Testimonios de un tipo que no recuerda nada y lucha por no olvidarlo todo. Rastros de un camino recorrido, historias mal contadas. Prueba irrefutable de que viví.
martes, 24 de marzo de 2009
La sorpresa que no di
martes, 17 de marzo de 2009
Sólo travieso
Ser puto no es malo, lo malo es ser imprudente. El amor es una excelente excusa para ser más bueno o más malo; y también, el límite marcado para diferenciar el beso que pude ofrecer. No soy malo, soy travieso. No soy un animal en busca de sexo, no soy el poeta en busca del amor, no soy el bohemio en busca de aventura, no soy el hombre apático en busca de soledad. Soy un ser humano con carencias y virtudes. Soy un hombre que cree en el amor pero no sale a buscarlo a la calle. Soy un hombre que se equivoca muchas veces pero intenta no cometer el mismo error. Soy un tipo que sabe compartir, disfrutar del momento; entrar en tu habitación, desordenar todo: tus labios tu piel, tu vida; decir te quiero y salir despacito, sin hacerte daño, cerrar la puerta y no despertarte cuando te halles dormida. No soy tu amigo, no soy tu ángel, tu amante; soy tu cómplice, tu mentira, tu verdad. Como dice la letra de una canción: “Prefiero un final inmediato y misericordioso antes que amistades largas y mal intencionadas” Como dice Coelho: “Cuando alguien parte es porque otro alguien va a llegar; encontraré otra vez el amor” Como dice Leonardo Dosantos: “La vida es una puta caprichosa” y sabes… tú también princesa anónima, que espero pero no busco. Y se llama Soledad, el nombre de mujer que hace que me enamore de ti, de la nada, de nadie que conozca pero extraño mucho. Y se llama Soledad la que hace que te lleve a la cama, que te robe un beso, que te mienta en un instante de sinceridad. No regalo besos, los comparto con personas que me inspiran confianza y luego, salen huyendo de miedo. No soy el cazador; soy la presa coqueta que mueve el rabo y sale corriendo. Soy el perro que persigue la rueda del auto y no sabe que hará cuando la alcance. El amor no tiene idioma, quizá por eso no me entiendan. No tiene límites, por eso habrá tantas guerras. Si hablas del amor, ama. Si lees esto y te convence, estás equivocada. Fácil es hablar, no tan difícil escribir; el problema es vivir y entender que a veces, la verdad duele, y más aun cuando estás equivocada. Prefiero morir de amor que vivir mil años con algún rencor en el corazón, con alguna envidia en la cabeza, con mucho dinero en los bolsillos o una mentira como inspiración. Si tú dices que soy malo, demuéstrame que tú eres buena y corrige mis errores que estoy dispuesto a aprender. Ser sincero e incluso imprudente quizá y sea mi mayor virtud, mi mayor defecto; lo que mejor hago pero lo que peor tengo. Tú dices ser mujer, yo soy un puto romántico. Tú dices querer amor, casualidad, yo también. ¿Tú sabes lo que es eso? Casualidad, yo tampoco. Soy el guerrero que te va a proteger pero sólo tengo como armas infalibles un papel y un lapicero. Soy tu guerrero cobarde pero tuyo. Mujer anónima, princesa etérea; yo también voy al baño, no soy distinto a los demás hombres. También me mojo cuando llueve y me gusta. Hoy te llamo Soledad y te veo en todas las mujeres; si eso es ser puto, soy reputo. No se vive de amor pero si se muere por él. No te pido que me creas, que pienses igual que yo, te pido que me entiendas y me aceptes. Mañana será el entierro del día de hoy y tal vez no piense igual. No soy malo; ser puto no es maldad, es confusión. Mi error es ser sincero, llegar a ser imprudente. Amo a las mujeres porque mi madre también lo es. Si te incomoda lo que escribo, discúlpame; porque también he aprendido a pedir disculpas después de un improperio impensado. Ni tan puto, ni malo; travieso. Si eres la mujer sin nombre, la princesa etérea, dame una señal, que últimamente ando distraído, confundido. sábado, 7 de marzo de 2009
