, cerril, debido a que no enjuaga bien su ropa interior. El chico travieso espera que regrese su prima, seguir conversando y demostrar que no es el hombre procaz que parece ser. EL chico travieso va a su academia esperando tener una aventura, conocer una aventurera y aventurar. EL chico travieso se preocupa por la abstinencia, cree que no es necesaria cuando es versada mutuamente, en un acto de complicidad. El chico travieso sigue preocupado por la abstinencia, porque no encuentra a la cómplice oportuna. EL chico travieso quiere leer mucho para ser un tipo culto y animarse a la postre a escribir también; agarra seguro el libro, empieza gallardo, se queda dormido. El chico travieso se ríe, se burla de todo, de todos, en especial de sí mimo, es tan patético. EL chico travieso no hace travesuras, no tiene valor para insinuarse a la chica que se sienta al lado de él en la combi, atrás de él en el instituto, a la que escucha tiernamente y observa con deseo. El chico travieso… no es tan travieso, sólo quiere serlo. jueves, 28 de febrero de 2008
Bajo el Paraguas
La garúa se transformó en segundos, sorpresivamente en una lluvia torrencial que convirtió las calles en ríos urbanos. Ella y yo bajo aquella lluvia despiadada; ella y yo bajo aquel paraguas, alucinando estar paseando por las calles de Inglaterra, de Londres. Nunca imaginé quererla ni encariñarme tanto, no pensé entristecerme y extrañarla ahora que estamos lejos. Debajo del paraguas, apenas y protegiéndonos de la lluvia, ella me braza y aprovecha el momento que parece el oportuno por el frío de la ciudad; ella descongela mi corazón, me devuelve por instantes al tipo ameno que era hace un tiempo atrás y olvidé. La lluvia es incesante; los carros con sus conductores inicuos se trasladan a gran velocidad, pegados a la vereda, salpicando el agua sucia y fría de la lluvia; yo sé que lo hacen al propósito y los envidio porque a mi también me gustaría hacer lo mismo. Sé que esto es todo lo que puedo ofrecerle, un paseo largo y húmedo, frío, fatuo; el encanto anodino del momento, la protección de un tipo poco ponderado (porque de rato en rato la despojaba del paraguas dejando que se moje y haciéndola correr tras mío) No tengo aquel auto para salpicarle agua a las parejas y llevarla a pasear, no tengo gracia para distraerla sin exponerla a un mal momento, no tengo el amor que ella me brinda tan desinteresadamente. Terminamos con la cabeza seca y el cuerpo empapado, terminamos encantados por el paseo inusual y afectuoso por las calles imaginarias de Londres; aquel paseo que se tornó sencillo y tierno, paseo que rozó el romanticismo pero estuvo lejos de ser el milagro de amor que yo busco. Terminamos tristes porque sabíamos que no nos veríamos por un buen tiempo, terminamos confundidos, acongojados. Terminamos.