Anchos instintos
La lluvia coqueta y melancólica que acompaña la tarde espanta a los clientes, los intimida; permite que el banco, lugar en el que trabajo por las tardes, se transforme en un sitio de sosiego, de reposo, de armoniosa paz. Yo ando tranquilo, pensando en tonteras que no alteran ni afectan mis días. ¿Qué hago con mi cabello? ¿Ahora que vivo solo, podré ser todo lo puto que puedo ser? ¿Si nadie me ve en mi habitación, por qué todavía no me he hecho la paja? De pronto entra aquella gordita feliz, con un taper en la mano, muy enérgica, muy contenta. Miriam, como se llama aquella señorita rechonchoncita, acude con cierta frecuencia a la agencia. Por cosas del destino, me toca atenderla. Muy fresca se acerca, me saluda como si me conociera de toda la vida; se disculpa porque ha traído un depósito de dinero algo fuerte, porque ha traído mil soles en monedas de un sol y de cincuenta céntimos, se disculpa por todo menos por ser tan coqueta. Yo le digo que no hay problema, que ese es mi trabajo, pero miento, porque si hay problema, porque aquella señorita gordita y coqueta le gusta que yo la atienda, que cuente sus moneditas, que la escuche contarme sus cosas. Me da el dinero avergonzada: dos depósitos con billetes, los cuales cuento rapidito, casi sin revisar, sólo para terminar y que se retire, sin importarme que haya falsos. Me promete que me va a premiar, que me va a regalar un pisquito buenazo, para mi solito. Me ha visto la cara de borrachín, de borrachín misio para regalarme sabe Dios qué pisco venenoso. Me pregunta si me lo puede traer. - Si – respondo agradecido por el detalle, con mi mejor cara de borrachín afable y bonachón. – Me caería bien justo ahora que vivo solo – le digo sin ningún tipo de intensión y sin medir las consecuencias. - Perfecto – me responde de una manera peligrosa. – Mejor me pasas a buscar y nos vamos a tu casa – me dice aquella casquivana sin tapujos. Yo bajo la cabeza y cuento más rápido. – Toma mi tarjeta, con mis números, me llamas cuando salgas, yo trabajo acá cerquita – me comenta vigorosa. – Aguanta gordita mandada. No estoy tan desesperado para acceder a tus bajos y anchos instintos, ni hablar, de una sentadita me matas - me digo en aquel soliloquio endemoniado que ejerzo. Termino con los billetes, me entrega un cheque que no ha endosado; le pido que lo haga: su nombre, su documento de identidad y su rúbrica por favor. - ¿No quieres mi dirección? – me pregunta haciéndose la despistada. – No, no es necesario – respondo educadito y asustado contando las monedas, los mil soles en monedas que ella me pasa en torres de diez en diez a mi manito, forzando un roce de manos que trato de evitar. – A no gordita, no me vas a conquistar enseñándome todo ese dinero y menos haciéndome contarlo, ensuciando mis manitos que ya bastante sucias están. Yo no caigo ni a balas gordita, ni con diez cajas de ese pisco que me prometes, y menos cuando me traes monedas falsas gordita desgraciada, así menos. Olvídate de este flaquito que será medio puto pero conserva algo de buen gusto – pienso rápidamente. – Hay amiguito, eres una bala contando las monedas… ¡ufff! Me ganaste de lejos – me dice siempre con aspavientos. – La bala eres tú – pienso una vez más. – y de cañón gordita, y de cañón- Le entrego sus comprobantes. Promete volver con el sol que le presté por haberle encontrado una moneda falsa. - Gorda conchuda, nunca regresaste; me dejaste sin pisco, sin pasaje y con la sensación de haber sido ultrajado -. Nunca leí su tarjeta, no pienso llamarla ni buscarla. Espero que te atrevas a venir pronto para cobrarte la monedita que te presté y reclamar aquel pisco que ni pienso tomar, sólo te lo voy a pedir por joder. La lluvia se hizo más intensa, los pocos clientes que entraban lo hacían empapados, y yo, temía que aquella gordita, Miriam, osara retornar a mi ventanilla.
P.D.: Gordita lanzada, tu pisco estaba rico. Gracias. miércoles, 18 de febrero de 2009
Los días contigo
Leonardo conoce a Lucía en una fiesta tonta del banco donde ambos trabajan. Lucía lo saca a bailar espoleada por el pisco sour que ha tomado en exceso. El no quiere aprovechar de la situación porque es una fiesta de trabajo y no desea quedar mal. Ella no sabe ni con quién baila, y tampoco le interesa.
Lucía trabaja con Joaquín, el mejor amigo de Leonardo. Leonardo y Joaquín están comunicándose constantemente por celular. Ella le manda saludos, le dice a Joaquín que quiere estar con su amigo, que sólo él le interesa. Leonardo no piensa en nadie, no se acuerda de nada y ve el futuro amoroso como algo utópico.
Han pasado meses. Empiezan a salir los tres: Leonardo, Lucía y Joaquín como pillo cupido algo subido de peso. Acuden a una discoteca, ella nuevamente ha bebido, ésta vez poco, nadie sabe si está embriagada, pero cambia, quiere ligar con alguien, quiere que veamos en acción sus encantos, cómo se levanta al chico de aquella orquesta. Leonardo festeja la travesura, aunque opina que el tipo es poco agraciado. Ella no se detiene, va, pregunta su nombre: se llama Gym, ni el nombre lo tiene bonito; se para frente a la orquesta, parece una fan enamorada, hace notar su presencia. Leonardo le dice a Joaquín que es mejor llevarla a casa, que no quiere sentirse culpable de nada. Ambos le conversan. Leonardo la toma del brazo, amigablemente. Lucía le encaja un beso fiero, inesperado. Joaquín mira anonadado a Leonardo, quien con los ojos abiertos, no sabe que hacer. Terminan en una cama que no es de nadie; él creyéndose ganador, ella demostrando su experiencia. Todo termina, ella está en el pecho poco varonil de Leonardo, acurrucada, sintiendo el cariño de un hombre desconocido. Salen un par de veces más; Lucía creyendo que él quiere estar con ella; él, que es un tonto aburrido. Un jueves por la noche, en uno de los tantos paseos que han tenido, el momento se hizo oportuno, el silencio cómplice, se dijeron mucho, pensaron poco, y sintieron el valor de empezar una relación seria.
Leonardo tenía miedo, ella es algo pizpireta. Lucía piensa que Leonardo no la quiere, que es influenciado por Joaquín para que estén. Discuten mucho. Leonardo se ha molestado por un berrinche injustificado que ella le ha proporcionado. Lucía sabe que Leonardo va a terminar con ella, porque no le ha dado mucha importancia al berrinche que ella a hecho. Conversan: él le dice que es mejor aceptar las cosas tal como son; ella escucha. La deja en su casa, Lucía le pide que no se vaya, que no deben de terminar; él le hace caso, no sabe porqué la quiere de esa manera tan sibilina.
Las cosas mejoran, salen, conversan, se quieren. Terminan en un hotel. Son las diez de la mañana, ella está asustada, la van a echar de casa. Él la quiere y está dispuesto a arriesgar por ella lo que sea necesario, mientras en su mente sigue la imagen de ella a contraluz, tan linda, con aquel cuerpo tan perfecto, con los hombros delicados que posee.
Las cosas a Lucía no le salen bien. Es miércoles; ella lo cita, él acude infaltable. Lucía dice que tiene muchos problemas, que es mejor seguir siendo amigos, algo que nunca fueron. - No quiero lastimarte – le dice. Leonardo no entiende nada, sabe que la quiere, que parte de querer es desprenderse de cosas que quieres mucho.
Catorce de febrero, un día para pensar, para intentar encontrar respuestas a algo tan tonto y común como terminar con alguien. Él la extraña, piensa en ella y quiere descifrar si la quiere de verdad. Ella está confundida, no sabe si ha hecho lo correcto, si vale la pena todo esto. Leonardo no la llama, no la busca, no intenta alterar la tranquilidad por la que ella ha optado. Lucía le pregunta a Joaquín por Leonardo, él le dice lo que no sabe y asegura lo que no ha visto o escuchado, sólo acierta en que Leonardo la quiere mucho.
Los días pasan. Leonardo sólo piensa, no actúa. Lucía tiene problemas, no sabe por dónde comenzar. Los días pasan y Leonardo y Lucía no sabe si el cariño crece o desaparece, si todo fue parte del momento, el comienzo de algo que a ciencia cierta no sabrán, por lo menos, por ahora. martes, 10 de febrero de 2009
Estrés
Estoy harto de que no me importe nada; estoy aburrido de escuchar, de quedarme callado mientras otro cuenta todo; estoy ahíto de tener tanta paciencia, tanto buen humor; estoy cansado de no hacer nada, de quedarme en el mismo sitio. Estoy triste porque me aburrí de reír tanto, porque no veo las cosas igual que antes; cautivo de la libertad que tanto luché por conseguir. No quiero hablar con nadie, no quiero que nadie se me acerque, no quiero estar solo y huyo de todos. Escribo por desesperación; vivo por adicción a algo que no sé que es, que no encuentro y siento los estragos. Tengo miedo, mucho miedo. Temor a despertar mañana, temor a dar el siguiente paso, terror a arriesgar. Quiero perderme y que no me encuentren, dormir y no despertar; dar un beso, un abrazo y vivir de ese recuerdo humilde que sólo yo recordaré. Quiero tener la solución para todos pero no solucionar lo mío. Me enveneno, creo morir, que la sensación de paz susurra a mis oídos. Ya no hay magia a mi alrededor, ya no hay suerte. Soy un viejo cansado de vivir, entregado a un final inevitable, esperando ansioso, como enamorado del destino inicuo. Soy un resignado al mañana, a la mediocridad que me domina. Soy l asombra de un tipo que pasó y dejó huella. Soy la canción que te hace llorar, el libro que no volverás a leer, soy l acostumbre del perdedor, el final que nadie esperaba, la despedida que todos desean evitar. Soy un hombre muerto que no descansa en paz. Soy un suspiro involuntario, la triste expresión de un tipo cansado. Soy la lluvia que no moja a nadie. Estoy parado, mirando todo; entendiendo nada, lamentando que sea así. Estoy peleando conmigo mismo y la derrota está cerca. Estoy naufrago en un iceberg, esperando la luz del sol. Hoy estoy pensado en resucitar, en reencarnar en el tipo que fui pero tengo flojera. Los problemas aburren pero te recuerdan de que aún estas vivo. Camino bajo la lluvia, abro los brazos, siento que mi alma se está limpiando, que mañana será otro día y lo más probable, es que amanezca con gripe. miércoles, 4 de febrero de 2009
Complicaciones
Te beso, te digo muchas cosas bonitas que en aquel momento confuso y misterioso siento; te veo a los ojos con sinceridad sin saber que miento; te digo que te quiero intentando que no te vayas pero sabiendo que al día siguiente no te querré ver. No me interesa saber tu nombre, no me inquieta tener tu número telefónico, no me muero por volverte a ver; sólo quiero que este momento, en el que te tengo semidesnuda a mi lado, sea mágico. No creo en los amores eternos, quizá ni en el amor como proyecto de vida; creo en el instante, en el breve momento en el que podamos compartir un beso, un abrazo y un adiós. Mi colchón es y pretendo siga siendo, un paraje turístico que visitado por las noches, una vez al mes, procure la amalgama perfecta entre la piel y un sentimiento fugaz y convincente. Yo no busco promesas, quiero hechos. Yo quiero pensar en alguien, extrañarla a muerte y olvidarla al día siguiente. Quiero ser un violador confeso sin intensión de hacer daño. Un poeta con laguna mental. Un hombre que no es macho ni es caballero. Quiero ser un puto romántico que cautive no por el sexo, sino por sincero y juguetón. No quiero ser la propiedad de nadie ni colonizar nada. Quiero enamorarme de todas, que todas se enamoran de mí y vivir de aquel amor divido y comprensivo. Quiero ser cómplice, amigo, amante. Quiero tratarlas en intimidad a todas como enamoradas y no tomarles la mano cuando salgamos a la calle. Quiero decirles que las extraño y no llamarlas por teléfono. Quiero sentirme necesitado, necesitarlas pero estar solo. Quiero ser el hombre más cariñoso y comprensivo pero no compartir mi cama al dormir. Quiero que mi cuarto sea tu escondite, que mi cama sea tu terapia y que nuestras travesuras, un secreto. Quiero quererte, pero sólo un ratito. Volver a vernos por casualidad, convencidos de nuestras posibilidades de enredarnos entre las sábanas sin desesperarnos por eso. Quiero saber que te tengo en mis brazos y equivocarme de nombre. Quiero que toquen a mi puerta y me digan: “Ingrato, qué es de tu vida.” Quiero recordar lo que hice anoche y reír. Porqué malograr todo y entregarme (como sé que lo hago) al amor que brinda más inseguridades que ventajas, que confunde más de lo que convence, que ilusiona más de lo que cumple. Porqué recibir una sola visita, acostumbrarte a la monotonía y olvidarme de lo dulce que es compartir un momento juntos, un sábado por la noche en el colchón, cansados, sudando, riendo y siendo en verdad felices por un instante. El amor no se planifica como los fines de semana. La mujer que busco está un poquito en todas las mujeres que me regalan un beso, un abrazo, un adiós una y otra noche. martes, 20 de enero de 2009
Presagio
Comenzar el año cagando en la discoteca augura un año cagón. Desde ese primero de enero no recuerdo haber utilizado el servicio con tanta pasión, con tanta gallardía, con tanta… pujanza. No entro al toilette hace mucho y hasta he perdido referencias de lo que en ese lugar (ahora misterioso) se hace. No tengo ganas de escribir, no se me ocurre nada a pesar de las cosas cómicas que me siguen ocurriendo, no me visita la muza, no me llama mi madre, no se acuerdan de mí. La chica con la que flirteo esta reloca, posee un pasado tormentoso y lleno de inseguridades para un tipo lánguido y perezoso que por dar la contra a muchos estoy dispuesto a asumir. El cuarto que pretendía alquilar – comprando de esta manera una libertad que necesito –ya no está tan disponible como antes, la dueña dice que tengo cara de pillo, de borrachín, de hombre dedicado al hampa y a los placeres. – Este cuarto está destinado a señoritas. – me dijo. – No se preocupe, le prometo traer una diferente todos los fines de semana – le respondí y creo que ahí murió el amor. Soy un esclavo confeso de mi tarjeta de crédito, a la cual le debo hasta la vida, le debo lo que no tengo, lo que nunca podré pagar, le debo fidelidad. Me aburre la música que antes me divertía y me hacía cantar como enajenado; me hostiga la computadora con la cual nunca tuve química; no veo fútbol y hasta estoy rezando, cosa que no hacía mucho y ahora que lo hago no sólo me sorprende, sino también, me asusta. Estoy convencido de que voy a morir en mayo (un mes precioso para morir), que moriré a causa de una enfermedad que no traté a tiempo, que no pocos me llorarán, que no muchos sabrán de quién es el velatorio, que mis amigo (que no sé quiénes son) usarán de pretexto mi muerte para tomar como vikingos (ya sin la queja de que nunca voy a las reuniones de promo) y bromearán con la escena que yo protagonizaré en aquel cajón viejo. El libro que quería escribir parece lejano, tan lejano como mis esperanzas de cancelar mis deudas con la tarjeta Visa clásica o como usar el baño con frecuencia. Tengo pesadillas todas las noches: sueño que pierdo plata en el trabajo, que recibo monedas falsas, que una niña (la cual creo está muerta) me sujeta y no me deja huir, repite que le pague; que una tarjeta de crédito enorme me aplasta, que mi madre llora, que me caso. Las chicas de las cuales yo era amante ya no me llaman, me dicen que ya no más de juegos inmorales, que ya se aburrieron de mí y mi desgano. Los gatos de mi primo cagan lo que yo no puedo debajo de mi cama y no sólo tengo asco, también envidia. Me salen granitos que empeoran aún más la austera carita que tengo. La plata no me alcanza y voy en taxi. Los días son monótonos y no hago nada por cambiarlos. Enero se termina y yo espero con entusiasmo mayo.
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